Corporación Otraparte

Lectura y Conversación

Óscar Collazos

Julio 12 de 2012

Óscar Collazos

Óscar Collazos

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Óscar Collazos (Bahía Solano, Chocó, 1942) vivió parte de la infancia y adolescencia en Buenaventura, escenario de sus primeros libros de cuentos y novelas: “El verano también moja las espaldas” (1966), “Son de máquina” (1967) y “Los días de la paciencia” (1977). Viajó invitado en enero de 1968 a países de Europa oriental y vivió en París los “acontecimientos del mes de mayo”. Fue director del Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas de La Habana (1969-70). Vivió en Barcelona desde 1972 hasta 1989. Allí publicó sus novelas “Crónica de tiempo muerto” (1975), “Jóvenes, pobres amantes” (1983), “De putas y virtuosas” (1983), “Tal como el fuego fatuo” (1986) y “Fugas” (1988). Fue escritor invitado del Berliner Künstlerprogramm (Berlín, 1977).

A su regreso a Colombia se vinculó como colaborador regular a La Prensa, El Espectador, El Tiempo y El Universal de Cartagena. Es columnista de los dos últimos diarios y ha sido distinguido en dos ocasiones con el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en la categoría de mejor columna de opinión. Entre sus novelas posteriores se destacan “Morir con papá” (1997), “La modelo asesinada” (2000), “El exilio y la culpa” (2002), “Batallas en el Monte de Venus” (2004) y “Rencor” (2006). De esta novela ha dicho la escritora española Cristina Fernández-Cubas que “es de lo más crudo —y al tiempo tierno— que he leído en los últimos tiempos. Y de lo mejor”. Y el chileno Luis Sepúlveda: “‘Rencor’ es una gran novela políticamente incorrecta”.

Es autor de la novela juvenil “La ballena varada” (1994), de la cual se han vendido 200 mil copias en español. “Señor Sombra” es su última novela. Es Doctor Honoris Causa en Literatura de la Universidad del Valle. Reside en Cartagena de Indias desde 1998 y es profesor invitado de la Universidad Tecnológica de Bolívar.

Presentación del autor
por César Herrera

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"Señor Sombra" de Óscar Collazos

Bien sea metido en los avatares de la experimentación, o sorteando las particularidades del compromiso político, o lidiando con los requerimientos que en la actualidad plantea la cultura de masas, Óscar Collazos nos entrega siempre la experiencia de un escritor que ha estado atento al pulso de su tiempo. Sus cuentos son el testimonio y la vivencia de un viajero infatigable que ha trasegado geografías diversas, que ha empleado a fondo su pluma desde una sinceridad a veces descarnada pero siempre reveladora. La suya es sin duda una de las obras narrativas más sólidas de la literatura colombiana contemporánea. Y recorrerla es una gran fortuna para cualquier lector.

Alejandro José López Cáceres

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Rencor

Fragmento

Mis senos, ¿sabe?, estaba orgullosa de mis senos, seguía estando orgullosa de saber que los tenía grandes y duros, recordaba mientras sentía ese peso contra mi cuerpo, como si el tiempo no pasara. Mi papá me estaba golpeando y yo no quería sufrir. Si uno sufre, el tiempo no pasa y el sufrimiento dura más. El sufrimiento es lo que vuelve viejas a las mujeres, como a mi mamá, que no es vieja sino una mujer con muchos sufrimientos encima. Cuando me da por pensar por qué los hombres no se vuelven viejos antes de hora, creo que es por el sufrimiento, ellos no sufren tanto y si sufren, la irresponsabilidad les quita el sufrimiento, deben creer que eso es para las mujeres. Nunca había visto tanta rabia, nunca me había parecido más incomprensible su rabia, la rabia del hombre que era mi papá.

Cerré los ojos. Cerrar los ojos es una de mis costumbres cuando no quiero sentir algo que me duele. No es que deje de dolerme, creo que me duele menos cuando cierro los ojos. Me estaba desnudando con sus zarpas. Aprendí esa palabra en la escuela, zarpas son las uñas de algunos animales salvajes, de los tigres y los leones, mi papá parecía en esos momentos un animal salvaje. Sus zarpas encima de mis senos. Una cosa es desnudarse delante de las amigas y comparar el tamaño de los senos, eso se hace por jugar, otra cosa es sentir el dolor que producían esas manos sucias apretándolos. Así que por un instante me quedé quieta mirándole las uñas mugrosas de las manos. Las zarpas del animal salvaje. Cerré los ojos y volví a abrirlos para saber si el animal seguía encima de mí. Quise recordar las nubes que oscurecían el cielo pero mi cabeza seguía metida en una bolsa de plástico oscura. No vería los relámpagos, si el cielo se oscurecía, vendrían los relámpagos y no los vería, solamente escucharía los truenos. Aunque me daban miedo, me encantaba el ruido de los truenos, esperar que vinieran los relámpagos, siempre me gustó jugar a meterme miedo: que estoy en un cuarto oscuro y llega un fantasma, que me voy de cabeza a un hueco muy profundo y grito para que me saquen, que yo misma me busco el problema y busco que me lo arreglen, esas cosas, que viene un duende, que viene el diablo y estoy sola, que me pierdo en el monte y nadie viene a buscarme, que duermo en la selva. No sé por qué los niños juegan a meterse miedo ellos mismos. Mientras él me golpeaba y tocaba, pensaba que no podría tampoco bañarme con el aguacero, porque iba a llover, eso sí era seguro, iba a llover, pensé, y no podría quedarme quieta en el centro del patio esperando que la lluvia me mojara el cuerpo y la ropa como hacía cada vez que llovía. Volví a cerrar los ojos y a sentir que mi papá seguía sobándome los senos.

No sé por qué cogí la costumbre de cerrar los ojos. Era como si quisiera mirar para dentro. Desde chiquita: los cerraba cuando me quedaba mirando las estrellas desde el patio, con los ojos cerrados me parecían más grandes las estrellas. Tengo que hablarle de las estrellas. Desde que estaba en la escuela aprendí a distinguirlas, no todas, apenas algunas, me inventaba con los ojos cerrados a las que no conocía, me sabía el nombre de las constelaciones y me las imaginaba cerrando los ojos. Antes de que me llevaran a ver una película, si le digo la verdad, yo no vi una película sino a los nueve o diez años, me montaba yo misma la película de las estrellas. Una seño, aquí le decimos seño a la maestra, una seño me había regalado un librito sobre los astros, no sé dónde lo tengo, debe de estar guardado en alguna parte, la seño me decía que si uno sabía lo grande que era el universo comprendería el misterio de Dios, pero yo nunca pensé en el misterio de Dios sino en la cantidad de estrellas que llenaban el cielo y en lo inmenso que debería ser eso que la seño llamaba el universo. Cerrar los ojos. Si cerraba los ojos, el dolor era menos fuerte. Cosas de una. Si cerraba los ojos, el tiempo se detenía, me parecía, y si el tiempo se detenía no sentiría el dolor, pero no podía detener el tiempo ni evitar el dolor, por mucho que cerrara los ojos y pensara en otras cosas, en las estrellas o en la lluvia, en los relámpagos que venían con los truenos, el dolor seguía allí, regándose por mi cuerpo como se riega una mancha de aceite en el agua.

Fuente:

Collazos, Óscar. Rencor. Seix Barral, 2007.

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