Corporación Otraparte

Presentación

Sonata para
cuervos lejanos

Los rituales de
Vincent Van Gogh

—Junio 30 de 2016—

“Sonata para cuervos lejanos (Los rituales de Vincent Van Gogh)” de Víctor Paz Otero

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Víctor Paz Otero (Popayán, 1945) es sociólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Escribe poesía, ensayo, novela y artículos periodísticos. Igualmente explora el universo de la pintura. Ha publicado, entre otros: “Poemas de piel y tiempo” (1975), “Alteraciones” (1976), “Elementos para una sociología impresionista” (1988), “La eternidad y el olvido” (1993), “Naufragio en mi bemol” (1995), “El tiempo de la culpa” (1996), “Elementos para una sociología de la disolución cultural” (2002), “El demente exquisito” (2004), “El Edipo de sangre” (2005), “Bolívar - El destino en la sombra” (2006), “La agonía erótica” (2006), “La otra agonía - La pasión de Manuela Sáenz” (2006), “Bolívar - Delirio y epopeya” (2008) —novela finalista en el premio Rómulo Gallegos—, “Las penumbras del General” (2009), “Entre encajes y cadenas” (2010), “Francisco de Miranda” (2011) y “Sonata para cuervos lejanos - Los rituales de Vincent van Gogh” (2013, 2016). Así mismo, fue incluido en las antologías “Poesía para amantes” (1996) y “Poetas de América y de España” (2001). Ha sido docente y columnista de El Espectador, El Tiempo, El Mundo, El Pueblo y otros periódicos colombianos. Se le ha otorgado durante cuatro años consecutivos, en la ciudad de Nueva York, el premio Latino Book Award a cuatro de sus obras como las mejores novelas históricas en lengua hispana. Vive entre Bogotá y una montaña, en un lugar llamado “La Metáfora”.

Caza de Libros Editores

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A pesar de haber sido constante y exhaustivo en el tema, en su último libro no hay próceres ni batallas. En este caso se lanzó a la aventura insondable de escribir, en primera persona, la última conversación de Vincent Van Gogh con su hermano Théo en la víspera de su muerte. [...] En él es posible descubrir las grandes pasiones y preguntas que, por demás, Van Gogh dejó registradas en su obra y en sus célebres cartas. El fervor religioso, la búsqueda pictórica, los amores de prostíbulo, Arles y los trigales, París y los impresionistas, el amarillo. Un viaje vertiginoso por las obsesiones y desgarramientos de un hombre del que mucho se ha escrito, pero que quizá nunca se haya escudriñado de una manera tan arriesgada y personal.

Ana María Trujillo

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Víctor Paz Otero - Foto Ulibro.com

Víctor Paz Otero
Foto Ulibro.com

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Sonata para
cuervos lejanos

Fragmento

1

En este instante lo puedo comprender: yo nací muerto, pero con los ojos abiertos. Provenir de la oscuridad de la muerte iluminó mis pasos para percibir el caótico esplendor que a veces palpita en la oculta esencia del color: vivir es haber visto. ¿Pero cómo se puede nacer muerto? ¿Y cómo, estando muerto, uno puede gritar con contundencia que no es equitativo que el rojo robe al verde sus azules?

Hay que empezar por negar las evidencias. Todo es ilusorio, ocultamiento. Vivir es arrancarle secretos a la muerte, es descuartizar y aniquilar las sombras, es ir en lento peregrinaje recorriendo las falsas trampas en las cuales la verdad se hace mentira y nos engaña. Se nace entre las sombras y se vuelve a la intimidad de esas mismas sombras. Vivir es ese transitar errático entre dos oscuridades. Por eso la vida, en su esencia, para justificarse y comprenderse, nos exige y nos impone haber mirado. ¿Acaso todos no intuimos que somos anhelantes buscadores de la luz? No hay misterio, la luz es el camino.

