Corporación Otraparte

Viaje a pie

Fernando González

1929

Al general Tomás Cipriano
de Mosquera, un conciudadano.

Viaje a pie de dos
filósofos aficionados

21 de diciembre de 1928

Antes de todo, un autor debe definir su clima interior. Este enmarca, define el libro. En cada época de su vida el individuo tiene tres o cuatro ideas y sentimientos que constituyen su clima espiritual. De ellos, de esos tres o cuatro sentimientos o ideas, provienen sus obras durante esa época.

He aquí, tomadas de nuestro diario de diciembre de 1928, unas notas que definen nuestro ambiente interior durante la época de la realización, de la gestación de este libro:

Diciembre, 5. —Cielo azul pálido; quieto el ambiente. Somos muy felices fisiológicamente. El Pacífico debe estar rutilante. Todos venimos del mar. Nuestras células son zoófitos marinos, nadan en soluciones salobres.

Perpetua lucha es la vida del hombre. Concentrarse es el método para vencer.

En este diciembre los árboles deben dar unas sombras muy frescas a las orillas de los ríos del Trópico; las selvas deben tener un silencio religioso en estos mediodías y el mar debe estar tibio, debe enviar a las costas tufaradas de vida. Nos sentimos el animal perfectamente egoísta.

— o o o —

Nos llamamos filósofos aficionados para no comprometernos demasiado y porque ese nombre es mucho para cualquiera. Sólo un estoniano, el conde Keyserling, pudo tener la desfachatez de escribir dos enormes volúmenes con el título de Diario de viaje de un filósofo.

Todos nuestros colegas, desde antes de Thales, han sido modestos. En los manuales de filosofía lo primero que se explica es aquello de que filósofo quiere decir amigo de la sabiduría; se enseña allí, en las primeras hojas, a descomponer la palabra en philos y en sophos, con lo cual el estudiante imberbe cree que sabe griego y les repite eso a las primas, junto con aquello que decía Sócrates en los alrededores de la Acrópolis durante sus noches de moralizador: «Sólo sé que nada sé».

Habíamos principiado este diario: «Sonaban en la vecina iglesia, melancólicamente, las cinco campanadas…», y borramos eso porque eran reminiscencias del estilo jesuítico de nuestro maestro de retórica, el padre Urrutia. Un compañero nuestro, que siempre ganaba los premios, comenzaba así las descripciones de los paseos a caballo: «Eran las cinco de la mañana cuando, después de recibir la Santa Hostia, salimos alegres, como pajarillos, a caballo, nosotros y el reverendo padre Mairena…».

A las cinco (no se puede comenzar de otro modo, definitivamente), abandonamos los lechos, que, entre paréntesis, han sido los lugares de nuestras mejores lucubraciones, inclusas las referentes a Venus.

Salimos hacia El Poblado, en tranvía, por una de esas hermosas carreteras antioqueñas que son las más baratas del mundo.

Eran las siete cuando comenzamos a trepar con nuestros morrales hacia la montaña oriental del valle de los indios sedentarios del Medellín, por una carretera de un kilómetro que se continúa en una pendiente pedregosa; el kilómetro de carretera se hizo para que tres caciques fueran a sus quintas a digerir rezos y hurtos.

Pero antes de seguir y para que el libro se amolde a la definición que nosotros hemos creado, después de inspirarnos en el padre Ginebra, a saber: «Organismo ideológico impreso», diremos cuál será este viaje a pie, cuáles sus finalidades, cuáles sus motivos y cuál el efecto pragmatista que nos propondremos al escribirlo y al darlo a la estampa. El reverendo padre Urrutia jamás decía dar a luz un libro, y, por haberlo escrito así, uno de nosotros perdió el curso de retórica.

Diga el lector si eso de organismo ideológico impreso no cumple con lo que enseña el padre Prisco de todo lo definido y nada más que lo definido. Y como, según Aristóteles (conste que apenas hemos oído hablar de él), definir es obra genial, desde que dimos a luz esa definición nos hemos apellidado aficionados a la metafísica.

Hacemos muchas digresiones; el lector tiene que perdonarlo, pues es defecto de nuestra educación clerical.

El viaje se define así: Medellín, El Retiro, La Ceja, Abejorral, Aguadas, Pácora, Salamina, Aranzazu, Neira, Manizales, Cali, Buenaventura, Armenia, Los Nevados, a pie y con morrales y bordones. A propósito de bordón, observa el coaficionado don Benjamín que los Ignacios afirman que el jesuita debe ser como bordón de hombre viejo. Esta observación ennobleció ante nosotros mismos nuestras figuras; nos dio aplomo. Lo airoso o desairado de la actitud humana depende de la ideología presente entonces en el campo de la conciencia. De ahí que aquellos que tienen gran movilidad espiritual sean también variadísimos en sus actitudes físicas. Respecto de los bordones, quedaban ennoblecidos por el recuerdo de la disciplina jesuítica.

Vimos y sentimos las nubecillas doradas por el sol y las sensaciones poeticofisiológicas que produce el amanecer al viajero; pero de esto resolvimos no decir nada porque son tema de estudiante de retórica, así como resolvimos llamar siempre sol al sol y nunca astro rey ni Febo.

A la media hora de caminar había nacido la idea de este libro y habíamos resuelto adoptar como columna vertebral moral del viaje la idea de ritmo.

El ritmo es tan importante para vivir como lo es la idea del infierno para el sostenimiento de la Religión Católica. Cada individuo tiene su ritmo para caminar, para trabajar y para amar. Indudablemente cuando un hombre y una mujer se atraen, eso se verifica por sus ritmos; es porque unidos son importantísimos para la economía del universo. Por el ritmo podrían calificarse los hombres…

Respirábamos el aire de la mañana como buenos profesores de gimnasia sueca. Esas inspiraciones hondas nos traían las mismas emociones que producen en todos los que han gastado veinte o veinticinco pesos en literatura estimulante (Dr. Crane, Marden, Atkinson, etc.). Cada uno de nosotros se propinaba una buena dosis de autosugestiones. Entonces fue cuando apareció nítida la idea del ritmo, a saber: para no cansarse hay que descubrir nuestros ritmos, ajustar a ellos nuestros pasos y el movimiento de bordones y acompañarlos de profundas respiraciones de atleta yanqui.

La salud, la conservación de nuestra elasticidad juvenil, son finalidades del viaje. ¡Cuán desconocido y despreciado es el deporte por los colombianos clericales! Quieren mucho el cuerpo humano, pero en la oscuridad; es un amor de facto.

* * *

Necesitamos cuerpos, sobre todo cuerpos. Que no se tenga miedo al desnudo. A los colombianos, a este pobre pueblo sacerdotal, lo enloquece y lo mata el desnudo, pues nada que se quiera tanto como aquello que se teme. El clero ha pastoreado estos almácigos de zambos y patizambos y ha creado cuerpos horribles, hipócritas.

Observa don Benjamín, ex jesuita, que su maestro de novicios, el reverendo padre Guevara, les ordenó que no se bañaran durante un año, porque así les sería fácil conservar la inmaculada castidad de San Luis Gonzaga. ¿Qué mujer atrevida podría acercarse a un novicio? Este sistema del padre Guevara es mucho mejor que el alambre de púas.

En Colombia, desde 1886 no se sabe qué sea alegría fisiológica; se ignora qué es euritmia, qué es eigeia.

¿Podría un sedentario de este pueblo andino comprender al yanqui que se lanzó en bola de caucho por el Niágara, o al galo que atravesó el Atlántico en solitaria navecilla de vela? ¡Meses y meses en medio y en garras de ese divino monstruo glauco, oscuro, plata, oro! ¿Podrán nuestras mujeres comprender a la Lindy americana? El gran efecto del excursionismo es formar caracteres atrevidos. Que el joven se acostumbre a obrar por la satisfacción del triunfo sobre el obstáculo, por el sentimiento de plenitud de vida y de dominio. El hombre primitivo no comprende sino los actos cuyo fin es cumplir sus necesidades fisiológicas.

Los pueblos acostumbrados al esfuerzo son los grandes. Así, los países estériles están poblados por héroes. La grandeza de Roma se explica porque ese puñado de Rómulos eran hombres desesperados que tuvieron que robar sus mujeres y sus tierras. Fue el mejor, entre ellos, quien cargó y corrió más briosamente con su joven sabina; quien mejores músculos y atrevimiento tuvo para la lucha. Así comenzó el estímulo y de ahí nacieron las sugestiones, emociones y moral de los fuertes que produjeron a los Gracos, Pablo Emilio, Mario, César, Nerón… Cuando fueron ricos y nacieron los complejos literarios, cuando nació esa vulgaridad que se llama emociones estéticas, que de todo tienen menos de estéticas, vino la raza sedentaria que fue testigo de las invasiones y triunfos sobre Roma de aquellos bárbaros barbudos, fornidos, orgullosos de sus músculos, de su moral de hombres de presa y de su estética de superhombres.

— o o o —

Cada ciencia que se posea es una ventana más para contemplar el mundo. Así, el viajero que sea botánico, gozará de la vegetación; el mineralogista, etc. El hombre de ideas generales, como nosotros, goza de todos los aspectos, pero con la desventaja de la disminución de cada uno de ellos.

El ignorante se aburre en los caminos; sólo percibe las sensaciones de cansancio y de distancia. Es como un fardo. Su alma está encerrada en la carne. Los ojos le sirven sólo para ver la comida, el obstáculo y la hembra; el oído, para oír ruidos, y el tacto, olfato y gusto, para los fines primordiales.

Sirve para ilustrar esta idea el considerar el yo como un prisionero en casa cerrada y que, mediante labor, fuera abriendo miradores y salidas al mundo.

Íbamos, pues, de cara al oriente, trepando a Las Palmas, por el camino bordeado de eucaliptus, entregados a nuestro amor a la juventud, al aire puro, a la respiración profunda, a la elasticidad muscular y cerebral. Bajaban serranos y serranas, vacas y terneros, todo oliendo a leche y a cespedón.

Entramos a despedirnos de parientes que veraneaban por allí, gente sedentaria que al vernos de viajeros a pie, nos miraban tristemente como a vesánicos. Ninguno de nuestros conciudadanos (si es que en Colombia aún tiene uno conciudadanos) podía comprender nuestros motivos. Para ellos, se camina cuando se va para la oficina, cuando se viene del mercado. No está aún en las posibilidades mentales de nuestro pueblo el comprender los fines interiores. Cuando nos ven hacer gimnasia nos miran con ojos espantados. Una de nuestras criadas huyó de la casa después de vernos hacer los movimientos de Ling, diciendo que no trabajaba en casa de locos. Encontramos en cada pueblo jovenzuelos montados en mulas orejonas que nos miraban como a seres extraños. En las posadas nos decían: «Pero, ¿vienen ustedes a pie?». La señora de la fonda «La Ciénaga» nos dijo que si su marido no hubiera estado allí para recibirnos, ella nos hubiera hospedado en el cuarto de los sospechosos. Todos nos repetían: «Yo, teniendo los veinticinco pesos que cuesta la mula, no me metería por aquí, a pie». Nuestro pueblo es muy tímido e ignorante: las frutas hacen daño; bañarse es perjudicial. Dicen: «La cáscara guarda al palo». Todos parecen educados por el padre Guevara…

Llegamos al pie de la cuesta para trepar a Las Palmas, a la casa donde solemos beber leche espumosa, postrera, es decir, última o la bajada, leche olorosa a vaho de ternero. La mujercita había salido a buscar sus vacas y encontramos en la casa a su hermana, hermosa quinceña, maestra en escuela campestre de El Retiro. Carnes prietas, quemadas por la brisa de la tierra alta, y espíritu generoso como el de todas las maestras. Sí; las maestras son muy generosas… Esta serrana, vestida con un faldín prensado, en esa mañana de plenitud, nos trajo algunas emociones e ideas. Pensamos que la belleza es la gran ilusión; pensamos que la naranja es una esfera de oro, y que para comérsela se tira la corteza dorada. ¡Aquella falda prensada…! Pero no; nosotros no queremos describir lo que pasaría, si fuéramos a comernos aquel fruto de la altiplanicie andina. No queremos describirlo porque podrían acusarnos de corruptores de la juventud, como lo hicieron con el maestro Sócrates —«Sócrates, embadurnado de gracia como si fuera con una miel»— los socios de la Juventud Católica de Atenas, Meletus, Anytus y Glycon. A nosotros también podrían acusarnos el hijo de don Jesús y el hijo de don Enrique. ¿Qué pasaría entonces? Pues que este areópago de santos montañeros nos condenaría a perder nuestros empleos judiciales —peor que la cicuta—. ¿Y qué haríamos? De pueblo en pueblo, montados sobre este esqueleto de los Andes, a pie, iríamos repartiendo nuestros retratos de andarines, circuidos de estas leyendas: «Voyage autour du monde; around the world. Se hablan ocho idiomas, entre ellos el medellín y el chibcha. Contribuya con su óbolo para este viaje que hará progresar la industria del alpargate».

Ya ven los lectores a dónde nos llevarían los de la Juventud Católica si describiéramos a ese hermoso fruto de la serranía despojado de su corteza y de cara al sol naciente, o, mejor dicho, de cara a las estrellas, y nosotros, según D’Annunzio, «Chini sopra di lei come per bere d’un calice». Y, además, somos filósofos castos. Continuemos, pues, nuestro viaje de modo que este libro pueda caer en manos de pálida virgen. Es nuestro deseo, además, que sirva de sermonario a los curas de esta tierra de santos y santas palúdicos.

— o o o —

Trepamos sobre el lomo andino. Allá abajo, en ese vallecito del Aburrá enmarcado por altas cordilleras, hemos vivido treinta y cuatro años, perseguidos por el Diablo, ese anciano que aún conserva la cola de nuestros antepasados los monos, recibiendo las ideas generales a precios carísimos de manos del Negro Cano, el librero. ¡Qué juventud! Allá, en la altura, reímos alegremente…

A la derecha estaba la antena del inalámbrico. La torre se eleva, huyendo de la limitación de las montañas, buscando el ámbito universal. ¡Qué esfuerzo para levantarse de esta tierra! Esa torre fue para nosotros la representación de lo que los romanos llamaban humánitas.

Un romano tenía humánitas cuando se había hecho universal; cuando era un ciudadano del universo. Un Nerón elevó su corazón y su mente por encima de todo prejuicio humano; llegó al supremo egoísmo; todo lo relacionaba con su propio ser, y, así, se hizo dios. Un Mohandas Gandhi elevó su corazón y su mente a la inmensa altura donde sólo existe amor. Este, por otro método, se hizo también dios, o sea, hombre. Ambos tenían humánitas.

En esa mañana olorosa a cespedón se levantaba por encima de las colinas que la circuían, buscando la liberación del límite, de las fronteras, buscando el espacio, res communis omnibus, haciéndose humana, la antena de Marconi.

* * *

Hay por allá fuentecillas más puras que la pureza, que forman la quebrada Las Palmas, de cuya agua debe beber el que quiera redondear su concepto de agua. Sabe a musgos, a sombra; al beberla vienen las imágenes de monte, de helechales y de grutas milagrosas. Siente uno que el mundo está lleno de fuerza, vis vitæ, de esa fuerza que hace germinar al óvulo. Se siente deseo de cambiar la frase de Linneo: Omnia animalia ex ovo, así: Omnia ex vi.

— o o o —

Por ese camino, ya lejos del marco estrecho de nuestros treinta y tres años, lejos de las ideas generales suministradas a precios altísimos por el Negro Cano, lejos del monótono amor de nuestras primas, abrimos los ojos y vimos que todo es amor y muerte. Unos racimos de flores inverosímiles, moradas, carnosas, servían de regios lechos amorosos a los insectos, a los pistilos y a los estambres.

Nos encontramos dos viejas que sirven de correo hebdomadario entre Medellín y La Ceja. Reparten en las casas riberanas al camino todo lo que necesita el hombre primitivo: tres o cuatro noticias, ollas y recados amorosos.

«Todo depende del ánimo», nos dijo una de estas viejas al preguntarle si llegaríamos a La Ceja. ¡Qué frase tan llena!

Desarrollamos la idea de la anciana en la siguiente forma:

Los que triunfan, lo deben a una creencia arraigada, generalmente a la creencia en sí mismos. Son fracasados los que no han creído en algo que les sirviera de columna vertebral para desarrollar su personalidad; algunos, muy interesantes por cierto, creyeron fuertemente, pero la creencia se desvanecía para ser reemplazada. Estos son aquellos de quienes se dice: «Eran muy inteligentes y nada han realizado; ¡qué inexplicable!».

He aquí un joven de facultades mediocres; pero, ¡qué hermoso porvenir el suyo! Está hinchado de egoencia como un sapo bravo. Cree en sí mismo con una convicción jesuítica. Y es constante en el amor a sí mismo, como tu estúpido amante a ti, grácil Julia. Claro que ama su labor, pues si ama su persona, no se cansa en su trabajo. Este es malo hoy, pero mañana o después, ¿quién será capaz de igualarlo? El mundo lo buscará, lo necesitará. Este jovenzuelo chilla como una virgen, y al fin, todos miran y lo perciben y acaban por creer lo mismo que él: en la enorme joroba de su egoencia.

Hay que curar al fracasado haciéndole creer en sus fuerzas, en su importancia. Los educadores (y todos lo somos, ya del niño, ya del amigo enfermo, ya del prójimo decaído) deben hacer nacer o renacer la fe en las fuerzas propias.

Es curioso este ánimo humano; este reino de la psicología es admirable: el hombre es lo que se cree. Por eso dijimos: ¡Qué hermoso porvenir y qué hermosa obra la de este joven que se cree héroe o predestinado y que chilla ásperamente como una cigarra hasta que lo busquen y lo perciban y crean en sus gritos!

Por eso, curad al amigo abatido, haciéndole creer en sí mismo o en algo que le sirva de eje, de hilo madre para tejer la tela de su vida.

¡Cuán propia es esta vida moderna, rápida, difícil y varia, para perder toda fe, para ir por la vida como madero agua abajo!

Todos los seres que se ponen en contacto por primera vez luchan para decidir cuál sea el amo, para saber cuál abdica de sus creencias y demás accesorios psíquicos y convertirse en un admirador, en un esclavo del otro.

Esta lucha es inconsciente. Pero está tan unida a la vida, que casi se confunde con ella. De esta brega terrible, cuyo jadeo nos pareció percibir al oír a la vieja y al contemplar el amor de los insectos entre las corolas, salen determinados los destinos individuales y el de la humanidad. De niños tuvimos intuición de esto, y grabamos como máxima: Nuestro destino es irremediable y nadie tiene la culpa de él.

Aquellos toros que luchan ante la vacada…, y los insectos gallardos, belicosos, todo es luchar por el dominio, que pertenece a quien mejor ánimo tenga. El ánimo, esa fuerza desconocida que nos hace amar, creer y desear más o menos intensamente. El ánimo, que no es la inteligencia, sino la fuente del deseo, del entender y del obrar.

Nuestra idea, nuestra pobre opinión acerca de un problema jurídico, no fue aceptada por la Academia, cuando la expusimos… Después la dijo un pirata lleno de vida, y la dijo con no sé qué, con cierto ardor…, y fue aceptada, admirada. No podemos quejarnos: lo aceptado fue la fuerza vital de aquel pirata.

En definitiva, lo que hace mover al mundo no es sino el ánimo de los héroes.

* * *

Al oír a la vieja, también te recordamos a ti, bendita Julia, y te compusimos este canto:

¡Oh, tú, amor, mujer y bestia! ¡Bestia divina en todo: en tu cuerpo prieto, en tu cabellera ferina, y en tus ojos…! ¡Cuánta luz en tus ojos negros! ¡Era como luz en la noche! Allí, más que en parte alguna, estaba tu fuerza que se nos imponía, que nos hacía despreciar nuestro lote de vida, para admirarte. Era igual el destello de tus ojos al destello de los ojos ferinos entre las oscuras cuevas.

Y así, bestia en todo tu ser, nos destrozaste la personalidad, rompiste con tu sola presencia los ejes de nuestra individualidad; todo nos fue baladí, excepto tú, nuestra vencedora.

Así es el amor. Vencimiento del amante y triunfo del amado. Era la vida que encerrabas tú, era tu ánimo lo que se imponía a nuestra pobreza, y por eso te ansiábamos como al agua en el desierto.

¿Por qué inculparte cuando fuiste de aquel mancebo duro como manzana, si su fuerza te atrajo irresistiblemente como la luz en la noche al insecto… y te abandonó destrozada de amor, pues la vida encerrada en él era movimiento, frivolidad, nada de esclavitud?

Así, pues, siempre es la fuerza vital la que domina. En todas las manifestaciones de este vivir, triunfa la energía descubierta por el doctor Mesmer; va recorriendo el tiempo y riéndose de todo…

* * *

Al oír a la vieja, se nos iluminó el problema de la vejez, el de la enfermedad, el del pesimismo, del escepticismo, de la tolerancia, el problema todo de la vida, incluso el problema social.

La vejez, que se compone de falta de fe, tolerancia y amor, no es sino agotamiento de esa energía que causa todo el fenómeno variado de la vida.

Los valores positivos, los del triunfo, acompañan a la juventud.

Los códigos morales, las virtudes aceptadas, petrificadas, las catalogaron hombres debilitados ya. Predicador de moral se llega a ser al declinar de la vida.

Es cierto que hay un estado de alma enfermizo, el estado colombiano, que consiste en estar obnubilado, metido en una idea como en una concha, en una idea religiosa. A esto, que se llama fanatismo, se le ha dado un alcance inmenso, y bajo ese nombre algunos espíritus liberales de América han tratado de clasificar los sentimientos juveniles: el entusiasmo, el amor, la afirmación imperiosa de su propio valor y del valor de su obra.

Han perdido de vista que la abundancia de vida se afirma indefectiblemente, que es exclusivista. Ya puede ser ilusión el amor de un joven —vaso de vida—: su ánimo hará que esa ilusión sea realidad.

Al contrario, quien envejece se petrifica y para él lo imposible adquiere magnitud inmensa. La vejez, «la hora jorobada del reumatismo», va acompañada de todas las virtudes que describe el catálogo universitario.

El problema de los pueblos aparece iluminado por este concepto de nuestra vieja. Cuando se agota la energía de la raza, aparecen los predicadores de la paciencia y demás parásitos. Grecia nos da un ejemplo cuando, al decaer, apareció aquel tábano sobre el caballo Atenas: Sócrates. Contaba él mismo que un frenólogo le dijo que su cabeza era el nido de las malas pasiones. Sócrates, feo y frío, lógico como un serrucho, tolerante y descreído, apareció cuando se acabó el ánimo griego. Surgió la moral, ese chorro inicuo de frases que sale de las bocas sin dientes.

También Alemania de hoy, con sus jóvenes tiesos y de cabeza sonrosada: ahí han aparecido los predicadores de la energía, de la guerra. Nietzsche —¡cómo se alegra la vida al recordarlo!— fue el goce dionisíaco. Alemania, a pesar de la confabulación universal, impide que el viejo continente se convierta en erial.

* * *

Aquí llegamos con la frase de la vieja, con ese concepto en que se niega la antítesis de vejez y de juventud, este concepto en que se reduce todo a la cantidad de ánimo; este concepto de que el idearium y las pasiones son meros efectos del ánimo, explicables por la cantidad de energía, y confesamos que esa frase coincidió con nuestra experiencia. Nos hemos ido alejando de la juventud y de la creencia. A medida que crece nuestra pobreza vital, aumenta nuestra moralidad y nuestro apego a los prejuicios y al valle en donde el Negro Cano comercia con las ideas generales.

¡Venid vosotras, oh, ideas de juventud y de vida, a alegrar a los abandonados de la alegría de sentirse tibios, pletóricos del jugo sagrado del árbol prohibido! ¡Venid, jóvenes ideas, retozonas como muchachas de falda corta!

* * *

Esta frase de la vieja respondía muy bien a nuestra experiencia. El hombre, cuando llega a los treinta años, a esa cima dorada, principia a anidar filosóficamente. Dicen que en el niño se reemplazan completamente en un año las células que componen su organismo, y que ese renovarse es lento en el hombre maduro y desaparece casi completamente en el viejo. Lo mismo pasa con las ideas y emociones. ¡Qué más dogmático que un anciano! A los treinta años el hombre adopta una filosofía. Las siguientes notas, tomadas de nuestro diario del día en que cumplimos la edad de Jesucristo cuando lo crucificaron por orden del diletante Pontius Pilatus, comprueban todo esto:

Abril 24 de 1928. —A pesar de esta abrumadora tristeza, pondré contención y arte (alegría) en mi vida. Ese es el imperativo categórico: alegrarnos y alegrar a quienes nos rodean. Generalmente nos entristecemos unos a otros; nos amargamos este relámpago, este epifenómeno que es la vida humana.

Estoy triste porque no hallo un fin que me interese. Si todo es igual, ¿por qué no adoptar el de la alegría? En eso consiste el ser buenos, en alegrarnos.

Caen mis cabellos y mis dientes se amarillean. Crecen las niñas, y crecerán otras, y vendrán amaneceres, atardeceres, soles y cielos esplendorosos. ¡Mis cabellos, entonces, idos, y mis dientes amarillentos! ¡Qué epifenómeno es mi vida! ¡Qué bagatela, tan efímera y deseable, la belleza! No hay más remedio que irse agarrando a un propósito que nos escude contra la tristeza de la decadencia y de la muerte.

¿Por qué, si soy un vulgar y despreciable epifenómeno, esta tristeza? ¿Por qué florecen árboles y florece la belleza femenina, y sigue el devenir, y yo me quedo, me voy muriendo?

Por momentos quisiera destruir lo bello… ¡Deseo horrible del que decae, del hombre que envejece y que no admite el hecho, la posibilidad siquiera, de que haya belleza que no sea suya y que siga el vivir después de su muerte!

Tú, futura muchacha de quince años, frívola como el espíritu y como el agua, informe o infinitiforme como el aire, tú, grácil muchacha, pasarás tu mano larga y llena de fuego latente como el centro de las esferas celestiales, pasarás tus afilados dedos por los suaves cabellos de mis descendientes. ¡Yo quisiera asesinarte, hermosa y futura muchacha! ¿Por qué no te haces imposible al mismo tiempo que mi juventud se aja? En verdad que esto de envejecer, esto de llegar a los treinta y tres años, es una burla sangrienta que nos hace el tiempo, esa suprema necesidad.

* * *

Estas viejas son felices en el camino. «Soñamos con él cuando la necesidad nos obliga a quedarnos en casa». ¿Qué más propio del organismo humano que vivir al aire libre, respirarlo en toda su pureza, beber agua viva, comer los alimentos que nos ofrece la tierra, sin intervención del arte? Caminar es el gran placer para el cuerpo, pues todo está hecho para ello.

Hay una prueba a priori de que la organización económica del mundo es absurda: esa organización ha creado la ciudad y la vida sedentaria. ¡Hay una lista enorme de enfermedades ciudadanas! Y, para conservar la juventud, el ciudadano ha inventado sustitutos a la vida gitanesca; son la gimnasia y las preparaciones químicas. ¿Puede el arte concentrar la vida que hay en un fruto recién cogido, concentrarla en una lata? Hoy, los sabios llaman a eso vitaminas.

Estas viejas llevan la alegría a los campos. ¡Y qué casas estas de las montañas de Antioquia! Parecen nidos de aves puestos sobre precipicios. Para llegar a ellas hay que ser elástico y ágil como el mono.

* * *

Almorzamos en casa de la muchacha que fue, hace cinco años, la alegría de los escopeteros, cazadores de tórtolas. Hoy es una señorita de treinta años, endurecida y agriada por la soltería. Cruel destino el de la mujer que permanece virgen y soltera. Se convierte en monstruo duro, pesimista y vengativo.

— o o o —

Llegamos mojados y tristes a El Retiro, ese criadero de buenas gentes. Para que el lector comprenda cómo era nuestra tristeza, diremos que era bíblica; la Biblia afirma que el hombre después del coito es un animal triste.

