Corporación Otraparte

Presentación

Los pasos de la furia

Junio 11 de 2009

"Los pasos de la furia" de Carlos Mario Aguirre Morales

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Carlos Mario Aguirre Morales (Medellín, 1984). Estudiante del pregrado en Letras: Filología Hispánica de la Universidad de Antioquia. Ha publicado cuentos en la “Antología del Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto” (2003); en “Escritos desde la sala”, boletín de la Sala Antioquia de la BPP (2006); en “Obra diversa”, publicación del Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto (2007), y en la revista “Odradek, el cuento” (2007).

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Los pasos de la furia, por inscribirse en la aspiración a abarcar la totalidad de la experiencia humana, y por no estar en absoluto animado por voluntad de tesis alguna, consigue imponernos su agrupación de cuentos como una obra literariamente eficaz dado el poder de seducción y credibilidad de sus historias, todas ellas interesantes en sí mismas y conmovedoras, ya que han sido sólidamente concebidas y desplegadas como ficciones autónomas pero con incuestionable anclaje histórico. Por supuesto, este inaugural y sólido resultado narrativo también debe lo suyo al tratamiento lingüístico, que ha obedecido no al afán del experimento por el experimento, sino a la compulsión de acercar la literatura a la vida, a la forma en que hechos y fenómenos son percibidos por todo ser humano en el momento en que se producen.

“Santacho”, trasunto de los barrios populares del Medellín de hoy, y los intensos, sufrientes, sombríos, fantasmales o exultantes personajes que nos sacuden en estas páginas, entran a hacer parte de nuestra narrativa ciudadana más avanzada, es decir, aquella que está al día con los elementos más renovadores de la prosa contemporánea.

Jairo Morales Henao

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Editorial Universidad de Antioquia

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Santacho, parte I:
De cuadra en cuadra

Importante

Las nubes...

El brillo afilado del cielo le impedía separar los párpados. Con los ojos entrecerrados (Yurani) alcanzaba a leer las figuras de vapor impregnadas en el aire. Vio pasar dos gallinazos y no le resultó extraño que volaran tan despacio. Algo como un latido de estrellas invisibles, en contraste con una extraña sensación de tranquilidad en su pecho, lo obligó a creer que había muerto. (Yurani). Un avión perforó el tejido del cielo nublado y él, en su delirio, percibió el aliento de sus turbinas derritiendo los lunares de su cara, y entonces se aferró desesperado al suelo como si estuviera pegado del techo, balanceándose a punto de caer.

Pero luego las nubes, la tranquilidad, Yurani...

Tuvo que esperar a que el mundo dejara de dar vueltas para poder abrir los ojos por completo y sentarse sobre el pavimento. Su casco salió rodando como una tortuga muerta y la motocicleta, que yacía a pocos metros, aún ronroneaba, agonizando. Quiso respirar profundo, pero sus pulmones eran dos globos pinchados y lo que le salió, en cambio, fue un estornudo violento que le quemó la garganta. Aquello que parecía un rumor de olas encarcelado en una concha de caracol era en realidad el reguero de preguntas de los testigos. Con las piernas extendidas, se quedó sentado y se acarició la frente con ambas manos. Bajo las mangas de su chaqueta negra, un calorcito viscoso exploró el vello de sus brazos y él se fue percatando poco a poco del aguijón incrustado, como un vidrio roto, en el hueso del codo derecho. El dolor era tan fuerte que no pudo alargar el brazo y tuvo que emplear el otro para examinarse. Nunca pensó que sus músculos fueran tan blandos, que su cuerpo habituado al ejercicio y a las peleas callejeras fuera tan frágil. “Bueno”, pensó, “no hay fracturas... bueno”. Se asustó al creer que el arma también se había caído, pero no. Ni la cadena de plata, ni la billetera de cuero ni el revólver oscuro se habían ido al suelo. “No, gracias, yo puedo solo”, le dijo a la persona que quiso ayudarlo. No supo si era un hombre o una mujer, porque el mundo seguía dando vueltas y los colores de la calle eran una sopa de imágenes que emborrachaban el viento. Gateó hacia el sitio donde estaba el casco y, luego de ponérselo de cualquier manera, sin atar las correas bajo la barbilla, se arrastró en dirección a la moto y apagó sus jadeos mecánicos. “Y todo por esquivar una puta piedra”, pensó. Logró incorporarla como pudo sobre sus dos ruedas y se valió de ella, al mismo tiempo, para ponerse de pie. Sabía que los pocos testigos lo miraban sin saber qué hacer, impotentes ante su terquedad por no dejar que lo ayudaran.

