Corporación Otraparte

Noche de Campo Literaria

Colombia, una
geografía literaria

Noviembre 20 de 2010

Aurelio Arturo (1906 – 1974)

Aurelio Arturo (centro) con Fernando
Charry Lara y otros en El Tiempo

* * *

Noche de Campo Literaria en El Café de Otraparte: Literatura a manteles: Colombia, una geografía literaria. Una vez más, como todos los meses, estaremos reunidos en torno a las palabras. En esta ocasión como expedición a uno de los territorios más complejos de la geografía colombiana: su expresión poética y literaria. Una selección de autores nos acompañarán esta noche en cada uno de los manteles dispuestos para las lecturas, y dejarán sentir sus voces como testimonio de su experiencia íntima con el país, con su historia, con sus grandes conflictos, con su exuberancia, con sus preguntas, con su espejo en el que vemos reflejados nuestros rostros y el rostro de lo que no habíamos advertido.

Álvaro Mutis, Aurelio Arturo, Ciro Mendía, Darío Jaramillo Agudelo, Fernando González, Gabriel García Márquez, Giovanny Quessep, Gonzalo Arango, Héctor Rojas Herazo, Jaime Jaramillo Escobar, José Manuel Arango, Juan Manuel Roca, León de Greiff, Luis Tejada, Luis Vidales, María Mercedes Carranza, Piedad Bonnet, Porfirio Barba Jacob, Tomás González y tantos otros son una invitación a celebrar nuestro país —la riqueza íntima que cada uno de nosotros encuentra en él— por medio de sus palabras, que también son las nuestras.

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Alguna vez Aurelio Arturo le confesó a un amigo que se proponía escribir un largo poema sobre el Descubrimiento de América. Muchos versos, sin duda, ya habían tomado forma en su mente, por ese procedimiento singular de su poesía, que crecía lenta y segura en él, y que sólo circunstancialmente se resignaba a lo definitivo del lenguaje escrito. Repetiría para sí largamente los versos hasta que su música delicada fuera satisfactoria, por concertar la vastedad de los paisajes y el vigor de los hechos con ese tono íntimo que es su don principal. Nunca llegó a terminarlo, y descendió con él a la muerte, pero es el poema que nos prometen los primeros, enigmáticos versos de “Morada al sur”. Esas noches donde se cruzan las razas, esa épica descripción de los potros que avanzan castigando y modificando la tierra.

Ese tono épico, al comienzo de un poema autobiográfico, puede sorprendernos, sobre todo si pensamos en lo sosegado y sedentario de la vida de su autor. Lo poco que sabemos de ella nos muestra a un muchacho de provincia llegado a la ciudad y convertido en un funcionario, sobrio y silencioso, tímido y huraño, dedicado al solo goce de la lectura y casi indescifrable para los seres que le fueron cercanos. Una vida tal nos desconcierta, tan habituados como estamos a esperar de los poetas hechos memorables, y patéticas o agradables anécdotas. Los poetas conocidos de nuestra tierra suelen cumplir con esa convención: Silva, Guillermo Valencia, Porfirio Barba Jacob, León de Greiff. Y de pronto, el más notable, el más perdurable de todos, nos deja la imagen de un funcionario modesto y de un padre de familia sumiso a los rituales de la vida cotidiana, al lado de una obra asombrosa de pasión, de música verbal, de armonía y de brevedad. Su poesía parece tan lejana de su existencia corriente, tan encerrada en un ámbito distante y hermético, que tal vez ese primer enigma podría ser una clave central de su vida y de su obra.

William Ospina

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Morada al sur

Fragmento

(Aurelio Arturo)

-I-

En las noches mestizas que subían de la hierba,
jóvenes caballos, sombras curvas, brillantes,
estremecían la tierra con su casco de bronce.
Negras estrellas sonreían en la sombra con dientes de oro.

Después, de entre grandes hojas, salía lento el mundo.
La ancha tierra siempre cubierta con pieles de soles.
(Reyes habían ardido, reinas blancas, blandas,
sepultadas dentro de árboles gemían aún en la espesura).

Miraba el paisaje, sus ojos verdes, cándidos.
Una vaca sola, llena de grandes manchas,
revolcada en la noche de luna, cuando la luna sesga,
es como el pájaro toche en la rama, “llamita”,
                                                   [“manzana de miel”.

El agua límpida, de vastos cielos, doméstica se arrulla.
Pero ya en la represa, salta la bella fuerza,
con majestad de vacada que rebasa los pastales.
Y un ala verde, tímida, levanta toda la llanura.

El viento viene, viene vestido de follajes,
y se detiene y duda ante las puertas grandes,
abiertas a las salas, a los patios, las trojes.
Y se duerme en el viejo portal donde el silencio
es un maduro gajo de fragantes nostalgias.

Al mediodía la luz fluye de esa naranja,
en el centro del patio que barrieron los criados.
(El más viejo de ellos en el suelo sentado,
su sueño, mosca zumbante sobre su frente lenta).

No todo era rudeza, un áureo hilo de ensueño
se enredaba a la pulpa de mis encantamientos.
Y si al norte el viejo bosque tiene un tic-tac profundo,
al sur el cuervo viento trae franjas de aroma.

(Yo miro las montañas. Sobre los largos muslos
de la nodriza, el sueño me alarga los cabellos).

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León de Greiff (1895-1976)

León de Greiff
(1895-1976)

* * *

Arieta II

(León de Greiff)

A Pepe Mexía

Perfumes, aromas ya idos...
Aromas, perfumes... Aromas
de áloes, sándalos y gomas,
suaves perfumes abolidos:
¿en cuáles Edenes perdidos,
en cuáles Pompeyas, Sodomas,
Lutecias, Corintos y Romas,
estáis?

De etéreas, gráciles redomas,
de pebeteros encendidos
en noches de goces ardidos,
cuando los senos eran pomas
de áloes, sándalos y gomas...;
perfumes, aromas huidos,
suaves perfumes... ¿abolidos
estáis?

De una guedeja desprendidos;
de candideces de palomas...;
olor de los besos que tomas
de los labios estremecidos
de Eva o Lilith...; olor de nidos;
de etéreas, gráciles redomas...
¿en dónde —perfumes, aromas—
estáis?

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Escritores colombianos en El Espectador

De pie (izq. a der.): Santiago Gamboa, Héctor Abad, Gonzalo Sánchez, Juan Manuel Roca, William Ospina y Fernando Vallejo. Sentados (izq. a der.): Evelio Rosero, Tomás González, Juan G. Vásquez y Antonio Caballero. —El Espectador

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