Corporación Otraparte

Mi Simón Bolívar

(Lucas Ochoa)

Fernando González

1930

Al mayor Santander
y al general Páez.

Introducción

Soy amigo de Lucas Ochoa. Algo así como su discípulo, aunque a ratos me burlo de él. Estoy convencido de que es necesaria cierta dosis de ironía para la admiración inteligente. Me explicaré: sólo los inferiores admiran con seriedad. La vida es en todas sus fases movimiento. Todo vibra. Por ejemplo, la densidad proviene del grado de vibración de las moléculas, o mejor, de los electrones. De ahí que un sentimiento puro, la admiración pura… ¿Qué mujer ama a quien la adora ciegamente? Una pasión así carece de gracia.

Pero es demasiada filosofía para afirmar que soy amigo de Lucas Ochoa. ¡Es tan sabrosa la metafísica!

En todo caso, lo evidente es que Lucas y yo sostenemos como un primer principio que el hombre es centro del universo, el cual es alimento para su conciencia.

Emocional llamamos nuestro método. Comprender las cosas es conmoverse; hasta que uno logre la emoción intensa, no ha comprendido un objeto; mientras más unificados con él, más lo habremos comprendido. De ahí que sea tan viva la definición de la belleza cuando se hace consistir en la cualidad de los objetos que nos incita a poseerlos. El amor es la tendencia a la unificación. El supremo sentimiento místico es la concentración de la conciencia en Dios: una unificación tan completa, que llega a producir el éxtasis.

Nosotros llamamos sabio al que ha sentido vivir el universo y ha vivido con él. De ahí la gran idea trascendental de Lucas, que verá el lector más adelante, acerca de la conciencia. Por ella divide así a los hombres: fisiológicos, hombres maridos, hombres cívicos, patriotas, continentales y hombres de conciencia cósmica. Este último es el sabio; se ha unificado con el universo y percibe esa unificación; se percibe a sí mismo como Dios. ¿No somos hijos de Dios y, por consiguiente, dioses?

El sabio, mediante el método emocional, ha percibido la voluntad de todos los seres y las ansias de todo lo que existe. Mediante ese método ha hecho que su conciencia, por decirlo así, avanzara sus raíces, como inmenso árbol, a través de todo lo que existe, para nutrirse de ello. «Nada es extraño a mí». En realidad, la conciencia es todo en el hombre y el secreto de la sabiduría consiste en vivir con todas las cosas. Para entender al niño hay que tener la emoción infantil. Para entender a los astros hay que vivir con ellos…

Me viene ahora el recuerdo de un albéitar: el caballo no se dejaba colocar en la pista y caracoleaba fogoso. Acercóse un matón alto, delgado, con una cicatriz en la cara y le pasó la mano por el espinazo con una emoción vibrante; le sopló y mordió una oreja, y se montó… Eran una sola voluntad, un solo animal ardiente: y la amiga que estaba a mi lado quedó en éxtasis.

Todos recordamos nuestros instantes de amor. La compenetración con el ser querido la percibe uno sin saber cómo llegó a esa percepción evidente; es entonces como si ambos amantes pensaran y desearan del mismo modo, y ambos saben (¿cómo?) que se aman y lo que desean. Es una ley superior a la de las ondas eléctricas.

¿Y qué le pasa al sabio? Desaparece en él el concepto de patria. Su conciencia es cósmica.

Nuestros antepasados, que tenían una conciencia aún inferior, que eran hombres de sólo fisiología poderosa, hijos de los Balboas, Juanes de la Cosa y Pizarros, llamaban, por ejemplo, trompa a los labios del esclavo. Para el sabio son todos estos conceptos, relativos.

La patria es precisa para el hombre fisiológico, contra el robo y el asesinato. Pero el sabio no es poseído por esta pasión: es un mahatma.

En un período bajo de la conciencia, a los hombres los cohesiona y sostiene el concepto de patria; pero todo es andaderas y el fin reside en la unión con la fuerza infinita. La energía se expande, mediante el método emocional.

¿Qué pueden importar al sabio la alabanza y el honor literario? Sabe que ser es diferente a parecer. Pueden decirle mil atributos ¿y qué ganancia obtiene? El que se entrega al método emocional sabe que la alegría está en el poder de la conciencia.

Escribe Lucas en uno de sus cuadernos íntimos:

«Me da risa pensar en muchos conocidos, imaginando que repentinamente se quedaran solos en el mundo. ¿Qué sería de ellos, pobres hombrecillos vanidosos, que publican todas las boletas, todas las alabanzas?

Aquí estamos los mahatmas en medio de nosotros mismos. Para nosotros la soledad está en la compañía, pues lo que más despreciamos es el amojonamiento. Nada habla, sino el hombre. Los árboles están sembrados y los mueve el viento, pero callan. Los animales no hablan, ni los minerales. Pero todo es consciente y se emociona. Indudablemente lo que más ha impedido al hombre, en cierto modo, el ascenso a la conciencia cósmica ha sido el lenguaje, que es limitador y separador de individualidades. Por eso los grandes conscientes que ha tenido la humanidad han percibido como una etapa próxima del hombre, la comunicación emotiva, sin necesidad del lenguaje articulado».

Nuestro criterio práctico de vida ha sido así:

Somos diosecillos andrajosos que trepamos la escala de la conciencia. Sentémonos a la puerta de todo lo bello hasta hacerlo nuestro, por el método emocional. Persigamos al héroe hasta uniformarnos, hasta que viva en nosotros. Sólo por la emoción podremos embellecernos a nosotros mismos. Pero no perdamos de vista que el universo es el objeto y que no debemos ser poseídos. Lo que empobrece es el ansia, el ansia que ahoga al que se hunde en el agua, el ansia que apresura el desgaste del enfermo. El ansioso es objeto alimenticio, carnada de anzuelo. Hay acción absorbente y deprimente; la primera es emoción y la segunda, pasión. Contemplamos —por ejemplo— una mujer hermosa: si nos desordenamos, toda nuestra energía se la absorbe ella y quedamos temblones, ansiosos y enfermos. Abramos nuestra alma a los fluidos de la salud y la belleza de esa mujer y así nos tonificaremos armoniosamente.

Estar pletórico o eufórico, significa lleno, dueño y tranquilo. La belleza es un reino y sus esclavos son los incontinentes que ignoran el método que conduce a la sabiduría.

¿Cómo absorbemos la energía? Una nota de Lucas, nos responde:

«Considerando las emociones e ideas y paladeándolas. Ahora estoy tibio; siento circular por mi organismo todo el paisaje, todo el sol, todo el sonido y todo el silencio. Yo en la Tierra y la Tierra en el cosmos. Nada hala de mí:

Sois frutos del árbol de la vida;
no sois mis cazadores:
mi corazón no es fruto,
sino el devorador.

El devorador de las cosas bellas;
el cazador sentado
bajo el árbol
de la conformidad.

Ahora cantan las aves
humildes.
Para mí cantan los humildes;
para el cazador
reposado».

* * *

Lucas Ochoa ha vivido la mayor parte de su tiempo entre la gente morada de Colombia. Aquí han venido mezclándose las razas incesantemente hasta producir este tipo peculiar, enclenque, pequeño, de uñas violadas y amigo de los congresos, que es el colombiano.

Recorrió Lucas hacia el norte y hacia el mediodía, al levante y al poniente, en busca inútil de la belleza humana. Entonces fue al pasado y halló que en Santiago de León de Caracas había nacido, a la una de la mañana del veinticuatro de julio de mil setecientos ochenta y tres, un español criollo, heredero de toda la energía de los conquistadores, y que en su corta vida de cuarenta y siete años, cuatro meses y veinticuatro días había cumplido los siguientes principios en que se resume la actuación de la energía humana:

  1. Saber exactamente lo que se desea;
  2. Desearlo como el que se ahoga desea el aire;
  3. Sacrificarse a la realización del deseo.

Este hombre fue Simón Bolívar.

Encontrada la belleza humana, se aisló Lucas de sus conciudadanos y se entregó durante años a realizar en sí mismo al héroe.

* * *

En primer término, esbozaré la biografía de Lucas Ochoa, para que así pueda entenderse mejor la que hizo él de don Simón Bolívar.

Una biografía no es otra cosa que las reacciones que los hechos y pensamientos de un hombre producen en el que los contempla. Para comprender esas reacciones, es indispensable conocer el medio en que se producen.

* * *

Este primer volumen de Mi Simón Bolívar contendrá, además de la biografía de Lucas Ochoa, una segunda parte: «Ensayo de mensura de Bolívar», y un capítulo acerca de «El hombre que se documenta».

Esto último es preciso para conocer el proceso psicológico.

En el segundo volumen estará la biografía del Libertador (1).

———
(1) Fernando González no llevó a término este proyecto. — (N. del E.)

Lucas Ochoa

¿Cómo no perseguirlo, a Lucas, mi vecino…? Sus barbas efímeras, muertas en las mejillas, son retrato de su ánimo; indican sus grandes ritmos, euforias y depresiones. Durante treinta o cuarenta días crecen y vemos entonces al loco, de ojos ansiosos parecidos a los de Benito Mussolini… (Cuando retratan a este señor, ensaya unos ojos feroces como si fuera a comerse a Francia y a la señora Kolontay).

Si Lucas está en posesión de sus barbas, su andar es variado, rápido o lento y sus ideas van en pos del reposo o de alguna mujer y habla de la castidad. Sus vestidos son anchos, viejos vestidos enviados por algún hermano rico. En sus bolsillos van los tratados acerca de los budas, de los astros lejanos, teologías, magias y libretas…

Era un día de barbas. Los rayos solares calentaban hasta el hervor cuando me encontré con Lucas. ¡Pobre Lucas! Sonreía. Y me confesó el motivo: delante iban unas jóvenes mujeres y él hacía una semana que padecía por el ímpetu carnal, por su gran capacidad de ser absorbido por la hembra. Me dijo:

«Hace días que lucho y al primer descuido se desvía mi imaginación. Ahora sonrío. Pienso: ¡Qué agradable lo que estoy sintiendo al ir en pos de estas mujeres armoniosas! Me salvaré, pues sonrío. He logrado desdoblarme ya y contemplar objetivado al Lucas Ochoa sátiro. Ahí va delante el lascivo Lucas, y yo, la razón pura, voy aquí contigo riéndome de él, del pobre atormentado. Mujercillas: ¡Lucas es como la bola de saúco atraída por la varilla frotada! ¡Las mujeres! Conversan bagatelas y más bagatelas y se ofrecen cuando ya no es tiempo, como un premio por haberlas divertido».

«¿Qué hacer vosotros los nerviosos, tú, Lucas que vas delante, que no admites dilaciones?».

Otras veces aparece Lucas afeitado. Y entonces es lento en el andar, esbelto, habla con mesura y en su libreta lleva anotaciones de esta índole:

«Julio 2.—Comer poco; caminar muy despacio. La ambición mata: es un deseo que intranquiliza y chupa todo el prana como el peor parásito. Es un desequilibrio de fuerzas. Pas de femmes; pas de café».

«Julio 4.—No querer nada para tenerlo todo. No desear nada. No gozar con nada. ¿Qué me importa lo de la existencia terrena, aun mi propio placer, si todo está sujeto a la ley del crecimiento? Asisto al crecimiento de mi pasión loca y pienso: Envejecerá y morirá…, y entonces no me arrastra».

«Julio 5.—No enojarse. Las dos en punto: me enojé con el motorista del tranvía. Las cuatro y media: encontré dos Hermanos Cristianos que casi me cubren con las sotanas, y permanecí sereno. Pero, ¡cómo es terrible este mal humor contenido!».

«Julio 6.—Pas de femmes. Las tres de la tarde. Al ir en automóvil a efectuar un embargo, encontré unos ojos femeninos que cruzaron con los míos. Gran emoción. ¿Qué se dijeron? ¿Qué se dicen los ojos que se cruzan para alejarse? ¿Qué se dicen los astros que se cruzan las órbitas? Sólo sé que de la intensa emoción de aquellos ojos he quedado débil, olvidado del ruido arterial y me parece que floto en los espacios interplanetarios. ¡Qué horrible es el ruido arterial en mi oído izquierdo!».

«Agosto 30.—Lucas Ochoa no se enoja. Será una razón pura. Será lento, muy lento. ¿Para qué correr, si todo sucede sin apresuramiento?».

* * *

Tiene Lucas treinta y cinco años. Lo encontré un día al descender de la montaña Santa Elena en cuyas faldas está la ciudad. «Por todas esas cimas —me dijo señalando las que enmarcan el estrecho valle del río— voy en los días sin trabajo, detrás de Lucas, espiando al hombre apasionado, aconsejándolo…».

Era domingo. Venía con las manos en los bolsillos de los pantalones y con el andar pausado del hombre amigo de sí mismo. De lejos se veía el fingimiento, la imposición de la voluntad enfermiza sobre los nervios locos, sobre las meninges irritadas. Es el hombre de su idea. ¿Cómo camina, o cómo habla o cómo ríe? Según su idea. Es el hombre indeterminado. Venía con andar mecido y sonrisa despreciativa y de complacencia propia. ¿Qué pensaba? Sólo mías, porque lo admiro, son sus confidencias.

«¿Cuándo lograré quererme a mí mismo —me dijo— como se quiere el andaluz afilador que va con paso circunspecto arrastrando el mollejón y sonando de vez en cuando una musiquilla impertinente? Ahora cultivaré un sentimiento que acaba de nacerme: el orgullo. Allá arriba, al borde de una fuente diáfana, sentí de pronto que en el universo puede uno engreírse cuanto quiera; que el complejo emocional es la realidad. Todos estos son cabos de hombres, pedazos de humanidad envanecida. Ocuparé todo el espacio como un Hermano Cristiano. Yo también, como él, soy hijo de Dios. Caminaré con desprecio por todo lo humano y a todo lo miraré con desdén».

Otras veces sube a las montañas con sus hijos y los cuida con amor infinito, pero va anotando en la libreta: «No enojarse. Contención».

Me interesa Lucas porque deseo que la revelación de sus cuadernos íntimos haga conocer al mundo, en su Simón Bolívar, la imagen que se formó del hombre suramericano. Esas libretas deben ser interesantes, porque en ellas debe palpitar el Simón Bolívar de un filósofo enfermo, quizás de un filósofo místico. Porque ellas pueden decirnos de qué manera llegó a enamorarse Lucas de su héroe; cómo se fue formando la imagen a medida que aumentaba el hervir de su cerebro; cómo lo extrajo, palpitante y nítido, del fárrago de la literatura hispanoamericana; qué hacía para ir en pos de su héroe, en busca de Simón, y, en fin, cómo su conciencia, que se pierde en la locura, lucha por defenderse con el recuerdo de un hombre que fue todo amor a la tierra y a la realización de sueños.

Cómo se hizo
psicólogo Lucas Ochoa

Tenía ocho años cuando lo mandaron don Juan de Dios y su madre doña Petronila al internado de los Reverendos Padres. Lucas, en aquel entonces, se orinaba en la cama dormido. El padre Aguirre, un gigante rubio, vascongado, le dijo una vez: «No beba agua, muchacho, ni tome sopa». Ahí comenzó Lucas a reconcentrarse, a rumiar sus tristezas. Y a tal extremo llegó su obsesión que culminó en un sistema heroico que desde entonces comenzó a hacer de Lucas el hombre de los métodos, hasta llegar a ser el que pronuncia esta palabra por sílabas: mé-to-do. Quitaba el cordón a uno de sus zapatos y se amarraba heroicamente. En cinco experimentos quedó curado Lucas. Y entonces, a la edad de ocho años, escribió su primer ensayo psicológico acerca del Dolor. En él sostenía que cada célula es una conciencia.

Hay que buscar el origen de las grandezas en los incidentes pequeños en apariencia. Pero no alarguemos esto; por sí mismo es demasiado trascendental.

Cómo arrojaron a
Lucas de la Universidad

Los padres jesuitas expulsaron a Lucas, quien había demostrado demasiada personalidad desde su primer método y ensayo psicofisiológico.

Don Juan de Dios, su padre, lo llevó a la Universidad de Antioquia.

A los quince días, cuando ya había aprendido Lucas que el mapa de Suramérica se parece a un jamón con tres grandes venas, una en la parte más ancha (que es el Amazonas) y que se encuentra amarrado a Norteamérica por una débil longaniza, le dijeron:

—«Vea, jovencito. Allá en la capilla está el padre Marulanda absolviendo estudiantes. Vaya, confiésese».

—«Yo no me confieso».

Don Estanislao, el doctor Pacho Güedes y otros hombres ceremoniosos, doctores vestidos de negro, fueron a don Juan de Dios y lo asustaron con la narración de este caso único de rebeldía y con la descripción completa del maligno retraimiento de Lucas.

La junta de estos señores, resolvió encomendar al padre Marulanda la conversión del incrédulo.

—«A ver, Lucas; hay que confesarse; camine, camine yo lo confieso».

—«No, padre, porque tengo un pecado que…».

—«Cuente, cuente hombre, a ver qué es eso».

—«Vivíamos en Girardota, padre, en una finca, cuando a la vecina Rosa María le apareció en la bóveda palatina un flemón así de grande y afirmaron que era un cáncer los médicos del pueblo.

Prometió al Señor Caído, doña Rosa, irse caminando de rodillas desde la puerta de la iglesia hasta el nicho de la imagen. Y así lo hizo la vieja, siendo esto para todos motivo de santificación. Al llegar al santuario del Señor Caído cogió un cabo de vela, manoseado por todas las beatas y por el sacristán, y se lo introdujo… y más aún: se lo tragó, pues fue en la boca donde se lo introdujo.

Después de esto y al pasar Rosa María por cerca de mi burro, el animal le dio una coz en la boca tumbándole al mismo tiempo la inflamación y los dientes y dejándola curada.

Al volver a la finca me llené de una ira majestuosa contra el burro milagrero y casi lo mato a palos. Desde entonces, padre, estoy convencido de que soy un hombre desgraciado y apenas propio para presbiteriano».

La Rectoría, en vista de este pecado, expulsó a Lucas de la Universidad.

Una carta de Lucas

Ningún esfuerzo humano he omitido para hacerme a todos los documentos precisos, según la psicología moderna, que me pongan en posesión del personaje.

En mil novecientos veinte, Lucas Ochoa tuvo una especie de amorío con una negra, vibrante como el caucho crudo, según expresión de mi propio biografiado. De ella obtuve algunas cartas de Lucas, la siguiente de las cuales nos suministra datos preciosos acerca de su temperamento:

«Mi ángel negro:

Llovió durante un mes y hoy hace un sol abrasador y el cielo es todo tentación. Pienso en cosas agradables. Ayer crucé cerca al cadáver de un gato y me dije: debe haber olores que no percibimos. El perro huele la liebre y los hombres no. Lo mismo respecto a sonidos, sabores y luces. ¿Por qué, entonces, no podría haber otros seres que no vemos, ni oímos, ni sentimos, ni olemos…? Queda así comprobado, Negra, que es posible la existencia de seres ignotos. Aquí, a mi lado, puede haber otros seres; un mundo dentro de éste. Creemos que el sonido que no oímos, no existe. ¡Es curioso el antropomorfismo! ¡Cuántas maravillas y terrores habrá!

Pues a las moscas les gusta la cadaverina. Gustar es afinidad entre el sujeto y el objeto. Aquí está el origen de la diversidad de clasificaciones estéticas y morales, porque también el lobo tiende a asesinar, a devorar al hombre. ¡Cuán determinadas por nuestra constitución orgánica son todas las apreciaciones!

Mi constitución orgánica, ya que pertenezco a la especie Homo sapiens, me hace parecer, querida amiga, como el súmmum de todo lo agradable reposar sobre tu cuerpo (¿reposar?).