—¿Quiere que llame a...?

—¡No! Gracias, no.

Tuvo que empujar la motocicleta (se situó a un lado y la tomó del manubrio) y lo peor de todo era que le faltaban quince cuadras para llegar a su casa. Recordó a medias (Yurani) que, mientras se hallaba en un barrio lejano, atendiendo uno de aquellos asuntos exclusivos para hombres como él, alguien le dio un aviso importante. Tenía que ser importante puesto que, de lo contrario, no se habría quedado estático durante varios minutos junto a la fuente apagada del parque, a la sombra de los guayabos, como siempre le sucedía cuando algo lo preocupaba. Se subió después a la moto y partió en una forma tan súbita que ni él mismo se dio cuenta, recorrió las calles como si los demás vehículos no existieran, ignoró semáforos y señales y estuvo a punto de atropellar a varios peatones despistados. Tomó un par de atajos —el parque repleto de niños que corrieron al verlo y un pasaje comercial plagado de compradores que se tiraron al suelo sin soltar sus paquetes— y faltó poco para quedar estampillado en el parabrisas de una buseta cuyo conductor, asustado, solo atinó a gritarle: “¡Loco hijueputa!”. Pero luego apareció la piedra, quiso hacer una finta para no pisarla y los que estaban en la tienda bebiendo gaseosa y escuchando una canción vallenata lo vieron volar sin destreza y dar vueltas y trompicones sobre el asfalto, al tiempo que la moto vomitaba chispas detrás de él.

Ahora, sin querer aceptar la vergüenza derramada en su cara y con el cuerpo como recién salido de una licuadora, solo deseaba llegar cuanto antes a su casa y recordar en el camino (Yurani) cuál había sido ese aviso tan importante. Desafió entonces las miradas de la gente que se asomaba a los balcones, de los niños que interrumpían sus juegos para verlo, de las dos muchachas que pasaron contoneándose, cada una con un french-poodle bajo el brazo... y, para colmo, apenas llevaba unos cien metros de recorrido al cabo de casi veinticinco minutos. La moto, una Harley del 77, pesaba bastante. “Uy, no”, se dijo, “esto es como empujar una nevera con una sola mano”. De hecho, el brazo lastimado parecía una prótesis de madera carbonizada que iba crujiendo a medida que se hacía pedazos, hasta que llegó un momento en el que, harto del sol y de caminar, al parecer sin moverse de un mismo punto, como si tratara de subir por una escalera eléctrica que va hacia abajo, casi dejó caer de nuevo la motocicleta que ya no tenía espejos retrovisores ni luces delanteras, cuando un amigo, que lo vio desde lejos y se acercó trotando, le ayudó a sostenerla. “Quihubo, primo. ¿Qué le pasó?”. El saludo vino acompañado de una palmadita en el hombro que le dolió tanto como una pedrada. “¡Hey, pasito, que me duele!”. El otro se disculpó con una sonrisa y volvió a preguntar qué había pasado. Su versión de la historia fue muy corta. El amigo, un negrito flaco, de orejas grandes, que nunca tomaba nada en serio, improvisó dos chistes al respecto pero notó que el dueño de la moto no tenía muchas ganas de reírse. “Si querés la llevamos al taller de Albeiro, pa que no te encartés con ella hasta tu casa”.

Dos cuadras después doblaron a la izquierda rumbo al garaje de Albeiro, a quien le explicaron lo ocurrido en una forma todavía más resumida. La conversación, que abordó temas tan importantes como la caja del cigüeñal, el sistema de refrigeración y la horquilla telescópica, no duró más de cinco minutos. Acordaron el precio de las reparaciones y el día en que la moto estaría lista, y los amigos salieron del recinto que apestaba a aceite de motor.

—Te invito a una cervecita, hombre —propuso el negrito.

—No, gracias. Voy a ir a... a lavarme esta sangre y a dormir un ratico.

—¿Sangre? ¿Cuál sangre?

—La que se siente debajo de la chaqueta —explicó, mordiéndose los labios en un gesto incómodo de dolor.

—O sea que sí te aporreaste en serio.

