Corporación Otraparte
Boletín n.º 143
Octubre 23 de 2016

Aura López Posada

(1933 - 2016)

Aura López (1933 - 2016) - Fotograma del documental “Aura” de César Augusto Montoya

Aura López
Fotograma del documental
Aura de César Augusto Montoya

Youtu.be/wImaw563wr8

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La Corporación Otraparte lamenta profundamente la muerte de Aura López Posada (Venecia, 1933 - Girardota, 2016). Aurita fue escritora, periodista, librera, promotora de lectura y gestora cultural. Trabajó en entidades como Emisora Cámara de Comercio de Medellín (programas “Léeme un cuento” y “Por puro gusto”), El Mundo y El Colombiano (columnista), Museo de Antioquia y Jardín Botánico Joaquín Antonio Uribe de Medellín, entre otras. Publicó “Historias” (Museo de Antioquia, 2004), “La Escuela y la vida” (Fundación Confiar, 2006), “Mujer y tiempo” (Fundación Confiar / Confecoop, 2009) y “El Peñol, crónica de un despojo” (Lealon, 2011). Obtuvo el premio El Colombiano Ejemplar, así como otros reconocimientos en Yarumal y Medellín por su vocación y servicio a la cultura y a las letras. Confidente de los lectores en la desaparecida Librería Aguirre, dedicó su existencia a despertar en otros lo que fue su gran pasión: la lectura. En su homenaje reproducimos diversos textos y fotografías.

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Un hombre que escribe poesía es un poeta, una mujer que escribe poesía es una poeta. La mujer acepta el término poetisa como una palabra envuelta en un papel de regalo, cuando es una vana adulación: la mujer es tan persona como el hombre, no tendría por qué ser llamada diferente a él si hace lo mismo.

Aura López

Aura López nos lleva de la mano (o del corazón más bien) por la angustiosa e injusta agonía a que fue sometido El Peñol por EPM. Es un libro lleno de ternura, de contenida tristeza y, al mismo tiempo, de indignación y respetuosa denuncia. La autora mira “los techos de teja curtida, una de las cosas más bellas que ofrece El Peñol a primera vista”, las fachadas amenazadas de demolición (esa arma de presión esgrimida contra los habitantes), las calles y las esquinas, pero sobre todo los rostros de la gente, con su humilde furia resignada a una suerte inevitable. Uno acaba charlando también en los patios de las viejas casonas a punto de sucumbir, con Elisa, Patricia y Santiago, con doña Felisa, la pintora, y don Antonio Hoyos, el boticario, con Lila, con el padre Pacho. Y con ellos asiste, entre la solidaridad y el repudio por las arbitrariedades cometidas, a la muerte de un pueblo que no merecía esa suerte. Y al parto de un nuevo Peñol, que aunque nació, no fue concebido con amor fundacional. Es de destacar el manejo literario. Bellas las descripciones, que recuerdan a Azorín, de lugares, personas y paisajes. Es un buen ejemplo de cómo se escribe una crónica. Ir, mirar, anotar. Y sentir. E indagar la verdad.

Ernesto Ochoa Moreno

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Aura

Fragmento

Por Ana Cristina Restrepo Jiménez

Con un cuento entre manos, pasaba horas en un rincón del patio de su casa. Era más divertido leer que jugar. Por eso, esa dulce voz de la Emisora de la Cámara de Comercio, antes confidente de los lectores en la desaparecida Librería Aguirre, Aura López, dedica su existencia a despertar en otros lo que ha sido su gran pasión: la lectura.

Desde uno de los pupitres del salón, Aura jugaba a imitar a su maestra. A hablar como ella. A leer como ella. Un buen día, la señorita Luzmila le entregó el libro de cuentos. Delegó en Aura su tarea. Y, desde entonces, ella lee para los demás...

Desde muy temprano, la palabra fue vocación en Aura. Acariciaba las páginas de los cuentos aún ignorando cómo descifrar sus caracteres, aprendía poemas de memoria y cargaba libros —incomprensibles— bajo el brazo.

Pero no fue sólo el recuerdo de la hipnótica voz de una maestra la que marcó la vida de lectora de Aura López. Una larga convalecencia infantil la ligó de por vida a la lectura. Por aquellos días, la visita de sus compañeras y profesoras del colegio, así como la compañía de su padre, hicieron de esos días de postración una dicha. Era “una reina” en su cama, cumplía el sueño infantil de ser el centro de atención —por su cabeza había pasado, antes de su involuntaria convalecencia, una serie de ideas: quebrarse un brazo, usar gafas...— para satisfacer ahí sus anhelos de ternura.

