Corporación Otraparte

Conversatorio

Mi Simón Bolívar

Abril 22 de 2010

Fernando González, Simón Bolívar y Lucas Ochoa - Ilustraciones por Daniel Gómez Henao - Montaje de Otraparte.org

Fernando González, Simón Bolívar y Lucas Ochoa. Ilustraciones por Daniel Gómez Henao - Montaje de Otraparte.org

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En el contexto del próximo cumpleaños de Fernando González Ochoa (abril 24) y en el marco del Bicentenario tendremos este conversatorio con la participación de Santiago Aristizábal Montoya (Medellín, 1978), licenciado en Filosofía y Letras de la Universidad Santo Tomás de Bogotá (2001) con tesis de grado sobre el concepto de filosofía en el pensamiento de Fernando González, calificada como meritoria. Bachiller en Teología de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (2004), donde recibió la distinción Summa Cum Laude, se ha desempeñado como docente de literatura y filosofía en los colegios Calasanz de Bogotá y Medellín, y actualmente como Coordinador de las áreas de Filosofía y Ética del Colegio San Ignacio de Loyola y de las Olimpiadas de Filosofía de Medellín. Ha sido ponente en diversos eventos dedicados a la obra de Fernando González y al tema de la didáctica de la filosofía. Ha publicado “Reflejos de la conciencia del ser del hombre latinoamericano en la trilogía del poeta Álvaro Mutis” (Cuadernos de filosofía latinoamericana, julio - diciembre de 1999, Universidad Santo Tomás, Bogotá) y “El concepto de filosofía en el pensamiento de Fernando González” (Analecta calasanctiana, enero - diciembre de 2004, Orden de las Escuelas Pías, Madrid, España).

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Mi Simón Bolívar

(Introducción)

Por Fernando González Ochoa

Soy amigo de Lucas Ochoa. Algo así como su discípulo, aunque a ratos me burlo de él. Estoy convencido de que es necesaria cierta dosis de ironía para la admiración inteligente. Me explicaré: sólo los inferiores admiran con seriedad. La vida es en todas sus fases movimiento. Todo vibra. Por ejemplo, la densidad proviene del grado de vibración de las moléculas, o mejor, de los electrones. De ahí que un sentimiento puro, la admiración pura... ¿Qué mujer ama a quien la adora ciegamente? Una pasión así carece de gracia.

Pero es demasiada filosofía para afirmar que soy amigo de Lucas Ochoa. ¡Es tan sabrosa la metafísica!

En todo caso, lo evidente es que Lucas y yo sostenemos como un primer principio que el hombre es centro del universo, el cual es alimento para su conciencia.

Emocional llamamos nuestro método. Comprender las cosas es conmoverse; hasta que uno logre la emoción intensa, no ha comprendido un objeto; mientras más unificados con él, más lo habremos comprendido. De ahí que sea tan viva la definición de la belleza cuando se hace consistir en la cualidad de los objetos que nos incita a poseerlos. El amor es la tendencia a la unificación. El supremo sentimiento místico es la concentración de la conciencia en Dios: una unificación tan completa, que llega a producir el éxtasis.

Nosotros llamamos sabio al que ha sentido vivir el universo y ha vivido con él. De ahí la gran idea trascendental de Lucas, que verá el lector más adelante, acerca de la conciencia. Por ella divide así a los hombres: fisiológicos, hombres maridos, hombres cívicos, patriotas, continentales y hombres de conciencia cósmica. Este último es el sabio; se ha unificado con el universo y percibe esa unificación; se percibe a sí mismo como Dios. ¿No somos hijos de Dios y, por consiguiente, dioses?

El sabio, mediante el método emocional, ha percibido la voluntad de todos los seres y las ansias de todo lo que existe. Mediante ese método ha hecho que su conciencia, por decirlo así, avanzara sus raíces, como inmenso árbol, a través de todo lo que existe, para nutrirse de ello. “Nada es extraño a mí”. En realidad, la conciencia es todo en el hombre y el secreto de la sabiduría consiste en vivir con todas las cosas. Para entender al niño hay que tener la emoción infantil. Para entender a los astros hay que vivir con ellos...

Me viene ahora el recuerdo de un albéitar: el caballo no se dejaba colocar en la pista y caracoleaba fogoso. Acercóse un matón alto, delgado, con una cicatriz en la cara y le pasó la mano por el espinazo con una emoción vibrante; le sopló y mordió una oreja, y se montó... Eran una sola voluntad, un solo animal ardiente: y la amiga que estaba a mi lado quedó en éxtasis.

Todos recordamos nuestros instantes de amor. La compenetración con el ser querido la percibe uno sin saber cómo llegó a esa percepción evidente; es entonces como si ambos amantes pensaran y desearan del mismo modo, y ambos saben (¿cómo?) que se aman y lo que desean. Es una ley superior a la de las ondas eléctricas.

¿Y qué le pasa al sabio? Desaparece en él el concepto de patria. Su conciencia es cósmica.