Vive allí la muchacha que, hace dos años, en un pueblo del norte de Antioquia, despertó los impulsos de don Benjamín. ¡El amor! Fueron estos unos amores de montaña aislada del mar; únicamente en estos pueblos aislados, en donde vive el Diablo, tiene el amor ese interés misterioso que le dan el pecado, el Diablo y el infierno; únicamente aquí tiene el amor la atracción del delito. Fueron amores en que sólo hubo la incitación. Ella —¡cuán sabrosas las dos sílabas de su nombre!— exclamaba, tiritando como una mariposa en peligro, cuando el instinto y la fuerza reconcentrados por doce años de jesuitismo, vencía los prejuicios de los buenos movimientos: «¡No seas loco!». Amores de los que llaman castos, pero que son los más refinadamente sensuales, pues todo está en los ojos electrizados. También, quizá por contraposición, llaman casta a la paloma. Los únicos amores castos son los que van acompañados de la sinceridad; se realizan en donde hay ferrocarriles, en donde está cercano el mar.

¡El amor! Todo él está en los ojos y en los actos. ¿Para qué sirve la palabra allí? Una mujer quiere a un hombre: ¿Que el padre morirá? Que muera. ¿Que resulta el fin de todo? Que venga ese fin. Pero la mujer no lo dice; en esos casos no habla; en esos conflictos le brillan los ojos y obra; obra como rueda una piedra por la pendiente. Es que el amor es el negocio esencial; el afecto filial, el sentimiento de honor, las ideas, son accesorios lujosos, lo mismo que los pétalos: lo esencial es el pistilo y el estambre.

¡El amor! Todo está en los actos; no se debe hablar. Por eso decía Enrique Laserre que las mujeres tienen el pudor en las orejas.

Escolio acerca de Stendhal, en un
pasaje de «El Rojo y el Negro».

A su antigua amante, mujer escrupulosa y sensitiva, quería reconquistar. Entra por la ventana, de noche, temeraria e imprudentemente. Ella lo recibe con palabras de odio que no tenían valor real, que eran fingidas, sugeridas por su confesor. Él, mientras le echa el brazo por la cintura, le habla de algo que a ella le interesa y que es extraño al asunto. Así logra ser amado intensamente.

Esto nos enseña que las palabras sirven casi siempre para disimular, para vestir los actos, para hacerlos amables al bautizarlos, para tergiversar su origen. Un acto, antes de estar bautizado, está en la niebla de la posibilidad, puede ser mil cosas, es indeterminado, vago, inexistente. Una vez que se le ha dado un nombre queda petrificado. La palabra es determinadora. Si le pedimos un beso a una mujer, lo niega indignada. Es porque entonces afirmamos; afirmamos que es capaz de regalar el beso. Pero si se lo damos sin hablar de él, todo pasa deliciosamente, porque entonces nada se puede afirmar, porque fue acto nuestro, porque nosotros hicimos el esfuerzo. Fue que no hablamos.

En el caso de Stendhal, a esa indeterminación de las intenciones femeninas se agregó el hacerla a ella más irresponsable ante sí misma, al obrar en momentos en que su atención estaba en otra parte.

En el caso de Stendhal sucedió también que lo arraigado en la naturaleza femenina era el sentimiento de amor, sofocado accidentalmente por la fraseología del confesor. Las ideas de éste estaban en aquella alma accidentalmente, y sangre suya era el amor al joven. Para obrar según ideas o sentimientos accidentales es preciso estar constantemente recordándolos, trayéndolos al campo de la conciencia. Sólo se obra conforme a una idea o representación cuando ella está en la subconciencia. De tal manera que el joven obró sabiamente al distraer la atención de ella, pues así obtuvo que su amada obrara de acuerdo con los sentimientos de la subconciencia. El pobre confesor quedó relegado a los momentos de meditación intensa. La vida nuestra es automática, instintiva; la parte de la voluntad y conciencia es mínima.

Conclusiones:

  1. Un beso se da y no se pide.
  2. En amor nada debe proponerse, sino hacerse.
  3. A nadie se le debe proponer con palabras un acto indebido.
  4. Casi nunca que se propone se obtiene.
  5. Casi nunca que se comienza acariciando se falla.
  6. Es común que la mujer se deje forzar, cuando por nada se entregaría.
  7. En amor no se debe hablar y jamás se debe dar el más leve indicio de que se recuerdan los favores o de que han envanecido.
  8. Nada del amor se debe subir al plano de la conciencia con palabras dichas a la amada.
  9. La voluntad desaparece cuando la atención está ocupada en otra parte.
  10. La mujer es el ser más enamorado del pudor, del honor, de la buena reputación y es una esclava del amor. ¡Qué deliciosamente frívola!
  11. Cuando no se ha hablado de un acto, queda la palabra como el gran recurso para tergiversarlo, para que desaparezca.
  12. Toda mujer que se distrae, se entrega.

* * *

Fue un delirio aterrador esa noche pasada en El Retiro, en ese hotel que parece una jaula desvencijada. La vitrola del frente arrulló hasta la una de la mañana los sueños que nos producía un cuarto de litro de aguardiente, y la figura gorda del huésped que a cada momento cruzaba nuestro cuarto con un candil en la mano… La vitrola, el aguardiente, el cansancio y la figura gorda de don Rafael producían una desarmonía psíquica propia para el fin de nuestras vidas pecadoras.

En Antioquia hay muchos hombres gordos y de una gordura muy rara. ¿Por qué tendrán ese vientre esférico? Es un vientre de yegua; protuberante del ombligo para abajo; los botones del chaleco semejan una cincha y la bragueta de los pantalones se abre y deja ver los botones, semejando una boca que bosteza. Si ponemos allí, atravesando el chaleco, de bolsillo a bolsillo, una cadena de oro… ¡Es algo aterrador durante una pesadilla arrullada por la vitrola, después de un cuarto de litro de aguardiente y de siete leguas de viaje a pie! Como si fuera una idea trascendental, seguían nuestros espíritus en esa noche espantosa asediados con el problema de la gordura antioqueña.

Nos levantamos aterrados y escribimos el siguiente tratado de pesimismo. Lo transcribiremos aquí, para que el lector sepa cuál es el origen de toda filosofía pesimista. También escribimos un canto a la alegría:

La vida del hombre sobre la tierra es brega y tristeza. Vivir es luchar con el tiempo, el cual nos arrastra, a pesar de resistirlo. ¡Qué horrible es, durante algunos días, vivir…!

El único método para vivir que conserva la alegría, es vivir resistiendo al deseo que nos urge por el goce; vivir despacio, inervados.

Pascal dijo que el método liberta el espíritu. Esto lo dedujo indudablemente después de algunos días de vivir sin continencia.

La fuerza nerviosa es una cantidad determinada en cada uno y hay que gastarla con método. Educar la voluntad no es otra cosa que crear llaves de contención para los nervios; es un problema igual al aprovisionamiento de agua para una ciudad. ¿Qué es una juerga? Salir con dos o tres amigos en automóvil. Poner la vitrola a cantar Ramona…, y, después, otro disco femenino.

Este es el canto a la alegría:

¡Mejor que todo es la inervación!

¡Nada como la regularidad térmica del organismo!

¡Cuán horrible es la esclavitud!

¡La esclavitud del alma por los deseos es de temer como la muerte!

¡Peor que la muerte eres tú, apresuramiento!

Peor que el frío de la muerte eres tú, Ramona…, en esta noche en que el huésped nos deja entrever su enorme panza a la luz del candil.

* * *

La grafonola acompaña siempre a lo más delicioso, las circunstancias antecedentes del amor. Porque, así como el delito, el amor tiene circunstancias antecedentes, concomitantes y consiguientes. Todo lo agradable de la vida es antecedente del amor; todo lo que llamamos alegría, en cualquiera de sus manifestaciones, es antecedente del amor. La perspectiva del amor es el encanto del viajero, el encanto de todo lo que vive, la ilusión de todo lo que existe, desde el átomo hasta Dios. ¿Qué importa el objeto? Es una disculpa para poder amar. Nacimos para eso y antecedentes del amor son todos los heroísmos y todas las obras. Así como en la fonda desconocida el viajero siente una alegría vaga que no es otra cosa que la perspectiva de las figuras femeninas posibles, asimismo está el amor detrás de las trabajosas obras de Hegel… Las circunstancias concomitantes y subsiguientes al amor son tristeza. Entonces se convence uno de que lo engañó esta madre Naturaleza que sólo se preocupa por la especie. Las circunstancias subsiguientes al amor son iguales a viajar durante días en un tren: se experimenta la misma desazón en la columna vertebral.

¡La grafonola! Todo iba despacio allá en la antigüedad. Una Friné o una Aspasia determinaban para toda una época las circunstancias del amor y de la gloria; hoy los reinados de la belleza duran a lo sumo quince días; somos más artistas, más frívolos. ¿Podemos leer un libro de quinientas páginas? ¿Hay algún héroe que lea de seguido el Don Quijote de la Mancha? ¿Hay alguna mujer bella cuyo amor dure más de veinticuatro horas? No; ningún editor parisiense se atrevería a darnos un libro que tuviese más de ciento treinta hojas. Los vestidos femeninos son de telas frágiles para que no duren sino el tiempo de una emoción. ¿Qué se hicieron aquellas ropas eternas que pasaban a las primas? Parece que nuestros antepasados no supieron que el hombre es una máquina muy delicada; vivían para la eternidad, y nosotros vivimos para el tiempo; y la eternidad es una, y el tiempo se compone de segundos. Nosotros dejamos el libro de cincuenta y tres hojas en el asiento del tren o del avión. ¡Aquella americana, aquella silueta estilizada que vimos a la orilla del mar, leyendo descuidadamente a Miomandre, y que dejó el libro sobre la silla de paja! Nuestros antepasados tenían casas de piedra, bibliotecas de tomos fabulosos, empastados en cuero, y sus mujeres eran anchas, carnudas. Las nuestras se parecen a nuestros libros de cincuenta y tres hojas; las leemos, nos leen, y nos dejamos tirados sobre los asientos de paja. Todo lo nuestro pertenece al tiempo, que está compuesto de segundos. Por eso, en nuestro delirio nos aterraba la gordura del antioqueño.

Esas mujeres de las grafonolas, esas mujeres cuyos cuerpos inducimos por sus voces y cuya boga dura unos quince días, determinan las modas del amor.

Y por eso, porque no tenemos ideas sino opiniones, porque no hay eternidad, porque no hay sino un pequeño manojo de segundos y un pequeño manojo de emociones, nuestras mujeres son delgadas y lo único que no les perdonamos es la constancia. ¿Qué cosa más horrible para nosotros que una mujer constante? Es como una idea fija; es como un vestido que uno no se pudiera quitar. El encanto de la mujer consiste en que nos abandona; es el mismo encanto de la vida; ¿pues qué sería de la vida y del amor a ella si no supiéramos que íbamos a morir?

Porque ya no pensamos en la eternidad, porque somos un manojo de segundos, lo supremo para nosotros es el dinero. También éste se compone de centavos y con él se compra todo lo que se ha inventado para adornar el tiempo. Por eso, desde que Lutero descubrió que en Roma estaban vendiendo la eternidad, dejamos de creer en ella, pues es absolutamente evidente que todo lo venal es terreno.

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¡El dinero! Indudablemente el nombre mejor para nuestro siglo es este: El siglo del hombre que hace fortuna. Vivimos a la caza de la fortuna; gastamos nuestras energías en la consecución del dinero. Es un afán tan grande como el que se tenía antaño por la bondad del alma.

Todo es para nosotros un medio de conseguir dinero; se persigue la ciencia, para ello; se desea la moralidad, la honorabilidad social, porque producen dinero; nuestro amor es frívolo y mercenario; por eso es tan agradable; la cónyuge —vocablo del lenguaje de los antiguos— se consigue porque tiene dinero. Deseamos tener carácter, porque es cualidad para conseguir dinero. Para eso cultivamos la literatura. Todos los segundos de nuestras vidas están empapados de la necesidad de conseguir dinero. Este es nuestro último fin, indudablemente.

Nuestras necesidades se han multiplicado; nuestros placeres son tantos como nuestros segundos… ¡Son tantas las mujeres hermosas y tantas las bagatelas que adornan sus cuerpos transitorios… y todo se vende! La moneda o, mejor dicho, el billete, es la piel mágica en que se viaja por países feéricos; ¡el billete es la imagen de todo lo agradable!

Movimiento rápido a leguas por hora, a kilómetros por minuto… Es necesario correr, acumular rápidamente, porque nos deja la vida. Este es el siglo del hombre que hace fortuna.

Nosotros, el hombre que hace fortuna, porque es un manojo de segundos y de emociones, es flaco, alto, demacrado, huesudo, de maxilares angulosos, ojos brillantes y anhelantes. El hombre que hace fortuna es la misma figura del perro cazador. Porque el hombre que hizo fortuna es gordo y apoplético como nuestros antepasados, lleno de hidratos de carbono.

Y morimos de apoplejía, de cáncer en el hígado, de nefritis, de gota, a los cuarenta y cinco años. Y generalmente el hombre que hizo fortuna es sadista y se derrite por las niñas de trece a catorce años: son las dependientas de sus grandes almacenes.

¡Honor al hombre de acción, al joven cazador, honorable, duro, superhombre, de egoencia desarrollada, cruel! ¡Honor al hombre seductor que ha metodizado todo en orden al dinero! El hombre de acción es hermoso. ¡Loor a nuestro hombre recto, de mirada firme, pletórico de ansias!

Sí; porque el hombre de acción, a pesar de que se contiene por sistema, es un ansioso; a pesar de que va paso a paso, por sistema, es un desesperado; a pesar de que sostiene el valor de la tranquilidad, es un intranquilo.

La paciencia, la contención, todas las antiguas virtudes de nuestros gordos antepasados, se predican a la juventud, pero no ya como virtudes, sino como métodos. La moral es pragmatista. Se aceptan las virtudes de los viejos tratadistas, pero porque son útiles.

¿Cómo se edifican hoy los templos? En un barrio que se intenta urbanizar, se regalan diez mil varas para una iglesia. ¡Así viene la bendición de Dios! Las calles se regalan al Municipio. Nosotros, el hombre moderno, practicamos todas las antiguas virtudes, pero no buscamos agradar a Dios, sino comprarlo; lo tratamos como los agentes viajeros a los empleados públicos: dándole propinas.

Nosotros, el joven de acción, grabamos en nuestras oficinas los mandamientos recibidos por este nuevo Moisés, el filósofo pragmatista.

¿Por qué no roba el hombre de acción? Porque pierde el crédito. Por eso no roban los Bancos; por eso no roban los países. El crédito ha reemplazado al Diablo en su papel moralizador. El joven pragmatista tiembla y palidece ante la perspectiva de perder el crédito, como temblaba y palidecía la monja hermosa después de abrazar a su amante por sobre los muros del convento, ante la perspectiva del rabo prensil del Diablo. El crédito. Es una creación nuestra, más imponente que Júpiter. ¡Cuántos tratados se han escrito acerca de este dios!

El mejor ejemplar del hombre que hace fortuna que hemos encontrado en Colombia, un indio rubio, el Dr. Y., nos decía que su maestro en universidad belga les daba este imperativo categórico: «No dejéis constancia escrita sino en último caso, para que no perdáis el crédito». Sí; el hombre cazador teme a la prueba preconstituida; teme a la prueba material. ¡Qué antiestético es todo lo petrificado! El indicio es una prueba elegante; con él se puede probar lo que se quiera, o sea: nada se puede probar; es indeterminado como todo lo espiritual. No dejar rastro es el ideal en la acción. Por eso el robo es vulgar, y el hurto, que consiste en tomar lo ajeno sin que quede huella, progresa a medida que aumenta el auge del hombre-fiera. El hurto consiste en ejecutar un acto con la limpieza, suavidad e invisibilidad del viento. El adjetivo empleado para los negocios y los hurtos es este: limpio. El hurto y el negocio son hermanos gemelos. Las cualidades de hurtador y negociante son las mismas; los procedimientos, idénticos. La diferencia está en que el hurtador se lleva todo el objeto, y el negociante devuelve parte de su valor en lo que se llama precio.

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Como don Benjamín está muy cansado después de esta noche apocalíptica de El Retiro, y como un filósofo es un ser parecido al rumiante, continuemos filosofando, queridos lectores. ¿Por qué no? ¿Qué nos urge? Apenas somos aficionados a la filosofía y a los viajes. Continuemos, pues, con el estudio de este joven interesante que somos: El hombre que hace fortuna.

El movimiento de la vida moderna es desvanecedor; ahí, lo más difícil es conservar la tranquilidad de alma, la unidad de fin y la organización de medios. A cada instante se presentan infinidad de imágenes deseables, de posibles finalidades… La voluntad es tentada a cada segundo. Y por el solo hecho de vencer esas tentaciones, se gasta una cantidad inmensa de energía nerviosa. Por eso nosotros, el joven cazador, estamos demacrados y somos angulosos y flacos.

Predomina en esta lucha fiera el concepto de hombre activo y hombre pasivo, de yo activo y yo pasivo.

Este concepto se funda en nuestra verdad de que el hombre actúa sobre el hombre no por la fuerza de la verdad abstracta —mito de nuestros gordos antepasados—, sino por la fuerza del fluido nervioso. ¡Lucha fiera en que vence el más disciplinado, no el que mejor razón tenga! Lucha fiera que exige metodizarse. El billete es la finalidad. La cantidad de dinero sirve de metro para saber el valor del hombre. La pobreza es signo inequívoco de inferioridad. La pobreza es indicadora de toda clase de inferioridad. En realidad, el pobre, fuera de ser peligroso, es un ser que disgusta. Está lleno de odios y envidias; es un ser torcido y frustrado; sus cualidades se han marchitado.

En este correr apresurado de los segundos, nosotros, el hombre fiera, tenemos como primer mandamiento la contención.

¡La contención! Allá en nuestro valle estrecho del Aburrá hemos visto a muchos comerciantes que corren detrás de las mujeres, detrás de todas las mujeres; hemos visto que corren afanosamente detrás de los negocios y del dinero, como si se fueran a acabar. Se dejan seducir por toda mujer y dicen que gozan del amor; se dejan poseer por toda sensación del paladar y dicen que gozan del gusto. Nadie goza sino nuestro joven metódico que usa de las cosas y no se deja poseer por ellas. Siempre que el hombre llega a ser incapaz de prescindir de algo, se hace esclavo de ello y disminuye su poder. Es preciso en toda circunstancia, en todo momento, aun ante la mujer más hermosa, poseerse a sí mismo. Es muy agradable gustar de las cosas buenas dondequiera que se hallen, pero desde el momento en que entra en el alma la sombra del lazo, debemos recordar que somos libres, instrumentos libres para reunir los billetes. Cuando el espíritu tiene alguna emoción triste en la contemplación de la belleza, cuando tiene algún movimiento de impaciencia, de desenfreno, es señal de que no está gozando de la belleza, sino que es dominado por ella.

Todo lo que se le impone, lo doblega y aminora, lo evita el hombre de acción. Y la belleza es lo más peligroso para el impreparado. Nosotros, este potro salvaje que describimos, evitamos siempre que se menoscabe en lo más mínimo la cruel egoencia que deseamos tener. Y quien no sea así, para nada nos importa.

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He aquí, dedicada a los hombres que corren detrás de las mujeres, como si éstas fueran a acabarse, las normas de nuestro joven anguloso:

Recogerse. Significa retraer todos los deseos, los tentáculos que ha sacado el fluido nervioso hacia el mundo exterior. Significa unificarse, aislarse con todo lo suyo en uno mismo. Significa evitar que el pensamiento se vaporice, que se dilate la voluntad. Significa comprimirse en un solo núcleo duro, egoísta. Consiste en no amar, no desear, no pensar, ponerse en guardia contra todo. Con este método se adquiere lo que se llama estado positivo. Nuestro joven practica este método durante el treinta por ciento de su tiempo. Y después, sale el pensamiento o el deseo, controlados por la voluntad metodizadora, con una fuerza inverosímil.

Sólo el pragmatista que lo ha ensayado durante mucho tiempo sabe la fuerza de un alma metodizada, concentrada, cuando en el momento dado lanza su deseo y su pensamiento hacia un fin determinado.

Nunca se debe meditar a un tiempo en más de una cosa, y jamás se debe desear lo que no merezca la pena. El hombre disperso nada hace. Ninguna substancia obra si no está concentrada.

Nosotros, siguiendo el ejemplo de los grandes amantes, no amamos sino una mujer en cada tiempo; nosotros, el joven pragmatista, siguiendo el ejemplo de los grandes pensadores, no pensamos sino en un problema a cada tiempo, y siguiendo el ejemplo de los grandes activos, concentramos nuestra actividad en nuestra obra: el dinero, representativo de todo lo terreno.

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Hacemos constar aquí muy claramente que el joven pragmatista no ama el dinero por instinto, de nacimiento, por decirlo así. Nosotros no admiramos ni predicamos a favor de los avarientos sin estética, sucios, innatos. No, aquí se trata de disciplina mental. El joven pragmatista pretende saber cómo se reúne una gran fortuna y cómo se vive una gran vida. El joven pragmatista admira lo único que hay admirable en este esferoide: el método; la capacidad de perfeccionarse que tiene el hombre; la ló-gi-ca.

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El joven pragmatista es impasible. Dice: Todo esfuerzo que hagas para atraer a ti los seres y las cosas es un desperdicio; la fuerza atractiva obra cuando está concentrada en el interior. En todo movimiento de impaciencia, en todo esfuerzo brusco se pierde gran cantidad de ese algo que llamamos vitalidad. La fuerza acumulada durante la indiferencia atrae como imán las cosas buenas. Sólo suceden aventuras deliciosas a quien no las busca. El hombre es vitalidad, acumulador de vitalidad, y es preciso ser metódicos. La vitalidad conserva el organismo después de formarlo y lo defiende; cuando esa fuerza nos abandona, enfermamos y morimos.

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Educar y educarse es dirigir conforme a principios científicos la delicada y soberbia substancia nerviosa. Llegar a ser un hombre propio para los fines que indican el tiempo compuesto de segundos y la tierra compuesta de frivolidades venales.

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A la una de la mañana se extinguió el lánguido amor de la grafonola, cesó nuestro disco del superhombre, despareció el gordo don Rafael y nos dormimos. Decía Voltaire que la vida no era terrible, porque uno pasaba la mitad de ella dormido. ¡Es una observación interesante! El sueño, así como la oscuridad en los cuadros, da viveza, hace resaltar nuestras emociones. ¡Qué dulce es el cuadro de los amantes, él con la cabeza desmayada sobre el pecho ondulante de ella! Es el mejor campo de batalla y el único que nosotros conocemos. Algunos han comparado el sueño con la muerte y, engañados, han dicho que la muerte debe ser agradable porque es como el sueño. Todos ellos se equivocan; morir no es dormir. Cuando uno está dormido, proviene el goce de esa sensación confusa que tienen todas las células de nuestro organismo, de esa delicada sensación de reposo. El placer consiste en que sabemos que dormimos. La muerte sería agradable como el sueño si uno supiera que estaba muerto y si no fuera para siempre.

En fin, despertamos y continuamos viajando. Una pelea de perros acompañó nuestro paso por la plaza del pueblo, y luego nos perdimos a través de los predios incultos de esta tierra. Mucho tiempo anduvimos por un sendero de rumiantes, sin saber para dónde íbamos. Tampoco sabemos para dónde vamos al vivir. No era, pues, grande nuestra tristeza por estar perdidos, pues perdidos estamos desde que allá, en compañía de nuestros queridos amigos los jesuitas, no pudimos encontrar el primer principio filosófico. Cuando le decíamos al reverendo padre Quirós que cómo se comprobaba la verdad del primer principio que nos daba, nos decía: «Ese es el primero; ese no se comprueba». Desde entonces estamos perdidos. Y así como por este sendero nos guiaban las huellas de un rumiante, asimismo nos guía por la vida, impidiéndonos la pérdida absoluta, la huella que dejaron en nuestra alma de niño tres mujeres: la madre, la Hermana Belén, y tú, Margarita.

En aquella mañana brumosa, al atravesar las charcas del sendero, en donde éste se perdía, se oían las frases malhumoradas de don Benjamín que preguntaba no se sabe a quién: «¿Dónde están las huellas?». Es la misma pregunta que dirigimos a las esferas celestiales en los momentos de angustia. ¿Y quién nos va a responder? Estamos solos, irremediablemente solos…

Al mucho tiempo encontramos un niño que nos indicó el camino. Este niño llevaba de cabestro un gato negro. ¡Qué extraño modo de llevar un gato! Todo era ilógico en esa mañana. Nos dijo el niño que iba a botar el gato muy lejos; que muchas veces lo había hecho ya y que el gato volvía a la casa. Decididamente lo sabroso de la vida son las circunstancias antecedentes: el deseo y los actos que ejecutamos para conseguir un gato; el deseo, las rondas y demás preliminares para conseguir la amada. ¡Pero tener un gato y tener una amada y querer desasirse de un gato y pretender desasirse de ella…! Ambos tienen uñas. Decía Balzac que la mujer perfecta araña.

¡Cuán trágico en el amor el papel representado por el macho! Damos vueltas y revueltas alrededor de la amada. La hembra, quizá porque sólo es amada mientras es deseada, va alargando el asedio. Ved los escorpiones, cómo se pasean días y días cogidos por sus palpos; el macho de la araña que se acerca a ella tembloroso, se devuelve y espera durante días el momento propicio, si es que antes no es devorado por ella. La hembra dirige el amor y lo dirige de un modo lento, saboreado, así como dirigía Josué la toma de esas pobres ciudades de la tierra prometida, tocando trompeta y dando vuelta alrededor de los muros hasta que a estos les daba la gana de caerse. Y una vez que conseguimos un gato o que logramos el amor de la mujer, ¿cómo desprendernos de ellos? Nos siguen a todas partes. Las hembras del escorpión y de la araña devoran a sus amantes y a nosotros nos devoran con su constancia. Aquel gato lo había llevado el niño al otro lado de un río y había vuelto a la casa. Recordamos la historia del abogado Raimundo Saldarriaga. Después de mil luchas, después de tres años de rogar y sufrir, logró un amor ilegal. ¡Casi todos los amores son ilegales! La legislación, en este caso del amor, no está de acuerdo con la vida; el amor legal es una excepción y hay quien afirma que ni siquiera es amor. Aquí se nos ocurre adoptar el hermoso apotegma del magistrado Juan Evangelista Martínez: «Hay que adaptar la legislación a la vida».

—¿Qué le pasó a usted, Raimundo, con su barragana?

—Hace cuatro años estoy luchando por desasirme de ella; me voy para otro distrito judicial, y allá me sigue; la insulto y le pego, y más me quiere. Últimamente he adoptado una rabulería para librarme de ella. ¡Para algo ha de servir la profesión! He resuelto establecer un gallinero moderno en un pueblo retirado y enviarla allí; el amor que las mujeres tienen por las gallinas es el único sustituto; ella no vendrá a molestarme, por no abandonar las gallinas.

Raimundo es el mejor abogado de Colombia; su ingenio es riquísimo. Este procedimiento, esta invención procedimental, ¿no lo colocan a la cabeza de los jurisconsultos del país?

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Aquel día caminamos muy despacio; los bueyes nos dejaban. ¿Para qué diablos íbamos a correr? Las cosas que no han de ser nuestras, no se dejarán coger. Cuando el sol declinaba, sentados sobre una dura piedra, compusimos este canto:

Un inefable sentimiento de apacibilidad, una alegría o ebriedad apacible y sana nos produce el convencimiento de que todo lo nuestro habrá de llegar al minuto, hora, día y año. Aquí sentados paladeamos nuestro futuro que nadie podrá robarnos, ni aun nosotros mismos.

Nosotros no somos el ansioso; nuestros ojos guardan las imágenes que a ellos llegan, porque esas son las que debían llegar; nuestras manos palpan muy lentamente las formas que son suyas, porque ellas son las destinadas; nuestros corazones están listos para recibir lo que el seno del devenir les guarda. No se gasta nuestra fuerza vital en perseguir los seres que no son suyos, los sucesos que no le pertenecen. Aquí nos tienes, vida, diosa de los ojos maliciosos, tranquilos, sentados sobre esta dura piedra, seguros de tu amor; los celos no desbaratan nuestros corazones. Tú eres la infiel entre las infieles, a pesar de que no retrocedes ni abandonas al amante. Aquí nos tienes, sentados sobre la dura piedra, oliendo la grama olorosa a inocencia, llena de vitalidad, esperando tus dones.

