Corporación Otraparte

Presentación

Víctor Gaviria
en palabras

Junio 3 de 2010

"Víctor Gaviria en palabras" de Luis Fernando Calderón

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Luis Fernando Calderón (Gómez Plata, Antioquia, 1947) es licenciado en Filosofía y Letras y profesor titular de la Universidad de Antioquia, donde ha sido director de publicaciones, de Extensión Cultural y decano de la Facultad de Artes. Fue Gerente de Telemedellín, director de la serie para televisión “Escritores Colombianos” y del documental “El diablo anda suelto: Carnaval de Riosucio”. Como fotógrafo obtuvo el primer premio en el salón de arte fotográfico UPB (1975) y fue representante por Colombia en la Bienal de Venecia (1980). Ha sido colaborador de los periódicos El Colombiano, El Mundo y La Teknhé del instituto Tecnológico Metropolitano de Medellín. Es coautor con Víctor Gaviria del guión de la película “Rodrigo D - No Futuro”, premio nacional de guiones FOCINE (1985), y de “La tercera mitad”. Es editor y autor de los libros “El resto de la tarde” (poesía) y “Víctor Gaviria en palabras”. Su microrrelato “El Innombrable” fue incluido en un libro publicado en España por la editorial Hipálage.

Víctor Manuel Gaviria González (Medellín, 1955) es director de cine, guionista, ensayista, poeta y cronista. Ganador del Premio Nacional de Poesía “Eduardo Cote Lamus” en 1978, y Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia en 1979. En 2009 el Ministerio de Cultura de Colombia le otorgó la Medalla al Mérito Cultural. Ha publicado “La luna y la ducha fría”, “Con los que viajo sueño”, “El campo al fin de cuentas no es tan verde”, “El tío Miguel”, “El pulso del cartógrafo”, “Los días del olvidadizo”, “El peladito que no duró nada”, “El rey de los espantos”, “La mañana del tiempo” y “Durante todos estos años”. Ha dirigido “Buscando tréboles”, “La lupa del fin del mundo”, “El vagón rojo”, “Sueños sobre un mantel vacío”, “Los habitantes de la noche”, “Que pase el aserrador”, “Los músicos”, “Simón el Mago”, “La Vieja Guardia”, “Los cuentos de Campo Valdés” y los largometrajes “Rodrigo D - No futuro”, “La vendedora de rosas” y “Sumas y restas”.

Conversación con Víctor Gaviria, Luis F. Calderón y Jairo Osorio, editor del Fondo Editorial del Instituto Tecnológico Metropolitano.

Instituto Tecnológico Metropolitano ITM
www.itm.edu.co

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Bajo su doble condición de escritor y cineasta, Víctor Gaviria: en palabras congrega textos diversos, pero hermanados por un vínculo común: la capacidad para narrar, la singular forma de poetizar y la lucidez estética para expresar en palabras el universo verdadero, complejo y multiforme del cine que posee el autor.

La primera parte, “Conversaciones con Víctor Gaviria”, reúne algunos aspectos teóricos que estaban dispersos en entrevistas y reportajes. Es, sin duda, un esclarecedor documento sobre su llegada al cine, los actores naturales, la marginalidad, el realismo, el guión como texto abierto, la poesía y la vida cotidiana. “Ensayos y crónicas” son géneros a los que acude para reflexionar sobre el oficio de escribir, y para descifrar personajes, caracteres humanos de una aguda singularidad, temas intensos de una enorme hondura y riqueza en el lenguaje. Cierra el tríptico una selección de sus libros de poemas, verbo que Víctor Gaviria transforma en imágenes de sus películas. Con este entrañable e inquietante volumen de la colección Textos Urbanos, el Fondo Editorial ITM hace un tributo a la vida y obra del poeta-cineasta más reconocido de Colombia y América Latina.

