Corporación Otraparte

Fernando González

Envigadeño descalzo

Fernando González

Fernando González
Foto © Guillermo Angulo (1959)

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Muy solo, muy solo
¡y todos contra el solitario!
Lo quisiste así... ¡Ánimo,
envigadeño descalzo!

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Me pide usted que le cuente bien en dónde vivo, que le describa el lugar, que le cuente lo que desean aquí los hombres, cómo viven, cómo aman, qué ejecutan y cómo mueren. Pues, hombre don Augusto Breal, es en Envigado, bajo las ceibas, guaduas, carboneros, cañabravas, balsos, guamos, guayabos, sobre todo entre gramíneas. Hay que ver esta familia en el trópico colombiano. La grama es la que cubre los prados, yerbita del verde más propicio para los ojos, cuyas raíces se entrecruzan en red tupida hasta diez centímetros entre la tierra, formando así los cepesdones. Dé usted ocho barrazos para cortar un cuadrado de veinte centímetros; meta la barra y levántela en forma de palanca y así tiene el cespedón o capote y sus narices reciben la tufarada de la tierra desvirgada de Colombia: Huele a nalga de juventud; huele a Eva; huele a mademoiselle Tony esta bendita tierra colombiana. Y de mamelones y montañas bajan entre piedras y pedruscos los riachuelos, torrentes, quebradas y amagamientos, y por ahí lavan las muchachas campesinas, vestidas de muchos colores, y usted, desnudo entre el agua, las alcanza a ver por allá y le parece que son las princesas más encantadas. ¿No le da gana de venirse para Envigado?

Fernando González

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Pensamientos de un viejo

Venturoso aquél que tiene, allá, en una aldea lejana, la casa en donde pasaron sus vidas los abuelos, porque él podrá contemplar su alma: Cada hombre lleva el alma de uno de sus antepasados... El abuelo don Juan, el abuelo don José...

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Esa tarde, cuando llegué a la aldea, después de reposar un poco salí a pasearme por el huerto y los corrales, seguido de mi perro Dionisos. Sentía cierta nostalgia de mis aventuras de la ciudad, y, al mismo tiempo, mi corazón estaba jubiloso de verse de nuevo solitario...

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Afirma un pensador, cuyo nombre no recuerdo ahora, que los rezos aprendidos son muy buenos únicamente para aquellos que no saben meditar. Y yo afirmo que son muy útiles también para nosotros los pensadores. Leí en algún libro que Balzac acostumbraba escribir tonterías, durante dos horas, antes de ponerse al trabajo serio, para así llamar la inspiración. Y hoy, en esta iglesia aldeana, he experimentado que los rezos aprendidos de nuestra madre, nos son muy útiles para recoger el ánimo y prepararlo para las visiones espirituales...

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Viaje a pie

En nuestra aldea, allá en nuestro Envigado, nos atormentó la niñez la tumba del suicida liberal Burgos, que murió impenitente y cuyos huesos reposan en el muro sur del vetusto cuadrilátero de cipreses, en el lado que da a un platanar. Allí se apoderó el Diablo de su cuerpo, el diablo convertido en musicales y dulces abejas angelitas.

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¡Las estatuas y pinturas vestidas! ¡Qué desilusión fue la nuestra cuando hace veinticinco años le alzamos el vestido al intrépido Pablo de Tarso allá en la sacristía de la iglesia de nuestro pueblo y vimos que su cuerpo era un tablón de madera ordinaria! Comenzó así lo que ha llamado nuestra anciana tía la pérdida de nuestra fe. Desde entonces no creímos en los santos de Envigado.

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Sol abrasador, y subiendo esa pendiente abrumadora de las Coles nos encontramos al MÍSTER parado en mitad de la pendiente y del sol que derretía su redonda cara de mantequilla sin la raíz de un pelo para servirle de sombra. La mula, con su enorme carga, unos hatillos repletos de muestras de mortadela, a su lado, y el arriero envigadeño con esa voz que reserva para ellos, le contestaba: “Si le doy palo, míster, se echa”. Así viajan desde Pasto hasta Puerto Berrío, como los patos desde el Canadá hasta la Patagonia; y como los patos, algunos se quedan desbandados. Se casan con una colombiana que a los pocos días olvida el español y no aprende el inglés, recitan nuestros refranes sucios y beben aguardiente.

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Mi Simón Bolívar

Pues yo necesito serenarme, volver a agarrar mi espíritu; tontamente me dejé poseer por lo externo. Le doy demasiado interés a lo que no es mío. Ahora necesito viajar; jamás había sentido la necesidad de viajar. Mi pobre juventud ha transcurrido entre Medellín, Envigado y Girardota, en este hermoso país de gentes sin vigor. ¿Transcurrirán aquí mi madurez y mi vejez? No debía importarme ni el dinero, ni la fama, ni el honor, pues desde niño me apellido filósofo. ¡Cuán hermoso este nombre! Significa el esencial, despreciador de todo, menos de la conciencia.