Las mujeres que han de servirnos de almohada, las que han de llorar por nosotros, vendrán a buscarnos en donde estemos, si han de ser nuestras. ¿Para qué correr tras ellas? Vendrá también el oro que ha de ser nuestro, y vendrá a esta dura piedra, al escondrijo más oculto, la muerte, y vendrá el deshonor, el dolor y el odio. ¿De qué huimos? ¿Para qué escondernos? ¿Por qué lamentarnos? ¿Para qué remordernos la conciencia? Con recogimiento recibimos lo nuestro; nadie nos pide cuenta y a nadie se la pedimos. Somos el que puede afirmar: el hombre tiene lo que merece; no tendrá lo que no merece. Venga, pues, a cada uno lo suyo.

Hemos perseguido la alegría y a pesar de que parecíamos alcanzarla, no pudimos. Lo nuestro es lo único que llegará a nosotros. ¿Y qué será lo nuestro? Parece que nada sorprendente nos está reservado en esta pelota terrestre.

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Porque una moneda cayó al suelo sobre el escudo colombiano, decidimos pasar la noche en la casa de doña Pilar. Desde que no pudimos encontrar el primer principio filosófico aumentó la cantidad de suerte y azar en nuestro pobre vivir. Todo compromiso, aun la cita amorosa, es un torcedor. Hay allí, cerca al río Piedras, dos casas; nos decidió por la casa de la derecha el rostro atormentado del Libertador, en una moneda de diez centavos. ¿Cara o sello? Y la cara es la de Simón Bolívar; y, en realidad, es la única cara interesante de estas cinco repúblicas intertropicales. ¡Y cómo lo atormentaron! En su efigie de la moneda de diez centavos, su cabellera conserva el rastro de los suaves dedos de doña Manuelita Sáenz. ¡Es una cara muy triste la de este superhombre que había terminado ya su obra! Estaba convencido de que no había libertado hombres, sino negroides. Y después de que lo hicieron morir con una camisa francesa, prestada, sin que hubiera ninguna figura femenina a su lado, han puesto su efigie en las plazas, para que siguiera contemplando nuestras malas pasiones, y en las monedas para que su cara decidiera si nos quedábamos en la casa de la derecha. ¡Pobre Simón Bolívar, que libertó cinco repúblicas, y que apenas se fueron los españoles vio que no había quedado sino un hombre: él, solitario, en un desierto de alimañas!

En la casa de la derecha viven doña Pilar y su anciano marido. Son gentes de otro tiempo; han tenido un álbum de autógrafos. Colombia fue el país de la literatura hasta por ahí al final del siglo. Un soneto era entonces lo que es hoy para un joven ex ministro el ser agente de la casa Halle Garten. Era el tiempo de nuestro apasionamiento; fue el tiempo del idealismo. Entonces un Rojas Garrido amaba sus ideas mucho más que su vida. ¡Qué almas tan apasionadas aquellas de la Colombia liberal!; era un país digno y heroico. Fue la del sesenta y tres una Constitución que admiró por su idealismo a Víctor Hugo. Aquellos hombres eran poetas, héroes y quijotes sin tacha. ¡Pero en todo hemos sido desarmónicos! Un sátiro de Cartagena dio principio a la descomposición moral. Comenzaron vendiendo a Panamá y hoy está casi todo vendido. Ya Colombia no hace versos. A la sombra del Simón Bolívar atormentado de las plazas públicas, a la sombra de las iglesias y sirviendo de moneda la cara angulosa del Libertador, se reparten los dineros. No tenemos ideas; no tenemos sino opiniones; de vez en cuando hacemos un soneto a Cristo Rey y por ello nos envían como diputados.

Ya en este álbum, dice doña Pilar, no escriben nada interesante. ¡Qué vamos a escribir, si apenas sabemos que estamos perdidos, que vamos para Abejorral a trazar dos cuadras de carretera, devengando mil pesos mensuales! ¡Qué vamos a escribir, si apenas sabemos que ya casi acabaron de robarse el dinero yanqui! ¿En dónde está la agricultura? ¿Qué obra productiva? ¡Qué vamos a escribir, si apenas pasan por la casa de doña Pilar a vendernos amuletos, automóviles y salchichas, los rubios agentes viajeros…!

Los libros de doña Pilar, desde mil novecientos tres están llenos de miseria. Todos los que han pasado desde entonces tienen el alma oscura. Además, el mundo espiritual es tan miserable generalmente; apenas se hermosea en un genio…

Y qué horrible fue la noche, picados por animalillos invisibles, miríadas que transitaban por la piel y que nos hicieron delirar nuevamente: soñábamos que nuestro cuerpo era Colombia y que los innúmeros animalillos eran las generaciones habidas desde Rafael Núñez.

Pero hay en el álbum de doña Pilar un autógrafo que dice: «¡Viva Colombia!, 1906. —Carlos E. Restrepo».

Sí; durante este período oscuro ha habido un hombre que ha querido al país más que a sí mismo, y tiene la misma cara angulosa y triste del Simón Bolívar de Santa Marta y, quizá, también morirá con una camisa prestada.

Noche horrible aquélla, pues roncaba además a nuestro lado el hombre gordo de Medellín. Venía de las olimpiadas de Cali, borracho, este señor José María: «¿Que no hay pieza? ¡Bien pueda cobrar lo que quiera! ¡Aquel viejo ladrón de Manizales que me alquiló esta mula…! ¡Pagué cien pesos, y vea usted lo que me dio! ¡Cómo despilfarran dinero esos manizaleños en los tales cables! ¡El Valle del Cauca no sirve para nada! ¡No hay como Medellín, en donde se propugna por las carreteras».

Entonces vimos claro el significado del hombre gordo. Este es un producto del trópico, así como las cucurbitáceas que cubren las tierras de El Retiro. El hombre gordo es el hombre exagerado; carece de lo que llamaban los clásicos y los moralistas antiguos el sentido de la medida. Son muy peligrosos; caen sobre los individuos y sobre los pueblos como una montaña aplastadora: dos hombres gordos idearon la Carretera al Mar, que ha sido nuestra ruina, y dos hombres gordos han gastado en eso diez millones. Toda nuestra vida de república ha sido vida de hombres gordos. Siempre hemos carecido de la delicadeza del animal de sangre. Ser un hombre flaco consiste en aceptar la idea o la sensación actual de un modo equilibrado, o sea, armonizándola con su complejo espiritual. A los antioqueños los domina un deseo o una idea y se desparraman.

El principio básico del hombre culto es no dejarse arrastrar por lo bueno que está fuera de su camino. La educación es centrífuga; se adopta un principio o una ciencia como núcleo alrededor del cual se va dilatando el conocimiento y la vida en círculos concéntricos. Por eso el hombre culto es el hombre vertebrado. El psicólogo, por ejemplo, tiene su ciencia como un núcleo que da el colorido a toda su formación mental, sin desdeñar los demás conocimientos. El uno absoluto, que es el todo y que aprehendería el hombre por intuición, si fuera infinito, podemos compararlo con una circunferencia cuyo centro esté en todas partes. Así, es centro de la infinita realidad cualquiera ciencia o cualquier propósito; desde ellos se llega a percibir una remota vislumbre de lo infinito. El hombre culto se limita y contiene acatando su imperfección; es un reconocimiento de la incapacidad para abarcarlo todo. La cultura consiste en el humilde reconocimiento de nuestra imperfección y del deber en que estamos de vivir conforme a nuestro plano actual. Para adquirir el éxito es necesario darle todo nuestro corazón al fin perseguido y desechar todo lo demás en cuanto no tenga relación con él y por bueno y agradable que sea. Esta es la filosofía del hombre gordo de Medellín que roncaba sin medida en la casa de doña Pilar, soñando, quizá, en propugnar por las carreteras.

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Crepúsculo vespertino en El Vergel, cerca de Aranzazu, a unos mil novecientos metros de altura, la posada de don Manuel Ospina. La casa mira al occidente, y allá, en el abra por donde corren las quebradas de esa tierra, en tarde del 28 de diciembre, cuando el sol está en el hemisferio Sur, en tarde de nubes bajas, vimos hundirse el sol (el Febo del padre Urrutia) como globo de oro, inmenso. Nubes plomizas lo surcaban. Descendió con majestad. Así murió, de pies, como emperador, el gran Diocleciano. Apenas hundido allá en nuestro monstruo deseado, el gran Pacífico, principió la gran fiesta dionisíaca de sus colores en las nubes de tierra fría, unas bajas y otras altas. A cada minuto cambiaban los colores. Por donde murió había una ceja de oro, lejana; encima, nubes plomizas, ocre, y una abertura de plata en el cielo. Después, por debajo de ese oro y plomo, unas crestas negrísimas que eran los picos de las montañas. Luego, azul pálido y oro sobre la lejana cordillera; azul desteñido, con el gran lucero vespertino, y el oro de la cordillera se fue borrando. ¡En verdad que es hermoso nuestro esferoide!

Porque don Benjamín está triste a causa de estas noches de insomnio, hemos recordado este atardecer. Don Benjamín dijo: «Mi herida del calcañar se abrió y no puedo caminar». En El Buey conseguiremos para don Benjamín un caballo de ojos mansos, un caballo flaco para que siga paso a paso, pues somos aficionados a la filosofía, y el filósofo es un rumiante amigo de la lentitud. El caballo brioso es como joven pródigo.

Lo único propio que tenemos es nuestra energía; está encerrada dentro de nuestros cuerpos formados de huesos, carne y piel. Lo nuestro está limitado por nuestra piel; ella es nuestro lindero. ¡Qué bien alindados estamos los hombres!

Dice El Eclesiastés que no demos nuestra energía a las mujeres. Eso nuestro, la energía, lo dilapidamos en el deseo desordenado. ¿Qué debemos hacer? Acumular fuerza y gastarla con método; porque el avaro de su fuerza es un miserable. Hay que darle a la fuerza su destino, que es gastarse. ¡Quieto aquí, corazón! Esta boca nos devora y nos devoran estos corazones ansiosos. El método y la contención son los que pueden hacer del hombre un bípedo interesante. ¿Por qué gastar siempre? Somos pródigos. El gasto normal se efectúa sin esfuerzo, es una irradiación de la energía, cuando ésta abunda. ¡Hemos hecho un encuentro! La fuerza irradia; así se gasta científicamente. Nos devoran esta boca, este corazón y estos ojos. Este sentimiento del desorden hizo decir lo siguiente: «No des tu fuerza a las mujeres» (Eclesiastés). «El método liberta el espíritu» (Pascal). «El hombre es doble; el bien y el mal luchan en él».

Un caballo brioso es como joven pródigo. La vida cósmica es lenta, reposada. Natura non facit saltus. Únicamente el hombre es animal pródigo, desordenado, saltarín y, al mismo tiempo, animal triste. Los animales domésticos han sido contagiados de tristeza y desorden por el hombre. La casa del hombre es el lugar del pecado. Toda la vida cósmica es ordenada, metódica y alegre. El mono, el perro, el caballo, han sido corrompidos en la casa del hombre.

Pues sí; para don Benjamín conseguiremos un caballo manso, silencioso y que sea consonante de nuestros ensayos.

Como don Benjamín está triste, compusimos un ensayo acerca de la tristeza:

* * *

«El hombre después del coito es animal triste».

Porque es la entrega de nuestra fuerza vital. Ella, mientras estaba en nosotros, nos hacía desear; hermoseaba el universo, pues de no ser así no desearíamos.

Entregamos la vida en potencia para la formación de otros seres. Somos entonces la imagen del saco vacío. El organismo queda flácido. Por eso dice la Biblia que es animal triste; es una tristeza orgánica, de cada célula, diferente a la que causa una emoción concreta, espiritual. ¡Los viejos de Voronoff! A la flacidez, a los músculos vacuos, tristes, sucede la plétora, brillo e inervación. «Es un animal triste», o sea un enervado. Eso no es tristeza; eso lo tienen los otros animales. Verdadera tristeza no hay sino en el hombre; el resto del cosmos es energía armoniosa. Así, pues, don Benjamín apenas está enervado, a causa del insomnio producido por los hombres gordos de Antioquia.

En el universo, sólo en el hombre se encuentra la irregularidad y la tristeza de estar perdido, de la contradicción de sus múltiples deseos. ¡La irregularidad! Todos los otros seres cumplen su destino dentro de la regla inmutable y están contentos; de todo el universo, menos del hombre, sale una armonía que es como canto de alabanza a la suprema energía o suprema ley que se llama Dios.

Esta observación nos ha llevado a colocar la causa de la tristeza humana en la irregularidad del vivir del hombre; y es irregular porque el hombre de hoy es apenas un ensayo, complicado como todo lo que es ensayo.

Los datos del problema son estos: todo es alegre y en el hombre hay tristeza; todo vive según medida y normas, menos el hombre, que es irregular y desmedido. Debe haber una relación de causa a efecto entre estos factores.

De esta inconformidad humana nació el misticismo, que consiste en colocar nuestros destinos en otra existencia que vendrá después de la muerte. Dicen los místicos: «El hombre está triste porque la tierra no es su patria, porque aquí está desterrado, porque aquí no es su medio ambiente». Esta es la explicación más antigua que se ha dado de la tristeza del hombre. Es una explicación que tiene por complemento la hipótesis de una dualidad: cuerpo y espíritu. Este, que no forma parte del universo corporal y visible, está llamado a satisfacerse, o sea a cumplir su fin, en otra existencia, cuando abandone su unión con el cuerpo. Tenemos así que, según esta explicación, la tristeza, ese fenómeno humano, proviene de la incompatibilidad del espíritu y del mundo material; no es otra cosa que la inadaptabilidad del hombre al medio impropio en que vive transitoriamente.

De aquí el concepto de Job: «Guerra es la vida del hombre sobre la tierra»; y de aquí el método místico de contradecir el cuerpo y de hipertrofiar una sola idea y un solo deseo: la idea y el deseo de Dios.

Nuestra hipótesis para explicar la tristeza del hombre es que somos un ser nuevo en el universo; y como ser nuevo, imperfecto y complicadísimo en su funcionamiento, como el primer telar que se inventó. ¡Cómo se enredaban y se contradecían las múltiples partes de ese primer telar!

Somos un ser nuevo. Esta extraña modalidad de la materia que llamamos espíritu aún no ha aprendido a vivir, a obrar; desea contradicciones; no sabe de dónde viene ni para dónde va y se admira al ver que posee ese don raro de volver sobre sí misma. En fin, esta es una hipótesis que si la continuamos puede dañar este libro. ¿Quién puede soportar hoy la seriedad de un tratado de metafísica, por más que tenga su origen en la consecución de un caballo manso?

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Después de escribir en el álbum de doña Pilar, salimos al camino y abandonamos el camino. El camino es casi toda la vida del hombre; cuando está en él sabe de dónde viene y para dónde va. Caminos son los códigos, y las costumbres, y las modas. El método es un camino. Por eso Jesucristo, cuando quiso manifestar su infinita importancia, dijo que Él era El Camino.

Pero nosotros sentimos en casa de doña Pilar la rebeldía contra el camino, contra esa línea por donde van todos los hombres, por donde van los arrieros, los agentes comerciales. Sentimos odio por la limitación. Hay en el corazón humano el deseo extraño de librarse del límite. ¿Será este el secreto de la grandeza de Jesucristo y de Sócrates? Los dos dominaron el universo, dieron normas al mundo, y ninguno de ellos escribió. Una vez escribió Jesucristo, pero lo hizo en la arena y nadie supo qué. No escribieron, es decir, no se limitaron. ¿Por qué hablan del poder de la Imprenta? ¿Qué escritor es comparable a esos dos que nada escribieron y que dominan la humanidad como dos infinitos caminos invariables? ¿Será éste el secreto de la belleza en las obras de Shakespeare? Ese Hamlet apenas pronunció unos dos monólogos de ideas ilimitadas; quedó vago, semejante a esos dos que nada escribieron. Todos los grandes héroes están en la leyenda; los limitados, los hombres biografiados, los que han concretado su pensamiento y su vida, son pobres hombres, despreciables como todo hombre.

El hombre es un animal que suda, que digiere, que elimina toxinas, que desea la mujer ajena y todo lo ajeno, y que apenas por instantes piensa. De vez en vez aparece una luz en esa inmensa noche del alma encarnada; apenas por instantes separados por siglos aparece un sentimiento o una idea noble para salvar, redimir este saco humano de podredumbre. ¿Cuánto hace que le dieron la cicuta a Sócrates o que crucificaron a Jesucristo? De ahí para acá no hay sino sudor y deseos de rapiña.

La humanidad se agarra desesperadamente a sus grandes hombres; les compone sus vidas con leyendas; corrige sus actos, los pule, pues los grandes hombres fueron en realidad seres vulgares el noventa y ocho por ciento de sus vidas. Apenas muere uno que haya logrado pensar, sentir y obrar, lo coge la humanidad desesperadamente y perfecciona su imagen. ¡Y qué sería del hombre si no fuera por estos semidioses que lo sugestionan y lo obligan por momentos a inhibir, no los instintos de la fiera, sino del animal sucio que es! No ha habido San Francisco, ni César ni Spinoza. A ellos los creó la humanidad guiada por el deseo de purificarse.

¡Qué aridez nuestras vidas dentro de sus límites de los caminos y de la piel! Casi todo el tiempo vivimos porque la entrada a la muerte está muy bien guardada. ¡Y lo que es el concepto de Santo y de Héroe! Seres que inhibieron sus pasiones horribles; seres que lucharon con la monstruosidad. Fueron hombres que desearon no serlo. El Héroe y el Santo son el resultado del asco que tiene el hombre por sí mismo.

¿En dónde está la serenidad? Leonardo da Vinci apenas tenía momentos para dedicar a sus obras. La serenidad del más sereno y la sabiduría del más sabio eran momentos.

El camino hace adelantar y al mismo tiempo es un obstáculo. ¿Quién se atreve a modificar el camino? ¿Cuánto hace que los caminos de la humanidad son Jesucristo y Sócrates? Por eso el hombre progresa muy lentamente; un genio cada diez mil años y en el intervalo el hombre practica, deforma, pervierte las emociones o ideas legadas por ese genio; algo bueno le queda. ¡Cómo han deformado en mil novecientos veintinueve años el camino de Jesucristo! La Cruz es ya de oro, sobre pechos de púrpura y en palacios de mármol.

El camino es la línea de menor resistencia; para abandonarlo tiene que esforzarse el espíritu. ¿Quién lo ha dejado? Uno que otro loco, y los reformadores Solón y Licurgo simularon la locura para disculparse de querer reformar las instituciones.

Nosotros volvimos al camino, ya muy tarde, rotos, hambrientos. El hambre y la desnudez son las consecuencias de abandonar el sendero. Apenas habíamos adelantado diez kilómetros hacia el sur. Amar y abandonar el camino ha sido toda nuestra vida. ¡Pero siempre hemos vuelto! Cada dos años pedimos perdón a Dios y a los prejuicios. Es que vamos irremediablemente perdidos desde aquel año aciago de mil novecientos cinco en que no pudimos encontrar el primer principio filosófico, allá en la grata compañía y colaboración del reverendo padre Quirós S. J.

Llegamos a la posada «El Buey» malhumorados. Estaba allí un yanqui, agente viajero. ¿Qué más insoportable que un hombre que vende, cuyo oficio es sugestionar, aplicar el método Marden? Ese fue el origen de nuestra antipatía. Oímos que decía a sus peones arrieros que el Clero colombiano era una peste y que el país estaba en la barbarie. Cerca a nosotros había un freno; lo cogimos por las riendas y le dimos dos frenazos al míster en la cabeza, diciéndole: «Sólo nosotros, los colombianos, podemos hablar mal de Colombia, y sólo nosotros, los católicos, podemos renegar de los curas». Nos fuimos huyendo y llegamos a Abejorral, el dulce nido de los empleados públicos, la cuna de los ordenadores de papel de oficio, a las diez de la noche. ¿Habríamos matado al míster? No pudimos dormir, pues esperábamos al funcionario de instrucción.

Sólo el marido puede insultar a su mujer; sólo el nacional puede hablar mal de su país. ¡Qué gran verdad ésta! Al fin, a las cinco de la mañana, nos dormimos beatíficamente. ¿No merecíamos el cielo, después de haber expuesto nuestras vidas por estos clérigos de cuyas sotanas sale un olor sui géneris, mezcla de santidad y de billetes viejos? Soñamos que un ángel de formas femeninas nos subía al cielo muy suavemente. Llegamos, sacaron una enorme balanza; el ángel echó en un plato este libro y todas nuestras dulces locuras; echó en el otro un freno, un freno tan pesado que la balanza cayó hacia esa parte hasta perderse en las estrellas. No pudimos contener la risa al pensar en el peso enorme que había adquirido el freno… ¿Qué sería del míster si le diéramos con este freno celestial?

¡Cuánto pesan las buenas obras!

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Eran los días del censo y la población de Abejorral disminuye. Ese Abejorral es la cuna de los Ministros, de los Jueces, Alcaldes y de todos los Secretarios de las oficinas. De Abejorral es Clodomiro Ramírez, ese Clodomiro lento, suave y embadurnado de goce; ese Clodomiro que en Grecia hubiera sido con Epicuro fundador de la filosofía del placer. Nació en Abejorral don Dionisio Arango, Presidente de la Corte Suprema, y que es el genio del sentido común. ¿Y qué Gobernador, Ministro o Secretario de Juzgado y Alcaldía no es un Gutiérrez, un Arango, un Jaramillo de Abejorral? El arte de enseñar está monopolizado por los Betancourt. Todos los de Abejorral son semicachacos y semiletrados.

Allí fue, y sólo allí pudo ser, en donde conseguimos el caballo blanco, filósofo, lento, un genio del caminar despacio, para don Benjamín. ¡Ya éramos tres! Dos aficionados a la filosofía y un caballo aficionado a la lentitud.

¡Éramos tres! El número pitagórico. Dios son tres personas; nosotros éramos tres animales y un solo filósofo.

¿Por qué es tan importante el número tres? A causa de que dos no pueden convivir pacíficamente; es preciso el tercero que sirve, unas veces, para gastar en él el mal humor, y otras, de conciliador.

Esos franceses ingeniosos comprendieron que el matrimonio, la unión de dos, era un absurdo, como lo es una mesa de dos patas. Entonces inventaron el matrimonio de tres: el marido que paga, la mujer y el amigo. Ese es el ménage à trois. ¡Pobre marido que paga, que contempla a la mujer en deshabillé y que sufre por la noche el cansancio de amor de la mujer! ¡Pero el marido es el amigo de otro ménage à trois! Sin el amigo de su mujer, el marido no podría salir de casa y ser el amigo de otra. ¡Qué bella combinación! Sólo a esos ilustres conciudadanos de Raimundo Poincaré podía ocurrírseles arreglar así esta respetable institución que los romanos pusieron bajo la protección del dios Himeneo. ¡Cómo cambian los tiempos! ¿Qué se hizo Himeneo? Ya se ha olvidado hasta el origen de su nombre.

Y un marido francés quiere al amigo de su mujer entrañablemente.

El número tres es pitagórico. El Gobierno se compone de tres, Ejecutivo, Legislativo y Judicial; este último hace un papel triste, el mismo del marido en el ménage à trois; tres son los elementos del universo, aire, tierra y agua.

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Qué felices bajamos esa pendiente para llegar al río Arma. El sol produce allí sensaciones de vida. Todas las células del cuerpo gozan de la sombra y el calor. ¡Qué hendidura tan inmensa le ha hecho el río Arma a los altos Andes! Allá, en la hondonada, donde se juntan la quebrada Circe y el río, entre inmensos árboles, soñamos vagamente. Allí, en pleno cielo del trópico, bajo ceibas inmensas y trepadoras lascivas que abrazan desesperadamente a los árboles, se adormilaron nuestras funciones fisiológicas y soñamos; soñamos con las ideas generales.

Tendidos sobre la yerba, a la orilla de aquel río pagano, a las tres de la tarde, contemplamos que descendía lentamente de las faldas del Arma una teoría de mujeres jóvenes al parecer; sus vestidos eran excitantes, vaporosos; la brisa soplaba contra ellas y les determinaba las formas. ¿Por qué no detenían graciosamente los vestidos para defenderse del impudor del viento, como hacen las niñas honestas, y por qué tenían esas miradas provocadoras? Porque ellas eran las ideas generales, las ideas de todos los bachilleres, las ideas de la educación pública. ¡Pobres muchachas rameras! Algunos han dilapidado su juventud en los alcoholes y nosotros la dilapidamos en medio de estas graciosas mujeres desvergonzadas, las ideas generales.

Los primeros principios de todas las ciencias son ideas generales. ¿Cuál de esas proposiciones amplias, cuál de esas muchachas no ha sido nuestra, no ha estado en los brazos envolventes de nosotros, bachilleres jesuíticos?

Colombia es el país de las ideas generales. Todos los jóvenes colombianos estamos ojerosos debido al trato constante con estas muchachas que no defienden graciosamente sus vestidos de las acometidas de Eolo, como decía el padre Urrutia.

Desde que la democracia inventó la educación pública, gratuita, ha llegado a ser espantosa la prostitución de las ideas generales. Nosotros las hemos visto entrar en las zapaterías, en las carnicerías. ¡Qué horror! ¿No habéis leído gruesos tomos escritos por carniceros o abogados en que estos cuentan sus relaciones con las ideas generales?

Un enamorado de ellas, un colombiano víctima de ellas, quiso en mil novecientos veintidós introducir al país las ideas especializadas, esas muchachas castas cuya única diversión es ir al cine con sus fríos amigos, los jóvenes anglosajones. ¿Qué pueden temer al lado de esos jóvenes tiesos, cuyas manos están siempre a la vista? Y el General Ospina, después de una vida de crápula entre las ideas generales, introdujo los expertos; unos americanos e ingleses sin noticia siquiera de las ideas generales, y cada uno de ellos con una sola mujer suya, absolutamente suya. Estos hombres fueron los técnicos, y esas mujeres fueron las ideas especializadas.

¿Y qué iba a pasar en este trópico ardoroso, sensual? Pues que esas señoras honestas dejaron de serlo; se entregaron a Esteban Jaramillo, Ministro de Hacienda; se entregaron a un sobrino del padre Marulanda; se entregaron al mismo General Ospina, a pesar de sus setenta y tantos años, y se entregaron —¡admiraos!— al doctor Lázaro Tobón. Allí las hemos visto, en su oficina, en forma de gruesos volúmenes; y en la teoría que bajaba hacia un remanso del río Arma, venían esas anglosajonas más impúdicas, más carnosas y menos agradables.

Aquí no hay ideas propias. Colombia es el comunismo ideológico.

Llegaron las ideas generales a donde estábamos reclinados y formaron tal algarabía que nos hicieron levantar y despedirnos con estas palabras: «Oigan, señoras, y perdonen que las llamemos así; nosotros estamos hastiados de ustedes; venimos desde muy lejos en busca de una idea nuestra, sólo nuestra, aunque sea por el espacio de diez segundos; vamos a recorrer la tierra en busca de una idea que no haya sido poseída por el doctor Emilio Robledo. La encontraremos en Manizales, o en Buenaventura, aunque sea una de esas ideas negras que hay allá…».

* * *

Cuando salía la luna, rojiza como una vieja idea general, abríamos nosotros la puerta de trancas que da acceso a la casa de la elástica Julia; es en la media falda, en clima ardoroso, oloroso a gramíneas. Allí dormimos, sin mantas, desnudos. ¡Qué tierra pagana es la tierra caliente! Dormimos desnudos, con la sangre tibia y la imaginación calentada por las ideas generales y por el cuerpo vibrátil de Julia. Julia es la hija de la dueña; ¡dieciséis años en aquella tierra olorosa a yerba! Su novio era un marinillo. Hace pocos días comenzó a decir a Julia que su padre se oponía a los amores porque ella era de origen liberal. Aquí está el antioqueño dominado por el cura y la ignorancia. Mientras don Benjamín se bañaba la herida del calcañar recibió miradas de pasión de la desgraciada Julia. Nos dormimos pensando en ese marinillo que en las vertientes del Arma, al lado de la vibrátil Julia, se preocupaba por el partido conservador… Don Benjamín, ya dormido, repetía: «Yo me hubiera inquietado más bien por la conservación de la especie; yo también soy conservador».