Luis Fernando Calderón Álvarez
Compilador

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Víctor Gaviria en palabras

Fragmentos

Conversaciones
con Víctor Gaviria

Llegada al cine

Mi llegada al cine fue bastante casual. Cuando estaba estudiando sicología y escribiendo poesía en una revista especializada de Medellín, Acuarimántima, recibí de regalo una camarita que mi hermana me envió de Chicago. Era una súper-ocho milímetros; y como era barato filmar, comencé a buscar imágenes en las esquinas, en los baldíos de barrio, en donde crecían hierbas y arbustos sorprendentes, desde los vagones del tren captaba sólo imágenes porque la cámara no tenia sonido. Un día fui con un amigo, también poeta, a una institución oficial donde se educaban niños y jóvenes ciegos. Era una casa tan amplia y tan llena de luz, que producía admiración ver cómo estos niños aprendían a orientarse a través de los corredores, a subir y bajar las escaleras, a vestirse y tender la cama; en suma, era sorprendente verles aprender a ser niños como se debe. Hice entonces algunas imágenes, a la par que sonidos ambientes, voces, risas, gritos, y con esto edité manualmente un corto documental de ocho minutos que titulé Buscando tréboles (con el que obtuve mi primer premio en el Festival de Cine Subterráneo de Medellín). A partir de ahí, cuando se lo mostré a mis amigos y vi la gratuita magia de la imágenes, me afiebré por el cine.

Temática social

La temática social ha sido una consecuencia de mi trabajo. Mis primeros cortos estuvieron inspirados en recuerdos de infancia, que eran las vivencias de un chico de clase media, que es de donde provengo. Me servía de niños espontáneos que no habían tenido ninguna experiencia como actores, porque los actores de teatro me asustaban con su interpretación pomposa y sobre-actuada. Además, era imposible contratar a los actores profesionales, porque todos vivían en Bogotá trabajando para la televisión; esta carencia fue la que me obligó a experimentar con actores naturales, es decir, con personas que conseguía casualmente y que no tenían preparación como actores; esa era la gente que yo iba vinculando a mis cortometrajes. Los resultados eran desiguales, pero la imposibilidad de trabajar con otros actores, me hizo investigar en la dramaturgia de los actores naturales, que no es otra que una profunda dramaturgia social, colectiva. De aquí no hay sino un paso para llegar a lo que se llama “temática social”. Cuando me enfrenté a la idea de hacer una película sobre las comunas populares de Medellín, en Rodrigo D. No futuro, pude hacerlo porque ya sabía cómo transformar a aquellos jóvenes llamados “pistolocos” en repentinos actores naturales. Lo que llamamos “temática social”, tal vez no sea sino la búsqueda de los elementos de una dramaturgia colectiva.

Actores naturales

Trabajar con actores naturales ha sido para mí la solución a muchos problemas. No sólo problemas de actuación, sino, por ejemplo, de diálogos que tratan de escapar a la “teatralidad”, o a la función “informativa” de los diálogos de televisión. En general, es una oportunidad de escapar a las convenciones dramatúrgicas, que uno lleva dentro sin darse cuenta. Pero sobre todo, ha sido el puente que he utilizado para llegar a una información que no está en los libros, a una información impalpable que a veces los guiones no logran apresar. En otras palabras, para quien, como yo, tiene la ambición de hacer películas parecidas a la vida misma, los actores naturales han sido la mejor manera de “copiar” el estilo de la misma: dispersión y desconcentración aparentes, para llegar a la “verdad” de la secuencia en forma indirecta, como sucede en la vida.

Los actores: un libro que debes aprender a leer

El actor natural es para el director una persona que se puede conocer de la manera más profunda. Todo lo que se manifiesta a través de él es tu material de trabajo, es como un libro que debes aprender a leer. Inevitablemente, esta relación de trabajo se transforma en una profunda amistad. Como he trabajado con muchachos díscolos y “atravesados”, y con niños que tienen las vidas rotas, estas amistades han sido de compañía plena, sin prejuicios, sin distancias, compartiendo juntos un largo tiempo de espera, que es el tiempo de los que están esperando que el cielo se llene de luces, y que la noche se vuelva día por fin...

Crear ese personaje frágil que se llama “sí mismo”

Después de terminar La vendedora de rosas, los niños de la calle que trabajaron durante año y medio con nosotros se sumergieron de nuevo en su vida cotidiana, pero sin poder olvidar que fuimos un grupo de personas diversas que trataron de tener un objetivo común. Luego, cuando vieron la película editada, algunas de las niñas se asustaron y se avergonzaron, porque de golpe se dieron cuenta de lo que en verdad estaban haciendo. La autoconciencia es lo que menos posee un niño de la calle. Van tropezando por ahí, excitados, exaltados, hiperactivos, sin tener tiempo para reflexionar y crear ese personaje frágil que se llama “sí mismo”. Creo que esa fue siempre la propuesta que les hicimos cuando se convirtieron en actores repentinos. Luego el “éxito” de La vendedora... les creó ilusiones y expectativas, que no se pudieron cumplir por dos motivos principales: el primero de ellos es porque se trataba en verdad de una película “documental”; ellos eran de verdad niños de la calle, con toda la dispersión de sangre y vida que ello significa; y la segunda, porque en Colombia la indiferencia no es sólo un sentimiento pasivo (de ser testigo del fracaso de los demás), sino que es una necesidad del orden mismo, que castiga a los demás cuando no puede hacerlos desaparecer.

