Corporación Otraparte
Boletín n.º 169
22 de octubre de 2019

Gabriel Rodrigo
Díaz Duque

(1933 - 2019)

Gabriel Rodrigo Díaz Duque (1933 - 2019) - Foto © Alfonso Arcila

El padre Gabriel en Otraparte
Sábado 27 de abril de 2019
Foto © Alfonso Arcila

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La Corporación Otraparte lamenta la muerte de su miembro fundador Gabriel Rodrigo Díaz Duque (Santo Domingo, Antioquia, 1933 - El Retiro, Antioquia, 2019), sacerdote, cómplice de poetas maldicientes, cantante apasionado, compañero de lucha de campesinos y pobladores urbanos. En los años sesenta perteneció al grupo Golconda junto a otros sacerdotes que se alzaron las sotanas para caminar entre el barro de los sectores populares. Con la publicación de su autobiografía «Aprendizajes» en 2012, el Grupo de Investigación en Historia Social de la Universidad de Antioquia presentó el testimonio de este hombre que gozó y celebró la vida religiosa como una experiencia histórica. El libro es una memoria sensible y cálida sobre sus muchos años de «aprender y desaprender» en el mundo, y en él se narra la historia del «Cristo de 49 pesos» construido en 1968 por la comunidad en el barrio Santo Domingo Savio de Medellín, historia que a su vez inspiró el cortometraje «El cristo de los nadies» de Miguel Ángel Romero. Así mismo, el «parce» Gabriel —así le gustaba que lo llamaran— publicó en 2016 «Para nunca envejecer», testimonio de su amistad con Álvaro Villa, Matías Posada y Fernando González Restrepo, sus tres «hermanos y maestros».

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Hace un año y medio, el padre Gabriel Díaz Duque ascendió por la región de Manrique Oriental y se instaló en un campo miserable, donde cuatro mil personas se hacinaban en medio centenar de chozas. Cuando se paseó con su hábito talar, brotaron de entre las cuevas de caña tribus enteras de viejas y criaturas que reclamaban sus medallas y sus bendiciones. «Al principio se las di —cuenta Díaz—, a pesar de mí mismo. Había trepado a Piedras Blancas para llevarles otra cosa, pero necesitaba de esos fetiches si quería acercarme a ellos». Una semana después había regalado su sotana para que sirviera de colcha a una moribunda y se había reunido con los jefes de familia, dispuesto a pelear con ellos contra la pobreza. Mientras habla, sentado junto a una cama de tablas en su cuartucho de tres por dos, bajo un crucifijo hecho con un par de ladrillos cruzados, ladran los perros y lloran los chicos de la habitación vecina. Los cadáveres de los gatos y de los cachorros se apilan en la ladera; los chicos mueren de hambre, a razón de dos por mes. Pero los que sobreviven aprenden a defenderse.

Tomás Eloy Martínez

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Al cabo de sus años, el padre Gabriel Díaz puede decir como Heráclito: «Me he investigado a mí mismo». Su libro Aprendizajes es un recorrido hacia el fondo, que es de ternura e ingenuidad en su infancia de niño campesino, hijo de padre arriero, alumno de escuela rural y vendedor de caramelos que hacía su mamá hasta que el cura autorizó a los escolares a coger los dulces en venta, pero nunca los pagó. En ese recorrido por los remotos caminos de la infancia, Gabriel se enternece al recordar la vaca que pidió al Niño Dios a grito limpio y el caballo con que engañaron los gitanos a su padre. Son relatos fluidos y trasparentes que, sin adornos, han pasado de la memoria de Gabriel al papel y de allí al lector, sin aduanas que impongan o restrinjan. […] Como los ríos que dejan su huella en el cauce y en las piedras, el tiempo imprimió su trazo en esta vida. Así lo comprueba Gabriel a medida que avanza en su ejercicio autobiográfico. Los años del grupo de Golconda, cuando a la sombra de monseñor Gerardo Valencia fueron precursores del movimiento de la Teología de la Liberación y debieron pagar el alto costo de su profetismo; los años en compañía de esos sacerdotes que se desempeñaban en Madrid, el uno como taxista, el otro como relojero y el tercero como pintor de brocha gorda, para hacerse uno con todos y llevar el evangelio a los más pobres; los años de su duro aprendizaje del dialecto local en Bonaire, sus ires y venires en las parroquias de Medellín, seguido a veces por los espías de la curia encargados de escuchar sus homilías para información del desconfiado pastor.