El otro asintió con la cabeza.

—Pero yo no creo que me vaya a morir todavía —aclaró—. Oíste... ¿No ha pasado nada raro por ahí? ¿Gente rara en el parche, o algo?

—Pues no. No que yo sepa. ¿Por qué?

—No, por nada.

Se despidieron frente a un muro maquillado con grafitis descoloridos y el de la moto reemprendió el camino hacia su casa. Ya podía respirar en calma, relajar un poco los huesos lánguidos e ignorar las miradas de algunas personas que lo conocían y que parecían temerle. A pesar del esfuerzo mental no lograba recordar por qué había decidido volver tan temprano al barrio (Yurani). Tampoco pudo acordarse de cómo era la persona que le aconsejó regresar pronto, pero no cabía la menor duda de que se trataba de algo importante. El asunto en cuestión —acababa de comprobarlo— no tenía nada que ver con los miembros de su pandilla, pues, de ser así, “Dumbo”, el negrito orejón, le habría informado algo. Además con el dinero que ganaba había podido instalar a su mamá —que vivía con sus dos hermanas y un dóberman— en una casa alejada de las balas y de los cambuches en donde ella trabajó varias veces vendiendo artículos encontrados en la basura, de modo que el aviso importante no podía implicarla. También su ex novia se hallaba a salvo en la casa del tipo con el que huyó al norte de Popayán. Como la memoria falló de nuevo, en el momento de evocar el rostro de aquella mujer, empezó a creer que el accidente sí le había causado un daño grave (¿Yurani?). Un cosquilleo frío palpitó en las yemas de sus dedos cuando notó que ya no traía consigo el casco de la moto. “Lo dejé en el taller”, dijo para sí y se devolvió por él; pero cambió de opinión a los dos pasos, meneó la cabeza e intentó caminar más deprisa. Parecía no darse cuenta de que andaba por la calle, arriesgándose a morir atropellado. Los nuevos vecinos lo miraban atónitos y quienes ya conocían su historia corrían de inmediato las cortinas; para ellos no era buena señal verlo tan agitado, dibujando gestos de contrariedad y nerviosismo, como si se pusiera una máscara distinta cada tres segundos.

Así siguió, dejando un largo rastro de inquietud a su paso, en tanto que trataba de recordar qué lo había traído al vecindario. Tomó su billetera y de allí sacó una lista de nombres impresa en un papel amarillento. Muchos de aquellos nombres habían sido tachados con un esfero de tinta roja, pero otros iban seguidos de un signo de interrogación. “¿Será alguno de estos?”, se preguntó sin detenerse, sin mirar por dónde pisaba mientras leía. “Tal vez los dos últimos... ‘Catapis’ y ‘Aguapanelo’”. No logró vislumbrar sus rostros. Sabía que uno de ellos —quizá “Catapis”— tenía tantas perforaciones en las orejas que ya se le veían como un par de panderetas. El otro, según recordó, fumaba mucho, casi cinco paquetes diarios. Se conocieron en un patio de Bellavista e hicieron un par de atracos después de salir. Más tarde, por algún motivo, se vieron enfrentados en un tiroteo.

Arrugó el papel y lo escondió en un bolsillo de la chaqueta. Ahora solo faltaban dos cuadras. La sangre del codo se resbaló por el antebrazo describiendo una espiral que empezó a gotear cuando, después de evadir las líneas sudorosas de la palma de la mano, llegó a la punta de los dedos. No se percató, igual que antes, de los bisbiseos ocultos que se centraron en ese detalle. “¿Será que lo hirieron?”. Como él no dio muestras de que la sangre le estorbara, muchos aceptaron que lo que se decía sobre sus andanzas era cierto. Ya no quería pensar en el supuesto aviso. Quería llegar pronto y fumarse uno de aquellos, como en los días abatidos de otros años, antes de conocer a Yurani.

“¡Yurani!”.

Ya había dejado atrás la panadería donde la vio aquel miércoles de ceniza; fue la primera vez que no la vio jugando con sus amiguitas a las escondidas, sino con ropa deportiva muy pegada al cuerpo y sin que su cabello despeinado y sucio le salpicara el rostro. Ambos sabían que lo suyo sería un escándalo para Santacho y para sus habitantes, siempre pendientes de lo que pasara en las calles desde las ventanas de sus casas, de manera que él trató de dejarla y de frenar los ataques verbales y las indirectas de las señoras hacia la muchacha, y, sin embargo, ella le dijo que no importaba nada y así logró enamorarlo más, a tal punto que compró una casa de dos plantas con balcón y chimenea, donde apagó los murmullos del fracaso con su primera novia y donde logró que Yurani fuera un asunto desconectado de su profesión.

