Corporación Otraparte

Cultivadores de lo humano

Por Rafael Aubad López

La semana anterior participé en un grato conversatorio alrededor de una pregunta pertinente pero difícil: ¿qué cultivar para volver a la humanidad? Organizado por el Grupo Sofos, conformado por profesionales de cerca de diez disciplinas —blandas y duras— interesados en propiciar espacios para la formación ciudadana a partir de la reflexión y el debate con perspectiva histórica. Grupo que en un contexto tan carente de encuentros intelectuales sobre lo público, lleva 15 años ininterrumpidos convocando a conocer y aportar en cómo fortalecer el ejercicio de la ciudadanía. Toda nuestra consideración y respeto a su labor.

Comparto con los lectores algunos elementos de mi modesta aproximación a la pregunta, desde mi afortunada vida como «intermediario social», o sea facilitador de muchas iniciativas que han buscado más humanidad. He tenido la fortuna de apoyar la creación de espacios y organizaciones, que hagan más posible y cotidiana la dignidad ciudadana.

Las ciudades son el escenario contemporáneo por excelencia de nuestra vida cotidiana. Y entonces el mejor termómetro de humanidad. Y ¿cómo «medirla»? Según las características de nuestros vínculos con la naturaleza, económicos, políticos, sociales, emocionales y espirituales.

Ilustrando esta perspectiva, uno podría decir que una ciudad en donde la mayoría tenga un trabajo decente, con más equidad y acceso a los bienes públicos, con compromiso activo de todos con el ambiente y el cuidado en general de los entornos, con mayor integración personal y social es, sin duda, una ciudad más humana.

En la base de lograr mejores vínculos está lo que Naussbaum llama la compasión (activa, agregaría yo). Entendida no solo como «ponerse en los zapatos del otro», sino como postura crítica frente a lo que sucede en los entornos y una actitud cultural para hacer parte de las dinámicas de cambio. Y lo que haya pasado en nuestros primeros años de educación será el determinante fundamental.

En esta perspectiva como «intermediario social» comenté que he promovido que los centros educativos sean ante todo espacios de cultivo de lo humano, o sea:

(i) Lugares de encuentro y reconocimiento con el otro. Que afianzan las relaciones y vínculos sociales y promueven apuestas colectivas de sus estudiantes; (ii) Ambientes educativos que favorecen la experiencia de lo humano, facilitando la expresión de todos y el trabajo en equipo; (iii) Con didácticas inclusivas y creativas que acogen narrativas desde el reconocimiento de formas de pensamiento diversas y diferentes; (iv) Con maestros humanistas; constructores de saber pero al mismo tiempo de cultura; (v) Permitiendo la sinergia de disciplinas que hagan de la escuela un lugar para la experiencia y la construcción de sentido, que valoran la diversidad como patrimonio colectivo y promueven visiones tranquilas de la diferencia y la generación de vínculos que reconocen lo emocional, lo ético y lo político como dimensiones insustituibles de los sujetos.

Como bien lo dijo Julio Rogero Anaya: «Una sociedad descuidada e insensible reproduce una escuela que sólo presta atención a lo académico. Necesitamos una sociedad con una nueva cultura del cuidado y, por tanto, otra escuela más holística e integral, más atenta al cuidado mutuo como espacio privilegiado de producción del “nosotros” que necesitan los procesos de humanización».

Fuente:

Aubad López, Rafael. «Cultivadores de lo humano». Periódico El Colombiano, lunes 8 de abril de 2019.

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