Corporación Otraparte

Presentación

Sexo y saxofón

—Junio 15 de 2017—

“Sexo y saxofón” de Gonzalo Arango

* * *

Presentación a cargo de Ignacio Piedrahíta,
Elkin Restrepo y Felipe Restrepo David.

Ignacio Piedrahíta (Medellín, 1973) es escritor y geólogo. Ha publicado el libro de cuentos “La caligrafía del basilisco” (1999), la novela “Un mar” (Beca de Creación de Medellín, 2007) y el relato de viaje “Al oído de la cordillera” (2011) con el Fondo Editorial de la Universidad Eafit. Es colaborador habitual de la Revista Universidad de Antioquia, el periódico Universo Centro y el suplemento Generación de El Colombiano. Más información en su sitio web.

Elkin Restrepo (Medellín, 1942) es poeta, narrador y editor. En 1968 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Vanguardia - El Siglo con su libro “Bla, bla, bla”. Ha sido cofundador y codirector de las revistas Acuarimántima, Poesía, Deshora y Odradek, el cuento. Es director de la Revista Universidad de Antioquia, entidad donde fue Profesor Titular. Ha publicado los libros de poesía “La palabra sin reino” (1982), “Retrato de artistas” (1983), “Absorto escuchando el cercano canto de sirenas” (1985), “La dádiva” (1991), “Lo que trae el día” (2000), “La visita que no pasó del jardín” (2002), “Luna blanca” (antología) (2005), “Amores cumplidos” (antología) (2007), “Como en tierra salvaje, un vaso griego” (2009/2012) y “Poeta de provincia” (antología) (2010). En narrativa (fábulas y cuentos) es autor de “Fábulas” (1991), “Sueños” (1993), “El falso inquilino” (2000), “Del amor, lo pasajero” (2007), “La bondad de las almas muertas” (2009), “La orfandad de Telémaco” (2011) y “A un día del amor” (2012). En 2002 hizo su primera exposición de dibujos y grabados en la Sala Comfenalco de Medellín.

Felipe Restrepo David es filósofo de la Universidad de Antioquia y magíster en Letras de la Universidad de São Paulo (Brasil). Colabora para la Revista Universidad de Antioquia desde 2005. Ha publicado “Voces en escena: dramaturgia antioqueña” (Fondo Editorial Ateatro Revista, 2008, Beca de Investigación Teatral del Ministerio de Cultura) y “Conversaciones desde el escritorio: siete ensayistas colombianos del siglo xx” (Fondo Editorial Universidad EAFIT, 2008, Beca de Creación Literaria en Ensayo, Alcaldía de Medellín). Actualmente es candidato a doctor en Humanidades en la Universidad de EAFIT (tema de investigación: literatura colombiana de viajes) y editor de planta de la misma institución.

Fondo Editorial Universidad Eafit

Biblioteca Gonzaloarango - Fondo Editorial Universidad Eafit

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Gonzalo Arango fue un poeta, ensayista y periodista colombiano nacido en Andes, Antioquia, en 1931, y fallecido en un accidente automovilístico en 1976. Su nombre está asociado con la fundación de uno de los movimientos culturales y poéticos más importantes de la literatura colombiana del siglo xx: el nadaísmo. Entre los escritores nadaístas se cuentan Jaime Jaramillo Escobar (x-504), Amílkar Osorio, Eduardo Escobar, Jotamario Arbeláez y Elmo Valencia. Arango trabajó como periodista en medios como El Espectador y la revista Cromos. Entre sus libros publicados se destacan: Manifiesto nadaísta (1958), La consagración de la nada (1964), Sexo y saxofón (1964), Prosas para leer en la silla eléctrica (1965), Providencia (1972) y Obra negra (1974). Póstumamente se han publicado otros libros que reimprimen o recogen partes inéditas de su obra, tales como Reportajes (1993) y Teatro (2001). La Editorial EAFIT publicó en 2006 Cartas a Aguirre (1953-1965), su epistolario con Alberto Aguirre, en 2015 Cartas a Julieta, correspondencia enviada por Arango a Julieta González, y en 2016 la nueva edición de Obra negra inauguró la colección Biblioteca Gonzalo Arango.