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Don Mirócletes

(Dedicado “A las ceibas
de la plaza de Envigado”)

Por eso le dije al editor que no podía suprimir las palabras vulgares ni los versos negros, y ahora lo repito a mis lectoras. ¿Habrá lectoras para este libro? El editor me decía con mucha prudencia: —Suprímale esos pequeños lunares, pues quién quita que algún día la gloria... Me tentó. Al oír la mágica palabra se me apareció el busto de Verlaine en los jardines del Luxemburgo; se me presentó su gran cabeza deforme en donde siempre está posada una paloma: LA GLORIA. La mía será en Envigado, en el jardincito al frente de la iglesia en donde me bautizaron, entre las ceibas de la plaza, y será un afrechero que se posará en mi cabeza deforme también... Pero a pesar de todo, a pesar de la gloria, no puedo suprimir una sílaba. ¡Ojalá que algún día me dé a crear al santo que está dormido en mí, y entonces... pero hoy no insistan, queridos editor y lectoras!

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Esta intemperancia imaginativa me ha atormentado mucho y voy a haceros partícipes de un método, de algunas imágenes que tengo para curarme; método extraído de la figura de Carranza, el estadístico, y de un vendedor de helados, a saber: Cuando uno tiene mucho qué hacer y en qué pensar; cuando está excitado por la belleza y el terror; cuando la imaginación corre, en una palabra, debemos contenernos y deliberadamente trabajar más despacio. Practicar lo contrario de aquello a que somos excitados, para vencer el dominio de las excitaciones presentes. Porque si nos dejamos poseer por ese complejo psíquico: ¡Mucho qué hacer!, ¡Apure, apure!; o por este otro: ¡Qué ley tan bella; dictémosla nosotros en Colombia!, nos debilitamos, enredamos y no hacemos sino tonterías. En tales circunstancias, yo acostumbro imitar a un envigadeño vendedor de helados que gritaba en la calle cuando no tenía ni un cliente: “¡Al sabroso helado español! ¡A todos los despacho! ¡Por orden, señores, no me atropellen!”.

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El Hermafrodita dormido

¿Quién no se siente grande al contemplar el Moisés? Esa cara de joven de treinta y ocho años, con esas barbas de setenta y ese cuerpo de treinta. Se me pareció a don Martín Arango, el dueño de las fincas de Las Palmas, en Envigado; sobre todo, los pómulos son los que tenía don Martín. De allí salí completamente ennoblecido. ¡Cuán grande es el poder de la belleza! La belleza tiene su reino, como repetía Rosario, la negra que crió a mis hijos.

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En Roma no hay santos como los de Misael Osorio, de Envigado. Aquellos santos de nuestro pueblo y nuestra niñez que eran un palo comido por el comején y vestido de colorines y en cuya punta se acomodaba la cabeza de Pilatos o de San Juan.

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Italia es una gran miseria humana en cuatrocientos cincuenta mil kilómetros de tierra toda edificada, labrada, abonada, hecha un jardín paradisíaco. ¡Pero son tantos! Por eso habrá guerras y guerras, para disminuirse. Algún día nos exigirán la tierra que tenemos en Suramérica. ¡Felices nosotros! ¡No sabemos qué bien tan grande es nuestra soledad en las montañas y llanuras! Cada bobo de los que nombran presidente, repite: ¡Inmigración! En Envigado, con la amistad de Misia Rafaela, de Néstor y de Conrado, en las grandes praderas y tupidos bosques, fue en la única parte en donde me he sentido humano.

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Falto de beatitud, pues me siento apegado a las cuatro Venus: La de Cirene, en el Museo Nacional; la Esquilina, en el Museo de los Conservadores, la Palatina y la Venus agachada, en el Vaticano. El nombre de ésta es muy bonito en italiano: Venere accoccolata o accovacciata. No encuentro otra palabra bella para traducir sino ñangotada, la posición que adoptan los campesinos de Envigado para oír la misa. Se ñangotan, o sea, siéntanse sobre el talón del pie derecho y sacan las manos por la abertura de la ruana, para acariciarse la cabeza. La Venus está ñangotada. Esta palabra es más bella que las italianas correspondientes.

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Se llega a Spezia y comienza a verse la montaña de Carrara; se viaja por esos pueblecitos repletos de troncos y planchas de mármol, que no han podido exportar a causa de la crisis. ¡Si estuvieran por aquí los escultores de Envigado, Misael Osorio y los Carvajales, para que hicieran un San Juan, así, hermafrodita, como ellos saben!

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El remordimiento

Siento necesidad de sacar en limpio, comentar y terminar las notas escritas durante la época en que vivió en casa la señorita Tony. Deseo que conozcan tanto de mí como yo y que sepan que jamás he consentido en el pecado. Además, las mañanas cuando no hay presión atmosférica y salgo para Envigado a beber café bajo las ceibas, la imagen de Tony me tienta. Siento remordimiento de no haberle recibido el cuerpo que me ofreció. ¡Si el lector la conociera! Era un poderoso animal.

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Por mi parte, en Europa, en bata de baño o con la guía bajo la axila, yo creí que la verdad la tenían Teanós, Tony, madame Rousseau, Irene de París, las venus griegas, las ruinas romanas, la mujer de Ostia, Anita Tilotta, las pinturas italianas, Miguelángel, Leonardo... Una vez creí que estaba en Pompeya en la casa de los Vetti; a poco, que se escondía en el gran lupanar; luego, la busqué en libros y conferencias. Un día, en primavera, parado en la Plaza de la Concordia, mirando hacia el Arco del Triunfo, creí que en ese atardecer tan luminoso, la verdad, Dios, estaban dispersos en el aire dorado de los Campos Elíseos. Y hoy en Colombia, entre las cañadas de Envigado, a pesar de que sé que eso no se encuentra en la tierra, subconscientemente vivo creyendo que la cosa la tenían Teanós y Tony y que se quedaron con ella a orillas del Huveaune...

