Corporación Otraparte
Boletín n.º 130
Octubre 14 de 2015

Pasajes de
Fernando González
en Bogotá

“Pasajes de Fernando González” - Compendio y comentarios de Carolina Sanín

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Penguin Random House, la Universidad de Los Andes y la Corporación Otraparte tienen el gusto de invitarle a la presentación del libro “Pasajes de Fernando González” y a un coloquio en torno a la obra del “Brujo de Otraparte”. Con la participación de Joe Broderick, Juan Manuel Roca, Eduardo Escobar, Gustavo Restrepo, Víctor Paz Otero y Carolina Sanín.

Jueves 15 de octubre • 4:00 p.m.
Universidad de Los Andes
Calle 21 Nº 1 - 20
Edificio Santo Domingo
Auditorio Sd-1003
Bogotá D.C.
Entrada libre

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¿Qué hacer con esta necesidad, pues yo no me amo? ¿Será posible hacer brotar herencias latentes, yemas que no se han desarrollado? Quizá, controlando mi habituación, para obligar a la energía a coger por otros cauces… Si no lo hiciere, moriré, pues me siento con una gran melancolía y completa esterilidad.

¡Nada de charlas! Nada de opinar, ni criticar, ni odiar. Entender. «El filósofo ni ríe ni llora, sino que entiende». Reprimirme. Hacer tupia o embalse. Me sale la energía por viejísimos rotos. Controlarme a los 42 años será dificilísimo, casi como renacer. Viviré en guardia.

¡Yo no quiero ser esto que soy hace muchos años, tan bajo, tan nada, tan hijo de la paja, hijo del desgano, cagajón aguas abajo!

Fernando González

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En los portales entre la habitación y el viaje, en la contemplación del contraste entre la vejez y la juventud, en la mutua iluminación entre la crítica social y la crítica de la propia intimidad, en la conciliación entre la aceptación del legado cultural y la irreverencia hacia todo lo heredado, y en la necesidad de vivir la piedad buscando otra forma de ser católico, González buscó qué significaba ser colombiano y ser americano. Su pensamiento se rebeló contra los complejos extranjeristas e inmediatistas (que las dos cosas son en últimas lo mismo) de la actitud latinoamericana y también contra las restricciones impuestas por ideales y deberes desarrollistas —por ejemplo, el de la profesionalización del intelectual—. Al ser profundamente local —y profundamente evoca aquí la excavación de la ruina y la penetración en el carácter—, inventó una universalidad que contrasta con el frustrado cosmopolitismo de sus coterráneos.

Solo en cuanto es un filósofo de pueblo, de pueblo andino específicamente, antioqueño para más señas, es Fernando González un filósofo de vanguardia. La incorporación de nuestro tono y nuestra prosodia (del arte persuasivo y desbordado del culebrero; de la hipérbole y la repetición del cura admonitor; de ese énfasis puesto en cada palabra que caracteriza la conversación antioqueña) a la comprensión del legado filosófico que quiso aceptar (sabedor de que no tenía que aceptar toda obra ni todo procedimiento mundialmente entronizado) hizo de él un pensador latinoamericano: consciente de las contradicciones implícitas en su doble filiación y valiente ante el atolondramiento del lenguaje resultante de esas contradicciones. Asumió la responsabilidad latinoamericana definida como la búsqueda de una expresión propia que indagara, en primer lugar, por el significado de la libertad. Confiando en la imaginación, fundamentó su idea de que en Latinoamérica las obras del pensamiento no están para aprenderse sino para realizarse en una nueva vida, en un teatro asombroso. La candidez —opuesta a la falsedad y equivalente a la disposición del sujeto para la plenitud de la experiencia— se llena de sentido y de promesa en su obra, con la comprensión de que lo local puede ser lo actual, lo original y lo audaz.

Carolina Sanín

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Un escritor
imprescindible

Por Eduardo Escobar

Hace cuarenta años murió en Otraparte, su casa en las afueras del Envigado de entonces, mucho más inocente, un escritor increíble. Como no se ven todos los días en el coro de sapos de los escritores. Radicalmente distinguido por la adulación, el reconcomio y el desprecio. Para que no falten honras. Ni le quede dónde meterse. La coherencia, es decir, el día cuando se juntan una persona y una obra, suscita sentimientos encontrados.

