Corporación Otraparte

Presentación

Toda la soledad
que era mía

—Febrero 27 de 2018—

“Toda la soledad que era mía” de Carlos Andrés Jaramillo

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Carlos Andrés Jaramillo Gómez (Medellín, 1986) es poeta y narrador. Tiene estudios en Filosofía e Historia del Arte, y ha sido ganador en dos ocasiones de la convocatoria Estímulos al Talento Creativo de la Gobernación de Antioquia. En 2015 publicó “Extinciones” y obtuvo el IV Premio de Poesía Joven del Festival Internacional de Poesía de Medellín por su libro “Lo callado”, que también recibió en 2016 una mención especial del Premio Internacional de Poesía Paralelo Cero de Ecuador. “Toda la soledad que era mía” es su primer libro de relatos.

Presentación del autor y
su obra por Carlos Ciro

Sílaba Editores

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Los cuentos de Toda la soledad que era mía demuestran una especial sensibilidad de su autor por el dolor de la existencia y el arte, por la belleza y la simpatía que también deparan el ir y venir por los tiempos y los espacios humanos. Se podría decir que a estas narraciones las caracteriza una voluntad poética tan inquietante como conmovedora. Aspecto digno de celebrar si se tiene en cuenta el panorama del cuento actual del país en el que sobresalen el prosaísmo, la escritura periodística más o menos ramplona y un realismo sucio y atravesado de humores frívolos. Ante el neocostumbrismo urbano o rural, ofrecido por la nueva cuentística colombiana, el rumbo que toma Carlos Andrés Jaramillo es sin duda refrescante.

Pablo Montoya

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Carlos Andrés Jaramillo Gómez

Carlos Andrés Jaramillo Gómez

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Verano

Andarás, te dijeron, de un sitio
a otro de la muerte, buscándote.

Jaime Sabines

Por Carlos Andrés Jaramillo Gómez

El verano se había asentado en una región al oeste del Sahara. Pero ni la descomunal soledad del cielo, los pastos ralos y secos, la relativa cercanía del desierto o el calor agobiante, minaban el espíritu del hombre que, afianzado en su madurez y en la idea del trabajo duro, soportaba cada vez mejor el clima. Había en él el gusto por lo difícil, por lo arduamente conseguido, y ello le reconciliaba, en algún lugar de su interior, con la aridez del sitio. Tenía un pequeño huerto al costado de su casa, un corral con gallinas y aunque no era el médico, los habitantes del pueblo cercano, le reconocían como tal. Era un hombre austero y solitario que había conocido el oficio y el tedio de las armas y, ahora, tan sólo disponía de un pequeño pozo que le bastaba para sus necesidades y su pequeño cultivo.

El clima era seco y sin brisa. Desde su huerto, el hombre podía ver, hacia el norte, la inmensa cordillera del Atlas, que allí recibía el nombre de monte Ahaggar. La casa donde vivía era sencilla y construida en rústicos tablones. Tenía numerosas ventanas por donde no entraba el viento, sino una luz que llenaba el interior con una tenacidad parecida al rencor, y recordaba, por su forma, un viejo edifico de puerto.

Las noches eran cálidas, luminosas, calladas.

Un día despertó sobresaltado. En el corral se oía una extraña agitación. Creyendo que se trataba de bandidos, salió con el rifle y quedó paralizado cuando vio que un enorme León de Berbería trataba de cazar a sus gallinas. Retrocedió aterrado. El animal perseguía a las gallinas muy cerca del suelo, con esmero. Vertiginoso, adelantaba sus garras, pero no conseguía atraparlas y se había quedado confundido después de un rato. El hombre recordó que tenía un asno atado en el granero y corrió a encerrarlo, pero el León se había derrumbado exhausto en medio del corral. Las gallinas todavía saltaban a su alrededor.

