Corporación Otraparte

Presentación

Nuestro otro infierno

Violencia y guerra en Manrique

—Marzo 16 de 2017—

“Nuestro otro infierno: violencia y guerra en Manrique” de Juan Camilo Castañeda Arboleda

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Juan Camilo Castañeda Arboleda (Medellín, 1992) es periodista egresado de la Universidad de Antioquia. Ha publicado artículos en El Espectador y De la Urbe, y ha colaborado en la revista digital Altaïr Magazine. Actualmente trabaja en Hacemos Memoria de la Universidad de Antioquia y en Deutsche Welle Akademie. Integra el grupo de investigación Estudios de Periodismo en la línea de Guerra y Memoria. Su reportaje “Nuestro otro infierno” obtuvo en 2015 el estímulo Beca a la Creación de Libro de Periodismo Narrativo de la Alcaldía de Medellín.

Presentación del autor y
su obra por Patricia Nieto Nieto

Fondo Editorial Universidad Eafit

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Juan Camilo Castañeda Arboleda

Juan Camilo Castañeda Arboleda

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Desde la cotidianidad del barrio y a través de la voz de los protagonistas de las crónicas, el autor explora los contextos y motivaciones de la guerra, las lógicas e imaginarios que la nutrieron y exacerbaron. Muestra por qué para muchos jóvenes resulta casi inevitable caer en el campo gravitatorio de los combos armados; en un vecindario en el que el orden que representa el Estado ha estado siempre en entredicho, donde las personas no tienen acceso a educación, recreación y empleo, y además viven acorraladas en sus reductos de fronteras invisibles con la muerte respirándoles en la nuca.

Como también es visible en este libro el afán deliberado del autor por establecer el contraste entre lo que ocurre en Santa Inés y demás barrios que conforman esa franja que podríamos llamar “invisible”, con lo que ocurre en la otra ciudad, la “visible”, la de mostrar. Ciudad dual, la llama el autor, una ciudad que tiene el “diablo” metido en el corazón, en la que los pibes juegan en el balcón pero también yacen en un cajón, parodiando una canción de Fito Páez que le gustaba escuchar al protagonista de una de las crónicas.

Ricardo Aricapa

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Del viejo Santa Inés
solo queda la penumbra

Del viejo Santa Inés solo queda la penumbra
De dónde a dónde me llevarán mis pasos
En qué posada me ofrecerán abrigo
No tengo más que rumbos pa’ mis zapatos
No tengo más que sueños en los bolsillos

Omar Camino

Por Juan Camilo Castañeda Arboleda

Cuando Mercedes Rodríguez califica su matrimonio, afirma que ha sido tan bueno que ni siquiera recuerda la fecha del aniversario. Pedro, sentado al lado de ella en el comedor de su casa en el barrio Buenos Aires —ubicado en el centro-oriente de Medellín—, suelta una carcajada. Después de calcular la edad de sus hijos y comparar fechas, concluyen que ya han pasado cuatro décadas desde que el sacerdote les dio la bendición.

La historia de la pareja tiene sus raíces en el barrio Manrique Oriental, al nororiente de la capital de Antioquia. Allí, por cosas del destino, dice Mercedes, llegaron a vivir sus padres en la década del cuarenta del siglo xx, provenientes de Santa Bárbara. Su casa quedaba a escasas cuadras de un terreno baldío en el que los habitantes del sector jugaban fútbol y desarrollaban otras actividades deportivas, donde años después se construyó el Parque Gaitán, cuyo nombre era un indicativo de la posición social y política del barrio.

Para entonces, Manrique se había consolidado como un fortín del Partido Liberal en la ciudad. El sector era reconocido por ser el hogar de los obreros; muchos de ellos llegados del campo en las migraciones que iniciaron en la segunda década del siglo xx, cuando Medellín empezó a consolidar un proceso de industrialización que atrajo a los campesinos. Seguidos por los que, durante las décadas del cuarenta y del cincuenta, llegaron a la capital antioqueña desplazados por la violencia protagonizada por liberales y conservadores.

Mercedes nació en 1954, dos años después que Pedro. No recuerda su posición en la familia, lo único que tiene claro es que es una de las menores, pues a sus padres les alcanzó el tiempo y el ánimo para tener 17 hijos. Fue esa una de las razones por las cuales Mercedes no terminó sus estudios. En quinto grado se retiró para ayudar a su mamá en los quehaceres de la casa.

La familia de Pedro vivía al frente de la de Mercedes; este tenía seis hermanos. Nunca le gustó la escuela, por eso solo estudió hasta primero de primaria. En los barrios populares de Medellín, aún por estos días, los hombres pasan de la niñez a la adultez sin transitar por el camino de la juventud. Cuando Pedro apenas tenía 17 años, su padre le consiguió empleo en Coltejer, una de las empresas de textiles más grandes de Colombia, que funcionaba en Medellín. Empezó como todos, desde abajo. Al principio le tocaba barrer y trapear las instalaciones de la planta ubicada en el barrio La Toma, cerca de la quebrada Santa Elena.