— o o o —

Los signos de
José Manuel Arango

Cuando pasa la infancia, de pronto nos vemos apartados del fuego. Lo que sigue es convencernos a habitar el país de la monotonía. La realidad está allí como un animal muerto, o en el mejor de los casos, domesticado. Se agota en lo que de ella decimos, y lo que decimos la recubre “en la ambigüedad y la mala conciencia”. A esta historia han contribuido la casi mayoría de nuestros poetas. Ellos no sólo se desinteresan del fuego, sino que incluso lo hacen pasar por su montículo de rescoldos. Nada en la realidad es vivido como destino, como gasto, como consumación. Nada dice nada, ninguna cosa se abre a su propio devenir: ninguna cosa emite signos:

habla cerca del árbol y el viento
desde otra orilla, con los brazos alzados, te llama

Entonces alguien (algunos) debe rescatar, descubrir, inventar. No sólo descubrir en el sentido de quitar lo que cubre, sino de hacer; es decir, de poetizar, en el sentido antiguo del esfuerzo que hace que donde no había nada, haya algo. En 1961 Octavio Paz escribía videntemente un profundo anhelo por hacer: “nos proponemos inventar nuestra propia realidad: la luz de las cuatro de la madrugada sobre un muro verduzco en las afueras de Bogotá; la vertiginosa carda de la noche sobre Santo Domingo; la hora de la marea alta en la costa de Valparaíso (una muchacha se desnuda y descubre la soledad y el amor); el despiadado mediodía en un pueblo de Jalisco...”.

A José M. Arango, profesor de filosofía, las explicaciones y las palabras casi neutras no pueden satisfacerle. La posibilidad de comprender las pequeñas satisfacciones de combinar, no llegan a reemplazar lo que en sí mismo está vivo. La poesía es la atmosfera que hace nacer la filosofía, es lo que carga la luminosa tempestad en la que pensar es entonces estar bajo la lluvia.

Este lenguaje quiere ser “el espasmo / del animal sangrante / enterrado bajo los cimientos”. Ya no evocación, sino aparición misma; lo que pone presente y al mismo tiempo la presencia. Y mediante la riqueza y la exactitud, a través de la exacta ambigüedad, virtudes que a veces la fortuna combina, se produce entonces la visión;

sólo queda la piedra
que soportó las migraciones de las aves
los giros del viento

desnuda
en la roja mañana
a la que el jaguar despierta

En este sentido estos poemas son celebración. Los ritos de un pueblo se celebran en pequeños puntos de intersección, en esquinas, en finitas llanuras, que no agotan nunca la geografía de la región, pero le comunican sentido. Así estos poemas emergen breves y contenidos del fondo negro de lo no-dicho y lo anónimo, pero trazan una ligera red que promete significación a todo:

en tu vieja ciudad
levantada entre un río y una colina
vi tu cabeza oscura contra el muro de cal

Aquí las cosas son signos de sí mismas; aparecen, pero mostrando al mismo tiempo el asombro, el enigma o la precariedad de aparecer:

por la avenida de farolas
las copas de los cauchos tiemblan
con un temblor de plata
el índice entre el libro, ahora cerrado, no señala

Esa preocupación e interés constantes por los ciegos y sordomudos es, tal vez, este mismo asombro de que las cosas sean signos de sí mismas, y al mismo tiempo de otras; y quizás nostalgia por esta “tierra del silencio y la oscuridad”, en donde las cosas se detienen y empieza a ocurrir tal vez lo definitivo. Y si al fin todo queda ligado a la mujer, es porque ella es siempre la posibilidad de hacer presente algo, es en suma la desnuda “ansia de ser”, de encarnar. Ésa es la razón por la que al fin la mujer es el centro de estos poemas:

como para cruzar un río
me desnudo junto a su cuerpo

riesgoso
como un río en la noche

desnuda todavía
abre la ventana a la noche
y un espeso olor de resinas
llega con el viento salvaje