Entonces, su madre, tan estricta, se mostró más cordial, y su padre, un bohemio y escritor de poemas, de largas ausencias, “apareció” para sentarse a su lado a leer cuentos.

Con sus seis hermanas, en Yarumal, Aura aprendió a leer en el Colegio de María, cuya historia lo hacía “diferente”: cuentan que los liberales creyentes y anticlericales del pueblo crearon un “colegio para señoritas” formadas para el magisterio.

La formación académica en las mujeres era mal vista. Años atrás, el abuelo de Aura retó a su esposa a “pasar por encima de su cadáver” si ingresaba a sus hijas a un colegio. Su abuela respondió: “Entonces pasarán por encima de su cadáver”. Y matriculó a sus cinco niñas. Todas, entre ellas la madre de Aura —quien llegó a dirigir el plantel—, fueron maestras de la institución.

“Vivir entre libros”

Edmundo d’Amicis, y su inmortal Corazón, inició a Aura en el mundo de la lectura.

Una actitud seria y solitaria frente a los libros caracterizó siempre a esta voraz lectora, quien a los doce años se trasladó a Medellín. A los 16 trabajó como secretaria y, con su primer pago, sació un viejo apetito: compró sus libros. ¡Cómo olvidar ese primer y gran amor!, las obras completas de Federico García Lorca.

La adolescencia de Aura López convulsionó entre cientos de sueños... Quiso ser bailarina, actriz de teatro, ciclista y, en fin, con cada libro despertaba una nueva personalidad.

Tras unas pruebas para la lectura dramática de Doña Rosita la soltera, Aura ingresó a la radio. En La Voz de Medellín condujo el programa “Antologías de la poesía antioqueña” y realizó entrevistas, libretos y programas musicales.

Para una de sus emisiones, contactó al director del Cine Club de Medellín. Él, Alberto Aguirre, dueño de una librería, la invitó a trabajar en su rincón de la lectura del Centro. Por fin, ingresaría al grupo por ella denominado “los seres más privilegiados del mundo”: los libreros. ¡Viviría entre libros!

Como escritora, Aura López ha recorrido el sendero “obligatorio” de muchos: diario de niña y poemas —“horribles”, recuerda— de adolescente. Como columnista lo fue del diario El Mundo y ahora lo es de El Colombiano. La dulzura de su voz, y la feminidad que imprime a sus textos, la haría pasar, ante ojos desprevenidos, como una mujer frágil. Y nada de eso. Es implacable: “Una mirada abierta y una posición crítica son las únicas opciones que da esta sociedad. Cuando se han de defender cosas ha de ser con dignidad y valor. Nada más feo que el periodismo mezquino y de insultos”.

¿Sus temas? El papel de la mujer en la sociedad, los niños, la familia, el Centro de la ciudad —su hábitat por excelencia que “nos dice todo lo que somos”— y la lectura, actividad que también apoya desde sus programas radiales “Léeme un cuento” (transmitido los domingos) y “Palabra y poesía” (miércoles), en la frecuencia de FM de la Cámara de Comercio.

La tentación de oro

Los libros son objetos divinos que llenan los espacios de Aura. En su cartera siempre habrá uno.

Una de las autoras favoritas de Aura es la novelista italiana Elsa Morante y sus obras Araceli y La isla de Arturo. Y es que su lista de afectos es amplia:

“Uno no vuelve a los autores por volver a sus libros. Pero uno vuelve a los autores a cada momento. Eso es lo lindo de leer: aun si no recuerdas libros textualmente, algo se quedó en ti para siempre de esa lectura. Vuelves a los libros como las olas, así no puedas describir sus imágenes. La relación con el libro no termina en la última página. El libro se queda”.

“Desde que aprendí a leer hasta hoy, a los 65 años, puedo decir que no he dejado de leer en la vida. Y cada día, esa lectura me vuelve más voraz”, así lo dice ella. Aura.

Fuente:

El Colombiano, domingo 13 de diciembre de 1998.

