Corporación Otraparte

Presentación

Los pasos del exilio

Abril 8 de 2010

"Los pasos del exilio" de María Teresa Ramírez Uribe

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María Teresa Ramírez Uribe (Medellín) confiesa que lleva la escritura en la sangre, tal vez heredada de su tatarabuelo, el escritor antioqueño Juan José Botero, autor de la novela “Lejos del nido”. En el colegio de monjas donde estudió, durante las clases de álgebra prefería hacer versos y cuentos. Asistió al Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto e hizo un diplomado en literatura. Casada y madre de tres hijos, vivió con su familia en España durante cuatro años. “Hombre Pacho”, biografía de Francisco Maturana, fue su primer libro, con prólogo de Daniel Samper Pizano. En 2006 publicó su primera novela, “La firma de Jota”. Cuentos y artículos suyos han aparecido en el suplemento Generación del periódico El Colombiano, la revista Odradek, la revista de la Universidad de Antioquia y El Pequeño Periódico.

Finalista en el Concurso Caminos de la Libertad (México, 2007) con el ensayo “Detrás del muro”, basado en el secuestro en Colombia. Ganó el Concurso de Cuento Mil Palabras, patrocinado por Colsánitas y la Editorial Planeta (2008), con el cuento “La Boda de Samia”, incluido en el libro “Ellas escriben en Medellín”. En 2008 obtuvo la Beca de Creación Ciudad de Medellín con la novela “Los pasos del exilio”, con la tutoría de Juan Gustavo Cobo Borda y editada por la Fundación Arte & Ciencia (2009).

Presentación de la autora por
Hernando Escobar y Elkin Restrepo

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Los sentimientos, el amor por la tierra que nos vio nacer, el dolor del exilio, la amistad, la traición, el despertar de los hijos a la vida, los sinsabores de una relación de pareja, el valor frente a las dificultades, la importancia de la unión familiar ante estas dificultades, la necesidad que sentimos de justificar nuestras debilidades con nuestros fracasos, la solidaridad que trasciende fronteras, los papeles del sexo en la vida, que van desde lo esencial o lo reivindicatorio hasta lo mercantil. En fin, todos estos aspectos que no tienen patria y que nos enseñan que los seres humanos somos iguales sin depender del sitio donde nacimos, son suficientes a mi manera de ver para entender esta obra como un verdadero manual de comportamiento del ser humano, hoy más universal que nunca, ante las propuestas que le plantea el destino.

Hernando Escobar Mejía

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Sostenía Tomás Carrasquilla que en Antioquia había materia novelable y ante las dudas de sus contertulios de principios del siglo pasado escribió “Frutos de mi tierra”. María Teresa encontró también materia novelable en el exilio de su propia familia y escribió su historia, adornada por supuesto con galas literarias y variaciones oportunas, fruto de su rica imaginación. Pero es tal la verosimilitud que imprime la autora a todo lo que narra, que varias de sus amigas del alma ya están escandalizadas con algunas de las escenas contenidas en sus páginas.

Jaime Roldán

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Ágil novela cuyo tema es el exilio de una familia colombiana. Podemos seguir paso a paso las ilusiones y desengaños de este grupo familiar enfrentado a un medio desconocido: Madrid. Muchas historias paralelas van incidiendo en estos personajes: traiciones de socios, imprevistas actitudes de aparentes amigos, y el entorno de una ciudad donde los hijos estudian, el padre ve disminuir su trabajo como odontólogo y la mujer que narra mantiene la vida de hogar. Dos elementos perturban cada vez más este cuadro. Por un lado, la presencia de la quijada de un mastodonte, extraída de la costa Caribe colombiana y perteneciente al Pleistoceno, que actúa como un elemento maligno enturbiando y dañando todos los proyectos de esta familia; y por el otro lado, una crisis económica que llevaría a España a la recesión y a mirar cada vez con ojos más críticos a esos “sudacas de mierda”, según la expresión de una vecina.

La muerte de Pablo Escobar y el clima de zozobra e inseguridad que los obligó a irse del país, cierra este recuento, dándonos la ilusión de que de ahora en adelante las cosas serán mejores para todos. Con un cabal conocimiento de los lugares y el carácter de sus personajes, la autora ha mezclado con habilidad el realismo y las fuerzas paranormales provenientes de la más remota prehistoria, que tejen los hilos de esta narrativa bien lograda.

Juan Gustavo Cobo Borda

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Los pasos del exilio

Capítulo 1
El aguacero

Por María Teresa Ramírez Uribe

Ese día, el día de la partida, llovía como nunca. La noche anterior no pude conciliar el sueño y mis pensamientos oscilaban entre el miedo y la esperanza. Algo va a pasar, algo va a pasar, me decía, pero al instante yo misma trataba de apagar mis dudas, tranquila Marisol, que todo está en manos de Dios.

