Corporación Otraparte
Boletín n.º 7
Diciembre 23 de 2002

Himnos de
El remordimiento

Fernando González y familia

Fernando González, doña Margarita, Pilar, Alvaro y Ramiro “en un restaurante en la Rue La Canebiere. Marsella, diciembre 29 de 1932”.

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Diciembre 23 de 1933

Desde hace tres días encuentro la vida milagrosa. Estoy asombrado de felicidad. Estoy embriagado de dulzura. Soy como úlcera rojiza en vía de cicatrización. La vida me produce tanta alegría, que es hasta comezón. ¿Era pues, posible, un milagro? Veo a Dios. ¡Cuán bello es el que está escondido, el que susurra bajo las formas de la vida! Tú, Señor, eres el niño que palpita en todas las cosas, como si fueras a nacer ya, ya... Toda la vida está grávida de ti, Señor Niño Jesús, y mañana vas a nacer en todas partes y de todas las cosas. Eres como la aurora, que cada vez más, cada vez más...

Señor: cógeme, que me muero de delicia; no me vuelvas a mirar con ojos sonreídos, porque muero de comezón, la comezón de la felicidad. No me sonrías, Señor, con ojos tan maliciosos e inocentes, porque mi corazón se encabrita y va desenfrenado y me tumba...

Soy úlcera que botó la costra y que brota carne en conillos rojizos y me muero de dicha.

¿Por qué me has dado tanta felicidad, después de días tan amargos?

Hijo mío, mi Dios y mi creación dentro de mis entrañas, no rebullas tanto, que me matas: dame poco a poco la dicha de tu presencia.

Pero no. Mírame más, sal de detrás de la alta montaña que te oculta, y ven cada vez más cerca, cada vez más, cada vez más, pues eres el que siempre, eternamente, está llegando: eres infinito.

Dije durante mi vida oscura del otoño: ¡Ven Sabiduría y Belleza! Ahora me has inundado, y estoy tembloroso y tengo comezón de dicha, como la novia que llora y ríe y no puede creer que está herida, que en su carne palpitante se injertó otra carne.

El amor son las alas del alma. He renacido al amor. Mucho más que la inteligencia, pero mucho más, centuplica mi vida un indicio amoroso tuyo, Señor, como, por ejemplo, cuando me sonríes en ojos maliciosos. Sólo el amor deja la vieja carne descostrada, desnuda, rojiza, sangrando vitalidad, de tal modo que parece que fuera a escalar el cielo. ¡Presuntuosa! ¡Inocente!

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Diciembre 24 de 1933

Todo estoy palpitante, porque te atisbo; todo yo chillo como los pajarillos que merodean en la mañana, porque te siento venir. Tengo un gran asombro... Todo instante se me hace milagroso. ¡Hiéreme, Amor, que estoy desfallecido como hermafrodita en el calor de la canícula, yacente, que arrojó para abajo la vestidura! No sé qué hacer de mí, Señor, desde que tus ojos me sonríen. Las alas para llegar a ti son el Amor. Derrítemelas pronto, hiéreme, no me dejes acercar más a ti, que ya estoy dando gritos de dicha y espanto. Soy como virgen acariciada por mano que se atreve un poco, y que luego se aleja. Como virgen que rebulle las caderas, persiguiendo lo que teme, muerta de placer. ¡Hiéreme! ¡Satisfáceme! ¡Sa-tis-fá-ce-me!...

Fernando González

Fuente:

El remordimiento. Medellín, Universidad de Antioquia, cuarta edición, diciembre de 1994, pp.110 - 113.  

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La Corporación Fernando González - Otraparte le desea una feliz Navidad.

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