Un gallinazo… Si yo fuera gallinazo, ¡cuánto me repugnaría tu carne negra, lavada y nueva…! ¿No te parece esto muy curioso?

Es evidente que todo esto no conduce a ninguna conclusión importante; ni esa ha sido, en modo alguno, mi intención. ¡Que Dios me libre de deducir proposiciones generales y pesimistas! Tampoco te enojes, pues con el mismo brío con que hoy comprimo contra mi cuerpo tu organismo vivo, devoraría los senos descompuestos de tu cadáver, si fuera yo un gallinazo. Te amaría con igual entusiasmo. El amor es afinidad. Aquí tengo la prueba de ello. Oye: cuando estoy débil, fláccido, después de tus caricias, siento desagrado al verte. Y la afinidad entre tú y yo se restablece con dos días de reposada castidad. Te amo, o sea, me atraes, porque entre tú y yo no puede haber conversación: besas, pero no dialogas; murmuras únicamente. Hablas para expresar tus sensaciones oscuras, pues la conciencia no se ha especializado en ti.

No deduzco nada de esta observación, a no ser que los gustos dependen de la constitución orgánica; que sólo percibimos lo que nos es posible; que las diversidades de conducta y de apreciación proceden de diferencias, quizás débiles, de los organismos. Dicen que a Enrique IV le gustaba oler las axilas de las mujeres. No califiques al rey, pues deseo que esta nota sea estímulo para tu ecuanimidad, para que te enorgullezcas de tus crespas axilas.

Yo comía tierra, hace veinte años, poco más o menos. Hoy me gusta el olor de la tierra mojada. Por eso orino contra las paredes sin cal y aspiro el vaho con delicia. Una vez la abuela, para curarme, me hizo comer tierra amarilla: y después me dijo que era de cementerio.

Ayer, mientras hacía eso, pensé: ¡Cuán lejos estoy de la divinidad y de cuántas pequeñeces están llenos mis días!

Pero oler un muro humedecido y formar en mi patria una revolución son asuntos de igual importancia si se consideran desde el punto de vista que no sea el aprecio que de ellas hacen mis conciudadanos.

Los seres determinados por formas son ilusos: irremediablemente deben reaccionar. Ayer iban los hombres apresurados detrás de las mujeres y los cuervos descendían precipitados a la carroña. Estaban cumpliendo el fin a que los determina su forma. Me dio lástima de los hombres y sobre todo de mí mismo.

El ciento por ciento de los hombres viven ilusos. El que salió del vientre materno, entró al reino de las formas y como tal debe obrar. Fatalmente amará y su amor es materia, por espiritualizado que aparezca. Pero sí podemos ascender en ilusiones. Ese es el ideal religioso y el heroico. Cierto que el hombre todo es energía sexual, pero también es verdad que puede dirigirse a remotos ideales. ¿Dónde está la grandeza?

Por consiguiente, he resuelto abandonarte. La lógica entre lo anterior y esta determinación no la entenderás tú. Yo nací para místico, místico tentado por la carne. Adiós».

Salida para Nueva York

Retrocedamos un poco. Arrojado Lucas de la Universidad, a los diez y seis años y a causa del burro, don Juan de Dios, hombre rico y prudente, decidió enviarlo a Nueva York, para que allí terminara la formación de su corazón y de su inteligencia y también de su cuerpo, a pesar de que era un mozuelo espigado y de buenos músculos. Al padre de Lucas le habían informado que en los Estados Unidos de la América del Norte los jóvenes era como enormes larvas, larvas de superhombres; que allá todos, hombres y mujeres, a causa de la gimnasia y de la inocencia eran como bolas de mantequilla, rubicundos y tiernos, y que muchos a los quince años lanzaban un balón hasta un kilómetro de distancia de un solo puntapié. Esto le hizo concebir el viaje de su hijo y formar la resolución inquebrantable de bautizar con el nombre de Dolly a su futura hija.

Una mañana de febrero aparecieron en la portada de la hacienda cuatro personajes: don Tomás Lalinde, ingeniero entonces del ferrocarril de Antioquia en el sector de Pavas; don Juan Arango que iba a Nueva York a estudiar el manejo de unas máquinas recién llegadas al almacén de sus consocios y el joven Hoyos que llevaba el laudable fin de aprender a repartir empréstitos así: dos millones para mí, uno para mi hermano Antonio, medio para mis amigos yanquis y medio para el ferrocarril. También tenía el proyecto de aprender un poco de ingeniería. El cuarto de los personajes, el padre Navarro, franciscano español, llevaba para Tierra Santa el precio de la salvación de las almas colombianas, el precio de las medallas y del vino para consagrar.

Tomaron a Lucas y se despidieron.

Todos habían comulgado antes de emprender el viaje y como estaban en santa gracia de Dios sostenían edificante y animada charla, menos Lucas que iba silencioso y pensaba:

«Mi familia no me quiere y desea alejarme. De mí emana un fluido antipático. Nadie…».

La meditación de Lucas fue interrumpida en mitad de un bosque por la súbita aparición de un tigre que asustó la mula en que cabalgaba abstraído adelante de sus compañeros. Desbocada la caballería y maltratado Lucas no fueron a parar hasta la orilla del próximo pueblo. Los santos compañeros comentaban:

«Indudablemente está perdido. Se fue adelante en busca de mujeres. Don Juan de Dios no obtendrá nada de este sinvergüenza».

Un duelo

En Pavas se hospedaron en la fonda de don Mateo Ruiz. A la aurora del siguiente día supo Lucas que sus compañeros se habían internado de cacería en el vecino predio, incluso el Reverendo Padre. A la una en punto ordenó Lucas que le sirvieran el almuerzo y don Mateo le contestó que no sería posible hasta que regresaran los ingenieros y el padre franciscano.

—Vea, so granuja —contestó Lucas indignado—. Yo estoy pagando mi dinero y no espero a nadie. Anoche dos de esos bandoleros insistían en colocar a la cocinera un escapulario, desconociendo la ley de la gravedad. ¡De manera que me sirve el almuerzo!

Al volver los compañeros, don Mateo les relató lo sucedido, y dijo don Tomás Lalinde:

—Usted es un corrompido, joven, y tiene que batirse conmigo.

Aceptó Lucas, pero el fraile, levantando los brazos, exclamaba: «¡Cómo se nos ocurrió a nosotros aceptar la compañía de este incrédulo tan malo, de este impío que sólo viene a provocar duelos y a excitar la ira del Señor contra nosotros!».

Una tempestad

Dormía Lucas en un hotel de Puerto Berrío, que era entonces una casa de madera, cuando a la una de la madrugada lo despertaron fuertes ruidos y percibió grandes iluminaciones. Eran una tempestad y un huracán. Los rayos se cruzaban entre las nubes y de las nubes caían a las palmeras, y el viento hacía llorar toda la naturaleza. Tuvo Lucas la sensación de que la esfera terrestre se había desviado de su órbita y se despeñaba hacia soles desconocidos. Estaba paladeando esta sensación cuando fue derribada la puerta y aparecieron, en camisas de dormir, con sendos rosarios en la mano, los ingenieros antioqueños y el Reverendo Padre.

—¡Hínquese, joven, e implore la misericordia divina! Hasta hoy ha sido usted un rebelde.

—Ojalá —contestó Lucas— nos parta un rayo… porque yo no quiero vivir entre curas y colombianos. Se salen de aquí o mato uno.

¡Cuán interesante, por atormentada, la conciencia adolescente de Lucas Ochoa!

En el mar

Por fin se embarcaron. A las doce horas, de noche, comenzó el navío a balancearse lentamente con un vaivén que a Lucas pareció más arrullador que el de su cuna de niño cuando la negra Chinca luchaba con sus primeros insomnios.

Se había quedado don Tomás en Pavas y los otros compañeros se presentaron ante Lucas, increpándolo:

—Ahora sí reza usted, porque nos traga el mar.

—¡Salgan de aquí, bellacos!

En lo más recio de la tempestad, descubrió Lucas el proyecto de sus acompañantes de arrojarlo al mar, porque así lo ordenaban los Santos Libros en la historia de Jonás. Corrió sin pérdida de tiempo y le dijo al capitán, un inglés presbiteriano:

—Porque soy partidario de la Reforma, aquellos colombianos que vienen conmigo quieren arrojarme al mar. Y porque en la cama les quito a las muchachas el escapulario.

El Capitán acercóse al grupo de conspiradores:

—No me formen aquí congresos —les dijo—; si quieren hacerlos váyanse a la ciudad de Cariaco, a Santa Fe. O bien, en Medellín pueden constituir una Asamblea Departamental.

En Nueva York

Llegó Lucas Ochoa a Nueva York. Una ciudad larga y estrecha; como treinta kilómetros de larga. Los jóvenes en realidad muy fuertes, pero a causa del color no le agradó la juventud a Lucas. Una epidermis que deja escapar la alegría vital y los vellos dispersos que salen cada uno de pequeñas protuberancias como de carne de gallina. Y el pelo de los sobacos, despoblado y desteñido, que hacía recordarle las prietas y doradas axilas de los trópicos. Indudablemente, pensaba, ¡qué larvas de hombres más fuertes componen la juventud yanqui! Y apuntaba en su libreta:

«Hay demasiada inocencia, demasiada naturalidad. Hay demasiado impudor natural».

Estudió matemáticas y una judía le robó el dinero, mientras lo abrazaba.

Atentamente analizó la vida, fríamente, y concluyó en su cuaderno de notas que la prosperidad se debía a las siguientes circunstancias:

  1. No hay primos hermanos. Los pobladores han llegado de diferentes partes.
  2. Nunca en la misma cama se acuestan los blancos con los negros, de suerte que no existe el mulato.
  3. No hay vicios solitarios en la juventud.
  4. Cada uno depende económicamente de sí mismo y nadie sabe definir el concepto de Estado. No manosean a éste como en la América del Sur.
  5. Los sacerdotes usan pantalones.

Envió estas observaciones a su padre, el cual dijo desconsolado a sus amigos que nada prometía Lucas para el porvenir porque sus observaciones eran muy sencillas y no citaba autores ni estadísticas.

Lucas Ochoa,
profesor de psicología

Después de haber estudiado dos años psicología experimental (durante los cuales se convenció de que Estados Unidos era un medio impropio para esa ciencia, pues no existe la maldad) supo Lucas, con algunos detalles, la muerte de su padre. Supo que había donado casi toda su fortuna a una iglesia, implorando, para que le naciera una hija, el favor de un santo. (Don Juan de Dios prometió regalar, y regaló, una estatua de San Ramón Nonato, de oro, y que pesara tanto, por lo menos, como la recién nacida. Desgraciadamente para Lucas —y para la madre— la niña pesó catorce libras).

Volvió, pues, Lucas y encontró que a su nueva hermana le habían puesto el nombre de Dolly Elcy Wudrow de San Francisco de California y que por testamento de su progenitor heredaba las tres cuartas partes de todos los bienes.

La Junta de ancianos prudentes de la Universidad acordó para Lucas la cátedra de Psicología, pues quedaba en la miseria por causa de la santidad paterna.

«Aquí veis (comenzó Lucas su primera clase), aquí veis los aparatos de mensura que he traído de la Universidad de Filadelfia. Lo que llamáis alma puede medirse. Puede medirse la memoria, la emotividad…».

Durante cuatro días, en presencia de sus discípulos, logró obtener la mensura de la capacidad vital, o respiratoria, del pueblo colombiano.

«Dos litros, señores, es el término medio de la capacidad vital de nuestro pueblo, en individuos de veinte a veintinueve años. Esa capacidad en los Estados Unidos es de cinco litros. De aquí, señores, proviene el poco rendimiento de nuestros congresos. Indudablemente, esto comprueba la necesidad de importar jóvenes para nuestras mujeres y mujeres para nuestros hombres. Día por día será más reseco aquí el elemento humano…».

Ocho conferencias había dictado a sus discípulos el nuevo maestro de psicología, cuando le interrumpió el Reverendo Padre Rector el noveno experimento:

—Si pretende, usted, maestro Lucas, medir el alma in se

… y Lucas fue expulsado de su cátedra (2).

———
(2) Entonces fue cuando tuvo la moza negra de la carta…

Lucas, juez

Encontróse nuestro protagonista en la miseria, y considerando que nuestro pueblo es de los congresos y asambleas; que su fundador fue un señor Francisco Santander, envidioso y a quien llaman el hombre de las leyes, resolvió graduarse de abogado. En dos años realizó el proyecto y fue nombrado Juez, a pesar de sus maldades y debido al recuerdo de la estatua de catorce libras.

En su Juzgado, entre un montón de expedientes por sodomías y robos, conocí a Lucas, me hice su amigo y examiné sus libretas.

Retrato de Lucas Ochoa

Estatura mediana (1 metro con 73). Frente alta y larga, echada para atrás. Los ojos hundidos entre dos cavidades que protegen las cejas pobladas y cerdosas, en cada una de las cuales tres o cuatro pelos más largos y canosos. Lo demás no tiene importancia.

He observado sus actitudes peculiares cuando sale de sus habitaciones: se detiene en la puerta; mira, levantando las cejas, a una estampa del Corazón de Jesús que tiene allí entronizada su mujer; luego observa hacia los patios interiores y después mira a derecha e izquierda… Esto me hace creer que percibe la existencia de seres extrahumanos.

Desde el principio de nuestras relaciones lo noté preocupado con el Libertador y un día me dijo que tenía la intención de escribir la historia del hombre suramericano. Entonces me prometí a mí mismo apoderarme de sus anotaciones para ir siguiendo la evolución de esa idea en el alma de mi amigo Lucas.

Lo ataqué con la alabanza (únicamente el sueño es mejor que la alabanza). Y así obtuve que me entregara su primer cuaderno, quedando en mi poder Lucas Ochoa, el hombre de las libretas, el hombre de las contradicciones. Las transcribo con fidelidad.

Primera libreta

Mayo 13 de 19… ¿Cómo continuar mi vida solitaria, interior, en esta tierra sin arte y sin personalidad? ¿Dónde encontraré al grande hombre que me sirva de estímulo?

Ayer un predicador maldecía a las mujeres que entraban la fecundación; maldecía el incremento del materialismo en las ciudades. ¿Y dónde estaban los perseguidores tenaces de la belleza o de la gloria?

Unos doscientos místicos hay en el mundo que buscan la belleza… ¡Cuánto se profundizan los que viven encerrados en un amor! La fuerza anímica al no dilapidarse en variadas impresiones y emociones, ahonda y liberta. Hay algo que es diferente de los deseos y de las intelecciones: la esencia. Y cuando mediante la disciplina de la raza se separa algo de la animalidad, aparecen el Héroe, la Belleza o el Arte. Son las primeras moradas del superhombre.

Necesito belleza. ¿Pero dónde encontrarla?

Ahora comienza a anochecer. Hace pocos instantes podía mirar al sol moribundo, velado por el humo de las quemas que preceden a la cosecha. Lo veía titilar, un titilar inmenso. Apenas es una estrella, una estrella cercana. Ya comienzan a aparecer las otras y yo busco en mi memoria la existencia de seres bellos, seres grandes… Apenas surge el recuerdo de una mujer, alta, poderosa, tan poderosa que todo lo arrastraba; detrás iban los deseos como fieras mansas. Apenas la vi pasar y huí. Yo siempre huyo de la belleza de la carne, porque es terriblemente entristecedora. (Esto fue en Nueva York).

La belleza es deseable, más que el dinero, más que la fama. Necesito ahora vivir entre la belleza. El hombre es el animal que da y recibe, es el que cambia. «No es bueno que Adán esté solo». ¿Dónde encontraré la grandeza a quien deseo entregarme…?

* * *

Observemos los cinco países independizados por Simón Bolívar. Están poblados por gentes variadísimas: negros, mulatos, mestizos, zambos… Un teatro, una reunión cualquiera, una iglesia, una escuela, son aquí como una colcha de retazos. No hay tipo determinado. Y son enfermizos como todo híbrido. Muy sensuales. El uso prematuro y el abuso de la sensualidad nos determina esta multitud de hombres torcidos y sin propósitos. Llega la excitación y la arrojan ahí mismo en gritos, en palabras, en piedras… No hay control. Falta aún el hombre.

Cuatro de estas Repúblicas han estado en manos de dictadores viles, y la otra se echa como pava en celo y no hay siquiera el dictador que la posea.

Yo no soy, yo, Lucas Ochoa, sino un teólogo. He escogido la mejor parte: disputar con el Maestro. No puedo más que excitar al dictador. Hombre sin propósitos, y Bolívar tuvo un solo propósito; hombre de finalidades conyugales, y Bolívar lanzó el dardo de su anhelo más allá que Zarathustra.

* * *

¡No encontraré la belleza! Hermosa, pero los tobillos hinchados.

El afán mata a mis conciudadanos. ¡Cómo se apresuran, detrás de finalidades caseras, las mujeres, el dinero, el goce fugaz! Mientras más corren, más pronto morirán.

¡Qué enemiga de sí misma es aquí la vida! La tenemos y brillan los ojos, los músculos están tensos, el vientre enjuto, el psiquismo eurítmico: pues a gastar todo eso hasta sentir náuseas, a vivir desmesuradamente, a dilapidar…

No critico. Describo apenas el jadear de la naturaleza en este hermoso continente para crear el hombre adaptado y armonioso. El laboratorio de la naturaleza es lento. Suramérica es un horno. Los pobladores de hoy somos transitorios. Cuando no se ha logrado desencarnar el yo, hay que ocupar el tiempo en las bregas de la carne. Sufrimos con paciencia relativa la calvicie, la obesidad, las encías inermes y los miembros cansados cual de mula jadeante en una pendiente (la pendiente es a los treinta y ocho años).

No deja de ser fenómeno interesante contemplar a la mujer que llega a la pubertad, tentadora, y que en treinta días se marchita y se le exprime el jugo vital. ¡Adelante! Eso grita la vida en Suramérica. ¡Da tu jugo a la especie! ¡Reprodúcete! Es un desbordamiento para que se mezclen las sangres y para que en lejana época aparezca el tipo perfecto. Ya hay muestras. De vez en cuando se contemplan algunos seres que nos hacen exclamar: ¡Si así fueran todos, cuán hermosos serían los destinos de la humanidad!

* * *

Mayo 21… ¿Sabes tú qué es belleza, si no has visto y tocado la pelusa en las nucas impúberes? ¡Tan fresca la piel ahí…! ¡Tan viva y titilante la pelusa!

Hoy he sentido una emoción estática al contemplar esto, al atardecer, en un tranvía. Y es porque he visto a la divinidad en el pelo que se esbozaba lleno de vida en la nuca de una adolescente.

¡En este continente aparecerá el gran mulato! En este horno en que se funden las razas hay indicios ya de que aparecerá el tipo armonioso; hay promesas iniciales de perfeccionamiento. Teresa de la Parra, Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou y mis bellezas del vellón adormecedor, ¿no son rubores como de una aurora?

Pero en general son feos, monstruosamente feos, los suramericanos. Ahora estoy en la esquina de un parque. Son feos; cada uno tiene su fealdad, su temor o su ansia. Deseos y temores cercanos, que no alcanzan más allá de los vestidos.

Recuerdo ahora la novela de Wells, La isla del doctor Moreau. Desierta isla, convertida en fábrica de hombres, en laboratorio, por el hábil cirujano que, con el sistema nervioso de diversos animales, perros, gatos, y demás cuadrúpedos, se entretenía en fabricar hombres, en perfeccionar la obra de Dios.

Esta isla desierta era una humanidad triste; cada monstruo llevaba el peso de su animalidad peculiar. Se reunían a recitar los mandamientos morales que les daba el profesor Moreau, pero al anochecer iban como sombras por la selva, perseguidos por los deseos de su animalidad…

La isla del doctor Moreau es Suramérica. Mulatos, zambos, blancos, pardos, cuarterones, quinterones, recorren las selvas tropicales, las praderas ardorosas, las frías cimas. Y hay caras de perro, de cerdo, de burro y todo es un infierno caldeado por deseos ignotos.