Era costumbre, en una sociedad en la que los hombres tienen privilegios, que mientras ellos laboraban en las fábricas de la ciudad o en actividades que exigían un esfuerzo físico, las mujeres lo hicieran en el hogar. A los 18 años Mercedes empezó a trabajar planchando ropa. En ese momento Pedro empezó a cortejarla.

En las tardes, cuando Mercedes llegaba de trabajar, Pedro le gritaba desde la terraza de su casa:

—Negra, ¿está muy cansada?

La historia la relata Mercedes, pues Pedro, cuando se toca el tema de su historia de amor, se vuelve tímido.

—Y entonces me mandaba fresquito y así empezamos hasta que nos cuadramos. Ahora me dice que le aplanche todo —dice Mercedes quien, como buena paisa, es buena oradora, habla arrastrando la lengua e intenta sacarle el chiste a cualquier situación—.

El noviazgo duró un par de años. Como era tradición —influenciada, claro está, por el catolicismo—, no se podía consumar el acto amoroso antes de que el sacerdote les echara la bendición. Pero, tan pronto se casaron, Mercedes quedó embarazada de su primer hijo. La pareja de esposos alquiló una habitación en una casa del barrio La Floresta, donde vivieron los primeros meses de su matrimonio en 1973.

—Un día —relata Mercedes— llegó mi papá a la casa y nos preguntó: “¿Mija, a ustedes no les gustaría tener una casita?”. Y yo le dije: “Sí, apá, pero a ver la plata”. Él me dijo que en Santa Inés estaban vendiendo lotes. Fuimos a ver uno de los últimos que quedaba en la 37, lo compramos y luego un amigo de mi papá, don Alfonso Correa, que vivía al lado del lote, fue por nosotros hasta La Floresta y nos dijo que, mientras construíamos, viviéramos en su casa.

El lote de 85 metros cuadrados costó 14 mil pesos. Cuando Pedro, quien ganaba un salario mínimo, terminó de ahorrar el dinero para pagarle a su suegro, este no le recibió ni un centavo.

—“Con eso —nos dijo— construyan la casa”, —explica Pedro.

A Santa Inés llegaron en marzo de 1974. Al empezar a hablar de su vida en ese barrio, el tono de voz y la mirada de la pareja cambian. Sus ojos, al evocar recuerdos de aquella época, se quedan estáticos y se ponen acuosos, como tratando de decir: ¡Qué bueno sería retroceder en el tiempo!

Mercedes y Pedro encontraron un barrio de gente humilde, la mayoría obreros.

—Nosotros —cuenta Mercedes— no tuvimos que pagar trabajadores. Todos los vecinos nos ayudaban. Vea que hasta los vecinos de enseguida, los Correa, nos dejaron vivir un año en su casa gratis, mientras construíamos ahí.

Los fines de semana los habitantes de Santa Inés no tenían descanso. Los hombres se ponían a disposición para ayudar en la construcción de las viviendas de los vecinos, y las mujeres se encargaban de alimentar e hidratar a los trabajadores.

Esa solidaridad vecinal, de la cual hoy quedan pocos rastros, se venía dando en Santa Inés desde su fundación en 1964 y no solo se reflejaba en la construcción de las casas. Para Pedro, las Juntas de Acción Comunal fueron muy importantes en la organización de los barrios. En su cuadra, por ejemplo, fue gracias a la Junta que pudieron organizar las aceras.

—Uno hablaba con el presidente y entonces ellos le daban. Yo me acuerdo que me dieron como 6 bultos de cemento para arreglar la acera. Las acciones comunales siempre ayudaron. Cuando eso no eran tan politiqueros. La política se mete y daña todas las cosas.

La pareja de esposos coincide en afirmar que lo único que hizo la administración municipal por Santa Inés fue la pavimentación de las calles. Lo demás lo consiguieron los mismos habitantes del barrio. Recuerdan que a su llegada ya tenían servicios públicos. Pese a ello, por la situación económica de muchos habitantes del sector, las mujeres lavaban la ropa en una quebrada que pasaba cerca porque la plata no les alcanzaba para pagar el agua.

Pedro y Mercedes construyeron amistades en Santa Inés que durarían para siempre. La familia Correa, por supuesto, y la familia Arboleda. En la casa de los últimos “me emborraché por primera vez, tomando aguardiente”, recuerda Mercedes.

En esos años, los Arboleda eran los encargados de reunir al barrio para las celebraciones, especialmente la navidad y el día de los niños.

—Una vez me mandaron a decir que Juan Guillermo, mi hijo mayor, estaba secuestrado en la casa de los Arboleda, que mandara plata. Como era tan cansón, yo dije que se quedaran con él. Pero era la forma de recoger plata para decorar la cuadra en diciembre o para comprar regalos para los niños.

La llegada de los Arboleda al barrio coincidió con la fundación. Ellos vivieron todos los procesos desde el inicio. Según cuenta Gilberto Arboleda, los terrenos sobre los que se construyó Santa Inés hacían parte de una finca de la familia Ramírez Johns, reconocidos industriales de la ciudad. Lo mismo informa Pedro. Pero, de acuerdo con el libro Las urbanizaciones piratas en Medellín: el caso de la familia Cock, de la socióloga y especialista en urbanismo Françoise Coupé, la persona encargada de lotear y vender los mismos en el sector fue Julián Cock (Coupé, 1993: 195).