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Me acordé de Tony: ¿Por qué han de ser malas estas cositas de mademoiselle? ¿Sería mejor que yo mintiera e inventara seres ideales que no hayan sufrido el ataque de la tentación? ¿Por qué va a ser malo esto del remordimiento y del arrepentimiento? En las calles de Envigado, Medellín, Roma, París, Barcelona y Marsella, en todas partes, sólo he visto cosas malas. ¿Consistirán la bondad y la virtud en decir que nunca fui tentado y que jamás tuve en mis manos aquel pijama rojo?

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Salomé

Fui a misa en la iglesia de calle Paraíso, a pedir muchas cosas a la Virgen, así: Que yo extendía mi brazo (la voluntad) y que me llevara para donde quisiera. “Hágase tu voluntad”. Todos los días voy a presentarle lo que hago, para que sea según voluntad. Esto me lo enseño la Hermana Belén, en Envigado.

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Cartas a Estanislao

Marsella, hospital de Saint Joseph, junio 12 de 1933. Al Pbro. Mateo de Jesús Toro. Cura de Marinilla. Muy señor mío: Le escribo aunque no me conoce usted, porque sé que le voy a dar un alegrón. Yo soy vecino suyo, envigadeño, y vivo en Marsella, de cónsul de Colombia. Hacía meses que estaba enfermo, recién operado, sin conocer a casi nadie de por aquí, en donde el egoísmo está que tapa... Cuando una buena tarde tocaron a la puerta y abrimos y eran dos hermanitas de la Presentación. Hablando resultó que era la Hermana Dionisia de la Cruz, de la gran Marinilla, su sobrina de usted que lo quiere como a un papá. Ella cambió nuestra vida y me salvó de mis males.

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Querido doctor Restrepo: recibí su carta en que me cuenta del jubileo. Yo también estoy bregando por dedicarme; pero me llama Jerusalén; me parece que allá podré encontrar a Jesucristo. Siempre lo buscamos por alguna parte y dicen que está a la puerta de la casa, aún a la puerta de la casita mía, en Envigado.

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Hace un año que pienso y pienso; hace un año que renuncié a los amores de las cosas; hace tres años que busco a Dios, como mi mamá buscaba las agujas, en Envigado..., y todos los seres, los pescadores, los ojos de las muchachas, las piedras y mi gatica Salomé me están diciendo ya que por aquí humea; pero si encuentro, si es verdad, quiero que sea para todos nosotros; si de pronto va y doy con el niño Jesús, como un rey mago, tienes que irte conmigo. Hay una estrella, también para mí apareció una estrella que me lleva para no sé qué pesebre en donde no sé qué niño está naciendo a cada momento: ¡Un niño que nunca ha nacido un niño así! Es la muchacha de todos los amores, es la belleza de todas las bellezas.

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Tampoco mutilaré mis libros. Los escribo para confesarme y si tienen expresiones crudas, es porque así soy yo, así éramos en Envigado, en donde crecí; así pienso y siento.

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Todo el día me paso recorriendo a Envigado, y hablando de comprar fincas. Toda la noche sueño con propiedades raíces, con los árboles, con los animales que voy a tener en las fincas.

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Ningún vestido de ninguna época tiene la sencillez de la ruana. Vestido así, paso mis mañanas bajo las ceibas de Envigado. ¡Qué ceibas! Sus raíces son llenas para el tacto. Ninguna nalga de ninguna joven o novilla tiene la llenura de las raíces de las ceibas envigadeñas. Hay una, creo que sembrada por el gran Rengifo, la que está cerca a la casa de Lino Uribe...: Tiene una raíz que brota del tronco a unos tres metros de altura, emerge del tronco y se curva como nalga. Pones tú ahí la mano y la mano queda SA-TIS-FE-CHA...

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Nada igual a las muchachas de Envigado, en Sabaneta, lugar en donde mi pariente, el Capitán Juan Vélez de Rivero, sembró el primer cañamelar, y las cañas eran tan bellas, tan pecosas, que parecían verdades nuevas o muchachas púberas. Mordían el Capitán y sus hijas de esas cañas, y la miel chorreaba de sus labios.

¿Cómo fue que Dios hizo a las muchachas de catorce años y medio, que lavan en las cañadas y a quienes voy a dar mi sueldo en viaje? Fue en Envigado, que era el Paraíso, pues hay dos ríos, el Aburrá y la Ayurá. Allí, hace cincuenta y dos mil años, Jehová hizo a Eva de catorce años y medio, y le quedaron untadas las manos, y se las llevó a las narices, hizo un gesto raro de deleite y exclamó: “Huele no más que a bueno”. Ahí, en tal instante de tal frase, apareció la primera idea general: Lo bueno en sí. El blanco toro orejinegro asistió a la olida, y por eso él también huele, levanta el testuz y hace el divino gesto.