“¡Yurani!”.

Llevaba casi tres días sin verla —en realidad era casi una semana puesto que el trabajo no le permitía volver al barrio con regularidad y durante los últimos meses su relación con Yurani había consistido en enviarle regalos y dinero— y se preguntó por qué no había pensado primero en ella. Echó a correr y cayó de bruces porque una punzada fugaz en la rodilla derecha le hizo perder el equilibrio. Escupió todas las maldiciones que se sabía y la niña que empezó a reírse al verlo caer tuvo suerte de que él no la escuchara. El tipo se marchó cojeando, persiguiendo la imagen de Yurani. En su lenta carrera tropezó con un joven que venía de la tienda con una bolsa de leche que se le escapó de las manos y se estrelló contra el piso en una explosión líquida que pintó de blanco la calle, pero el tipo solo pensaba en “mi negrita, hijuemadre, donde me le hagan algo, yo...” y las lágrimas se le enredaban entre el sudor que hervía en su rostro. La sangre que chorreaba de su mano le estropeó aún más el pantalón que se había roto en el accidente y esas últimas dos cuadras se sintieron tan largas como las primeras trece.

La suya era una callecita muy angosta, de fachadas cabizbajas adornadas con macetas colgantes y jaulas de canarios en los balcones. El tipo llegó a su puerta respirando como un caballo apaleado, con unas ganas tremendas de tocar, de llamar a gritos a Yurani para que bajara a abrirle, pero, “un momentico, qué tal si...”. Buscó algo sospechoso en las ventanas de sus vecinos y descubrió que cada casa, de una esquina a otra, lucía una extraña calma. Lo del aviso importante, pensó, podía tratarse de... pero empezó a ocuparse de la puerta.

Sacó primero la llave para abrir y, luego, el revólver. Introdujo la llave sin prisa, diente tras diente, procurando después que el giro hacia la derecha no emitiera chasquido alguno. Sus uñas adoptaron un fuerte matiz blanco. Abrió la puerta con suma lentitud y apuntó hacia la sala antes de fijarse si había alguien allí. Sin bajar el arma se quitó los zapatos para que sus pasos no se sintieran y siguió avanzando. El cañón del revólver lo veía todo antes que él: vio el florero con orquídeas de plástico, los cojines negros de los muebles y el equipo prendido a un volumen tan bajo que la música parecía un suspiro.

Se detuvo en la esquina del pasillo que conducía hacia la cocina y echó un vistazo antes de seguir. No había nadie. Una nube color crema le llevaba un perfume de guineos recalentados, y el borboteo furioso de la sopa hervida sobre el fogón al rojo vivo se oía como el cauce de una quebrada. Tratando de apuntar a todas partes, trémulo y sudoroso, se acercó al fogón para apagarlo.

—¿Yurani? —preguntó en voz tan baja que apenas pudo escucharse a sí mismo. Nada. Únicamente el suspiro de la música en la sala. Le apuntó al primer ruido que apareció, pero solo era el gato.