Luz Miryam Heredia, esposa de Gilberto, recuerda que en esos primeros años tenían ocasionalmente un enfrentamiento con la policía. Al no contar con servicio de electricidad, los vecinos de Santa Inés decidieron robar la luz de un barrio vecino.

—Pegábamos los alambres en los que secábamos la ropa de una fuente eléctrica. Cuando llegaban los policías y nos cortaban los alambritos. Ellos halaban allá y nosotros halábamos acá. Nosotros alcanzábamos a recuperar el alambre y cuando se iban, buscábamos más para volvernos a pegar.

El Estado también hacía presencia en Santa Inés cuando se acercaban elecciones. Luz Miryam recuerda que, en los días de campañas electorales, aparecían políticos de los dos partidos tradicionales del país.

—Sus promesas —asegura— llegaban hasta el día en que uno iba a votar.

Prometían mejorar las condiciones de vida con la misma demagogia que todavía caracteriza a una gran parte de la clase política del país. Los días de los comicios llegaban buses hasta Santa Inés para llevar a sus habitantes hasta el punto de votación. Cada bus llevaba a sus partidarios; los liberales viajaban con los suyos y los conservadores también. Miryam, perteneciente a una familia de tradición liberal, recuerda que ella y su esposo nunca viajaron en el mismo transporte, pero siempre han estado juntos en el momento de criticar al presidente de turno, sin importar si es rojo o azul.

Santa Inés, como la mayoría de barrios que aparecieron en Medellín en la década del sesenta, fue considerado por la administración municipal como pirata. La legislación que regía para entonces al país, la ley 66 de 1968, prohibía que las administraciones locales dotaran con infraestructuras a los sectores ilegales o piratas.

Según recuerdan Luz Miryam y Gilberto, sus pobladores llegaron desde diferentes regiones de Antioquia:

—Doña Aída y don Alfonso eran de Sabanalarga y de Angostura, don Julio y Fabiola venían de Anorí y de Barbosa, don Pedro de Sopetrán, igual que don Rogelio, doña Raquel de Urrao, Roberto Correa de La Unión, doña Bety y su marido de Barbosa.

Esa era una realidad de toda la ciudad. Medellín contaba en 1928 con 120 mil habitantes; entre ese año y 1951 la población aumentó a 358 mil. Pero fue en las décadas del cincuenta y del sesenta cuando la migración del campo a la ciudad se dio de una forma abrupta. En 1973 Medellín ya tenía 1’071.252 habitantes. Las migraciones han sido explicadas históricamente como consecuencia de la violencia bipartidista, de la situación de pobreza en el campo y de la promesa de encontrar bienestar en las ciudades que estaban iniciando sus procesos de industrialización.

Al mismo tiempo, junto con la llegada de campesinos, Medellín se consolidaba como una ciudad industrial, razón por la cual los planes de desarrollo respondían a ese interés. Por supuesto, se necesitaba mano de obra, pero la cantidad de población migrante desbordó la capacidad de la capital antioqueña. Los nuevos citadinos buscaban asentarse en la ciudad a bajo costo, pero el Estado no ofreció alternativas a la población de más bajos recursos, desempleada o vinculada al sector informal de la economía, lo que generó la configuración de barrios piratas e ilegales en la década del sesenta.

En su libro sobre barrios piratas en Medellín, la investigadora Françoise Coupé afirma que:

“La urbanización pirata aparece, no como un fenómeno al margen del desarrollo urbano o de las leyes de oferta y demanda, sino como un producto lógico del sistema político y social imperante, de la coyuntura histórica y del mercado de la tierra urbana, dando respuesta a la necesidad de los sectores populares de acceder a un lote y producir su vivienda” (Coupé, 1993: 5).

Mercedes y Pedro terminaron la construcción de la vivienda al final del año 74. En un principio solo tenían la sala, dos habitaciones y la cocina; pese a ello, no la habitaron de inmediato. Mercedes estaba a punto de dar a luz a su primer hijo, Juan Guillermo. Aída y Alfonso, los vecinos que les abrieron un espacio en su hogar, recomendaron que hasta que Mercedes cumpliera la dieta, era mejor que viviesen con ellos.

En marzo de 1975 se trasladaron a su hogar. Tenían la tranquilidad de tener su casa. Pedro continuaba trabajando en Coltejer. Fue promovido, de ser aseador pasó a trabajar como operario.

—Y como nunca me gustó la producción —recuerda Pedro— porque eso era muy duro, me fui a estudiar al Sena una complementación de mecánica y a los dos años me pasaron para mecánica, y trabajé casi 38 años en ese puesto.

Ese ascenso representó más ingresos para el hogar y, por ende, mejoras en su vivienda.

Aunque la vida se hacía más cómoda, el barrio ofrecía otros inconvenientes. Santa Inés quedaba en el límite nororiental de la zona urbana de Medellín. Para la época, era un barrio de la periferia. Ir al centro era un trauma para sus habitantes.

