Caperucita y el
lobo en Envigado

Por Alberto Restrepo González

Acompañado de una niña rubia y tímida, un judío silencioso, de quien no se llegó a saber casi nada, llegó de la tierra de Nosferatu al hospedaje de una envigadeña, en las afueras de Medellín.

Con el correr de los días, la hospedera trajo a la niña al caserón de su madre, colindante con Bucarest, la finca del camellón del carretero de Envigado, donde, recién llegado de los consulados europeos, residía Fernando González.

La pequeña judía rubia era un ángel prisionero de la soledad, que pasaba los días vagando, ensimismada, por los corredores de ladrillo, los cuartos descomunales y el inmenso solar de la casona, o se sentaba en la ventana, a ver pasar los camiones de escalera, los carros de bestia, las vacas paturras de Felipe el gallero, los mendigos mugrientos y los campesinos lentos, que subían o bajaban del pueblo.

En la tranquilidad aldeana del Envigado de entonces, en el que todos eran gente de paz, los transeúntes tenían alguna palabra de ternura para la niña solitaria, que respondía con monosílabos de timidez a los cumplidos de los mayores.

Todas las mañanas, acariciado por la brisa tenue, el señor de Bucarest, un hombre de aire distraído y aura misteriosa, no se sabía si de loco o de santo, —para ella un anciano viejísimo, parecido a los sefarditas de su tierra natal—, ojos claros y orejas enormes, como alas de vampiro, pasaba lentamente, cubierta la cabeza con una boina negra, apoyándose apenas en un bastón de bambú, finamente barnizado.

Una mañana de brisa, en la que los sinsontes de Palillo, el dulcero de la vecindad, no paraban de cantar, el hombre del bastón le dijo a la pequeña judía de la ventana de barrotes: “Eres la niña más hermosa del mundo… Voy a casarme contigo”.

Sin vacilar un instante, la pequeña le respondió: “Usted no me gusta, porque está muy viejo y tiene las orejas muy grandes”.

El hombre del bastón le respondió: “Tengo las orejas tan grandes, para oírte mejor”.

Ensimismada en su soledad de exiliada, la pequeña judía solitaria se quedó pensando que doña Elvira era la abuelita buena; la aldea de Envigado, tan lejana de su patria nativa, el bosque donde vivía el lobo, y ella, una niña hermosa como Caperucita Roja.

Fernando González continuó su jornada de atisbos y meditaciones, pensando que él era un lobo malo, capaz de todas las miserias, en el que, sin embargo, habitaba el espíritu, puesto que era tentado por la belleza, y que Envigado era realmente un paraíso, ya que la tentación de los orígenes —Eva niña adolescente— había sido la tentación de la belleza inocente.

Fuente:

El Colombiano, viernes 20 de septiembre de 2002, página 5A, columna de opinión Escuelita.

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