Corporación Otraparte

Presentación

Remanencia

—Septiembre 24 de 2015—

“Remanencia” de David Marín Hincapié

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David Marín Hincapié (Colombia, 1990) es escritor y profesor de literatura. Estudió Letras: Filología Hispánica en la Universidad de Antioquia. Su libro de poemas en prosa, “Abro la noche” (Fundación Arte y Ciencia, 2011), en el que hace un homenaje al poeta francés Arthur Rimbaud, mereció en 2010 la Beca de Creación Poesía Joven de la Alcaldía de Medellín. “Remanencia” (Corazón Negro Editores, 2014) es su más reciente publicación. Ganó el Premio de Poesía Joven que otorga el Festival Internacional de Poesía de Medellín.

Corazón Negro Editores

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La poesía no está en todas partes. La poesía es esquiva. Se abisma. Ella está en la conciencia de las palabras, en la tensa vigilia de la realidad más próxima, y es en esta conciencia, en esta vigilia, en su deseo, en su búsqueda, donde el poeta se instala. Remanencia es lo que surge de la ceniza para reinventarse. Es el silencio que deja una mano al desprenderse de su escritura, pero también su insistencia. Es el límite, el riesgo de dar un paso más en la sombra y no saber a dónde lo llevará ese gesto. Remanencia es lo que impulsa al cuerpo hacia una aventura íntima, hacia un gozo que respira más allá de las manos, más allá de las bocas, en el misterio...

Lucía Estrada

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David Marín Hincapié

David Marín Hincapié

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Poemas de
David Marín

Lo irreal intacto en
lo real devastado.

René Char

Entre los brazos se recogen y un rumor de hojas sin fin los arrastra. Ya están aquí las mareas de los signos húmedos y frescos. Nombran el peso de una boca y la duración en la que han sucedido los desgarros. Nombran las heridas por donde el deseo aventuró la desobediencia. Nombran las dos caras de un solo enigma y anuncian la perfección del silencio. Duermen los cuerpos. No se sabe aún si despertarán para el anhelo o el desdén.

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Están cautivos en el éxtasis y se acarician en los resguardos de un invierno áspero. Reciben con fijeza la luz del blanco nocturno. Es bello enloquecer en el oro que la noche esplende. Aquí el silencio mana y se reconcilia con el abandono.

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Fundirse en los rostros más bellos. No en los que surgen del rayo implacable de la máscara, sino en los más oscuros, en los rostros que se sustraen a la multiplicación errónea del simulacro. Fundirse en el ritmo de las noches, cuando los insectos proclaman su vertical suspenso, y abandonan su habitual forma de ir en estridencia, con alas de frágil interrogación. Y a la menor señal del deseo, en la mínima ceremonia de la carne enhiesta, abalanzarse en el cuerpo, escurrirse en su claridad, más alto cada vez y en desordenada obediencia. Y defender el ritual de los secretos en la corriente inmóvil de las posesiones, para que en un atajo subterráneo los cuerpos se proyecten sedientos, al dorado camino donde se acoplan los arroyos seminales, con la fuerza de las usurpaciones, con las mordeduras inscritas en el lomo, bajo el brillo desolado y la dura materia de las pesadillas.

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Sin duración en las hojas, sin duración en las piedras, la luz avanza con adherencia torpe. Los lugares en los que esta luz reposa son los lugares de la desaparición. En las mañanas más claras, cuando todos los ríos descienden vírgenes, a esta luz apacible se le impone el error fatal de los condenados al desencuentro. Es la misma luz que tiene en contra no el deleite de las pieles sedientas, sino el muro descomunal de ese sueño todavía sin deglutir en la horas primarias. Es la luz que asiste en los placeres de la materia, justo antes de que en los cuerpos se hayan solidificado, al borde de las fauces y por entre los acoplamientos, cada uno de los torrentes que se mezclaron en el hervidero del yo. Es la luz que sopla de donde ha escapado la sustancia del deseo bajo el signo de la tortura, y su torpeza es la pérdida de la distracción.

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Bordean el lago. Advierten que es el verano de los nacimientos. Una música de pájaros los conduce al interior de los frutos. Están presos en la locura de los hongos. Ni siquiera el aroma del rosal ocultará el detritus para el que están destinados. No saben que cosechan la traición.

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¿Cómo pueden mirarse con indiferencia un par de animales sosegados? ¿Cómo pueden suponerse colmados dos cuerpos a los que se les impone la transparencia de unos labios expertos en vértigos y desapariciones? Han morado lo suficiente en el deseo como para olvidarse. Pueden escapar a la opacidad de una noche, y luego sobreponerse a la fugacidad. Pueden dejarlo todo, sumidos en el residuo de un cause blanco entre las manos. Que la humedad preserve esta serenidad de los cuerpos y que no se extinga la luz en la posterioridad de la eyaculación.

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Han sido tragados otra vez por la oscuridad. Y son pacíficos ante las fieras nocturnas. Ya se reconocen en el nombre impuro de las traiciones. Los aromas en los que consultan la nostalgia es materia aborrecible. Se dejarán seducir por las palpitaciones del bosque como lobos que cohabitan la irritación. Indiferentes al óxido y al olvido, de la verdad solo conservan la lágrima.

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La posibilidad es acechanza y pervive en la inclinación de unos párpados. ¿Después de la sombra, quién participará de los falsos instantes? Ya separados e imprecisos arribarán al ácido nombre de la desaparición.

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Ante la ausencia y el olvido inminente la libertad es otra dádiva de la destrucción, como la luz y el perfume de un árbol simplificado.

Fuente:

Hincapié Marín, David. Remanencia. Corazón Negro Editores, Medellín, 2014.

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Dibujo de David Robledo para “Remanencia”

Dibujo de David Robledo
para Remanencia

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