—En esa época no había ni una sola ruta de buses, solo unos camiones escalera que bajaban de Santo Domingo. Cuando pasaban por aquí, eso ya bajaba lleno —recuerda Pedro, mientras sostiene en la mano un pocillo lleno con café tinto. Mercedes lo complementa afirmando que:

—Iba uno al centro, trataba uno de coger un bus a las tres de la tarde, y a las siete uno sin poderse montar porque esas filas eran enormes. Y cuando eso no había plata pa’ coger un taxi.

Cuando Juan Guillermo cumplió la edad para empezar la primaria, apareció otra angustia. En Santa Inés no había colegios. El único cercano quedaba en el barrio Las Granjas, se llamaba Gabriel Restrepo Moreno; también estaba la Mora Vázquez, ubicada en El Pomar. La primera escuela que se construyó en Santa Inés se llamaba Las Nieves. Según recuerda Gilberto Arboleda, la Alcaldía de Medellín puso los recursos materiales para la construcción, pero a los habitantes del barrio les tocó poner la mano de obra.

Juan Guillermo realizó sus estudios primarios en la escuela Mora Vásquez. Posteriormente, hizo el bachillerato en el colegio Pablo Sexto, ubicado cerca al Parque Gaitán, y en el colegio María Reina del barrio Manrique Las Esmeraldas.

—A veces —relata Pedro— me siento con Juan a conversar. Dice que la mayoría de compañeros de colegio de él o están en la cárcel o están muertos. En esa época fue que se inició La Terraza. Inclusive él traía a un amiguito. Él se metió en esa banda y Juan me contó, hace poco, que ese era el capo.

Pedro, Mercedes y sus vecinos, aunque durante los primeros años de vida en Manrique Santa Inés tenían dificultades económicas y necesidades básicas sin resolver, todavía la solidaridad vecinal ayudaba a solucionar esas situaciones. Los recuerdos parecen ser tan buenos que los esposos añoran esos años, aunque en el presente aseguran que no regresarían al barrio.

Durante la década del setenta y principios de los ochenta tenían, por lo menos, la tranquilidad de que nada amenazaba su integridad física. Luz Miryam Heredia, vecina y amiga de la pareja, recuerda que en aquellos años había marihuaneros y ladrones, pero que estos no atentaban contra los vecinos, sino que hacían sus embarradas en sectores cercanos o en el centro de la ciudad.

Gilberto y Miryam organizaban periódicamente paseos. Algunas veces a municipios cercanos donde hubiese un charco para bañarse, pero cuando sabían que no había suficiente dinero, armaban paseos de olla a la vereda Piedras Blancas del corregimiento de Santa Elena. Era una caminata de aproximadamente cuatro horas que se recompensaba con un baño en las aguas heladas y cristalinas de una quebrada y un sancocho hecho en leña.

Gilberto recuerda uno de los últimos paseos, mientras come un plato de sudado de carne, papa y yuca; trata de recordar la fecha.

—Hace muchos años, como en el 78, nos fuimos a hacer un chocolate por allá arriba, hubo una balacera y no volvimos.

Miryam afirma que fue esa la primera balacera que presenció.

En la década de los ochenta apareció en la escena pública de Medellín un personaje que después daría pie para argumentar una crisis política y social generada por el narcotráfico. Pablo Escobar Gaviria se hizo conocer como un empresario bondadoso que ayudaba a la gente pobre. Construyó e iluminó canchas en los barrios populares, organizó fiestas, repartió mercados y dinero, y hasta construyó un barrio en el centro-oriente de la ciudad que lleva su nombre.

Escobar Gaviria intentó llegar a la Cámara de Representantes en las elecciones de 1982. Logró ser el suplente en una de las curules del Partido Liberal. Pero sus relaciones con el tráfico de drogas y el contrabando lo convirtieron en el símbolo de la crisis: la mafia tenía tentáculos hasta en el Congreso de la República. Así empezó una guerra entre el Estado colombiano y el Cartel de Medellín. Una de las primeras víctimas fue el entonces Ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla, quien le quitó a Escobar la máscara de empresario y mostró a la luz pública la verdadera naturaleza de la riqueza del narcotraficante.

En esa guerra Escobar necesitaba soldados. ¿Qué mejor lugar para encontrarlos que los barrios populares de Medellín? El narcotráfico es un detonante coyuntural de la violencia en Medellín, pero la historia de conflictos no resueltos en la ciudad, empezando por la urbanización acelerada y no planificada, es solo una de las causas estructurales de la misma. Un grupo de investigadores, encabezado por Jaime Jaramillo Panesso, publicó en 2003 la investigación Medellín: ciudad y contexto. A partir del estudio de la urbanización de la ciudad, tratan de dar cuenta de algunas causas estructurales de la violencia en Medellín:

“Es allí, en estos nuevos territorios (barrios piratas), donde se inicia la configuración de nuevas, desafiantes y marginales territorialidades que van transformando a Medellín en una urbe de entramados sociales complejos, múltiples y conflictivos, expresados a través de la inseguridad, el desempleo, la ineficiente cobertura en los servicios de salud, transporte, servicios públicos domiciliarios, educación, entre otros, que hacen de la ciudad un caldo de cultivo de fenómenos como el narcotráfico” (Jaramillo Panesso, Vanegas y Ramírez, 2003: 17).