Enjugó el sudor que le oprimía la cara y que calentaba el escozor de sus heridas. Se sirvió un vaso de agua que le supo a vidrio. Al beber, un destello de dolor reveló el corte que se había hecho en los labios. Entonces lo escuchó. Era como un forcejeo proveniente de la planta superior. Dejó caer el vaso al fregadero y subió tan rápido como se lo permitieron sus rodillas lesionadas. Antes de alcanzar la puerta de su habitación, la que pensaba derribar de una patada, ya se había figurado un cuadro sangriento y empezó a llorar antes de tiempo. No consideró que, con el pie descalzo y la rodilla herida, el golpe iba a causarle otro dolor, así que tomó impulso, vertió su rabia en los músculos de la pierna... y se quedó quieto. Tan quieto que parecía no estar respirando. Por unos segundos fue consciente de que la tarde se derretía en el horizonte y de que las sombras espigadas de los rincones nadaban tranquilas por las paredes. Entonces, antes de caer arrodillado y de que, por ello, un relámpago negro resquebrajara su rótula, los labios pintados de sangre coagulada empezaron a temblar con una cadencia frenética, su cuerpo estremecido de frío no encontró de dónde sostenerse. Fue al baño y se quitó una a una las prendas maltratadas, arrancándose varios trozos de piel pegados con sangre a la tela. Lo que vio en el espejo lo impulsó a vomitar. Bajó la tapa del sanitario y se sentó allí después de buscar en el botiquín un sobre de aspirinas, una botella de alcohol, un frasquito rojo de mercurocromo, un paquete de algodón y uno de gasas, algunas venditas adhesivas y, por supuesto, uno de sus cigarrillos. Hurgó entre la ropa tirada en el suelo, cogió un encendedor y puso el revólver en el lavamanos. Pese a que no pudo fumar como siempre lo hacía (absorto por los colores del televisor apagado, escuchando la música de las hormigas al caminar o sobre el lomo de una vaca con alas), la cantidad de humo que retuvo en los pulmones fue suficiente como para olvidarse un poco del dolor que se avecinaba. Apagó el cigarrillo contra las baldosas frescas, amortiguó con la mano un breve ataque de tos y se metió una toalla enrollada en la boca. Primero lavó la sangre con el alcohol, después aplicó el mercurocromo en las zonas que aparecían en carne viva y sujetó sobre ellas los parches tibios de gasa. Por último, tomando una gran cantidad de aire, luego de cerrar con fuerza los ojos, extendió de repente el codo lastimado. A cada operación reaccionó mordiendo la toalla y en el espejo se grabó la imagen de una tormenta de gruñidos sofocados, un terremoto de convulsiones reprimidas y explosiones rojas que contaminaron el tono lívido de su piel. Los más difíciles de poner fueron los apósitos de la espalda y los hombros pues sus músculos hinchados se negaban a funcionar. Una vez terminada la curación —desde el otro extremo de la casa se podían oír los gritos de Yurani—, masticó cuatro pastillas y, con un gesto de anciano desfigurado, aferrado a los bordes del espejo, soportó el mal sabor del medicamento. El espejo vibró bajo el efecto de sus espasmos y sus dientes rechinaron como granizo. Los últimos destellos del crepúsculo que se metían por entre las celosías abiertas del tragaluz, se extinguieron de repente y él se tiró al suelo a esperar a que el dolor enmudeciera. Su boca seguía temblando. Se cubrió las orejas con las manos para no escuchar los gritos cada vez más agudos de Yurani. Sin embargo, cada sonido, cada espiración entrecortada por el vaivén quejumbroso de la cama, irrumpía en su cabeza con bastante claridad. No recordaba haber escuchado antes unos gritos como aquellos. Apretó los labios con el fin de acallar otro gemido provocado esta vez por el barullo de pensamientos atascados en su cerebro.

Ya casi se había quedado dormido cuando se abrió la puerta de su habitación. “No, ya está muy tarde”, dijo ella. Él tuvo la impresión de que esa voz se desprendía sin ruido de los labios de Yurani como si la hiciera viajar en una suerte de burbujas lentas. “¿Y qué? De todas formas ya sabemos que él no va a venir”, dijo la otra voz. Estaba tan oscuro que se sintió desorientado, pero logró meterse en la bañera. Yurani entró con el pelo alborotado como en sus días de niña. Levantó la tapa del retrete y, al percibir un aroma extraño, buscó el interruptor. La luz de neón parpadeó varias veces antes de llenar el cuarto.

Se quedó pasmada. Sus ojos congelados formularon un montón de preguntas, pero su boca no se movió. Era la primera vez que se veían desnudos sin que pasara nada. Él no esperó a que ella gritara, pues sabía muy bien que estaba asustada, lo sabía por la manera en que sus ojitos claros palidecieron, por la forma en que se le arrugó la barbilla. “Se ve tan hermosa”, pensó. Tras ella, sobre la puerta abierta, se proyectó la sombra del otro, se escuchó una pregunta. Yurani vio el revólver en el lavamanos, miró a su novio y trató de decir que no con la cabeza, pero él no la dejó hablar.

—Hola —le dijo.

Fuente:

Aguirre Morales, Carlos Mario. Los pasos de la furia. Editorial Universidad de Antioquia, Colección Narrativa / Cuento, Medellín, marzo de 2009, p.p. 11 - 25.

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