Corporación Otraparte

Una elegía

Por Eduardo Escobar

Aparte de sus obras, lo que hizo más singular a Simón González es que practicó la alegría de servir a los demás sin robarse el presupuesto, como ha sido la norma entre nosotros.

Simón González, muerto en Medellín la semana pasada, unió al sentido poético de la existencia la capacidad del hombre de acción para realizar los sueños. Pero lo mejor de su tránsito gozoso por este mundo, que disfrutó y padeció con sensibilidad e indiferencia a la vez, no fueron los versos que a veces escribió, sino las obras que llevó a cabo cuando fue director de Incolda, como director de La Rana, la primera empresa de turismo ecológico en Colombia, y como intendente y primer gobernador de elección popular de San Andrés Islas. Y la pedagogía simbólica y pintoresca que usó para devolver a los isleños la dignidad maltratada por los cacharreros de todo el mundo, sin oprimirlos.

Sin embargo, lo que hizo más singular a Simón González en nuestro medio bárbaro y arisco, es que practicó la alegría de servir a los demás sin robarse el presupuesto, como ha sido la norma entre nosotros. Todo lo que hacemos sin amor es un crimen, le gustaba decir glosando a San Agustín de Hipona.

Siempre consideré a Simón González con el cariño que se le tiene al hermano mayor que nunca tuve. Porque su padre biológico, el maestro Fernando González, el brujo de Otraparte, es mi padre espiritual. Y porque estuvimos unidos a la patria de la infancia a través del viejo Envigado, el de antes, más inocente y lejano de la perversa Medellín, industrial y fenicia. Cielos azules, aromas de ceibas y cagajones y muchachas.

Porque Simón cultivó junto al poeta al hombre práctico resultó excéntrico para algunos. Su oficina de Incolda parecía en efecto un jardín aéreo con canarios cantarines que lo recibían revoloteando alrededor de su sombrero de tela y hacían sus necesidades sobre los memorandos, y anidaban en los archivos. Pero al mismo tiempo allá, a veinte pisos de altura, experimentaba un nuevo sentido de la administración. Y diseñaba empresas donde fuera más leve la carga de lo utilitario ayudándose con el gas de la imaginación.

Del mismo modo, su despacho de gobernador de las islas, con un grupo de guacamayas de trapo detrás del escritorio, que él llamaba sin discreción su consejo de ministros, era un confesionario a donde asistía la gente a reconfortar el corazón y a aclarar sus juicios con pocas palabras. Eso, maldita sea, fue lo que nos impidió ser amigos asiduos. Su parquedad al hablar, fruto de la timidez, el recato y la decencia.

Una vez, siendo gobernador de San Andrés, me dijo: yo acepté la gobernación por resignación. En realidad quiero ser rey de las islas. Y lo fue. Porque las amó de corazón. Porque sabía que reinar no es oprimir sino liberar. De acuerdo con las enseñanzas de respeto de su padre y mío, el Maestro de Escuela.

Todo esto le ganó un montón de amigos que lo quisieron de veras, pero según el estilo desgraciado de este mundo lo aproximó también a la tragedia de la soledad, haciéndolo acreedor a un ejército de detractores encubiertos. Los mismos que se sintieron damnificados porque les impidió meter las uñas en el tesoro público y jugar a la feria de los contratos. Y los mismos que para infortunio de los que amamos a San Andrés retornaron cuando Simón se retiró y dejaron al abandono sus obras de administrador: la planta de reciclaje de basuras. Y el jardín del palacio de la Gobernación que reemplazaron por una Biblia de mármol, de acuerdo con el carácter de los antiguos fariseos. Los mismos, en fin, que en venganza hundieron su barca una noche cerrada y quemaron su casa en Providencia un mal día.

Y este elogio, más que el homenaje a un amigo retraído y admirado que parte, lo hago en honor del personaje significativo que fue Simón González. Para que quizás sirva de ejemplo a los miserables a quienes han convertido el liderazgo en maña de usurero y la política en el arte maldito de acicalar el egoísmo, hinchar el orgullo y engordar los propios bolsillos.

Fuente:

El Tiempo, martes 30 de septiembre de 2003, columna de opinión Contravía.

Corporación Otraparte
© 2002
^