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El loco de Otraparte

El próximo domingo 16 de febrero se cumplen cincuenta años de la muerte de Fernando González, el pensador de Otraparte.

Por Reinaldo Spitaletta

Fue un tipo que “vivió a la enemiga”, en una sociedad de simulaciones y complejos de inferioridad (como el complejo del hideputa), y que se dedicó a hacer reflexiones sobre la cultura y la identidad, en medio de ricos barrigones e industriales interesados en cómo acrecentar sus caudales y extraer mayor plusvalía a los trabajadores.

González, a quien algunos académicos les choca que lo llamen filósofo (a él el apelativo le debió importar un carajo), se preocupó por los significados y conceptos de ser colombiano, de ser antioqueño, y por los cuestionamientos a las vanidades y los vanidosos del poder. Desarrolló asuntos conectados con la educación, la “autoexpresión”, la pedagogía y el magisterio, como se puede leer, entre otros, en libros como Los negroides y El maestro de escuela.

En esta última, una novela breve, el autor, nacido en Envigado, reconstruye la imagen de Manjarrés, un profesor de quinta categoría, con un salario de cuarenta pesos, que vive empeñado en escribir y enseñar una teoría del conocimiento.

La obra muestra en profundidad el fracaso y la tragedia de un maestro de pueblo, despreciado por la burocracia y los directivos de “instrucción pública”. Manjarrés es un habitante imaginario de la infancia y juventud del novelista, que al final de cuentas formula, con sensible ironía, que ese personaje que él enterró, no hizo sino dificultarle el camino: es decir, el camino de la obediencia, de la adaptabilidad social, que no era propiamente lo que hacía Manjarrés. Este era una especie de nudista y de hombre que vivía a la enemiga. “Decir lo que sentía y pensaba fue la inmunda práctica de Manjarrés”, afirma el novelista en el epílogo, en momentos en que formula críticas al sistema: “El dinero lo tienen los poderosos; los poderosos protegen a los que se ‘adaptan’; luego... hay que asesinar al Manjarrés”.

Y precisamente asesinar al Manjarrés, que con certeza muchos llevaron dentro en sus días primeros, era matar al hombre que se oponía al “santo hedor de la caridad capitalista”, que se oponía al Santo Papa y a la Santa Puta, el mismo que le importaba un pepino si no se afeitaba o si olía a sudor. Manjarrés, aquel que decía que el ideal de la escuela era el silencio, fue una víctima de la hipocresía social, de las simulaciones del entorno, de la vacuidad de los prenderos, de los ricos y los avaros.

Hoy, como sabemos, poco o nada vale la inteligencia, que la han envilecido y rebajado al submundo de aquel que más dinero tenga, de aquel que más pícaro y corrupto sea. Hoy, ser inteligente es tener fortuna y poder. Decía Manjarrés que “el silencio es la virtud de expresar sino lo que se ha meditado”.

A Manjarrés se le acabó la voluntad de vivir. Al quitarle la escuela, lo acabaron; perdió la pugnacidad y su teoría del conocimiento quedó postergada para siempre. Hoy, padecemos y nos encontramos en los tiempos de la velocidad de la luz, de las comidas rápidas, del tragar entero, del no detenernos a pensar, porque, como decía un filósofo, quien más piensa es quien más sufre, entonces para qué sufrir, si hoy lo que se estila es deglutir a la carrera y tener espacio para ver la telenovela o el partido de fútbol. Así que el maestro de escuela propuesto por Fernando González no es para estos días de indigestiones y superficialidades.

González proponía el maestro instigador, aquel que no se avergüenza ni de sí mismo ni de lo propio, de lo terrígeno. En Los negroides, por ejemplo, dice que la pedagogía son los modos para ayudar a otros a encontrarse (con el estilo, la voz propia...): “El pedagogo es un partero”, es aquel que conduce a los demás por sus respectivos caminos y de paso les ayuda a encontrarlos.

Fernando González escribía para los jóvenes. “Pedagogo es quien comprende, no quien enseña letanías”, advirtió. Maestro no es aquel que transmite normas y saberes para que el otro continué en el rebaño, sino el que hace conocer que también existen ovejas negras e indóciles.

En Viaje a pie (libro proscrito por monseñor Cayzedo) plantea cómo el ignorante se aburre en los caminos por carecer de preguntas, porque solo tiene las sensaciones de cansancio y distancia. ¡Qué instigador era el “loco” de Otraparte! Se pudiera decir, siguiéndole el paso, que maestro es aquel que a los niños no les canta nanas para que se duerman; sino el que les relata historias de espantos y demonios, para que se mantengan alerta y en estado permanente de asombro. Ah, las obras de González no son adaptables a telenovela.

Fuente:

El Espectador, martes 11 de febrero de 2014, columna de opinión Sombrero de mago.

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