¿Cuándo aparecerá el hombre definitivo y armonioso?

* * *

Ambicioso de oro y de especias llegó Cristóbal Colón a esta tierra donde habitaba una raza adaptada y hermosa: quince o veinte millones de hombres fuertes y de costumbres naturales. Con él vinieron, con Cristóbal, los hombres que más deseaban el oro en la Europa en «crisis», los más ambiciosos y los más aventureros.

En cien años sólo quedaron cinco millones de indios, y un fraile, el Padre de las Casas, se hizo célebre porque los defendía. Asesinados cruelmente o diezmados en las minas, como esclavos, fueron sustituidos por negros del Dahomey. También llegaron al Nuevo Mundo ingleses, franceses y portugueses ambiciosos. Y sacerdotes católicos de todas las razas que robaban oro para el Rey y conciencias para el Cielo. Sacerdotes ingleses, españoles y franceses que vinieron a fecundar las pocas indias que aún quedaban. Este continente soleado fue el suave colchón de la sensualidad cosmopolita.

Se dividió todo esto en castas rivales. Ser blanco, sin mezcla, era una gloria. Los mulatos, mestizos y zambos fueron engendrados por inmigrantes que tenían desarrollada la conciencia del pecado: así se explica el alma atormentada, triste de los iberoamericanos. Somos los hijos del pecado.

* * *

Mayo 24… Paseo dominical, a pie, acompañado de mis hijos. ¡Qué bueno poder evitarles los vicios sexuales! Crecerían fuertes y firmes. Y así contribuiría yo, Lucas Ochoa, al advenimiento del hombre suramericano. No serían subhombres…

Nos detuvimos ante la jaula de los monos, en «El Bosque». ¡Qué graciosos los monos! Así podrían ser aquí los hombres…

Las manos —cuatro— y el rabo prensil es lo más perfecto que tiene el mundo de los animales. ¿Cómo puede ser posible que descendamos del mono? Sería degenerar el organismo del simio. Son inocentes. Allí comprendí lo que es inocencia y lo que es pecado. Cerca de las jaulas estaba el hombre en todas las edades y en todas las formas. El hombre es melancólico; el mono es inocente. Aquél arrastra un gran peso, el pecado, sobre todo nosotros, descendientes de todas las razas y contaminados por los inmigrantes de todos los claustros. Los hombres parecemos presidiarios descompuestos por la pesada cadena: el peso del pecado nos quita la gracia. El amor es feo en el hombre, por eso. Por eso es feo todo acto de hombre. El mono se rasca la cabeza con gran inocencia. El hombre no sabe comer, ni beber, ni amar. Todo en él es contradicción porque está contaminado por el remordimiento, por la conciencia de su «pecado». Sobre todo en el suramericano está latente el pecado del español que en noche calurosa empujó la puerta de la esclava negra y después se fue a rezar, y a poner aquella cara larga y atormentada de Felipe II.

Cuando el hombre come, la boca muestra la imperfección del pecado de la gula. Cuando ama…

El Cristianismo tiene, para explicar estas cosas tan curiosas, el pecado original…

El niño sí es hermoso, como el mono. Cuando se acerca a la pubertad es cuando es más feo el hombre: es un pecado con calzones cortos. ¡Qué horrible y qué perverso! El que piensa no puede soportar al hombre de los catorce hasta los veinte años…

… (Este pecado de calzones cortos arrojaba colillas encendidas a los monos y se moría de risa cuando estos se rascaban contra la barriga las manos quemadas).

Después de la pubertad el hombre es triste, un poco menos feo. Está manchado por todas las lacras de las pasiones y del pecado. Agachado, porque lleva en el recuerdo un pesado fardo de suciedad y de remordimiento.

Sí; el mono es inocente y las razas perfectas son inocentes, o sea naturales, imágenes de la esencia igual a sí misma. El hombre es melancólico. ¿El pecado original? ¿Será el hombre compuesto de espíritu y carne y por eso, por ser híbrido, su semejanza con el pájaro manco, con el pájaro bobo que tiene alas y no puede volar?

El hombre y el mono son diferentes. Se parecen más el perro y el hombre.

Lo que llamamos civilización, buenas maneras, es el modo de disimular nuestra fealdad, nuestra falta de naturalidad. El hombre después de pecar, se tapó con hojas. ¡Qué símbolo tan bello!

* * *

Son las dos. Yo, Lucas Ochoa, reposo tendido, con mis tres hijos, bajo una ceiba. Reposo sobre mi tierra americana caldeada. Una negra, vibrante, de catorce años, mira los monos enjaulados. Las nubes pasan. Pasan los hombres y todo lo mío pasa. A veces un objeto me parece indispensable.

¡Cuán infeliz se hace el hombre cuando siente que una mujer le es necesaria! Se desboca como el caballo picado por el tábano…

Deja pasar ocho días, y la muerte de tu hijo se convertirá en melancolía; ocho días, y esta negra estará olvidada. ¡No seas caprichoso como niño!

(Cuando no me domino, hablo del mismo modo que mis tíos y abuelos: dogmático, imperioso).

Los niños me hablan. ¡No me habléis tanto, hijos míos! Son irritaciones meníngeas. No reaccionéis inmediatamente. Yo deseo que haya un gran espacio entre las incitaciones y vuestras reacciones. ¡Cuán bella es la madurez del pensamiento! En Grecia…

¡Aquietarse! Generalmente estamos en tensión; sale en chorros la energía cuando vamos anhelantes como los perros que corren con la lengua fuera… Siempre que deseamos o que tendemos, los músculos están tensos en determinadas partes del organismo y hay inhibiciones y derrames de energía aquí y allá. Aquietarse consiste en tranquilizar todo el organismo y dominarlo, de modo que no haya hiperestesias. El movimiento rítmico es el distintivo del hombre aquietado.

Siempre la ecuanimidad. Si no existe, fíngela en tu cuerpo y de ahí pasa a realizarse. ¡Nada me urge! Yo no soy un esclavo; mi ser no está hecho sino para la alegría. No para el dinero, para la sensualidad ni para la gula y el trabajo. ¡Que mi cerebro jamás se obnubile ni se caliente como motor de automóvil! ¡Que yo jamás corra o me desespere! ¡Firme, Lucas, firme!

* * *

Me reconcentro, cierro los ojos y pienso en todo mi interior; recorro todo mi organismo interno.

Ahora sólo existo yo, acostado sobre mi tierra americana. Mis hijos callan, tristes, bregando por aprender a controlarse. Yo quiero saber, quiero leer, en mis células, el origen de estas ansias.

Cristóbal Colón, Juan de la Cosa, Ojeda, Pizarro, Balboa, hombres ansiosos por carácter, por raza y por su época, recorrían las costas suramericanas, posesos de la inquietud, buscando la cosa excelente con la que se forman los tesoros, se consigue cuanto se desea y hasta se hacen llegar al paraíso las almas. Y mi sol suramericano acababa de exasperarlos.

Los indios los recibieron con dulzura, pero ellos cometieron felonías y se asesinaron mutuamente a causa de un puñado de polvo.

Don Fernando, el perverso y el católico, envió en mil quinientos once los primeros esclavos negros al Nuevo Mundo, esclavos cogidos a los moros en la guerra de Granada.

En mil quinientos diez y seis el emperador Carlos V vendió a un flamenco el derecho de introducir a la isla de Santo Domingo cuatro mil negros cada año. Posteriormente se hicieron concesiones a genoveses y portugueses para la introducción de negros. Una sola compañía de Portugal se comprometió a suministrar diez mil toneladas, de mil seiscientos noventa y seis a mil setecientos uno.

… y don Simón Bolívar, ascendiente del Libertador, obtuvo el privilegio para introducir por año cuatro mil toneladas de negros a Caracas.

* * *

Por mis células, allá entre los huesos craneanos y la masa encefálica, va la imaginación, y ya percibo confusamente algo del alma atormentada de mi tierra. ¡Qué felicidad inmensa conocer a Lucas, explicarme a Lucas Ochoa que ahora reposa sobre Suramérica, con sus tres hijos tendidos en la grama bregando por controlar las reacciones…!

* * *

Los hombres blancos y barbudos están acogotando a los caciques temblorosos. Los Aguirres, Ochoas y Balboas están marcando con hierro candente, antes de distribuirlos por todo el continente, a negros y negras en Cartagena de Indias.

«Repugna al sentido común —dice un cronista— el solo recuerdo de la impune violencia de los preceptos más triviales, naturales y de moral, de que era víctima la porción femenina de los esclavos, de parte de los amos corrompidos que sacrificaban a sus brutales instintos las indefensas jóvenes nacidas de madres sujetas a la servidumbre; las más de las veces eran mulatas de formas seductoras, inteligentes y apasionadas de temperamento, excluidas del sentimiento del pudor innato en la mujer, cualquiera que sea su condición, porque desde antes de salir de la edad de la inocencia, quedaban sujetas a la impudicia. Como consecuencia inevitable de estos antecedentes, resultaban hijos esclavos de sus progenitores; y matrimonios contraídos dentro de grados de parentesco rechazados por la naturaleza, en razón de que la malicia de los amos ocultaba la procedencia de los cónyuges».

En ninguna parte de la Tierra ha dominado tanto el hombre al hombre como en la América del Sur. Jamás el hombre ha podido dilatar tanto su ansia de dominio como la dilataron los conquistadores en esta tierra. Los indios y los negros eran sus esclavos a quienes marcaban, azotaban y mataban y quienes no tenían cabellos sino motas, nariz, sino trompa, jeta, en lugar de boca y patas en lugar de pies.

Violaban a las esclavas y procreaban mulatos, más despreciados que el esclavo. La blancura era una gloria. Ahora sí comprendo que un español criollo era más, tenía más capacidad de expansión, debía tener más orgullo que un rey de España. ¿De quién descendía?: de los Balboas. ¿Y quién ha sido más hombre de acción, más heroico que los Balboas, que en vértigo de locura desafiaban selvas impenetrables, plagas desconocidas, soledades infinitas, enemigos apenas presentidos; que en unos dieciocho días se abrían trocha desde el Atlántico en busca de un Océano desconocido y de un Eldorado imposible? Y eran dueños de una inmensa humanidad para saciar en ella todas sus ansias.

Esto es una disciplina propia para crear el superhombre.

* * *

Mi letra del principio de este diario era diferente, más firme y voluntariosa. La última es el caballo desbocado de mi padre Juan de Dios.

* * *

Junio… Recuerdo ahora que en un viaje a Yarumal, a unos inventarios de mortuoria, vi un niño tan sano como el dios de la vida. Estaban sus ojos tan llenos de vitaminas, que irradiaban como irradian las mañanas de sol, nuestros bosques vírgenes y los arroyos salvajes. Esos ojos me causaron agradable agitación. Sentí que así debían ser los pequeños judíos que Jesucristo pedía que dejaran llegar a él.

¿Qué hacer para que mis hijos no se marchiten, no se resequen en el período de formación? Aquí los gobiernos no se han preocupado sino un poco por las plagas de la caña de azúcar; ninguno ha cuidado del producto humano. Hacer hombres es el fin, porque somos medio para el superhombre. Sólo en Norteamérica, la patria de Emerson, el filósofo de la belleza, está apareciendo la ciencia del embellecimiento humano. Ese fue el secreto de Grecia. En Esparta se ejercitaban los jóvenes desnudos.

Aquí en las repúblicas de Bolívar el sexo mata a los niños a los trece años. El sexo que es la fuente de la vida, de la belleza y del valor. El mestizo tiene las meninges irritadas. Nuestros pueblos montañosos son vencidos por dos plagas que atacan el producto humano en sus raíces: los vicios solitarios y el amor prematuro…

¿Cuándo volverá el día en que la belleza del cuerpo de una mujer sea escala de ascensión?

* * *

Nuestras repúblicas son hermosas: montañas y montañas. Los arroyos las dividen y dejan flancos de pendientes verdísimas, y en la cima, donde comienza el corte secular, aparece el sol, o por allí se hunde. La luz corre por esas cañadas como ríos de tibieza y vida… Se experimenta una sensación agradable al descender por esos flancos y ver algo tan terrenal.

Suramérica es la armoniosa cuna para el hombre del porvenir: por las arterias de sus pobladores de hoy corren las malas pasiones, pero a la vez corren volcánicos deseos de algo innominado…

… también los ríos suramericanos, pequeños mares de agua dulce, llevan inmensos troncos podridos, largas serpientes retorcidas…

¿Podrá surgir la grandeza de otra parte que de la podredumbre? ¿Podrá salir el santo de otra parte que del pecado? ¿Y no resulta el héroe de los grandes despiadados?

Visita a Lucas Ochoa

Resolví visitar a Lucas y captarme sus apuntes con el cebo de la admiración.

Era domingo y estaba en el baño, a descubierto, tendido cerca del agua, con sus hijos, desnudos, recibiendo el sol de la mañana.

—El cuerpo desnudo es una gran universidad —me dijo cuando entré—. Todo está en el cuerpo; la inteligencia es el resultado de la armonía cósmica orgánica.

—En tus cuadernos, Lucas, hace falta el fenómeno clerical para completar tu estudio profundo de la América del Sur.

—Todo aparecerá —me respondió—, y tendremos completa la cuna de nuestro héroe. En mi interior escudriñaré los datos. Practiqué las ciencias ocultas en la América del Norte: la Ciencia Cristiana, el Yoga, la Teosofía…

Una viuda yanqui me enseñó a tenderme en una cama, desnudo, boca arriba, mirando a la techumbre, o hacia el cielo estrellado, para concentrar las fuerzas interiores, inhibir los músculos, las emociones, los pensamientos, los deseos, hasta percibir la imagen del yo, el cuerpo causal, flotando en el techo o en las esferas interplanetarias.

¡Cuánto debo a esa viuda! Ella fue mi maestra de concentración; me enseñó que todas las actividades se ejercen por medio de los músculos. Mediante ella experimenté la ley del conato, a saber: inhibiendo todas las actividades, menos una, ésta adquiere una intensidad como la de los rayos solares en el espejo ustorio.

Se llamaba Mrs. Willson y era hija de Mrs. Olcott, secretaria de H.P. Blavatsky. Pero…

¡Cuán difícil fue para mí el Yoga inhibitorio, desnudo al lado de Mrs. Willson, desnuda también!

Cuando logres inhibir todos los movimientos musculares, quedará unificado el campo mental —me decía la hija de la secretaria del fundador de la Teosofía—. Pero mis músculos, sobre todo uno, revelaban en los primeros días la irregularidad de mi campo mental…

Sostenía la señora Willson que la sensualidad suramericana provenía precisamente de falta del Yoga muscular; que los latinos…

Yo le argumenté que no había sido siempre así, pues Cervantes asegura que en tiempos anteriores hubo en España vírgenes que durante setenta años recorrieron, con su virginidad a cuestas, todas las rutas de Sierra Morena, sin dormir una noche bajo tejado. Esto no es nada —interrumpió la señora Willson—; en los Estados Unidos abundan las virginidades centenarias.

En días anteriores había yo invitado a mi joven profesor de Psicología experimental (Mr. Reed) para que fuéramos, al salir de clase, a ver subir las muchachas al tranvía. Muchas gracias —fue entonces su respuesta—, usted sabe que yo no me ocupo de tranvías. Comprendí, por el tono de su voz, que la juventud yanqui no tenía la noción de ver subir las muchachas al tranvía. Y anoté en mi libreta: «Un pueblo que no se preocupa por las piernas, será eternamente un pueblo rico».

A los dos meses yo era un experto en Yoga. Sabía que el hombre es un microcosmos y que mediante la inhibición puede dirigir su fuerza mental en la dirección que elija y percibir con toda exactitud lo que desee.

¿Qué otra cosa sino grandes técnicos en Yoga han sido los multimillonarios yanquis?

Y la señora Willson me obsequió un libro titulado así: Cien millonarios norteamericanos.

Supe por casualidad que muchos de mis compatriotas se habían consagrado a esas disciplinas. Que Pedro Nel Ospina (el General) había adoptado el Yoga del petróleo, y el joven Hoyos, el de los empréstitos. Desnudos, mirando al techo, se concentraba el primero así: Oleoducto… Tropical… Subsuelo… Presidencia…, y el segundo beatíficamente repetía: Dos millones para mí…, medio para el ferrocarril…

Mientras me disciplinaba le correspondía el turno a un condiscípulo muy alto y tímido. Mrs. Willson me contaba sus dificultades para hacerlo desnudar: era Carlos Lindbergh que se entrenaba para ser el as del vuelo.

En fin, tú comprendes que mi educación me capacita para acostarme sobre una de nuestras colinas vírgenes, entornar los ojos y percibir en mí, en el pequeño microcosmos, toda la historia de nuestro clericalismo.

¿Quién más preparado que el discípulo predilecto de la señora Willson, yo, Lucas, poseedor de aparatos de mensura psíquica, para describir el ambiente social, la cuna material, el nido psicológico del héroe y para medirle los hormonas y los trifonas al Libertador?

Porque tú debieras conocer que los trifonas tienen tanta importancia como los hormonas en una biografía. Estos son excitantes de la actividad funcional y provienen de glándulas especiales, mientras que los trifonas son sustancias fabricadas por ciertos glóbulos blancos de la sangre y presiden la cicatrización y regeneración de los tejidos.

La gran actividad provenía de los hormonas en Bolívar, el Libertador; pero era un efecto de los trifonas su magnanimidad, el olvido de las injurias personales. Al gran desgaste de los trifonas se debió la vejez prematura de este ser superior que efectuó su obra con hombres tan pequeños que toda su vida fue un perenne desgaste de poder cicatricial.

* * *

Interrumpí a Lucas, que era interminable cuando hablaba de su vida norteamericana, y como la finalidad de mi visita era instigarlo a una completa descripción de Suramérica, le dije:

—Los dos años de matemáticas y además tus experimentos en la cama de la viuda y en la escuela del profesor Reed, te capacitan para medirle las glándulas de secreción interna al general Bolívar y a los pequeños héroes que lo acompañaron. Pero debes preparar el campo. Buscar dentro de tus células al negro, a la negra, al mulato, al cuarterón, al español criollo y al empleado público recién llegado de la metrópoli peninsular. Y a propósito, amigo Lucas: ¿cuando te reconcentrabas para percibir tu cuerpo mental, no viste, por casualidad, en la cama de Mrs. Willson a los Reverendos Padres…?

Como únicamente el sueño después de un trabajo intenso y moderado es mejor que la alabanza, obtuve que me diera una libreta y la promesa de otras. En ésta se puede ver el método que Lucas aplicará al Libertador. Son documentos psíquicos… y, por eso mismo, no serán entendidos por la mayor parte de mis compatriotas.

Siendo Lucas, el biógrafo, un fenómeno psíquico casi tan esquivo como un pez en el agua o como el fenómeno espiritista, esta segunda libreta podría dedicarse a los que tengan tres inteligencias, como tienen los rumiantes…

Segunda libreta

  1. Toda idea o representación tiende a ser acto.
  2. Todo ideal tiende a realizarse.
  3. La emoción es la conciencia del estado orgánico.
  4. La atención crea el interés y este crea la atención. La desatención, al quitar el interés, mata el deseo.
  5. La atención es la dedicación de los sentidos y de las actividades intelectuales a un tema u objeto. Se produce por inhibición de las percepciones extrañas. Se compone de un esfuerzo sucesivo de los músculos. Hay mayor irrigación sanguínea. Es voluntaria o involuntaria.

Por los anteriores principios se puede crear el arte de rehacerse uno mismo.

Si no renuevo el interés, cesa la atención y es vencido el propósito.