El amanecer nos sorprendió a todos con el coletazo del insomnio en los párpados, y aún no eran las nueve cuando un conjunto de nubes espumosas y densas comenzó a alinearse en el firmamento hasta formar una muralla gris. Las primeras gotas de lluvia cayeron sobre el techo, estridentes y ruidosas para convertirse después en un aguacero estremecedor. Partículas de granizo chocaban contra los vidrios como pequeñas piedras y el estallido de los relámpagos fusionaba la luz del día con retazos de la noche. Poco a poco los jardines de los alrededores se inundaron y el agua rodó empantanada por los bordes de la calle hasta que nada pudo contenerla. Las hojas de los árboles del parque caían al suelo dejando las ramas desnudas, y algunas, desgajadas, se deslizaron calle abajo dando volteretas para quedar encalladas en un recodo. El resplandor de los rayos iluminaba los tejados de las casas del barrio como un cuadro de terror, y el paisaje se desvanecía ante mis ojos cubierto por arroyos de agua y viento. Yo permanecía en silencio frente a la ventana, oyendo el ruido escalofriante de los truenos. Dios mío, con este aguacero va a ser imposible viajar, pensaba.

La víspera, la casa fue invadida por toda la familia, y los amigos que llegaron a última hora para despedirse, lloraron, nos abrazaron y nos prometieron cartas que nunca escribirían. Cuando se marcharon, nos acostamos rendidos, pero la excitación y el nerviosismo del viaje hicieron que el sueño de todos huyera en desbandada. ¿Sería un error? ¿Y si algo fracasaba y nos teníamos que devolver? Aunque sobraban los motivos para abandonar el país, en cada uno de nosotros vibraban emociones contradictorias.

Hoy, con el razonamiento frío que da el tiempo, pienso si nuestro fracaso tuvo relación con aquel episodio que sucedió dos años antes y que debí haber tomado como una premonición. Quizás el maleficio comenzó en el mismo momento en que resolvimos el viaje, pero nunca imaginé que los acontecimientos que siguieron estarían bajo la extraña influencia de aquello que yo consideraba “mi pequeño tesoro”.

Lo insólito empezó ese día de junio de 1986, cuando Germán, mi cuñado arquitecto, encontró lo que encontró. Había sido contratado para construir la casa en una finca cerca de Necoclí y durante la excavación para la piscina, los obreros, armados de pico y pala, sintieron que sus herramientas chocaban con algo. Siguieron excavando con cuidado, hasta que pudieron sacar una pieza que llamó su atención. Era una especie de tronco del tamaño de un antebrazo con dos protuberancias en la parte superior. La pieza parecía un fragmento de la mandíbula de un animal, con dos muelas incrustadas del tamaño de un puño. Quitaron la tierra adherida y se quedaron observando con asombro aquellas muelas enormes sin saber exactamente a qué clase de animal pertenecían. ¿Será la quijada de una vaca?, ¿o de un caballo?, se preguntaban. Al cabo de unos minutos de hacer conjeturas, decidieron llamar a Germán y éste al ver las muelas, recordó fugazmente la imagen de Felipe, cuando estudiaba anatomía de los dientes en modelos de yeso. Limpió la quijada, la guardó, y a la semana siguiente, de regreso a Medellín, la llevó a nuestra casa para regalársela a Felipe. Miren qué cosa tan original, yo nunca había visto nada igual. Nosotros tampoco. Creo que en tu consultorio se vería de maravilla, si le mandas a hacer una urna de cristal, remató.

Durante dos semanas tuvimos expuesta la quijada en un sitio visible de la casa, mientras le mandábamos a hacer la urna. Ahora no podemos pensar en esos gastos, dijo Felipe, porque estábamos en crisis. Con tres hijos adolescentes, siempre estábamos en crisis. Resolví guardarla dentro de un mueble antiguo en la biblioteca; encontré una caja de cartón a la medida y la forré con algodón teniendo cuidado de sujetar las muelas ya que una de ellas amenazaba con desprenderse.

El tiempo siguió su curso, el reloj continuó martillando su tic tac mientras la quijada dormía su sueño de piedra dentro del armario y era a la vez un testigo mudo de los acontecimientos familiares. Nadie volvió a acordarse de ella hasta que resultó el viaje a España y fue preciso vender los muebles de la casa. Una tarde cualquiera, apareció una compradora para el armario antiguo. Forcejeamos un poco por el precio, pero al final llegamos a un acuerdo; al día siguiente mandaría por él, y por supuesto, debía desocuparlo. Muy temprano me puse en la tarea, abrí primero el ala izquierda del mueble donde tenía guardada la quijada; allí estaba en su escondite, rodeada de libros. Saqué la caja, tuve el impulso de mirar de nuevo y empecé a desenvolverla con cuidado. Pero, ¿qué voy a hacer con esto? me pregunté. Bueno, algo se me ocurrirá... Al sentir en mis manos la superficie negra y helada, me invadió un estremecimiento. Era como si algo me hablara desde otra dimensión, como una protesta después del silencio.

Por mi mente pasaban todas las decisiones. Lo que debíamos vender, lo que iría para el almacén de muebles usados y lo que debía empacarse para cruzar el Atlántico en el contenedor de un barco. Sólo vamos a llevar lo preciso, porque el costo es demasiado, decía Felipe, y todos debíamos acatar la orden. La casa se convirtió en un almacén improvisado donde entraba y salía gente de todas las condiciones. Ocupada como estaba en el ajetreo de las ventas y las despedidas de familiares y amigos, los días pasaban rápidos. Felipe vivía enfrascado en los asuntos de las propiedades, los pasaportes y las visas, y tenía poco tiempo para colaborarme con los problemas domésticos. Cuando le pregunté qué debíamos hacer con “eso”, me respondió:

—Pues véndelo, o regálalo, tú verás...