Desde entonces van unidos amor y olor; olemos todo lo que amamos, y dime: ¿Te palpitan aún las aletas de la nariz? Pues eres un joven enamorado... 

Pero ¿cómo fue esta ocurrencia?: Paseaba Jehová por la finca de Pacho Pareja, la que domina todo el valle, aquella que tiene casita de paja con dos cipreses laterales; la finca que más me gusta para comprar al fiado. (Dile a Alfonso López que me regale veinte mil pesos que piden, haciéndome yo cargo de la hipoteca)... Paseaba por allí, descalzo, impertinente y lleno de vitalidad, Jehová. Atisbaba... y nada veía; faltaba qué atisbar; faltaba lo que hace aletear las narices. Comprendió Jehová que tal era la causa de que Adán viviera dormido, sin bríos, abobado... Y allí fue, bajo un aguacate que estaba en el punto en donde edificó su casa el judío Bedout, en donde le vino la noción de muchacha. E hizo a Eva, de catorce años y medio, amante y palpitante, con los deseos en su cúspide, lo cual expresó ella en las primeras palabras que dijo, al desperezarse, al estirar el cuerpo para que circulara por la columna vertebral el fluido nervioso, a saber: “Me estoy muriendo de dicha”.

Acabada la obra, Dios se llevó instintivamente las manos a las narices e hizo el gesto divino: OLÍA A NALGA.

Adán estaba perdido; Adán viviría ya inquieto, atisbando, insomne, buscando, buscando la verdad y creyendo que Eva la tenía escondida en alguna parte. Jehová se retiró, descalzo, con andar impertinente, a un bosquecillo de pomos que había en donde hoy está el mango, para atisbar, y allí se estuvo como cuatro horas, sonriendo, hablando solo, feliz. Fue que Eva se desperezó, primero, y luego se le fue yendo a Adán y comenzó a despertarlo para contarle no sabía qué, pues todo sentimiento desea manifestarse, y se hizo por detrás y le colocó las manos en los ojos, tapándoselos, y le dijo: “¡Adivina quién soy...!”. Siguieron molestándose inocentemente, porque sí, sin saber nada... Jehová estornudó cuando Adán la agarró por los pechos, con las manos abiertas en forma de vasija, y dijo: “¡MANZANAS!”. De ahí viene la leyenda del árbol.

Por Envigado anda Dios con las manos untadas aún. En París, Bogotá y Medellín, ya Pilatos se lavó las manos y perdió la noción del amor.

Busquemos lo prieto, voluntad dura, ideas claras, almas firmes. Hay en Colombia un pueblo campesino capaz de manifestarse en nuevos mitos agradables como la granadilla y las guayabas.

Hay huelguitas de zapateros, hay Gaitanes, hay tres comunistas, jóvenes mancos, hay míster Rublis y hay un poeta que publicó ayer en “La Defensa” unos versos que dicen:

“Requerido el Musageta por la loa sin par para Lucía, rompió sus ánforas”.

¿Qué importa? En Colombia está Envigado... Los poetas bogotanos son a causa del anquilostoma y el alcohol. El Presidente es un espermatozoo paludoso. ¿No ves que es de Honda?

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Se trata, pues, del Valle del Aburrá. Allá, al sur, está el ancón de Aquiles, cortada bellísima que hace el río; pasa el agua por entre dos mamelones mejores que dos pechos. Al norte está el otro ancón, entre Copacabana y Girardota, más áspero. Aquél, propio para el reposo, para almas cansadas; éste, incitador, para guerreros. Tiene el valle unos sesenta kilómetros de largo; sesenta kilómetros de meandros, tan supremos, que son pruebas evidentes de que El Paraíso fue en Envigado, en la finca de Pacho Pareja. La anchura varía mucho; tres siete, diez, quince kilómetros; varía, porque las altas montañas laterales echan hacia el río sus estribaciones múltiples, y unas son más atrevidas que las otras. Por entre ellas bajan las quebradas, los torrentes, los amagamientos, todas las formas del agua. Métete por allí y encuentras secretos rincones múltiples, ya para tender la ruana y pecar con la muchacha que mira para la bóveda celeste como si buscara las estrellas; ya para sentir y meditar en la energía terrestre; o para escribir acerca de los problemas de la conciencia. ¿Qué se te ocurre? Pues por allí está el lugar propio para ello... En ninguna parte de la tierra hay los matices del verde que tienen este valle, sus montañas y estribaciones laterales. Por eso, aquí es el sitio de la esperanza.

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¿Qué método adopté para crear esta obra? Retirarme por aquí, convencido de que todo depende del ritmo nervioso, y entre las luces y sombras paradisíacas de Envigado, cultivar la sinergia orgánica, mediante sobriedad. La sangre está pura entre mis arterias; nada de ácidos; oxígeno, caminar, comer sano y sobrio, agua de fuente montañera.

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Hace tiempos que no te escribo. Después del viaje a Bogotá me radiqué en Envigado; terminé aquí el libro acerca del REMORDIMIENTO, y estudio, busco los modos para hacerme animal poderoso. Acabo de llegar de la plaza. Me levanto a las seis, me baño y me voy a leer los periódicos bajo las ceibas. ¿Qué imagen de Colombia hay en el alma de un solitario que lee los periódicos bajo las ceibas envigadeñas? ¿Cuál es la imagen de Colombia en 1935? Son las nueve de la mañana; pasan por el cielo azul los aviones yanquis que llevan pasajeros y correspondencia para Bogotá y para Cali. El clarín de un gallo rompe el cristal matutino; otro gallo responde. El cura pasea de la casa a la iglesia en reparación.