Pablo Emilio Angarita, docente e investigador de la Universidad de Antioquia, tiene más de 30 años de experiencia como investigador en temas de conflicto urbano y violencia en Medellín. Hace diez años publicó una investigación que tituló Conflictos, guerra y violencia urbana: interpretaciones problemáticas. En ella, además de destacar el contexto de los conflictos gestados en la urbanización, añade que otro aspecto que tiene incidencia sobre la violencia en Medellín es:

La falta de empleo, que tuvo su máxima expresión en los años ochenta, con la crisis del sector textil, cuyo cierre de empresas lanzó a la calle a miles de trabajadores, y con ellos dejó en la pobreza a los antiguos beneficiarios indirectos; aparejada al incremento del desempleo, emergió la tentadora oferta del narcotráfico que ilusionó a pobres y a ricos (Angarita, 2003: 93).

Uno de los grupos armados que se creó en Medellín a finales de los ochenta tenía asentamiento en el barrio Manrique. Inicialmente, la banda La Terraza cometía delitos menores: hurtos y extorsiones. Pero en poco tiempo empezó a prestar servicios de sicariato al cartel de Medellín. Tanto Luz Miryam como Mercedes recuerdan a un vecino que hizo parte de esa organización. Miryam me sugiere no mencionar ni el nombre, ni el apodo, pues el sujeto, aunque ya tiene una vida distanciada de las armas, todavía vive. Mercedes recuerda que su vecino alardeaba diciendo que cobraba un millón de pesos a Pablo Escobar por cada policía que asesinaba.

Otra banda, más cercana a los vecinos de Santa Inés, se fundó en la misma época. El grupo de hombres se hacía llamar Los Chiches. El jefe de la misma era Roberto Correa y a él lo acompañaban tres de sus hijos.

—Al principio ellos solo se dedicaban a robar, pero no en el barrio, y a hacer extorsiones, pero después se dedicaron a matar —dice Miryam.

A finales de la década del ochenta, los intereses de esos dos grupos arma-dos se vieron enfrentados, lo que desató la primera situación de violencia que los vecinos de Santa Inés llaman guerra. No sería una guerra entre grandes ejércitos, pero como tal la vivieron y la nombran Pedro, Mercedes, Miryam y Gilberto.

En esa época, Santa Inés todavía era uno de los barrios que apenas llegaban hasta la montaña. Recuerda Pedro que los hombres de Los Chiches subían a un morro aledaño al sector de Santa Inés:

—Y les tiraban desde el morro a los de La Terraza. Porque, como siempre, las gallinas de arriba cagan a las de abajo.

La crianza de Juan y de Lina, los hijos mayores de Mercedes y Pedro, estuvo fundamentada en una disciplina fuerte, casi militar.

—A Juan, por ejemplo —relata Pedro—, nunca lo dejamos usar cachuchas, ni pelo largo, ni esos motilados raros, ni que fuera a amanecer donde los amigos.

Admite además que con Lina fueron más rígidos. Dice que si ella iba a una fiesta, a la media noche iban a buscarla. Mercedes, al escuchar la mentira, se ríe y lo interrumpe:

—¿Doce? Dígale eso pa’ que vea que le pega. A las nueve y media o diez ya la estábamos buscando.

A Pedro no le queda otra que aceptar la versión de su esposa.

Durante la confrontación entre La Terraza y Los Chiches, Juan estaba empezando sus estudios de contaduría en la Universidad de Antioquia.

—A él —cuenta Pedro— nunca le llegaron a decir nada, pero que los muchachos se tenían que unir con ellos, con los de don Roberto.

Uno de esos días llevó Juan un revólver a la casa.

—Era de un muchacho al que le decían dizque Pelé, de la banda de Roberto; entonces se lo vi y ahí mismo le dije: “Voy a llamar a la policía para que venga por ese revólver”. Ahí mismo fue y trajo al dueño y nunca más lo hizo.

Mercedes y Pedro explican que esa disciplina con la que criaron a sus hijos fue una de las razones que no permitieron que ellos ingresaran a grupos armados.

—Yo pienso —dice Mercedes— que tanta delincuencia también son las mamás que sueltan a esos muchachos, luego les creen todo lo que ellos dicen: que esta arma es de fulano y que le voy a guardar esto. Si uno de mis hijos hubiera sido malo, yo misma lo hubiera entregado a la policía.

La otra razón, y quizá la que más peso tiene, fue que desde niños les inculcaron afecto por el estudio.

—Uno siempre quiere que el hijo estudie, así el estudio no le sirva. Es que si no estudia, menos que sirve el muchacho. Aunque nunca fuimos de los que los obligamos a estudiar, sino que los aconsejábamos. Afortunadamente, con lo que yo me ganaba, alcanzaba para pagarles la universidad a Lina y a Juan —dice Pedro, quien además aclara que fue posible pagar porque ambos estudiaban en una universidad pública.

Durante esa primera guerra, Juan tuvo que abandonar el barrio. A sus padres les preocupaba su integridad, pues el muchacho llegaba de clases en la noche y madrugaba a trabajar. No sería esa la primera vez que abandonaría su hogar por culpa de la violencia.

Entre 1996 y 1997 Santa Inés vivió lo que sus habitantes consideran una segunda guerra. En esa ocasión se enfrentaban una banda llamada Los Tobis contra un grupo de autodefensa barrial.

