Corporación Otraparte
Boletín n.º 111
Diciembre 26 de 2012

80 años de
Don Mirócletes

"Don Mirócletes" de Fernando González Ochoa

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Me parece que a ninguno lo atormentó un personaje suyo como Manuelito Fernández a mí. Amargóme los días de mi primera visita a París, pues allá lo creé y llegó a estar tan vivo que me sustituyó. Casi me enloquezco al darme cuenta de que me había convertido en el hijo de mi cerebro.

Quise formar un personaje y rodearlo de gente y de vida observada hace tiempos. Me cogió la lógica que preside a la aparición de los organismos artísticos y casi me lleva a la locura. El 20 de agosto de 1932, a las once de la noche, entré al metro en la estación de la Magdalena, huyendo de una hermosa que me repetía: Pas cher! Pas cher! Quatre vingts francs avec la chambre..., y allá me sentí tan idéntico a mi personaje que lo oía hablar dentro de mi cráneo, y entonces terminé este libro sin que Manuelito se suicidara. Si se mata —me dije—, oiré que la bala rompe mis huesos y penetra en mi cerebro. Mi proyecto y la lógica exigían terminar con el suicidio. Pero fue imposible.

Fernando González

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"Don Mirócletes" de Fernando González Ochoa / Manuelito Fernández

“Manuelito Fernández en su lecho de muerte en su casa Avennue Bonneveine, 63 bis. Marsella, diciembre 14/32”.

“Marsella, Avennue Bonneveine. Diciembre 14 de 1932. Uno de los balcones de la casa. ¡Manuelito Fdez casi muerto!”.

(Notas de doña Margarita en el reverso de las fotografías).

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Don Mirócletes

Por Ernesto Ochoa Moreno

El 19 de agosto pasado apareció en este diario (pág. 2) una información titulada “La demanda más cara de la historia”, del periodista Nelson Matta Colorado, que se destacó en la portada como “La insólita demanda de los $594 billones”. Hace referencia a la demanda al Estado, interpuesta desde hace más de medio siglo por los herederos de Mirócletes Durango Ruiz, fallecido en 1931. La familia reclama por terrenos ubicados en 11 municipios del Oriente antioqueño.

Pero el abogado Durango Ruiz, bien conocido en los estrados judiciales durante su existencia, no pasó a la historia por esta demanda todavía viva, sino porque su nombre se hizo famoso en la obra Don Mirócletes de Fernando González. En ella aparece como Mirócletes Fernández, papá de Manuelito, personaje central de la novela, pero repasando la libreta-diario del escritor envigadeño de ese año de 1931, queda claro, porque lo menciona con nombre y apellido, que la inspiración fue el abogado Mirócletes, cuya vida, agonía y muerte narra González, por esos días juez de circuito de Medellín.

La figura y la vida de Mirócletes Durango eran bien conocidas en el ámbito jurídico de Medellín. Y, por lo que se adivina, el escritor le era cercano: “Lo conocí rico, difamado por todos y buscado por todos. [...] Decían que era ladrón, y le buscaban después; decían que era asesino, y le llamaban doctor y bajaban los ojos en su presencia”.

Cuenta el novelista que don Mirócletes nació en Sopetrán, fue llevado joven, pobre y enfermo a la ciudad de Antioquia, allí consiguió dinero, se enamoró de una señorita distinguida, el papá de ella se opuso y un día fue asesinado al frente del almacén del pretendiente, a quien acusaron del asesinato. Estuvo preso y fue absuelto. “Se graduó de abogado en la cárcel, que es el mejor colegio para esto, en lucha contra la sociedad toda”.

Es de antología el retrato de don Mirócletes: “Pequeño. Un metro con cincuenta. Grueso y sin cuello. La cara pegada a los hombros; caía sobre el pecho en varias secciones la papada o gordo de la barba, de modo que no había barba, sino una cara aplastada que ocupaba desde las mamilas hasta el sombrero de copa. El vientre, el pecho y la papada eran tiesos, y así, la cara era temblorosa de autoridad, dirigida siempre al frente, al horizonte. Para voltearse tenía que hacerlo con todo el cuerpo; para mirar abajo, agachar todo el cuerpo. No se distinguía cabeza, y esa cara ancha, grande, temblaba de autoridad, de persuasión, y las gafas solemnizaban unos ojos doctorales y enfáticos, pequeños y buscones”. Don Mirócletes fue publicado en 1932, hace exactamente 80 años, por la editorial Le Livre Libre, de París. “Como creación, es la obra mía que más me gusta”, dice Fernando González en el prólogo.