Nuestros antepasados que tenían una conciencia aún inferior, que eran hombres de sólo fisiología poderosa, hijos de los Balboas, Juanes de la Cosa y Pizarros, llamaban, por ejemplo, trompa a los labios del esclavo. Para el sabio son todos estos conceptos, relativos.

La Patria es precisa para el hombre fisiológico, contra el robo y el asesinato. Pero el sabio no es poseído por esta pasión: es un mahatma.

En un período bajo de la conciencia, a los hombres los cohesiona y sostiene el concepto de Patria; pero todo es andaderas y el fin reside en la unión con la fuerza infinita. La energía se expande, mediante el método emocional.

¿Qué pueden importar al sabio la alabanza y el honor literario? Sabe que ser es diferente a parecer. Pueden decirle mil atributos ¿y qué ganancia obtiene? El que se entrega al método emocional sabe que la alegría está en el poder de la conciencia.

Escribe Lucas en uno de sus cuadernos íntimos:

“Me da risa pensar en muchos conocidos, imaginando que repentinamente se quedaran solos en el mundo. ¿Qué sería de ellos, pobres hombrecillos vanidosos, que publican todas las boletas, todas las alabanzas?

Aquí estamos los mahatmas en medio de nosotros mismos. Para nosotros la soledad está en la compañía, pues lo que más despreciamos es el amojonamiento. Nada habla, sino el hombre. Los árboles están sembrados y los mueve el viento, pero callan. Los animales no hablan, ni los minerales. Pero todo es consciente y se emociona. Indudablemente lo que más ha impedido al hombre, en cierto modo, el ascenso a la conciencia cósmica ha sido el lenguaje, que es limitador y separador de individualidades. Por eso los grandes conscientes que ha tenido la humanidad han percibido como una etapa próxima del hombre, la comunicación emotiva, sin necesidad del lenguaje articulado”.

Nuestro criterio práctico de la vida ha sido así:

Somos diosecillos andrajosos que trepamos la escala de la conciencia. Sentémonos a la puerta de todo lo bello hasta hacerlo nuestro, por el método emocional. Persigamos al héroe hasta uniformarnos, hasta que viva en nosotros. Sólo por la emoción podremos embellecernos a nosotros mismos. Pero no perdamos de vista que el universo es el objeto y que no debemos ser poseídos. Lo que empobrece es el ansia, el ansia que ahoga al que se hunde en el agua, el ansia que apresura el desgaste del enfermo. El ansioso es objeto alimenticio, carnada de anzuelo. Hay acción absorbente y deprimente; la primera es emoción y la segunda, pasión. Contemplamos —por ejemplo— una mujer hermosa: si nos desordenamos, toda nuestra energía se la absorbe ella y quedamos temblones, ansiosos y enfermos. Abramos nuestra alma a los fluidos de la salud y la belleza de esa mujer y así nos tonificaremos armoniosamente.

Estar pletórico o eufórico, significa lleno, dueño y tranquilo. La belleza es un reino y sus esclavos son los incontinentes que ignoran el método que conduce a la sabiduría.

¿Cómo absorbemos la energía? Una nota de Lucas nos responde:

“Considerando las emociones e ideas y paladeándolas. Ahora estoy tibio; siento circular por mi organismo todo el paisaje, todo el sol, todo el sonido y todo el silencio. Yo en la Tierra y la Tierra en el cosmos. Nada hala de mí:

Sois frutos del árbol de la vida;
no sois mis cazadores:
mi corazón no es fruto,
sino el devorador.

El devorador de las cosas bellas;
el cazador sentado
bajo el árbol
de la conformidad.

Ahora cantan las aves
humildes.
Para mí cantan los humildes;
para el cazador
reposado”.

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Lucas Ochoa ha vivido la mayor parte de su tiempo entre la gente morada de Colombia. Aquí han venido mezclándose las razas incesantemente hasta producir este tipo peculiar, enclenque, pequeño, de uñas violadas y amigo de los congresos, que es el colombiano.

Recorrió Lucas hacia el norte y hacia el mediodía, al levante y al poniente, en busca inútil de la belleza humana. Entonces fue al pasado y halló que en Santiago de León de Caracas había nacido, a la una de la mañana del veinticuatro de julio de mil setecientos ochenta y tres, un español criollo, heredero de toda la energía de los conquistadores, y que en su corta vida de cuarenta y siete años, cuatro meses y veinticuatro días había cumplido los siguientes principios en que se resume la actuación de la energía humana:

I.—Saber exactamente lo que se desea;

II.—Desearlo como el que se ahoga desea el aire;

III.—Sacrificarse a la realización del deseo.

Este hombre fue Simón Bolívar.

Encontrada la belleza humana, se aisló Lucas de sus conciudadanos y se entregó durante años a realizar en sí mismo al héroe.

Fernando González

Fuente:

Mi Simón Bolívar. Bedout, tercera edición, 1969. Ver texto completo aquí.

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