El arte de ser hombre de voluntad consiste en mantener el interés en el fin.

No dejar extinguir el deseo de lo que nos propusimos.

La inconstancia proviene de la desatención, y ésta, de la falta de interés; en la vida cotidiana sólo hay atención involuntaria. La voluntaria es rara y cansa mucho, por ser fenómeno artificial.

La acumulación de la energía nerviosa es el secreto de los hombres interesantes. Esa acumulación se experimenta por estos efectos: inervación general; bienestar; amor a la vida y atracción, como el imán. Hay aumento en todas las actividades.

* * *

No es bueno descargar el fluido de un todo. ¡Serenidad, aun en la ira!

* * *

Es muy perjudicial para la energía esperar, porque se gasta. Aquí entra la ley de que se debe gastar energía metódicamente, pues si no se gastare, no se tendrá; la vida es movimiento.

* * *

La energía atrae por sí sola; no se debe hacer esfuerzo para atraer. Para dejar una costumbre el remedio es olvidarla.

Si se recuerdan los actos acostumbrados, se le presta atención a la costumbre y aumenta el deseo.

* * *

Concentrarse es, más que todo, olvidar lo demás…

El yogui o brujo

La Ciencia de la brujería, abandonada hoy a causa de la civilización de cocina, se reduce a las siguientes reglas:

  1. Concentración.
  2. Aquietamiento.
  3. Vitalización de las facultades escogidas para desarrollar.

Estas tres reglas son una sola que consiste en esta palabra de oro: Poseerse.

* * *

Yo tengo escogidos mi mal y mi bien. A continuación está una lista de mis bienes y de mis males graduados con signos de más y de menos, según la cantidad de bien o de mal:

I Dinero +   I Café -
II Salud + + + +   II Alcohol -
III Inteligencia + 20   III Tabaco - -
IV Atracción + + 80   IV Amor o deseo - -
V Alegría + + + 1000   V Miedo - - - 20
VI Concentración + + 800   VI Odio - - - 100
VII Ecuanimidad + + 1000   VII Ira - - 10
VIII Método + + 200   VIII Envidia - 100
IX Parsimonia + 10   IX Intranquilidad - 1000
X Igualdad + +   X Tristeza - -
XI Conocimiento + + 1000   XI [Sorpresa - - [Crítica - -
XII Concisión + +   XII Habladuría - -
XIII Templanza + +   XIII Glotonería - -
XIV Orden + + +   XIV Dispersión - -
Esto vitalizaré y Esto mataré

* * *

¡Aquí te invoco, Mrs. Willson, mi viuda y maestra!

Quietismo

Vultus in lumine

Aquietar el yo fijando su actividad en algún objeto único o en la nada, o sea, suprimir las representaciones. Es una larga gimnasia antes de percibir los resultados. Se consigue olvidar lo que se desea, y así, matar deseos. El olvido es una facultad. ¡Pero qué ratos tan agradables!

Concentración

Con una lámpara eléctrica de mano ilumino aquí y allá… Pues no otra cosa es la atención: la puedo dirigir a mi cuerpo y a sus órganos, a mi yo, a mi ideal y obrar o modificarlos a mi amaño. Pero hay que adueñarse antes de la atención, mediante gimnasia Yoga.

  1. Concentrarse en sus órganos (concentración orgánica, curación).
  2. Concentrarse en sus funciones (circulación, digestión, asimilación, eliminación).
  3. Concentrarse en su ideal orgánico (refacción).

Estos tres numerales abarcan la concentración orgánica.

Concentración psíquica
  1. Concentrarse en sus facultades (vitalización).
  2. Concentrarse en sus deseos.
  3. Concentrarse en su ideal psíquico (refacción).
Concentración externa

Concentrarse en objetos, ideas, actos, problemas, etc. Por ejemplo: llegar a materializar la representación de un animal.

Ejemplo de concentración
en su ideal orgánico,
de refacción orgánica

Me represento la imagen física, con su aura, del hombre que deseo ser: la energía ha dado amplitud a la cara, al pecho y adelgazado la cintura. La amplitud del espacio que hay entre los ojos, aquella amplitud de los ojos de Sócrates. Son de color seco, impenetrables, color de metal oscuro y pulido. Nada del vidrio. Metal, alga. La voz fuerte, robusta y también metálica. El aura absorbente, pero contagiosa, dinámica; que toda otra personalidad se funda en ella. Pueden ser tonterías lo que salga de esa boca grande y sana y parecerán evangelios. Pueden ser tonterías e imposibles los deseos de ese corazón y se cumplirán.

Pero no desea. Acepta como suyo lo que se le entrega. Desear es una debilidad. Hay que vivir heroicamente.

La sonrisa tan abierta como una puerta abierta. Todo sano. ¡Cómo me domina el concepto de salud!

Nadie sospecha el ingenio que gastan los seres y las cosas para presentársele a una figura así, abierta como una puerta sin alas, porque la ansían irresistiblemente.

Una piedra que rueda y rueda, pero que tiene el breque de ideales: eso es el hombre. Pero casi todos ruedan sin usar de la voluntad más que para no precipitarse.

Mi hombre, el Lucas que deseo ser, no se deja sacar el anhelo por lo exterior. En su alma no se puede pescar aunque haya peces. Estos no muerden la carnada; apenas juguetean con ella. ¡Lo que desea irse, váyase!

Todo llega; jamás venzo. No huyáis. ¿Quién os asusta? Todos podéis reposar aquí tranquilamente. El alma de Lucas es como un árbol frondoso o como el mar: la riza el deseo, como el viento riza al mar.

Como el mar es mi alma:
profundas soledades,
sin maldades.

Y la luz se descompone
para que todos gocen…
¡Y toda un camino!
¡Transitad por ella!

Transitad por ella, humanos,
porque se le contagió Dios
y está jugosa y donante
como un higo.

Yo soy el que me supero, sin esfuerzo, porque el esfuerzo es desgaste. ¿Y cómo podrá el gasto producir riqueza? Soy el de los ojos cerrados para el que mira. El que los mira, si es mi ladrón, se cae, porque son duros como el bronce. Yo soy el de ideas duras como el hielo y que se derriten al calor de la amistad.

Al que venga a mí, le daré. Y el que venga a darme, déjelo en la puerta y llámeme.

No puedo expresarme ahora sino en parábolas, pues soy todo emoción y el raciocinio es para los que corren y no han flotado en la emoción divina.

¿Dónde he flotado?: En el que no tuvo ni tendrá, en el que no tiende ni deviene.

Detrás de mí se apresuran las aves. Venid, que vamos a jugar con el viento. No temáis: mi sonrisa es como puerta abierta y mis versos son para cantarlos con la música loca del viento; son como peces que se deslizan por entre los guijarros y saltan sobre el agua para percibir el más allá de su elemento. Mis pensamientos suben rápidos a presentir el más allá y vuelven a mamar de las tetas de su madre, la Tierra. Mis pensamientos son inquietos como los niños mamones. ¡Alzad las piernas y movedlas, hijos míos!

Esto último es un ejemplo de concentración psíquica.

* * *

El fin último de mi Yoga es Dios infinito.

Nosotros ¡pobres! no conocemos sino este proceso: incitación-deseo. Al sentimiento cuando vamos a alcanzar lo deseado lo llamamos felicidad y lo otro es dolor. El propósito debe ser crecer, hacerse potente, para irse acercando a Dios.

Por supuesto que cada brujo tiene su fin. Unos quieren perfeccionamiento espiritual, y otros buscan únicamente acrecentamiento vital, egoísta.

* * *

Olvidar es el medio supremo de la disciplina: ir quitando obstáculos, hasta concentrar toda la fuerza en lo deseado.

Algunos autores antiguos aconsejaron meditar en la maldad de lo que se desea evitar: éste es un método malo, pues hay que olvidar… y la atención crea el interés.

Primeros resultados
obtenidos durante mi
aprendizaje con la viuda

(Nueva York, 14 de mayo 19…)

  1. Poder dormirme inmediatamente.
  2. Lograr dominarme al instante en medio de una gran preocupación.
  3. Abandonar vicios, sin dolor.
  4. Evitar costumbres, sin tristeza.

¡Cuán bella es la vida cuando se está bien inervado y se tiene un fin! El sol, la luz, la oscuridad, el aire, todo es sublime para el hombre sano.

Contenerse es un gran efecto de la concentración. Para ello me ha dado resultados el pensar y hacer consciente el paso del tiempo, la sucesión de las cosas. «Todo pasa y cada instante se acerca más el momento en que pueda exclamar: ¡Soy libre; ha huido el deseo!».

Mi tabla de valores

(En Nueva York, junio 19…)

Positivos:   Negativos:
Concentración (valor interno) Café
Paciencia »    » Tabaco
Control »    » Sensualidad
Serenidad »    » Impaciencia
Alegría »    » Ira
Atracción (valor externo) Envidia
Constancia (valor mixto) Gula
Ecuanimidad »    » Tristeza
Firmeza (valor mixto) Soberbia
Claridad (valor externo) Divagación
Valor (exter. e inter.) Temor
Sentimiento de
paso del tiempo,
de su valor.
  Dilapidación
del tiempo.

* * *

Todo se arreglará ante mi serenidad.
No necesito bregar, jadeando.
El jadear es indicio de cansancio.
Es preciso obrar sin llegar al agotamiento.
Estoy sano, tibio; tengo conciencia de plétora.

Cuando vivo mal siento ausencia de calor vital. Ahora mis pies están tibios. Siento circular poderosamente la sangre en mis venas.

Los genios como Bolívar y Napoleón cuidaban mucho los detalles.

¡Cuán importante es saber descansar y saber trabajar! Hay que ser el hombre de una sola tarea: eso es Concentración.

Autosugestión

(Nueva York, julio 11…)

Circula la sangre llena de oxígeno por mis arterias duras y elásticas.

Cuán hermoso esto: sangre llena de oxígeno y arterias elásticas.

¡Cómo me burlo ahora del antiguo Lucas, el de Girardota, el que salió acompañado del joven Hoyos, de los cinco santos personajes para Nueva York!

Siento que agarro esta pluma con firmeza.

* * *

La conciencia aumenta el deseo de aquellos objetos que se colocan bajo su dominio. La cuestión para inhibir el deseo es separar de él la conciencia. Esto lo vi claro en Norteamérica. En esta experiencia de la vida, tan corta, es preciso aprovechar cada instante para dominarnos.

El fin de la naturaleza es crear el hombre poseído. Poseerse es el último de los triunfos. Cuando uno se posee, es un hijo de Dios. ¿Recuerdas aquellos seres que raras veces se ven y que te conmovieron, alegraron e hicieron pensar en que la vida era interesante? Pues daban esa impresión y sugerían esos sentimientos porque se poseían.

Lo que me dicen no me hace reaccionar sino al mucho rato, cuando lo he enviado al departamento de Contraloría y ha vuelto con el Pase.

Lo mismo lo que veo.
Lo mismo lo que siento.
Ídem lo que pienso.

* * *

Alejar de la conciencia el deseo para que desaparezca. Mientras dura el hábito y luchamos con él, nos parece que la vida pierde todo interés. Al día siguiente de luchar con el hábito y de sentir la negra tristeza de esa lucha, nos parece que fue una tontería entristecernos.

Todo pasa. Pasa esta pequeña experiencia de la vida. Dentro de la historia general del mundo, la del individuo es nada, y nada es la de la Tierra dentro de la historia del tiempo y de las estrellas. Y dentro del infinito y de la eternidad ¿qué serán estas vidas nuestras…?

Por eso, no se le debe temer a la muerte. Y si no se le teme a la muerte, ¿a qué podemos temer? Se acaba el temor y el desespero y la impaciencia. La palabra de oro es Poseerse.

* * *

Al final de este tratado estarán los tres mandamientos que me di en Santa Marta al regresar de Nueva York:

  1. No pensar en el dinero.
  2. No amar el dinero.
  3. No dejarme obcecar.

Por qué y cómo se casó Lucas

«Mañana te contaré la historia de mi matrimonio».

Amanecieron llenos de luz el valle y las montañas.

(En ninguna parte de la Tierra hay tanta luz como en el valle del Aburrá).

Y Lucas me narró la historia, sentado sobre un mamelón que domina todo el curso del río:

«Hacía dos años que había vuelto de los Estados Unidos. Una mañana de luz, como esta, conocí a Berenguela. Me dominó la energía del espacio entre sus ojos risueños. En ese lugar reside el aura de la inteligencia.

Leyó por casualidad algunas de mis libretas y me dijo que me admiraba.

—Yo deseo casarme con una mujer que me admire.

Nada me contestó, pero me pidió más libretas. Cuando insistí, me dijo que me compadecía. Le llevé otros cuadernos, los más íntimos, diciéndole que quería casarme con una mujer que me compadeciera.

Tampoco respondió, sino que al mes, después de leerme, me dijo que me despreciaba. Contestéle que yo quería precisamente casarme con una mujer que me despreciara.

Por eso nos casamos.

En realidad, ¿qué otra cosa es el hombre, el hijo de Dios, sino un ser admirable, digno de compasión y despreciable?

Yo me admiro, me compadezco y me desprecio.

Hemos sido muy felices, ¿por qué?: porque nos casamos conociéndonos».

Tercera libreta

Estoy acostado sobre la Tierra. Inhibiré todo en mí hasta que aparezca lo que deseo. No pensaré en nada. Silencio, silencio…

Pasa la imagen de una hermosa hembra por mi mente… Rechazo esa bella imagen. Pienso en el tranvía que laminó ayer a don Rafael… y sigue así la mente, titubeando en un enredo lleno de lógica…

Pero ya percibo que por mi pensamiento pasan tres seminaristas. ¿Por qué tan semejantes entre sí, en alma y en cuerpo? ¿Será la igualdad de régimen? Delgados y barrosos cuando adolescentes; pero gordos, caderudos e irregulares al envejecer, como la mujer que ha parido en abundancia.

¡Pero, no es esto! Si lo que deseo averiguar es de dónde proviene en Suramérica el tormento clerical:

Con los primeros conquistadores llegaron también los sacerdotes. Estos bautizaban a los indios en tropel; el conquistador les robaba el oro.

… y después los quemaban vivos.

El mejor medio para asegurar la obediencia del indígena era haciéndolo católico e inculcándole la idea fija de que del cielo emana la autoridad del Rey. Por eso se llenó nuestra tierra, en poco tiempo, de comunidades religiosas.

A este respecto son muy hermosos los relatos de Bernal Díaz del Castillo.

El gobierno español les entregaba la tierra para que la explotaran, así como las almas, y los sacerdotes fomentaban la ignorancia porque ella favorecía su interés personal, al mismo tiempo que el del monarca.

Los padres jesuitas escogieron la mejor parte: el Paraguay, lo más fértil de la Nueva Granada y California. Allí establecieron verdaderos gobiernos propios y, separando sus feudos con fosos para que no se acercaran ni los gobernadores, se dieron a bautizar. Por cada indio bautizado pagaban un peso al Rey, pero el neófito quedaba de su propiedad.

Consistió precisamente la desgracia en haber los jesuitas escogido la mejor parte, pues las demás comunidades intrigaron hasta que el soberano en la mitad del siglo XVIII los expulsó de sus dominios. La orden de expulsión debían ejecutarla los virreyes y gobernadores sin pérdida de tiempo.

Esta expulsión ha dejado huellas en el alma suramericana. El día en que se efectuó, muchos recién casados (casados ese mismo día) al conocer la noticia se levantaron del lecho conyugal para ir a implorar por los Reverendos Padres al Virrey. ¡Sobre todo las señoras!

¡Cómo sería el imperio de los jesuitas!

Ya sabíamos por monsieur de Voltaire que Candide, el gran Candide, llegó a la provincia de La Plata con la hermosa Cunegunda. Sabíamos que ésta fue raptada por el ardiente Gobernador de los ocho apellidos gallegos y que al llegar Candide al Paraguay fue recibido por los padres jesuitas. Sabíamos también que de una estocada atravesó Candide de parte a parte al célebre general, el Reverendo Padre, que era además hermano de la atormentada Cunegunda…

¡Cuán curiosa y verídica la América de Voltaire, tomada de los relatos de don Francisco Orellana, el explorador!

La historia de las muchachas aquellas, paraguayas, que se enojaron con Candide porque éste asesinó a los monos amantes, es muy real: así, ni más ni menos, es nuestra tierra.

Los padres Carmelitas, Dominicos, Franciscanos apañaban descomunales pedazos de oro en Eldorado. Vivían libres, porque la iglesia americana era independiente de Roma; las bulas papales requerían el visto bueno del Consejo de Indias, que tenía interés en que los curas fueran agentes de su dominación. Así fue como a nuestros ascendientes los fueron enseñando a otorgar sus testamentos con hermosos legados para conventos e iglesias. Una reacción (que se ha considerado como el súmmum del liberalismo) figura en el siguiente artículo de los códigos actuales: «Por testamento otorgado en la última enfermedad no puede recibir herencia o legado alguno, ni aun como albacea fiduciario, el eclesiástico que hubiere confesado al testador en la misma enfermedad, o habitualmente en los últimos años anteriores a su testamento, ni la Orden, Convento o Cofradía de que sea miembro el eclesiástico; ni sus deudos por consanguinidad o afinidad dentro del tercer grado».

Pero a pesar de tanto Reverendo Padre, Suramérica no ha tenido Cardenales ni Santos, a no ser unos dos extranjeros medio nacionalizados a quienes no se les pide milagros ni se les quema velas… ¿Y por qué? ¡Porque dudamos de nosotros mismos; porque creemos que sólo en ultramar pueden existir técnicos celestiales, de finanzas, de bancos y de agricultura!

Felipe III al Virrey de Lima escribía en el año de 1620, poco después del Descubrimiento, quejándose de que los conventos ocuparan allí más espacio que el resto de la población; y el cabildo de México suplicaba al Rey que prohibiera allá la fundación de monasterios «por miedo a que las comunidades ya existentes se encautaran de toda la comarca».

Siempre cuidó la Inquisición de que no penetraran las ideas nuevas en América; pero más cuando aparecieron los enciclopedistas. No llegaba hasta nosotros ningún libro sin que lo examinaran previa y cuidadosamente los tribunales de Sevilla y los Padres efectuaban inspecciones oculares rigurosas en las bibliotecas de los criollos.

¿Cómo extrañar, pues, el sabor a pecado que me deja la lectura de Voltaire? En mi alma encuentro todo el oscuro tormento de las amenazas y las prohibiciones. El espíritu de nosotros, los librepensadores, sufre el atavismo: somos libres, pero miramos la libertad como un pecado y como a éste la queremos. Tenemos la conciencia del pecado.

En mis cuadernos encuentro lo siguiente para explicar este delicioso enredo:

«Deseo librarme de la mala conciencia y para conseguirlo no retrocederé ante ningún método. Emplearé el psicoanálisis, el más moderno. ¿Por qué no filosofar, por ejemplo, en el excusado…? Esto que llaman pudor tiene profundas raíces atávicas. Es uno de los aspectos de la mala conciencia. El verdadero pudor consiste en la perfecta inocencia proveniente de la sabiduría. ¿A causa de qué acto comienza uno a existir? A causa de un coito. Ese es el acto primo, el acto causal de la existencia… ¡Y el niño mama y todos cumplimos fatalmente los imperativos fisiológicos! ¡Y de nada de eso se puede hablar ni escribir! Únicamente se puede hablar y escribir de dulzuras falsas, de sentimientos artificiales.

En la antigüedad no era así. En las tumbas se pintaban seres bellos y desnudos, falos, escenas de danza. Porque en el Occidente cristiano el noventa y nueve por ciento del vivir no ha sido literario».

Mi alma es suramericana. En mí encuentro al conquistador, al indio, al negro y a los Reverendos Padres hermanos de la desventurada Cunegunda.

