Réquiem por la
ceiba de Envigado

Por Ernesto Ochoa Moreno

Por solidaridad de cuerpo, o mejor, de flora, esta columna que fue bautizada “Bajo las ceibas” en homenaje a las ceibas de Envigado y a su filósofo, Fernando González, tiene necesariamente que ocuparse de un episodio que ha hecho rebullir nostalgias en los envigadeños. Se trata de la muerte de la ceiba centenaria que adornó la plaza de este municipio y que al fin, cansada de años y fatigada de las interminables ausencias y presencias que cobijó su sombra, debió ser cercenada, arrumbados sus despojos en la fosa común de los olvidos, que no otra cosa es la historia.

Para quienes, a la sombra de esa otra ceiba espiritual que es el filósofo de Otraparte, nos gusta atisbar agonías y entierros, el cadáver leñoso del árbol, enhiesto ahí todavía como un muñón del esplendor perdido, se había vuelto agobiante. No sólo por el riesgo que significaba en ese espacio público, sino por respeto a su pasado, el final tenía que llegar.

Y llegó. La muerte de un árbol duele, por supuesto, como duelen todas las muertes. Pero también, como en todas las muertes, aceptar el fin es un homenaje a la plenitud de la vida, del destino.

Vaya, pues, un réquiem por la ceiba de la plaza de Envigado, que en un último estertor quiso seguir viviendo infructuosamente en las tallas hechas sobre su carcomida carne leñosa por el maestro Rodrigo Monsalve. Fue un esfuerzo amoroso por resucitar su presencia. Pero el viejo árbol no pudo superar su condición de momia.

Al pasar cerca de lo que quedaba de la ceiba, recité muchas veces el bello “Himno a Jehová”, escrito por Fernando González a los 41 años: “¡Ven, Señor, porque estoy llorando al sentir el frío de la vejez! Sin ti, mi cabello se torna como el pelo del pubis de la momia de la puta que me mostró el enterrador Urquijo./ Los días de mi efímero paso por la Tierra, de mi efímero florecer entre la carne organizada, se cumplen ya. ¡Ven a recibir mi alma y llévala a tu reino de la juventud eterna!”. (Revista Antioquia, n.° 3, página 125 de la edición de la U. de A.).

Los árboles no resucitan. ¿O sí? Leo en la “Columna Desvertebrada” de Óscar Domínguez, publicada el pasado jueves (y ha sido su nota la que me ha llevado a escribir este comentario), que para reemplazar la desaparecida ceiba de la plaza de Envigado van a sembrar en el mismo lugar la ceiba joven que con sus propias manos plantó Simón González Restrepo —y en su memoria se bautizó “Simona”— en la entrada del terreno de Otraparte, donde se creará el Parque Cultural que dará entorno a la casa del maestro y abrirá inmensas posibilidades a la Corporación Fernando González. (Cfr. Otraparte.org).

En ese julio de 2002, en este mismo espacio, en una columnita titulada “La vieja mesa y la ceiba niña” conté la historia de cómo Simón y Lucas González llegaron a Otraparte con la mesa del presidente Carlos E. Restrepo, suegro de Fernando, y de cómo ese día también Sergio Restrepo, hoy gestor cultural de la Corporación al lado del director ejecutivo, Gustavo Restrepo Villa, llevó sembrada en un matero la pequeña ceiba, última descendiente directa de las viejas ceibas de la plaza de Envigado: “parecía una intrusa muchachita ruborizada”, anoté entonces.

El padre Eugenio Villegas, de grata recordación para los envigadeños, había permitido que Sergio se subiera al techo del templo de Santa Gertrudis para rescatar de entre las tejas la ceibita brotada de las semillas llevadas por el viento, o por las palomas, (“¿o sería un ángel?”— me preguntaba yo) y luego de cuidarla por años la había traído para ser sembrada en Otraparte. Era una manera de que perdurara, a la sombra de Fernando González, la simiente de las centenarias ceibas de Rengifo, como son conocidas las ceibas que el descreído y sacrílego general mandó sembrar en el Valle de Aburrá, bajo su férula militar entre 1877 y 1880.

Ahora, con muy buena acogida de la idea por parte de la administración municipal, “Simona”, la ceiba muchacha, irá a ocupar el sitio de la desaparecida ceiba anciana de la Plaza. Pues sí, los árboles también resucitan.

Fuente:

El Colombiano, sábado 24 de junio de 2006, columna de opinión Bajo las ceibas.

Volver arriba