Fuente:

El Colombiano, sábado 1 de septiembre de 2012, columna de opinión Bajo las ceibas.

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En Colombia está todo por hacer y nunca se hace nada, eso escribía Fernando González en Don Mirócletes, libro de usuras, muertes y agonías largas. Y eso es lo que se sigue pregonando, mintiéndonos, dándonos largas para que las cosas no se den. Somos unos esperantes, agónicos, arrepentidos. Eso. Unos arrepentidos. Y mientras tanto, posamos de democráticos y burlamos los sueños de Bolívar. Nos hacemos los innovadores y perecemos en el intento. No resistimos bien lo que vamos a hacer.

Ni siquiera lo que queremos hacer. Quizás todo se deba al exceso de mestizaje, al complejo de ilegitimidad. A que nos da miedo sentir lo que la sangre nos está pidiendo. Posamos y en la pose el tiempo se encarga de convertirnos en trastos viejos, folclóricos, que alguno cuelga de un clavo y después los olvida. No están desactualizados los libros del vasco envigadeño, eso se nota cuando se leen.

Memo Ánjel

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El otro Mirócletes

Por Ernesto Ochoa Moreno

En mi columna del pasado primero de septiembre afirmé que Fernando González se había inspirado en Mirócletes Durango Ortiz, fallecido en 1931, para escribir la novela Don Mirócletes, publicada en 1932, en la que el personaje que da título a la obra se llama Mirócletes Fernández, padre de Manuelito Fernández, heterónimo del escritor y personaje central de la novela. Trascribí, por lo demás, algunos apartes de dicha novela sobre la vida del mencionado Mirócletes, así como un retrato de éste que me pareció de interés literario.

Como no advertí expresamente la diferencia entre el Mirócletes de la fantasía, personaje creado por Fernando González, y el Mirócletes histórico, que fue bien conocido y respetado en la sociedad de su época, pudo haber quedado la sensación de que lo dicho en la novela tenía características biográficas. Lo que, por supuesto, no dije yo en mi columna ni se deduce del hecho de que en la libreta-diario de 1931 del autor envigadeño aparezcan apuntes sobre el doctor Durango, junto con observaciones, notas y párrafos del borrador de la novela que estaba escribiendo. Es bueno advertir que ese diario manuscrito del escritor envigadeño, así como todas las “libretas de carnicero”, como él decía, en las que prácticamente se encuentran los borradores de sus obras, son conservadas por su familia, y existe una trascripción de ellas, hecha por Alberto Restrepo González, que pude consultar en los archivos de la Corporación Otraparte, que dirige Gustavo Restrepo Villa.

Entiendo que los descendientes del doctor Durango, por la rama Durango Arango, que fueron los que me comunicaron su malestar, se hayan sentido ofendidos por lo que, al ser trascrito de la novela, se transvasó del personaje de ficción al ilustre ciudadano de quien llevan orgullosamente el apellido. Como expresamente me lo comentó su nieta, en respetuoso y amable encuentro en El Café de Otraparte, su abuelo era un hombre elegante, de finos modales, formado en Francia, conocedor del francés y del inglés, muy apreciado en la sociedad de Medellín a comienzos del siglo pasado y con reputación bien ganada en el mundo del derecho y de la abogacía. Muy distinto del Mirócletes de la novela.

Por lo visto, pues, me atrevería a concluir que lo que inspiró a González fue el nombre en sí mismo: Mirócletes. Un nombre único, irrepetible, sin tocayos. Así como después, en la misma novela, aparecerían otros personajes con nombres raros, como Abraham Urquijo y Epaminondas. También, mucho más tarde, Manjarrés, el maestro de escuela.

Fuente:

El Colombiano, sábado 29 de septiembre de 2012, columna de opinión Bajo las ceibas.

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