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Correspondencia con
Carlos E. Restrepo

Querido doctor: aquí los estamos esperando. Hay aire fresco, hay mar, hay cafés sombreados; pero no crea que son buenos los cafés: el francés más bien es sucio, ignora las comodidades y si en el 7% de las casas hay inodoros, lo deben a los yanquis que vinieron a ayudarles en la guerra. Según me cuentan, en Marsella no habían baños en las piezas de hoteles hasta que llegaron los americanos. Pero hay luz y cariño; la alegría del corazón es la que hermosea la tierra. ¡Cuánta falta hacen los amigos, el idioma materno, las cosas de la casa! Cuando uno llega a vivir a un país de idioma diferente al que aprendió en la niñez y la juventud, la inteligencia y el corazón se resienten. De mí sé decirle que los árboles no han dejado de ser árboles y que agua y tierra no tienen ecos en mí sino llamados así: AGUA, TIERRA.

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Los negroides

Hemos agarrado ya a Suramérica: Vanidad. Copiadas constituciones, leyes y costumbres; la pedagogía, métodos y programas, copiados; copiadas todas las formas. Tienen vergüenza del carriel envigadeño y de la ruana. ¿Qué hay original? ¿Qué manifestación brota, así como el agua de la peña? Bolívar y Gómez. ¿Cuyos sus padres y cuyos sus hijos? He meditado durante años y don Simón me queda inexplicable. Fue meteoro. Fue enviado por alguien. Gómez sí tiene padres: Hijo de la guerrilla, del asesinato, del cataclismo racial; lo explican cien años de luchas atroces en la brega por fusionar todas las razas en este continente de la sensualidad. Genio elemental, astuto, frío, inconsciente, encarnación del diablo americano. ¡Qué soberbia personalidad, qué bella individualidad la de Juan Vicente Gómez! ¿Entienden ya por qué lo amaba y fuimos compadres?

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Ella lo tienta. Quiere dormir con él en la soledad, sobre los folletos inmundos de Olaya Herrera. Alza la falda y baila sobre facturas y folletos, graciosamente. El Cónsul se acuerda de “La Moza”, la ramera de su Envigado; se acuerda de Cipriano; se acuerda de “La Coja”, cabe las tapias del cementerio envigadeño, sobre la tumba del suicida Burgos, y la despide... Le regala la moneda de cinco pesos, que tenía como amuleto, porque ella quiere tener el retrato de Bolívar... ¿Resistirá el Cónsul para vengarse de su inferioridad, para vengarse de un pueblo viejo que tiene maneras imperiales, o por virtud?

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Revista Antioquia

Uno de la Gobernación, orejas altas y minúsculas, nos amenazó con prohibir para nuestra revista el uso del nombre Antioquia, porque dizque así llaman a un papel que allá publican. Si nos lo prohibieren, pues la pondremos “Envigado”. ¡Éste sí no nos lo podrán quitar, pues aquí todos son personajes nuestros! Querrá decir que el pensador se concentra. Para trabajar por la Gran Colombia, nos refugiaremos en Envigado, donde todo nos acaricia, desde el amplio faldón de Las Palmas, en cuya mitad está la casa de Pachito Pareja, en donde hicieron a Eva, hasta las estribaciones occidentales que abrazan a Itagüí, patria goda de una mitad de nuestro corazón, pues nuestro corazón es multicolor. Sí; el pensador, como toda fuerza, debe concentrarse para luego expandirse. Desde orillas del Aburrá y de la Ayurá, cabe guaduales y carboneros, entre cañabravales, amaremos a la Gran Colombia. Nada odiaremos sino al odio; quizá odiaremos, pero nada más que durante media hora, pues ¡qué pereza odiar durante días, meses y años, como Alfonso López!

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Si nuestro Creador nos propusiera que nos quedáramos para siempre, eternizados sobre la Tierra, le contestaríamos así, poco más o menos: “¡Echa acá, Señor! Eternízanos tales como ahora somos: ágiles, enamorados pero sobrios; tentados hasta reír como si nos hicieran cosquillas; llenos de malicia; irrigados rítmicamente por el fluido nervioso y por el torrente sanguíneo; enjutos de vientre... Sobre todo, Señor, ¡eternízanos enjutos de vientre! Eternízanos enamorados de todo, pero solitarios, jamás copartidarios. Eternízanos con ganas de acostarnos con ellas, pero diciéndoles: ¡Esperen! ¡Por orden! Dejen ver y palpar, pero ¡no nos acostamos! Déjennos poseer lo bello, sin caer en la prostitución. Eternízanos así, hijos tuyos, jamás hijos del marrano deshonesto, siempre amando a la verdad y a Suramérica, y hazlo en Envigado, en la finca de Pachito Pareja...”.

