Boletín n.º 49
28 de octubre de 2006

Ricardo Rendón

(1894-1931)

Ricardo Rendón (1894 - 1931)

Oleo sobre tela por
José Restrepo Rivera (1886-1958)
Biblioteca Luis Ángel Arango
Banco de la República

* * *

El 11 de junio de 1894 nació en Rionegro, Antioquia, Ricardo Rendón, y en una conjunción de destinos nacerían por esos mismos años en Antioquia otros hombres que como él conmoverían con sus talentos la vida política e intelectual del país: Fernando González, León de Greiff y Luis Tejada, para citar sólo tres ejemplos. Quizás por obvias razones, las existencias de estos hombres se reunirían posteriormente: Rendón, González, De Greiff y Tejada formarían parte de grupos intelectuales y políticos que marcaron las transformaciones colombianas de la década de 1920: «Los Panidas» y «Los Nuevos» son dos de ellos. La vida y obra de Rendón, así como la de sus demás pares y amigos, es desconocida para los colombianos de hoy, apenas anécdotas y uno que otro rasgo de ellos se recuerda con simpatía popular, pues los sistemas de poder a los que criticaron e hicieron transformar parcialmente se encargaron de convertirlos en vacíos monumentos ineficaces. Si bien la obra de Ricardo Rendón que se recuerda y exalta en desmedida son sus caricaturas, poco se sabe de su pensamiento y compromisos políticos, los mismos que nutrieron los filosos y sencillos trazos con los que conmovió las injustas estructuras de poder de su tiempo (El Colombiano, 12 de junio de 1994). Hoy se cumplen 75 años del suicidio de Ricardo Rendón, ocurrido en Bogotá el 28 de octubre de 1931.

* * *

Ricardo Rendón

Retratista y caricaturista implacable

Por Elkin Obregón

Ricardo Rendón Bravo nació en Rionegro, Antioquia, en 1894. Hijo de una familia acomodada (su padre era calígrafo), desde niño mostró su afición al dibujo y a la pintura. Unas cuantas obras infantiles, que aún se conservan, dan fe de esa vocación temprana y de un talento singularmente precoz.

A comienzos de la segunda década del siglo se trasladó a Medellín, y allí cursó por algún tiempo estudios académicos en el taller del pintor y escultor Francisco A. Cano (gran artista y maestro de muchos, entre ellos de Horacio Longas, quizá el único dibujante colombiano comparable a Rendón en el trazo caricaturesco) y en la Escuela de Bellas Artes. No fue, pues, un artista empírico y silvestre, como muchos suponen, sino por el contrario alguien provisto de un buen conocimiento de su oficio, perceptible sin duda en la elaboración y composición de sus trabajos periodísticos.

Por esos años empezó a colaborar en algunas publicaciones artísticas y literarias de la capital antioqueña, de las cuales la más memorable es la revista Panida, cuyos escasos ejemplares son hoy tesoro de coleccionistas. De aquel grupo de jóvenes insurgentes (los Panidas) hizo parte Rendón, no sólo como dibujante único de la revista, sino también como ocasional autor de aceptables prosas y poemas —actividad que nunca más cultivó—, que firmaba con el seudónimo de Daniel Zegri.

Entre los Panidas se contaban nombres tan destacados luego como Pepe Mexía (Félix Mejía Arango, dibujante de vanguardia y arquitecto), Tartarín Moreira (Libardo Parra Toro, quien muy pronto abandonaría la literatura «seria» para entregarse a la bohemia bambuquera), León de Greiff (Leo Legris, entre los Panidas) y Fernando González. De Greiff, al lado de otro ilustre antioqueño y gran amigo de Rendón, Luis Tejada, haría parte después de otro grupo generacional de más vasta resonancia nacional, Los Nuevos, cuyo protagonismo en la vida literaria y política del país no puede discutirse, y del cual Rendón es en cierto modo la constancia gráfica.