¿Aquí es preciso averiguar por qué don Benjamín se llevaba todo el amor…? El tratadista más antiguo, el cura de Hita, sostiene que las cualidades del buen amante son la mesura, el sosiego y la lozanía. Don Benjamín es valiente, mesurado y lozano. Sus maneras amplias, de curva suave y sacerdotal, sugerían a Julia el desvanecimiento lento en el infinito colchón de plumas del nirvana… y sus ojos azules, que revelan el fuego intenso y disperso del cielo azul de los trópicos, miraban a Julia reposadamente. La mirada fija, concreta, no es amorosa; la mujer se asusta. ¡Pero esa mirada fija de don Benjamín, que lo dice todo, es como una tazada de opio!

El caballo pacía. Feliz tú, compañero, a quien no atormentan las hembras, como le sucedía a aquel viejo pariente de Platón que dialogaba con Sócrates en el Pireo. Pero no; ¡desgraciado tú! ¿Qué hay agradable que no sea circunstancia antecedente del amor?

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Subiendo a pie la vertiente del Arma tuvimos la impresión nítida de la dureza y pesadez que nos atrae hacia la tierra. ¡Qué dificultad para elevarse! Somos hijos de la tierra y sus parásitos; nos liga a ella, como un cordón umbilical, la ley de la gravedad. Por momentos la abandonamos, nos parece que existe otro ser que nos llama hacia las alturas aéreas; nos parece abandonar todo lo terrestre y después caemos más definitivamente abrazados a su seno materno; somos únicamente materia dura, materia grave. Cuando levantábamos las piernas para trepar hacia Aguadas tuvimos la impresión nítida de la atracción terrestre. Esta esfera dura es nuestra cuna y nuestro sepulcro. ¿Por qué deseamos abandonar esta madre? ¿Por qué los ímpetus de elevarse? ¿Por qué el Santo y el Héroe? Es un indicio, un leve indicio, de que hay en nosotros algo que no es terrestre. Ese leve indicio ha creado la metafísica y el misticismo.

Trepando por esa vertiente meditamos acerca de la atracción y del péndulo. La ley de éste es verdadera en todas las manifestaciones de la vida: todo alejamiento de la línea vertical trae otro correspondiente hacia el lado opuesto. El péndulo tiende, debido a la atracción terrestre, a disminuir las reacciones hasta quedar en posición vertical; no sucedería así con un péndulo ideal sobre el cual no ejerciera su atracción la tierra; pero entonces no habría línea vertical y no se movería el péndulo; toda posición sería justa, indiferente. El péndulo tiene repugnancia a separarse de la línea que se dirige al centro de la tierra. Es cuerpo suspendido que siempre señala o desea señalar hacia el centro que lo atrae. Nosotros somos péndulos atraídos irremediablemente hacia el centro de la materia. El movimiento no es otra cosa que las reacciones de los seres efectuadas para recuperar la línea dirigida al centro de la gravedad. Y la tierra, y los planetas, y todos los soles se mueven. ¿Qué centro de gravedad los atrae? Los atrae la perfecta armonía, el fin de los fines, Dios.

Ved cómo trepando la vertiente hacia Aguadas terminamos en un misticismo trascendental.

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Don Benjamín, ex jesuita, conserva amistades entre el clero viejo y también resabios de buena mesa conventual. Con una carta de otro clérigo fuimos donde el padre X. Hace cincuenta años está allí de cura y ya se olvidó de su tierra de El Peñol. Nos dio leche cremosa, y su sobrina tiene unos ojos tan limpios, grandes y brillantes que allí comprendimos por primera vez lo que es el aspecto de la virginidad de cuerpo y alma. ¡Qué ojos! El cura es delgado, seco de carnes y no puede comprender el boxeo; habla despectivamente de Renault y de Uzcudum. Los místicos no comprenden otra lucha que la brega con el mundo, el demonio y la carne. ¿Por qué ponen tres? Después de leer muchas vidas de santos podemos afirmar que el único enemigo es la carne; el Diablo se presenta en las suaves curvas de la carne; el mundo, ¿qué es el mundo sino la mujer? La carne inventa sofismas intelectuales para dominar al místico. El gran enemigo del cura es la carne. ¿Por qué se dividió la Iglesia? ¿Cuál fue la causa verdadera de la separación de Lutero? Que los frailes alemanes estaban cansados de dormir solos, o mejor dicho, de dormir con el Diablo. Porque nadie duerme solo; o dormimos con la dulce compañera, o el Diablo viene a ocupar su puesto. Y dormir con el Diablo no tiene gracia. ¡Es un colega!

El cura no quiere al obispo; el cura desea que el obispo se muera después de recibir los Sacramentos y se vaya para el cielo; el cura desprecia a la mujer porque, en veces, no la ha tratado en el lugar que a ella le es propio; ya lo dijo el cura de Hita que para dos cosas nace el hombre, a saber: «Para haber mantenencia y para haber ajuntamiento con fembra placentera». Tampoco comprende el cura el cultivo del cuerpo humano. «Un viaje así, a pie, apenas para cumplir una penitencia». De ello se trata, contestamos con aires de misterio. Entonces don Benjamín recibió miradas amorosas de la sobrina. Don Benjamín, que es lozano e mesurado, es cuerdo e non sañudo, nin triste nin airado

«Es una penitencia, padre…», repetía don Benjamín. A la sobrina le brillaron más, húmedos, los ojos.

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En Aguadas vimos un entierro. Ante la idea de la muerte cesa nuestro atrevimiento. Seis hombres llevaban el ataúd y ellos mismos eran el cortejo fúnebre. No había más. Lo único esencial en un entierro es el cadáver y el sepulturero. Las andas y el coche son accesorios; las lágrimas son un lujo; las mujeres enlutadas y los viejos barrigones que hablan de la brevedad de la vida, son una gloriona irónica para el muerto. La única escena de la vida en que la riqueza es una tontería sin sentido es un entierro. Ese entierro de Aguadas nos hizo experimentar el terror de la muerte porque allí no había sino el cadáver y el sepulturero. El cadáver tiene la inexpresividad absoluta; no se le puede aplicar ningún adjetivo; no está serio, ni triste, ni aburrido, ni inconforme; todas las cosas tienen un significado, menos los cadáveres. Un hombre muerto queda tan vacío que es un indicio aterrador de que su parte esencial se fue no se sabe para dónde. Este indicio es el que nos hace entrar a las iglesias, a las pagodas o a las mezquitas, a donde quiera que dicen estar el Dios escondido que tiene en su poder los destinos de eso que nos abandona con el último suspiro.

Y el cadáver pesa más; al morir nos hacemos más terrenales; nos llama más fuertemente la tierra…

* * *

Sentimos miedo en Aguadas. Sentados en una banca de la plaza, al lado de un policial, hojeamos un tratado acerca de la muerte, escrito por un alemán y encontrado en la botica. A pesar de toda esta lectura, no pudimos encontrar todos los motivos de nuestro pavor ante la muerte.

Meditamos. Nos miramos hacia dentro aterrorizados, así como lo hicimos tantas veces en la umbrosa capilla jesuítica bregando por asir los picaruelos e invisibles animalillos que eran nuestros pecados, para arrojarlos humildemente en la sotana olorosa del padre Cerón. Minúsculos pecados, pecadillos inasibles, pero que el sacerdote, y nosotros ahora, calificamos de monstruos. Porque eran pecados de deleitación, eran pecados de circunstancias antecedentes. Premeditar. He ahí el pecado humano. Nosotros, bachilleres jesuíticos, hemos premeditado, hemos abusado de nuestra razón desde aquel lejano año de mil novecientos dos hasta esta cima dorada en que nos encontramos. Y nada hemos ejecutado; premeditábamos en los sutiles labios de las primas y en la dulce sonrisa volteriana. Nos recordamos acurrucados en el rincón penumbroso de la capilla, al lado del confesionario, de esa severa casilla en donde tuvo sus orígenes la psicología introspectiva, revisando nuestra alma, desplegando sus dobleces, atentos, buscando los animalillos de nuestra premeditación, con fruiciones de placer superiores a las que experimenta la mujer hermosa que recorre con sus dedos sensitivos las medias de seda. Nuestro mayor pecado estaba en el goce del examen; agrandábamos el animalillo para asombrar al padre Cerón. El pecado es lo que hace interesante al hombre. El mismo padre Cerón hacía una pausa admirativa en su ronroneo y entornaba los ojos cuando le presentábamos un vistoso insecto; cuando le describíamos sus delicadas alas, sus filigranas en que hacía juegos de perversidad la deleitación. Y nuestras almas se perfeccionaban así en el pecado; allí fue donde aprendieron los veinte tomos de los siete pecados capitales. ¡Qué soberbia en nuestra humildad!: se inclinaban más nuestras cabezas, se hacían más humildes nuestros ojos, pero se erectaba más nuestro orgullo satánico cuando el jesuita separaba de nuestras bocas su peluda oreja, nido de todas las complicaciones e hibrideces de los siete insectos capitales y decía silabeando: «¡Perversidad…!». Sí; nosotros somos los hijos del confesionario; ésa fue nuestra universidad; allí fue nuestro maestro de psicología el Diablo que con su cola prensil hurgaba y revolvía nuestras almas…

Por eso la psicología introspectiva es invento nuestro, invento de los pueblos latinos que se confiesan. Los anglosajones, al suprimir el confesionario, atentaron contra el progreso del alma; acabaron con el taller en donde el espíritu se modelaba y perfeccionaba en la deleitación y en el estudio de sus perversidades.

¿El señor Fabre? ¿Qué vale el señor Fabre con sus insectos al lado de nosotros con nuestros pecados? ¿Qué vale la paciencia del señor Fabre? Este señor llevaba los alacranes a su casa, les preparaba vivienda confortable y durante horas, y días, y meses, los atisbaba con deseo igual al de los ancianos que atisbaron a Susana en el baño.

Por supuesto que Fabre publicó varios tomos como producto de su curiosidad, y de los viejos no sabemos si pudieron sorprender los ocultos secretos de Susana.

¡Oh, tú, lejana muchacha, tú fuiste la mujer perfecta!; tu cuerpo fue, en nuestra imaginación jesuítica, el resumen de la perfección; tú fuiste creadora de nuestra imaginación. ¿Por qué eres hoy tan fea?

Leyendo a los latinos parece que no hayan tenido esfuerzo y constancia. ¡Tan graciosos y agradables son! Leyendo a los alemanes queda uno con la impresión de que trabajaron mucho; le parece a uno contemplar a un hombre que jadea y suda al trepar una pendiente con un gran peso a la espalda, o contemplar a un magistrado que redacta una sentencia.

Con cuánta sencillez, por qué pendiente tan suave iba nuestra imaginación cuando creaba tus labios, oh prima, cuando creaba la fuerza interna que al expandirse hacía brotar las pentélicas curvas de tu cuerpo: panales del Himeto, columnas del templo de Salomón, concavidades y convexidades de pequeños cielos a donde nos agachábamos a llorar, a llorar por nuestros horribles pecados.

De aquí que el vulgo crea más profundos a los alemanes. Nosotros no hemos dudado en prestarle a jóvenes hermosas —toda joven es hermosa y toda fea es vieja— los tratados livianos de Bergson; esas profundidades son cristalinas. Pero a un alemán hay que leerlo en un cuarto oscuro, con luz artificial, en un laboratorio, con cuaderno de notas, etc. ¡Es como trabajar la tierra! Hay que vestirse y prepararse para ello. ¡Pobres sabios alemanes! Para leerlos y para comprenderlos es preciso ser raro, casposo y misógino. ¿Será por eso por lo que aborrecen a las mujeres? ¿Será venganza? No querer a las mujeres es tan absurdo como suicidarse. ¡No querer a las mujeres! Se necesita ser muy alemán para ello. Rojizos; la sangre está como regada debajo de ese cutis y debajo de ese cuero cabelludo rapado y lavado. Caminan tiesos como imperativos categóricos estos jóvenes alemanes que nos llegan con una cartera de prospectos, muestras y catálogos debajo del brazo; son como el deber parado a lo káiser. ¿Qué es el imperativo categórico de Kant? Contemplad a un agente del choricero Bock y lo entenderéis mejor que en los gruesos volúmenes de Kœnigsberg.

¡Los alemanes! Escriben a sus jefes —el director de la casa es como un general— que aquí, en Colombia, no hay sino indios. Son espías; humildes con los superiores hasta el servilismo y déspotas con los inferiores. El gerente de un Banco alemán es un dios rubio, cabeza de algodón rosado; parece el niño que pintan en los avisos del jabón Reuter, ya crecido. El gerente de un Banco alemán hace suicidar a sus dependientes con su tiranía y se arrodilla delante de los miembros de la Junta Directiva. «Se suicidó el contador del Banco Alemán Antioqueño, quien acababa de regresar de Europa, donde pasó las vacaciones. Días después de llegado de Berlín, se encerró en su pieza del hotel y se hizo un disparo de revolver sobre el corazón. Se ignoran los móviles. —Corresponsal. —Barranquilla».

Lo más notable de los alemanes son sus cabezas. No sabemos explicar por qué esas testas afeitadas nos impresionan más que los nevados de los Andes a nosotros, peludos del trópico.

— o o o —

Viajamos de noche, tristes, atormentados ante la idea de la muerte. Teníamos miedo. ¿Por qué tiene miedo don Benjamín? Para averiguarlo buscamos la oscuridad, reminiscencia de la penumbra en que estaba el confesionario del padre Cerón. En la oscuridad se examina mejor el alma.

Nos miramos por dentro y vimos allí confusos sueños, formas de amor, ansias de riqueza y miedo a la muerte.

La tierra está cubierta con la obra del hombre: cultivada casi toda como un jardín; cruzada por caminos suaves por donde circulan la riqueza y el hombre mismo llevados por la rueda, el invento de Teramenes; el agua del mar convertida en un camino; cubierta de templos para adorar y conseguir la amistad de la fuerza oculta; cubierta de fábricas para embellecerlo todo… ¡La cáscara terrestre está labrada por el hombre!

Nos miramos por dentro en el camino solitario y oscuro y pensamos que esta labor sólo es humana, pues ningún animal hace otro trabajo que el momentáneo ordenado por su instinto.

¿Qué vimos en nuestras almas? Que son tres los motivos de esta inmensa obra; que en nosotros hay hambre, amor y miedo. Todos sus trabajos los ha ejecutado el hombre debido a estas tres causas; todo su desenvolvimiento es motivado por ellas.

Estos móviles son también los de todo lo que existe, pero, como el hombre razona, son trascendentales en él.

La vida es movimiento causado por los tres grandes factores llamados hambre, amor y miedo. Todos los demás están comprendidos allí.

Consideremos, pues, al hombre en sus tres aspectos de hambriento, amante y miedoso. Toda la invención y toda la ideología humana caben aquí, en estas tres casillas.

Durante toda su vida el hombre está bajo el imperio de estos motivos; ellos son míticos; todos actúan en los varios períodos de su vida, pero en la juventud prepondera el amor, y en la vejez el miedo a la muerte. Nosotros, entre Aguadas y Pácora, en noche oscura, estábamos en las garras del miedo. ¡Aquel entierro elemental y este Dios escondido que tiene en su poder los destinos de eso que nos abandona cuando los pulmones cesan de ondular! ¿Qué hace el hombre en la juventud? Amar a la mujer. ¿Y qué hace el viejo? Tocar en la muda puerta que separa esta existencia del más allá posible.

¿Qué hemos visto? Hemos visto a unos traficando y a otros sembrando; obraban por el motivo del hambre. Hemos visto a la juventud, hombres y mujeres, mirarse con ansia. «Los caballeros miraban a las damas y éstas bajaban los ojos». Los jóvenes detrás de las mujeres, y éstas felices y fingiéndose perseguidas. Hemos visto en la catedral a los viejos canónigos que movían los labios y producían un sonido de abejas; y vimos allí a otros viejos arrodillados frente a los altares, que se golpeaban el pecho, besaban el suelo y tocaban con los nudillos de los dedos como para que les abrieran la entrada a las bodas de Camacho. Todo eso a impulsos del miedo.

Te vimos a ti, grácil Julia, en un rincón de nuestras almas de treinta años. En la juventud el hombre está principalmente en las garras del amor: o va detrás de las mujeres, o huye de ellas y en noches aterradoras de insomnio, en la celda de un convento, las quiere aún más al disciplinar su carne que cuando iba tras ellas. ¡Irremediablemente la juventud está en las garras del amor!

Estudiar al hombre y toda su obra y mundo interior desde el punto de vista del hambre, el amor y el miedo, es el único método científico.

En el espacio de tierra que rodeaba a un hombre y a una mujer unidos por el instinto de la procreación —esencia rudimentaria del amor—, en ese espacio de donde cogían con qué saciar sus hambres, estaba el origen de las naciones en que está dividido el mundo.

El amor unía bajo un mismo techo a un hombre y a una mujer, y el amor y el hambre unían bajo un mismo cielo a las familias próximas por la sangre y por la configuración de la tierra. El hambre impulsaba a unos grupos a robar a los otros. Así, porque el hombre es amante y hambriento, apareció la familia y la nación; apareció la organización política y todos los derechos. El hombre, al legislar, quiso amparar sus riquezas y defender su amor.

La formación de un pueblo, su desarrollo, sus depredaciones y desenvolvimiento de su religión pueden contemplarse detalladamente en los libros santos del pueblo judío. A impulsos del hambre y del amor se formó la familia de Abraham; el hambre los llevó a Egipto y de allí los sacó y les hizo recorrer la tierra en una carrera centenaria de robos y asesinatos. En este pueblo, el más hambriento, el pueblo de la banca, del anatocismo, aparecen hipertrofiados los tres móviles de la acción humana. La religión, el miedo a las fuerzas ocultas, el miedo a la muerte, aparece allí desde la forma bárbara del Dios escondido que hablaba a Moisés en la zarza ardiente, desde el Jehová terrible que los protegía del enemigo y les regalaba la tierra con la orden terminante de arrasarla, de no dejar ancianos, ni mujeres, ni siquiera animales, hasta la forma superior de Jesucristo. Era tanto el horror de los judíos por la muerte, era tan parecido al nuestro, que la última etapa de su religión fue la resurrección hasta de la carne. Mientras fue un pueblo joven estuvo bajo las garras del hambre, y su dios, Jehová, fue el protector de sus riquezas y el sustentador de ellas; cuando fue un pueblo viejo, bajo las garras del miedo a la muerte, Jehová se transformó en el dulce dios que promete la resurrección y la felicidad eternas.

Estos motivos de la acción humana y sus derivaciones se desarrollan armónicamente.

Allá, en el clan o en la tribu, cuando el hombre estaba dominado principalmente por el hambre, el amor de la mujer era para el luchador fuerte, para el guerrero adornado de plumas; después, para el hombre rico y hábil y para el metafísico que conoce los misterios de ultratumba.

Hace unos cuarenta mil años existía en la tierra un extraño animal. Había vivido en las ramas de los árboles, comiendo frutas; a medida que la tierra progresaba en su consolidación, se iban delimitando las estaciones, y en invierno no había frutas.

Este animal extraño, cuyas patas posteriores eran más largas, bajaba de los árboles durante los inviernos, se apoyaba en los troncos, en posición bípeda, y miraba allá lejos; a veces se percibía en sus ojos un relámpago malicioso; era esto la materia bruta del ingenio de Voltaire. Sus mandíbulas eran salientes, alargadas. Los músculos elevadores de la inferior eran poderosos y estrechaban el cerebro. Con esos labios horribles acariciaba a la amada… Comenzaron a llegar los inviernos y el extraño animal a sentir hambres largas. Impulsado por el hambre descendió de los árboles para alimentarse de carne, para asesinar otros animales.

A través de las inmensas extensiones heladas iba este animal, a ratos en posición bípeda. ¡Contempladlo allí, apoyado en un árbol, bípedo ya…! ¡El hambre, y con él la necesidad de levantarse para percibir desde lejos la presa, hizo que nuestro padre, nuestro venerado padre el homínido, libertara las patas delanteras y las convirtiera en manos! Ya no cogerá con las mandíbulas; desde entonces, por eso, éstas se acortarán, los músculos elevadores de la inferior no estrecharán el cerebro. Por eso nuestro padre está ya listo para sonreír. Ahí está el rostro humano, ahí está la divina sonrisa de Gioconda, ahí está todo el futuro en la figura de nuestro padre cuando abandonó la vida arbórea y se apoyó, parado en dos patas, para mirar más lejos, para huir de la muerte.

¡Apareció la mano! Y la mano libertó al espíritu; libertó las mandíbulas y creó la sonrisa. Ya no serán los labios únicamente los que aman; será la mano, la mano hábil para manejar el hacha, para manejar todos los instrumentos, será la mano la que acariciará en el amor.

Las yemas de los dedos son la parte más sabia del organismo humano; el hambre las creó; el amor las creó; el miedo las creó. Pues el homínido que estaba allí de pies y recostado al tronco de un árbol se colocó en posición bípeda porque tenía hambre, y miedo, y porque amaba. Los inventos del hombre se dividen en dos grupos: para atacar y para defenderse, inventos de hambre e inventos de miedo; en los primeros, ya que el amor es un ataque, están los de la divina brega.

¡La mano! ¡Qué universo tan inmenso de consecuencias fue el invento de la mano! El hacha, el gancho, el cuchillo, el bastón, la palanca…, todo es una prolongación de la mano. Las yemas de los dedos calculan la resistencia, el calor, las curvas… y antes de ellas el amor no era el amor: era un momentáneo acto de fieras. ¡Las mandíbulas! No; los dedos fueron los inventores y son los depositarios del amor. Pensad en la mano larga, estrecha y sensitiva, en la mano de la mujer.

Y el hombre aprendió a sonreír. Dijo Emerson que el fin de la humanidad era crear un rostro apacible y risueño. ¡Qué pensamiento tan completo! Cuando el homínido sonrió por primera vez fue porque de su confuso organismo se había desprendido, especializada ya, la chispa del espíritu. Un rostro sonriente y apacible, pues el fin de la acción humana es quitar el hambre y el miedo, y el hombre que no tiene hambre ni miedo, el hombre perfecto, está apacible. Y porque la inteligencia es el arma suprema, mucho más poderosa que las escamas de los animales primitivos, que la caparazón ósea, que las uñas y los colmillos, y porque ella comprende, el hombre perfecto sonríe y es apacible.

¡Los gestos horribles que haría nuestro padre hace cuarenta mil años! Era una masa animal en que estaban en potencia Emerson, France, este poeta mediocre y agradable…; y toda esta genialidad en potencia bregaba en él por desarrollarse en conmociones más horribles que las geológicas. Esta es la tendencia de que nos habla la psicología zoológica. Pensad que nuestro padre no se podía defender, ni quitar el hambre, ni amar tranquilamente. Era el animal más desamparado, y la chispa del ingenio de Voltaire que a ratos se percibía en sus ojos sólo servía para atormentarlo.

Y por eso, porque fuimos el animal más desamparado, porque fuimos el animal que más hambres y terrores padeció, hemos llegado a ser los reyes de la tierra, pues para la grandeza se necesita una grande escuela de sufrimiento. Es una observación común que los pueblos grandes se desarrollaron en donde la tierra era estéril, en los peñascos en donde se refugiaban los aventureros de los cuatro puntos cardinales, en donde imperaba el hambre y el terror. Un puñado de asesinos hambrientos fueron los que se ampararon en la roca Tarpeya y fundaron a Roma; otro puñado de aventureros se estableció en la roca de la Acrópolis, y allí, en esa tierra «en donde el aire es más sonoro que en parte alguna», en esa tierra estéril que sólo produce cosas bellas, mármol pentélico, olivares, viñedos, apareció la ciudad «coronada de violetas», la ciudad de Palas Atenea, cuya estatua cayó de los cielos, y allí inventó Triptolemo la agricultura. En esa roca apareció la flor más exquisita de la humanidad. Y la causa fue el hambre. En la Laconia estéril, porque sus habitantes sólo podían vivir de la rapiña, apareció Esparta, el heroísmo inverosímil. Y en nuestros tiempos Inglaterra es la reina de los mares porque está en un terrón árido, y así como el homínido se hizo bípedo para atacar su presa, los ingleses se hicieron marinos para robar en toda la tierra. Y los grandes ingenios se criaron en los hogares en donde reinaba el hambre. ¿Qué heredero ha sido genial? Las biografías de los grandes comienzan siempre así, poco más o menos: sus ascendientes vinieron de Inglaterra o de España a causa de la persecución contra los judíos o contra tal secta de protestantes; se establecieron en el estado de Ohio. Su abuelo era un leñador muy pobre que para sostener sus siete hijos…

Indudablemente el hijo del homínido que por primera vez sonrió, o que por primera vez cogió un pedazo de sílex y formó un hacha, debió ser uno de los más hambrientos de aquella oscura época. Para sonreír por primera vez es preciso que haya sentido mucha hambre; que haya cazado, después de una gran brega, un antílope y que, ya satisfecho, haya mirado hacia el poniente y sonreído al sol que moría.

El hambre es la causa de que el hombre arañe y horade la tierra y dé caza a los animales; lo impulsa a la invención de armas para la caza y de máquinas para la producción.

* * *

Pero, ¿cómo nacieron los dioses? ¿Cómo nació el Diablo? Allá, en las remotas edades en que nuestra mente era pre-lógica, cuando el hombre no estaba aún familiarizado con el principio de causalidad y en que cada fenómeno se producía por una voluntad oculta e inherente a las cosas, el hombre creó un monstruo, una divinidad monstruosa, que se llamaba el Tótem.

¿Quién era? Era la fuerza inmanente esparcida en los seres, el mana de los australianos y el ka de los egipcios. Era una fuerza, una voluntad, esparcida en todo; era lo que hacía germinar, lo que destruía, era la muerte y era la vida. Era una divinidad monstruosa. Allí estaban el Dios y el Diablo, que aún no se habían especializado en la figura benéfica y venerable del uno y en la atormentada y maligna del otro. Dios y el Diablo eran una sola persona, eran el Tótem de los clanes. Este Tótem causaba las muertes y las guerras; hacía productiva la caza, vencía al enemigo, alejaba la desgracia. El dios de los primeros hombres era también el diablo; era la fuerza que crea y la que destruye; la energía que hace germinar y la que produce la muerte. Al cabo de muchos años se individualizó el dios en forma de fetiche. «En medio de las chozas —dice el profesor Moret, y se trata ya de agrupación sedentaria y que tiene, por consiguiente, útiles para la agricultura— se eleva un edificio de tierra amasada y trabada con materias vegetales, no sin ciertas pretensiones arquitectónicas, cuyo perfil anuncia lo que será una Naos de la época faraónica: primer esbozo de templo, lo mismo que el fetiche es la primera manifestación de un dios provincial».

Sí, indudablemente, el dios individualizado sucedió al dios que era la fuerza vaga, universal, destructora y creadora.

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Sonó un grito de alegría en la noche. Ya comenzaba a sonreír esa despeinada muchacha madrugadora que llaman la mañana, cuando sonó este grito de alegría. En esa noche en que nos mirábamos por dentro, guiados por el miedo a la muerte, habíamos encontrado el origen del Diablo; vimos nacer al Diablo y vimos también sus gateos monstruosos por la helada tierra prehistórica. ¡Por fin teníamos una idea nuestra, sólo nuestra!

Antaño estaban en el mago el sacerdote, el médico, el legista. También en el Tótem estaban el bien y el mal, la fuerza destructora y la creadora.

El progreso no es otra cosa que especialización, y así como el médico es una derivación especializada del mago, asimismo el Tótem se dividió en dos: Dios y el Diablo.

Los datos históricos comprueban nuestra teoría. Luzbel, según los judíos, era el alter ego de Dios; era la persona que estaba a su derecha; era la mano de Dios, tan poderoso que promovió en el Cielo una revolución más terrible que las mejicanas.

Los antiguos, todos, hacían sacrificios humanos a los dioses, para aplacarlos: estos son indicios casi necesarios de que Dios y el Diablo eran uno mismo.

Pero el progreso humano todo lo especializa. Las fuerzas destructoras, el mal, fue concretándose poco a poco en el Diablo, hasta personificarse en esta figura negra, interesante y de rabo prensil que es el dios de los pecados capitales.