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Así, pues, queridos lectores, en el café de Suso, nos dijo don Benjamín que la gente estaba enojada y que nos iban a retar a duelo. Si de pronto va y nos matan, ¿quién mirará a los policías, quién atisbará a la gente, quién terminará la biografía de don Benjamín, y la del enterrador, y quién cantará a Envigado?

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“Hace Tiempos” de
Tomás Carrasquilla

El niño de pueblo, nacido y criado en pueblo, adquiere nociones de que carece el ciudadano. Entiendo por pueblo a Florencia antigua, a Santodomingo, Envigado, Atenas de Sócrates y aquel Abejorral de Clodomiro y don Dionisio. Entiendo por ciudad a la Bogotá del Congreso, cafés y periódicos, y a Medellín. Y digo: En ciudades no nacen hombres históricos: son de pueblo; los buenos estudiantes son de pueblo. La vida humana viene de los pueblos a lucir en las ciudades.

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El artista, sobre todo el artista, tiene que ser de Santodomingo, Abejorral o Envigado. ¿Cómo no, si tiene que haber pasado los años en que el alma es de cera blanda, hundido en el silencio de la plaza, viendo muy despacio a los personajes-mitos, oyendo comentar durante años los acontecimientos-mitos, en una palabra, for-mán-dose? El ciudadano no sabe los enredos que hay para que nazca un niño; no lo envían lejos, donde mano Juan, cuando la Virgen va a traer a la criatura; no sabe de los cuchicheos, de los tapados, de los paladeos. Casi puede afirmarse que el hombre ciudadano nace sabio, o sea, perdida la inocencia. Ya, ya lo sabe todo. En las ciudades no comentan, no critican, no se escandalizan con el loco, la ramera, el homicidio, el noviazgo...

La plaza, la iglesia, el doctor, el boticario, el gamonal, la señora, la negra Cantalicia, etc... ¡Eso no lo conocen sino los que somos de Santodomingo o Envigado!

Es preciso, para que el alma sea fuerte, para que tenga eco, que en la niñez se reciba la impresión lenta, constante, comentada, de cada escena de la vida y de cada cosa-típica de las que acompañan al hombre en el resto del viaje. Esas impresiones, o mejor, nociones, quedan como ejes de la personalidad. El niño bogotano ve muchas iglesias y las compara y juzga: es un madurado biche, y por eso son tan carajos. Yo, por ejemplo, cuando entré donde el Moisés y a la basílica de San Pedro, llevaba conmigo la iglesia de Envigado y los santos de palo de Misael y de los Carvajales, y cuando vi al Papa, me pareció más papa el Padre Mejía. Y con el Moisés... pues nadie lo ha amado como yo, porque era la estatua de don Martín Arango, el dueño de las fincas de las Palmas. Ante la Venus de Cirene... pues era el diablo, era la carne, eran las piernas blancas de María Josefa, atisbadas y vistas, atisbadas durante meses, premeditadas, vueltas a atisbar y vistas un instante que fue relámpago feliz. Y oí, sólo oí durante la infancia, la guitarra de Marco Aurelio, y cuando decía treearbre, mi alma decía algarrobo de Mamerto; todo árbol es para el niño u hombre de pueblo, el algarrobo de Mamerto. ¿Qué personalidad puede tener, qué artista, qué héroe puede ser el hombre que en la niñez dijo árbol en varios idiomas y conoció árboles de todas latitudes? Hay que haber mamado un solo idioma, mamado todas las nociones de un Santodomingo, para ser personalidad.

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Poncio Pilatos envigadeño

(Semana Santa en Envigado)

Lo cierto del caso es que no tenemos Universidad, pero que en ningún lugar puede haber una palma tan bella, tan adecuada para celebrar esta fiesta de Jesucristo. Envigado es el pueblo para un Domingo de Ramos. Vayan, queridos lectores, y vean esa plaza que hormiguea de campesinos serios, de ruana negra y nueva sobre camisa blanca, aplanchada; de muchachas de colores vivos, cuyos bustos parecen nidos de ametralladoras; de muchachos de movimientos y de ojos vivísimos; esa plaza con sus toldos de lona blanca, en donde venden la carne mejor del país (el “carnicero” es envigadeño); los “puestos”, en el suelo, en donde venden plátanos, yucas, papas, arracachas etc., en costales de cabuya puestos sobre tendido de hojas de yuca y de plátano. Esa plaza, llena de ramos que ondulan, que verdean y amarillean en la sonrisa de las hojillas temblorosas.

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¡Qué bello panorama! El cielo, azul; la atmósfera, quieta; los guayacanes amarillos, florecidos; las palmeras, susurrando con sus foliolas; el aire, seco; la mangada de Francisco, muy verde. Todo era una gloria para un hombre de cuarenta años, juvenil, casto y endurecido a causa del vivir a la enemiga. Estas procesiones envigadeñas no puede entenderlas sino un joven casto, enamorado pero casto.

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Cuando metieron el ataúd en la bóveda, un hermano del padre Guamo, el llamado Guamito, menudo, caradevieja, comenzó a rezar responsos, en un latín ridículo. Como soy muy sordo, sólo pude oír, al acercarme, que decía: “Requie dona ei”. Las viejas respondían, compungidas: “Requie dona ei”. ¡No les digo! En Envigado todos somos gente de iglesia, sacerdotes o sacerdotes frustrados. Mi primo, el monaguillo, por ejemplo, es un obispo en formación.

