Corporación Otraparte
Boletín n.º 48
Septiembre 30 de 2006

Treinta años
sin Gonzalo Arango

Gonzalo Arango Arias

Fotografía por Hernán Díaz
Cortesía de
Elprofetagonzaloarango.com

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El lunes 25 de septiembre se cumplieron 30 años de la muerte del poeta Gonzalo Arango. En su homenaje reproducimos los siguientes artículos, publicados originalmente en Semana, Ciudad Viva y El Tiempo.

Gonzaloarango.com

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El profeta de la nada

Se cumplen 30 años de la muerte de Gonzalo Arango, el incendiario poeta y escritor que fundó el Nadaísmo.

Dicen que los muertos avisan, y Gonzalo Arango no fue la excepción. La víspera de su fatídico accidente el 25 de septiembre de 1976 se despidió de sus amigos más cercanos, pero ninguno sospechó que se fuera a ir tan lejos. Esa noche de viernes, en la casa del escritor y poeta Eduardo Escobar, cenaron, bebieron y tertuliaron juntos por última vez. Todos reunidos alrededor de Gonzalo, como habían hecho durante casi 20 años desde cuando los introdujo a finales de los años 50 al Nadaísmo, el movimiento literario filosófico y revolucionario fundado por él.

Gonzaloarango, como firmaba al comienzo del Nadaísmo, nació en Andes, Antioquia, en 1931. El menor de los 13 hijos del telegrafista del pueblo, Francisco Arango, y de su mujer, Magdalena Arias, primero quiso ser abogado. Estudió derecho en la Universidad de Antioquia hasta que, a los 2 años y desilusionado del mundo de las leyes, decidió encerrarse durante todo 1952 en una finca para escribir en un cuaderno de contabilidad Después del hombre, su primera novela. Aunque sus amigos consideraban este texto “bastante flojito” y sólo fue publicado décadas después de su muerte, gracias a él vislumbró su verdadera pasión. Los años que siguieron a este experimento literario son considerados como una etapa de confusión política, ya que se volvió rojaspinillista, trabajó como bibliotecario en la universidad y como periodista para el Diario Oficial. Por esa militancia, cuando cayó el general Gustavo Rojas decidió esconderse en Cali por un tiempo.

Ya en la capital de Valle del Cauca comenzó a trabajar en el Primer manifiesto nadaísta, que publicó en 1958. Allí establecía el espíritu revolucionario, iconoclasta, humano y poético de la nueva corriente literaria. “Él, todo un campesino asqueado por la crisis de la verdad en Colombia, se propuso formular las bases del movimiento más negativo del que tuviera noticia la historia, y para ello se hizo acompañar de los jóvenes filósofos más atorrantes que tuvo a mano, de clase media baja, de provincia y menores de edad. Algo sin antecedentes en la intelectualidad nacional”, dijo a Semana Jotamario Arbeláez, escritor, amigo y compañero nadaísta de Gonzalo.

El grupo de Arango comenzó a ser noticia por los escándalos públicos que protagonizaban. Quemaron libros en protesta contra la rigidez y atraso conceptual de la academia, lanzaron asafétida (una resina de olor repugnante) a los participantes del Primer Congreso de Intelectuales Católicos en Medellín y profanaron hostias en la Basílica Metropolitana. Por las bombas de olor Gonzalo pasó tres días en la cárcel de La Ladera y por el sacrilegio todos fueron excomulgados. Muchos compatriotas consideraban al movimiento diabólico y pervertido. En una entrevista Lucy Nieto de Samper le preguntó qué era el Nadaísmo; él le respondió: “Es la negación de todo lo muerto y la afirmación de todo lo que está vivo”.

Arango a veces peleó con sus compañeros. Como cuando en 1968 en un discurso en el buque Gloria llamó al ex presidente Carlos Lleras Restrepo “el poeta de la acción”, lo que generó la cólera de los demás nadaístas. Desde el principio se había estipulado que el movimiento, aunque revolucionario, nada tendría que ver con la política y mucho menos con los políticos. “Gonzalo era muy tierno y un gran amigo, pero al mismo tiempo era un hombre muy soberbio, capaz de furias apocalípticas. También era libidinosito, el sexo femenino lo descomponía, pero siempre fue muy entregado a su misión poética. Era una contradicción constante”, dijo Escobar a Semana.