También fue concentrándose toda la idea de bien en la figura de Dios. Al principio todo era una inmensa masa ígnea y de ella fueron separándose los astros. También fue el hombre primitivo una inmensa masa de genialidad en potencia de que fueron separándose poco a poco las facultades especializadas, y el Tótem fue una inmensa masa de miedo, inmensa masa de lo desconocido que se dividió en dos reinos, el Cielo y el Averno. Porque todos los dioses de los pueblos y todos los diablos de la tierra han tenido sus ministros; en todos los olimpos hay innumerables semidioses ejecutores.

El Tótem apareció porque el hombre ignoraba el principio de causalidad, y eternamente existirán Dios y el Diablo, porque jamás el hombre llegará a conocer todas las causas.

Pero Colombia es el país del Diablo. Porque aquí se cree más en él y se le teme y ejerce oficio trascendental. Es el rey de los Andes. Colombia de hoy es un clan resucitado. Por todas partes, en los pueblos tristes, en los caminos retorcidos, en las selvas y en los puentes se percibe a este ser omnipotente. ¿Podrían existir el cura y el partido conservador si el Diablo no estuviera aquí, si no fuera con ellos condómino del país? Vimos al Diablo en los ojos tristes de amor insatisfecho de las niñas de Aranzazu y de Pácora… Esos ojos melancólicos, empapados de amor y que reniegan del amor y de sí mismos porque saben que en ese vago sentimiento y en esos hermosos ojos está el Diablo. Lo vimos o lo sentimos en los caminos, al anochecer y cuando se desvanece la noche, en el silbo del pájaro solitario. Y al pasar los puentes sobre los torrentosos ríos percibimos el eco de los pasos de Mefistófeles. Leímos las inscripciones que ha dejado en los puentes. También se ha visto al Ángel rebelde atormentar a los pocos que no han obedecido al cura, a los liberales… Pobres seres ignorantes, que creen más aún en el Diablo que los conservadores y a quienes ese elemental deseo de distinción llevó a la rebeldía. Allí está el caprípedo al pie de sus lechos de moribundos conversos; mueren con lágrimas y contorsiones aterradoras y sirven de tema el domingo siguiente para la plática dantesca: es un paralelo entre sus impías vidas y sus muertes ejemplares.

En nuestra aldea, allá en nuestro Envigado, nos atormentó la niñez la tumba del suicida liberal Burgos, que murió impenitente y cuyos huesos reposan en el muro sur del vetusto cuadrilátero de cipreses, en el lado que da a un platanar. Allí se apoderó el Diablo de su cuerpo, el Diablo convertido en musicales y dulces abejas angelitas.

¡Pobre país, país de miseria, país del Diablo, país negroide, indio, español, sin rumbo y sin conciencia aún! ¡Pobre país en que son condóminos el cura, el bachiller y el Diablo!

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El Diablo es el gamonal de los pueblos antioqueños. Estos son caseríos edificados en las cimas de las cordilleras o tendidos en la vertiente. Para llegar a ellos desde otro hay que bajar a un río, a la cortada que el agua ha hecho a los Andes juveniles y altos, caminar por la hondonada, atravesar un puente y subir casi gateando hasta la cima del otro repliegue.

Cuando el viajero va descendiendo, o mientras trepa la vertiente opuesta, contempla cascadas, casuchas inverosímiles puestas en los desfiladeros, semejantes a los cromos que hay en las cantinas de las aldeas; árboles inmensos entregados a la lascivia de las trepadoras; hermosas praderas; sembrados de café, plátano y maíz. ¿Qué hay en la tierra más hermoso que el sietecueros florecido o el carbonero somnífero? Cuando el viajero transita por la orilla del río huele la tierra caliente, a pará, a yerbas abrasadas por el sol. Por allí, al ruido de sus pasos, huyen los lagartos rapidísimos y tornasolados, y se oye el canto de los carriquíes. Arriba, cantan la mirla y el sinsonte, y en las revueltas lóbregas del difícil camino de la montaña sorprende al viajero el silbo burlón, casi humano, del pájaro solitario. Estas aves son de plumaje oscuro, y las de la orilla del río de plumas verdes y rojas, como si hubiesen absorbido toda la luz. Desde la cima se perciben los nevados; son de curvas graciosísimas, semejantes a los senos de la amada en el Cantar de los Cantares.

* * *

Sí; Lucifer, el que lleva la luz, Luzbel, luz bella, era la mano derecha de Dios, y se convirtió en Belzebuth, en el Diablo, que significa calumniador. Se apartó de Dios todo el mal.

¿Cómo sucedió esto? Fue una evolución histórica, como todo en la vida. Los nombres del mal son los mismos de los dioses rivales; todo el mal se atribuía al dios vecino, y todo el bien al propio. Así se fue creando en los pueblos absorbentes la figura del Diablo, mediante una mezcla de caricaturas de los dioses enemigos.

Pero, ¿de dónde vino el chic al maestro rabudo? Le vino de aquellos tiempos oscuros, cuando renacía la luz, Renacimiento, cuando los dioses griegos, desnudos, blancos y tentadores, fueron desenterrados del lodo en que los habían hundido varios años de barbarie; un lodo pseudomístico semejante al de nuestro país. E il diabolo!, gritaban los curas al ver aquellos mármoles en que la eigeia superaba a la vida. Así fue como el maestro rabudo se convirtió en Apolo y Minerva, Neptuno y el ventripotente Baco. Hoy es una figura interesantísima; es el que induce a las muchachas a renegar de las faldas largas y de las telas gruesas; es el maestro de las curvas vibrantes; es el instigador de las comprobaciones y de los descubrimientos. Le aplicamos el adjetivo interesante que se aplica también a los políticos audaces y a todos los aventureros.

Desde León XIII la Iglesia brega por arrebatarle al Maestro el reino del amor, de la literatura, la estética, la ciencia y el arte. No lo ha obtenido. De la Iglesia es el amor legal, venerable institución, por cierto; la ciencia académica, la de los hombres de ochenta y nueve años; el arte de las estatuas vestidas. La ciencia absorbe todo el tiempo de los sacerdotes sabios: están ocupados en amoldar las imprudentes historias bíblicas a los descubrimientos de Belzebuth.

¡Las estatuas y pinturas vestidas! ¡Qué desilusión fue la nuestra cuando hace veinticinco años le alzamos el vestido al intrépido Pablo de Tarso allá en la sacristía de la iglesia de nuestro pueblo y vimos que su cuerpo era un tablón de madera ordinaria! Comenzó así lo que ha llamado nuestra anciana tía la pérdida de nuestra fe. Desde entonces no creímos en los santos de Envigado.

Igual desilusión sufrió Raimundo Lulio cuando su amada le mostró, para apaciguarle el ardor bélicoamoroso, un seno canceroso. El dejó de creer en las mujeres y se hizo monje. Nosotros le perdimos el miedo al brioso Pablo; le perdimos el respeto y nos hicimos jefes liberales en nuestra aldea. ¿Cómo no? Pablo debía tener un cuerpo membrudo y peludo, ¡y era un tablón insubstancial!

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Allí está Aranzazu, el pueblo más pueblo; se le aparece al viajero que va para el sur, repentinamente, cual hilera de jaulas sostenidas en guaduas. Las piedras de sus calles son muy duras para los pies cansados. Por la calle larga y tortuosa se oye el acompasado martillo que cae sobre el hierro de las herraduras en la fragua; caras sonrosadas y curiosas se asoman a las ventanas, que son de madera viejísima y sin barniz, como los restos de los ataúdes en su camposanto, y a la salida se aparece, también repentinamente, el cementerio; todo él se domina desde el alto en donde termina la calle tortuosa. Es una pendiente regular, cubierta de cruces e iluminada por el sol mañanero. Allí terminan esas vidas pueblerinas, que tuvieron apenas unos cinco incidentes; esas vidas sencillas, atormentadas por el Diablo y por la vecindad de este solar de los muertos. Aranzazu es toda la idea de pueblo y nada más que la idea de pueblo, y su cementerio es la perfección de la idea de cementerio.

En Aranzazu el amor no es otra cosa que unas cuantas figuras para disimular la procreación; lo mismo el nacer y el morir. Allí se encuentran los actos elementales y el egoísmo íntimo del animal. En estos pueblos andinos que cultivan el café, en donde no hay baños, en donde cada mes o meses van las mujeres al verde y dulce remanso de la quebrada y los mozos a atisbarlas por entre el rastrojo, hay un déspota que sirve de elector, mediante el púlpito y el confesionario. Y esos vivientes sencillos van a votar por los hidrocéfalos que han designado los obispos. Votan, porque allí, en el cementerio, está el Diablo esperando a los liberales.

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Aquel día fue el de las aventuras. Se nace aventurero; las aventuras están dentro de nosotros y se realizan. Por dentro llevamos la carreta de nuestras vidas. Un bobo puede recorrer toda la tierra y nada le sucederá; pueden haberlo fusilado en México, y nada le habrá sucedido. Aventurero es aquel que realiza su corazón por el mundo; el tipo lleno de vida que crea las circunstancias y cuya llegada produce una transformación del ambiente.

Aquel día vimos nacer al Diablo y seguimos sus gateos monstruosos, su juventud inquieta y su madurez elegante. También encontramos al míster. Este desempeña un papel importantísimo en nuestro país. Somos el pueblo que toma dinero a mutuo, con interés; somos el pueblo nuevo que sólo ha aprendido de los civilizados a beber whisky, a comer carne en conserva y a vestirse como en París. Y el míster nos presta el dinero y nos vende aquellas cosas.

Míster es todo el que tiene los ojos azules, no sabe espolear la mula, ni arreglarle la barbada al freno. Es un rey en la fonda; los arrieros lo tratan con cuidados femeninos y algo irónicos. ¿Preguntáis por los árboles, aves e insectos? Sois entonces el míster.

Sol abrasador, y subiendo esa pendiente abrumadora de las Coles nos encontramos al míster parado en mitad de la pendiente y del sol que derretía su redonda cara de mantequilla sin la raíz de un pelo para servirle de sombra. La mula, con su enorme carga, unos hatillos repletos de muestras de mortadela, a su lado, y el arriero envigadeño con esa voz que reserva para ellos, le contestaba: «Si le doy palo, míster, se echa». Así viajan desde Pasto hasta Puerto Berrío, como los patos desde el Canadá hasta la Patagonia; y como los patos, algunos se quedan desbandados. Se casan con una colombiana que a los pocos días olvida el español y no aprende el inglés, recitan nuestros refranes sucios y beben aguardiente.

Llega el míster a Manizales y a los pocos días, a las cinco de la mañana, salen tres jumentos con cargas de mantas, conservas y rollos de películas Kodak; detrás va el míster, con anteojos verdes, guantes de lana, botas de cuero y en el bolsillo media libra de manteca de cacao. A su lado el técnico paramista de Manizales, quien la víspera dio al míster la receta de sus provisiones:

«Una caja de ampolletas de nitrito de amilo; cinco pares de panela; mortadela, salchichón, salmón, en grandes cantidades; un frasco de yodo y una cuerda fina de doscientos metros».

Siempre dice el míster, la víspera del viaje, que él es muy buen alpinista. No sabe que afirmar esto enfrente de los Andes es lo mismo que jactarse de buen amador quien sólo ha querido rubias anglosajonas ante una de esas venus negras del valle del Cauca. ¡Vea usted que hay diferencia! El buen alpinista sólo se acerca a la nieve perpetua y el buen amador se quema en ese horno babilónico.

A los cuatro días regresa con sus conservas intactas, con los labios abiertos por el frío —como flores de frailejón— y con doscientos rollos impresos por la nieve. ¡Pobre míster alpinista! ¡Alpes civilizados, tibios, con ferrocarriles! Escribe a su casa: «Aquí no hay caminos». Y apenas acaba la carta se embadurna de manteca de cacao los labios, las narices escamosas y otras partes más sonrosadas de su cuerpo de míster.

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Oh, señor Diablo, maestro rabudo y tortuoso, no nos atormentes en esta vida ni en la hora de la muerte. Así sea. ¿Sería el Diablo, o sería el trasnocho lo que nos tenía tristes, sentados en la plaza de Salamina? Nos preocupaba la idea de que el Diablo fuera a vengarse de nosotros dejándonos en el corazón ese sentimiento que teníamos de absoluto desconsuelo. ¿Serían los carboneros somníferos?

Las plazas de los pueblos no son sino agradables. Allí se vive despacio porque no hay acontecimientos y el tiempo dura mucho cuando pasa sin emociones. Cinco o seis odios y prejuicios tan grandes y perennes como los cinco o seis carboneros, yarumos y cedros de la plaza: esa es el alma tranquila de sus habitantes, el boticario, el cantinero, el cura. Se parecen a la plaza sus vagos y dormilones habitantes. En ella se destaca la iglesia penumbrosa, consonante del confuso misticismo del boticario. Las puertas del «marco de la plaza» están atravesadas por una cinta grasienta, a un metro de altura. La formaron el boticario y sus amigos al voltear su cabeza para contestar al contertulio sentado a su lado o para mirar al transeúnte. Las mujeres carecen de este placer de ir a las tiendas de la plaza. Van a la iglesia, a nada, a sentir correr sus vidas insípidas. ¿Insípidas? No; el cura es todo para ellas. Cuando se lo llevan a otro pueblo, lloran…, pero el día en que llega el nuevo, recién ordenado, con hebillas de plata en los zapatos, oliendo a sacristía, es igual al día en que se echa el toro en la vacada viuda. Caminan hinchados de orgullo y revolviendo la capa, en actitud de cobijar al país…

El viajero goza mucho; es motivo de curiosidad y de amor; es un acontecimiento, pero sólo durante ocho días; desde entonces comienzan las plazas a apoderarse de su espíritu. Después de vivir dos meses allí, sólo quedan en el alma cinco o seis odios.

* * *

El Diablo, el cura, el bachiller, el míster, el arriero y el mendigo. Ahí está nuestro país.

El arriero del buey es apacible, y el de la mula es renegado y violento. Se les ha contagiado el carácter de sus animales. Va el buey lento, pero siempre igual y seguro como un metafísico alemán; es la mula, híbrida maliciosa que se finge cansada y que aprovecha el primer descuido para desviarse a pacer o para echarse en el camino. De ahí los gritos y maldiciones que llenan el sendero colombiano. Afirma el arriero que la mula no camina si no se la dice puta y otros improperios sonoros que debían ser alabanzas, porque ellos han acompañado nuestro progreso lento.

* * *

El mendigo. Así como Aranzazu es la idea de pueblo, el mendigo únicamente es perfecto en nuestras montañas tristes y pobres. Mendigo el vestido; mucho más mendigo el cuerpo y mucho más el alma. Todo él está flaco; lo único gordo, sonrosado y satisfecho es la pierna ulcerada que esgrime con la seguridad y aplomo de un espadachín. Entre esta gente nuestra, dura y pobre, la compasión está lejos, muy honda, y por eso el mendigo apela a medios heroicos. La llaga en la pierna arremangada; la llaga de bordes gruesos, definidos, sin transiciones, puesta ante el transeúnte como revólver contra el pecho, y las imágenes de santos, las medallas que venden los franciscanos, colgadas del cuello. La úlcera y la religión son los instrumentos de su trabajo.

Por las revueltas del camino de Santa Bárbara encontramos al mendigo típico. Se había construido en un recodo, en donde lo toparan repentinamente los ojos del viajero, una guarida compuesta de techo de paja sobre cuatro estacas; encendió treinta velas al lado de treinta imágenes de santos, desnudó su pierna despellejada. No pedía. Rezaba y miraba a los transeúntes con ojos inexpresivos y espantosos, pues cuando algo es sobrehumano se confunde con lo inexpresivo.

No es humilde; domina a los hombres; les recuerda que son podredumbre. Sabe que se da limosna porque se sufre al sentir la posibilidad de la miseria y se goza al dar. Por eso, el mendigo cree que hace un favor a sus semejantes al proporcionarles manera de contentarse, de tranquilizarse y de ganar el cielo; está convencido de que, así como por medio de Judas se salvó la humanidad, él es un instrumento de santificación.

Sus barbas son escasas; ocho o veinte pelos en el mentón delgado y agudo. Pelos lacios y detrás de su voz humilde se percibe a la fiera: orgullo y desprecio infinitos. Al escuchar la voz apagada en los caminos solitarios, se comprende que de esas bocas desdentadas puede salir la orden militar: la vida o lo que lleva.

Nadie es más cruel y perverso; habla y obra siempre como dulce, bueno y humilde. Toda la maldad humana está comprimida y acumulada en él. ¿Qué sería de la serpiente si no gastara su veneno mordiendo las raíces de los árboles?

Es avaro. Sabe que el dinero es el dios de la tierra.

No tiene amigos; para eso hay que ser sincero y generoso y el mendigo no puede serlo. ¿Ha oído alguien que un mendigo tuviera amigos, o que se hubiera enamorado, o que hubiera sido heroico? Entre los mendigos no hay sino mendigos. No se unen; no profesan ideas; son los verdaderos individualistas y capitalistas. Tampoco matan, ni roban. Todo está en ellos en potencia; son la personificación de la fuerza en potencia, y mueren cerca al montón de centavos recogidos en compañía de las moscas.

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Abajo de Aranzazu se enojó don Benjamín con el filósofo de Abejorral, con el manso caballo blanco, porque lo depositó muy suavemente en un pantano. Le dejó caer una lluvia de azotes y de adjetivos.

En el amor y en la amistad son necesarias las peleas violentas, pues la vida común con el amigo o con la amante trae pequeños roces, discusiones, malos entendimientos, pretendidas ofensas que se van reconcentrando en el subconsciente en forma de irritabilidad contra el amigo o contra la amada. Tiene uno, por decirlo así, desquites que aún no se han efectuado. Quien es ofendido y no ofende, guarda el veneno y se intoxica con él. A toda acción debe corresponder necesariamente una reacción, y si ésta es contenida, se hunde en lo subconsciente y permanece allí en estado latente. Resulta que en el alma de los amigos o amantes hay reacciones acumuladas, en potencia, que principian a manifestarse en forma de antipatía, de odio, y que por ese camino lento no se satisfacen completamente. Por eso es precisa la riña en que se gasta todo el veneno. En la pelea rápida se consume toda la amargura y viene la reconciliación.

Describamos este capítulo de psicología: vienen unos días de mirarse torvamente los amigos o los amantes; se hablan de modo hiriente, se contradicen; son momentos de vida fastidiosa para ambos y de cuyo desagrado se inculpan mutuamente. Cualquier ocasión es buena para que se rompa el dique de la voluntad frenadora; ambos se arrojan los motivos de ira, se ofenden, o sea, quitan el hambre a las reacciones insatisfechas. Viene la reconciliación, a menos que alguna injuria atroz durante la riña la haya hecho imposible. Sucede entonces una deliciosa ternura, un estado de hipersensibilidad, sentimentalismo o embriaguez. Sigue una nueva amistad más intensa para acabar en otra crisis. Estas son los mordiscos de la serpiente en cualquier objeto para librarse del veneno que lleva en sus colmillos.

Nuestro caballo no guardó rencor a don Benjamín. Hay en todo organismo un poder defensivo de las injurias, así como hay en fisiología otro para las enfermedades y heridas. Es uno mismo; el alma tiene grandes fuentes de reserva para reponerse de los fracasos anímicos; se llama la facultad del olvido, y ella hace al hombre más o menos poderoso. Los superhombres cicatrizan pronto sus heridas y no conservan recuerdo de ellas; los débiles recuerdan intensamente, reaccionan en el sentido del odio reconcentrado. Estos débiles son, unos, soñadores que a los choques afectivos responden aislándose de la realidad, por medio de la formación de un mundo ideal, a su amaño: allí viven y allí olvidan la vida práctica que no pudieron resistir. Otros son irritables, orgullosos, y reaccionan a los fracasos de su pretendida capacidad dominadora, por medio del enfurruñamiento.

El hombre que odia y se retrae en sí mismo, es porque tiene pocas reservas defensivas; es un organismo próximo a la muerte. Se puede odiar con tal de que el odio sea activo; en todo caso, la riqueza del organismo se conoce en que responde a todo con la actividad; pretende adaptarse siempre.

Las naturalezas débiles reaccionan rompiendo con la realidad. De ahí que el organismo que no crece, decae; de ahí que las naturalezas nobles se levanten más alto mientras más fuerte sea la caída. Aquí está la fuerza inconsciente en donde reside la esencia de la vida: el poder curativo del alma; el poder cicatricial; la divina facultad del olvido.

¡Oh, divino poder cicatricial! Tú haces que el hombre y nuestro compañero no se desorganicen por los golpes de la vida y de don Benjamín. Tú haces que aquel que pierde la madre o la amada ría al poco tiempo de haber llorado ante la tumba. Si tú faltas, el hombre sigue creciendo en tristeza y desespero y se desmoraliza rompiendo su contacto con la realidad.

¡Poder regenerador! Este es el mismo que hace crecer el óvulo desde que es fecundado. Tú eres el vis vitæ. La misma fuerza que da principio al organismo sigue conservándolo en sus roces con el mundo exterior.

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En esta tierra de los yarumos blancos, en este «Alto de las Alegrías», hemos pensado que al alejarnos del estrecho valle del Aburrá nos hemos vuelto trascendentales; el hombre gordo de Medellín, acariciándose la esfera llena de raíces y tubérculos, dirá que nos hemos vuelto materialistas.

No; hemos querido hacernos a un acopio de principios que sea nuestro bagaje por el camino de la vida; queremos adoptar una posición vertebrada ante el terror de la muerte. ¡Pero no lo conseguiremos! Hay indicios de que algo supremo, la armonía suprema, nos llama más allá de la tierra. Aquel pobre diablo agradable que se llamó Montaigne murió de rodillas y arrepentido, después de haber vivido bregando por reírse, a causa de estos leves indicios… ¡Y qué historias tan desagradables han inventado acerca de la muerte de François-Marie Arouet!

Algún día moriremos… ¿No será posible adoptar una posición decente para morir? Hagamos un paréntesis y hablemos de la muerte. Es propio del que está lleno de vida olvidar la muerte; es don de nuestra especie, y quizá de toda existencia, el sentirse eterna. Nosotros, el animal racional, sabe que morirá, pero no siente, no se acuerda, no cree que morirá. Y es natural y explicable, pues un lugar de llanto sería esta tierra si tuviéramos conciencia de la muerte. No se cumplirían, entonces, los deberes y finalidades de la vida, que son la felicidad. ¿Qué son unos ejercicios espirituales de San Ignacio? Consisten en traer a la conciencia la idea de la muerte, y lograr así vencer la vida compuesta de amor a la carne, compuesta de las sutiles sensaciones de los cinco sentidos. En el «Alto de las Alegrías», bajo los yarumos blancos, cuando el sol descendía al Pacífico sin afanes, y cuando la tierra estaba tibia como virgen casta, y el viento hacía temblar las yerbas sensualmente y nos traía olores de todos los montes lejanos, nos acariciamos nuestras futuras barbas; echados allí en decúbito supino, y luego abdominal, y luego lateral, como el animal perfecto, sobre la tierra, para establecer el contacto con ella, que es todo lo real, que es nuestra madre y será nuestro sepulcro, cuna de nuestras transformaciones, nos acariciamos las barbas y filosofamos…

«Mamemos, don Benjamín, la energía terrestre; abracemos a nuestra madre; como el semidiós griego, echémonos sobre la tierra para renovar nuestras energías».

Estaban secos nuestros espíritus como cañas de azúcar exprimidas entre los cilindros. Esperemos que el espíritu recoja, como las glándulas mamarias. Nuestras ideas son de la tierra, así como la miel de los panales es elaborada de sus frutos. Nihil in intelectu quin prius in sensu.

¡Oh, madre querida, sed suave para nuestros cuerpos cuando los coloquen dentro de tus entrañas en decúbito y para siempre…!

¿Qué nos urge? Dejemos henchirse nuestros pulmones y que por la columna vertebral pasen las corrientes magnéticas de la tierra; somos, y ella lo es también, solenoides. Lo único nuestro es el instante que pasa, ese que se alejó ya galopando cuando lo percibimos; ese instante es también la fábrica de nuestro futuro y es hijo de nuestro pasado; pero sólo él es nuestro.

Filosofemos aquí, en donde hay yarumos blancos. Aquí hemos sentido, hemos vivido la verdad de que el hombre se ama a sí mismo con amor tan grande como es su vida; que todo ser vivo es egoísta en cuanto vivo, o sea, que el amor propio ocupa igual espacio que la vida. Esta es inseparable e inconcebible sin aquél.

¿Amamos a los otros seres? En ellos nos amamos, y si a alguien odiamos o despreciamos, en ese desprecio u odio nos amamos.

La vida es fanatismo; es medir con la medida del que mide; nuestra propia vida nos sirve de vara.

Ganar el cielo, ganar dinero, ganar placer de los sentidos o de las tendencias psíquicas: eso es lo que buscamos en el altruismo o en el egoísmo. El asesino goza destruyendo, y el compasivo tiene su goce allí; cada ser es lógico, produce los frutos a que está destinada su savia, o mejor, cada ser es desarrollo en el espacio y en el tiempo de una unidad determinada, única y eterna. Lo que ha sucedido y lo que sucederá estaba latente en el primer instante de la vida. No hay pasado, ni presente, ni futuro. Al exponer esta grande idea de la unidad, cesa la antítesis entre el bien y el mal. Los adjetivos tienen su origen en nuestra limitación.

La vida es una unidad; si aislamos un hecho psíquico, lo desnaturalizamos; la vida no es fragmentaria. Nos parece fragmentaria porque la conciencia es apenas el retrato de una partícula de ella, la más saliente, pero no la principal de nuestro vivir, de nuestro devenir. ¿Hemos experimentado esta emoción? Sí; pero ella es la cresta de una de las olas del mar interior. En éste, todo es uno, no se puede concebir una parte sin el todo.

Vivimos buscando el goce. La quintaesencia de la vida es moverse en busca del placer propio a cada uno. La vida puede definirse así: movimiento en busca del placer. Es movimiento en busca de lo que nos hace falta; es la tendencia de lo imperfecto hacia lo perfecto.

Aquí llegamos a tener una vislumbre de Dios. Por cualquier punto por donde comencemos a filosofar se llega a donde se perciben luces de una unidad que alumbra como lejano sol; emanaciones de la unidad perfecta.

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Acostados bajo el árbol frondoso, meditamos acerca de la energía. Somos depósitos de poder, así como la naranja es dorado globo repleto de jugo. Y se debe obrar siempre, y pensar siempre, de manera que la acción y el pensamiento no consuman toda la fuerza, y de manera que se nos vea a todas horas en actitud de economizadores.

Muchas veces hemos dilapidado nuestra energía como caballo brioso o como joven pródigo. ¡Qué ridícula es la figura del hombre flácido, agotado!

La belleza no es plástica; es interna y expresiva; es la fuerza que está dentro y que emana, que se expande en las formas. En las estatuas griegas palpita la energía interna; por eso los griegos creían en el Daimón. La salud es belleza, y ésta es prometedora. Por eso es bella la vida, y por eso la juventud es bella: porque prometen y ascienden. La belleza es peligrosa para el que la contempla, si no es un sabio de la contención; si lo fuere, es educadora y causa de emociones ricas en perfeccionamiento.

Únicamente obra con fuerza el que lo hace de modo que el acto esté acorde con su conciencia; esto no quiere decir que haya una verdad y que la fuerza esté en ella; significa únicamente que se le infunde vida al acto que emana de nosotros, al que es nuestra verdad. El que asesina, creyendo que lo debe hacer, obra enérgicamente. Todo lo que es lógico es bello.

En la ley está la energía. La ley es todo. A Dios se le debía llamar Ley. Esta es el lindero de nuestra vida.

El destino es la ley que nos limita. ¿Podemos subir y hacer cada vez superior nuestro destino? Quizá con la contención. Esa es la esencia de las doctrinas de los superadores, tales como Siddharta Gautama y Jesucristo. Regado en todo está el poder, así como el platino lo está en algunas partes de la tierra, y podemos absorberlo de las cosas, como se chupa una naranja. Los libros son depósitos de poder; también los hombres y los acontecimientos. Lo malo está en que la ciencia de nuestro siglo es descriptiva, impersonal; debía ser humana, relacionarse con el poder del hombre.

