Corporación Otraparte

Lectura y Conversación

Silvia Castillero

Abril 9 de 2007

Zooliloquios de Silvia Eugenia Castillero

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Silvia Eugenia Castillero (Ciudad de México, 1963). Poeta y ensayista. Estudió la licenciatura en letras en la Universidad de Guadalajara y posteriormente un doctorado en letras hispanoamericanas en la Universidad Sorbonne Nouvelle de París. Tiene un libro de ensayos: “Entre dos silencios, la poesía como experiencia” (Tierra Adentro, Ciudad de México, 1992). En poesía ha publicado: “Como si despacio la noche” (Secretaría de Cultura de Jalisco, Guadalajara, 1993), “Nudos de luz” (con serigrafías de Rigoberto Padilla, Ediciones Sur y Universidad de Guadalajara, Guadalajara, 1995), “Zooliloquios” (edición bilingüe, traducción al francés de Claude Couffon, Indigo Editions, París, 1997) y “Zooliloquios - Historia no natural” (CONACULTA, colección Práctica Mortal, Ciudad de México, 2003). Ha sido becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en los períodos 1993-1994 y 1998-1999. En 2000 obtuvo la beca de estancia para traductores, otorgada por el Ministerio de Cultura de Francia, para traducir una muestra de “Nueva Poesía Francesa” de próxima aparición. Actualmente es directora de la revista literaria Luvina de la Universidad de Guadalajara.

Presentación de la autora
por Pablo Montoya

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“Todo esto deja la impresión de que la voz de Silvia Eugenia Castillero es un fenómeno aislado, que no es fácil de encontrar entre los poetas mexicanos de su generación y aun en los de la anterior: es original y nueva. Con sus Zooliloquios, esta voz alcanza una temprana madurez a la que hay que prestar debida atención”.

José Miguel Oviedo
Letraslibres.com

“El soliloquio nos suele hablar de un interior asolado, pero estos Zooliloquios invitan a una geografía imaginada, poblada de seres extraños. En esta suerte de exilio donde los animales y las cosas son desdoblamientos del ser y de la conciencia, el cuerpo sólo puede ser el objeto sensible de la soledad, su encarnación. Así nacen, habitantes de cuatro espacios que corresponden a los elementos alquímicos, las distintas criaturas que encontramos al acompañar a Silvia Eugenia Castillero en la búsqueda del propio ser. Como después de una tormenta, la sirena crece en las entrañas de la piedra; hay animales de contorno suave que acarician la vista como una brisa, al volar, mientras la mantis se mueve entre las hojas del bosque, peligrosa como las llamas; hay una mujer oscura, feroz conciencia cercana a la de una fiera, que sueña despertar a la serenidad y a la unidad; hay, por último, seres de la tierra, que no pertenecen a la fantasía ni al sueño, como puerta hacia la vigilia”.

Los editores
Conaculta.gov.mx

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"The Animals Parade" por Yehoram Gaon

“The Animals Parade”
por Yehoram Gaon

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Poemas de
Silvia Castillero

Sirena

Entre dos gajos de la noche
agoniza la sirena.
Al arrastrarse
agua tersa va muriendo.
Retrocede hasta donde cierra la calle
para olvidar sus ojos
sobre una piedra.
Con botellas vacías circunda su lecho;
todo allí está roto.
Entre soplos arenosos
y polvo que se clava
se desvanece
abierta a la noche y ciega.

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El mono

El monto en el árbol
prisionero
entre el negro y el ocre.
El mono nace
enrejado por líneas.
Del mismo color del árbol
seco nace.

Un solo rasgo lo distingue:
su mandíbula de hombre,
su grito más grande que
todo su alrededor.

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La cebra

La gente empezó a cruzar la calle pisando las franjas blancas pintadas en la capa negra del asfalto; nada hay que se parezca menos a la cebra, pero así llaman a este paso.

José Saramago,
Ensayo sobre la ceguera

Al irse, él se hundió en el humo negro de resina ardiente. Atravesó franjas, pequeños abismos donde su paso parecía esfumarse. Una vez que comenzó a cruzar la avenida, Silenia lo vio desde el borde, sobre las franjas negras, alargar vertical su cuello, en una línea mínima e interminable, y someterlo al propio cuerpo, horizontal ahora, para borrarse ante la corriente de las franjas blancas: acumulada como una ola que se estrella en una roca y cede sus formas a la luz.

El claroscuro de la cebra se sucedía en un hilo de nada. Pocas horas más tarde, la duermevela quiso volverla inofensiva, de un gris de asno. Entonces era sólo una pasarela curva por la que desfilaban rápidas, zapatillas de charol negro y tacón fino. O una charca por la que botas de ante se abrían paso. Lo cierto es que de la cebra desaparecieron sus fauces de espectro y su geometría peligrosa de negros y blancos, rayando ruidosamente la lejanía.

Pero cuando la cebra quedó sola, y los rayos del sol callaron sobre el polvo rojizo de la calle, la sombra se alargó desmesuradamente hasta dibujar un sueño en Silenia: unir la ciudad y traer el mar a los lados.

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Cocuyos

Los habitantes de la tierra que se fue quedando baldía notaron de pronto la fuga de formas equívocas. Salían del río seco. Partían igual que todos en el pueblo, aunque ellas iban en grupo. Una tarde de verano, muchos años atrás, llegaron para asentarse en el brazo fangoso del río, húmedo entonces gracias a las lluvias. Cuando también la lluvia se ausentó, las formas dejaron de parecer insectos acuáticos e inapresables, y aprendieron a volar para sobrevivir a la sequía. Y hasta el aire se pudrió, se hizo hueco, desde que los zopilotes se negaron a comer la carroña de los animales muertos que la gente había abandonado al irse. Pero como todavía brillaba el sol a diario, las formas se llenaron de luz y huyeron una noche sin luna, aparentando ser polvo de estrellas.

Fuente:

Comunicación personal.

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