Dedicado de tiempo completo a su oficio de escritor y poeta, Gonzalo nunca tuvo un trabajo ni ingreso fijos. Durante muchos años vivió en una habitación sin luz eléctrica en La Perseverancia, un tradicional barrio obrero de Bogotá, y se alimentaba durante semanas de tinto, huevos duros y el humo de las tres cajetillas diarias de Pielroja sin filtro. Dedicaba la noche a escribir en su Olivetti Studio 44 a la luz de una vela y se acostaba a dormir cuando la ciudad despertaba. Tal y como escribió en el Terrible 13 Manifiesto Nadaísta: “Hemos padecido la miseria con un odio a muerte por el capital, pero no trabajamos porque el trabajo es atentatorio contra la poesía y contra la dignidad humana...”. Su situación económica mejoró un poco durante los años 60, cuando se dedicó al periodismo y escribió memorables crónicas y columnas para Cromos y El Tiempo. Entonces se pudo mudar a un garaje en el elegante barrio Bosque Izquierdo.

Fue a ese humilde hogar a donde llevó a vivir a la música inglesa Angie-Marie Hickie, su amada Angelita, la única mujer que logró conquistar su corazón. Días antes de aquel legendario último encuentro con sus amigos, vendieron las pocas cosas que lograron acumular durante sus años juntos. La idea era reunir dinero para viajar a Londres pocos días después. Angelita, para muchos la Yoko Ono de la literatura colombiana, ha sido acusada de haberlo influido para que abandonara el Nadaísmo, vendiera su biblioteca y entrara en una etapa mística de buscar a Jesucristo.

Ella lo acompañó esa noche. Y al día siguiente fue ella quien lo sostuvo en sus brazos cuando la vida se le iba después de que el taxi colectivo en el que se dirigían a Villa de Leiva se estrelló en Gachancipá contra un camión. Gonzalo Arango, de 45 años, tenía la cabeza recostada contra el vidrio del vehículo y el impacto lateral le fracturó el cráneo.

Eduardo Escobar se acostó muy feliz la noche del viernes porque en su casa se había dado el milagro de la reconciliación entre dos amigos. En la reunión postrera estaban Eduardo Escobar, Jotamario Arbeláez, Jaime Jaramillo Escobar, Darío Lemos y quien fue su copiloto dentro del Nadaísmo, Amílcar Osorio, con quien no se hablaba hacía muchos años. Una pelea amenazó de muerte su amistad. Pero siguiendo su teoría de negar lo muerto, esa noche su amistad revivió de las cenizas.

A la mañana siguiente el teléfono despertó a Escobar con la terrible noticia de la muerte de Gonzalo. Jotamario asistía a una misa por su padre cuando su tío le informó de la tragedia. Él, que hacía un año exactamente le había pedido a su papá en el lecho de muerte que le diera una señal desde el más allá cuando se hubiera ido, sólo alcanzó a decirse a sí mismo: “Valiente señal papacito”.

En 1993 llevaron sus cenizas a Andes para enterrarlo en su patria chica. Desde entonces muchos visitan su tumba y se han robado la lápida tres veces, porque creen que hace milagros. Jotamario cree que san Gonzalo le ayudará a crecer el pelo. Elmo Valencia asegura que a él ya le hizo el milagro. “Cuando regresé a Bogotá de su entierro en Andes, cuenta, me habían robado el apartamento, incluyendo el retrato de Rasputín que tenía en la pared. No se robaron la pared porque Gonzalo es muy grande”.

En Memorias de un presidiario nadaísta, Gonzalo Arango escribió: “Quizá, de tanto sumergirme en la nada y en el lodo descubra que existe otra luz, otra vida, entonces despertaré de este reino de muerte y me levantaré como un resucitado”. Hoy, 30 años después de su deceso, lo ha hecho para sus amigos, compañeros y seguidores, que recuerdan a su líder, a su profeta, a su santo.

Fuente:

Revista Semana, septiembre 24 de 2006, edición N° 1.273.

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Jotamario y Gonzalo

Jotamario Arbeláez y
Gonzalo Arango en 1969.

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El Nadaísmo a
vuelo de pájaros

Por Jota Mario Arbeláez

Se cumplen, el próximo 25 de septiembre, 30 años desde que el profeta Gonzalo Arango perdiera la vida en un accidente de tránsito en camino a Villa de Leiva, a la altura de Gachancipá, cuando dormitaba, cadera contra cadera, con su amada Angelita, la cabeza apoyada en la ventanilla. Un bus de transporte intermunicipal que venía en sentido contrario rozó el taxi, sin estrellarlo, y ese golpe de viento le sumió el cerebro causándole una congestión en sus pensamientos. Un kilómetro más adelante su compañera se dio cuenta de que viajaba con un cadáver. Su compañero, Eduardo Escobar, corrió a rescatarlo en una ambulancia que se varó en el camino hacia el hospital, bajo un torrencial aguacero.

