Corporación Otraparte

Presentación

Niño de buena
ortografía mata a
su hada madrina

Julio 17 de 2014

“Niño de buena ortografía mata a su hada madrina” de Rubén Vélez

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Rubén Vélez
(Ex abogado)

A veces fue medio poeta.
Ya no rima con la poesía
ni con la era postmoderna:
es todo un ex muchacho.

Obras todavía seductoras: “La abuela huele a lobo” (2005), “Noticias del Holocausto” (2008), “Nuevo brindis del bohemio” (2009), “La piscina ahogada” (2011) y “La máquina no devuelve” (2012).

Presentación del autor
por Víctor Bustamante

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Sílaba Editores

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Vanidoso e inteligente, incisivo y procaz, Rubén Vélez en este libro nos provoca, nos lleva al corazón de su mundo, pero al mismo tiempo nos evade. La narración huye, es decir, el escritor inmoviliza el tema; no quiere narrar más. Cuando aparecen aristas que enriquecen lo que relata, cierra su aliento creativo. Lo indeleble de su memoria se instala, pero al mismo tiempo lo indecible es su norma, se detiene. Hay páginas que merecen haber sido ampliadas. Él se precia de no ser novelista, pero en estos aguafuertes quedan tantas preguntas, tantos deseos de leer más de muchos pasajes, pero el autor nos evade de nuevo, decide cerrar esas puertas y no relatar más. En muchas de estas páginas Fernando Vallejo hubiera escrito, como le ocurre últimamente, una novela de afán. Pero Rubén Vélez, aquí, es cauto, como nunca lo ha sido, cierra la puerta de sus laberintos, y a más de eso, guarda sus llaves. Y es extraña esta decisión ya que él es un gran lector de Proust, aquel que se tomó todo su tiempo para entrar no solo en el interior de sí mismo sino para describir una sociedad con el detalle que es lo que enriquece un relato.

Víctor Bustamante

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Rubén Vélez

Rubén Vélez

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Niño de buena
ortografía mata a
su hada madrina

Fragmento

De la carrera 74 a la eternidad

Yo tendría unos seis años. En la sala de velación yacía el cadáver de Beto, un vecino de mi edad que estaba dotado de resortes. No recuerdo si me puse triste o trascendental. Mientras jugábamos a las escondidas, cayó de bruces sobre una de las estacas de la verja de su casa, y enseguida se desangró. Se escondió para siempre. Beto, campeón precoz de salto mortal: en un santiamén pasó del todo a la nada. ¿O viceversa? Propongo la más trascendental de las cuestiones para que no salten de la indignación los lectores dotados de fe.

(La tienda de la esquina. Todavía existe. Tienda y cantina. Y la otra casa del intelectual de la cuadra. En sus paredes se manifestaba nuestra incipiente sociedad de consumo. “Mejor mejora Mejoral”. “Su fama vuela de boca en boca”. “La chispa de la vida”. Se llamaba y se llama Los Chalets. Su atmósfera debía de contener un elemento extraterrestre: ahí no había peleas).

Cuando la policía no podía controlar sus propios bostezos

No pienso abrumarte con un alud de preguntas sobre el otro mundo; ya sé todo lo que hay que saber al respecto. Te he invocado para decirte que puedes seguir descansando en paz, como si nada: en este escenario no te esperaba una película maravillosa. Oh, sí, te has perdido auroras y atardeceres muy bonitos, pero también un sinnúmero de hechos horrorosos. En cuanto a las verjas de hoy, bueno, ya están en todas partes, y cada vez son más altas y recias. Cada vez más temibles. Y detrás de ellas, suele haber un animal con pedigrí, pero sin glamur. Si regresaras, tú, que gustabas de jugar por doquier (hasta en los techos), correrías el riesgo de caer en poder de la ferocidad. Beto, niño estacado (y destacado por un lápiz más o menos puntiagudo), creo que la habríamos pasado la mar de bien jugando a los fantasmas: escondiéndonos de las jugadas de los más vivos.

Una propuesta de Nono Emperatriz

Lo que me joroba de los poetas es que se vuelven demasiado poéticos cuando hablan de Lola. Hola, soy Lola, estoy sola y a solas nos quedaremos para siempre. Se me está pegando tu estilo. Lola Puñales. Lola Pañales. Más lo segundo, pues gracias a mi puñalada de gracia tus congéneres vuelven a dormir como en los tiempos de la cuna. ¿No te parece, joven poeta, que tu flaca del alma sólo debería inspirar arrullos y villancicos? Y no patetismos. Y no seudopoesía. Yo que tú dejaría de ser poeta para tener otra clase de colegas. Hablemos de pilotos.

(Barrio Laureles, 1962. Sueño que ese avión se viene a tierra, justo en frente de mi casa. Todos sus ocupantes mueren, menos un niño de mi edad. Es muy hermoso y habla un idioma incomprensible. En una banca del parque más cercano, mientras nos chupamos una paleta, él me enseña las palabras que me servirán para hacer buenas migas con los monstruos que moran debajo de mi cama. Sueño que me entero de un sinnúmero de historias que no vienen en los libros).

Manifiesto mediocre contra la mediocridad

Así debió ser el barrio Laureles. No era pedir la luna, y, sin embargo, ese proyecto se realizó a medias. ¿Por qué nos gustará tanto la mediocridad? ¿Consideramos que los mundos bien hechos son aburridos? Digámonos, para consolarnos (para seguir siendo mediocres), que en Suiza nos moriríamos de la depresión.

(Por el camino de la mediocridad. No se sabe con certeza quién ha sido el señor del señorito del cuento, si el cuadrúpedo o el cuaderno. “Ningún criado puede servir a dos amos”. No hay día en que el primero no lo apremie a salir, y no hay día en que el segundo no lo apremie a quedarse. Pese a la advertencia bíblica, él se ha preocupado por satisfacer a los dos. Y los ha satisfecho, pero a medias).

Fuente:

Vélez, Rubén. Niño de buena ortografía mata a su hada madrina. Sílaba Editores, Medellín, 2014.

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