Corporación Otraparte

Presentación

Tareas no hechas

Septiembre 23 de 2014

“Tareas no hechas” de Luis Miguel Rivas

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Luis Miguel Rivas Granada (Cartago, Valle, 1969) es comunicador social de la Universidad Pontificia Bolivariana, escritor, guionista y realizador audiovisual. Actualmente escribe el blog “Tareas no hechas” en el periódico El Espectador, es colaborador de los periódicos Clarín de Argentina y Universo Centro de Medellín, y de las revistas colombianas El Malpensante y Soho. Ha realizado talleres de narración, comedia y dirección escénica en Cuba y Argentina. Después del éxito de su primera publicación en 2007 con el Fondo Editorial EAFIT, “Los amigos míos se viven muriendo”, en 2011 la Feria Internacional del Libro de Guadalajara lo seleccionó como uno de los 25 secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana. Ha recibido las siguientes distinciones: Segundo Puesto Concurso Nacional de Cuento Carlos Castro Saavedra (1996), Mención Concurso Nacional de Cuento Ciudad de Barrancabermeja (1997), Mención Concurso Nacional de Cuento de Navidad (Bogotá, 1997) y Primer Puesto Concurso Nacional de Cuento Universidad Autónoma Latinoamericana (2007). “Tareas no hechas” es su segundo libro.

Presentación del autor por Luis Fernando Macías

Fondo Editorial Universidad Eafit

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Las crónicas que Rivas escribe —prefiere llamarlas crónicas, y no entradas o post— son las cosas que le suceden a cualquiera: un día fue a cortarse el pelo en Bogotá y sin saber muy bien cómo, terminó con iluminaciones. La diferencia radica en que él las escribe con mucha gracia. En la lectura puede detectarse un saludable viento al viejo cronista Luis Tejada, que hace rato no soplaba por estas tierras. Cuando se le pregunta reconoce influencias de Gabriel García Márquez, Juan Rulfo y Fernando González (pidió que hiciéramos la entrevista en Otraparte) junto a otras menos ortodoxas como Les Luthiers y Monthy Python. Su prosa tiene humor e ingenio, así que admite la presencia silenciosa de Daniel Samper Pizano emboscada entre párrafos. Y también hay cierta sonoridad extraída del diálogo popular.

Esteban Duperly
Revista Diners

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Tareas no hechas es una recolección de más de 30 cuentos, crónicas y textos mixtos muy antioqueños, en los que el colombiano Luis Miguel Rivas, de manera jocosa, describe en primera persona sus anécdotas permitiendo al lector identificarse con ellas.

Los relatos aquí contados se desarrollaron durante más de cuatro años por el autor en un lenguaje propio del “paisa”; el también escritor, Andrés Burgos, fue el encargado de escribir el prólogo para el libro de su amigo y colega.

Entre la risa y la poesía, el autor expone cómo sus “tareas no hechas” están más presentes en su vida que los propósitos que se desvanecieron al alcanzarlos: “Hacer realidad un proyecto es degradar la nobleza de los propósitos inconclusos, convirtiéndolos en asuntos concretos con los que nuestra vanidad ensucia el silencio del universo. La mayoría de las personas postergan las cosas, no porque sean perezosas, sino porque están desmotivadas”.

Los Editores

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Luis Miguel Rivas Granada - Foto por Esteban Duperly para la revista Diners

Luis Miguel Rivas en Otraparte
Foto por Esteban Duperly

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Una historia sin par

Estaba extendiendo unas medias en el alambre y de repente se me enredó la vida. Había llegado a la terraza lleno de alegría y optimismo, dispuesto a dar el paso final de ese complejo y engorroso proceso que es lavar la ropa sucia. Allí, entre el ondear de sábanas, camisas y calzoncillos, sostenía en mis brazos un colorido y disímil ramillete de calcetines empapados y limpitos, prestos a recibir el sol. Tomé un gancho de madera y pellizqué la tela de la primera media (una de lana con colores vivos) aprisionándola sobre el alambre. Acto seguido busqué entre el ramillete la pareja de la que acababa de colgar, para acomodarlas juntas, pero no la encontré. Revolví el zurullo mojado que mi brazo derecho aprisionaba contra el abdomen y no vislumbré ningún color vivo hecho de lana entre la húmeda confusión. Rebujé con ahínco, convencido de que no había podido cometer el acto inicuo de lavar una media sin su par.

Estuve un buen rato buscando, encorvado junto al alambre, con la punta de una camisa rozando mi rostro y agarrando incómodamente el fardo de calcetines. Pasé del tanteo superficial al escrutinio riguroso y luego al manoteo desesperado, hasta que en medio de la agitación un inmaculado calcetín blanco se desprendió del ramillete y descendió indiferente sobre un charco de color café. Miré hacia el piso y vi la grave situación: una serie de pequeñas ciénagas pantanosas se distribuían asimétricamente por toda la superficie de la terraza y sobre ellas caían los calcetines del ramillete que se empezaba a deshojar sin que mis manos ocupadas pudieran evitarlo y sin que nada ni nadie en el mundo pudiera hacer algo al respecto. El cerebro empezó a enviar señales contradictorias y urgentes al cuerpo pidiéndole simultáneamente conservar las medias que tenía aprisionadas en el brazo, detener las que caían y recoger las que estaban en el suelo.

Mi cuerpo se contorsionó tratando de salvar del pantano la mayor cantidad posible de calcetines, librando una batalla de poses inverosímiles que duró cerca de media hora. Pero tuvo sentido: al final solo tres pares (unas medias de futbolista, otras negras de fondo entero como de señor, unas blancas llenas de motas) y dos nonas (una tobillera un poco desjarretada y otra de rombitos rojos y blancos) exigieron un nuevo lavado. Las demás aún penden del alambre, tremolando al capricho del viento, frustradas sus expectativas de recibir calor verdadero, insatisfechas con el sol despersonalizado de este invierno.

Cuando por fin las dejé juntas y organizadas sobre el alambre quedé tan extenuado que no pude realizar esfuerzo alguno durante el resto del día. Una vez más pospuse los asuntos pendientes y me di a la tarea inaplazable de averiguar por qué razón una labor simple como poner las medias a secar llega a requerir la misma fortaleza mental y preparación física que una batalla campal. Según mis cavilaciones todo había ocurrido por una sola razón: el empecinamiento por hallar la pareja. ¿Acaso las medias no son susceptibles de ser colgadas individualmente?, me pregunté. Sí, respondí: las medias se pueden extender nonas, no necesitan su par al momento de colgarse en el alambre. ¿De dónde y cuándo surgió esa idea de que las cosas y las personas tienen que andar a toda hora de dos en dos por el mundo?, me volví a preguntar. ¿Quién nos implantó esa obsesión por el “par” que nos enreda la vida, nos altera los nervios y envía señales contradictorias desde el cerebro al cuerpo? Salí a la calle para ahondar en mis reflexiones y vi a la gente caminando en dúos, temerosos de ser solo “uno”, tomados de la mano de otra persona que hasta hace pocos días, meses o años era una completa desconocida. Atados a un forastero sin el que se vivió la mayor parte de la existencia y sin el que ahora, ilógicamente, se considera imposible seguir viviendo. En ese momento de epifanía descubrí el sinsentido de todo el asunto y decidí ayudar a la humanidad a liberarse del absurdo yugo de la pareja. Hombres y mujeres del mundo: ¡las medias se pueden colgar nonas! Basta recuperar el sentido común.

Fuente:

Rivas, Luis Miguel. Tareas no hechas. Fondo Editorial Eafit, Medellín, 2014.

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