Recuerdo que mi maestro míster Reed se admiraba mucho de la tendencia metafísica de nuestra raza. Y Valery Larbaud escribió el diario de un viaje por Europa del millonario suramericano A. O. Barnabooth, de veinticuatro años, atormentado por encontrar lo absoluto hasta en las camisas de seda que regalaba a las muchachas. Es que somos complejos, un ensayo de la mezcla de todas las razas y en nosotros están latentes todas las supersticiones y tormentos místicos.

Indudablemente Suramérica, por su extensión territorial, por la hibridación étnica, por la riqueza y variedad de sus tierras y sus climas, está destinada a ser la cuna del hombre tipo y unificado, la gran democracia.

Si buscamos lo absoluto como el millonario Barnabooth es porque somos un gran ensayo sociológico y estamos desequilibrados. No hemos podido adaptarnos. En las demás partes los hombres están separados por su color y por su patriotismo. Aquí todos los días hay un cambio y un experimento. Si llevamos cien años de luchas y de tanteos, estériles en apariencia, es porque los grandes seres crecen lentamente.

Resulta, así, que Bolívar fue el que cumplió uno de los actos más trascendentales en la humanidad, lo cual se reconocerá cuando en los siglos se realicen los hechos. Se dirá entonces que el Libertador creó y dio carácter a uno de los capítulos más complicados y preñados de consecuencias en el desarrollo del hombre hacia su fin, que es la conciencia universal. Vendrá inmigración de todos los puertos, porque aquí hay tierra y riquezas y tendemos a la libertad, y se fundirán todos los organismos y aparecerá el verdadero hombre, El Gran Mulato Adaptado. Se fundirán todas las religiones y aparecerá una gran unidad ideológica, unidad de amor y de conciencia.

Precisamente durante mi permanencia en Estados Unidos admiré ese pueblo, pero concluí que allí faltaba la maldad, la complicación psíquica. Recordaba allá que nuestras grandes llanuras son fértiles a causa de los miasmas, de la descomposición orgánica durante los inviernos, del resquebrajarse de la tierra en los veranos…

En la cama de la señora Willson concluí que el yanqui es un ser bueno y que, por consiguiente, no es una promesa…

La mala conciencia

Hoy entré a la Catedral a oír al nuevo Canónigo en su sermón de la tarde sobre María y sobre la madre. Todo lo dice con unción artificial, sin cambios en la voz casi melancólica.

¿Hay que enseñar al mono a querer a la madre? No. Sólo al hombre que la quiere y a veces la asesina; que la besa y a veces la golpea. El hombre es el animal que investiga, que aprende, a quien se enseña hasta el amor a la madre, pues no sabe quién es, ni de qué es e ignora lo que debe o no debe hacer. ¡El hombre no sabe ni cómo orinar! Hasta en eso hay materia de pecado, hay un enredo.

¡El pecado original! Moisés era la sabiduría suprema cuando escribió eso del pecado original. Si el hombre no cometió ese pecado, todo él es y vive como si lo hubiera cometido. ¿Por qué hay sobre la Tierra un animal que ignora lo que debe hacer y que todo lo hace como si estuviera fuera de su medio? ¿Por qué hay en el mundo un ser que es una nota desarmónica en el armonioso conjunto? ¿Por qué hay melancolía en medio del soberbio equilibrio de las estrellas…? ¿Será porque el hombre es el hijo de la malicia?

¡Oh, Moisés! Tú, al crear tu hipótesis, revelaste que el hombre era para ti una inexplicable desarmonía.

La religión

Yo no soy irreligioso. El hombre es algo, es tolerable, por las religiones. Estas lo forman y lo ascienden. Entiendo por religión un ideal de conducta, por ejemplo un ser ideal (Dios) como modelo al que uno tiende a asemejarse. De ahí el control y la disciplina de donde va saliendo la obra de arte que se llamará El Hombre. Hoy somos aún subhombres, monos pervertidos.

Al hombre no se le puede quitar la religión (idea de perfeccionamiento); el hombre es artificial, un ser relativo…

De ahí viene la tragedia de Nietzsche, el ateo, el solitario más solo. Comenzó al perder al amigo, al perder a su dios, que era Wagner. «¿Por qué soy todo luz?».

El hombre al ascender se va quedando solo y al fin no le queda sino el amor a la grandeza. Pero no basta la grandeza abstracta, no personificada. Lou Salomé se asustó como un ciervo. ¡Pobre Nietzsche, creer que una mujer podía gozar en su corazón volcánico! El jesuítico Paul Ree se llevó a Lou Salomé.

El régimen nietzscheano no era para ninguno. Hay que tener un dios concreto, un amor personificado. «¿Por qué soy todo luz?». Todo amor, debió decir. Sus éxtasis eran como los de Santa Teresa. Pero su amor era abstracto. Lloraba cuando la visión del retorno eterno.

El hombre tiene que tener dios porque no es absoluto. Dios, encarnado en un amigo, en alguien que sirva de interlocutor y de escala. El hombre es el que da y recibe, el que cambia. «No es bueno que Adán esté solo».

Lo que sucede es que la religión va ascendiendo con los creyentes. Quitadme mi religión y tendréis el animal inmundo en toda su desnudez. ¡Cómo brilla para mí esta verdad!

El Dios es el imán que extrae del fango al hombre. (Las metáforas son muy feas para un espíritu cultivado y lógico, pero esta es regular).

Perdonad descendientes que leáis estas notas de mis breves días. Yo estaré entonces en corto espacio.

El dinero apenas es poderoso contra un tiempo no mayor de unos siete mil años. Por ejemplo, la familia X tiene en un mausoleo los fémures y los huesos secos de sus parientes de hace medio siglo. Si yo dejo riquezas a mis hijos, quizá mis fémures se conserven por algún tiempo. (Es húmedo el musgo de los mausoleos).

¿Dónde estará entonces mi parte que desea oponerse a las pasiones furiosas?

¿Sabéis lo que pienso? Nos extraen un diente y… ¿qué importa dónde esté? Es tan ajeno al yo como la navaja o el lápiz. Lo mismo un pie amputado, o un brazo o una pierna. Pues morir no es otra cosa que extraer al yo todo del cuerpo. ¡Curioso! Trabajo de dentistería…

¡Si se me hubiera ocurrido todo esto con la señora Willson, la hija de Mrs. Olcott!

* * *

(Perdone el lector pero en este punto la libreta de Lucas pierde su ilación. El hombre, y mucho menos Lucas, no tiene vida de libro. La unidad de una vida es apenas lógica y la unidad de un libro es casi siempre aparente. Sobre todo, los hombres de vida interior no pueden someterse a la forma didáctica. En fin, esto continúa como lo verá el lector).

* * *

¡Qué noches de luna! Son perturbadoras. En ellas y en las primaveras suben los vapores de la carne y nos obnubilan. Se gasta mucha fuerza en controlar.

* * *

Esta mañana mientras defecaba miré al cielo hermoso y azul. Me pareció percibir, intuí a los seres espirituales que compadecían al ser encarnado, al que, mientras defeca, mira para lo alto en busca de Dios; al que se harta de carne y llora; al hombre, el que está en disciplina.

* * *

Anoche fue luna llena. Llena también está la vida de misterios y por eso creo que no podemos juzgar la conducta de los hombres. «Yo soy el que hizo mis santos y yo conozco al primero y al último». Dominando la energía nerviosa se puede curar todo desarreglo psíquico, evitar todo juicio temerario. No fumar; comer poco, frutas y yerbas. La respiración del hombre pasional envenena los conejos de laboratorio, nos envenena a todos.

A mí me ha envenenado el recuerdo del mayor Francisco de Paula Santander. ¡Qué horrible es el apasionado! Seré lento; sólo cultivaré la pasión necesaria para la idea.

* * *

Mañana cristalina. Mirando al cielo me he desintoxicado del Mayor. ¿Me impedirá este hombre escribir con amor la biografía de Bolívar…?

Miré al cielo: la luna menguante, pálida, me sonreía, o sea, la sinergia era tanta en mí, mis fuerzas eran tan armoniosas, que el conjunto universo me sonreía. (Sonreír una cosa es una emoción de salud en el que contempla). ¡Oh, suprema ley, dame de tu bien: salud, energía, tonicidad! ¡Oh, sinergia de arco tenso y de color bronceado!

¡El universo es mío! No se lo pueden apropiar. Somos comunistas, ácratas. Los débiles y enfermos son los que creen en la propiedad ajena. Todo es del hombre que vive conforme a la naturaleza.

No corras, Lucas, hijo mío; no te dejes poseer por el deseo, ni siquiera por el deseo de bondad; no te dejes usar.

Ayer percibí que hombres y acontecimientos están buscando, atisbando al lento y al pletórico para entregársele.

La Tierra está destinada sólo para la felicidad, y el hombre es el depósito del mal. Rumia esta verdad; las verdades se viven, pero no se demuestran. Por eso no es posible discutir sobre los bellos fenómenos de nuestra vida. Lo único posible es mostrar hechos del mundo físico. Nunca discutas acerca del espíritu; deja a cada uno en el lugar que ocupa, absorbiendo lo que pueda. La vida es una ascensión o un descenso, a la larga siempre un ascenso, y cada uno ocupa su puesto.

Que nada me importe, ni el placer, ni la salud. Perfecta indiferencia. Sócrates es un ideal. He superado ya muchas experiencias anteriores.

Hoy venceré la pereza
y el temor
y el ansia
y el deseo de grandeza,
y a mí mismo.

¡Vencerse a sí mismo! Sólo sabe qué es esto el que lo ha vivido.

¡Qué me importa morir! (¿Cuándo podré decirlo con verdad…?).

El hombre no es el ser supremo: esto lo he vivido. El hombre es artificial: esto lo he experimentado. El hombre vive y obra como si fuera artificial.

¿Por qué el deseo de obrar? Me paseo y me atormenta el deseo de hacer algo. Vivimos de trivialidades; la vida es frívola. Los valores espirituales son muy pocos.

… Mala noticia tengo para mí: he vivido como no lo quería. ¿De qué sirve la mente dispersa? Ese es el motivo.

Lo inespacial rodea a lo fenoménico. Si no es así, ¿en dónde termina lo fenoménico?

Todos los días examinaré a ver si cumplí estas dos leyes:

  1. Ningún deseo vago.
  2. Ningún tentáculo de mi alma hacia afuera.

Como estoy abandonando al animal instintivo, me sobra mucho tiempo. La vida del hombre es paja; los oscuros instintos ocupan todo. Diariamente anotaré si he vivido según… (¿Según quién, según qué?). Hace cinco horas que así lo hago, que vivo según un ideal confuso y me siento intranquilo. Todo en mí está intranquilo, ojos, oídos, olfato… Todos los sentidos son perversos. Por eso «la vida del hombre es disciplina».

La gracia que nos viene de la creencia en un ideal más o menos confuso es lo que puede librarnos de los dispersos sentidos. Esa era, en resumen, la idea de Pablo (Pablo que se parecía tanto a mí en sus momentos de teólogo) en su epístola a los romanos. Tiene razón Pablo al creer tan bajo al hombre. Para él, solamente imitando a Jesucristo podría salirse de la grosería.

Lo importante es amplificar la conciencia, pasar de la conciencia orgánica a la conciencia cósmica.

* * *

Ayer noche sufrí; Lucas sufría. Era una tristeza sin causa. Creo que era el sufrimiento celular por la falta de café, tabaco, goce.

No quiero gozar (entiendo por gozar dar lugar a la emoción celular llamada satisfacción). Quiero sufrir para aumentar mi capacidad perceptiva. El sentido superador del sufrimiento es grande, y el poder destructor del goce es infinito. El goce destruye imperios y hombres, y el dolor los crea. El ritmo que preside la vida se compone de ascender por medio del sufrimiento y bajar por medio del goce. Yo quiero librarme de ambos: dolor y alegría. Librarme de la ley de crecimiento que preside todo lo humano. Hablaré muy poco; no reiré. ¿Para qué entregarme a la palabra? La risa es señal de que se goza.

¡Pobres pueblos americanos; pobre humanidad de hoy, entregada en brazos de la prostitución, el cine, el baile y el alcohol!

¿Dónde está el heroísmo?

Resumen de mis disciplinas:

Lucas camina despacio, pensadamente,
no fuma,
no bebe,
come poco, masticando bien,
casi no habla,
no comenta sus emociones,
reprime los ímpetus,
no envidia,
no se mete en donde no es su casa,
no odia.
Ama.

¡Pero qué ira la mía de ayer, sin causa! Era una ira latente. Me acosté y dormí cinco minutos. Eran la cinco y sólo terminó la ira a las nueve. Por dos instantes salió la ira al exterior.

Indudablemente, el fin de Lucas es controlarse.

* * *

No temer. Esta es mi primera ley. Job dice que le sucedió lo que temía. Yo vi al General, a quien nada sucedió cuando recorría la ciudad durante la huelga, a pesar de que a los otros los apedreaban: era porque no temía. Temer es una gran debilidad. Si perdemos el miedo a la muerte, no temeremos, y para conseguirlo es preciso obrar de acuerdo con la conciencia. Precisamente éste es mi gran defecto.

Leyes:

  1. Obrar de acuerdo con mi conciencia.
  2. Conciencia. No temer.

* * *

Individualidad: esto es lo que tienen los hombres de mando, los cuales pueden ser ignorantes, como el General.

Individuo es el que forma parte de la comunidad, es el que está completamente deslindado por cercos firmes de calicanto. ¿Qué son estos cercos? Son las ideas y deseos y odios y amores sólidos, rotundos, propios.

¿Y cuál es el hombre más individuo que ha tenido la Tierra?: Simón Bolívar. Nadie influyó en él; era un gran centro de conciencia. Llegó a tener, no solamente conciencia continental, sino ratos de conciencia cósmica. La individualidad, en él, se percibe tan de bulto como la más alta montaña.

Los suramericanos apenas tienen conciencia fisiológica; no pasa de los vestidos, no irradia.

Napoleón tuvo una gran conciencia nacional, francesa.

El hombre que permite que otro se le meta en el subsuelo es un proindiviso.

La mujer individua es mujer bella. Todo ser individuo hipnotiza y atrae; hasta huele a individualidad. Por ejemplo, una mujer que pasó ahora por mi lado me hizo saber que era bella sin mirarla y sentí que atraía mis ojos como si fuera un imán. Sin querer mirar sentí que esa mujer era un ser, que me atraía…

¡Cuán divino es el poder, la belleza, el espíritu, eso que se llama…! Su nombre no se ha inventado, pues apenas tenemos oscuras vislumbres de ello. Los yanquis lo llaman «it».

Simón Bolívar embarga todos mis sentidos con sus emanaciones de individualidad.

* * *

¡Los libros! ¿Para qué comprar otro, si no he realizado en mí el que ahora tengo? Hay que realizar los libros, realizar en uno todo el universo.

Esta idea de realizar en mí todo el universo es muy importante y se me reveló en estos días. Por eso voy a realizar en mí, en Lucas Ochoa, a don Simón, uno de los seres que más participó de la divinidad.

¡Qué curioso que tuviera el nombre de la Santísima Trinidad, que es la realizadora!: Simón, José, Antonio, de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu…

Para que haya acción tienen que existir dos personajes, por lo menos, y por eso el hombre solitario se desdobla siempre. Yo soy Lucas Ochoa, solitario, y por eso necesito un interlocutor: Bolívar Palacios.

¡Qué absurdo es leer en demasía! Los doscientos libros que están sobre mi mesa acerca del Libertador contienen ideas suficientes para realizar en muchos años. ¿Para qué nuevos libros?

Se es animal en cuanto se ama o se odia. El ser racional no teme, porque ni odia ni ama. Casi todo el tiempo soy digestión, pasiones y actos animales. ¿Qué me importan el goce y el dolor?

¡Sube, Lucas; asciende hacia la conciencia absoluta; asimila en ti a este Simón Bolívar que llegó casi hasta la conciencia cósmica!

* * *

Lo que mi mente creó se hizo realidad y existe, pues las cosas primero son y luego existen.

Venía delante de mí un señor Osorio, muy conocido en mi niñez. No podía recordar su nombre. Encomendé el trabajo a mi espíritu y, a los cinco minutos, sin haber tenido tensión, me dije: «El señor se llama Belisario…». Fue algo parecido a una frase ajena. El esfuerzo intenso es un absurdo, pues de donde no hay fuerza no puede sacarse. La fuerza que abunda obra por sí sola.

* * *

Vivo alegre.
Vivo sin odio.

Vivo en Simón Bolívar, asimilándome su conciencia cósmica.

No me importan los hombres ni las patrias.

Estoy entrando en reinos desconocidos y exclamo: ¡Qué divino es el destino de lo creado, mi destino! Percibir la belleza y poseerla.

No odio. Amo a los hombres en cuanto son bellos. Ansío la felicidad, no me enojo, no me exaspero y no me afano.

* * *

Y la sabiduría viene con la vejez. Esta es la hermosa e ineluctable ley: aprendemos la lección cuando se desgastó el vestido.

Don Simón estuvo montado a caballo durante treinta años, dedicado únicamente a la creación de hombres y de patrias.

… y en la autopsia encontraron que sus nalgas se habían convertido en dos callosidades.

¡Cuán hermosa, en este sentido, la vejez! Debe ella consistir en un cuerpo destrozado por la acción; en una gran luz interna; en una conciencia dilatada entre un cuerpo arrugado y terroso. Por dentro está el fruto de la acción y en el cuerpo la prueba de que se ha vivido.

En verdad, la juventud es una hermosa apariencia, pero en cuanto es prometedora. ¡Cuán estúpidos son los jóvenes! ¿Qué interesante pueden decir? Lo hermoso en la juventud es la promesa; todo lo demás es ignorancia e inocencia.

El desenvolvimiento de la conciencia, que es la verdadera sabiduría, se adquiere viviendo y no hay maestro que pueda enseñarlo.

El medio ambiente

Hay experiencias a las que he llegado tarde, debido, sin duda, a mi vida en Suramérica. Leyendo biografías de grandes hombres veo que hicieron realizaciones a edad mucho menor, pero vivían en medios propicios. Yo he vivido intensamente, pero el medio ha sido mi gran mal. ¿Qué se puede hacer en Colombia, el país que introduce técnicos? Mucho, pues todo está por hacer… (3)

Hace días que me siento mal. No hay estímulos vivos en este pueblo. Los hombres son plebe y plebe son las pasiones e ideas de aquí. El amor se reduce, en las mujeres, al marido por atrapar y a la castidad forzada. En los hombres se limita al coito. En el espacio que hay entre éste y las primeras miradas está todo el arte: novelas, dramas, etc. ¿Por qué naciste aquí, Lucas?

Me interesa mucho San Pablo. Creó la teología, la redención, el pecado. Sus cartas parecen de un alemán; son muy difíciles.

Para recuperarme seguiré por quince días este régimen:

  1. Al levantarme, hacer el vacío en mi mente durante media hora.
  2. Saltar cien veces en la cuerda.
  3. Vestirme despacio.
  4. Mascar muy lentamente.
  5. Caminar sin apresuramiento.
  6. No manifestar el entusiasmo, ninguna emoción.
  7. Sobre todo no afanarme en nada y no comunicar mi vida interior.

No me recupero. ¡Es raro! ¿Serán un fracaso la castidad y mi método frugívoro?

———
(3) Para entender es preciso… Es una contradicción aparente la que hay en este párrafo. — (Nota de F. G.)

Un amanecer

Es una mañana de tanta luz que casi es posible un milagro en mi corazón: renacer al amor.