Conocí otras dos personas transparentes, comprometidas consigo mismas, iguales a sí mismas, que padecen de la misma manera esa forma de la gloria que es la ignominia de pertenecer a todo el mundo. Y seguir siendo desconocidos. Incógnitos. Aparte. El poeta Gonzalo Arango. Y el pintor Norman Mejía.

Es difícil coincidir con lo que hacemos. Reflejar la realidad interior sin decir mentiras, aunque sean pequeñas y doradas, por amor a los lazos de sangre, a las trampas de la estética, a los hechizos del espacio, los ensueños del tiempo y los tiempos del ritmo, al engaño deleznable de las formas, al oportunismo de sobrevivir. O por urgencia de algún consuelo mercenario.

Fernando González es autor de una veintena de libros. Que se vuelven entrañables al frecuentarlos. Narrados en una prosa de una sencillez traslúcida, de aurora, cuando celebra la fiesta de este mundo, o cuando amarga el pesimismo o ironiza con la rectitud implacable de la lezna. En equilibrio sabio, sapiente y sápido, entre el lenguaje literario y el habla de la gente sin atributos de la parroquia natal. Y aunque suene anacrónico: nutricia. La de las primeras impresiones.

La escritura brota como la goma del pino herido. Sin esfuerzo, ufanía, ni falsa modestia.

Las biografías de Santander, Bolívar y Juan Vicente Gómez, las noveletas; los ensayos sobre la realidad americana, los libros insólitos de viajes, conforman un soberbio autorretrato en cuerpo y alma. Que obliga a pensar en otro autorretrato inolvidable. El de los Ensayos de Montaigne. Todo está allí. Las jaquecas, las dificultades intestinales, los amores de la gata doméstica, las pequeñas batallas con la mujer, la perplejidad y los tormentos del espíritu buscador, el asco, porque desde el principio, como dijo, juró enemistad a sus compatriotas nacidos y criados en ambientes de liberalismo y conservatismo —y la esperanza en una América original y mestiza y en un Dios que se esconde y se manifiesta por atisbos—. Pero sobre todo, sus libros son la descripción de un método, emocional lo llamó, que conduce al aislamiento. A Otraparte, a otra parte, como si hubieran sido un adiestramiento para la soledad.

Son un testimonio existencial de inmensa singularidad. Donde el cristianismo deja de ser por primera vez en América sincretismo hueco, ritual perezoso, alharaca pesarosa de sepulcros blanqueados, cantar de monjas, para convertirse en experiencia interior, en conocimiento y camino hacia la desnudez. Y donde la literatura, en consecuencia, más allá del simple ejercicio vanidoso de estilo se hace labor sagrada. Soy el filósofo de la autenticidad. Dijo de sí mismo. La autenticidad. Que tanta falta hace en Colombia desde que la fundaron a florerazos y cómicos heroísmos de patanes.

Es extraño que este hombre excepcional, cuyo primer libro escrito en la flor de la juventud, tan confiada en el genio de la carne, se llama Pensamientos de un viejo, y cuyo último libro es el oscuro canto de unas manos y una alabanza de la juventud; que sirve para todo, a todos, a todas las causas y contracausas (es un escritor místico para los beatos de camándula, un aguerrido librepensador de revoltosos, un idealista descalificado por los materialistas dialécticos, un panfletista ilegible para los sacristanes, un filósofo sin sistema a la manera de Nietzsche, un no-filósofo para los académicos, un crítico social irreductible, un educador revolucionario, un fascista, el más grande de los escritores colombianos para unos y un loquito de aldea para otros), no sea un autor popular. Y que acabara convertido en lo que llaman hoy un escritor de culto. Pero es lo que sucede, por lo demás, con todos los escritores imprescindibles. Esenciales.

Fuente:

El Tiempo, febrero 24 de 2004, columna de opinión Contravía.

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