Javier Darío Restrepo

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O el diablo no existe o yo no soy un poeta maldito. Después de una conferencia en Medellín, una monja se acercó a felicitarme. Se llama Rosaleen. […] Rosaleen encarna el renacimiento de la nueva concepción del cristianismo. Es una monja moderna a quien ya no le basta rezarle a Dios en la soledad de un altar. […] ¿Por qué Rosaleen insiste en conservar el hábito?, le pregunté en la casita del padre Gabriel en el barrio La Cima. Gabriel contestó por ella: «Porque es a la única monja que le luce». […] Tres tardes de la semana: viernes, sábado y domingo Rosaleen y un grupo de muchachas se van a La Cima, un barrio a media hora de Medellín donde habitan pobres gentes desplazadas que han levantado en los desfiladeros de la montaña un techo exiguo, donde viven con suma pobreza, pero con esfuerzos colosales para formar una digna comunidad de desposeídos, a la que aún no han llegado los Derechos del Hombre, pero que ya tienen un hombre que se los hará valer: Gabriel Díaz, el cura. […] Por eso, ellas no suben a consolar ni prometer milagros sino a educar a los hijos del pueblo, y ocupan todos los sitios disponibles para dictar cinco cursos de primaria que Rosaleen espera algún día serán aprobados oficialmente. Esa escuela flotante funciona en los cuartos de la Casa del Pueblo y en la iglesia de ladrillo que construyó el padre Gabriel. Diré que era emocionante contemplar a esas jóvenes educando a los hijos de los campesinos que viven en esos desfiladeros, olvidados de la mano de Dios y del Estado. Ellas sacrifican con desinterés sus tardes de ocio para contribuir en la medida de sus posibilidades, a la dignificación de estas pobres gentes a las que la vida les ha negado toda esperanza. Esa esperanza en la dignidad humana es la que el padre Gabriel y Rosaleen han querido restituir a la desamparada gente de La Cima.

Gonzalo Arango

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Portadas de los libros «Aprendizajes» y «Para nunca envejecer» del sacerdote Gabriel Rodrigo Díaz Duque (1933 - 2019)

Portadas de los dos libros
del padre Gabriel Díaz Duque.

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Este Cristo se llamó el Cristo de 49 pesos. Porque en realidad costó 49 pesos. Ladrillo y cemento, los mismos materiales con los cuales la gente construía sus casas en el barrio Santo Domingo Savio. El trabajo lo hicimos entre todos con la dirección artística de Saúl Montoya. Fue concebido como expresión de que es a partir de la realidad como se construye la esperanza, como se construye la utopía. Es partiendo de la realidad, de lo que hay, de lo que existe, y no partiendo de dogmatizaciones y de conceptualizaciones en el aire, como se construye el reino.

Gabriel Díaz Duque

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Las presencias ausentes

Apreciado Gabriel:

No es usual que el prólogo de un libro sea una carta al autor. Lo hago así porque, por un lado, tú siempre nos enseñaste a reinterpretar la viejas liturgias y, por otro, a estas alturas de la vida, o de la muerte, los prólogos suenan a epílogos. Y viceversa. Por eso no rendimos pleitesía a los protocolos o a las conveniencias sociales, académicas o editoriales, que exigen que un prólogo sea eso, un prólogo, y no lo que ahora hago, que es escribir una carta a un amigo.

Para nunca envejecer es el pequeño libro que entregas hoy a la feligresía visible o invisible de quienes te quieren y siguen tus orientaciones en el Monasterio del Viento, esa abadía —no parroquia— «nullius» (que aunque es un latinajo existe en el diccionario español), para decirlo en los términos clericales que ya hace muchos años superaste, en la que ahora ejerces tu labor pastoral y mantienes viva tu presencia sacerdotal. Tengo la impresión de que esta obra es obviamente la segunda parte, o la última, supongo, de la autografía que titulaste Aprendizajes.

Si no fuera impertinente, diría que aunque este nuevo escrito es autónomo a la hora de ser leído, para entenderlo a cabalidad habría que tener en cuenta la historia de tu vida que contaste en Aprendizajes. En una edición futura, a mi juicio, deberían ir juntos los dos textos, como si los tres acápites del nuevo libro fueran apéndices o capítulos complementarios de la primera obra. Es una simple sugerencia.