Había nacido en Andes, Antioquia, en 1931. En 1957, después de leerse todos los libros prohibidos que había en la biblioteca de la Universidad de Antioquia —de la cual era el bibliotecario— y de haber tenido que marchar al exilio de Medellín por una derrota política —había pertenecido a las huestes del general derrocado— decidió crear “el Nadaísmo,” movimiento compuesto por jóvenes imberbes pero iracundos, que se negaran a continuar la vida bajo las pautas establecidas por los sistemas que dominaban el mundo, y propusieran una belleza nueva en la poesía y en general en todas las artes, a fin de sacar a Colombia de su anquilosamiento.

Después de deambular por el Chocó pasó a Cali, y allí, instalado en la oficina de su amigo el publicista Hernán Nicholls, emprendió la factura del Primer Manifiesto. Fueron meses de fragor existencial, que se cuentan hermosamente en el libro Cartas a Aguirre, publicado por Eafit. Regresó a Medellín con su engendro, consiguió un grupo de jóvenes que lo secundaran, entre ellos Alberto Escobar, Amílkar U y Humberto Navarro. Imprimieron el primer manifiesto y dieron comienzo a sus publicaciones insólitas y a los escándalos públicos, contando orgías que les granjearon una gran fama de sátiros, sabotajes que les llevaron a la cárcel de La Ladera, y un descomunal sacrilegio que les costó, además, la excomunión en grupo por el Vaticano.

El grupo tuvo dos sedes principales, Medellín y Cali, pero jóvenes de todas las regiones del país muy pronto se les sumaron. En Medellín ingresaron Eduardo Escobar, Darío Lemos, Jaime Espinel, Malmgren Restrepo, Patricia Ariza y Dina Merlini. En Cali Jotamario Arbeláez, Jaime Jaramillo Escobar, Elmo Valencia, Pedro Alcántara, Alfredo Sánchez, Diego León Giraldo, Armando Romero y Alfredo Sánchez. En Cali publicaron el suplemento literario Esquirla, que les generó solidaridades apasionadas y feroces enemistades. Se caracterizaron por la irreverencia y el humor negro. Se tomaron las páginas culturales de los periódicos nacionales y desde allí dieron a conocer su estética de lo feo y su ética de la abyecto. Posaban de guerreros con el libro rojo de Mao, pero también de monjes zen recitando sutras.

En pandilla redactaron la mayoría de los manifiestos, siendo los más detonantes el Mensaje nadaísta antiacadémico, el Manifiesto a los escribanos católicos, acompañado con una agresión física a los asistentes con bombas de asafétida y yodoformo, y el Terrible 13 Manifiesto Nadaísta. Andaban por la ciudades luciendo, 10 años antes del hippismo, sus mechas largas; las mujeres medias negras y los hombres camisas rojas.

Si Gonzalo fue la voz cantante, ha de decirse que la tropa fue la que verdaderamente dio vueltas a la revuelta. Se propusieron impulsar el consumo de la Cannabis, el canto al guerrillero heroico (ante la gesta del Che y Camilo) y el culto a las formas desaforadas del amor carnal. Confiesan que les fue mal en su empeño, pues el inicial consumo de la yerba degeneró en el narcotráfico con drogas más duras, los guerrilleros heroicos terminaron aliados con la heroína, y al desafuero sexual se le incrustó el sida.

En sus últimos 3 años Gonzalo había renegado del Nadaísmo y asumido una actitud mística. Sus discípulos continuaron con el movimiento, cada uno desde su perspectiva particular. Algunos continuaron con la vagancia pura, otros incursionaron en el periodismo y la publicidad. Pero aunque algunos dejaron de escribir versos, ninguno abandonó nunca la poesía. Y la mayoría de sus obras continúa inédita.

En 1998 el Congreso de la República decretó una ley de honores a Gonzalo Arango, que contempla el funcionamiento de una casa que lleve a cabo una intensa labor artística y cultural con los presupuestos artísticos del movimiento. Para velar por el cumplimiento de esa ley los Nadaístas fundaron la Casa del Nadaísmo. Pero nada que el ministerio de Hacienda afloja el dinero necesario para ponerla a funcionar en forma. El ministerio de la Cultura les colabora tímidamente. El ministerio de Comunicaciones acogió la disposición de emitir un sello de correos con la imagen del escritor, que será un retrato que en 1969 le hizo el pintor Fernando Botero.

De los integrantes iniciales murieron Gonzalo Arango, Amílcar Osorio, Darío Lemos, Humberto Navarro, Guillermo Trujillo, Alfredo Sánchez, Diego León Giraldo, Kat y Samuel Ceballos. Se estrellaron contra la corriente, como la barca del amor de Maiacovsky.

Sobreviven Elmo Valencia, Jaime Jaramillo Escobar, Eduardo Escobar, Pablus Gallinazo, Jaime Espinel, Alberto Escobar, Armando Romero, Jan Arb, Pedro Alcántara, Dina Merlini, Jotamario Arbeláez y Patricia Ariza, quien es la actual presidenta de la Fundación. Todos con los salvavidas bien puestos.