Aún en Medellín, Rendón consolida su actividad y talento en colaboraciones para El Espectador y otros órganos periodísticos, y ejerce también como ilustrador, pintor y diseñador publicitario para diferentes empresas e industrias de la ciudad. Es dueño ya de un nombre y prestigio sólidos cuando decide radicarse en Bogotá, en 1918. Continúa sus colaboraciones para El Espectador, ahora en la capital, pero su creciente fama lo lleva a recibir y aceptar ofertas de La República (cuyo director, Alfonso Villegas Restrepo, fue siempre gran amigo y casi mecenas del artista) y de El Tiempo, sin contar otros muchos trabajos para diversos medios capitalinos y de provincia. Son sus años de más febril producción, robada milagrosamente a una intensa bohemia, de la cual, por cierto, emana parte de su leyenda. Por su pluma desfilaron los gobiernos de Pedro Nel Ospina y Abadía Méndez, las pugnas de Vázquez Cobo y Guillermo Valencia, las actuaciones de ministros como Ignacio Rengifo y Arturo Hernández, las palabras y gestos de funcionarios, miembros de la Iglesia, hombres públicos del régimen hegemónico conservador que culminó en el 30 y, en general, del abigarrado país político que le tocó en suerte. Crítico implacable de un gobierno cada vez más desprestigiado, llegó a adquirir una popularidad e influencia no vivida antes ni después por ningún caricaturista colombiano.

Cajetilla Pielroja de Rendón

Diseño de Ricardo Rendón, 1923.

Respetado, admirado y temido en los círculos políticos, amigo y contertulio de una generación que anhelaba el poder, puso su pica en Flandes con singular eficacia para contribuir a ese propósito. Muy poco después del comienzo de la República Liberal (a cuya crítica también aplicó su lápiz), en la mañana del 28 de octubre de 1931 se pegó un balazo en uno de sus sitios de tertulia favoritos, la cigarrería La Gran Vía. Tenía 37 años de edad, y nadie ha podido dar cabal explicación de su muerte.

La importancia de Rendón como comentarista político de su época es innegable. Si fue casi un ídolo popular en su tiempo, tan dado a la efervescencia partidaria y al panfleto, el paso de los años ha consolidado su lugar en la historia del arte y del periodismo colombianos. Fue un detector constante y agudo de lacras y ambiciones, un desnudador implacable de la feroz zarzuela política de aquel momento de nuestra historia. Pero la lucidez de sus apuntes, el vigor de sus síntesis gráfica y conceptual, hacen que hoy, a la distancia de seis décadas, podamos mirar y estudiar su obra como una contribución fundamental (por todo cuanto el humor más riguroso aporta a la visión del mundo) a la comprensión de un largo período del acontecer político de Colombia. Tampoco su calidad artística ha sufrido menoscabo, y gracias a su dominio no superado de la caricatura como una forma (acaso la mejor) del retrato, conservamos una iconografía quizá definitiva de personajes tan nuestros y disímiles como Tomás Carrasquilla, Luis Tejada, «Ñito» Restrepo, Fidel Cano, Guillermo Valencia o Alfonso López Pumarejo. Lista que podría prolongarse con muchos nombres e imágenes memorables.

Como hombre, fue secreto y silencioso, y pasó por incontables noches de cafetín en medio del aprecio y el desconocimiento de los hombres. Los testimonios póstumos de gentes que le fueron próximas, o creyeron serlo (Edmundo Rico, César Uribe Piedrahíta, José Mar, Jaime Barrera Parra), demuestran con patética elocuencia cuán lejana y hermética fue su vida, y cuán inexplicable, a pesar de muchas conjeturas y teorías, fue y seguirá siendo su muerte. En un artículo publicado en 1976, dice de él Alberto Lleras:

«Yo tuve una amistad estrecha con Rendón y tal vez de los miembros de mi generación pocos estuvieron tan cerca de ese espíritu enigmático y callado que, por razón de nuestro oficio, tenía que estar en contacto conmigo, cuando emergía de su misterio. Jamás pretendí, y estoy seguro de no haberlo intentado, aproximarme a su secreto, a su personalidad íntima, a su vida, como lo hubiera hecho y lo hice con todos mis compañeros. Le respeté su reserva infranqueable, y jamás le pregunté a él, o a alguien, a dónde iba este ser que se desvanecía en la oscuridad hacia un sitio desconocido, del cual emergía con su trabajo completo, sin rastros de haberlo rehecho o corregido, uno o dos días después. No supe con quién ni cómo vivió, y hoy, pasado tanto tiempo, me maravillo de no haberlo sabido. Sé quiénes fueron sus amigos, pero ninguno debió saber de Rendón más de lo que yo supe. Y el disparo que sonó en la mañana brumosa de La Gran Vía me produjo tanto dolor como sorpresa infinita».

