Corporación Otraparte

Presentación

Programa de mano

Junio 12 de 2014

“Programa de mano” de Pablo Montoya Campuzano

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Pablo Montoya Campuzano (Barrancabermeja, 1963) realizó estudios en la Escuela Superior de Música de Tunja, es licenciado en Filosofía y Letras de la Universidad Santo Tomás de Aquino de Bogotá e hizo la maestría y el doctorado en Literatura Latinoamericana en París (Universidad Sorbonne Nouvelle Paris 3). Ha sido profesor invitado en las universidades EAFIT, Sorbonne Nouvelle-Paris 3 y Mar del Plata. Ha publicado los libros de relatos “Cuentos de Niquía” (1996), “La sinfónica y otros cuentos musicales” (1997), “Habitantes” (1999), “Razia” (2001), “Réquiem por un fantasma” (2006), “El beso de la noche” (2010) y “Adiós a los próceres” (2010); los libros de prosas poéticas “Viajeros” (1999, 2011), “Cuaderno de París” (2006), “Trazos” (2007), “Sólo una luz de agua: Francisco de Asís y Giotto” (2009) y “Programa de mano” (2014); los libros de ensayos “Música de pájaros” (2005) y “Novela histórica en Colombia 1988-2008: entre la pompa y el fracaso” (2009), “Un Robinson cercano, diez ensayos sobre literatura francesa del siglo XX” (2013) y “La música en la obra de Alejo Carpentier” (2013); y las novelas “La sed del ojo” (2004), “Lejos de Roma” (2008) y “Los derrotados (2012)”.

En 1993 obtuvo el primer premio del Concurso Nacional de Cuento “Germán Vargas”, el Centro Nacional del Libro de Francia le otorgó en 1999 una beca para escritores extranjeros por su libro “Viajeros”, el libro “Habitantes” ganó en 2000 el premio Autores Antioqueños, “Réquiem por un fantasma” fue premiado por la Alcaldía de Medellín en 2005, ganó la beca de creación artística en cuento de la Alcaldía de Medellín en 2007, recibió la beca de investigación en literatura otorgada por el Ministerio de Cultura en 2008 y en 2012 la de novela de la Alcaldía de Medellín. Ha participado en diferentes antologías de cuento y poesía colombiana y latinoamericana. Sus artículos y traducciones de escritores franceses y africanos para diferentes revistas de América Latina y Europa versan sobre temas relacionados con la música, la pintura, el cine y la literatura. Actualmente reside en Medellín, donde es profesor de Literatura de la Universidad de Antioquia y escritor asociado de la Red Nacional de Talleres de Escritura Creativa (Relata) del Ministerio de Cultura de Colombia.

Presentación del autor
por Lucía Estrada

Pablomontoya.net

Editorial Pontificia Universidad Javeriana

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Todos sabemos qué información esperar de un programa de mano: el nombre de las piezas, una breve biografía de los compositores, las condiciones particulares que rodearon la creación de sus obras, etc. De este modo, el público tiene una idea más o menos clara de lo que va a escuchar. Y esto es, precisamente, lo que propone este libro: prepararnos de manera conveniente (o inconveniente, según se le mire) para el concierto que nos espera. Pero, a diferencia de los folletines que olvidamos una vez que aparecen los primeros acordes, aquí el concierto hace el prodigio de durar lo que dura la lectura del programa. Y esa lectura es nada menos que un recorrido por la historia de lo que llamamos, con consagrada inexactitud, “música clásica”: desde Venantius Fortunatus, himnodista y poeta latino de la corte merovingia del siglo VI, hasta nuestro contemporáneo, el cubano  Juan Leovigildo Brower Mezquida, este concierto cubre 1550 años de música en todo su esplendor y toda su miseria. La pregunta de Giovanni Quessep que abre este libro (“¿quién eres tú que duras en el tiempo?”) adquiere aquí una dimensión exacta y misteriosa, pues introduce una clave vinculada al conocimiento: la eternidad de la música y, a la vez, nuestra incapacidad para definirla. Es en esta incapacidad anticipada donde se ponen a prueba estos poemas.