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Yo le oí a un amigo, Félix Ángel Vallejo, noticias de un joven que estaba en Cali, un desesperado que le escribía acerca de náuseas por la poesía, la metafísica normal, la novela, y por todo lo humano; que las náuseas eran ya vómito por nuestra universidad, por los maestros y por los personajes de la patria; que ese estado se llamaba Nadaísmo y que eran sinnúmero ya sus compañeros. [...] Inmediatamente viví que eso era una aurora en Suramérica. [...] Sí. Voy a orar por ese joven que se está desnudando, el primogénito en esta América pajosa de complejos coloniales. [...] Luego, un domingo, se me apareció en un café de Envigado, y lo reconocí y fue como si me hubiera llegado yo mismo a mí con los ojos asustados y atisbadores de mis 27 años. Fue una fiesta en mi larguísimo viaje que ni el ojo vio ni el oído oyó y nadie podrá ya borrar ese encuentro.

Fernando González

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La escritura de Gonzaloarango sigue los caminos de la música del Jazz. Figuras espontáneas hechas con palabras van cayendo una tras otra en medio de una estructura de simple apariencia. Sus frases son golpes de efecto que van directo a los sentidos, dando un salto ficticio sobre el caudaloso río de la razón. Cinco décadas después de ser escritas, es inútil intentar desentrañar el sentido literal de muchas de sus líneas. Similares a hermosos fósiles, queda el molde y no la carne, que ya ha sido devorada en otras épocas de crudo existencialismo. Escrita en piedra, su escritura es ahora más valiosa y potente, donde destella no solo el desborde de la imaginación, sino un estado del alma de permanente inspiración, reservado a los más jóvenes y a los elegidos. De ahí, quizá, que Gonzalo se refiera al escritor como “un santo que sufre mucho”.

[...]

Sin alientos ni voluntad para enfrentar los días opacos de la cotidianidad, los personajes de Sexo y saxofón prefieren la penumbra de un bar para pasar las horas. Todo lo opuesto a una torre de marfil, el bar es un agujero desde el cual mirar el mundo al revés. Es allí donde el artista se siente plenamente cómodo, “aplazando infinitamente lo que nunca tengo para hacer”. Del aburrimiento, solo la semilla del amor puede sacarlo. Basta con que una mujer desconocida lo salude desde un carro que pasa, para que él se enamore. Si la música alivia el fastidio de la vida, el amor es el antídoto. Y, para prolongarlo, es mejor que este suceda únicamente en la mente. Las mil posibilidades del Jazz se asemejan a la incertidumbre de un acercamiento, quizá un beso. Más allá de eso está la vida real, donde el amor, inexorablemente, morirá buscando una eternidad imposible.

Ignacio Piedrahíta

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De entre los restos de un avión caído recuperan cuentos de Gonzalo Arango

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Un centavo de nada

1

Don Blas es el tendero de la esquina. Una especie de rata traficante, de mirada de acero, pelos de lechuza asustada, dientes con estrellas de oro falso. Al verlo, es imposible tratarlo como si fuera un hombre. Pero algo tiene que ser, y todavía no es un cadáver.

En todos los barrios hay una esquina con una tienda como la de don Blas. Entro y vagabundeo de un lado a otro. Unos parroquianos beben cerveza. Don Blas vende comestibles, abre el cajón y veo los billetes acumulados, excitantes, pero aparto la mirada con indiferencia.

Cada que lo miro pienso: “Don Blas no merece vivir”. “Don Blas es una rata”. “Si don Blas no existiera la humanidad no se habría perdido nada”. “Don Blas es una arracacha podrida”.

Si se fueran los borrachos... Pero los tipos piden otra tanda de botellas. Miro el cartón de Alkaseltzer colgado de la pared como una divinidad imposible.

Don Blas vende maíz, ríe, pesa, calcula. Don Blas tiene quinientos pesos en el cajón. Yo no tengo cigarrillos. Don Blas fuma, se chupa los dedos al pesar la manteca, don Blas debe babearse de noche sobre su mujer, don Blas me mira y cada que me ve, dice:

—¿Perdón, ya lo atendí?