Aún en el suelo el animal resultaba intimidante. Su respiración era todavía robusta por el esfuerzo. La melena, enmarañada y espesa, rodeaba su cráneo y descendía poderosamente hasta llegar a las costillas. Las patas resultaban imponentes y las fauces, pavorosas. Cuando el hombre trató de acercarse, el animal se incorporó amenazante sobre sus patas delanteras para rugir. Como resultaba evidente que la bestia no tenía fuerza para alcanzarlo, el hombre aguardó sentado tras él, desconcertado, pues sabía que en la región no había leones; que los leones, si los había, solían habitar más hacia el norte, a cuatro o cinco días a caballo, donde las presas eran abundantes, la vegetación más tupida y el líquido no tan escaso.

En la madrugada volvió a la casa. Desde que lo vio en el suelo, había reconocido en el animal los síntomas del envenenamiento severo, pero no sabía qué hacer para curarlo. Y tampoco sentía que tuviera la obligación de hacerlo. El león, a pesar de su condición, seguía mostrándose agresivo.

La falta de médicos y veterinarios en la región, lo habían obligado desempeñar ambos trabajos. En parte porque le gustaba ayudar. En parte porque la gente conocía su paso por el ejército y esperaban que lo hiciera. Cuando un perro o algún animal llegaba envenenado, lo que ocurría a menudo, lo hacía vomitar, primero, con lo que tuviera a mano. Luego, a la fuerza, le hacía tomar una mezcla amarga de carbón activo (que obtenía en algunas de las minas del interior) con agua corriente, y esperaba a que el mineral absorbiera lo que restaba del veneno en el organismo del animal. Pasada la crisis, lo rehidrataba y recomendaba una alimentación moderada durante varios días.

Al final, confiado en que el león tendría una sed desmesurada, optó por preparar la mezcla y verterla sobre la palangana en la que daba de beber a las gallinas. La acercó con ayuda de un tronco, al animal. Después de un rato, el león bebió el agua granulosa, de sabor áspero y color turbio, y se quedó dormido. Entonces el hombre terminó de sacar a todas sus gallinas y reparó la puerta del corral lo mejor que pudo.

Abrazado a su rifle, lo contempló en silencio. Presa de una emoción contradictoria, sabía que nadie vendría en su ayuda, pero no podía apartarse de la espera, y eso aumentaba su desolación. Una desolación, donde lo único persistente era un oscuro y sordo latido. Un latido que, imaginaba, sonaba en el suelo al unísono de los otros ritmos profundos de la naturaleza: de los desplazamientos de las grandes manadas de mamíferos, de sus llamados en la época del celo. De los pies raposos de los hombres sobre el suelo, de los cuerpos entregados al frenesí de la danza. De las corrientes submarinas que chocaban con la costa más allá de las montañas, de los densos derrumbes de grava escuchados por nadie, de las tormentas que abatían el mar.

Esa noche, soñó con las Torres del silencio. Los grandes edificios circulares construidos a las afueras de las aldeas y ciudades de Irán, en cuyos techos los zoroastras iban a dejar sus muertos para que los buitres y la intemperie los dejaran reducidos a los huesos. Y sintió que él mismo era un viento que velaba el cuerpo de un gran animal que no supo identificar porque se hallaba cubierto.

Pero al día siguiente le vio un poco más despierto. Le acercó el agua de nuevo y el animal volvió a beber. En la tarde escuchó un leve rugido que provenía del león, y sintió que lo más difícil había pasado. Entre tanto, continuó su labor en el huerto y el granero. Regó con agua fresca del pozo las hortalizas, alimentó al asno que esperaba paciente tras la puerta del granero y, en la noche, vio que el león trataba de ponerse en pie, sin lograrlo. Le arrojó un pedazo de cordero que había traído del pueblo, pero el animal apenas lo probó.

Esa noche soñó con una gran algarabía en el desierto, y de la oscuridad, vio salir a la bestia seguida de cerca por varios jinetes, que espoleaban sus cabalgaduras con violencia y agitaban sobre sus cabezas maderos encendidos. En la lejanía, escuchó varios disparos. Se despertó aterrado cuando sintió al león refugiándose tras él.