No encontramos a quién visitar; no hay sino homúnculos en esta tierra nuestra. ¿Quién ha querido superarse, quién ha vencido una sola pasión, siquiera una pasioncilla? Emerson recorrió la tierra para conocer a los hombres que habían absorbido el jugo de la naranja vital y se habían superado. Nosotros sólo vimos al animal hombre, al que obra por reflejos. ¿Dónde está el atormentado que renegó de su carne, que maldijo su limitación y que lanzó la flecha del anhelo para superarse?

Más hermoso que la montaña alta; más conmovedor que la mañana pletórica de tibieza, es el espectáculo del hombre grande.

El hombre grande es el que está descontento de ser el animal que suda, digiere y tiene hambre; en su cuerpo, feo siempre, ha dejado el tormento de la inconformidad la desarmonía que hizo decir a Bacon de Verulamio que no había belleza sin cierta desarmonía en la proporción de las formas.

¡Pero no vimos sino homúnculos que roban!

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En Armenia vimos morir a un lejano amigo de la niñez, llamado Cipriano; él aparece en todos los puntos de nuestra primera vida emotiva e intelectual.

Antes de especializarse el mal en las figuras del Diablo y del Infierno, el hombre moría tranquilamente, como se apaga una luz. Comenzaba a surgir el sol como si lo pariera la montaña cuando murió alegremente el Emperador Juliano; otro Emperador se hizo arreglar la barba y dijo que la comedia había terminado; un César murió de pies, y la muerte de Sócrates fue como la del sol en verano. Desde hace unos mil setecientos años la muerte se convirtió en un brebaje muy amargo. El Papa Alejandro VI veía al Diablo: «E il Diabolo!», exclamaba durante las últimas contorsiones. Desde hace mil setecientos años el moribundo expresa frases tristes y tiene remordimiento por haber vivido plenamente la vida; en la última hora sólo se aprecian los actos ejecutados en contra de la carne, de la vida fisiológica. Se han cambiado los valores máximos, y el criterio para apreciar las acciones es la muerte. Ya no se puede vivir conforme a la naturaleza; ¿hay antinomia entre esta vida y la que puede suceder? ¿Será nuestro deber contrariarnos?

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Hace poco se establecieron en Manizales los jesuitas. El jesuita es el hombre de la regla; el hombre que disciplina su inteligencia y sus pasiones; el hombre interesante; en algún sentido es el hombre superador que buscamos. Las normas de San Ignacio para unos ejercicios espirituales y para una vida son método científico y completo para hacer del alma lo que la voluntad desea. Viven los jesuitas conforme a normas preestablecidas para cada uno de sus segundos, y todos sus actos, todas sus abstenciones tienen por finalidad controlar la carne y el espíritu, doblegarlos, esclavizarlos, para llegar a ser una obra de arte, un hombre perinde ac cadaver.

El hombre de la regla es el interesante.

¿Cómo pueden serlo los conformes, los que no inhiben sus pasiones, los que vibran reflejamente a toda solicitud? El hombre de la regla va cincelando día a día, en noches de insomnio, en luchas interiores trágicas y durante toda su vida, su alma conforme a su ideal. Y estos Ignacios quieren ser parecidos a la imagen que tienen de Jesucristo.

Los amamos y los admiramos: de entre ellos salió François-Marie Arouet, y nosotros vivimos con ellos.

Fuimos, pues, a visitar a los jesuitas; allí estaban algunos de nuestros antiguos maestros. Entramos y toda nuestra niñez y primera juventud se nos representó avasalladoramente al sentir en nuestra membrana pituitaria el olor grueso, como lo es el de los panales de las colmenas, de que está impregnada siempre la vivienda de San Ignacio. Nosotros somos olfativos; la membrana pituitaria allá, extendida entre las fosas nasales, mucosa y con infinitas ramificaciones sutiles del nervio olfatorio…, ¡qué cosa tan deliciosa es la membrana pituitaria! Para recordar los pecados, por ejemplo, nosotros olíamos; por eso, siempre conservábamos un fragmento de la ropa o de la cabellera (¡aquellas cabelleras de antaño en que se ahogaba uno!), y cuando llegaba el momento del examen de la conciencia, en el rincón del confesonario reburujábamos los bolsillos y olíamos. ¡Era como reburujar la conciencia! Se nos aparecían vivos, palpitantes, nuestros pecados, esos sueños prolongados como un mar soporífero.

¡La membrana pituitaria y aquel olor grueso del claustro! Recordamos, revivimos a nuestros maestros y confesores: el padre Urrutia, de ojos vivos, cruzados en su mirar como dos espadas y que leía a Shakespeare con recogimiento; el padre Torres, cuya rama de bambú era una prolongación de sus manos sensitivas, femeninas. «Los ángulos del triángulo son iguales…», decía con voz armoniosa, mientras acariciaba a uno de nosotros con aquella rama de bambú que era como un largo nervio hiperestesiado; el padre Sarmiento, varonil, de sonrisa maliciosa y lenta y que hablaba un inglés inverosímil. Pero el que más influyó en nosotros fue el padre Quirós, flaco, limpio, pausado y agradable en toda su persona. El sudor de sus manos tenía la propiedad de abrillantar los metales. Manoseando el reloj delgado como una hostia, o las llaves del infierno, exponía esa complicada composición escolástica de los seres: materia prima y forma sustancial… Sus dientes eran largos y gruesos, blanquísimos, y las encías, muy grandes y muy sanas. ¡Qué curioso! ¡Era el director del infierno! En el infierno de los jesuitas están los buenos libros prohibidos; es la biblioteca de los libros buenos. Así continúa el Maestro Voltaire viviendo con los jesuitas, pero… ¡en el infierno y en compañía del agradable padre Quirós!

Todos vosotros, queridos maestros, estáis en nuestras membranas pituitarias. ¿Cuál es ese olor? ¿Por qué no podemos definirlo? Es grueso y al mismo tiempo rápido. Al sentirlo la carne se encabrita, surge, y, al mismo tiempo, el espíritu, siente dolor de contrición. ¡Eso es! No conoce la delicia del pecado sino quien peca contra la voluntad, o sea cuando el Mundo, el Demonio y la Carne, que son uno, la Mujer, tientan al espíritu, que se resiste, pero que va cediendo. Los tres enemigos se convierten en la figura desdentada y aguda de la señora Celestina, para sonsacar al espíritu. Habla la señora Celestina largamente; hace perífrasis, cuenta cuentos; el alma dice que no, pero va caminando hacia la cita. Ese no delicioso que pronuncian las mujeres con voz moribunda y que es el más bueno de los síes. ¿Cuál beso digno de este nombre no ha ido acompañado del no femenino y suplicante? Ese no le da al amor el aspecto de la batalla y la alegría del triunfo. No…, y resbalan los labios femeninos contra los del hombre, y éste experimenta la alegría del guerrero que cogió una bandera enemiga. ¡Y en verdad que el hombre fue el vencido! ¡Oh, divino poder del pudor! El pudor da todo su encanto al impudor. Es porque somos destructores; la hembra de los insectos casi siempre devora al macho, y nosotros, los hombres, no gozamos sino venciendo y desgarrando la resistencia púdica.

Gusta del pecado quien lo aborrece o lo teme. Casi se mueren de delicia Adán y Eva en el Paraíso, pues su terror supremo era la manzana, y comieron de ella… Espectáculo para oídos y ojos divinos aquel Paraíso, cuando fue la hora de la siesta: Eva, desnuda, el vaso de la juventud por antonomasia; tenía quince años y medio; el sol tropical le había dorado la piel; era una perfecta naranja en su epidermis; su juventud era tanta, que la carne se le mecía con un movimiento de ebriedad de la fuerza interior; sus ojos tenían el brillo y la suavidad atrayente de todo su ser que no podía resistir tanta felicidad en potencia.

Estaba reclinada en el lecho que formaban dos raíces de curvas suavísimas del árbol prohibido. Sólo esa hora de la siesta pudo haberla llevado allí… ¡Qué imprudente! El Diablo, en la forma más insinuante y hermosa, una serpiente, le susurraba al oído, por primera vez en la historia de la tierra, los empalagos y suavidades de Celestina. ¡Espectáculo para ojos y oídos divinos! «No, no…», repetía Eva en el colmo de la felicidad, en un susurro, hasta que acabó de comer la manzana…

¡Feliz tú, señor Diablo, que recibiste en tus oídos de serpiente el primer no que acompañó al primer pecado de amor! Para Adán y para todos nosotros, pobres herederos, han sido las sobras de la manzana y del no. ¡Pobre Adán! Para ti Eva no pronunció el no; ya había perdido el pudor; a ti fue ella quien te urgía, y tú fuiste el resistido. Tú fuiste, padre Adán, el primer marido…

Ese no del amor es un sí; por eso fue allí, en el Paraíso, donde el hombre se hizo rábula. «No fui yo sino la serpiente; yo no quería», contestó Eva a Dios. Entonces fue cuando el hombre y la mujer quisieron por primera vez ampararse en la letra. Pero no; la mujer obraba de buena fe al decir que ella no había querido; la mujer nunca quiere; el amor es su destino: si el amor fuera en la mujer voluntario, no tendría gracia ninguna; está dedicada al amor, fatalmente.

Dejemos a Eva grávida de Caín y continuemos nuestro análisis, pero no sin haber llamado la atención de los lectores hacia un hecho que comprueba la verdad del relato bíblico: Caín, el primogénito, fue malo, el inventor del asesinato con todas las circunstancias agravantes; Abel, el segundón, fue bueno. En tiempos de Moisés no se conocían las leyes de la herencia. O es una coincidencia muy rara, o la verdad lógica del relato corrobora su verdad histórica…

Continuemos. ¿Vislumbráis la importancia del pecado? Hasta que él apareció; hasta el advenimiento del confesonario; hasta que se ideó como antinómica la vida post mórtem, el hombre vivió tranquilo, automáticamente.

Entonces eran posibles vidas apacibles y muertes como apagarse de luces en la noche. En resumen, el hombre estaba adaptado a la tierra. Ya sabéis que el individuo adaptado a su medio, obra con naturalidad, por reflejos. Así viven, por ejemplo, los animales de África en África. Transportad un gorila a Francia, a un triste jardín para niñeras: su organismo reacciona y sufre horriblemente hasta que se muere, o logra vencer lo impropicio de las circunstancias para seguir viviendo con tranquilidad. Contemplad a un matemático, o, mejor, a un contador de almacén de especias, que hace una operación numérica. Está en su medio, no se esfuerza; los instrumentos de los laboratorios psíquicos para medir la atención voluntaria nada señalan; pero, si nos veis a nosotros sumando, comprenderéis la energía que se gasta cuando se está fuera de su medio ambiente… Con el aparecimiento de la teoría del pecado y con la creación de vidas ideales contrarias a la de la tierra se rompió el vivir normal en que estaba el hombre desde hacía muchos siglos, desde que logró dominar a la naturaleza enemiga con sus invenciones. El Catolicismo, al establecer una contradicción invencible entre los sentidos y el espíritu, hizo imposible para el hombre el ambiente de la tierra y desde entonces es un ser atormentado, un judío errante. El hombre no duerme ya tranquilo y lucha por amoldarse, lo que es imposible. Por curiosidad contamos los sistemas que ideó el hombre en mil novecientos veintiocho para explicarse la vida y la muerte; ¿y sabéis a qué número llegamos? A ocho mil trescientos tres, fuera de algunos ensayos sin importancia y de dos banalidades ilegibles que aparecieron en Bogotá.

Los actos son agradables cuando son pecado. Allí, en los claustros jesuíticos, recordamos nuestra juventud de penitentes. Aquella mujer amada a quien tanto atormentamos con nuestros remordimientos después de las luchas chipriotas… Una vez la condujimos a los pies del confesor; en la plazoleta de frente a la iglesia, solitaria en aquella mañana de trabajo, esperamos la salida de la mujer contrita; claramente vemos ahora que nuestro deseo intenso era oír las frases de arrepentimiento y de ruptura… para que la reconciliación fuera más pecaminosa, más intensa. ¿Será ésta la causa de la vaguedad amorosa que nos empapó en Aranzazu y en Pácora, a la vista de las mujeres que temen al Diablo, y será ésta la causa de nuestro deliquio moroso en las iglesias y frente a los muros de los conventos femeninos?

¡Gran poder el del pecado! Por él somos desadaptados y aguzamos la inteligencia.

Los jesuitas han hecho de Colombia el país de los ejercicios espirituales. Todo colombiano, ocho días antes de casarse o de ser elegido Diputado a una Asamblea o Congreso, se retira a una casa de ejercicios. Allí obligan su atención a dirigirse constantemente hacia la idea de la muerte, hacia lo efímero de la vida y hacia la largura de la eternidad, hasta que la muerte, como una infinita sotana negra, ocupa todo el campo de la conciencia… Ya el pobre colombiano reniega de los hurtos hechos a la República, de sus deseos de la mujer ajena, de su anatocismo, y está maduro para la salvación, para llevar a su futura cónyuge hacia el cielo y para salvar al país en el Congreso. Lo sueltan; ocho automóviles lo esperan a la puerta; grita allí: «¡Viva la Religión!», y se dirige a su automóvil con mirada exaltada que resbala por las figuras femeninas con desprecio… Pero a los ocho días, así como en herida que cicatriza surge la carne en conos rojizos que van llenando el vacío, así suben y embriagan al ejercitante sus efluvios… La carne se venga, rompe el dique de la conciencia que es una perezosa guardiana.

Los jesuitas ejercen gran atracción en nosotros. Únicamente en los monasterios se tiene un ambiente de vida del espíritu. Allí hay tentaciones, luchas, caídas y arrepentimientos; allí hay disciplina; vive el hombre perfeccionándose conforme a un método. Las consolaciones espirituales y los estados de sequedad, esas delicias sólo las experimenta el que lucha con sus tendencias. El alma del místico es interesante como selva del Trópico. Con frecuencia vamos los domingos, al atardecer, a verlos salir de su finca de Miraflores. Son figuras interesantes; son monstruos de fealdad o bellezas espirituales desarmónicas; pocos son los mediocres; santos o sátiros; espirituales o satánicos… y los novicios que hacen el profesorado, jóvenes de veinte a veinticinco años, que no han podido torcer aún el cuerpo y acabar con su brillo. Ya pueden aguantar disciplinas y penitencias, pues la castidad a los veinte años da lustre y frescura, a pesar de todo…

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Fuimos heroicos cuando niños al vencer la repugnancia para coger un sapo; fuimos heroicos, también, cuando conversamos durante media hora con aquel político; pero éramos más héroes cuando íbamos metidos en una jaula de alambre, a doscientos cincuenta metros sobre el río Guacaica. Todo era pequeño, pequeños los yarumos y los hombres de allá abajo. Se oía apenas el frotamiento del alambre móvil sobre las ruedas de las torres, la jaula iba suspendida del alambre por cuatro ganchos pequeños que apenas lo abrazaban en su mitad. No había carbón, como en los ferrocarriles; teníamos miedo. Por el alambre paralelo venían a nuestro encuentro otras jaulas repletas de otros héroes. Colgados allí, altos, nos pareció que era una posición propia para hablar de Colombia y de la castidad.

Colombia está marchita como planta en verano porque no hay partidos políticos y únicamente hay ladrones que gobiernan sin concepto de patria, que es el de solidaridad con los que conviven bajo el mismo cielo.

Nuestra única posible salvación, si la puede haber aún, está en una ley de elecciones justa y para todos. Esta es una síntesis pragmatista de nuestro libro: para crear caracteres, y patria, y moral, y todo, es preciso una ley de representación proporcional de las aspiraciones, que están hoy ahogadas. ¡No hay opinión pública!

¡Adelante, pues, juventud discípula del doctor Crane! Nosotros nada podremos hacer; nosotros somos los hombres del deleite; nosotros no sacrificaremos la uña del meñique de nuestros pies de andarines sino por ti, Julia tentadora…; nosotros somos ciudadanos del universo, tierra y estrellas; somos jóvenes de treinta y cuatro años, los cuales han transcurrido entre la metafísica, el confesonario y los conservadores; apenas podemos cantarte a ti, Julia, y a la castidad:

¡Mejor que el calor del sol en la mañana eres tú, Castidad!

Porque las glándulas seminales son el origen de la vida.

Y la vida es deseo. La castidad hace crecer el deseo y el corazón rebosa de alegría.

¡Te amamos, castidad de ojos provocadores, porque el amor es bueno cuando tú presides!

Somos castos y por eso el aire, y el cielo, y el agua, y el olfato, y el gusto, y el tacto, y el oído, son acariciadores para nosotros.

¡Somos castos para poder amar! ¡Esta es la verdad! ¡Una verdad nuestra…!

Somos castos, Julia, porque así tus curvas son hasta tortura para nuestros cinco sentidos.

Así, tu olor de mujer es espolazo.

Castos, porque así la mañana es deseable como virgen desposada y el atardecer como mujer madura y triste.

¿Quién dijo que hay placer en el dolor? Sólo un gran casto puede gozar cuando se raja su carne. ¡Cuán bueno es el dolor de las heridas cuando las células están tonificadas por las glándulas seminales!

¡Todo viene de ellas! El amor a todo, dinero, amigos, patria, gloria y hembras…

Somos el joven casto porque queremos amar todo lo que existe en nuestra madre la tierra.

Castidad es paladearlo todo, acariciarlo todo sabiamente, y no dilapidar.

Somos el joven que no se deja poseer por nada, para no yacer como saco vacío.

Para estar siempre activos y ser siempre amantes.

¿Ves la luna que sube por el cielo espolvoreado de luz tenue y sientes deseos, emociones e ideas indeterminadas como si fueras perfume que se evapora? Es la castidad de los treinta años, el poder de las glándulas creadoras. La espiritualidad, eso que llaman la espiritualidad, es efecto de ese poder en la masa nerviosa.

Te cantamos y amamos, muchacha del tennis, porque eres depósito de energía, músculos duros y tenaz persistencia.

Los monjes buscan la castidad porque odian la sensualidad; por eso no pueden ser castos. Nosotros te amamos, porque somos los sensuales.

Somos el joven sensual para quien todo es el tacto. Los sentidos son tacto especializado. Los ojos tocan las cosas que ven.

¿No te han tocado, Julia, nuestros ojos, cuando miraban tu cuerpo vibrante? Tus senos, como medios limones, ¿no han percibido que nuestros ojos eran palpos?

Todo el universo es nuestro. Poseemos el universo con los sentidos. ¿Para qué comprarte, Julia? ¿Para qué comprarte, hacienda de Santa Elena? ¡Sois nuestras! Frente a ti, Julia, te hemos olido, visto y sentido. ¿Para qué más? No somos pródigos. Acostados sobre el césped hemos olido la yerba y después hemos bebido el agua… ¿Para qué más? La escritura pública de compraventa sería nuestra esclavitud. Nos levantamos y nos alejamos con ligereza de corazón. ¿Para qué vincularnos? ¡Los celos y el mayordomo; la posesión legal! Eso queda de la escritura pública que guardan, el notario en su protocolo y el cura en la sacristía. El dueño legal es el verdadero objeto poseído. Esta masa nerviosa que se relaciona por el tacto, y todo es tacto, con el mundo, vale más que la escritura pública. Nos sentimos ligeros e inervados porque no poseemos por compraventa, sino a título más noble, a título de seres táctiles…

Viejo relajado que tiene millones en escrituras, ¿qué posees tú? ¿Qué posees tú, viejo barrigón, que no puedes oler, mirar y gustar, porque te huelen, gustan y miran tus diez millones?

Todo será nuestro mientras permanezcan duras y concretas estas glándulas de secreción interna.

* * *

Se detuvo el alambre; experimentamos el terrible desvanecimiento que debe sentir el ahorcado cuando lo paran sobre la compuerta que tapa el abismo. Así llegamos a Manizales.

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Este no es Manizales; es ya una enorme catedral principiada y grandes edificios de cemento. El verdadero Manizales comienza alrededor, a las siete cuadras de esos edificios y de las calles planas. Hoy Manizales parece un molar de la mandíbula Andina relleno de cemento. El Manizales de hace diez años está en la Cuchilla y en San José. Calles misteriosas que se hunden y más allá aparecen en la altura; casas que parecen adefesios que caminan en zancos; escaleras hechas en la tierra de esos callejones; escaleras misteriosas para subir a las casas. ¿Cuál es ese agrado tan intenso cuando a los veinte años vagamos por allí, sin objeto determinado, al anochecer? Es que el amor misterioso puebla esas callejas, esas casas ocultas, jaulas preciosas del amor efímero. Las ciudades planas no tienen, como ésta, un alma para cada calle.

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En Colombia no hay sino homúnculos, pero en Manizales estuvo nuestra conciencia repleta de las imágenes de la catedral y de un grande hombre. Encontramos en casa de un amigo el retrato admirable de Gregorio Rasputín.

¡Esas barbas del Santón! Todo en el cuerpo de Gregorio eran borbollones de vida; esa fisiología era una flor de la esencia de los mundos, de la energía. Ante las fórmulas inanes de la estética era feo, feísimo. ¡Cuán inanes las estéticas de los críticos, de esos hombres que se pasean por las galerías de arte y por la vida con leyes de mensura para la belleza! Pero en los brazos de Rasputín, en su pecho tan grande como un cielo, caían en letal olvido todas las duquesas de la Rusia de los Zares. ¡Cuán hermoso era Rasputín!

Ancho era el pecho de Gregorio; el espacio entre sus pómulos, anchísimo y todo él ancho: cubría todo el espacio para quien lo contemplaba; no hay en la conciencia de quien lo mira, aun en retrato, sino Gregorio Rasputín. ¡Es el efecto de las personalidades magnéticas!

Sus manos eran grandes y cuando caían sobre las cabezas de la nobleza rusa producían el sopor del olvido. Las papilas del dermis en donde terminan los nervios sensoriales eran más grandes en él, eran verdaderos conductos de sueño, de fuerza mesmérica…

Pero éste no era el Santón. No; el Santón estaba en las barbas; éstas emanaban de su esencia, tenían las raíces en la esencia. Comprendimos entonces cómo aquel gigante enamoradizo, Sansón, pudo tener toda la fuerza en los cabellos. ¡Cuánto gozó Dalila, la cruel Dalila, cortando aquella cabellera! ¡Cuánto gozan las mujeres, las amadas, destruyendo nuestras energías!

El cuerpo no es sino una forma creada por la energía, por la esencia que se manifiesta en los fenómenos, y en algunos seres interesantes esa energía empuja más, se concreta más en un órgano privilegiado. Todo grande hombre y toda mujer interesante han tenido la grandeza, la belleza, el no se sabe qué, especialmente en un órgano privilegiado. La grandeza, el poder de amor, la maldad de Rasputín estaban en sus barbas. Pensemos en la nariz larga de Maximiliano Robespierre, en la hermosa y grande boca de Wilson.

Contemplad al Santón al lado del Zarevich. Sobre el cuerpo del niño se inclina aquel cuerpo formidable, caen aquellas barbas omnipotentes, y de las manos anchas, colocadas en la posición de la medicina egipcia, emana un fluido magnético que se absorbe a la Zarina y que invade al niño. ¡El Zarevich sonríe y está sano! Es que la energía de la estepa, la de toda Siberia, está encarnada en Rasputín y florece especialmente en sus barbas enmarañadas!

Mil veces hemos leído y oído que al grande hombre hay que verlo; que no basta leerlo. Sí; lo grande es el no se sabe qué que anonada e inhibe todo en la conciencia del espectador.

Gregorio Rasputín era un hombre vulgar, según los libros biográficos; era un pobre hombre. Pero dominaba lo más fino y aristocrático que ha existido, la Corte de los Zares. Las mujeres mejores se empapaban de olvido al mirar los ojos de Rasputín; el cuerpo de éste se les dilataba poco a poco en la conciencia y las invadía…; las virtudes se perdían en las barbas enmarañadas.

Mirando su retrato se ennoblecieron nuestras barbas, ¡pero no teníamos la energía del Santón!

Absolutamente sinceros: este es el primer mandamiento. Pensamos que no debíamos hacer sino lo que saliera de nuestro carácter, y nuestra energía es pobre y no puede formar un borbollón y dar nobleza y elegancia a un apéndice corporal. Las barbas embarazaban nuestro espíritu, y para éste no debe ser una traba lo exterior. Siempre hay que estar cómodos dentro de la carne y de las ropas; no se deben sentir ajenas. ¿Cuándo un feo, según las leyes de la estética, es hermoso según la vida? Cuando la fealdad es cómoda casa del espíritu; cuando la fealdad no es postiza; cuando las desarmonías y desproporciones son producidas por el borbotar de la energía. El problema está en que el espíritu, el soplo divino que Dios infundió al muñeco de barro, llene la carne y la ropa como la brisa marina hincha las velas. Nosotros amamos una mujer cuya boca separada de ella sería un adefesio, pero estaba tan llena de amor, del no se sabe qué, que mejor no puede ser el cielo de los Profetas. El secreto de la elegancia, el secreto de lo que hace siglos buscan los psicólogos, o sea, de la personalidad magnética, consiste en ser natural; en que el espíritu esté a sus anchas en la carne, el vestido y el ambiente. ¿Qué puede ser más bello que el nadar de un pato y qué más horriblemente estúpido que el nadar de un hombre? La energía del uno se hizo forma propia para la natación y el hombre no está en su medio dentro del agua.

Conocimos también al padre Elías, un jesuita interesante cuya personalidad magnética estaba en el pequeñísimo sombrero colocado sobre su cabeza grande. El sombrero era un absurdo; pero, ¡cuán elegante iba el padre Elías cuando nos llevaba de paseo! Ese sombrero estaba empapado del espíritu del padre Elías; formaban un todo.

También nos dominaban en la niñez las orgías del poeta Byron.

Cayeron nuestras barbas porque pensamos que el hombre debe sentirse cómodo dentro de su cuerpo y ropa. La cenestesia, la conciencia del estado visceral, es, por eso, nula en los hombres superiores y está desarrollada en los animales y en los anormales.

Pensamos que no debíamos usar nada que distrajera nuestra atención. Nosotros somos los jóvenes de la dialéctica y no de las vísceras. Las barbas nos eran extrañas y dilapidaban nuestra poca energía. ¿Cuántos kilogramos de fuerza necesitaríamos nosotros, pobres filósofos aficionados, para desarmonizar, para hacer aceptar por nuestro ambiente social y familiar, por nuestras mismas conciencias, una nueva formación de nuestros rostros? Contemplando el retrato de Rasputín quisimos tener barbas: ¡hasta qué punto se impone lo que es natural, lo que emana del centro de la vida! Nuestros espíritus no podían estar como en su casa dentro de los cuerpos barbados. Nosotros, pobres penitentes, necesitamos la originalidad para el espíritu. ¡Qué tormento para nosotros un bastón, un vestido nuevo! En ellos gastamos toda la energía psíquica. ¡Pero qué hermosamente mueve su bambú este animal ágil, este jovenzuelo cuya vida es visceral!

¿Comprendéis, queridos lectores (¡cuán estúpidas son estas dos palabras!), por qué es un error imitar, por qué vosotros no debéis hacer este viaje nuestro, usar nuestros bordones y ser castos como nosotros, jesuitas mundanos? Porque lo único hermoso es la manifestación que brota de la esencia vital de cada uno. Aquí podéis vislumbrar la idea madre de nuestra metafísica, que expondremos en las alturas, a cinco mil trescientos metros sobre la vulgaridad latinoamericana, allá, acostados sobre el cráter del páramo del Ruiz. Para nuestras encantadoras lectoras sí queremos anticipar que nuestra metafísica es efímera, agradable y esferoide como los encantos de sus cuerpos.

Continuemos. Es necesario conocerse y cultivar sus propios modos y posibilidades; de aquí uno de los inconvenientes de los tratados de moral, de buenas maneras, etc. Desde el principio dijimos que cada individuo tiene un ritmo para todo, hasta para pecar. ¡Fue el Diablo, sólo pudo ser Satanás quien enseñó el ritmo de amor a aquella muchacha de Cali…! Es cosa muy humana lo que le sucedió a uno de nosotros hace dos años: una bailarina le anonadó la personalidad tan absolutamente que hasta llegó a renegar de sus ventajas masculinas: deseaba locamente, en el sueño y en la vigilia, ser aquella mujer. Nosotros le tenemos miedo a todo lo grande porque nos anonada. ¿Qué hay en un teatro, cuando todos se levantan y frenéticamente aplauden al artista? No hay individuos; hay una masa humana convertida en instrumento. El orador, todo artista, maneja ese instrumento humano, lo revuelve. ¿Y cómo podríamos nosotros, aficionados a la grandeza, con ansias de superación, estar contentos cuando se pierde nuestra alma y nos convertimos en instrumento? Hay que aprender a dominarse, a ser uno mismo, a sacar el mejor partido de su propio modo. Nuestra única posible grandeza y belleza, ya que no tenemos la exuberancia vital, está en el cultivo constante de nuestras facultades características.