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Mucha gente. Gente de Medellín. Automóviles de Medellín. ¿Quién ha hecho el esfuerzo necesario para merecer montar en automóvil? En Colombia nadie lo ha hecho. Moralmente estamos en el periodo de caminantes. Mil y mil chiquillos; en verdad que la gente envigadeña es fecunda: no se apea. Envigado ha sido una fuente para Colombia y para el mundo. Estos chiquillos que entran y salen a tocar a los santos, que todos tienen ganas de ser sacerdotes, que se rebrujan en las cosas de la sacristía, que corretean por las escaleras podridas de las torres, que apedrean a los animales y son crueles con “el loco” y con “el bobo”; esta chiquillería en que abundan los de cabellos de color de la cabuya, podría ser una fuente para Colombia y para el mundo, si pusieran un poco de cuidado en su formación.

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Me fui triste. Terminó mal este jueves para mí. Por la carretera iba soñando en mi frustrado sacerdocio. Comprendí que esa era mi vocación, y que por eso he fracasado, me han quitado los empleos y no aman mis libros. Tuve un sueño, entonces. Vi la realidad que debió ser. Me vi de cura en Envigado, primero, y luego de príncipe de la Iglesia... Yo me vi predicando mi gran sermón de la soledad; todos los envigadeños, unos en cuclillas, otros sentados en confesonarios y bancas; las viejas, conmovidas; los niños, subidos sobre las andas de Pilatos Poncio, de Juan, Pedro y de la Viuda; todo mi pueblo; en el coro, Luis Santamaría, músico incomprendido, el Mocho, cantor incomparable, Sacramento, el otro cantor, e Ignacio, el que sopla el órgano...; allí estaban las Hermanitas con sus cornetas blancas, bajo mi púlpito... Yo me vi; yo vi todo eso...; yo me oí mi gran sermón de la soledad... Todos lloraban; Luis dejó su sonrisa volteriana en el coro y lloraba; el Mocho dio uno de sus berridos; Ignacio se olvidó de soplar el órgano; a Nuestra Madre, francesa, parienta de Santa Teresita, le subía y bajaba su hermoso pecho bretón, en sollozos... y, al bajar, al abrirme paso hacia mi presbiterio, oí que susurraba misiá Rafaela, la mamá de Cipriano, a una vieja de Medellín: “¡Es el hijo de don Daniel, nieto de don Benicio... Yo siempre lo dije, que llegaría a príncipe de la Iglesia!”.

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Cartas al padre
Antonio Restrepo S.J.

Usted ve “las espaldas” de Nuestro Padre. Merci, et thanks, thanks, y gracias y gracias por ésta y por los 11 anteriores telegramas, que yo he recibido como cantos a El, El que nos puebla de juventud, y no a mí que soy un nadie, un yuquero envigadeño, un transeúnte, peón azadonero, que desde que lo parieron está subido en aguacates, mangos, guayabos, atisbando para “conocerlo de vista”.

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Usted es fiel; su amistad es sub specie aeternitatis. Ayer me entregaron estos animales parecidos al hombre su telegrama del 24 de abril, aniversario del día en que el Señor me colocó en la tierra, en una casa de una calle con caño en Envigado. Y basta con que haya hombres como usted, para que este mundo tenga pregusto paradisíaco.

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Cartas al padre
Alberto Restrepo

No dejes de conversar con Francisco acerca de la carretera, para que sí la amplíen, pues pagamos mucho y sería vergonzoso que no hicieran nada. No dejes de ir a la Huerta y ver que no corran el cerco por allá, por el lado del difunto Maximiliano, cuya muerte me dio mucha tristeza. Yo lo amaba; era tan envigadeño como la ceiba de don Boné. Pero por allá, en el cielo, creo que le darán alguna parcela bajo un puente muy grande.

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Libro de los viajes
o de las presencias

Al regresar a mi tierra y gente me sentí como en casa y me di nuevamente a callejear, caminar por la carretera, sentarme en las barrancas y en los cafés de las aceras, para atisbar agonías, entierros y mujeres, que son mi vocación. Primero las agonías; segundo, los entierros; tercero, las muchachas y, como si en ellos estuviesen estos temas, los tipos como idos, que se quedan por ahí parados, mirando sin ver y de quienes la gente se aparta desde lejos y dicen que vinieron no se sabe de dónde y les atribuyen todo lo que les asusta y presienten. Son agonizantes. En realidad, las cuatro son una sola vocación.

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Entré a documentarme al almacén de Isabelita; me dijeron que era EL APARECIDO; que no sabían de dónde vino; que lo único positivo era que estaba loco ensimismado, muy turulato y que vivía al frente de las Hermanas, en la vieja casa de don Boné, al frente de la difunta ceiba. ¡Este es mi tiro!, pensé. Esto me huele a venero de Universidad, y entré en la iglesia para agradecer que me hubieran traído de nuevo a Envigado a atisbar lo que estaba haciendo Isaac en el asunto suyo.