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Aura López (1933 - 2016) - Fotograma del documental “Aura” de César Augusto Montoya

Aura López (1933 - 2016) - Fotograma del documental “Aura” de César Augusto Montoya
(Clic en las imágenes para ampliar)

Fotogramas del documental
Aura de César Augusto Montoya

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En la biblioteca

Por Aura López

En un rincón de la biblioteca el grupo de niñas se acomoda entre risas y juegos. Hay un revoloteo de delantales azules y un clima de alegría. La luz del verano atraviesa los vidrios de la ventana y deja, sobre los estantes, un resplandor que hace más vivos los colores de los libros.

Algunas de las niñas han preferido sentarse en el suelo, mientras otras aprueban gozosas la idea de acostarse, unas boca abajo, con los codos apoyados y la cara entre las manos, y otras boca arriba, con los brazos cruzados contra la nuca a manera de almohada para reclinar la cabeza. Todas estamos de acuerdo en que, como leer es un placer, resulta conveniente adoptar, para disfrutarlo, la posición que más nos agrade. Parece que al fondo alienta en el grupo otro placer inconfesado: contravenir de algún modo una de esas leyes dictadas desde la infancia y que figuran como inmutables en el catálogo de lo “correcto”: sentarse siempre sobre la silla o sobre el taburete, y con las piernas muy juntas si se es una niña.

Ya todas cómodas, empieza la lectura de un libro que ellas mismas han escogido, no sin antes discutir un poco porque algunas prefieren que se les lea otro que consideran mejor. Las diferencias se zanjan por medio de aplausos y Rosita se va de casa es el ganador indiscutible. Pero tenemos tiempo para leer otros más, lo cual tranquiliza a todo el grupo. La voz se escucha en el silencio de la biblioteca y la historia se adueña del lugar, se la siente penetrar esos rostros ávidos, conmover las miradas, suscitar una entrega mutua que va de la voz a las oyentes y de ellas al libro. La lectura ha creado en aquel rincón una atmósfera indescifrable.

Cuando termina la historia de Rosita hay unos segundos de silencio, los necesarios para regresar de aquel mundo, de aquella ensoñación. Después de algunos suspiros, brotan las palabras atropelladas, mezcladas, elocuentes, una necesidad de hablar no sólo de Rosita, sino de otros libros cuyo recuerdo éste ha suscitado. Algunas cuentan historias parecidas, alguien confiesa que también escribe cuentos y poesías que promete mostramos.

Vuelve la lectura y desata de nuevo la magia que habrá de envolvemos durante un rato más. Las niñas escuchan por primera vez el nombre de Federico García Lorca y se enteran de que hace muchos años escribió para ellas estos poemas. El de “el lagarto y la lagarta con delantalitos blancos, que han perdido sin querer su anillo de desposados”, las conmueve. Una de ellas pregunta si podríamos cantar ese poema. Ha sido penetrada, al escucharlo, por la música de sus palabras. Sí. Sería maravilloso si alguna quisiera cantarlo. Todas señalan a la hermosa niña rubia y tímida. Ella se ruboriza mientras sus compañeras gritan que toca el piano, que canta muy bonito, que sí, que por favor. Toma el libro y la historia de los lagartos se convierte en canción, en maravillosa voz infantil.

Después de la lectura, todas quieren ver y tocar aquellos libros de cuyas páginas han brotado tan hermosas historias. Hay en ese gesto una fruición, una curiosidad que proviene de las letras, pero también, en gran medida, de la figura de Rosita, mirando, desde el puente diminuto, la casa que ha abandonado entre lágrimas; o la de aquel niño que descubre en el cielo, al ver una estrella fugaz, la presencia querida de su abuela muerta; o la de ese desdichado Rin-rín renacuajo, engullido dramáticamente por un pato tragón.

Al despedimos, una niña cuenta, casi en secreto, que en su casa hay un balcón y sobre el balcón las ramas de un árbol y entre las ramas del árbol los rayos del sol por la mañana, y que ella va a escribir una poesía sobre todo eso.

Un día sabrá que la poesía ya estaba allí, en esas palabras y en ese rincón de la biblioteca.

Fuente:

López, Aura. La escuela y la vida (crónicas). Fundación Confiar, Medellín, enero de 2006, p.p.: 109 - 112.

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Enlaces de interés:

Documental Aura de
César Augusto Montoya

La salvación y conquista
de Aura López son las letras

Aura López, recuerdos a viva voz

Anécdotas de Alberto Aguirre,
primer editor de El Coronel no
tiene quién le escriba

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