Al pasar por el parque, en una ventana abierta al oriente está la hija del nuevo rico que entre las suyas tiene las manos de un hombre alto, barroso y cetrino. Las manos forman un nudo y la barrera de la ventana les llega al bajo vientre. Él está fuera y ella dentro, ambos de pie. Él se balancea y se acerca a la boca de ella cada vez que le habla, y el nudo de las manos se interpone entre sus bajos vientres. Los choferes observan, pues ahí cerca tienen sus automóviles…

Hace tiempo que yo no he sido poseído por un instinto de esos, por un dios elemental.

¡Cómo se concreta la energía en los momentos del instinto! En el amor se es todo sexo y en la ira se es todo puñal.

Vi también al tullido que con una manguera riega el frente de los almacenes. De la cintura para arriba es normal y las piernas son de niño. Se arrastra gateando, sentado en un cuero. Pero su cara es ancha y sus ojos fuertes. Da la impresión de ser igual a uno. No se le trata como a desgraciado.

¡Qué poder tienen los ojos separados y firmes!

Como anoche leí a Sócrates, la resultante de estas emociones es sentirme una eternidad dentro de los rayos solares de la mañana.

Mi querido amigo Bolaños

A está mi doble. Es el único que puede salvarme, porque está detrás y me mira, critica y dirige. Él es todo lo bueno en mí: voluntad, deseo de belleza, etc. Si lo olvido, pierdo.

¡Grandes noticias! Para hacer mi persona como lo quiere mi yo o socie tuve que adoptar medidas violentas. Desde las cinco de la tarde del 8 de junio no volveré a sorprenderme. ¡Cuán sucio y miserable soy! Es preciso rescatarme.

He logrado desdoblarme y percibir a mi yo fuera de mis deseos, y por lo tanto como juez imparcial y a quien no afecta la lucha.

Mi yo va detrás de mí y me dirige en todo. Lo llamo «mi querido Bolaños».

A ratos, por ejemplo, el ansia de nicotina se lamenta y sofistiquea. Entonces grito: «Oiga, amigo Bolaños, dice éste que la vida sin fumar es una estupidez…». Bolaños sonríe, pues comprende que es la necesidad fisiológica pasajera la que se expresa en esos términos, y que muy pronto el pobre cuerpo con sus instintos elementales será feliz.

(Bolaños es ancho de cara, ágil; con tanta vida que produce la impresión de que está derramando energía por ojos, por sonrisa, por todo su cuerpo).

¿Cuál es el oficio de mi querido amigo Bolaños?: dirigir a Lucas y hacerlo a su imagen, según su ideal. Es el crítico personificado. Cuando algún movimiento nace en Lucas, se lo lleva a Bolaños para que lo juzgue como hecho ajeno. Y es segurísimo el acierto. No se puede uno juzgar a sí mismo; debe ser otro el juez. Cuando uno está solo, se pierde, pues la razón se confunde con el deseo. ¿Cómo podría uno dirigirse, si el que desea y el juez fueran uno mismo? ¿En dónde podría admitirse un juez que fuera interesado en la decisión? Si yo soy la razón y yo soy el deseo, estoy perdido, pues el deseo arrastrará todo.

Por eso he sacado afuera todas mis facultades críticas y racionales, personificándolas en el frío y dominador, en el dandi y asexual Bolaños. Él, a todas horas, va detrás de mí, criticando y ordenando, burlándose a veces, pues Lucas, enamorado, mujerero, blando, amigo del gusto, hace mucho caso de las burlas de Bolaños.

¿Qué será del hombre solitario? No es bueno que el hombre esté solo, dijo Dios. Todo esto ha dado nacimiento a «mi querido Bolaños».

¡Camina despacio, come despacio, vive despacio!: estas son órdenes terminantes. Creo que dentro de poco, yo pasaré a ser Bolaños y podré dirigir mejor mi persona.

Mi ilustre amigo dice a la miseria fisiológica, a Lucas Ochoa, que Manuelito (el pobre abogado borracho que había jurado no beber más) está ebrio hasta más allá de la ebriedad. ¿Por qué se alegra Lucas, la fisiología? ¿Por qué goza con el mal ajeno…?

¡Cuán corrompido soy! Me gusta que los hombres no sean capaces de actos heroicos; me gusta que sean inferiores. ¿Qué gano con ello? ¿Acaso la dignidad de los demás no nos dignifica?

¡Cuán malo soy! Es preciso que él me dirija y piense y ordene. Yo seré un ejecutor. Si permito la dirección a este manual de indecencia, acabará con todo lo bueno.

En todo caso, tu placer, amigo Lucas, para nada nos importa. ¡No te sorprenderás! Por hoy, éste es tu único mandamiento.

* * *

Lucas, el pobre hombre, va bien, y si continúa lentamente y obedeciendo a Bolaños, llegará muy alto.

* * *

Estoy pensando en cambiarle el nombre a Bolaños por Jacinto. Mi yo se llamará Jacinto desde hoy.

En todo caso, Lucas está molesto con su obediencia. Es una ebriedad debido a la falta de nicotina. Hace tres días que no fuma. ¡Jacinto!: es preciso que domines y que impongas tus mandamientos.

¿Qué ha hecho Lucas? Ha obrado como un ser mediocre, pero va bien…

* * *

Encontré tres caries en mis dientes. El dentista los separó con algodón y estoy muy atormentado. Es un motivo de paciencia. En la calle se aprende mucho: conocer al hombre, animal social y racional, que es lo más necesario.

Lucas progresa. Es indispensable que no tenga miedo a hombres, acontecimientos, perros… Lucas tiene miedo, pero obedece a Jacinto; es poltrón, pero teme a Jacinto; es un puto, pero tiembla ante Jacinto. ¿Cómo se educa un perro? Así hay que formar a Lucas. ¿Cuándo será un perro sabio?

  1. ¿Es Jacinto o es el perro el que desea belleza? No sé…
  2. ¿Es el perro el que desea dominar? En cierto modo, no.
  3. ¿Es el perro el que se entristece? Sí.

* * *

Hace días que nada aprendo. La naturaleza no hace saltos. La sabiduría es un producto del tiempo y de las experiencias. Ya puedes leerte todos los libros y no llegarás a sabio, en el verdadero sentido de la palabra. La felicidad es el premio de la vida. Nada se regala.

Es cierto que se aprende estudiando; pero se aprende mal y nada acerca de los hombres y de la vida. Se aprenden enumeraciones. La vida es preciso vivirla.

Las tres p.m.… Estoy atormentado por el ayuno y por este fastidio de los dientes: el perro pide misericordia. ¡Pobre cuerpo miserable, que hace días no tiene descanso!

Mi querido amigo Jacinto no volverá por ahora a imponer nada a Lucas. Vive ya normalmente: pero tu ley y tu moral serán estas:

  1. No abusarás de nada.
  2. No correrás, y
  3. No desearás.

¡Pobre mi cuerpo que chilla como un niño!

* * *

La vida está pletórica para mí. Gocé mucho cuando el dentista me quitó el algodón de entre los dientes. ¡Fui capaz de vencerme!

Quien vive en el tiempo, en la sucesión de las cosas, no puede amar sino lo infinito y la eternidad; lo que sea infinitamente bello.

Yo soy el animal sometido a milicia. Deseo ser una voluntad. Se puede llegar a donde no imaginamos; todos los comienzos son oscuros. Podré llegar a tener esa voluntad que casi se materializa en el cuerpo y que produce impresión de misterio. Conocí a uno que se acercaba a los perros rabiosos y se les imponía con serenidad. Conocí a otro a quien no importaba el dolor, ni la felicidad, ni la belleza: sus pasiones y deseos eran para él despreciables.

Jacinto tiene la cara ancha y los ojos separados. La voluntad hermosea su rostro y cuerpo, porque mantiene elásticos los músculos que regulan los poros y todos los esfínteres. Su boca está delineada por la constante voluntad; los músculos que forman las mejillas y crean la expresión humana, están empapados en dominio y por eso su cuerpo es tan atrayente.

Llegaré a vivir en medio de un mundo muy agradable, en las vecindades de la esencia que subyace bajo los fenómenos.

Mi amigo Jacinto ha dicho hoy lo siguiente:

«Te atormentaré, querido Lucas, hasta que nada de tus oscuros deseos se perciba sobre mis voluntades. No quiero que el ruido de tus aullidos borre mis órdenes claras. Cuando sólo yo, Jacinto inespacial y sin amos, libre absolutamente, impere en los dominios de tu vida, tú gozarás, porque estarás muerto. No puede haber paz entre tus instintos y mi ansia de belleza.

Oye, Lucas: yo crezco a expensas tuyas. A medida que te atormento y venzo y desprecio, crezco yo, el divino. Así es como el Dios nace del cerdo, del vencimiento del cerdo. No hay ascensión sino mediante lucha; en ella se perfecciona el hombre.

  1. El que sufre se diviniza.
  2. Sólo de la lucha sale el triunfo.
  3. Gozar es descender.
  4. Luchar siempre y vencer y seguir más y más alto, luchando y venciendo.
  5. Sólo Dios es felicidad. Gozar es de la carne.

Cualquier movimiento de tu espíritu es un principio de acto. Si miras a la mujer, ya la posees y fornicas».

Fornicar se compone de muchos movimientos, es un acto complejo. Y esos principios de actos se cumplen después en el sueño; son revelaciones de la vigilia. La verdadera castidad, por ejemplo, es de pensamiento, palabra y obra.

Estoy en desacuerdo con los teólogos que sostienen que nada importan los sueños, pues son muestra de lo que es la vigilia de cada uno.

«¿Qué espíritu me mueve a este acto, a esta palabra?». Así se expresan los de educación clerical. Me gusta esa expresión espíritu: se ve ahí la tendencia a personificar los instintos y deseos en ángeles y diablos.

El padre Elías

Estuve enfermo. He tenido muchas cosas que decir. Que no compraré libros hasta que se penetre mi alma del mandamiento No te sorprenderás. Quiero no odiar ni amar a los seres. Hace tres meses y seis días que no fumo. Tampoco quiero tener amor propio.

A los seres se les debe tratar como lo indica la razón; querer u odiar es una debilidad. ¡Cuánta repugnancia he experimentado por el amor de mi tío por su hijo!; y lo peor es que el amor debilita, es corruptor del ser amado. El amor irracional, se entiende.

Todo es explicable, y por lo tanto nadie tiene la culpa ni la gracia. Nada es gracia. Por eso no amaré ni odiaré: quiero que mi alma esté serena en el punto en donde no hay amor ni odio. Amor, tal como se entiende, es atracción. ¿Y cómo no detestar el ser atraídos por lo que no sea la Ley? De ahí que el primer mandamiento sea amar a Dios y a las criaturas en Él. En tanto se es animal en cuanto se ama o se odia. Las religiones no hablan de amor sino en cuanto se refiere a Dios y a los hombres en Dios. El que ama u odia es injusto. El ser racional no teme, porque no odia ni ama.

  1. Vivo alegre.
  2. Vivo sin odio.
  3. Amo la Ley y vivo en ella.
  4. Los hombres no me importan.

La Ley para mí se resume en este mandamiento: No te sorprenderás.

¡Cuán divino es el destino último de lo creado, mi destino! ¡Qué resistencia me pone mi personalidad! Yo no deseo nada violento. Somos pasiones hasta que rompamos las cadenas de la causalidad física.

No me enojo; no me exaspero; no me afano.

* * *

Nada puedo probar, y no me importa sino el método. Las afirmaciones se comprueban y eso es difícil, mientras que el método se comprueba con el resultado.

Necesito un mes de vacaciones para retirarme a un monte solitario, porque tengo una cita conmigo mismo. Le he cambiado el nombre a Jacinto por Elías, el padre Elías. En ese monte silencioso escribiré la biografía del padre Elías, el hombre que yo quisiera haber sido y ser.

El padre Elías es todo lo que uno ama: los seres queridos, es porque en algo se parecen a él. Pero no creáis que las costumbres son amor: el hombre puede habituarse a gustar porquerías y venenos. Hay quienes desarrollaron en sí mismos la afinidad de su cuerpo por los excrementos, afinidad tan visible en los coleópteros. El hombre es una caja de posibilidades hacia arriba y hacia abajo, hacia la materia densa y hacia el éter, y hacia ambos tiende.

Amor, en su verdadera acepción, es la tendencia etérea y lo demás se llama El Mal. El padre Elías son todas mis ansias espirituales, superiores, que no han aparecido por causa del Mal. ¡Cómo quiero a Elías! Es mi espíritu en el cuerpo que anhelo. Y deseo realizarlo en un libro para ayudar a su aparecimiento en mí. Entiendan los que puedan seguirme. No puedo poner aquí las premisas; resultaría esto como de maestro de escuela. Mis lectores serán mis iguales, los que sepan mis premisas.

No soy maestro de escuela.

El padre Elías que mora en mí, me ha citado para una montaña. Una cita conmigo mismo.

* * *

He comprendido que voy por un camino ascendente. Hoy, 18 de junio, afirmo que para nada valen los conocimientos sin la acción, el conocimiento que no sea práctico. La razón es apenas una etapa; sigue la intuición. Esto es lo que me importa, universalizarme por medio de la ampliación de mi conciencia.

La cuestión está en ascender constantemente, mediante la lucha. Mientras más guerra, más triunfos. No deseo la paz; quiero guerra constante, constante crecimiento.

En todo caso, yo asciendo mediante este mandamiento: No te sorprenderás. Adelante, alma mía; vas por el camino hacia la luz blanca.

Me gusta enumerar los mandamientos:

  1. Cáritas (esto no se puede expresar sino en latín).
  2. Paciencia.
  3. Castigo de todos los sentidos.

Castigar el ojo para que ascienda en sus percepciones, hasta que llegue a ser un ojo mental. Castigar el oído, castigar el gusto. Hay que disciplinar la mente: ira, gula, soberbia, pereza, avaricia, apresuramiento. No hablar sino lo preciso; no pensar sino lo necesario para el fin propuesto; no soñar nunca sino en el fin perseguido. ¿Cómo disciplinar la acción, si no se disciplina el pensamiento?

Las religiones son las hacedoras del hombre. Éste es una promesa indudablemente.

Lo que debo dominar ahora es la irritabilidad. Que cada acto lo ejecute yo, dirigido por mi querido amigo Jacinto. Es preciso ser duro con Lucas Ochoa, entendiendo por Lucas los deseos y la mente desordenada. Indudablemente lograré desencarnarme.

Ya como despacio, me visto despacio.

Ya no permito desvíos de la imaginación.

Hace cinco días que no me entristezco ni me alegro.

Pero no me apresuro en mis triunfos. Respeto la ley de que entre la cosecha y la siembra hay espacio. Continuaré hasta que pueda afirmar: No me sorprendo.

* * *

Si he de morir pronto, debo apresurarme a agrandar mi conciencia.

¿Cómo entrar en la luz con mi atman (4) pesado y negro? Yo deseo vivir muchos años para concienciarme. Mi único deseo es la conciencia.

Quiero estar solo, sin libros, aislado, para que mi alma tenga que manifestarse. Aprender a ocuparse en algo que no sea leer, moverse, soñar y pensar… ¿Qué es ello?: Conciencia. Percibir el ser, la unidad cósmica, como la araña en el centro de la tela percibe todo su universo.

Leer es un vicio como cualquiera. En San Bartolomé dicen que tienen los Reverendos Padres una librería como de cien metros por tres de alta. Si los leo ¿seré por ello más consciente? ¿Más hombre? ¿Más poderoso? San Ignacio no los leyó, y el padre bibliotecario los ha leído todos. ¿Cuál es o fue más poderoso? ¿En dónde está el valor?: por dentro, en lo esencial.

Lo que importa es la conciencia. Entonces, ¿por qué cada mes llevo a mi casa 20 libros por doce o quince pesos y ni los leo, sino que los hojeo…?

Oye, Ochoa: no busques eso, ello, lo, la ni en el océano apacible, inmenso, soberbio, iracundo; ni en la atmósfera misteriosa y elástica y vehículo de las influencias siderales y de las corrientes de energía vital; ni en el libro, molde de las ebulliciones de la intranquilidad humana; ni en las estrellas, ni en los infiernos… Búscalo en tu interior. Apacigua la intranquilidad de tu corazón y el bullicio de tu sangre, y apenas haya silencio lo verás.

———
(4) Espíritu.

* * *

A cada instante me acecha el gran deseo de riquezas y de poder, y quisiera hurtar. ¡Amargas tentaciones que me comprueban cuán bajo estoy en la escala de los seres! Apenas salgo del cerdo.

Hace poco mis deseos eran destruir y profanar. Hoy, un pequeño tiempo de mis días está ocupado por el ansia de ascender a la luz. Ahora soy el animal que mira al cielo mientras defeca…

Llegué a los treinta años, y a los treinta y cuatro y percibo, a lo lejos, ¡pero la percibo!, a la muerte, como una transformación. Estoy en la edad espiritual y melancólica, la única agradable para el espectador. Porque la niñez y la primera juventud son hermosas, pero insoportables para el nervioso. La primera juventud es estúpida e ignorante; tiene la belleza de la materia densa. Indudablemente los treinta son los años más suavemente agradables y los más productivos en obras del espíritu. Durante ellos asciende el hombre en una línea casi recta.

En todo caso, ansío la belleza suprema.

* * *

Penetra un rayo de sol en mi dormitorio y millones de corpúsculos que flotan en él son visibles para mí. Así está todo el espacio, pero sólo el rayo de sol los hace visibles. Del mismo modo somos dentro de la Ley. La única realidad es Dios.

Hace cinco años que la teología era para mí una patraña y hoy me parece lo esencial. El mismo fenómeno del rayo de sol y los corpúsculos: no existen sino las cosas que ocupan la conciencia. ¡Cuántas alegrías y existencias habrá que no las abarca mi conciencia!

* * *

Al considerar que hay tantos libros y que lo esencial es vivir, pido al espíritu que me dicte un librillo que sea un método, un camino. He encontrado dentro de mí un rico filón: gozo más con él que en las delicias del amor fisiológico cuando tenía veinte años. Es mejor esta mina que los cinco sentidos, que el oro, y mejor aun que oír palabras de alabanza y de cariño.

Lo único que no nos rebaja es la bondad de los demás, pues el talento ajeno nos aminora, y también la belleza de los otros, si es únicamente física… Todo eso nos posee. Un orador, un escritor: ante ellos estamos hipnotizados, como ante un collar brillante el hombre primitivo.

La bondad nos levanta. Por eso no se debe casar el hombre sino con mujer bondadosa. ¡Cuán sabroso es que nos admiren, nos desprecien y nos compadezcan!

Lo malo de hoy ha sido que he conversado demasiado. Los hábitos buscan medios de cumplirse; se le cierra una puerta a la energía nerviosa y sale por otra. Dejo de enojarme y la corriente nerviosa sale en la palabra: hay la misma irritación de la corteza cerebral. Conversé mucho con este joven de rostro congestionado. Pues así era yo y lo soy aún.

«Era cariñosa y humilde». Esta es la obra maestra de Dostoievski. Ayer la leí y me revolvió el alma. ¡Es mucha conciencia! Quisiera haber escrito ese libro.

La vida aún no tiene sentido para mí, pues no estoy seguro acerca de mi supervivencia. Tengo seguridad de lo que veo, oigo y toco. Quisiera saber del mismo modo acerca de mi supervivencia.

Mi dactilógrafa sostiene que no hay nada después de la muerte. Y no encontré modo de convencerla de lo contrario. Sentí despecho, pues ante la dactilo aparecía yo como un iluso. ¿En dónde hay un argumento? Todos son débiles indicios.

La razón no sirve sino para el mundo fenoménico, para la causalidad material. Los que quieren comprobar con la razón la supervivencia, tienen que escribir un libro muy largo. A causa del cansancio, acaba por decir el lector: Es verdad…

Yo no quiero comprobar mi supervivencia; quiero ser consciente de ella. No quiero razonamientos, sino conciencia.