Cuando he cerrado los ojos al falso festín de la apariencia, he visto por primera vez lo que no estaba visible a la mirada. Cuando clausurado mis oídos, me ha sido posible escuchar las voces inaudibles. Quizá haya enloquecido. Quizá el premio a esa lucidez desgarradora haya sido perder la precaria realidad que me hubiese permitido andar disfrazado sólo con un poco de cordura compartiendo mi tiempo entre los hombres, aquellos hombres que sin mirar transitan por las avenidas torturadas de este siglo. De este tiempo que, como todos los tiempos que han sido y los tiempos que serán, se oculta bajo las sombras e ignora la luz que lo restituirá a la vida. Estoy loco, pero veo. Y por eso he pintado, para restaurar sobre la piel de este universo oscurecido la luz que a lo mejor nunca ha sido vista.

2

Hoy es 27 de julio, un día tibio y amorosamente atravesado por la plenitud del sol. Pondré fin al tiempo que se me dio sobre la Tierra. Hoy creo haber conquistado un poco de esa luz que he amado tanto. ¡Hoy he visto! Hoy, cuando quiero regresar al otro lado del espejo, sé que la noche es una criatura que palpita en frenético amarillo y que si voy a ella mis ojos ya no encontrarán tinieblas. Mis ojos, estos ojos que estuvieron abiertos, se cerrarán para enamorarse perpetuamente del íntimo color que yo he buscado: Dios. ¡Sí! Dios es el color y lo he pintado y algo lo he entendido. Y ese color, que es como una tibia dulzura desparramada en todo el ser, sabrá decirme que se le puede perdonar al hombre el haber intentado mirar de frente los destellos que emergen de lo que puede ser divino.

Hoy, cuando deliberada y dulcemente voy al encuentro de mi muerte, la felicidad me acoge en sus azules. Y sangres amarillas y sangres de todos los colores derramarán sobre este ultrajado cuerpo mío y sobre esta mi alma embelesada, destellos de una luz que ya no podrá escapársele a mis sueños.

3

El disparo ha penetrado, rauda y despiadadamente, por algún lugar de mi cansado cuerpo. Pero el dolor que se extiende primero llega al alma. Parece que en lo abisal de un auténtico dolor humano, los elementos que han separado al cuerpo de su alma alcanzan una fusión suprema. Allí se abrazan, se identifican y reconcilian; allí descifran la incomprendida sustancia que les permitió haber estado unidos y haber participado del susurro y del quejido de la vida. El dolor es el espacio atormentado de un encuentro, donde el hueso se hace alma y el alma se hace lágrima. Allí, y por un precario instante, vislumbramos la unidad perdida. Saberse morir es intuir que saltamos indefensos, irremediablemente y para siempre, a ese abismo donde ninguna nueva unidad será posible.

Dejaré mi cuerpo y sus fatigas bajo este sol ardiente que me quema. Seré cadáver. Y ojalá que los cuervos —los antiguos cuervos que siempre han habitado y torturado mi memoria— se transformen en feroces buitres que devoren ese cuerpo y me dejen solo con mi alma.

Moriré para culminar este dolor supremo: haber alcanzado la unidad para perderla.

4

Quisiera haber podido sangrar en amarillo. La ardiente y convulsa materia de este rojo, que ahora fluye de mi cuerpo y se coagula, me estremece y me confunde. Creo que nunca he soportado bien la fuerza desquiciante y atormentada de los rojos. Muy poco de ellos hay en mi pintura. En algunas lilas descuidadas, en alguna naturaleza muerta, a veces ese rojo y su fiebre y su violencia fulguran un instante, pero nunca su carnívora presencia devora el otro existir de mis colores. Nunca el rojo atravesó mis sueños, pero acechó con persistencia el trémulo delirio donde sucumbieron muchas horas de mi vida. Rojo fue el grito de mi sangre; el aullido siniestro de mi oreja; el resplandor de soles iracundos que quemaron mis pupilas en las horas amargas del infierno. Rojo fue y era el rostro de Gauguin cuando quise degollarlo para que comprendiese el azul inquietante de mis noches enamoradas de amarillo. Y mucho rojo hubo en mi café nocturno, ese sitio donde uno puede enloquecer y donde puede convertirse en criminal.

Pero ahora, cuando al sangrar la muerte se anuncia en bermellón, en viscosos y oscurecidos ocres que me ensucian y ponen rumor de densa e impenetrable niebla en mi mirada, pienso con nostalgia en ese rojo volcánico y sediento que impulsa tantos gestos de la vida.

Qué extraño y absurdo constatar que la vida que ahora se me escapa se ponga su vestido rojo para concurrir a su cita de infinitos.