No aspiremos a ser otros; seamos lo que somos, enérgicamente. Somos tan importantes como cualquiera en la armonía del universo. Todos los seres pueden ser igualmente hermosos. Estas reflexiones debemos hacérnoslas ante todo lo grande, ante la nariz de Maximiliano Robespierre, ante las barbas del Santo de Siberia y ante la enorme vulgaridad de Miguel Abadía Méndez…

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Hace dos días que estamos perdidos en esta blancura inmaculada del Ruiz, a cinco mil metros sobre nuestros conciudadanos. Sólo los frailejones tristes, místicos, nos recuerdan que estamos en el país del clero. El frailejón, arropado todo él en su lana amarilla crema, es religioso; una religiosidad pura, que acompaña también a la nieve, al cráter y a los arenales.

¡Estamos ya en el cráter! Nada limita nuestro horizonte. ¡Oh, señora Venus, todas cuyas gracias se formaron de las espumas del mar en las riberas de Chipre, ayúdanos, que vamos a exponer nuestra metafísica, que es amor…! Para nosotros el mundo fenoménico es efímero como las burbujas de que se formó Afrodita. El amor subyace bajo esas formas. Por eso cambian constantemente; de ahí el devenir, ¿pues cómo podía ser duradero lo que es forma del amor? En este nacimiento de Afrodita revelaron más los griegos su delicadeza y penetración insuperables.

Pero, ¿qué son estos jóvenes viajeros? Somos, querida lectora, metafísicos, y algo poetas debido a la concreción y dureza de nuestras glándulas de treinta años. Quizá en la vejez no quede sino el metafísico. Pero ahora somos amantes aficionados a la filosofía. El amor es para nosotros lo que está detrás de las formas, la médula de lo fenoménico o, para decirlo en forma bárbara, el nóumeno.

Nosotros no hemos podido llegar a la posición beatífica de los doctores filósofos para quienes la mujer nada importa. Somos en un noventa y nueve por ciento amantes, y el resto filósofos, pero filósofos del amor. ¡Qué estúpidos e insinceros estos enormes libros, casi siempre en latín, que tratan de la vida, de la esencia de las cosas y que no citan el amor! ¿Estos filósofos serios no sabían que la más pura elación espiritual es amor, ya sea religiosa, artística? Se ha creído que el amor es únicamente el amor sexual; pero en verdad esa es la materia bruta de todo lo hermoso y grande.

¡Cuán bella es la vida para el metafísico! Es él quien percibe lo que hay debajo de los fenómenos; el que adivina el hilo madre que sirve de eje para la tela efímera del devenir. ¡Y generalmente se percibe a sí mismo como esencia! Imaginaos una muchacha variada y ricamente vestida. Pues el metafísico es el único para quien ella se desnuda. Los demás, el físico, el matemático, etc., están ocupados en examinar sus vestidos. ¡Nosotros somos los verdaderos amantes de esta muchacha!

Toda nuestra actividad, y más aún, los mundos todos, son el surgir de la esencia; es Afrodita quien está en todas las burbujas del mar de la existencia, y es ella quien las forma. La energía, ella, Afrodita, es lo que palpita en las superficies y se manifiesta. Y el amor tiende siempre porque nunca se realiza completamente en los fenómenos. El palpitar de tu corazón, querida lectora, es un símbolo del palpitar infinito de la esencia que hemos percibido en estas noches estrelladas en medio de esta nieve. Para el hombre culto los conceptos se van unificando, hasta llegar al todo inespacial que es el amor, la esencia de todas las formas. ¿Qué otra cosa sino esto sostenía en mil novecientos cinco el padre Quirós cuando paladeaba la hermosa tesis de que los seres se componen de materia prima y forma sustancial? ¿Qué puede ser esa materia prima sino la misma que amontonó las burbujas coloreadas en el mar de Chipre y se convirtió en Afrodita? ¿Y la forma sustancial? Ahí está la causa de lo variado del universo. Materia prima de la misma de Afrodita —¡admirémonos!— subyace bajo la forma sustancial de estos latinoamericanos que están ahora a cinco mil trescientos pies por debajo de nosotros. Es la única objeción que encontramos a la tesis del padre Quirós: que este general gordo o ese Presidente que no se sabe si duerme o está muerto, o aquel tiranuelo de Venezuela, o ese otro pastor del Perú, mimado del Santo Padre, tengan la misma materia prima de Afrodita, que el amor haya emergido en semejantes formas…

Para el niño el universo es variadísimo, pues su vida es sensorial y sólo percibe lo fenoménico, pero para el metafísico, así como se funden los conceptos de electricidad, magnetismo, luz y calor en el de movimiento, todo se funde en la esencia amorosa que deviene en las formas. La esencia tiende siempre; la esencia es un verbo; por eso dice la metafísica cristiana que el Verbo se hizo Carne. ¿Y qué es lo que nos produce las emociones de belleza y alegría, y qué es lo que produce el deseo? Precisamente esa tendencia de la energía a actualizarse. Por eso, sólo es bello lo que promete, lo que asciende. La mujer es más bella cuando su cuerpo es más prometedor, cuando en sus formas se encierran promesas de vida. ¿Sabéis cuál es la verdadera definición de belleza? Bello es todo lo que nos incita a poseerlo. ¡Cuán lejos de la verdad están las definiciones que hacen consistir la belleza en la contemplación desinteresada! Deseable es lo que emerge, lo activo en potencia que nos invita a fecundarlo. Por eso las grandes obras de arte son, por decirlo así, esbozos que excitan la imaginación para completarlos; hay una fecundación. Las obras de Shakespeare son un ejemplo de esto. En nuestra imaginación en aquellas alturas la vida era una atracción universal de mundos y seres impulsados por el ansia del devenir.

Lo triste está en que las formas son limitadas. Estos linderos de las formas nos determinan. ¡Qué más legislación que esta cárcel de nuestros huesos craneanos, de ese tubo óseo de la columna vertebral y de estos músculos que unen el esqueleto! ¡Ya somos hombres! Ya no somos únicamente la esencia de infinitas posibilidades. Ya no podemos nadar como el pato, ni volar como el ave, ni encontrar su camino en la selva como la fiera. Ya somos hombres destinados a sudar, y a desear lo ajeno, pues el hombre es ante todo envidioso. De ahí el error del matrimonio sin divorcio: casi siempre la mujer ajena y el marido ajeno se convierten en el ideal de los que están unidos por esa cosa invisible, pero casi ósea, que se llama el vínculo indisoluble. Ya este hombre está determinado irremediablemente, por la forma de su masa nerviosa y por la forma del tubo óseo que la contiene, a robar, y aquél, a correr tras las mujeres como si fueran a acabarse, y este doctor, a ser para siempre representante por la minoría en el Congreso colombiano. ¡Qué triste, cuando antes de emerger en la forma fuimos la posibilidad infinita, el amor! Porque somos esa esencia odiamos el límite formal; porque somos la esencia existe en nosotros el deseo de tener todas las facultades de los seres reales y posibles. Pero el hombre culto respeta su límite, acepta la suprema necesidad de la forma. Y dentro de la forma misma, ¡cuán rígidos nos vamos haciendo con la vejez! El esqueleto se va petrificando y se petrifica al mismo tiempo el pensamiento. ¡Cuán variable éste en el joven!

Pues las filosofías forman parte del fenómeno vital y son variables también: son manifestaciones del hombre por la variación relativa de su forma, ya de unos a otros, ya de la juventud a la vejez. Y todas son verdaderas, así como lo son las diferentes maneras de caminar en los animales, dadas sus estructuras. ¿Cuál es la verdadera flor en un jardín? No; así como todas éstas son flores, propia cada una de planta determinada, así la concepción de la existencia es producto de la forma o edad espiritual y fisiológica del hombre. Cada clima y cada régimen de vida tiene su interpretación propia de la vida: su religión, su arte, etc. Y nosotros somos metafísicos y poetas, enamorados de ti, Julia; afirmamos que sobre la esencia, amor, se representa el fenómeno vida. Consideramos a ésta como una representación perpetua y creemos que somos actores del gran drama. Esta filosofía conservará por algún tiempo la agilidad juvenil de nuestro espíritu, y lo miraremos todo con deleite, hasta que la petrificación ósea nos impida toda variación espiritual. Entonces, tú, Afrodita, líbranos de la carne dura, de la carne inmunda y vuélvenos a tu esencia.

Es nuestro propósito que la obra y expresión de nuestro vivir de cada instante quede agradable y efímera. ¡Odiamos la seriedad! Todo sonríe y es efímero, menos el hombre gordo. El estilo y el pensamiento deben ser variables, efímeros, como la telaraña, que es todo lo fenoménico. ¿Qué es la vida de un hombre comparada con la de la especie homo sapiens? ¿Y ésta, ante la duración de la tierra? ¿Y el esferoide, en comparación de las estrellas? ¡Cuán cómicas las pirámides egipcias, cuando desde esta altura se medita acerca del parpadear que son veinte mil años!

¡Pero más cómico es esta catedral de cemento, y mucho más aún un sistema filosófico tomado en serio y con arreos militares de conquista, tal como el sistema escolástico! ¿A qué se parecen los filósofos sistemáticos? A rumiantes de cuernos temporales que se resistieran a abandonarlos en la primavera. Pues los sistemas filosóficos son también excreciones del compuesto psicofísico. Hay que abandonarlos como excreciones. Los hombres somos agentes del devenir y como tales debemos ser dóciles.

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Volviendo de los nevados, ya en Villa María, la antigua aldea liberal, encontramos a Víctor Umaña y a Ricardo Rodríguez Mira, los hombres del enredo judicial; rejuvenecido y elegante aquél, el rábula, y éste, cubierto con su sobretodo antiquísimo, semejante a la cubierta de un expediente.

El rábula, el rábula de Marinilla. El tentado de Idumea afirmó que la vida del hombre sobre la tierra era disciplina o milicia. Para el abogado siempre lo es. Vive comprobando sus proposiciones, hoy éstas, mañana las contrarias; es el hombre de la dialéctica, así como el artillero es el hombre del cañón.

No importa al abogado la verdad, sino que aparezca como cierta la afirmación que le encomendaron sus clientes.

Por eso el abogado es el hombre que maneja los medios de probar; es el titiritero de la certeza, el creador de la verdad. Un abogado de cuarenta años es Poncio Pilatos al lado del lavamanos cuando pronunció aquellas palabras con voz cansada: Quid est veritas?

Se ha distinguido entre abogado y rábula, llamando con aquel nombre a quien sólo se encarga de la verdad, de lo que llamaba San Agustín id quod est, y dejando este apelativo para el hombre de recursos lógicos en cuyos dedos, pegados a una pluma, aparece la verdad creada, el sofisma.

¿Para quién la manzana?

Crear la verdad es difícil, pues lo es mentir; esto es obra del ingenio; la falacia es ilusión y se necesita espíritu para darle consistencia.

Aquél, el abogado, es un severo moralista, un dogmático, un vertebrado lento, y es el rábula aquel hombre inquieto, vivo e ingenioso, ecuánime, que vende sus pasiones, que simula la ira, la compasión y el entusiasmo… ¡Es que no cree sino en los recursos lógicos!

¿En dónde se ha visto que dos hombres se insulten e inmediatamente se abracen? En los estrados de la justicia. ¡Es la pantomima de la verdad!

El rábula oscureció, borronó la verdad y sobre el borrón creó teoría, hipótesis. Hoy, después de siglos y siglos de rabulismo, el hombre no puede ya conocer la verdad. Se convirtió en mito.

Hace veinte siglos la verdad brilló en las riberas del Tiberíades, en la persona y vida de Jesucristo. En Betania vivía un pobre rábula, llamado Judas; siguió a Cristo y lo entregó al Tribunal de los Doctores de la Ley. Así fue como sucedió que entre el rábula y el Tribunal Superior mataron la verdad.

Rodríguez Mira, el Juez perfecto, residuo de la patria liberal. ¿Cuál es la proposición en que se resume el problema? Saber averiguar esto a cada instante, pues cada instante del vivir es un problema, es lo que distingue al hombre inteligente.

¡Cuán difícil enunciar el problema! Cuán difícil llegar a la afirmación segura: «De tal modo, que ahora se trata de averiguar esto…». La resolución es sencilla; basta concentrar la mente, reunir los datos, aplicarlos.

La mente dispersa enumera, da palos de ciego, analiza este y aquel problema que no viene al caso.

El buen Juez cuenta la historia en toda su esencia; establece luego las proposiciones que enuncian del modo más corto los problemas sometidos a su resolución; cita las leyes que dan contestación a ellos, y falla. Si hay ley oscura, la interpreta. La interpretación de la ley oscura es problema igual a los controvertidos en el juicio, para efectos de su estudio.

Nada de enumerar hechos inútiles, de razonar inútilmente. Todo ello quita fuerza a la evidencia que debe producir el fallo.

«¿Cuál es el problema?». Esta es la perpetua preocupación del buen lógico y del Juez. Quien ha averiguado cuál sea el problema, ha ganado la partida. Jamás hay discusión acalorada que no provenga de no haberse determinado el problema. Y una vez hecho esto, es pecado mortal salirse de ahí, al discutir o al analizar.

La lógica (palabra que debe escribirse como la pronunciaba Stendhal: ló-gi-ca), es el orden en el espíritu. Con lógica se puede realizar cualquier proyecto. La lógica consiste en obrar de modo que cada acto encierre en sí el efecto apetecido; consiste en saber determinar cuáles partes componen un todo, y en qué partes se descompone un todo. Es el medio de conocer y obrar que nos suministró Dios para conocer y obrar aquello que Él hace y conoce por intuición.

El buen lógico tiene su mente a todas horas como afilada cuchilla; a todas horas lleva consigo la facultad de hacer cosas asombrosas. ¡Cuán deliciosas son las horas en que sentimos nuestra mente ágil como serpiente! La tristeza del civilizado consiste en estar abandonado a veces por la agilidad mental.

Pues en este reino de la justicia, en esta ciencia de las pruebas judiciales, del derecho civil, de la interpretación de leyes y actos, es en donde la mente goza más del poder de la lógica.

Allí, en Villa María, la aldea liberal, saludamos a estos grandes lógicos: Umaña, el abogado de Marinilla, rejuvenecido, y Rodríguez Mira, el Juez insuperable, abrochado dentro de su sobretodo como un expediente cosido en su pasta.

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1º de enero de 1929

¡Qué suprema armonía la de la carne juvenil y el sol de la mañana! La carne joven, los muslos duros, el vientre enjuto, el torso más ancho que el vientre y al que la inspiración dilata…, ¡qué armonía suprema forman este cuerpo desnudo, recién acariciado por el agua de la ducha en la mañana, y el sol! Era el primero de enero y descansábamos, desnudos, bajo el sol. Las ideas emergían rotundas desde el centro de nuestra carne y se elevaban hacia el azul del cielo. ¡Pobres muchachas traviesas! Este es el vago indicio de que no somos terrenales. Pero también el agua, ese elemento manso y dócil que por su facultad de conformarse extasiaba a Teresa de Jesús, también el agua, cuando la acaricia el sol, se eleva; pero como las ideas, al sentir el frío de la altura, vuelve a la tierra, al fango.

¿Qué somos? Somos sensibilidad que se perfecciona. El sentido del tacto es todo en nosotros; la masa nerviosa se ramifica, como inmensa raigambre, a través de la carne y termina en la piel; a ésta llegan los conductores de la sensación y los de la emoción; tacto son los nervios óptico, auditivo, olfatorio…, y especializaciones del tacto en devenir son la intuición, la adivinación, la telepatía… Y todo esto está cubierto por la epidermis. Ella es el vestido de tu divino cuerpo, más agradable que el vestido de los lirios, querida lectora.

Únicamente este animal que somos está en posibilidad de percibir la armonía que forman el universo y su organismo; somos ya casi organizaciones musicales.

La mano toca e investiga; el resto del cuerpo siente, recibe. La mano es activa, se prolonga para tocar, se adelanta a recorrer los objetos, palpándolos, acariciándolos con esos dedos cuya envoltura es toda sensibilidad… Y sobre todo, la mano tiene ese dedo pulgar que puede dirigirse en todos sentidos, que abraza los objetos y los aprieta contra la palma y contra los otros dedos para saborear mejor.

El resto de la piel es femenino, pasivo, en la sensibilidad. En esta mañana de sol nuestra piel abre los poros a la caricia del padre de la vida y tiembla de sensualidad. Sí; es completamente mujer esta sensibilidad de la piel. Bajo el sol hemos sido hembras poseídas. Los poros abiertos, bocas suplicantes, reciben la caricia, se mueren de placer como las mujeres. Reciben. Hemos encontrado, hemos vivido la definición de lo femenino: existe cuando el placer está en recibir. La virilidad está en la caricia activa, en la acción. Por eso Eva no fue culpable, y no lo es ninguna mujer, y todas pueden decir: Nada hice. La mano que se alarga, toca, empuja y tira, nos ha hecho conocer la esencia de lo varonil. En el amor, ésta se abre toda como si fuera labios insaciables, y el cuerpo del hombre, en el amor, se prolonga todo como mano inquieta.

El homínido no era cuadrumano, no pudo serlo. Tampoco pudo, como el Diablo, tener rabo prensil. Fuimos cuadrúpedos, quizá. ¿Pero qué organismo puede renunciar a cuatro manos y a un rabo prensil? Cada especie animal es una entidad, una posibilidad que se realiza, pero siempre dentro de su forma específica.

Devenimos. Pero la ciencia abandona al hombre promesa, y se preocupa por el enfermo. Somos animal en formación; el deber principal del Estado debe ser la cría del hombre. Pero la medicina, por ejemplo, es la ciencia de remediar al enfermo, y no la de superar al sano. La tierra debe ser el criadero del animal hombre. Aquí tenéis este viejecito que cura a los tísicos con inyecciones de aire contra los pulmones, porque el hombre puede vivir con un pedazo de pulmón. ¿Por qué no investiga la manera de triplicar la capacidad vital? La compasión (no es otra cosa que el padecer las enfermedades y miserias imaginativamente) tiene la culpa; los frustrados hacen mal, y el primero es causar compasión.

Son las diecinueve del primero de enero y hemos caído en la negra enervación. La energía se agotó; sólo queda la parte destinada al trabajo del metabolismo. ¿Sería que en esta tierra se gastó todo en la conservación de nuestro calor vital? Ni siquiera percibimos nuestra pobreza. Es necesario salir pronto para la orilla yodada del mar. Un gran porcentaje de nuestro vivir es metabolismo; las alegrías y sonrisas son pequeñas exhalaciones en la noche oscura de esta masa de carne. Somos un animal en formación; apenas si hemos sobrepasado al venerable antecesor nuestro. Deliciosos tiempos aquellos que vendrán, cuando no sea verdadera la sentencia de Descartes acerca de que los libros son los pocos instantes buenos de los mejores hombres. Esta facultad de pensar es apenas un esbozo. Para el pensamiento hay únicamente la energía que sobra después del consumo orgánico. Casi nada y casi nunca sobra. El pensamiento es un lujo aún, una función novísima en el reino animal. Cuando nuestros conciudadanos, por ejemplo, se ponen a pensar, producen un sonido de cerrojo oxidado.

El Pensador, de Rodin, piensa con los bíceps y con los músculos todos; para pensar hay que inhibir casi todo el sistema nervioso; cesa la energía de la digestión; los riñones dejan de filtrar; todo el organismo está incómodo como en casa ajena. Es aún tan impropia de la especie humana esta función, que produce dilataciones violentas de las arterias cerebrales, várices, aneurismas, dispepsias. Quien se haya dado a pensar (y en ochenta años pensará a lo sumo cuatro), termina en una constante cefalalgia, como le ha pasado al señor Ramón y Cajal. Las funciones verdaderas del hombre, tales como respirar y caminar, mientras más ejercidas, mejor. ¡Pero pensar! No se puede pensar después de comer. Pensar es casi un vicio…

¿Por qué es más hermosa específicamente la mujer? Porque hasta ahora no ha tenido que pensar y el pensamiento no ha retorcido su cuerpo. Por eso mismo todos los buenos mozos, hasta aquel Alcibíades, son semi-idiotas. ¡Cuán feo es el pensador! ¡Cuán feo era Sócrates, el prototipo del pensador, el hombre que vivió pensando en los arrabales de Atenas!

Es admirable lo nuevo que es el pensamiento en el hombre; la poca energía vital de la especie homo sapiens es suficiente únicamente para mantener la posición bípeda y para el metabolismo; cuando disminuye la energía vital, el hombre tiende a agacharse hacia la posición cuadrúpeda. Casi todos los colombianos de hoy están desplomados, ya casi forman un ángulo recto con las caderas; falta únicamente que estiren los brazos, se atrofien los carpos y metacarpos, y tendremos la figura del venerable padre el homínido. ¿Quién, sino un homínido peludo es este señor José Vicente Concha que está ahora arrodillado ante el Santo Padre esperando que lo llamen a pastorear el rebaño colombiano?

La poca energía vital de la especie no permite aún razonar; se hunde el pecho, los músculos se aflojan y cesa hasta el deseo de la procreación.

Pero vendrá el hombre pensador; los hombres de hoy, hijos del homínido, serán los ascendientes del pensador; ya se está ensayando esta facultad. Vendrá el pensador, así como se afirmó la posición bípeda. ¡Y qué hermoso será el hombre del futuro!, el que pensará naturalmente, el que no tendrá que adoptar para ello la posición de esfuerzo en la escultura de Rodin.

¿Hacia qué forma definitiva tiende la fuerza vital en el homo sapiens? Misterio. De las especies animales la más nueva y más imperfecta aún es el hombre. Es lo único que sabemos. Un cangrejo es la perfección formal de su vis vitæ. Pero nosotros tenemos funciones en desarrollo y somos el primer modelo de una futura máquina. Todo en nosotros se enreda y contradice. Adoramos a Dios y queremos al Diablo; cantamos al espíritu y espiritualizamos la carne; lloramos y reímos y no sabemos hacia dónde vamos. El Diablo es más perfecto que nosotros; evolucionó más rápidamente. La causa estuvo en el rabo prensil. ¡Cuán lejos estaría el hombre con ese órgano, superior a la mano!

Por eso es tan débil la razón. El hombre, por ejemplo, es malicioso por naturaleza, y por eso la astucia del campesino vence a la razón del estudioso, según hermosa frase de Stendhal.

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El Suroeste colombiano. Sostienen los grandes economistas y filósofos de esta Colombia conservadora que la vida se dirigirá al Pacífico ahora que en mil novecientos veintiocho se logró hacer una salida al mar.

¿Quiénes son esos grandes filósofos y economistas? Cuatro o cinco funcionarios y los Profesores de las Escuelas de Derecho, cuyo título para ello, para ser Profesores, fue el haber comulgado trescientas sesenta y siete veces y media en el año… Así se gradúan nuestros conciudadanos. Y la Presidencia de la República, ¿cómo se adquiere? No revelaremos el secreto; ¿por qué queréis saberlo todo fácilmente? Leed la vida y milagros de los señores José Vicente Concha, Marco Fidel Suárez y de aquel gran general, barbado a ratos, aquel simpático general Pedro Nel Ospina. Leed sus vidas.

Sí; la vida se dirige al mar Pacífico. ¡Qué fenómeno social! Se rompió el dique que mantenía los espíritus estancados en la ciénaga política. Vimos muchos colombianos que iban a conocer el mar y a bañarse en sus aguas. Era una romería de empleados públicos. ¿Por qué tantos funcionarios? Nosotros lo somos. Las aguas de Buenaventura son más salobres que el resto del Océano desde que se terminó la vía que conduce a Bogotá. Es que siete millones de hombres públicos han ido a bañarse allí, después de un largo encierro en esta casa de ejercicios.

Nosotros íbamos enervados; unos cinco jovenzuelos, sin juventud característica: esa era la compañía mientras el tren bajaba hacia el valle del Cauca por la orilla de los ríos que están ocupados en lamer las alturas del Ruiz, el Santa Isabel y el Cisne. Esta orilla occidental de América es nueva en la tierra; los ríos no han podido formar aún grandes playas riberanas al mar. Es joven nuestra América. Pero estos jovenzuelos no son jóvenes; espermatozoides de español o de indio en óvulos de negra. Son vísceras enfermas; el soplo de la boca divina de Jehová parece que no hubiera alcanzado para ellos. Es la desgracia de los pueblos primitivos que vinieron a la vida civilizada en momentos en que el mundo se unificaba: se encuentran, sin haber devenido, sin haber pasado por las metamorfosis, sin haber tenido tiempo de desarrollar sus posibilidades, en medio de los gustos, vicios y costumbres de los pueblos ricos y ya en decadencia. ¿Qué han aprendido los primitivos de los europeos? Eso se preguntaba Federico Nietzsche. Lo malo únicamente, el alcohol, el lujo, la exasperación sexual. La religión cristiana, por ejemplo, esa insuperable religión de Cristo, ¡en qué monstruosidad la han convertido los zambos americanos! La han injertado en la madera seca de las mesas de votación, las mesas eleccionarias; la injertaron a las urnas, a esos depósitos de democracia… ¿Y qué flor y qué fruto ha producido el injerto? A García Moreno, prototipo del cristiano de Sur América, y a ese otro monstruo, Plutarco Elías Calles, prototipo del irreligioso. No podemos contener nuestra indignación al saber que se ha comparado a este señor Calles con el fruto más jugoso del árbol de la vida, con Nerón, con César Aenobarbus. ¡Qué artista perdió el mundo cuando Epafrodita hundió el puñal en la garganta de Aenobarbus!

Pero la gran tristeza es nuestra Colombia de hoy, que ya no tiene energía siquiera para producir revolucionarios. Vivimos en una paz cadavérica. México tiene energías inciviles, pero al fin energías. En nuestra patria todo, hasta la energía vital, se la roban los santones gordos y avarientos que emiten treinta mil votos y que moran a orillas del río Aburrá; tienen agarrado el reino de los cielos, y para que éste no se escape de allí han establecido la endogamia. Su oración vespertina es: «Únicamente en Medellín se puede criar familia».

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También iba con nosotros un sabio alemán. Alemania ha impuesto el tipo del sabio, así como lo impuso Grecia en los tiempos antiguos. ¡Qué diferencia entre estos sabios alemanes y el tipo griego! Este era el hombre que se había libertado de las pasiones, el que había dejado atrás lo fenoménico y vivía una vida sustancial, fuera del tiempo, como los dioses. El sabio alemán, el sabio de esta civilización de cocina que tenemos desde la Revolución Francesa, es un devorador de hechos, es un almacén de datos, es una cartera de apuntes, es unos anteojos, detrás de los cuales está una fisiología enferma. ¡Cuán feo es el sabio moderno! Es que estamos en los tiempos en que reunimos los datos, en el siglo del análisis; los antiguos se apresuraron a sintetizar, sin haber reunido los elementos necesarios. En la vida de la ciencia se observan períodos de síntesis y períodos de análisis; cree el hombre haber analizado suficientemente el universo y emite entonces una síntesis; luego advierte que su creación es deforme y se lanza nuevamente a analizar, con ansia devoradora. Desde la Revolución Francesa los ojos se han gastado entornándose en la extremidad del tubo ampliador del microscopio; los oídos se han perdido, y lo mismo todos los sentidos, a causa de esa parálisis fisiológica que produce el acto de observar atentamente. El sabio moderno no es aquel que dominaba a los hombres con el poder de su energía: es un enfermo, dispéptico, miope, duro de oído, varicoso, barrigón; es la figura del cocinero. Este no es el sabio. Será el peón de la ciencia; el sabio será aquel hombre sintetizador que vendrá después de este período de análisis.