Todo suicidio crea un hálito de leyenda y contribuye al mito. En el caso de Rendón, su vida, su figura, su misterio y el contraste que todo ello hacía con su humor despiadado y clamoroso, acrecientan esa forma un poco enfermiza de inmortalidad. Pero la obra de Rendón vale por sí sola, y es ella, y también la feroz independencia y honestidad vital que le dio aliento, la que hace parte de nuestra historia.

Fuente:

Revista Credencial Historia, Bogotá, Edición n.º 10, Octubre de 1990.

* * *

Fernando González por Ricardo Rendón

Fernando González por
Ricardo Rendón – 1915.

* * *

Ricardo Rendón

Por Fernando González Ochoa

Los ojos ven; toda la personalidad asimila lo visto y por medio de la mano pare el artista pintor. Por supuesto que se fecundan también por todas las especializaciones del tacto, pero la boca nutricia del pintor son los ojos.

Su obra no es, por consiguiente, retrato, autorretrato o reproducción, a menos que pudiera decirse que el hijo lo es de la madre.

La obra artística suspende o sorprende el ánimo por la unicidad (de único) que posee todo lo que nace.

Los ojos miran; la mano aprende modos de líneas y colores y el artesano hace retratos, autorretratos o reproducciones; no hay gestación; no hay parto o aparecimiento. Es mecánico. Es voluntario. Diferencia entre ver y mirar. Nada tiene que ver con la maternidad de los genios.

Ricardo Rendón fue un dios. ¡Qué bellos ojos alargados y sonreídos que eran su verdadera boca!

Cuando estamos jóvenes, no lo sabemos. No sabemos que somos aéreos sino cuando nos hundimos en el agua. Ricardo Rendón no supo lo que era, sino cuando el celeste inquilino se fue, y entonces fue cuando se mató.

¡No lo sabía! Por ahí en cafés, en pedacitos de papel, una, dos, tres, cuatro rayas y algunas sombras… ¡Si era tan fácil!

Ahí va la joven fuerte y ágil sobre el caballo fogoso, y lo domina, y qué graciosos sus brazos, y sus pechos y sus muslos. Pero no sabe lo que tiene; ignora que con cada movimiento recrea el mundo y nos sorprende con el parto de fenómeno único.

¿Cómo saber lo que somos, si todo deviene fácilmente? ¿Y cómo ignorar lo que no somos, si así no se puede?

¡Poneos a la obra! Una, dos, tres, cuatro rayas, y unas sombras… ¡Nada! ¡Qué difícil! ¿Y si miráis y aprendéis? ¡Un artesano!

Mientras Rendón vivió creando, ni él ni nadie supo quién era.

Observé en Ricardo Rendón lo siguiente:

Primero. —No podía ejercer voluntariamente, como los artesanos. La hora del nacimiento sorprende a la madre.

Segundo. —Trabajaba tan fácilmente, que producía en los asistentes el sentimiento de «eso no es gracia». Característica también del parto.

Tercero. —De ninguna de sus obras se puede decir que el secreto esté en tal rasgo o línea. Está en toda y se ignora en qué consiste. Unicidad.

Cuarto. —Era idiota para la vida práctica y de sociedad: poseso.

Quinto. —Generosidad inconsciente de bienes y persona. Inconsciencia del genio.

Sexto. —Sonreía y expresaba todo con los ojos. Ojos boca.

Séptimo. —Producía sensación de lejanía. No podía familiarizarse. El genio como excepción monstruosa.

Rebuscando en su gente, no se halla explicación de su genio. Lo que nos explicamos está por debajo.

Su hermano es un Mercurio de Medellín, que dizque tiene «el baúl de Rendón», pues tal fue la hijuela que dejó este medellinita, y la caridad capitalista-católica la ejercieron sobre los suyos y sobre su pálida imagen: Non vanae redeat sanguis imagini

Jamás le oí hablar de sus obras para defenderlas o explicarlas.

La facilidad, que es distintivo de la obra artística, y su cualidad de ente gestado y nacido, hacen que el artista la ame mucho, pero así como la vaca ama al ternero, sin preciarlo: ponerle precio, discutir su valor, alabarlo, exponerlo. La maternidad es ajena a los fenómenos comerciales. No conozco artista que haya entrado en controversia acerca de su obra; lo que he visto en toda madre es cierto sonrosado pudor ante el hijo que lleva o que le nació. Durante cinco años traté a Rendón y lo vi siempre pálido, parco de palabras, enamorado, y nunca habló de su arte ni de sí mismo.