Con mis mejores argumentos lo convencí para que fuera al Museo de la Universidad de Antioquia, hiciera algunas averiguaciones sobre su origen y antigüedad, y preguntara de paso si les interesaba comprar “eso”. Cuando regresó, con la caja en la mano, me dijo entre serio y burlón:

—Allá me dijeron que es una pieza valiosa, pero que no tienen presupuesto para comprarla...

—¿Te das cuenta? Pero... ¿y no te dijeron a qué clase de animal perteneció y de qué época es?

—Sí, que es parte de la quijada de un mastodonte, de la época del Pleistoceno, que vivió hace millones de años.

En ese momento decidí que la quijada se iría con nosotros. Mi intuición me decía que debía conservarla.

La tarde en que llegó la compañía para empacar los enseres que irían en el contenedor, agregué la caja con la quijada y las muelas.

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Eran las once de la mañana cuando el chubasco pasó. Las casas del barrio quedaron lavadas; en las fachadas se veían las huellas de los cascarones desconchados por la fuerza de la lluvia, y en las calles, los charcos tristes reflejaban el sol.

Yo continuaba sintiendo esa voz que me advertía que algo iba a suceder, pero trataba de apartar los malos pensamientos con la intención de inyectar optimismo a los demás. Por fin, al medio día, terminamos de arreglarnos y empacar los últimos efectos personales.

Angélica, como siempre, sirvió la mesa para el almuerzo. No ponga esa cara Angélica, seguro que se va a amañar con los otros patrones, le dije. Ella nos preparó lasaña a manera de despedida, pero a pesar de que era un plato que a todos nos gustaba, comimos sin una pizca de apetito.

Después de nuestra salida, Angélica limpiaría un poco la casa, mis hermanas y mi mamá se encargarían de cerrarla y vender en un almacén de muebles de segunda lo poco que quedaba. La propiedad quedaría consignada en la oficina de un sobrino de Felipe hasta que resultara un buen cliente para tomarla en alquiler.

Felipe estaba nervioso. Durante el almuerzo habló poco y las únicas palabras que pronunció fueron para recordarnos los documentos que no podíamos olvidar: por favor, todos con el pasaporte en la mano y los tiquetes de avión... Tomás era tal vez el más afectado pues no superaba el hecho de dejar a su novia; Susana y Manuela, mostraban su nerviosismo hablando en voz alta y contando chistes repetidos. Angélica, entraba y salía del comedor recogiendo la vajilla y los cubiertos con su mirada líquida. No me regañe, doña Marisol, que uno también tiene sus sentimientos... Llevaba varios años de servicio en la casa, y para ella, nuestra partida significaba una pérdida. Yo tampoco hablé. Repasaba mentalmente los recuerdos felices de aquel hogar, el bautizo de Manuela, los cumpleaños de Susana, la primera comunión de Tomás, los días de Halloween con los niños disfrazados entrando y saliendo a recoger los dulces, las primeras serenatas de los novios... Intentaba hacer en mi mente un registro fotográfico de los muebles y objetos que me habían acompañado por años. En esa casa habían crecido los hijos y dentro de sus muros quedaban congelados los mejores momentos de nuestras vidas. Traté de alejar los pensamientos negativos. Aunque teníamos motivos suficientes para abandonar el país, más tarde nos arrepentiríamos de haber tomado esa decisión.

La subida al aeropuerto José María Córdova, fue triste y silenciosa. Padres, hermanos y sobrinos, repartidos en varios carros, nos acompañaron en caravana por la carretera de Las Palmas. El auto donde íbamos avanzaba tomando las curvas, mientras el paisaje verde se escabullía por entre los pinos y los eucaliptos, y en mi cuerpo se instalaba un gran desasosiego. Era la duda sobre aquel futuro incierto y el miedo de no saber si habría un regreso.

Al llegar al aeropuerto, muchos amigos con los ojos llorosos esperaban para despedirnos. Pero la que más me conmovió fue Nancy, la que fuera secretaria de Felipe durante varios años. Estaba inconsolable y se despidió con un abrazo que me pareció sincero. Ella había tenido una existencia difícil. Después del abrazo le entregó a Felipe aquel pequeño libro donde estaban anotadas de su puño y letra las ocasiones en que mi esposo le había prestado su ayuda material y espiritual. Este acto fue más emotivo y sincero que cualquier otro regalo.

—Doctor, yo no tengo nada para darle, pero en esta libreta apunté todos los momentos en que usted me ayudó.

Fuente:

Ramírez Uribe, María Teresa. Los pasos del exilio. Beca de Creación en Novela 2008 - Secretaría de Cultura Ciudadana de Medellín, Fundación Arte & Ciencia, Medellín, 2009, p.p.: 11 - 16.

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