Y no sólo signo por excelencia, sino también quehacer humano, convivencia atada y escindida; después del amor, ella a un lado

mientras fumo en silencio
maravillado, herido, triste

Contra la rencorosa indiferencia de una ciudad y un estado de vida, estos poemas recuerdan (o mejor, re-muerden) la posibilidad siempre intocada del enamoramiento. Sobre el fondo de las nuevas exigencias de liberación sexual, automáticas, a la orden del día en sectas y grupos, la aventura del enamoramiento es “lo más vivo”:

tendido
sobre la hierba ardida
te deseo

Una novela refleja trozos más o menos extensos de vida, en donde se muestra que la vida se gasta en esto o aquello. La poesía es, en cambio, el instante como destino. La vida se “enriquece” de una forma minuciosa; es algo así como si un grupo de poemas (estos) dieran la posibilidad de estar sentados a una mesa en donde siguiéramos los reflejos de manos y cabellos, sin sentirnos necesariamente acodados a la indiferencia.

Aunque el poeta esté lejos de toda fácil moral, él es, a la postre, moral; moral: mostrar. Como no es un hombre de certidumbres, ni siquiera sobre sí mismo, los demás pasan sobre él y el ruido cubre su voz. Pero poemas como los de este libro enriquecen la sensibilidad. Lo anterior tiende a ser ahora un lugar común, pero la automática repetición de esta idea no impide que sea verdadera, y que como una lluvia que cae cuando los hombres duermen, fructifique y haga oscilar el timón; dentro de unos años estoy seguro que los jóvenes se los leerán unos a otros, se los copiaran y largamente reflexionaran sobre ellos.

EI poeta, y esto es también algo más que un lugar común, se adelanta siempre; él piensa ya lo que nosotros pensaremos cinco o diez años después. Y no sólo piensa, sino que se procura la posibilidad, que es lo que en verdad importa. Posiblemente dentro de algunos años los militantes en pleno estarán hablando con la “maquinaria” libertaria de los nuevos anarquistas, pero en lo fundamental será lo mismo, porque ellos no se habrán procurado su posibilidad. Obras como ésta hacen de nosotros algo más que seres “en medio de nieblas y fantasmas”. Lo que se dice (o se escribe) crea el “lugar” en el que se podrá hacer y vivir de otra forma; tu tendrás la cabeza tendida sobre la hierba y sabrás si mira hacia el occidente o el oriente, y serás consciente de la sombra que oscila sobre tu vientre.

estás tendida con la cabeza hacia el oriente
junto al corazón helado del agua

un árbol derrama su sombra sobre su vientre

entre tus dedos crece
la hierba tierna

Los pueblos antiguos tenían los mitos para saber quiénes eran: el mito les “inventaba” su rostro. Ahora en un puñado de poemas sumergimos de vez en cuando el rostro, y lo extraemos menos traicionado. En este poeta preocupado por una lógica que acepte las contradicciones, obsesionado a veces por la tierra del silencio y la oscuridad, tras

las cópulas sorpresivas
de palabras
se rescata la antigua lengua armoniosa
más clara, más
cercana de las tortugas y el fuego.

— o o o —

A ustedes pensamientos

A ustedes pensamientos agradezco
que no me hayan traicionado,
y que se hayan escondido tan hondo
detrás de mi cara,
que yo haya estado con tanta gente
en fiestas y en reuniones de trabajo,
y ustedes hayan permanecido silenciosos,
sin hacer huir a nadie de mí,
y no hayan hecho ruido involuntario como
lo hacen algunos vasos o sillas que se caen
de extraña inquietud...
A ustedes, pensamientos, agradezco
haber esperado tanto tiempo en la última pieza honda
de mi vida,
sobre todo porque han hecho que algunos me amen
por escucharlos sin decirles nada,
por estar ahí como una compañía
que tanto necesitan las cosas,
por estar ahí en las largas noches
en que no éramos nadie, por favor, no éramos nadie,
y el viento nos barría.

Fuente:

Calderón, Luis Fernando [Compilador]. Víctor Gaviria en palabras. Medellín: Fondo Editorial Instituto Tecnológico Metropolitano de Medellín ITM, diciembre de 2009, p.p.: 11 - 15; 55 - 61; 167.

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