Propio de los artesanos es el quejarse y echar la culpa, pues como producen voluntariamente y para el comercio, sienten que a su brega debía corresponder aprecio. Por eso maldicen del «medio ambiente mercantil, filisteo», etc.

Pero el animal que da a luz es captado íntegramente por el hijo, el cual nunca es un medio, sino un fin en sí mismo. Artista quejumbroso y criticón, que saca sus obras a las calles, así como ciertos pordioseros a sus hijas, o no lo ha sido o se le murió el genio a causa de miserias.

¡Maldito el que hable de sus obras! ¿Las tiene que explicar? Si lo consigue, la bondad está en el discurso. ¿Exige admiración? Si la suscita, fue el orador.

Rendón no ganó dinero, y está muy bien porque así es la ley. La obra artística carece de precio. A los seres no se les paga por nacer; se nace necesariamente; es un aparecimiento.

Se paga el precio al que vende las cosas nacidas que se apropió. Por ejemplo, el que haga retratos o paisajes para vender, vende colores colocados por él en ciertos modos. Pero ningún niño ha nacido.

No sé en qué día ni año nació Rendón; tampoco, la casa. Los que conocimos a las gentes ignoramos las fechas y lugares precisos; pero una vez que se mueren y se hacen «gloriosos», «conocerlos» es saber qué día y a qué hora nacieron y murieron, y el orden de las obras, y la casa, la cama y demás.

Era muchacho pálido, fornido y casi alto, tímido, que hacía caricaturas de la gente de Medellín por ahí de 1915 a 1919; se fue a Bogotá y allí, por unos diez años, le dio eternidad a ese tiempo colombiano. Cierto día se suicidó y dijeron que era un grande hombre incomprendido. Ejercieron su vanidad sobre su vana imagen. ¿Que se quemen Medellín y Bogotá o no haber tenido a Rendón? Que se quemen y, sin embargo, muy bien que sólo le dieron cinco pesos ($5.00) por «caricatura».

Dos épocas hay, pues, en el arte de Rendón. La juvenil, en Medellín, que consistió en crear los tipos de una gente muy definida, lepra y porvenir colombianos a un mismo tiempo, admirables y repugnantes; y la época bogotana, en la que le infundió vida a unos pocos años de lo que llamarán Historia Patria en las escuelas públicas.

Los artesanos y el vulgo —el género humano es vulgo— creen que caricatura es el aumento de aquello que está desarmónico en la figuración.

La caricatura consiste en hacer aparente la perturbación que se concretó en animal o en suceso.

Todo ente, animal, suceso o idea es la figuración original por vórtice en la energía latente. Así, todo ente es un desequilibrio o voluntad.

El caricaturista es el vidente de los pecados hechos hombres o sucesos.

Contemplando al Bobo Marcos o al Marañas de Rendón tenemos las nociones de idiota y de idiota genial. Viendo al Gordo de Medellín rendoniano tenemos la noción de lucro arrebujada en caridad católica. El Gordo de la Escuela de Minas es la noción de alta estafa. ¡Qué fácil! La piedra de toque de la obra artística es la producción del sentimiento de facilidad; libertad de la gravedad (torpeza). La caricatura resulta, por consiguiente, de la exposición de la voluntad oculta en contraste con la simulada. El sujeto es desnudado, dejándole sus vestiduras. De ahí la ironía.

La sonrisa se origina en el contraste de la voluntad querida (vanidad) y la voluntad biológica de la figura.

El general Berrío rendoniano es pelea descomunal entre las pesadas barriga y cabeza glandiforme, que simulan la voluntad de poder, y la verdadera voluntad, que es el humus, de los tubérculos.

El Suárez rendoniano es un pecado seminarista de cañaveral arrebujándose en santidades.

La caricatura pertenece, como todas las irónicas, a las artes antisociales. Rendón fue inmoralista.

Hoy, cuando el maquinismo ha cubierto la costra terrestre de vulgo (homo políticus, socialis), no sobra el advertir que al pensar en caricaturas no hemos tenido en mientes sino a Leonardo, a Rendón y a unos franceses que no son de Vichy; ¡Ah viejo papón el Mariscal Petain! Lo demás, eso de las revistas yanquis y de las otras innúmeras Américas, son muñecos en que se abusa de unos pelos, una nariz o una frente.

