Corporación Otraparte

Presentación

Vida y milagros

Crónicas, perfiles y reportajes

Junio 19 de 2014

"Vida y milagros - Crónicas, perfiles y reportajes" de John Saldarriaga Londoño

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John Jairo Saldarriaga Londoño (Envigado) es comunicador social-periodista de la Universidad de Antioquia (1997) y especialista en Pedagogía de los Derechos Humanos de la Universidad Autónoma Latinoamericana (Medellín). Realizó estudios de maestría en Historia en la Universidad Nacional. Entre 1997 y 2005 ejerció en el periódico El Mundo y desde ese último año trabaja en El Colombiano. En 2004 obtuvo el premio del Círculo de Periodistas de Antioquia —CIPA— por el Mejor Trabajo Periodístico en Prensa Escrita con una crónica titulada “Un milagro para Lorenzo”, la cual narra el drama de un hombre costeño (cordobés, residenciado en Arboletes, Antioquia) que peregrinó por diversos lugares del Caribe colombiano buscando un milagro para curar a su madre, a cambio de lo cual prometió dejar de beber y mujerear.

En 2005 recibió el Premio a la Excelencia Periodística, que otorga la Sociedad Interamericana de Prensa —SIP—, con el trabajo “Aurora levantó los hijos con basura”. Es la historia de una mujer que llegó a Medellín cuando era apenas una niña, procedente de un pueblo andino y cafetero, desplazada por la violencia. Con perseverancia y denuedo, recuperando materiales de basureros y, posteriormente, trabajando en un precario negocio propio de reciclaje, crió a sus hijos. Ha sido finalista de concursos nacionales de cuento y poesía. En 2006 recibió el reconocimiento Envigadeño Ejemplar. Ha sido profesor de periodismo literario, periodismo y literatura, periodismo político y periodismo cultural en la Universidad de Antioquia. Ha publicado “Al filo de la realidad” (Editorial Universidad Pontificia Bolivariana, cuentos, 2000), “Contra el viento del olvido” (Hombre Nuevo Editores, periodismo sociológico, 2001, en coautoría con William Ospina y Rubén López), “Crónicas de humo” (relatos periodísticos, 2004), “El Arca de Noé” (crónicas envigadeñas, 2007) y “Vida y milagros” (crónicas, reportajes y perfiles).

Presentación del autor
por Juan José García Posada

Editorial UPB

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Cruel, pero no lejano a la realidad, el escritor argentino Jorge Luis Borges, en conversación con Ernesto Sábato, dijo un día que los periodistas escribimos deliberadamente para el olvido. No obstante esta circunstancia, nadie intentaría señalar que no son valiosas algunas piezas narrativas que realizamos los de mi oficio, especialmente, quienes entendemos ciertos géneros, más que periodísticos, literarios. Sin recurrir a la ficción, pero siempre buscando la verosimilitud por medio de los mismos recursos narrativos que los novelistas, a veces conseguimos crear relatos que merecen salvarse del olvido, el cual es peor que el fuego.

Vida y milagros reúne crónicas, reportajes y perfiles, que bien pueden tener a su favor la esmerada forma y un fondo valioso, pues muestran personajes, hechos y situaciones importantes para nuestra identidad cultural.

La primera parte, “A mano alzada”, es un conjunto de crónicas y reportajes que destacan las hazañas de héroes cotidianos. Dos ejemplos de estos son “Bañadas en oro y en pobreza”, historia centrada en cuatro deportistas de Antioquia y Chocó, entre ellas Caterine Ibargüen, medallista olímpica, unidas por su tenacidad y talento, y por las condiciones de extrema pobreza material de sus familias y de sus comunidades, que hacen más plausibles sus proezas, y “Los andariegos que persiguen cosechas”, un relato que muestra un tópico cultural, el de los recolectores nómadas de productos agrícolas, quienes se mueven por el país de acuerdo con el calendario agrario. Además, incluye textos alusivos a personajes anónimos, cuya principal hazaña consiste en subsistir.

La segunda parte, “Los rostros de la creación”, reúne perfiles de personajes dedicados a actividades creativas: artistas, científicos, periodistas, poetas, etcétera.

Y la tercera, “Puente de brujas entre la realidad y la ficción”, es un recorrido por la geografía y la sociología de universos literarios de cuatro escritores nacionales: Gabriel García Márquez, Fernando González, Tomás Carrasquilla y Manuel Mejía Vallejo. Relatos sobre sitios reales donde ocurrieron hechos de novelas o cuentos, o decisivos en la vida del autor, vistos a la luz de hoy, es decir, quiénes son sus moradores actuales, en qué se ocupan, cuál es su relación con los acontecimientos contados en esas obras o con los escritores de las mismas.

Son más de cuarenta textos publicados en el periódico El Colombiano, salvo “La cena del senador”, “Ilusiones de mediodía” y “¡Corazón, Wbeimar, corazón!”, que fueron divulgados en El Mundo, de Medellín.