Escuchó en la oscuridad del cuarto ruidos que provenían del granero. Salió armado y encontró al león prendado de la grupa del asno que, amarrado, sangraba y daba violentas coces intentando quitarse a la fiera de encima. Aprovechando que un golpe del asno había derribado al león, el hombre disparó al suelo, y la bestia huyó de nuevo hasta el corral. Furioso, cerró de nuevo la puerta y alcanzó al asno, que sangraba tendido en el suelo. Respiraba agitadamente. Tenía una herida prominente en la grupa y otra más en el vientre, de donde salían las vísceras. Así que el hombre, sabiendo que no había nada qué hacer, le disparó con rabia y se sentó a llorar con impotencia.

En la mañana el león se veía confundido. Estaba postrado. Tenía las fauces y las garras manchadas de sangre y se lamía con distracción. Dentro del granero, el hombre trozó al asno muerto y, con algo que parecía desprecio, arrojó un gran pedazo de carne a la fiera, que tardó todo el día en comerlo. Mientras lo hacía, el hombre abrió la puerta del granero y dejó otro trozo de carne afuera, con la esperanza de que el animal lo siguiera. Pero en la tarde, el león continuaba en el corral, sin dar muestras de querer partir. Por la noche, lo asedió con una antorcha, hasta hacerlo huir del corral.

Pero afuera, el animal se veía tan asustado, que lo dejó volver al lugar sin acosarlo más. Desde ese día permitió que el animal decidiera cuándo partir. Y se habituó a trabajar en el huerto con la puerta del corral abierta, sabiendo que debía estar más alerta, pero también previendo que, sí el león lo atacaba, podría librarse de él sin remordimientos. La verdad era que se sentía incapaz de matar a un preso.

Pasó así cerca de un mes. Y la presencia del animal, en lugar de tornarse familiar, se hizo cada vez más extraña. Cada día lo encontraba más remoto, más salvaje, como si a la extrañeza propia de la tierra en que era extranjero, tuviera que sumar la de los seres que habitaban en ella. En la mirada del animal se dilataba una distancia imposible de abarcar en una vida humana. —Remoto—, repitió para sí mismo, mientras veía al león contemplar largamente la tarde.

Cuando el león devoró al asno, el hombre empezó a sacrificar a las gallinas. Y cuando vio que iba a quedarse sin animales, empezó a viajar al pueblo a traer carne y así, poco a poco, empezó a gastar el poco dinero que todavía le quedaba para sostener la casa.

Un día soñó o sintió que el león había entrado en la casa. En la oscuridad, sintió que merodeó lentamente, con majestuosa compostura, alrededor de la cama y de los muebles, y que le estuvo olfateando, mientras él, bajo las sabanas y volteado del lado de la pared, trataba de simular que estaba dormido. Así permaneció el animal durante un rato, velando el sueño del hombre dormido. Después, con lento ademán, se alejó hacia la puerta y se perdió en la noche.

En la mañana, el hombre despertó inquieto. De un salto dejó el lecho y al ver que la puerta que llevaba fuera de la casa estaba abierta, se precipitó hacia el corral. El león había desaparecido.

Entró en el corral, removió con las manos la tierra donde había dormido el león y la sangre seca que había en ella. El lugar estaba frío. Agachado agitó el agua que todavía quedaba en la palangana y tomando el rifle fue a buscarlo en los alrededores donde no encontró ningún rastro. Por un momento pensó que, en realidad, nada de lo que había vivido había pasado. Y una punzada de angustia lo atravesó. Pero al volver al granero, no halló al asno y se convenció de la realidad de su experiencia.

Entró a la casa. Sacó, una a una, las gallinas que todavía le quedaban y las puso en el corral, después de barrerlo. Abrió un bulto de maíz y arrojó varios puñados en la tierra. Mientras lo hacía, maldijo al animal por abrir una ausencia donde, antes, no había sino tierra. Miró con tristeza al horizonte y recogiendo su balde se puso a regar el cultivo, con obstinación. En la tarde, regresó al pueblo y avisó que había una fiera suelta en los alrededores. No sintió que fuera una traición.

Fuente:

Jaramillo Gómez, Carlos Andrés. Toda la soledad que era mía. Sílaba Editores, Medellín, 2017.

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