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Tranvía a Envigado (hace 28 años). ¿Quién será este señor? (Uno que estaba tres asientos delante del mío). ¡Yo lo conozco! ¡Yo lo conozco! Por esa nuca y esa cabeza veo sus ojos verdes y cómo camina. Lo veo entrar muy solemne al estanco... ¿Cómo se llama? Su mujer, una muy señora. Muchos hijos... ¿Los qué? Había en su casa una sobrina de la señora y yo la amaba..; lloré por ella; emperrado llorando sobre mi cama, al frente de la casa del sordo Salazar, porque se había ido..., y hace un año la vi, y me avergoncé de haber llorado por ella... Pero, ¿cómo se llama este señor?... Su casa está haciendo esquina con la tienda de Toto Arango..., por la salida para la Minita y para el Cementerio. La veo y veo a Toto, el arrume de leña..., el mostrador, el racimo de bananos, las botellas, y ahí está mi aguardiente doble... Huele, huele a 20 años no más... ¿Cómo se llama? ¿Villegas? Sí, sí, el apellido, ¿pero el nombre? Don... don.. don... ¡Belisario! Vuelvo del viaje y el tranvía se pasó de mi casa y estoy en la plaza del pueblo.

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Aquí me siento sosegado sobre mi destino, en esta bendita plaza: lo mío nadie podrá quitármelo y lo ajeno no será mío. ¡Envigado, paraíso! Lo mejor del Valle del río Aburrá, para el alma pasional, la mente y el espíritu, es Envigado, porque es un descanso que va formando suavemente la cordillera de ancha presencia de Las Palmas, al descender hasta el mirador sobre el valle del río, al Oeste, en donde están las Hermanas y las fincas y casonas de los Boteros y de los Jaramillos.

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Los alígeros, la ninfa, el sátiro, los gnomos, todo ese universo de los ritmos movidos..., es en Envigado, lugar predestinado para grande epifanía. Vi a Grecia y vi a Florencia y me volví para Envigado, a la Huerta del Alemán, que ahora se llama Otraparte.

En esta capital de Colombia hay originalidad humana, ahí, a dos pasos... Salid y está en la puerta un pordiosero que es igual o mejor que las figuras de Leonardo. ¿En dónde hallar, sino en este lugar sagrado, un Libardo Uribe, el que alquila las bestias para ir a pasear y que tiene su tienda y su universidad en la esquina noreste de la plaza, bajo la ceiba que sembró Rengifo?

¿En dónde un Isaac Lotero, y en dónde un almacén de Isabelita? Y Emilio, el que presta plata, la conciencia de la plata? Y ese hombre que estaba hoy en la misa, arrodillado, arrodillado no, anonadado a los pies de la Virgen, al lado de su costal de pordiosero, entregado absolutamente, con la humildad de quien llama a su intimidad, es decir, sin vergüenza, desfachatadamente...: No existe nadie, no hay grandes ni pequeños, no hay sino Tú, Intimidad, ¡madre mía!

Ese viejo, de cabeza mejor que la de los apóstoles de Leonardo, barba mejor también, actitudes más transparentes, era la absoluta libertad de la nada personal, consumida en la Intimidad: era el hijo de Dios. ¡Y vive aquí!

¿Y los dos bustos de la plaza, y el cementerio, que es la idea desnuda de cementerio?... Porque Envigado es la patria de los grandes agonizantes.

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Envigado es escenario muy propicio para padecer y meditar: la gente es individualista y no se mete en nuestra vida. El valle es solemne y muy anchas y de muchos verdes las montañas que lo enmarcan. El clima es propicio a la edad vieja. Estoy bien en Envigado. Los dioses, muchos, están cerca y aman estas noches que son como días dormidos. Estoy mejor que en París o en Roma que tanto me agradaron.

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¡Pero qué bueno publicar un librito duro, límpido, vivido! ¡Qué bueno coger en mis manos otro como... “Viaje a pie”, “Don Mirócletes”! Un librito que fuera como para después de que pase el jaleo, para los que vendrán; que no se venda hoy; que no sea de ayer, ni de hoy, sino de un lejano mañana, y que lo encuentren de pronto los semejantes al ser oculto que lo escribió, y vayan a buscarlo y a buscar su tumba, y no hallen nada, porque está “allá”, más lejos de donde habitó antes de nacer en Envigado...

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Carta al padre
Jaime Vélez Correa S. J.

En el Libro de los Viajes o de las Presencias expresé dramáticamente, dialécticamente, partiendo de mí y de mi Envigado, cómo se hace el viaje desde sus raíces, desde su yo hasta el Cristo y el Padre y el Espíritu Santo. (...) Este librito, el de los Viajes y Presencias, lo viví siguiendo a Cristo con mi cruz, es decir con mi personalidad de envigadeño airado, lleno de amor y remordimientos, y puedo decir, por eso, por ser de Cristo, que allí se contiene mucho del Viaje, mucho del camino y del modo apropiado para viajar.

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P.S. Respecto a mi persona, le diré que nací en Envigado el 24 de abril de 1895, en una calle con caño; que no soy de ninguna academia; que no tengo títulos, pues los de bachiller y abogado los perdí, y que me alegra mucho eso, pues el que no pierde todo, muere todo. FG.

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Las cartas de Ripol

¡Yo todavía estoy vivito, está vivito aún aquel niño de la calle con caño, calle envigadeña que moría en la mangada El Guáimaro!

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Escudo Oficial del Municipio de Envigado
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