Este libro pretende aportar al conocimiento de nuestro patrimonio y revelarse contra esa cruel verdad que un día nos enrostrara el autor de Historia universal de la infamia

El autor

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John Saldarriaga Londoño

John Saldarriaga Londoño

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Vida y milagros

Fragmento

Por los caminos
del Viaje a pie

Si el filósofo Fernando González hubiera querido ser literal, en lugar de Viaje a pie, hubiera debido titular su libro Viaje a pie, a caballo, en tranvía, en cable aéreo y en tren.

Viaje a pie es el relato de un recorrido suyo por territorios de Antioquia, Viejo Caldas y Valle del Cauca, en compañía de su amigo Benjamín Correa, efectuado del 21 de diciembre de 1928 al 18 de enero de 1929.

En palabras de su sobrino, el sacerdote Alberto Restrepo, fue un recorrido por la Colombia de Reyes, el Presidente militar que gobernó en el primer decenio del siglo pasado un país de costumbres conservadoras, dogmático, en el cual la Iglesia católica tenía un marcado dominio en todos los ámbitos, con el objeto de pintarla de manera crítica.

Y en las de camineros como Julio Calle y Jesús Camacho, quienes han hecho el viaje y son seguidores de la obra del Mago de Otraparte, él emprendió un camino por tierras que conocía. Como abogado, litigaba en el Sur de Antioquia y el Norte de Caldas, departamento separado de aquel, 25 años atrás, precisamente, en el gobierno de Rafael Reyes.

“Conocí a Benjamín cuando él era un anciano cuenta el padre Alberto. Vivía en La Tasajera, su tierra natal. Fue secretario de Fernando en su oficina de abogado, cerca al Parque de Berrío. Fue novicio jesuita. Por eso, inspirado en él, Fernando escribió Don Benjamín, jesuita predicador”.

Según el religioso, los viajeros, luego de apearse del tranvía que los llevó de Envigado a El Poblado, ascendieron al Oriente antioqueño por la loma de El Tesoro, pasaron por Las Palmas, donde, cerca al lugar que hoy ocupa la Comunidad Terapéutica Las Palmas, vieron la antena de Marconi que, si bien todavía está allí, no se destaca como en aquel tiempo, cuando parecía tener “una altura de vértigo. De allí se ve el Ruiz, cuando está despejado”, agrega.

Esta semana, en nuestro viaje, vimos paperos en La Unión. Se quejaban por los malos precios del tubérculo, lo cual los tiene viviendo, más bien, de la leche. Decenas de garruchas tendidas sobre los abismos, con las cuales transportan cantinas lecheras, café y bultos de alimento para animales. “Y cuando las personas ven desde las fincas el bus asomar curvas arriba, se montan en esa misma canastilla y se lanzan a volar sobre los cañones hasta llegar al otro lado, a la carretera. No crea: ha habido muertos. Por el bamboleo, se descuelga la cesta y los pasajeros van a dar a lo profundo de los cañones, cien metros abajo”, cuenta Jairo López, un recolector lechero.

Ruta 24

Los viajeros ingresaron a Abejorral por el camino de Rionegro, después de haber pasado El Retiro y La Ceja del Tambo, y de haber comprado un caballo. Si no entraron, al menos sí vieron La Aduanilla, “sitio en que los arrieros debían registrarse”, comenta William Arboleda, director del periódico El Morabejo, de Abejorral. Esa entidad estuvo situada en lo que hoy es el barrio Las Canoas, habitado por gente humilde, y colmado de casas precarias. Tomaron la Ruta Departamental número 24 y, por ella, caminaron sobre la cresta montañosa en la que se recuestan las veredas Los Dolores, Los Eucaliptos, Cachipay, Granadilla, Purima, Potreritos y Los Encuentros, sitio donde se unen los ríos Aures y Arma. En tiempos de la arriería era un camino transitado. Unas 2.500 personas lo usaban diariamente.

“Cuando el viajero va descendiendo, o mientras trepa la vertiente opuesta, contempla cascadas, casuchas inverosímiles puestas en los desfiladeros (...)”, dice Fernando González en el libro. Cuando escribió lo de las cascadas, tal vez aludía, entre otras, al Salto del Buey, que se divisa desde lejos e inspiró versos al poeta Gregorio Gutiérrez González:

De peñón en peñón, turbias, saltando
las aguas del Aures descender se ven; (...)
Se ve colgando en sus abismos hondos, (...) como de
un cofre en el oscuro fondo
los hilos enredados de un collar.

“El Arma es una barrera natural”, insisten Julio y Jesús, los caminantes. En la época del paso de González, dicen, él tal vez consiguió quién los pasara en canoa de un lado a otro. Por su parte, Arboleda no parece ver tanta dificultad, pues solamente menciona: “Ese río es grande; tal vez lo pasaron en verano, con el agua a la cintura”. Pocos años luego del paso de los viajeros hubo puente, pero muchos años después se lo llevó una creciente. Esa carretera, la que dañó la Ruta 24 en ciertos tramos, es incompleta.