La embriología, la sistemática, la filogenia, esa belleza recién nacida que se llama la biología, ¿qué son sino un número monstruoso de hechos desarticulados? ¿Quién será capaz de sintetizar los innumerables hechos que componen el bagaje de la sabiduría moderna? ¿Quién podrá extraer de ese libro de datos una explicación de la vida, de la muerte, de los anhelos e intuiciones del hombre? Cada ciencia es una reunión de hechos dispersos. ¿Hay una fuerza vital? ¿La vida es un quimismo? El vitalismo, el quimismo, el finalismo, todo lo trascendental es hipótesis; todas las explicaciones últimas son hipótesis, propias para dirigir el ojo miope del sabio, pero nada más.

¿Qué influencia social puede tener este sabio que sólo trae la duda? ¿Qué influencia puede tener sobre el moribundo? De aquí la inferioridad de este pobre sabio humilde ante el fastuoso, sano e imponente Santón. El Santón domina y dominará, dirige y dirigirá las sociedades y los individuos, porque tiene en su poder una contestación para todas las preguntas supremas, contestación que le ha sido revelada por Dios, contestación que está fuera de la ciencia. ¡Cómo desprecia el Santo a la ciencia! «Yo soy la verdad». La ciencia no puede ofrecer sino hipótesis débiles, y por eso es despreciada y ofendida por el Santo, por todos, por el hombre, pobre caña mecida por el huracán del miedo a la putrefacción, a la muerte elemental. El Santón será por muchos siglos la columna del orden. Médicos, psicólogos, químicos, biólogos, en sus instantes de miedo ante el enigma que han pretendido violar, caen arrodillados ante el Santón, que, con voz ahuecada y la mano sobre sus cabezas, dice: «Yo te absuelvo, hijo mío». En verdad que el único papel digno de ser ambicionado desde que se implantó la democracia, es el de estos hombres que tienen en sus manos, guardadas dentro de las mangas amplias de sus hábitos oscuros, las llaves.

El sacerdote, sin esfuerzo alguno, sin haber tenido que investigar, afirma cuál sea la causa de las causas; de vez en cuando, más bien por adorno oratorio, enumera algunos hechos comprobados por la ciencia para reforzar sus afirmaciones. Pero, en verdad, a él nada le importa la ciencia.

El sabio de hoy gasta su vida observando un solo hecho, o tres a lo sumo, para concluir que el sabio de ayer no tenía razón al atribuir tal causa a ese hecho. Nos dijo el paciente Fabre que la Sphex, guiada por el instinto, hundía su aguijón en los centros nerviosos de los grillos, para paralizarlos, sin darles muerte, con el fin de que sirvieran de alimento a sus larvas. Y el señor Marchal, una vez que hubo muerto el gran sabio, averiguó que no había tal certero instinto y que no había tal amor maternal; que si el aguijón hería los centros nerviosos era porque sólo allí podía herir, debido a la forma del cuerpo de la presa.

Indudablemente que la ciencia está inerme ante el Santón. Moriremos de rodillas como Montaigne…

* * *

En compañía de esas juventudes enfermas y de este sabio recorrimos el Quindío, la tierra prometida que encontró la raza antioqueña después de muchos años de ayunar en sus áridas montañas. Los montañeros de Abejorral y de Pácora entraron hace poco allí con la ropa envuelta en un pañuelo atado al hombro. El que desee asistir a la metamorfosis del pobre campesino antioqueño en millonario, vaya inmediatamente a la Hoya del Quindío; la próxima generación será de doctores, graduados, o sea, alcoholizados, en Bogotá; estos campesinos están aprendiendo inglés y ya fueron a Panamá y a Lourdes. En el Quindío se efectúa la transformación rápida que se efectuó en el oeste yanqui. Por eso son teatrales y externos. Los salones son lujosos y las cocinas sucias. Las mujeres se visten de seda, pero… nada podemos afirmar: ¡fuimos de una castidad hermética!

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En Armenia recibimos telegrama de que había muerto Etelberto, nuestro colega judicial. ¿Por qué escribimos su nombre con letra parecida a la suya?

¡Cuán efímeros somos! Nosotros nacimos para predicadores; nuestras reacciones son de predicadores. Al leer el telegrama, pensamos: si el sujeto es efímero, todo predicado de él lo será igualmente o más. ¿Qué buscamos, entonces? ¿Para qué buscamos? ¡Ay, querida Julia, sentimos los viejos anhelos místicos! No esperes de nosotros definiciones de la vida, resoluciones de problemas; nosotros jamás pudimos en la clase de álgebra, a pesar de las insinuaciones de la rama de bambú de nuestro maestro, encontrar una sola equis; el padre Torres sostenía que nosotros éramos absolutamente incapaces de encontrar el término desconocido. Además, querida Julia, nada nos están pagando por resolver los problemas de la humanidad; siempre hemos sido discípulos, hasta en el amor, en esto más que en todo. ¿Que nos contradecimos? Lo que pasa es que nuestro interior es un hervidero de contradicciones.

A Etelberto, Baco alegre y sereno, un cáncer le devoró la lengua… ¿Qué nos importa ya, ante este hecho desastroso, que el hombre sea una promesa? ¿Qué nos importa tu cuerpo, Julia? El cuerpo de Etelberto sufre ahora la muerte elemental entre el ataúd que es más largo, un poco más largo que él, y gordo, en donde queda el vientre. Cuando morimos nos dan casa en que el vientre es el rey.

Ante el cadáver tenemos miedo de estar solos. ¿En dónde está el héroe, el que no sea sociable? Nos sentimos solos ahora porque con la muerte de Etelberto está en el campo de nuestra conciencia el problema de la disolución. Mientras más viejos somos, más temerosos. El niño no tiene miedo porque el racimo humano a que pertenece está completo. Las muertes nos hacen sentir la soledad, y ésta es aterradora para este animal sociable. ¿Qué somos? Bien en verdad somos lo fenoménico; somos la cara, los brazos, el tronco y las piernas. Y como vemos que eso envejece, que los tejidos diferenciales se van atrofiando y los reemplaza el conjuntivo, ese manjar agradable del gusano, que todo se pudre en una bóveda en perfecta oscuridad y soledad… temblamos de pavor.

Reconcentrados durante una noche en aquella Armenia juvenil que sólo piensa en el dinero y en la alegría, compusimos nuestro mejor canto:

Jesús es el camino; Jesús que triunfó de lo fenoménico.

¿Quién otro ha vencido a la muerte? Esos pobres campesinos de Galilea no pudieron inventar la resurrección de Jesús y sus conversaciones de resucitado.

¿Cuándo será que arrojemos de la conciencia la idea nítida de que somos el cuerpo y la pasión, la memoria y el pensamiento? ¿Cuándo será que pasemos a otro plano de conciencia en que percibamos el ego como una entidad? Hoy nos parece imposible; somos mucha carne y osamenta; el cerebro es una proporción ínfima…

Nuestro plano de conciencia es aún muy inferior. Dice: cuando no sudemos, cuando no deseemos la mujer ajena, ese colchón de tejido adiposo, tan tentador, ya no seremos…

¿Sería verdad que Jesús venció lo fenoménico? ¿Sería verdad que Jesús no era su cara judía y su cuerpo virgen?

El día en que el hombre sienta que no es accidente; cuando perciba esto de modo natural, así como de modo natural percibe hoy que es los atributos, el vientre y el cerebro, estará en capacidad de soledad, no será ya un animal; será, con relación a nosotros, lo que el miriápodo es respecto al hombre. Se llamará: El Esencial.

¿Quién superior a Jesús? Vivió como eterno; fue quien consideró la forma corporal como accidente, fue el Superador.

¡Nada de Siddharta Gautama, ni de Sócrates, ni de Confucio! Jesús fue el primero que venció a la muerte.

Nosotros, Etelberto, aún sentimos que al morir nos pudriremos y queremos estar con nuestros parientes y conciudadanos en la bóveda. ¡Es que el soplo divino es muy escaso! Pero el día en que logremos percibir que fue natural que Jesucristo resucitara y se fuera para el Padre, él, un yo, cambiaremos nuestro título de ciudadanos del universo por el de ciudadanos de lo inespacial.

* * *

Se desliza el tren por el valle del Cauca ardoroso y todo surgimiento. Surgen altas las ceibas, los písamos, las palmeras y las gramíneas; surgen altas, pletóricas de jugo vital y tentadoras como el callidissimus serpens bíblico, estas negras tan hermosas, y surge alta también y se dilata el ansia de vivir eterna, pero fisiológicamente. Nuestra alma no quiere abandonar la tierra, no se siente ahora atraída por nada extrauniverso. Es una perfecta armonía nuestro cuerpo en este ambiente. El espíritu se ha unificado con el cuerpo y con la tierra: todo es una unidad; no hay contradicción en nosotros; somos tan armoniosos como el amibo, el unicelular. Este valle del Cauca es nuestro ambiente propio. Ni siquiera percibimos que la tierra es pesada; tan grande es la armonía que desapareció hasta la conciencia, que no es otra cosa que la percepción de contradicciones y roces. El que está en su medio propio, nada percibe; la felicidad verdadera es negativa. El Ser perfectamente natural es completamente inconsciente y feliz.

Este valle sensual del Cauca se extiende ilimitado al sur entre dos cordilleras laterales poco elevadas; el tren recorre una recta bordeada de guaduales, cacaotales e inmensas praderas; en las casas de las dehesas se ven tirados en el suelo, adormecidos por el calor, esos negros de voz triste, dormilones y de alma hermética, para quienes en la tierra no existe sino la palmera; sus mujeres son palmeras; se les pregunta por el nombre de los árboles y contestan: «Eso es una palmera».

La negra lustral de ese valle nos tentó. El Diablo nos susurraba al oído: «Sólo hundir los dedos en esa carne dura y luego retirarlos para percibir cómo resurge, se devuelve; únicamente acariciar esa piel vivísima, correr la palma de la mano y las yemas de los dedos por las curvas».

¿Cómo defendernos? La biología fue nuestro escudo. La regeneración, por ejemplo el lagarto que reproduce su cola cuando la ha perdido, es el mismo fenómeno de la generación. Podemos reproducirnos en nosotros mismos, regenerándonos, o gastar la energía en la formación de otro ser. O damos la fuerza a otro (altruismo) o nos autoengendramos… Y nosotros, que somos los ansiosos de la eternidad de nuestro organismo, los supremos egoístas, ¿cómo caer en la tentación? La biología, esta hermosa ciencia de la vida, nos libró de la tentadora negra del valle del Cauca…

El hombre, el yo, la facultad de pensar, el sentimiento de la alegría, todo es una sinergia. Este número inmenso de células que forman el cuerpo, esta multitud de órganos diferentes, cooperan para formar la síntesis que expresamos con el término yo. Y son tantos los órganos, tantas las funciones en el animal superior, que el equilibrio se rompe fácilmente. El amibo, ese ser unicelular, ¡cuán feliz es! No se ha complicado, es uno y nunca muere. Su cuerpo se divide en dos y así se multiplica. Nosotros, los animales pluricelulares, morimos, o sea, se acaba la sinergia. Lo único que muere en el universo es lo compuesto; los elementos no mueren. Desde pequeños le hemos tenido envidia al amibo. Esa su eternidad…, ¡qué poema más emocionante para nosotros, atormentados por la tumba!

La vejez es la disminución de la sinergia; los tejidos diferenciales van degenerando y convirtiéndose en tejido conjuntivo. Las glándulas se atrofian y no secretan las sustancias incitadoras. De ahí nuestro entusiasmo obsedante por la castidad de ojos firmes y de arco tenso. El miedo a la muerte nos aleja de la generación hacia la regeneración. ¡Somos los supremos egoístas! ¿Qué importan al místico qué somos la sociedad, los problemas gregarios? Sociología, Derecho Público… A nosotros, filósofos del pánico, ansiosos de la perpetuidad de la carne, sólo nos preocupan la Fisiología, el libro de los contratos en el Código Civil, la Biología… Queremos ser castos a causa de la eternidad y para ser siempre los deseadores de ti, Julia, del océano vivificante, de la atmósfera conductora de las corrientes de energía sideral…

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Aire espeso y caliente. Estamos adormecidos y pletóricos en esta inmensa tierra que el río Cauca aplanó en siglos de correr. Para nosotros es ya todo vegetación, así como para el negro caucano todo es una palmera. Somos árboles sembrados en la tierra y en el ambiente. Las ideas son la savia que circuló en forma de emoción por la raigambre de los nervios y fructificó. Nos vimos nítidamente como árboles, como vegetaciones de nuestra tierra. ¡Qué buen concepto de patria! Y nuestro planeta es otra vegetación de los espacios. El minúsculo parásito de nuestro cuerpo no sabe que vive en un organismo, y así somos nosotros en la esfera y la esfera en el espacio. Pero nuestras raíces están especialmente en un espacio limitado. Vimos un árbol inmenso; sus raíces penetraban en gran red en la tierra desde el Orinoco al Pacífico y desde el Caribe al Amazonas… Pero colgados de sus ramas vimos también un gran número de titís, monos americanos, que hacían una cosa inmunda en el árbol, y el árbol se marchitaba. El niño que sale del vientre lanza un grito de dolor o de alegría (aún no se ha averiguado), da un puntapié en el muslo materno y remueve la cabeza con la gracia de los movimientos completamente animales en busca de la teta. ¡Cómo quiere a su madre! ¡Este es amor, la atracción del conjunto celular sediento y hambriento! Pero los americanos, los titís, al nacer hicieron una cosa inmunda con sus padres. Consideremos aquel día en que recién nacidos quisieron asesinar al señor Bolívar, durante una noche de amor. ¡Cuán grande fue Bolívar! ¡Dar vida a estas gentes! ¡Sacar chispas de heroísmo de esta sub-raza!

Estamos sembrados a la patria y sus jugos deben nutrirnos. La grandeza no es posible sino absorbiendo la de la tierra. ¿Qué importan culturas extrañas? Pero en Colombia comemos lo que producen otros suelos, importamos qué leer y quien nos preste dinero y nos lo gaste, y también importamos quien nos enseñe la biografía de Bolívar.

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En Cali fuimos a parar a la casa de un pelabolsillos italiano, en la cual es maestro de ceremonias Bolaños, un zambo suramericano.

Eran los días de las Olimpiadas y la pieza donde nos hospedamos estaba recién deshabitada por una conciudadana de Anatole France, experta en amor, introducida por el Canal de Panamá, en brazos de los peones yanquis. ¡Qué cosa tan vulgar es un yanqui; no tiene siquiera, cuando es perverso, la espiritualidad del latino; es como los animales que se han pervertido en la casa del hombre: perversidad pura!

«La señora decía que ese autor es inmortal», expresó Bolaños al retirar de la mesa un volumen pornográfico. ¡La inmortalidad! ¡Qué concepto tenemos de ella! ¡Ay, amigo Bolaños, qué inmundicia es la inmortalidad! Es unas páginas que sirven de acicate o de hormón a las venus expertas, sobre las cuales derraman su entusiasmo los poetas ebrios; páginas que sirven de estímulo a los metafísicos como nosotros para confeccionar cinco frases acerca de la vida. Somos, en verdad, la especie más detestable. ¡Qué asco nosotros mismos! ¡Qué masa de miedo, de vanidad y de sudor es el hombre! La grandeza no se encuentra en la vida ni en la historia, sino en las biografías que fabrican los parientes o los amigos íntimos del difunto…

Amigo Bolaños: venimos de lejos y podemos afirmar que no hay ninguna inmortalidad; hasta ahora creíamos que el unicelular era inmortal; pero últimamente hemos leído que también estos seres interesantes, aislados en un cultivo, degeneran y mueren. Venimos en busca de la inmortalidad y no la hemos encontrado. ¿Qué hallamos? Lo mismo que Francisco de Quevedo en Roma, la tierra de los santos inmortales: putos y putas. Eso es todo, desde la materia amorfa hasta el señor que escribió ese libro. Este cuarto huele a eso, el cuarto que nos proporcionó el Mussolini que cobra antes de entregar las llaves «porque ya otros doctores se fueron sin pagar». Robos, asesinatos, vanidad, exasperación sexual; ése es el hombre de enero de mil novecientos veintinueve, igual a lo que fue en el año uno de su historia.

¿Qué se ve, querido Bolaños, en esta ciudad en fiesta? La sociabilidad nos pierde al crear las ciudades, así como fue el origen de todo progreso. ¿No cree usted que la ciudad sensual es nuestra ruina? ¿Ve usted ojos interesantes o mandíbulas fuertes? El hombre del sexo no podrá ser el padre del pensador. Sólo un pueblo frío y casto es una promesa y nosotros nos hemos convertido en el mercado de la pornografía yanqui, francesa y española: películas y novelas. Nuestra juventud tiene ojos, cabezas y extremidades de niños pervertidos.

¡Cuán sabroso es predicar! Le envidiamos a Salomón ese título de Eclesiastés. Pero Bolaños bajó de nuestro cuarto agradecido por la moneda que le regalamos; gozaba más con ella que con nuestras ideas. Así es Colombia: aquí el que da a luz algo bueno, queda completamente virgen. Pero si se le hace un soneto al Nuncio del Santo Padre, al gran elector, colocan al poeta en la Legación de París.

«Pero en América hay grandes escritores y artistas…». Esto insinuaba Bolaños, poeta bogotano, cuando fue a cambiar las sábanas que habían envuelto y acariciado el marmóreo cuerpo de nuestra antecesora.

Lo primero que hizo el hombre cuando de su masa animal se desprendió, especializada, la facultad de conocer, de inducir y deducir fue, amigo Bolaños, comparar.

Comparando principió a agrupar los seres. Para expresarse a sus descendientes, movido por el deseo de perdurar, escribió. ¿Cómo escribió? En las paredes de sus cuevas y en astas de reno, con caracteres pictóricos y jeroglíficos. Imaginémonos uno de aquellos primitivos, un Bolaños cuaternario, con un asta de reno en la mano, diciéndole a su huésped: «Este libro es inmortal; aquí está definida la vida y la muerte». Esto en el continente Eurasiático, pues aquí, en Sur América, los primitivos, que aún viven, escriben en las paredes de los excusados y en los puentes. Esas obras, querido Bolaños, también son inmortales. ¿Qué diferencia hay, sustancialmente, entre la obra que dice: El que fía es un marrano, y la que dice: Todo animal viene de un huevo? ¡Todos somos inmortales!

La pictografía descriptiva. La metáfora. El reino intelectual del primitivo es la metáfora. La comparación es el método inicial de la mente; es el primer paso para llegar a la Esencia. El Oriente tiene fama de ser metafórico en su lenguaje; pero no hay tal; fue metafórico porque allí fue, según parece, el lugar en donde se iluminó primero la carne del hombre.

Cuando teníamos doce años y comenzamos a agacharnos sobre la filosofía moderna para buscar en ella esos animales repugnantes que se llaman sofismas, según hermosa expresión del padre Garcés, nos dijo nuestro maestro: «La metáfora es la madre del sofisma; no filosoféis con metáforas».

Para nosotros, que pertenecemos a los amigos de la verdad —amicus Plato, sed magis amica veritas—, la metáfora es una indecencia, y por eso al dar principio al viaje adjetivamos duramente a las emociones artísticas. Pues bien: la literatura americana es hojarasca metafórica. Nuestro continente es muy nuevo. Escuchad a Briand o a Lloyd George. Todo es ideas desnudas.

Nosotros somos jesuitas; los años de nuestra formación los vivimos en busca de sofismas, hasta el punto de que el doctor Quevedo (Tomás) dijo, cuando examinaba a uno de nosotros a causa de la estrechez pectoral: «Si este joven no abandona su odio por el sofisma, llegará a ser santo, pero morirá muy pronto». ¡Es curioso! El hombre que se deja arrastrar por el sofisma está gordo y su vida terrenal transcurre agradablemente. Durante dos años refutamos todos los argumentos sofísticos que se han inventado contra esa hermosa composición de los seres: «Materia prima y forma sustancial». Hay diez mil ochocientos tres argumentos en contra de esta mixtura, y todos tienen su origen en viles metáforas.

¡El arte! ¡La literatura! ¡Eso es pura metáfora!

¿Qué hizo Sócrates? Cogió uno por uno a los sofistas y los convenció, en forma dialogada, de que sus afirmaciones nacían de metáforas, lo cual equivalía en Grecia a un insulto. Por eso Anytus y Meletus lo acusaron.

El efecto más terrible es el de la metáfora oratoria: hipnotiza; descompone el complejo psíquico. ¡Aplausos!

El hombre jesuita no goza sino con tres cosas, a saber: las tres proposiciones del silogismo; la mayor, la menor y la consecuencia. El que conozca las leyes de estos tres elementos es más poderoso que un ejército de alemanes. Santo Tomás fue el mago del silogismo. Cierta vez discutía con un fraile a quien asaltaban dudas acerca de la existencia del Diablo. ¿Qué hizo Santo Tomás? Lanzó las dos premisas, como se lanza un anzuelo en el río caudaloso; y el Diablo salió chapaleando de los infiernos, aterrador y furioso, casi ahogado por las premisas mayor y menor: ¡el Diablo era la consecuencia! ¡Imaginaos el susto del incrédulo!

«Una cosa es lo que es y no otra». Esta es la piedra madre de la lógica. ¡Ay, amigo Bolaños, nuestra juventud jesuítica fue una continua vergüenza a causa de la metáfora! ¿Cómo no la hemos de odiar? Durante toda una noche de insomnio preparábamos un argumento contra la simplicidad del alma, contra esa propiedad elástica que tiene el alma humana; la vais a cortar para darle a cada órgano su parte, y ella se encoge sobre sí misma y se desliza como el pez agarrado con la mano. Decíamos nuestro argumento, y el padre Quirós, con sonrisa protectora, contestaba: «Distingo la mayor…; luego la consecuencia es falsa; ¿el alma se une al cuerpo como principium causans? Acepto…».

¿Cómo queréis que admiremos la literatura de Sur América, nosotros, los jóvenes de las premisas lógicas y a quienes la metáfora avergonzó durante años y años? ¡Qué pléyade de poetisas y de poetas, para quienes el sexo está en las flores, en la atmósfera y en la luna! Eso es todo, Bolaños, ilustre poeta bogotano.

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Bolaños. —¿Cómo les han parecido las mujeres de Cali?

El Eclesiastés. —Hemos visto vivir a Cali en sus fiestas. El hombre, todo ser, huele a cadaverina, sobre todo cuando está en multitud. Viviendo vamos muriendo; nuestro organismo es cadáver y vida; vivir es descomponerse y transformarse. Cuando el hombre tuvo la boca cerrada mientras oía al orador, hubo mucha muerte dentro de él, y, apenas la abrió para comunicarnos su emoción, ¡ésta era un cadáver! Cuando la amada duerme a nuestro lado y al despertar nos dice su amor… Nuestra castidad proviene, Bolaños, de motivos intelectuales y de la muerte. Aun en lo más vivo percibimos el cadáver. Las tetas es lo primero que se pudre; el tejido adiposo es un hormón para el hombre en rijo, y es lo más cadáver. Existe una afinidad fatal, o quizá una relación de causa a efecto, entre la descomposición y la composición, entre la putrefacción y la fecundación. Pero nosotros desde pequeños hemos tenido hiperestesia del olfato; desde pequeños intuimos que el amor sexual es la afinidad que existe entre la vida y la muerte; que los necróforos no son únicamente esos insectos que ponen sus huevos sobre cadáveres, sino que todos lo somos. El óvulo que se separó y va muriendo pide al espermatozoo, y éste tiende al óvulo en descomposición. Todos llevamos los estigmas de la muerte. Basta considerar que en pocos años cambian completamente las células orgánicas. Hemos contemplado hoy las cabezas de la juventud, y las ojeras, las calvicies incipientes, preludiaban el esqueleto. El corion es apenas un velo sobre la podredumbre. Para nosotros el amor festivo es imposible aquí en este valle del Cauca en donde la actividad vital enérgica hace evidente que no hay antítesis entre vivir y morir, entre la cadaverina y el brillo de los ojos. Toda rareza es hipertrofia de algo normal en la especie; para algunos la fetidez es un excitante. Somos, en verdad, necróforos.

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Terminamos nuestro viaje. Estamos en la mar. Es femenina. Hemos vivido un mes de vida trascendental. Nuestras cortezas cerebrales están excitadas, desenfrenadas. Yacemos en decúbito dorsal en las aguas salobres. Aquí percibimos más claramente que la tierra es nuestra madre; las olas nos mecen y acarician. Toda célula, todo organismo está empapado en el movimiento rítmico y vital; cuando óvulos, cuando embriones, cuando la multiplicación celular en las entrañas maternas, todo nuestro vivir era el palpitar de la energía en nuestra madre; después, nos mecía el movimiento del pecho materno causado por el circular de la vida, y para dormirnos nos balanceaban los brazos de la madre. Por eso esta alegría en medio de las aguas vivas del mar es alegría esencial.

Estábamos así desde mucho tiempo cuando oímos la música de un vientecillo apacible; allí estaba Dios y nos interrogó como a Job:

Porque Delage, Loeb y Bataillion han obtenido artificialmente que el óvulo virgen principie a desarrollarse, ¿sabes tú quién eres?

¿Estabas en los elementos del óvulo? ¿Dónde estaban esos elementos antes de aparecer?

¿Sabes tú en dónde están tus superhombres, Siddharta Gautama y Gregorio Rasputín?

¿Crees conocer la vida porque separas animales, vegetales y minerales? ¿No será la tierra más viva, más orgánica que tú? ¿No se mueve ella sobre sí misma y alrededor del sol con infinita mayor viveza que los jugos vitales en tu cuerpo? ¿No se mueven con mayor energía las aguas del mar, las corrientes magnéticas y eléctricas, las corrientes subterráneas, el aire atmosférico que la sangre en tus venas? ¿No crecen más vivamente las plantas y animales de la tierra que los cabellos en tu cabeza? ¿Crees que la tierra y que los conjuntos estelares son inorgánicos?

¿De un eolito y de un sílex encontrado en el fango de hace pocos siglos deduces la vejez de tu especie? ¿Crees por eso que el hombre no es el sello mío?

¿Niegas la inmortalidad porque el cadáver no se ríe? ¿Llamas inmortal a aquel cuyo nombre perdura unos años en las hojas de los libros?

¿Crees conocerme porque inventaste los términos infinito y esencial?

Entonces salimos rápidamente del agua, nos vestimos avergonzados y murmuramos:

¡No te estrelles, Señor, contra estas débiles cañas! ¡No contiendas ni arguyas con estos pobres animales! Volveremos humildemente a los hombres gordos entre quienes nos pusiste. Eres el Deus absconditus; eres el que está fuera del metro y fuera del litro; eres, Señor, quien trasciende del verbo y del adjetivo, quien es negado cuando afirmado. Volveremos a Medellín a ser Jueces; a juzgar lo que tú no has juzgado, para ganar la subsistencia. Confesamos, Señor, que somos el animal que suda y que se hunde en la tierra cuando tu voz le llega, así como la lombriz cuando se levanta el cespedón.

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Epílogo

El autor de este libro volvió a Medellín el dieciocho de enero de mil novecientos veintinueve; volvió a ti, mujer cercana, lectora cercana; volvió a tus ojos celestiales, mujer múltiple. Tú lo despediste al partir y habrás de despedirlo cuando muera. Será un entierro elemental; sólo tú y los tres hijos; los conciudadanos estarán enojados… El autor te suplica que no vayan allí automóviles llenos de hombres gordos que hablan de la brevedad de la vida.

Tú, Margarita, que sabes el intenso amor del autor por su tierra colombiana, por el aire colombiano, por el Simón Bolívar solitario de Santa Marta, por el mar territorial, eres la única que puede entender la finalidad de este libro: describirle a la juventud la Colombia conservadora de Rafael Núñez; hacer algo para que aparezca el hombre echado para adelante que azotará a los mercaderes. Para ti es este libro; tú sabes qué piensa el autor de Nuestro Señor Jesucristo.

* * *

Plaudite amici; comœdia finita est.

Fernando González

Fuente:

Viaje a pie. Fondo Editorial Universidad EAFIT - Corporación Otraparte, octava edición, Medellín, diciembre de 2010.

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Viaje a pie - 1929

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Manuel José Cayzedo

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Ultima revisión en abril 11 de 2016

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