Para nunca envejecer es el título de tu libro. Es como si en el otoño de la vida nos hubieras regalado una versión propia del conocido «dicho de amor y de luz» de san Juan de la Cruz: «En la tarde de la vida te examinarán en el amor». Es lo que nos dices: si quieres seguir siendo joven, mantén vivo no solo el recuerdo sino la vivencia de tus amistades. Y haz cotidiana y perenne esa eternidad de cada día que es la gratitud.

En tu libro haces un homenaje, con nombres y apellidos, a tres grandes amigos que, nos confiesas, marcaron tu existencia: Álvaro Villa, Matías Posada y Fernando González Retrepo. Con nombres y apellidos, repito, porque los verdaderos amigos nunca son anónimos. Más que una semblanza o una nota biográfica de unas personas dignas de recordación, el lector podrá revivir, si pasa sus ojos por las páginas del libro, la emotiva memoria de esas amistades, con episodios que fueron decisivos en tu destino; con frases y pensamientos de sus conversaciones que ibas apuntando en tu cuaderno de bitácora; con cartas o mensajes que recibiste y sacas del archivo para que los lectores conozcamos y sintamos su «presencia en la ausencia».

Como tú eres buen teólogo, pero no en el desasosegante trasiego de teologías dogmáticas que, a ratos, más entorpecen que iluminan la búsqueda humilde del amor de Dios (que es, en el fondo, toda teología, y tú lo sabes mejor que yo), he traído a colación esa expresión «ausencia en la presencia» para aplicarla a la amistad de los que ya no están con nosotros, a los amigos que nos antecedieron en la inquietante pero consoladora realidad que es pasar de la vida a la Muerte. Y de la muerte a la Vida.

El teólogo francés Xavier Leon-Dufour, jesuita por más señas, llama «presencia en la ausencia» al Espíritu que nos envió Cristo tras la Ascensión. Al Espíritu Santo. «Présence dans la absence», Presencia en la Ausencia. Y me perdonas esta torpe incursión mía por los terrenos vedados de una teología clerical, que sé que a ti tampoco te emociona. Y más torpe todavía si me he atrevido a adobar mi reflexión con un alarde en francés que no era necesario, pero que mantengo como homenaje al valor eclesial y eclesiástico que ha sido tu vida y que muchos no siempre reconocieron.

Ausencia en la presencia. Pues sí, Gabriel, los amigos que ya no están, pero siguen con nosotros, no en el simple recuerdo sino en la vida misma, en la que ya pasó y en la que todavía nos queda, son una presencia en la ausencia. Ausentes presencias inmarcesibles, siempre jóvenes y que nos ayudan a no envejecer. Es la sensación que me ha dejado la lectura de tu nuevo libro.

Un abrazo,

Ernesto Ochoa Moreno

Fuente:

Ochoa Moreno, Ernesto. «Prólogo». En: Díaz Duque, Gabriel Rodrigo. Para nunca envejecer. Léanlo Editores, Medellín, 2016, pp: 9-13.

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Dedicatoria escrita en el libro «Para nunca envejecer» del sacerdote Gabriel Rodrigo Díaz Duque (1933 - 2019)

Fragmento de una dedicatoria escrita por el padre Gabriel en un ejemplar de Para nunca envejecer. Archivo Corporación Otraparte.

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Gabriel, querido hermano, me preguntaste hace poco si en realidad yo me sentía feliz; ahora te contesto brevemente para que nos vamos entendiendo, así lo veo: en cuanto SOMOS en el existir, no hay sino una creación, una totalidad existiendo desindividualizada; por eso somos UNO en el SER, lo que llamamos DIOS, o el Señor. Así que puedo responderte en este instante: soy feliz; y fíjate que no estoy referido a ningún hombre, a ningún ser; voy sobre la Tierra en la vida y esto es lo importante: no estoy referido, soy de la familia de la nada. Hoy he presentido esto: Dios no permite el mal en una persona X; lo que sucede es que en el existir (espacio, tiempo) existe el mal, concepto para designar una fuerza en el devenir del ser; y no es que sea mal en Pedro o Juan como seres en sí; se sucede en él (Pedro, Juan), como parte del hombre (o sea, el existir total en el cual él está llevando su cruz, su existir que en el fondo es el existir del SER); somos todos los hombres realizándonos (volviéndonos ser), definitivamente soy o mejor voy siendo afirmación ansiosa de Dios, total, quieto, sin pubis, sin tetas, total, sin rostro alguno: ¿no es todo esto suficiente para ser feliz?

Fernando González Restrepo

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Afiche publicado por la Corporación Otraparte en redes sociales en homenaje al padre Gabriel Díaz Duque en el día de su muerte

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