—Cuando esa guerra, yo me fui para donde mi mamá. Eso era uno como la gallina con los pollitos, buscando dónde esconderse, llegamos allá de maletica en mano y todo, y casa cerrada, mijo. Televisor, dejamos todo, que se robaran todo con tal de que no nos fueran a matar —cuenta Mercedes.

Durante la década del noventa, el Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia planteó que en Medellín había una ruptura en la relación del Estado con la sociedad civil para la construcción de la ciudad, manifestada en lo político, lo socio-cultural y lo económico. Concluían que:

“Medellín puede ser pensada, en relación con la caracterización del conflicto, como una ciudad que ha dejado de ser humanamente habitable, económicamente viable, políticamente gobernable y culturalmente integrable” (Instituto de Estudios Políticos, 1994: 16-17).

Para los investigadores del Instituto, la explicación alrededor de las situaciones de violencia que vivía y vive Medellín son coyunturales, pero ante todo, estructurales. En un artículo publicado en la revista Estudios Políticos de 1994 enumeran diferentes aspectos que inciden en los altos índices de violencia e inseguridad de la ciudad:

La debilidad de los referentes institucionales, la inexistencia de verdaderos canales de participación política, económica y social, la condición de ilegalidad en la que actúa gran parte de la población, la crisis económica de la década de los ochenta y la irrupción del narcotráfico, son algunos de los procesos que llevan a que los campos sociales del conflicto se expresen fundamentalmente por la vía de la violencia (Instituto de Estudios Políticos, 1994: 18).

La década del dos mil —paradójicamente por la situación de violencia que se vivió en Medellín y que los investigadores sociales y medios de comunicación denominaron “Urbanización del conflicto armado nacional”— fue tranquila para los habitantes de Santa Inés. Los días cuando los homicidios, las extorsiones y las presiones de los grupos armados eran parte de la rutina en Santa Inés parecían haber quedado atrás.

En esa década las condiciones de vida de Mercedes y Pedro fueron mucho mejores. Las angustias del pasado quedaron a un lado. Finalizando los noventa construyeron el segundo piso. Una casa de 134 metros cuadrados, con cuatro cuartos y una cocina amplia. Juan Guillermo se casó y abandonó la casa, pero con ellos siguieron viviendo Lina, quien se había graduado como administradora de empresas, y Óscar que terminó el bachillerato en el año 2006. A la familia también llegó un nuevo integrante. Adoptaron a un niño de una persona cercana. Cuando Juan Pablo fue adoptado por los esposos en el año 2006 tenía dos meses de nacido.

En la cuadra en la que vivían Mercedes y Pedro pasaron más de ocho años sin ver la escena de un crimen, generalmente compuesta por una camioneta marcada con las siglas del Cuerpo Técnico de Investigación de la Fiscalía (CTI), cintas amarillas que delimitan el lugar del homicidio, una sábana blanca sobre un cuerpo inerme e investigadores judiciales vestidos de blanco, con guantes y tapabocas. Por eso, en marzo de 2009, en una noche fría y lluviosa, los asustó, como tiempo atrás, la detonación de varios disparos. Sobre el asfalto, al lado de una alcantarilla, yacía el cuerpo de un hombre: un reciclador que vivía en un barrio vecino.

El evento funesto sobresaltó a todos los vecinos de la carrera 37. En todos los balcones había personas observando el levantamiento. No importó el frío, ni la lluvia. Todos permanecieron expectantes hasta que cubrieron el cuerpo con una sábana, lo pusieron en una camilla y lo montaron al vehículo del CTI.

La preocupación por el homicidio no se hizo esperar. Máxime que, por esos mismos días, se hablaba de que algunos jóvenes del barrio estaban montando una banda, a la cual empezaron a llamar El Desierto. Durante esas semanas de los primeros meses del año 2009 empezaron a ocurrir otros hechos violentos. En una barbería asesinaron a un joven de un barrio vecino. En una vieja vía que llaman “Carretera de Guarne”, acceso principal a Santa Inés, asesinaron a un estudiante del colegio San Lorenzo de Aburrá. En una esquina, conocida como El Relator, asesinaron a un joven que caminaba junto con sus dos hijas.

Los habitantes del barrio, los mismos que parecían no recordar las balaceras del pasado, se sintieron nuevamente amenazados. Creían, por lo menos en la casa de Pedro, que iban a repetir lo vivido en el pasado. Pero fue peor. —Nos daba mucha tristeza ver a todos esos muchachos que uno vio crecer andando con armas. Qué tristeza uno ver a toda esa gente, tan buenas personas, y de un momento a otro dando bala y uno pensando ya en el de uno, sobre todo en Óscar, que en cualquier momento resultara muerto parejo con ellos —dice Mercedes.

Para Pedro, que durante estos años ha tratado de encontrar razones para semejante exceso de violencia, la palabra que resume la confrontación es el poder. La disputa, según cuenta, era para ver quién se quedaba con el negocio de las drogas y quién controlaba el barrio.