5

¿Cómo he podido arrastrar este cuerpo y esta herida hasta la desolación de mi pequeño cuarto, donde han transcurrido mis últimas semanas? ¿Por qué estás aquí, Théo, y me contemplas desde esa vaga y compasiva tristeza con la cual has intentado amarme? ¿Por qué mi amada pipa está encendida y sólo ella murmura con su voz de niebla y humo la extraviada canción que sabe hablarle al vacío de mis sueños rotos? ¿Por qué a tanto sufrimiento corresponde tan sólo un mezquino destello de efímera belleza?

Amado Théo, déjame fumar mi pipa; déjame sin aflicción recorrer este último trayecto donde encontraré la desafiante soledad de ese silencio puro, donde supe que para ser hombre tenía que convertirme en el invisible ángel de lo extraño.

Déjame, Théo, que quiero volar despreocupado bajo un cielo de incomprendidos imposibles. Un cielo fatigado por cuervos milenarios que anuncian mi llegada. Déjame dormir, déjame ser cuervo y déjame ser ángel. Cuando haya dormido el tiempo imprecisable de otra de mis muertes, retorna, amado Théo, y asómate a mi herida. Entenderás entonces que todo es ilusorio. Yo, el que está muriendo, siempre estuve muerto. Y mis ojos abiertos continuarán mirando la dulzura carnal y enamorada de las noches amarillas donde se engendra y se repite el tiempo.

6

En este preludio de inquietudes que antecede a la muerte, todo adquiere una nitidez que a veces parece despiadada. No podría afirmar que estoy sufriendo; por momentos percibo una especie de euforia desquiciada que fluye desde el fondo mismo de mi memoria y le regala a mis recuerdos la vívida sensación de que todo el tiempo que he vivido vuelve y se hace instante. ¿No será que morir es una forma de vencer en la desigual batalla contra el tiempo? ¿No será que esta forma de suicidio, aún fallido e inconcluso, me está prodigando la serena lucidez de unas horas más profundas e intensas que las otras? ¿Me estará siendo permitido el maravilloso y violento privilegio de comprender, así sea confusamente, quién he sido yo mismo en todo este extraño tiempo que he vivido? ¿Al haber elegido yo mi propia muerte, no tendré derecho a soportar el peso abrumador de esa pregunta? Pero no. Hay preguntas que siempre naufragarán en un profundo silencio de imposibles. ¿Y además qué sentido puede tener para mí, en este ahora, interrogarme sobre lo que he sido cuando precisamente voy a dejar de ser?

No te confundas, Théo, al escucharme descreer en la inmortalidad del alma. Lo que debes escucharme y aceptarlo, sin que ello lastime tus inocentes convicciones religiosas, es que en este trance de agonía siento y pienso que he sido una especie de místico extraviado, alguien a quien Dios acabó por podrírsele en el alma. Mi búsqueda de Dios ha terminado. Ahora, en la hora de mi muerte, sólo invoco a mis harapientos dioses clandestinos, esos que me permitieron engendrar mis cuadros en la lucidez de mis delirios. Esos que fueron como mis dioses del fracaso y que me exigían como ofrenda el fervor de todos mis vicios y todas mis vergüenzas. Al otro Dios, ese que puede estar en Cristo, se le podría pedir como consuelo que exista vida eterna para el alma; pero mis dioses clandestinos ya me concedieron otra extraña e incomprendida eternidad: la de haber sido. Sí, Théo, y no es blasfemia: ser eterno es haber sido.

Por esos dioses pequeños y ocultos en el alma, pude pintar y pude creer que hacía algo por la herida nunca cerrada y siempre sangrante del sufrimiento universal. Pinté para que el color de esos dioses hiciese hermosamente visibles las heridas. Esa es mi mística, Théo. Esos han sido los verdaderos dioses a quienes ofrecí mis cuadros y mis sueños. Esos son los dioses que animaron el furor de mi materia y la volvieron espíritu en las telas. Esos dioses se hicieron Dios en mis paisajes.

Fuente:

Paz Otero, Víctor. Sonata para cuervos lejanos - Los rituales de Vincent Van Gogh. Caza de Libros Editores, Ibagué, 2016, p.p.: 11 – 18.

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