—Sí, don Blas, gracias, no quiero nada.

—El granerito se mueve —dice contento, y se golpea la barriguita como un hombre feliz.

Me siento a esperar que los parroquianos se duerman o se emborrachen, o se vayan a dormir su oscura borrachera, pero no se van porque hablan de salarios y de política, y yo pienso que son albañiles que están cansados, que se gastan el último peso de su salario explotado.

Ojalá revienten pronto.

2

Da una vuelta por el parque de Boston. La vida brama a su alrededor: ve jugar los niños, coquetea con las niñeras negras, doblan las campanas, pasa un entierro al declinar la tarde, la gente se va para matiné, son tan normales, las chicas van tan frescas y bonitas, tendrán sus caricias, sus besos furtivos, y el amor será en ellos una flor trémula que se abre con los rayos de un sol tibio como el deseo.

Pero piensa en don Blas... Piensa si ya estará solo, en su cajón atiborrado de billetes sucios pero que dan la felicidad, sirven para invitar las chicas al cine, tomar helados en los Ride Inn, salir al campo y bailar en las terrazas y balcones donde se contempla la ciudad, y uno ve nacer la noche, brillar las estrellas como bacilos planetarios en el cielo incipiente, soplar los torrentes de aire fresco impregnado de limo y yedra, oír el susurro de cantos agoreros, alegrarse con ginebra y un cubito de hielo flotando en la limonada, bailar y respirar tu olor de nuca, el pelo de ella sobre la frente de uno, el latido de ella en mi latido, pensar que la vida es bella, que el mundo es un inventico estupendo, que mis padres hicieron bien al engendrarme, que es idiota estar muerto o no haber nacido, perderse en esa ilusión loca del amor y del sueño...

Luego termina el baile, uno mira los ojos de su chica, la desea, ella lo mira a uno, lo desea, y eso será posible un día de estos en alguna parte, tal vez esta noche o mañana, no, mejor esta noche pues ahora somos felices, tú eres bella, eres pura, eres casi un ángel, yo te amo, tú me miras con cierta rareza, yo sé, no es una mirada normal sino adorable, es la mejor mirada del mundo que nos dio la vida para que me vieras y descubrieras en mí todo lo que en ti es secreto, misterio y ofrecimiento.

Ya sé: la tuya es la mirada con la que te busco, con la que te encuentro, con la que miras las estrellas, con ese éxtasis.

Sí, no es necesario decir nada, está bien el silencio, está bien todo, habrá un futuro para nuestros cuerpos, para nuestra dicha, yo entiendo, reconozco tu olor, tu fascinación.

Te ofrezco un cigarrillo, fumamos, nos lanzamos el humo a la cara como dos enemigos se lanzan un desafío a muerte, yo acepto el tuyo que es el amor. Hemos sellado el pacto de lo que nos va a suceder, de lo que se nos viene encima como un cataclismo, al que no podemos huir porque ya hemos consentido, porque ya lo hemos jurado sin poner a nadie de testigo, porque tú y yo somos fieles a la carne que es nuestra religión, porque tú eres una mujer y yo un hombre y esto es importante.

¿No te parece delicioso que estemos embrujados? Cuando tú quieras, si quieres esta misma noche, iremos a otro sitio, tengo quinientos pesos para que los gastemos en ser felices, a ti te gusta ir al Grill Piemonte y bailaremos hasta el amanecer, tú te pondrás el vestido negro que tenías aquella noche, no olvides tu “Sortilegio” en la nuca, tú sabes cómo me excita ese perfume, y adórnate con el collar japonés, o cualquier collar de los muchos que tienes, o yo te pondré mis diez dedos en tu nuca como un collar que te fuera a ahorcar, y así bailaremos en nuestro rincón, tomaremos brandy en panzudas copas de Baccaratt, hablaremos de casitas cursis, y nada más, simplemente nos miramos.

Pero si lo prefieres, puedes dejarte tus slaks negros, te van divinamente bien con esa blusa morada, solo que le gustarás a todo el mundo y no lo soportaré.