* * *

Hoy, en esta página, tengo una gran pregunta que me atormenta:

¿Porque las cosas son efímeras no se deben amar?

¡Cuán sabroso es pensar en las cosas que agradan! Rumiar. Detenerse al pie de un árbol y pensar, pensar… Es un sueño… Se oye la voz de alguien que interrumpe nuestro silencio interior, y esa voz es como una herida. Por eso me atormentan los niños. ¡Nada hay como soñar! Estoy intranquilo porque algo extraño, una mujer, se quiere introducir en mi alma. El campo de la conciencia varía en tamaño y poder como el campo magnético.

* * *

Yo tengo absoluta necesidad de saber si soy indestructible. No quiero que mi convicción resulte de una prueba contenida en un volumen, que sea una deducción o una inducción.

* * *

—¿Qué deseas, Jacinto?

—Que te contengas siempre, en toda circunstancia. Que sufras, Lucas, mientras te llega la respuesta a la pregunta que ansiosamente lanzaste al espacio.

Aparece el Libertador

Tal como queda descrito era el ambiente psíquico de Lucas Ochoa en enero de 1930, cuando apareció en él la obsesión del Libertador Simón Bolívar y apareció en mí la idea de este libro.

Una mañana de sol, después de algún tiempo de no verlo, me dijo que tenía grandes noticias para comunicarme. Noticias anímicas —añadió— pues nosotros, hijos de los libros, no tenemos sino noticias psíquicas.

A este nervioso hijo del libro hay que agarrarlo cuando hace sol y no hay vapor de agua en la atmósfera. Entonces —dice él— mi atman es cósmico.

Inmediatamente nos pusimos en camino hacia la quebrada «La Sebastiana», muy rumorosa, que se despeña desde el alto de «Las Palmas» hasta el río Medellín.

Por el camino nada quiso comunicarme. Hablaba, muy preocupado, acerca del dinero: «A los treinta y cinco años el intelectual necesita mucho dinero para realizar su mente. Estoy cansado de viajar alrededor de mí mismo, limitado por el cerco de mis prejuicios, limitado por las cimas que enmarcan este valle».

A pesar de su movilidad espiritual me sorprendió esta cantaleta del dinero en quien había escrito lo siguiente:

«Aquí estoy en el espacio, pero estoy en todas partes, porque hay algo en mí que es ubicuo. Soy hijo de Dios y Él es ubicuo. En el hijo está el padre. ¿Puede no haber en mí algo de mi padre? No necesito riquezas, ni tengo la intranquilidad viajera de San Pablo».

«Necesito —repetía por el camino— ir a Caracas; recorrer toda Venezuela; remontar el Orinoco, el Apure y el Arauca; venirme por Casanare y pisar todo el territorio que fue teatro del drama bolivariano».

De pies y desnudos sobre las grandes piedras de «La Sebastiana», sobándonos los cuerpos con masajes mesméricos y las narices dilatadas al aire oloroso a musgo, oía yo a Lucas monologando de la siguiente manera:

«Querido amigo Fernando: Aprende a saber que somos cósmicos. El método es el emocional. Repite, hasta asimilártela, la siguiente frase: somos cósmicos, hijos de Dios. Expándete hasta donde lo permita la intensidad de tu espíritu, hasta echar raíces en los astros. Realiza en ti el hecho de que estamos flotando, circulando, a través del espacio. La Tierra abrazada por el sol. Somos tan hijos del sol como de la Tierra. ¿No percibes que ésta es poseída por el sol? ¿No percibes que el espacio está todo unificado? Somos uno con el agua en que nos hundimos, con el musgo que olemos, con el universo que se entra por nuestros poros. Aquí, en esta quebrada, en esta agua diáfana, se siente cuán maravillosa es la continencia, la castidad del ojo, la castidad del oído, la castidad del tacto…».

«Imitemos la educación que recibió el Libertador: pongamos al sol, a toda la energía, cada parte de nuestros cuerpos desnudos. Pongamos al sol nuestras glándulas seminales y dejemos que él penetre en todos nuestros esfínteres. Así fue educado Simón Bolívar, entre el agua, entre el aire. Nosotros hemos vivido entre los libros».

«El sol penetra en mi garganta y calienta mis dientes duros. Para rehacer a Colombia debemos enseñar a los niños el amor cósmico; alejarlos de las letanías, de las escuelas sentadas».

Lo dejé revolcarse en la grama, sobre su madre —como llama él a la Tierra—, y cuando juzgué oportuno le dije:

—¿Por qué temes a los perros? En tu última libreta…

—Yo sólo temo a los temblores de tierra y a las tempestades. A los perros… no. Es que ellos me recuerdan a Manuel. Tenía una gran energía; se acercaba a los perros rabiosos y estos se humillaban ante él. Así nos humillamos los hombres ante Dios.

Respecto de las tempestades y los temblores de tierra te diré que mi espíritu se enloquece con una angustia indefinible. Percibo entonces con evidencia que soy hecho; siento la tristeza de ser hechura.

Relampaguea en la noche.
¡Cuán terrible en la noche
la luz repentina!
¡Más fuerte clama la voz
de mi conciencia!

Muge la Tierra y tiembla;
se lamenta la Tierra,
la débil hija del sol…
¡Cuán fuerte la voz
de mi conciencia!

La voz de mi conciencia
en la oscuridad de mi vida
es como fúlgido relámpago:
reproche a mis cobardías.

¿Quién me llama
en el silencio de la noche?
¿Cúya es la baja y clara voz
que me critica en el silencio
de las estrellas?

No puedo soportar la noche,
ni el resplandor de los relámpagos…
Estoy intranquilo en la Tierra
como un furtivo ladrón
nocturno.

Una voz me llama a gritos.
¿Por qué apareció dentro de mí
una clara voz clamante
que me censura y que me urge?
¿A dónde?

¿Hacia dónde me llamas?
Los clamores aumentan en mí
cuando las estrellas vivas
titilan como risueños ojos
enigmáticos.

Alguien me llama.
Una voz me censura,
una voz evidente
que no razona
pero que me urge.

Me urge para que viva
según sus órdenes.
Oiré la voz y obedeceré.
¿Será un ángel bello?

¿El ángel que visitó a Sócrates
en su prisión?
Una voz me llama
imperante.

Esto lo escribí —continuó Lucas— cuando iba para Nueva York, en una noche tempestuosa, en un hotel de madera a orillas del río Magdalena. Pero ya me acuerdo que te he contado mi viaje a Nueva York.

Y ahora no me interesa sino el Libertador. Desde hace algunos días estoy sentado a su puerta y no la abandonaré hasta que me entregue toda su grandeza, el secreto de su actividad.

Hasta hoy estuve equivocado en la aplicación de mi método. Creaba yo el personaje, y resulta que éste debe ser real, independiente de nosotros, para asimilarnos su belleza. Primero fue Bolaños, luego Jacinto y después Elías; eran personajes creados por mí y, por lo tanto, sólo tenían lo mío. Pero claro está que en el método emocional los objetos que han de servirnos para nuestro acrecentamiento deben ser completamente objetivos. La belleza o energía está regada en el universo y podemos asimilárnosla.

Ahora mi solo deseo y mi finalidad única son realizar en mí, vivirlo, a Simón Bolívar. Pero necesito mucho dinero, porque mi héroe era inquieto y para revivirlo es preciso recorrer todo el lote americano que le sirvió de escenario. Necesito bañarme en los arroyos de las vecindades de Caracas, en el lago de Valencia, en donde lo hizo pasar su niñez el preceptor. Recorrer el Orinoco y sus llanuras… En fin.

El Buda me tiene hastiado; soy, en resumen, un metafísico que necesita cambiar de actividad.

He descubierto que el único hombre cuya conciencia haya sido siempre continental, en Suramérica, y que por instantes tuvo conciencia cósmica, fue el Libertador.

A poco me dije a mí mismo: ¿Qué me importan mis personajes abstractos? Bajaré a la Tierra a buscar al hombre de acción. Aquí tengo uno que recorrió, en ir y venir constante, millones de kilómetros cuadrados, bregando por formar hombres y patrias. Si no hubiera existido esta tierra por independizar de España, indudablemente no habrían podido aguantar en su casa a Simón Bolívar. Es el tipo de hombre de acción que yo necesito para curarme de mi cansancio ideológico.

Ya me estaba separando de la Tierra y esta se empequeñecía. Soñaba con mi espíritu en las regiones interestelares y me parecía ver allá lejos un globo pequeño, y cerca otro más pequeño, como un lunar, el cual era la luna. Y me decía: ¿Qué me importa lo humano? Todo es efímero; busco la esencia.

Pero: ¿cómo allegar el dinero suficiente para realizar al Libertador? Para preguntarte esto te hice venir.

Después de meditar un rato se me ocurrió lo siguiente:

—El próximo 17 de diciembre hará un siglo que murió el Libertador. Con una biografía suya te enriquecerías, Lucas.

—Para realizarlo necesito el dinero suficiente.

—Pues entonces yo escribiré tu biografía y tú escribes la historia de el hombre que se documenta sobre el Libertador Simón Bolívar. El libro se venderá, pues tú eres interesante, Lucas; eres el tipo de las nimiedades trascendentales. Será la primera parte de la obra y con ella reuniremos el dinero para poder viajar y asimilarte al Caraqueño.

* * *

Así fue como nació el proyecto de este libro. Ya está terminada mi parte. Sigue la otra, pero no sin completar el alma de mi biografiado así:

Lucas y Mahatma Gandhi

En los días en que redactaba lo anterior, encontré a Lucas rapado.

—Lo hice, me dijo, en honor de Gandhi. Es necesario vivir emotivamente y con nobleza; darle significación alta a todos nuestros actos. Mi cabeza rapada es una protesta por la dominación de los ingleses en la India.

* * *

¡Ahí está el biógrafo del Libertador! Teologucho y místico hasta la raíz del cabello entrecano.

— o o o —

Segunda parte

Por
Lucas Ochoa

La conciencia

En mi biografía, González hizo referencia a la conciencia. Aquí está el secreto que me apasiona.

Es la facultad de percibir las modificaciones, y al yo como centro.

Me doy cuenta del estado de mi organismo; percibo mis órganos; pues entonces tengo conciencia orgánica.

En algunos se hipertrofia la percepción de órganos determinados. Esto se llama cenestesia.

La perfecta salud es el equilibrio orgánico y se manifiesta por la percepción de una armonía; desaparece toda cenestesia y somos conscientes de estar acordes con el medio en que florece el pensamiento: «Soy feliz, porque sí». La telaraña está quieta; el insecto sabe que existe su tela: es la conciencia orgánica perfecta. Si cae una mosca y vibra el tejido, la araña es consciente cenestésicamente.

En fin, por esta hermosa propiedad somos más o menos universales. A mayor conciencia, mayor universalidad.

Por eso, nuestro fin es concienciarnos; extender nuestras raíces a través de lo existente para percatarnos más y más y más, hasta penetrar en las cercanías de un foco sagrado, cuyo nombre me es vedado pronunciar… ¡Señor! ¡El ritmo de mi vida se acelera cuando te intuyo, y temo deshacerme! ¡Mi materia densa vibra ahí y más retorno a la rojiza tierra de mis ansias!

Tenemos hasta ahora el concepto de conciencia orgánica: es la percepción unificada del propio cuerpo, sintetizada en la palabra yo. Quien no ha pasado de ahí, al decir yo expresa su cuerpo únicamente. El yo de cada uno encierra aquello que se ha apropiado.

Pero tenemos que da un paso más el hijo de Dios, y le nace la conciencia familiar. Su yo encierra sus hijos, su compañera, su hogar. Percibe las modificaciones sufridas por éste, sus destinos, etc. Recordemos que el albéitar se unificó con el caballo al morderle la oreja y pasarle la mano por el espinazo; y que tú y yo supimos sin palabras que nos amábamos, lo que deseábamos, etc. ¿Para qué decir más? Quiero ser un escritor sin palabras.

Tenemos ahora la conciencia ciudadana. El ciudadano, al decir yo, expresa más cosas como propias; es más unificado: en él aumenta el yo y disminuye lo exterior.

  1. Hombre de conciencia fisiológica: mínimum de yo y máximum de cosas extrañas.
  2. Hombre de conciencia familiar: comienza a crecer el yo y a disminuir lo extraño.
  3. Hombre de conciencia cívica: el romano y el griego.
  4. Hombre de conciencia patriótica: aquí existe ya un lote de tierra amojonado más o menos y quizás no recorrido materialmente, que hace parte del yo.
  5. Hombre de conciencia continental. Aquí el hombre se apropió, incluyó en su yo, un gran lote terrestre, limitado por océanos, con muchas patrias. En este siglo hay varios hombres así, y es un estado de conciencia muy hermoso.
  6. Hombre de conciencia terrena. Al llegar a este grado el hombre tiene dentro de su yo, apropiado, todo el globo terrestre y sufre y goza con él y con sus destinos. Aquí está Mahatma Gandhi. Los felices que han llegado aquí son como árboles corpulentos arraigados en la Tierra toda. ¡Oh Mahatma Gandhi, que iluminas el mundo desde hace 40 años! ¡Por ti se cree en el hombre! ¡Mahatma!, desde aquí, desde mi remoto pueblo, invoco para tus luchas la energía innominada… y
  7. Hombre de conciencia cósmica. Desaparece en el yo, o mejor, se infunde en él todo lo manifestado. «Yo soy el que es». De ahí no sigue sino el Dios escondido en la zarza ardiente.

Como la finalidad de este capítulo es poner de manifiesto la causa de mis documentaciones acerca del Libertador, antes de hacer la descripción pormenorizada de ellas, verdadera hasta insultarme; como el fin es evidenciar que he encontrado una gran conciencia en América, y como eso me hace vibrar de amor por mi continente, copiaré la libreta en que están dos meses en que tuve vislumbres de los varios estados de conciencia, yo, gusanillo vanidoso. Sin esta copia no se podría entender el drama bolivariano: un Mahatma en medio de comienzos de hombre; Santander y Páez contra el Libertador.

Septiembre 24 - 19…

Sócrates. Lo esencial en Sócrates era mejorarse. Hay mucha felicidad, decía, en hacerse mejor a cada momento, para llegar bien a donde los jueces que han de juzgarnos en la otra vida. Muchas veces contestó que su vida y su filosofía eran muy buenas porque mejoraban.

Critón suministró el dinero preciso para esa gran obra de la vida de Sócrates. Critón era el rico, de la misma edad de Sócrates; el más querido de los discípulos, según parece.

Yo quiero mejorarme a cada instante. Ayer tarde me enojé; ahora fui maligno con F. G., pues le hablé ex cátedra y lo critiqué sin motivo.

¿Por qué quiere el hombre ser amado? Parece que esa sea la esencia de la vida. Deseo triunfar de esto.

Deseo triunfar de esta mujercilla. ¿Qué ganaré con su amor? Es mejor el sol; nada hay como él en el mundo.

El goce es lo positivo; no hay dolor, sino ausencia de goce. Dolor se llama a la sensación de desarmonía de los componentes vitales. Hay vida en progreso hacia la divinidad. El pesimismo es absurdo. La plenitud de la felicidad se acerca; está al final de la vida.

Te sacrifico, Señor, este fruto que se me ofrece fácil. Tenlo en cuenta cuando me hayas de juzgar a orillas del Orco.

Septiembre 26

Anoche sufrí mucho. Debo principiar nuevamente a contar.

Septiembre 28

Mi alma sabe de sabrosos lugares y de misteriosos estados y no quiere contarme sus secretos; poco a poco me da a gustar la leche de sus hermosos pechos.

—Ven, Señor, y enséñame; aquí estoy en cuclillas esperando tus secretos dones.

—No se puede enseñar al que no sabe; no se puede demostrar sino lo que existe afuera y es poseído ya. Lo único que se puede hacer es adelantar un poco la revelación, convertirse uno en motivo de ella. Toda la verdad está en ti mismo, oculta por envolturas. La sabiduría y todo eres tú mismo que devienes y devendrás como el capullo. Tú eres el todo, pues eres hijo de Dios; eres Dios. Este es el misterio que sabrás cuando seas flor perfecta, abierta al sol tibio.

Oye, hijo: todos los hombres son iguales en potencia y llegarán a ser iguales al fin de los tiempos; todos son flores que van abriendo sus pétalos a los rayos del sol, que para ellos es el espíritu. De aquí este mandamiento: Ama a todos los hombres.

* * *

Los que obren de un modo que te parezca impropio y estúpido, es porque están apenas principiando su desarrollo. Nunca parece detestable el modo de obrar de los seres superiores.

No puede ser verdadera esta frase de mi amigo F. G.: «La civilización consiste en crear necesidades, y medios para satisfacerlas». Por ventura un hombre que se crea la necesidad del alcohol, ¿será más civilizado porque tenga medios de satisfacerla?

No son todas las necesidades, sino ciertas de entre ellas. Civilizarse es hacerse cada vez más consciente. Aquí llegamos a Dios, pues por doquiera se encuentra uno con Él. Civilizarse es adelantar en su desarrollo, acercarse cada vez más a su fin. La idea de fin es la que determina el camino, el progreso. Pro gredere: Ir adelante.

Sócrates tenía más placeres que Gorgias. Cuánta satisfacción hay en la frase de Sócrates que reza: «Soy muy feliz al saber que mañana seré mejor que hoy».

  1. Es bueno no odiar.
  2. »    » no enojarse.
  3. »    » la templanza.
  4. »    » amar todos los seres.
  5. »    » hacer felices a todos.
  6. »    » la castidad.
  7. »    » el control.
  8. »    » no desesperar ni apurar.
  9. »    » no dejarse poseer.
  10. »    » la modestia y el orgullo. El orgullo a causa de nuestros destinos.

Si hago mía esta mujer, tan hermosa, consigo dolor para ambos. Es malo. En todo caso, antes de cumplir 36 años tendré un primer principio de conducta. El fin más noble del hombre consiste en averiguar de qué modo se hará más consciente. Y practicándolo. ¿Qué debo hacer? ¿Qué debo evitar? Esas son las preguntas por excelencia.

Septiembre 29

Llueve hace días y ansío las orillas del mar, pues tengo constitución de artrítico. Necesito sol en mis huesos. Pero es hermosa la lluvia y cae muy agradablemente: se desparrama en mil partículas cada gota que golpea las piedras de la calle, y hace mil ondas la que cae en las charcas.

Todos los hombres son espíritus dentro de la carne. Iba delante de mí una joven, con una pierna muy gruesa, hinchada, y la otra y el resto del cuerpo delgado. Se sentía como si la pierna hinchada fuera ajena. Me dije: Ese espíritu está en un cuerpo raro, impropio, que produce risa. Este asunto es cómico.

Los pechos solamente son buenos porque alimentan a los niños. Por eso nos agradan. ¡Qué curioso que nos atraigan y nos exciten!

Hoy vi unos muy hermosos que me dejaron pensativo, rumiando estas ideas que expongo. Creí por un momento que me iba a excitar. Pero percibí más arriba un barro, en el cuello, y me pregunté: ¿Por qué no es agradable, sino todo lo contrario, este barro que está próximo de tan hermosos pechos…?

En mi estado actual todas las cosas me dejan pensativo. El mundo se ha hecho nuevo para mí.

¿Son los pechos afines de mi alma? No. Son afines de mis espermatozoos, que son niños en potencia. Ellos son, pues, como un imán que atrajera a mis espermatozoos. La sensualidad es afinidad y tiene que existir únicamente en la conciencia fisiológica. Mi alma superior no puede ser atraída, es indiferente.

¿Pero, el barro? Pues no es afín de nada mío, ni de mis poderes, ni de mis potencias. Él atrae a la mosca, porque puede ser refugio de sus huevos y puede servir de alimento a las futuras moscas.