Tampoco sobra agregar que no hay para qué confundir a los genios con su eco engañoso suramericano: Hay un Goethe, el que habitó en Alemania, y hay otro, manizaleño; hay un Quijote en Sierra Morena y hay otro… ecuatoriano, un tal Montalvo; hay Simón Bolívar y hay sociedades bolivarianas: ¡el mundo está pletórico de… esos! Rendón, se suicidó saturado de ellos; pagó con su vida el privilegio de habitar las Américas, las babas de las Américas.

¿Dónde estás, Ricardo Rendón?
yo soy Juez de Fraudes
en Medellín
siempre cabezón, pero pequeña ya
la voluntad de vivir.

Somos nadies: tú, muerto,
y yo, Juez de Fraudes
en Medellín. ¿Dónde tú
qué hay? Aquí, escucha:
Pasaron dos muchachas por la acera
y la visión extrajo mi ansiosa conciencia:
echó tentáculos a través de la ventana como el pulpo
o como hembra asomada.

Esas mis bocas ansiosas se alargaron
hasta el cercano almacén de la Casa de Menores
y ahora vuelven a mí palpitantes;
reposan vibrátiles sobre los expedientes
del Juez de Fraudes.

Vieja carne tentada,
vieja carne envenenada,
te resistes. Y una pregunta gritada
me llega del abismo del alma:
¿Habrá un substractum del yo?

La carne quiere refregarse las jóvenes
y el yo quiere ser eterno.

Me espera el Diablo; ante el Juez bifronte
dirá:
«Iba, detrás, oliéndolas a pequeños sorbos,
y luego, cual toro fogoso, estornudaba de gusto.
Fue siempre rijoso; la carne fue su deleite».

Responderé al Viejo de la sensible balanza:
«No es cierto lo que dice el ágil del rabo prensil
y de las palabras dobladas».

Iba tras ellas, es cierto; niño, joven y viejo,
mis ojos buscaron en ellas, las de curvas elásticas,
bocas sangrantes y lácteos dientes.
Fuíles detrás, oliendo a sorbicos,
buscando el olor de la vida;
palpélas, hundiles los palpos,
buscando el surgir de la carne.
Ya viejo, soñé en restregarme lo vivo:
froté en mágicos círculos;
frotéme también las naranjas;
todos los frutos frotéme en mágicos círculos.

El viejo carón y bifronte de la sensible balanza
guiñó los ojos eternos y dijo estas palabras medidas:
«Tras ellas, las formas, se esconde el origen.
Irás pues a la diosa de los pechos erectos,
a la Vaca Preñada que pasta en el Valle
del río Nutricio».
¡Responde tú ahora!
¿No eres sino hideputa cadáver?…
¿y luego manojo de huesos cabezones?…
¿y polvillo después? ¿Y nadie luego?…
¿O precisas (1) la trípode mesita patoja
de las Canos?… (2) .
¿Qué te oigo murmurar debajo de mi cama.?…
¡Esto, esto ha dicho!:
«¡Señor Friede y todos vosotros
honrad vuestras madres!».

No recuerdo cuántos éramos los Panidas que en la segunda década de este siglo bebíamos licor X y trabajábamos por ahí ambulantes en cosas inapreciables, consumiendo la juventud, que es maná, que si no se gasta se pudre. Pero sí recuerdo que eran Rendón, León de Greiff, Pepe Mejía y otros poetas que se suicidaron o que ejercen el comercio, perdida la memoria de sus juventudes honorables. Recuerdo también que Rendón decía con voz ronca al compañero ahíto de aguardientes que apartaba su copa: «Beba la bebida».

Y así termina lo que sé de Ricardo Rendón.

Fernando González

Notas:

(1) El precisas, vulgar argentinismo, se usa aquí para darle énfasis al desprecio por los espíritus que se consustancian con mesas temblonas. ¡Qué pobreza en el más allá!
(2) Las Canos eran señoras espiritistas del Medellín de 1915.

Fuente:

«1894 -Ricardo Rendón- 1994», Periódico El Colombiano, Suplemento Dominical, Medellín, domingo 12 de junio de 1994. Tomado de: Crónica Municipal, Órgano del Concejo Municipal de Medellín, Edición Especial, agosto de 1963.