En fin, no es por celos, yo entiendo que es natural que le gustes a todo el mundo, pero sí debe ser por celos, pues sería fantástico que no me gustaras sino a mí, y ojalá yo pudiera hacer un milagro para volverte invisible y solamente yo te viera, con tu mirada algo taciturna, tu naricita respingada, con ese modo todo tuyo de gustarme, y cuando cantas sobre mi oído al bailar con esa concentración que te pone tan ausente, porque te aleja de mí aunque estés en mis brazos, pero yo sé, estás en lo que has debido ser, en lo que es tu gloria: ser cantante, y marcar los acetatos con tu voz imponderable que me recuerda a Edith Piaf cuando canta “Les Amants de Demain”, pero sobre todo a July London, aquellas canciones que me prestaste para que te recordara (no era tu intención), y yo te decía: “Canta como tú, por eso me gusta”. Y tú me reprochabas modestamente: “No canta como yo, por eso te gusta, porque tú tienes muy buen gusto”.

Pero, en fin...

También era domingo cuando subimos al Monasterio, el chalet de tu amigo erigido en las rocas de Santa Elena, donde él vivía como un Monje, pero como un Monje sibarita.

Recuerdas la cascada que se precipita por los peñascos...

Recuerdas el perfume anochecido de las flores... Recuerdas el bramido del viento y las ráfagas de luna sobre el monte entre los altos carboneros...

Recuerdas la flotación del légamo refrescado por el rocío...

Recuerdas que fuimos a besarnos al jardín entre el frío olor de las lilas, y tuviste miedo como si fueras una liebre cogida por la noche... Recuerdas que nos emborrachamos con vino Benedicto XV que nuestro monje sibarita vaciaba de un tonel sagrado importado de los viñedos de Teruel, ¿cosecha 1789...?

Yo recuerdo: ¡éramos tan felices!

Yo te decía “burguesita” por tu refinamiento delicioso, pero tú te enojabas y decías que era un insulto, y te lanzaste sobre mí como una gatita furiosa, y me hiciste daño al morderme los labios. ¿Fue un beso? Me quedé sin saberlo porque parecías a la vez tan feroz y tan feliz. Entonces te dije: “Bueno, eres una monjita pasionaria”. Esto te hizo reír, y volvimos reconciliados a donde nuestros amigos nos esperaban para comer un sándwich.

Yo me emborraché de felicidad, y tú desenterraste de alguna alcoba un Alkaseltzer porque me sentí mareado (por esa mezcla demencial de tus besos, Benedicto XV, las lilas y el rocío), y tú misma me preparaste un té con limón, con esa manía que tienes de hacer el té a la japonesa, de hacerlo todo a lo japonés, a lo geisha, en lo que eres tan valiente y tan experta.

¿Por qué me tratabas como un niño perdido? Tú me conmovías, tú me matabas, tu ternura era insoportable. Yo te dije: “No seas mala, déjame solo y diviértete”. Pero tú no me abandonabas y esperabas que mi lucidez volviera a tomar el sitio que merecía junto a ti, una vez que pasaba esa breve pero espantosa ráfaga de lobreguez interior que tanto nos asustaba, y yo regresaba a ti, ensombrecido y tierno, enteramente como tu amor y tu necesidad, y yo te esperaba enteramente como mi salvación.

Un viento cortante azotó el chalecito, empañó los vidrios, y estos borraron la visión espléndida de Medellín. Entonces se te ocurrió encender la chimenea donde pusiste a crepitar unos leños de eucaliptus de cuyo chisporroteo brotaron olitas de fuego que navegaban por la estancia iluminando los muros y el tapete cárdeno.

Dijiste: “Ven caliéntate”, y nos inclinamos sobre los leños ardientes como dos magos, como dos Bhikkus budistas adorando al Iluminado, aquella vez en el Parque de los Ciervos cuando pronunciaba el Sermón de Benares, hace ya mucho tiempo, tú y yo no habíamos nacido... Pero don Blas...

3

Oscurecía.