Eduardo Chirinos

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Pablo Montoya Campuzano | Foto por Jairo Ruiz Sanabria

Pablo Montoya Campuzano
Foto por Jairo Ruiz Sanabria

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Poemas de
Pablo Montoya Campuzano

Borodin

Le has visto sus ojos enormes. Su boca que al sonar es la tormenta y también la llovizna. Y has visto el arce sin hojas. El cielo limpio como jamás puede serlo el poema. La nieve resplandeciendo con un brillo que solo a ella le pertenece. Has recordado la fila que hiciste durante tantos días. El frío como un puñal clavado en la piel de la intemperie. Y aquella mujer que te reconoció entre el gentío. No hay mayor resistencia que el amor, te dijo. Ni otro escudo contra el miedo que la esperanza de una libertad distante. La mujer tocó tus manos. Te pidió que escribieras sobre el dolor de Rusia. La miraste y prometiste hacerlo a pesar de que en ti estaba adherida la extenuación. Aún no logras entender cómo pudiste convocar esa fila degradada y a la vez intacta de la mancha. La blancura que roía el suelo con su hermosura horrenda. La espera de tu hijo y de todos los hijos del mundo detrás de los barrotes. Ahora, cuando suena el cuarteto de Borodin en el tocadiscos, sigues creyendo que los grandes ojos de la música iluminan los espacios más sombríos. En tu casa, llena de libros viejos, de plantas que crecen en los rincones mustios, la lluvia colándose por los intersticios, el violín se apacigua ante la viola y el violonchelo. Y la pausa de la redención se expande nuevamente por tu cuerpo.

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Granados

Mi madre escuchaba a Granados en las noches de su adolescencia. Fue ese el tiempo de sus sueños más queridos. Las Danzas Españolas le hacían desear una felicidad tenue. El amor para mi madre era un raro temblor. Y no el largo marasmo que vendría después. El piano le pronunciaba ese pálpito, cuando un radio en la cocina de su casa atrapaba las ondas en la noche. En el día, empero, ella hacía los menesteres del hogar. Pilaba el maíz. Lo molía. Hacía las arepas. Barría. Hilaba. Realizaba mandados. Después recitaba algunos versos de Rafael Pombo para el colegio. Y las sombras largas de Silva le erizaban los vellos de sus brazos. Mi madre tenía tiempo incluso para tejerle las trenzas a mi abuela. Para leer con sus hermanos menores pasajes del Eclesiastés. Afuera, Yolombó era un eco lejano de pompas mineras. Y las campanas sonaban en las horas de los rezos. Todo se repetía cada mañana con una puntualidad pudorosa. La música de Granados, en cambio, era una fisura y una revelación que, rozando las ollas y los platos, llegaba hasta mi madre. Ella dejaba su camándula y se sentaba junto al radio. Cerraba los ojos. Acariciaba sus brazos blancos y ardientes. Y, en la ventana, cuando los volvía a abrir, encontraba las estrellas del cielo.

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Viktor Ulman

Terezín tiene el relieve de un eczema. Él me lame y lo seguirá haciendo hasta que el tren pare. Y no habrá más viento en la agonía de la espera. Quizás el fuego se encargará de nuestros cuerpos. Seremos ceniza flotando en una tierra que nunca merecimos. Pero sigo vivo después del encierro. No reconocerlo es como si el horror me devorara del todo. Estoy vivo gracias a la música. Ella me hizo su elegido. Sus mensajes los transmití a los otros. Alguien me llamó aeda del infierno al saber que mi voz estaba sesgada de sonidos. El tiempo de herrumbre, en Terezín, lo enfrenté con ellos. No había otra arma ni otro escudo. Su esencia, pese a su porquería, me pareció más soportable que cualquier suplicio. Pero el tren empieza a detenerse. Hemos llegado a Auschwitz. Por una hendija de la puerta vislumbro los contornos del campo. Entre el tumulto, una mujer le dice a un niño: No te asustes, amor mío, no te asustes. Y yo me aferro, como si fuese mi salvación, a ese susurro.

Fuente:

Montoya Campuzano, Pablo. Programa de mano. Editorial Universidad Javeriana, Bogotá, 2014.

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