—Eso era para demostrar que nosotros somos más valientes que ellos, y los de allá decían que eran más verracos y que se iban a meter. Y también a los muchachos los llamaban los otros y les decían: “Usted es que es bobo, téngame usted este fierro que usted es verraco”. Ya llegaba con un revólver y como no hacían nada y no tenían ningún referente, digamos ni siquiera leer un periódico o ponerse a ver una noticia, sino que ellos estaban en medio de la violencia y ya sentían poder porque tenían un arma.

La violencia para Pedro y Mercedes se hizo insoportable en diciembre de ese año. Empezaron a encontrar grandes diferencias entre lo que ocurría en esos días y las confrontaciones del pasado. El elemento principal fue la tecnología. En los noventa los combos contaban solo con revólveres y, según cuenta la pareja, uno que otro changón. En cambio, en esta nueva guerra, los combos recibieron patrocinio de dos grandes capos del narcotráfico (Sebastián y Valenciano), ellos libraban una batalla en toda la ciudad. El vencedor ocuparía el puesto de Don Berna (jefe de la red criminal que ejercía control sobre Medellín, extraditado en 2007 a Estados Unidos). Con el apoyo de los mafiosos, los combos tuvieron acceso a fusiles y a rifles, esto permitió enfrenamientos a distancia y un control más agudo sobre los territorios.

La cantidad de personas que integraban los grupos armados también fue mayor. Los patrocinios alcanzaban para pagar a los soldados quienes, como los de cualquier guerra, enceguecidos por la ambición, no sabían a ciencia cierta por qué ni por quién peleaban.

—Me tocó ver —relata Mercedes— muchachos que amanecieron ahí con el revólver en la mano. Muchachos de por ahí, y yo darles de la tienda galletas y fresquito. Les decía: “Muchachos, por Dios, por qué no se van para la casa”, y me respondían: “Ah no, es que hay que cuidar el barrio”. Ellos estaban cuidando a ver quién pasaba pa’ darle bala. A mí me tocó darle a ese Malandita y todo. Les decía: “Tengan a ver, culicagados tan bobos que se hacen matar por bobadas”.

Pedro, con las experiencias vividas intenta explicar la guerra en Santa Inés. A su modo de ver, una razón de peso para que los jóvenes engrosaran las filas de grupos armados fue la falta de políticas sociales y de oportunidades que padecían los niños del barrio:

—Desde por la mañana estaban los niños en la calle, cogiendo malos vicios. Hacía falta, por ejemplo, que hubiera hogares infantiles para que desde niños se animaran a estudiar. Desde ahí se va creando la semillita, al que no le gusta estudiar, empieza a ver qué es lo que lleva este en el bolsillo.

Además, critica la forma como tramitan los gobiernos municipales los conflictos que terminan en guerra. Advierte que a los barrios solo se les presta atención cuando hay homicidios:

—A esas guerras —dice— les ponen un pañito de agua fría, ponen unos policías que casi siempre están aliados con los grupos armados y ya, y esperemos a ver qué pasa, que vuelva y resulte, y el que esté en el mando verá cómo se las arregla. Porque eso es lo que pasa, se olvidan mucho de las inversiones sociales.

Pedro pone de ejemplo a un joven del barrio al que le decían Malandita, para explicar que los referentes que tenían los jóvenes también inciden en la decisión de ingresar en una organización armada.

—Malandita —dice Pedro— no aprendió ni a leer, ni a firmar. A su papá se lo mataron en la segunda guerra. Yo creo que él quería ser como él, tener armas y poder. A su papá lo mataron los de La Terraza; entonces ya quedó este huérfano, entonces “que aquellos fulanos fueron los que me mataron a mi papá, a mi tío, a mi hermano, a mi primo”, entonces se va creciendo como esa semillita, con cualquier cosita se prende.

Una preocupación mayor tenían Pedro y Mercedes. Óscar, su hijo menor, recién había terminado sus estudios de bachillerato. Empezó a estudiar derecho en el 2008 en la Universidad Autónoma de las Américas. Pero al terminar el segundo semestre les dijo que lo había perdido. También, que su intención era dejar la universidad y dedicarse solo a trabajar.

—Con Óscar —cuenta Mercedes— éramos igual de cansones que con los otros dos.

Pedro agrega:

—A ese güevoncito había que salir a buscarlo por ahí a las once de la noche por el barrio.

Mercedes se daba una pasadita por la cancha, lugar donde parchaban los marihuaneros de Santa Inés, quienes al verla le preguntaban:

—Doña Mercedes, ¿usted está buscando a su hijo? Él con nosotros no se hace.

—Después me di cuenta que mantenía en la casa de la que ahora es su mujer.

Óscar también dejó el trabajo. Una tarde llegó a la casa en una motocicleta Yamaha DT de 125 centímetros cúbicos. A Mercedes le preocupaba, pues se las prestaba a sus amigos del barrio, varios de ellos pertenecientes a la banda El Desierto. Ella recuerda que un día Óscar, como ocurrió con Juan Guillermo durante la primera guerra, llevó un revólver. Dijo que no era de él, pero que lo iba a guardar. Pedro, por supuesto, no se lo permitió. Lo guardó entonces en la casa de un vecino.