Ya los borrachos estarían dormidos, o idos. Entonces, volví. Disimulé mis nervios fumando un cigarrillo, no sé dónde lo obtuve, tal vez lo encontré por ahí en el parque, era una colilla rubia nimbada de colorete, pegajosa por el rouge.

Don Blas me vio y dijo con su manía de quererme vender alguna cosa que luego me atendería cuando terminara con la señora, y yo le dije que no se preocupa­ra por mí, que hiciera de cuenta que yo no estaba, que me olvidara, que se guardara su estúpida amabilidad para los clientes, que en síntesis yo no quería nada y me dejara en paz.

Me senté sobre unos bultos en la trastienda, y tuve paciencia, y tuve valor, me puse a meditar el plan, las primeras frases, de modo que él no sospechara, o sea, que no se volviera mi enemigo y me dejara actuar.

Todo me salía tan perfecto en la imaginación como lo ejecutaría un criminal, aunque yo no era eso, y lo hacía impulsado por la enfermedad y por los sueños.

¿Tendría coraje para llegar hasta el fin?

Yo me daba aliento y lo juraba, no podía desfallecer, sería una vil cobardía, una iniquidad, perder toda la tarde, las nostalgias, los sueños del parque, etc.

La vieja se fue con sus cosas, y don Blas hizo sus cuentas mentales para calcular sus ganancias, a juzgar por el rostro de beatitud.

Entonces lo abordé desde el antemostrador con una conversación trivial pero amistosa, según la eficacia, para ganarme su simpatía y romper sus prejuicios y prevenciones.

En este momento ocurrió lo definitivo: saqué del bolsillo de mi chaqueta un libro de teatro y se lo mostré. El libro tenía en la portada un retrato mío, y él lo contempló con sospecha, con admiración, pero luego se convenció de que ese sujeto era yo, el mismo que tenía frente a él, aunque no lo creyera, ni lo percibiera con sus ojitos de búho, ni pudiera digerirlo en su cabezota de lechuza asustada.

—¿Y qué hace usted aquí, hijo? —dijo comparándome.

—Es que yo soy escritor —repuse con timidez.

—¿Qué es ser escritor, hijo?

—Pues... don Blas, un escritor es un santo que sufre mucho.

—Ah... ah...

Abrió el libro y leyó algo muy breve, casi aburridor porque se puso a jugar con las páginas como con una baraja de naipes, y luego se sopló en abanico, echándome su aliento apestado, sin que pudiera defenderme.

Sentí perder el valor, olvidé lo que seguía en el plan, todo se hizo oscuridad en la cabeza. “Tengo que hacerlo ya o no lo haré nunca”, pensé. Entonces me puse a decir cosas idiotas por hacer ruido.

—¿Le gustó el libro, don Blas?

—¿Qué sé yo? Estas cosas no son para mí, yo soy una vaca, hijo.

Al fin me decidí.

—Don Blas —dije, sin ninguna esperanza—, cómpreme ese libro.

El viejo me miró con sus ojos de búho, como queriéndome decir: “Oiga jovencito; ¿usted está loco?”, pero dijo:

—Yo no vendo papeles, hijo, yo vendo comida.

Era el fin de la derrota. Dije por decir: “Don Blas, yo soy un gran escritor”... “Don Blas, mi obra HK-111 fue estrenada en Bogotá”... “Don Blas, ese libro vale cinco pesos en las librerías, pero para usted no vale cuatro, ni tres, ni”...

—No, no, no…

—Ni, ni, ni…

—No, y no. No vale nada. Yo no compro ni vendo libros, yo vendo mercancías.

—Don Blas —dije humildemente—, usted debe com­prármelo.

Un niño vino por unos tubos de hilo y don Blas tiró el libro sobre el mostrador con el desprecio del que tira un libro malo que acaba de leer. Cuando quedamos solos, dijo:

—Usted sabe, nadie pregunta por un libro en un granero. ¿Qué puedo hacer yo?

—Nadie pregunta, pero usted lo ofrece. Alguno siente debilidad por la belleza y se lo compra. Yo le doy mi libro y usted me da un paquete de cigarrillos, una caja de fósforos, un Alkaseltzer y 0,15 para el bus.

