Seres de Otraparte

Por Waldir Ochoa Guzmán

La vida nos permite, de vez en cuando, toparnos con seres “humanos”. Personas transparentes y ajenas a la vanidad, cuyo único pecado —dirían muchos— es abrazar un sueño, ser idealistas. Hoy quiero hablar de dos de esos personajes. Sus nombres son Gustavo y Sergio Restrepo. No son hermanos de sangre, pero sí de tertulias, reflexiones y grandes amistades. Ellos son la savia de la Corporación Fernando González – Otraparte, entidad que pretende divulgar la vida y obra del pensador nacido en Envigado.

El “filósofo de Otraparte” fue un ser iluminado pero incomprendido. No mentir fue su primer y único mandamiento. Fue un fanático de Antioquia y por ello fustigó siempre a sus coterráneos, porque sólo pensaban en el dinero. Amaba su país, pero repudiaba la clase dirigente, siempre vendida a los intereses foráneos. Para él, esta nación tenía el complejo de “hijos de puta”, porque no respetaba sus raíces, no era auténtica. A pesar de sus diatribas, guardaba una esperanza: “Denme diez hombres enamorados de Dios y de Colombia y salvamos a Colombia”, afirmó alguna vez en sus escritos. Incluso fue honesto en el amor. Se casó con Margarita Restrepo, según él, porque ella lo admiraba, lo despreciaba y lo compadecía. Sólo entendía el amor acompañado de la verdad.

El cariño por este maestro y la terquedad por abrir un espacio para la cultura, llevaron a Gustavo y Sergio a trabajar con todo empeño por la corporación. Gustavo encontró al filósofo hace 15 años, gracias a su tío Armando, quien le regaló el libro de Félix Ángel Vallejo que retrataba al hombre de boina, libretas y bastón. A partir de ese momento, empezó a devorar toda la información que encontraba sobre el escritor. En 1999 creó la página en Internet www.otraparte.org, donde volcó toda la pasión despertada por el mensaje del sabio envigadeño. Ante tanta devoción, Simón González —hijo del pensador— lo apoyó para crear la corporación en 2002. Allí apareció Sergio como un cómplice incondicional. Su corazón estaba sintonizado con la causa. Lo corroboré el día que me contó que cuando era niño, recibió un regalo de su abuela y nunca lo abrió, porque no quiso romper el encanto de ese momento maravilloso de su vida. Sólo un hombre con ese espíritu ama a un filósofo.

Gustavo y Sergio, poco a poco, han hecho de la corporación un espacio cultural imprescindible para los antioqueños. Por allí han pasado decenas de pensadores, poetas, músicos y escritores. William Ospina, Héctor Abad, Víctor Gaviria y Alberto Aguirre han sido algunos de sus ilustres visitantes. En la pequeña casa han proyectado todos los miércoles cerca de 120 películas de cine arte con un promedio de 50 personas por función. Los jueves han sido dedicados a la lectura de obras de escritores inéditos y consagrados. Los viernes han organizado el lugar para conciertos, que van desde el rock hasta la música culta. Y los sábados han abierto sus puertas para el encuentro de cientos de profesionales y estudiantes que llegan a los talleres y grupos de discusión sobre historia, antropología y filosofía. Y tienen un gran proyecto: El Parque Cultural Otraparte, que contará con un teatro, una biblioteca, un café – tertulia y un bosque para pensar en voz alta.

Pero muy pocos han valorado el trabajo de estos muchachos y han brindado su apoyo a la corporación. Aunque la Alcaldía de Envigado incluyó en su Plan de Desarrollo Municipal la construcción del Parque Cultural, los recursos para el funcionamiento de la entidad son escasos. Gustavo y Sergio han tocado muchas puertas y hasta ahora pocas se han abierto. La Cooperativa Confiar y Comfenalco ya han entendido el valor de este espacio para la sociedad, pero faltan muchos más empresarios que acompañen la institución, que se ha convertido en un oasis en medio de la barbarie cotidiana. Sé que será muy difícil que Gustavo y Sergio tiren la toalla, porque creen en su sueño, son seres de Otraparte. Pero los antioqueños no podemos dejar morir este lugar. Sería desterrar por segunda vez a Fernando González. La vida no nos lo perdonaría.

Fuente:

Periódico El Mundo, octubre 6 de 2005, sección Opinión.

Volver arriba