Avanza diez kilómetros entre la cabecera municipal, en sentido norte-sur, pero, de pronto, se acaba. Cuenta el abejorraleño que hace tiempos hubo un proyecto de construirla hasta Aguadas, pero gentes de su pueblo se opusieron a ello, con el argumento de que por ella llegarían al pueblo el vicio y la prostitución.

Aguadas

En Aguadas, donde, al ver un entierro, el filósofo reflexionó sobre la muerte, un manto de neblina se agita con el viento en la mañana. Casi no se ven las copas de las araucarias del parque y los faros permanecen encendidos inútilmente. Temprano, los jeeps de servicio público veredal empiezan su labor. Algunas ruanas, numerosos ponchos y muchos más abrigos entran a la iglesia de la Inmaculada Concepción.

Antonio Quintero, mendigo viejo y sin llagas, cuenta que Aguadas ha crecido bastante en sus años. Con cigarrillo entre los dedos, habla entre bocanadas de humo: “Las calles eran de piedra. ¿Las araucarias? Uf, esas sí tienen más de cien años”.

El cementerio, que aparece en fotos de esos aventureros de 1928, no es “eterno, inconmensurable”, como lo recuerda el padre Alberto, quien vivió veinticinco años en el norte de Caldas: fue párroco de Filadelfia. Total, varios terremotos han afectado esos pueblos. En 1938 y en 1962, los más recordados.

En Pácora, Fernando y Benjamín escucharon las campanas más sonoras de Colombia, según cuentan con orgullo los paisanos de ese pueblo. En Salamina, la pila del parque, junto a la cual, a nuestro paso, se para un Secretario de despacho para salir en una fotografía, sigue ahí. Según el escritor local Álvaro Maya Londoño, fue instalada gracias al dirigente político Bonifacio Vélez, en 1899. Y las casas del siglo XIX, con balcones coloridos, algunos tachonados de flores, continúan intactas.

El pueblo más pueblo

En Aranzazu se recuerda ese comentario sobre las casas inverosímiles puestas en los desfiladeros. Aún hay allí viviendas sostenidas en guaduas que desafían la fuerza de gravedad. No solo en montes, sino en el pueblo: en el sector del cementerio, el barrio entero, edificado en ladera, los mundos de vivos y muertos se miran desde zancos.

Aranzazu es un municipio alegre. El último miércoles de mes celebran la feria equina, que, según sus moradores, “no es una fiesta”. Negociantes de caballos llegan al centro en la mañana, ensayan bestias y beben en cabalgata todo el día. La población en general termina involucrada en la rumba de un concierto de música popular y callejeando hasta la madrugada del jueves.

Leyendo los mensajes de un cuaderno de visitas de un hotel, encontramos la nota de Julio Calle, el caminante, escrita hace un año, a su paso en su último viaje hacia Manizales:

Viajeros a pie de Medellín pasamos en enero 11/11, siguiendo las huellas del camino de la Colonización Antioqueña hacia el sur. Medellín-Manizales en 10 jornadas y con libro en mano a manera de bitácora. Viaje a pie de Fernando González.

Una vieja torre del cable que de Aranzazu subía a Manizales está tirada en una manga cercana al cementerio. El cable en el que Fernando y Benjamín volaron a la capital caldense. Había sido inaugurado el mismo año del viaje y funcionó hasta 1942. “Se detuvo el alambre; experimentamos el terrible desvanecimiento que debe sentir el ahorcado cuando lo paran sobre la compuerta que tapa el abismo. Así llegamos a Manizales”, dejó consignado el autor de Viaje a pie.

El cable de pasajeros se acabó por los ataques de bandoleros y porque era un viaje de miedo, según ha oído decir el padre Alberto: “Los viajeros pasaban volando en su cajón muy cerca de las montañas y a veces en ellas había incendios que casi los tocaban. O si había tormenta, llegaban ateridos a Manizales”.

En esta ciudad, este medio de transporte y otro que llegaba a Mariquita, marcaron una época de prosperidad. Un barrio lleva su nombre, El Cable. Hay réplicas de los cajones de viaje. Está parada la torre de Herveo, en madera. La Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional ocupa la estación. Es una construcción de madera negra.

De allí, los viajeros siguieron a Buenaventura, adonde llegaron en tren, que abordaron en Cartago. “Pero la gran experiencia fue el Nevado del Ruiz sostiene el sacerdote. Cuando yo fui a estudiar a Manizales, Fernando me mandó una carta que decía: muy bueno que el espíritu te llevó a la fría Manizales a observar a Dios en el Nevado”.

El padre comenta: “Me sorprende que Fernando y Benjamín aparezcan en las fotografías vestidos siempre de saco y corbata; nunca de ruana”.

(Publicado el 2 de julio de 2012).

Fuente:

Saldarriaga Londoño, John. Vida y milagros. Editorial UPB, Medellín, 2014.

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