Reflexionó y concluyó sentencioso:

—Total un peso... ¿Usted dice que vale cinco?

—Sí.

—Está bien, hijo, voy a darle esos artículos por tratarse de usted que es un sabio. Pero créamelo, es el primer negocio malo que hago en mi vida.

—No se arrepentirá, don Blas, usted es una bella persona.

La lechuza me entregó los artículos, me encimó el vaso para el Alkaseltzer y una rodaja de limón podrido.

Don Blas abrió el libro de nuevo y dijo:

—Tiene ciento cinco páginas, le he dado un centavo por cada página, sí que es un mal negocio, maldita sea.

Antes de que me hiciera vomitar la pastilla y me arrebatara los cigarrillos, le dije que iba a firmarle el autógrafo para que el libro se valorizara. Pero él dijo indignado:

—No me lo ensucie.

Le expliqué que con la firma del autor valía más, y que dentro de veinte años cuando yo estuviera muerto, se lo podrían comprar para un museo, o un coleccionista de autógrafos. Pero él dijo:

—Dentro de veinte años usted y yo estaremos en abono, hijo.

Me marché. Estaba contento como un piojo y me puse a silbar una canción, con esa felicidad humilde de tener cigarrillos para el resto de la noche.

Me dirigí cien pasos al estacionamiento de los buses que iban al centro de la ciudad. Oí que don Blas gritaba desde la esquina:

—Hijo... ¿qué es “HK-111”?

—¡Un avión!

—¡Maldita sea! —rugió para todo el barrio—, este bribón me estafó. Debo de estar loco.

Esperé la arrancada del bus, pero este permanecía esperando los tardíos pasajeros del domingo. Entonces decidí caminar las treinta cuadras que me separaban del centro de la ciudad, y guardé los quince centavos para tomar un tinto en el Bar Metropol.

Cuando caminaba hacia la avenida La Playa, descubrí una tabernita perdida en la desolación nocturna, y entré.

Me atendió una chica con gafas verdes, pecosa, inofensiva, cuya feura desusada disimulaba bien la media luz, ella parecía tranquila en la penumbra y yo me sentía consolado con su presencia.

—¿Qué toma?

—Un tinto.

La mujercita trajo el café y se retiró discretamente a otra mesa. A veces nos mirábamos. Ella se turbó porque pudo sospechar:

—Piensa que soy fea.

Pero para mí eso no tenía importancia.

—Si no tiene nada qué hacer, siéntese conmigo.

Y ella se sentó, y se puso a soltar un montón de cositas frívolas que no me interesaban, pero parecía desaburrirla, y yo me limité a soportarla, aunque me arruinaba esa felicidad siniestra que a veces me llega en los bares oscuros.

Me contó una película que había visto en el teatro de su distrito, Judith y Holofernes, pero no le puse cuidado a esa historia, excepto que al final Judith corta la cabeza de su amante.

—¿Judith era una vampiresa? —pregunté.

Ella dijo que no sabía qué era una vampiresa, entonces quería saber quién era yo, y en qué trabajaba, y yo le dije que en nada.

—Entonces, ¿qué hace?

—Me aburro.

—¿Por qué se aburre?

—No sé.

—¿Por qué no está con sus amigos?

—Me aburren.

—Y una novia, una amiguita, ¿por qué no está con ella?

—Me aburre.

—¿Todo lo aburre?

—Sí, y deje de hablar como una lora porque usted también empieza a aburrirme. Mejor encienda la radio.

—Oh...

Giró el botón. Una emisora cultural transmitía música gregoriana.

—Eso me gusta, déjelo.

La pecosa obedeció.

Me hundí en esta música como en un sueño, sin pensar nada, sin esperar nada, exactamente como un hombre que no tiene más remedio que existir.

Gonzalo Arango

Fuente:

Arango, Gonzalo. Sexo y saxofón. Fondo Editorial Eafit / Corporación Otraparte, Biblioteca Gonzalo Arango, Medellín, abril de 2017, p.p.: 65 - 76. Presentación de Ignacio Piedrahíta.

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