—Yo fui allá —relata Mercedes— y les dije que no le dejaran guardar ese aparato. Entonces se lo llevó para donde una de mis hermanas. Yo la llamé y le dije: “Voy a ir con la policía”. Y ya él lo sacó y eso no se volvió a ver ni ha vuelto a ocurrir.

El 10 de enero de 2010, a las seis de la mañana, un camión se aparcó afuera de la casa de Mercedes y Pedro. Luz Miryam, quien a esa hora ya estaba haciendo el aseo, observó curiosa el vehículo. Pensó que los inquilinos del primer piso de Mercedes y Pedro cambiarían de vivienda, pues pensó que no valía la pena pagar arriendo para vivir en un ambiente tan hostil.

Mercedes había pasado la noche en vela. Guardó en cajas y en bolsas plásticas sus pertenencias. Cuando llegó el camión, su hijo menor, Óscar, empezó a sacar las cajas y a montarlas en el vehículo. Ellos le habían avisado el día anterior sobre su decisión de abandonar Santa Inés:

—Yo le dije: “Quédese, mijo, y le doy dos meses de vida, nosotros nos vamos” —recuerda Mercedes.

Óscar no quiso quedarse.

—¡Ay! Yo pensé que se iba a volver una porquería con toda esa gente. Menos mal se vino con nosotros, y aunque todavía es muy tomatragos, nadie puede decir que está por ahí matando gente —concluye Mercedes.

Algunos vecinos colaboraron con la mudanza. El miedo en esos días era parte de la cotidianidad, pero Mercedes y Pedro lo sintieron mucho más esa mañana, pues temían retaliaciones por abandonar el barrio. Al mediodía, el camión estaba completamente lleno. Ninguno de los amigos de la pareja sabía que habían tomado la decisión de dejar su casa, de abandonar las huellas que habían construido en los 37 años que llevaban viviendo en Santa Inés.

Luz Miryam observó desde el balcón, con tristeza, que los objetos guardados en el vehículo eran de Mercedes. No se dejó ver más esa mañana. Dice que lloró un buen rato. Pedro y Mercedes no habían tenido tiempo de despedirse, la ocupación no lo permitía. Pero luego, Mercedes entendió que había llegado el momento de ir casa por casa, avisando que se iban. Primero tocó en la casa de su vecina Aída, quien la había acogido en su hogar durante un año.

Luego, cuando ya no podía ocultar el llanto, caminó hasta la puerta de Luz Miryam. Pueden ser esos los dos abrazos más tristes que dio en su vida.

Después de despedirse de sus amigas, Mercedes fue abordada por uno de los integrantes del combo El Desierto.

—Doña Mercedes, ¿por qué se van a ir? —le preguntó.

—De miedo, de verlos a ustedes dar bala —respondió—, dejen esa bobada a ver.

El hombre intentó persuadirla de no abandonar la casa, diciendo que la guerra ya se iba acabar. Pero para que eso ocurriera, los vecinos de Santa Inés tuvieron que esperar hasta abril de 2011.

Pedro no tuvo ánimos para despedirse. Desde el camión hizo señas.

—Nos sentimos como desplazados, aunque nunca fuimos a registrarnos como tales.

El rumbo apenas lo habían decidido una noche antes. Juan Guillermo, el hijo mayor, preocupado porque veía a su padre sumido en una depresión, decidió buscar casa por ellos. Encontró una decente en el barrio Buenos Aires, los llamó, la vieron, y Pedro, que durante varios meses se había resistido a abandonar lo suyo, dijo que sí.

—Nosotros sí nos vinimos, también porque a este le iba a dar un infarto —dice Mercedes.

El recorrido en el camión lo comparan con un viacrucis. Los esposos lloraban, sin decir palabra. Llegaron a la nueva vivienda. La percepción que tenían de la noche anterior, una casa bonita, cambió drásticamente: las camas no cabían en la pieza y el comedor tuvieron que dañarlo para que pudiera atravesar la puerta.

—Esa casa era una cajita de fósforos —recuerda Mercedes. No había suficiente espacio para los objetos que traían. Dejaron lo que menos les servía en la acera con un letrero que decía: “Llévese lo que quiera, ya no tenemos nada”.

Cuando Pedro, sentando en el comedor de su casa, trata de recordar ese momento, se retira los anteojos, agacha la cabeza y cubre su rostro con la mano. Mercedes le dice:

—Este todavía llora, sabiendo que ha pasado tanto tiempo. Yo por allá no quiero volver.

Las lágrimas pueden ser el síntoma de que la herida sigue abierta o por la certeza de que no volverán. A principios de 2013, Pedro tomó la decisión de vender las viviendas aprovechando que el barrio estaba tranquilo. Hace un par de días, en abril de 2013, entregó las escrituras de las que, aunque legalmente ya no lo son, siempre serán sus casas.

Fuente:

Castañeda Arboleda, Juan Camilo. Nuestro otro infierno: violencia y guerra en Manrique. Beca de Creación en Periodismo Narrativo 2015 del Municipio de Medellín. Fondo Editorial Eafit, Medellín, 2016. Capítulo tomado de la página web “Hacemos Memoria”.

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“Nuestro otro infierno: violencia y guerra en Manrique” de Juan Camilo Castañeda Arboleda - Ilustración © Catalina Vásquez

Ilustración © Catalina Vásquez

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