Fuente:

Ciudad Viva, publicación del Instituto Distrital de Cultura y Turismo de Bogotá, septiembre de 2006.

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Manuscrito de Gonzalo Arango

“A mi querido Maestro Fernando González: que nos enseñó la santidad de ser úno mismo en la verdad de las Presencias... y a Doña Margarita, por su bondad en la comprensión de este bello camino del Remordimiento y la Duda que es vivir!”

Gonzalo Arango

Dedicatoria escrita en un ejemplar
de “nada bajo el cielo-raso y hk-111”.

Gonzaloarango.com

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Los dos amigos

Treinta años de la muerte del
poeta nadaísta Gonzalo Arango.

Por Eduardo Escobar

Lo que hizo entrañable la amistad fue la sensación de que estaban de sobra en un mundo demasiado enjuto para sus talentos, y mal hecho, a esa edad cuando todos nos sentimos singulares, y creemos tener una misión sobre la Tierra. Además, estaba el lazo de los libros que alentaban el complejo romántico.

El uno planeaba una novela triste, estaba resuelto a ir a donde fuera para escribirla. El otro, huérfano de padre, y con una madre bonita y viuda por cuidar, estaba decidido a construir con su vida alguna otra cosa razonable. Una reflexión que cuadrara el círculo, o justificara el desorden. Y el éxito en la política. En una ciudad tediosa como Medellín les sobraba tiempo para rumiar sus problemas, para confundirse con sus conversaciones.

A veces, el proyecto de novelista, cuya casa era invivible, en la loma del barrio Boston, pequeña, y llena de hermanos, pasaba las tardes en la del filósofo, arrellanado en su propia cama. Ojeando sus libros. Cuando estaba ausente. El filósofo era mi vecino. Vivía en el barrio arbolado, en una casa fresca y espaciosa, de un piso, desde donde oían las campanas de la Basílica cuando todavía eran audibles en la ciudad perdida. También oían música. Chopin. Creo.

De acuerdo con los tempestuosos presentimientos de un destino.

Los novelistas tienen la virtud de entrar en todas partes como Dios. Al novelista le gustaba la casa del filósofo. Quedarse allá, revisando sus libros, cuando estaba ausente. Era enfático. El novelista era tímido.

El filósofo, no supo cuándo, contó después, empezó a sospechar que por tímido que fuera el novelista enamoraba a su madre. Con la grandeza de las personas jóvenes en nuestras primeras lecturas inmorales de Freud y Steckel, no hizo juicios al principio. Intentó comprender lo que pensó que estaba pasando entre su camarada y la joven viuda de su padre. Hasta que le resultó desalmado, inaceptable en la relación que se guardaban. Y se le reveló que su madre, a quien amaba tanto, podía mirar a otro joven como él, inteligente, y con ínfulas de redentor, como él, y que todo en la vida se origina en la herida bendita de Edipo.

Entonces se derrumbaron las barreras que les impedían a ambos encontrar sus propias vidas. Y se hallaron en caminos opuestos para siempre. El uno hizo la prueba en la política con un partido de papel. El otro, crítica de arte. Y los dos acabaron por congregar alrededor de su malestar un montón de desesperados y enfermos, y apoyando una cadena de desgracias personales, de suicidios, y vidas fracasadas. Las víctimas propiciatorias del debate por la decencia, de la búsqueda de la lucidez. Y la poesía verdadera que quedó. Si fue algo.

El novelista al final se arrepintió de su labor diabólica. De su profecía desastrosa y oscura. Y se entregó a la purificación, antes de ser atropellado por un camión de cebollas. El otro, alcoholizado, tampoco estaba seguro de su elogio de la dificultad. Y de la verdad de su mesura.

Es extraño que los dos jóvenes amigos, separados por una sospecha doméstica, resolvieran ignorarse después. Y en el olvido, envolvieron en cierta medida la vida intelectual de la segunda mitad del siglo veinte colombiano. Desde las razones del lirismo y el anarquismo nadaísta. Y desde el dogmatismo de Marx y Freud y el complejo de Edipo. Uno armado con los evangelios de Rimbaud y Breton, y la emoción. El otro con la prueba reina de no sé qué de Thomas Mann.

Cuando Estanislao Zuleta le contó a la mujer este cuento de celos y dolor arcaico, pudo agregar: o tal vez hago una metáfora de mi vida a costa de Gonzalo Arango. Y por eso jamás lo menciono cuando escribo, aunque muchas veces escribo contra él. Pero lo reprimió.

Fuente:

El Tiempo, septiembre 26 de 2006, columna de opinión Contravía.

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