Hoy he pensado en la bondad, en el fin de la vida, en los pechos, en el modo de vivir… Y yo que pienso en estas cosas, ¿desapareceré, terminaré como una armonía, no seré sujeto activo? ¡Morir! El mismo terror tan infinito que experimento al pensar en la muerte; el vértigo que me da al posesionarme de que moriré, del día en que entraré a la sepultura, ¿no me indican, acaso, que no moriré, sino que me iré?

Pero estos no son sino indicios leves de que hay otra vida, y yo quiero saber que la hay; pero no ese saber sacado como conclusión de un libro de premisas, uno de esos libros en que todo es verdad, porque son eslabones de una cadena cuyo principio se cometió la tontería de aceptar. Y el autor dice: «¿Fue aceptado el principio? Pues esto otro está pegado a aquél, o mejor, salió de él, fue sacado de su seno, así como sale el niño del útero oculto…».

Octubre 1

—Ven, hermosa niña de ojos… ¿Cómo son tus ojos? No sé… Vibran, titilan de risa, tiemblan de vida, de gozo y deseo. Tus ojos, hermosa niña, absorben la luz y arrojan ansias de vivir, de prolongar toda existencia. ¿Quién se ríe, quién vibra tras esos ojos?: es la juventud, Dios, el que está en el universo, el que hinche los frutos, los ojos, los vientres y los curvilíneos pechos que hieren a los corazones varoniles… ¡Cuán dulcemente punzan a los corazones valientes las mamilas erectas! Son para los jóvenes guerreros, los de alma intrépida; son para premiarlos cuando vuelvan cansados y vencedores. Punzan sus corazones las vibrantes mamilas, y entonces engendran, surgen los futuros héroes.

¡Qué dulce es el amor, el instante en que principia la vida del hombre; el instante en que principia la carne a palpitar a impulsos de la energía!

¡Cuéntame los secretos de la vida, del nacer y del morir, hermosa niña! Ya envejezco y quiero aprender de tus encantos todos los misterios de la existencia. La cuerda del universo es vibrante amor. Esa es la cuerda que se actualiza en todo, niña inocente.

Octubre 2

Estoy mal hace tres días; el mismo desequilibrio de hace tiempos: congestión del hemisferio cerebral izquierdo. Tengo mucho deseo de mejorarme a cada instante.

Reglas:

  1. Hoy comeré poco.
  2. No me enojaré.
  3. No me preocuparé.
  4. No sufriré.

Octubre 3

¡Cómo pasa la vida! Y yo vivo en la impaciencia, como si lo importante no fuera gozar del presente, lo único que es nuestro.

Esta idea de que el instante presente es lo único mío, es muy importante. Quizás en ella resida la sabiduría, la santidad, todas las grandezas y bellezas.

Efectivamente, hace dos días que dilapido en ansiedades mi corriente nerviosa, la cual, al dejarla libre, sale hacia el exterior en continuo desgaste. El epiléptico, el temblón y el histérico son desarreglados de la corriente nerviosa.

La niña que vende discos es dueña de su onda nerviosa; lo mismo el jovenzuelo que vi ayer en el hipódromo.

Soy un enfermo con sentimientos parásitos. Mi sensación durante las enfermedades nerviosas que me atacan, es la de que se me queda abierto el escape del fluido y que no puedo cerrarlo. Pasar el Juzgado a otro local por orden de un almacenista: ésta ha sido hoy la idea parásita; me parece que me han ofendido, y rumio eso, y me atormento y me debilito.

Octubre 4

Almorcé con sobriedad. En el baño logré concentrarme y gocé mucho. Anoche murió Stresemann, primer ministro alemán, uno de los hombres que tenía el mundo. Murió de apoplejía, y el motivo fue que se acaloró al discutir con los parlamentarios. Lo mataron los animales de la democracia y su falta de control. No se debe enojar el hombre de mérito.

Octubre 5

Serenidad y ecuanimidad. Serenarse es filosofar. Pero no sabe del valor de esta virtud sino el que ha sido impulsivo.

Quiero librarme de la ilusión y de los estados de alma, odio, agradable, desagradable, etc. Levantarme a las regiones altas en donde no maltratan el sistema nervioso los histerismos de la civilización occidental: cinematógrafo, baile, cafés, elecciones, ministerios, secretarías de gobierno.

Octubre 7

¡Cuánta seguridad tendrá mi alma, si vive en la razón y la justicia! Torcidos son los ojos del hombre malo; débiles sus frases y sus voluntades.

Yo fabrico mi casa; cada acto mío es un muro colocado alrededor de mi alma, y ¡cuán triste está ella en la vivienda que se ha formado! El ser humano es como el molusco que segrega su casa. Me he fabricado un muro más firme que los de Jerusalén.

Mi lenguaje será el de mi tierra y de mi gente, el de mi patria. Escribiré como hablo y como pienso, pues la vida del idioma y de las ideas es la del pueblo de cada uno. Se burlan de los modismos de los pueblos débiles, pero imitan los de los pueblos de carácter. ¡Mi pobre patria! Todo lo suyo es despreciado por sus hijos. El sombrero de Aguadas nos tiene que venir de Panamá.

¡Cuán fea y repulsiva es mi parienta… cuando habla! Siempre se desborda; parece un río de dogmatismo. Es una corriente nerviosa desenfrenada. Al oírla, me digo: «Recuerda siempre, Lucas, a tu tía y no te enojes ni pierdas la serenidad». Parece que mi parienta fuera capaz de homicidios en sus momentos de oradora. El que la contradiga, peligra.

Octubre 8

Hace cuatro meses que no fumo. Esto me causa alegría. Entristece el pensamiento de que no se satisfarán los deseos, y alegra el no haberlos satisfecho. ¿Estará bien la explicación?

Contenerse en la satisfacción no descontenta sino que alegra. ¿Por qué? ¿Será el instinto de lucha que se satisface? Pero, ¿por qué consideramos que el vencedor fue uno? ¿El deseo será, pues, diferente de uno, de la conciencia?

Los hechos son estos: me parece bueno el no haber fumado, el no haber cohabitado, el no haber robado. Y algo me llama, me incita a esos actos.

Anoche desperté varias veces; caían rayos cercanos, tronaba fuertemente y los resplandores eran repentinos y deslumbrantes. Temía morir. Me parecía que en un instante estaría del otro lado de la existencia, admirado y sin poder modificar mi destino.

La nada de la conciencia nos es inconcebible. Por eso no podemos aceptar el término morir, en el sentido de acabarse el yo. Y como las apariencias son todas de acabarse, de allí el terror.

Octubre 10

La mañana fue muy alegre, y ahora estoy triste porque hay tres o cuatro furias que despedazan al hombre y una de ellas es la sensualidad.

Yo no soy uno, y de allí los remordimientos de conciencia. El 20% de mi ser es místico; el 10% peón; el 30% enamorado de la belleza y el resto bobo.

Hoy quiero afirmar que serenarse consiste en respirar rítmicamente mientras se piensa en que se está tranquilo. ¿Por qué mi deseo loco?

Octubre 11

La mañana está demasiado feliz para que yo pueda serlo. Se me impone. Los deseos de perpetuidad de la carne dominan en estas mañanas asombrosas.

¡Pobre átomo de conciencia! No gozo ni sufro: estoy atontado por la encarnación. ¿Será el hombre una conciencia encarnada?

Octubre 15

Estuve dos días en Rionegro; casi todo el tiempo entre el agua del río sin piedras, o desnudo en las orillas del río manso.

La vida pasada no puede ser como se la imaginan los historiadores. No sabe uno cómo obrará y por qué ha obrado de tal modo, ¡van a saber Marius André o Vicente Blasco Ibáñez por qué echaron a los judíos y por qué se casaron Fernando e Isabel, y por qué se implantó la Inquisición!

Reconstruir la vida de un personaje es tanta pretensión como creerse capaz de crear seres humanos. El hombre lo es todo; en la conciencia está todo el universo.

Pues yo necesito reserenarme, volver a agarrar mi espíritu; tontamente me dejé poseer por lo externo. Le doy demasiado interés a lo que no es mío.

Ahora necesito viajar; jamás había sentido la necesidad de viajar. Mi pobre juventud ha transcurrido entre Medellín, Envigado y Girardota, en este hermoso país de gentes sin vigor. ¿Transcurrirán aquí mi madurez y mi vejez?

No debería importarme ni el dinero, ni la fama, ni el honor, pues desde niño me apellido filósofo. ¡Cuán hermoso este nombre! Significa el esencial, despreciador de todo, menos de la conciencia.

Mi primer deber de filósofo es dominar el amor sensual. Por ejemplo, tengo que dominar esta muchacha que se ha entrado en mi vida, así como domina Carlos al «Rionegro»: se lanza al río, lo coge de frente, de través. Carlos afirma que para ser buen nadador hay que montársele al río.

¿Qué cosas me poseen? Nada. Dios mío: ¡que nada me posea!

Yo soy muy rico, porque nada necesito; porque casi no ambiciono lo que se compra con dinero. Tengo tantos millones como capacidades de no desear.

Soy feliz en amor, porque no deseo ni este amigo, ni aquella mujer. Lo que deseo es la gracia que constituye la belleza y que ha sido repartida a los seres bellos.

La joie de l’esprit en fait la force.

                    (Ninon de Lenclos)

Todo yo estoy dentro de mí. No quiero; no deseo; no tiendo. Estoy completo. Soy una entidad. Tú, mujer de caderas móviles como las manos, ¿qué me importas? Eres una fuerza de la naturaleza y yo también lo soy: Dios está en ambos, pero yo soy consciente de ello y así nada necesito y te soy superior.

Octubre 18

Ayer estuve nuevamente en Yarumal.

Este joven se posee porque carece de espíritu crítico y no duda de sí mismo. Por eso camina y mira y habla y ríe y sonríe y ordena y orina y come y bebe como si fuera un rey de reyes.

Yo quisiera, para triunfar en todas partes, un espíritu cerrado a la duda acerca de mí mismo: entonces tendría lo que vale millones, lo que es de ansiar como el oro y como la gloria y como el arte oratorio y el escénico, a saber: una gran capacidad de impertinencia.

La figura, la configuración, el estado fenoménico, la apariencia (¿se entiende cuál idea deseo expresar?) es una consecuencia de la ideología, así como la concha es una segregación.

Se obra porque así se piensa. El pensamiento es todo. El mundo es pensamiento.

Octubre 19

¡Ay! Yo no soy grande. Nada hay grande en mí sino el deseo de serlo.

¡Ay!, ¡ay!, ¡no soy grande! «Even to sit at the feet of the mighty gives you an ideal which can never be forgotten. Never miss an opportunity to do it».

Octubre 20

Soy un pobre juez colombiano que siente fruiciones al pensar en cualquier ser grande, en cualquier belleza, bondad o heroísmo. Soy un enfermo. He gozado lo indecible estudiando la vida de Colón, y la vida de aquel Balboa que llegó a mis costas metido en un barril.

La belleza, la elegancia, el talento, son absolutos, incomparables: se nos imponen definitivamente. (Hoy domingo vine a la oficina para escribir estas cosas que me chillaban en el corazón como si fueran un niño que me había nacido).

Octubre 21

Observo a mis compatriotas al través de la reja. ¡Son muy feos y muy bajos, Dios mío! La mayor parte, deseos rastreros o rastreros temores hechos carne. Parece que aquí hubiera colocado Dios a los que en otras vidas delinquieron contra la propiedad y el bienestar ajenos. Es un problema interesante averiguar en dónde renacieron los de Sodoma, Gomorra y Seboim…

(Estuve hoy en El Santuario, en donde asesinaron a José María Córdova. ¿Cómo pudo ocurrírsele sublevarse con esas gentes?).

Octubre 22

Tengo 35 años. Multiplicados por 12, igual a 420 meses. Multiplicados por 30, igual a 12.600 días. Ese tiempo hace que vivo aquí, entre mis conciudadanos, sin arte y sin grandezas.

¡Doce mil seiscientos días! Pero gozo y sufro y tiemblo ante todo lo grande: empresa, hombre o visión. Yo sufro porque no puedo libertar la India, sufro porque no descubrí el inalámbrico y sufro porque no acompañé a Colón.

Octubre 23

Al rayar el día examiné mis buenos propósitos: no enojarme y no exagerarme.

La una. Voy mal; peleé con un chofer. Mi corteza cerebral, si no la contengo, me llevará a extremos terribles. ¡Pero seré un hombre apacible!

Cada uno se crea su ambiente. Los sentimientos nos arrastran. ¡Qué feo disputar con un chofer! Me he rebajado. Tengo necesidad absoluta de irme de Colombia.

Octubre 24

Ochenta pesos colombianos para Berenguela, de cuelga. Hoy cumple 31 años. Disminuye mi amor por el oro. La juventud, el amor, el honor, el saber, son mejores, y no se compran sino sus apariencias.

Juventud, don supremo, ¿por qué te conozco cuando dejo de poseerte? Porque no se puede conocer sino lo que es objeto, y el joven es sujeto; envejecido ya, la juventud se vuelve objeto de conocimiento. ¡Ay!, sólo cuando te alejas, juventud, te conozco y te aprecio. Eres, ¿cómo definirte? Eres… ese cabello, esa pelusa del cuello de mi amada… Sólo admito la vejez y la muerte si me es dado dormir allí la eternidad.

Como el rey David se enfriara de las extremidades en sus días últimos, le buscaron hermosa virgen para calentarlo. Si algún significado religioso tiene la juventud, es el de calentar a los viejos gloriosos.

Yo no soy viejo; sólo es viejo el que lo confiesa. Es viejo el que se enfría. En el frío consiste la vejez. Lo peor es el círculo senil en los ojos.

¿Por qué la carne de los jóvenes es elástica y vibrante? Es tan poderosa que parece más de lo que es, más grande; es imponente.

No te vayas de mí, juventud, hermosa muchacha. Tú no hablas de virtud, tú no reprochas, tú no acusas. Me aceptas y ríes. Cuán bondadosa eres, pues no me excusas ni me insultas. ¿Virtud y vicio? Para ti no existen. Sólo existes tú. Eres el ser más agradable, el mejor convidado y el único compañero en el lecho, el país de la felicidad. El lecho es inseparable de la juventud, para quien todo es cama, aun el cielo, el aire, el aeroplano bullicioso. El lecho de la vejez es de plumas y dolorido. ¡Viva el comunismo que impera entre los jóvenes!

Octubre 25

Las islas Lucayas o Bahamas tentaron a Colón. Él gozaba, como una gran conciencia, con las cosas hermosas. Por eso mismo era nervioso.

Cumplió Berenguela, mi amada, 31 años. ¡Qué cortos los días del hombre sobre el esferoide! Por ejemplo, sólo hace 420 años y 13 días que don Cristóbal Colón llegó, por ahí a las 2 de la mañana, a Guanahani. ¡Unas ocho generaciones, apenas!

Este mi continuo gozo y temor y dolor y ansia y conciencia, ¿qué serán? Un indicio, leve indicio, de que soy un prisionero en mi figura de carne y huesos que giro alrededor de la conciencia una, como los astros y los soles alrededor de un gran sol.

Una de las aventuras más sabrosas del hombre en su historia, fue el viaje de Colón. A esa gente feliz le hizo muy buen tiempo.

Este joven tiene una gran capacidad de impertinencias. Pero he observado que eso se va acabando a los treinta. Sólo el joven es impertinente; hay viejos también, pero ya mezclan el asunto con malicia.

Hace días que estoy muy mal, muy hablador; excitación de la corteza cerebral. Mejor que todo eres tú, contención de ojos de azul de acero. Mejor que el vino es el calor vital; mejor que las mujeres es la contención. Pero la joie de l’esprit en fait la force.

Octubre 26

A los treinta años se comienza a vivir dentro de un esqueleto óseo casi pétreo, inmodificable, y se vive dentro de hábitos e ideas, buenos o malos, pétreos también. ¡Dos cárceles! La de huesos y la de representaciones mentales. Y si no pueden cambiar los hábitos, tampoco las ideas.

Octubre 27

Los españoles calumnian a Colón, porque no han podido hacerlo suyo, y encumbran a los Pinzones y a Juan de la Cosa. Este Juan de la Cosa sí era muy interesante. Murió aquí, en mi patria.

Estoy ahora bajo el dominio de un instinto, de uno de los dioses elementales. Somos como el sol; tenemos vaivenes cada determinado número de meses o días, según el sujeto; de ahí las sequedades de los místicos.

Octubre 28

Tuve que ponerme a régimen, así: silencio y hambre por seis días, silencio interior; unificación de mis deseos e ideas. Nada temo sino al temor.

Octubre 29

El hombre vive dentro de una cárcel férrea que consiste en sus representaciones mentales. ¡Qué poder el de la formación mental! Ella hace el cuerpo; determina los actos. Hace curva o chata la nariz, recta o bizca la mirada… Yo estoy cansado de ser una víctima de mis formaciones mentales bajas. Anoche me humillaron, y en castigo me impongo este régimen: treinta días de silencio sin ninguna formación mental.

Octubre 29

Aquí estoy, Lucas. Soy el instante presente. Mi pensamiento presente, ese de que estoy impregnado y que es una resultante de lo vivido, eso soy, y por eso soy lo que soy, feliz, pobre, desgraciado o rico. Al mismo tiempo soy toda mi vida pasada, todos mis ascendientes. Yo soy mi obra; soy el autor y la obra. Soy ahora nada más, pero también fui. No hay sino Dios a quien vamos.

Octubre 30

Yo soy el presente y la eternidad.

Ha sido mi deseo escribir un librillo duro, tan castigado que las palabras sean como piedras de un bastión y que contenga un método para vivir. ¿Habrá un método?

El universo está lleno de maravillas. Ellas son mías, están en mí, en el instante presente. ¿Por qué ansío otra parte y otro día? Ahora, en este vocablo, en este segundo, está todo Dios, toda la belleza y felicidad y poder. No me desesperaré y no esperaré, pues todo lo poseo.

Estoy seguro de que la alegría me buscará y que la evolución es fatal. Nada que yo no deba ser (porque el poder está en mi interior) seré. Por eso vivo en perpetua felicidad, o, al menos, debo vivir. Gracias te doy, Señor, porque estás en mí, todo en mí, y todo en el instante presente. No tengo que esperar ni tengo que aburrirme.

Tampoco tengo que criticar. Los hombres no son mi hechura para que yo los critique. No tengo deberes sino para mi obra, para conmigo mismo.

Formo un remolino al universo y se entra en mí. ¿Cómo? Concentrándome.

¡Un librillo…! Sé muchas cosas; mis células guardan muchas cosas de mis sueños, de mis cavilaciones.

Soy feliz porque el instante presente es mi reino. No espero ni me arrepiento. Esa es la sabiduría.

Trabajo como el que espera, pero no espero sino que gozo y aprendo, ascendiendo en conciencia.

Octubre 31

Día de ahorro según la ley 124 de 1928. ¡Qué sarcasmo! ¡Ahorro en este país de locos!

Compré un billete de lotería: un poco de azar conmueve el sistema nervioso.

Estoy feliz porque soy el instante presente y al mismo tiempo soy la eternidad, o, mejor dicho, por eso mismo soy la eternidad.

El hombre se alegra mucho de las desgracias de los otros y al mismo tiempo las compadece. ¿Será envidia? No; los hombres nos humillamos unos a otros en cuanto podemos, y por eso, por reacción, nos alegramos de los males ajenos. De los males de un hombre justo y que no hubiera sido vanidoso, nadie se alegraría. De modo que no soy muy malo cuando me alegro de las desgracias de Gabriel; es una reacción muy natural en mí. Jamás la justicia produce malos sentimientos. Sería un absurdo que de la armonía naciera la desarmonía. Si obro justamente, se irá acabando la injusticia en la misma medida. Yo, que soy intelectual, debo evitar ser instrumento de reacción. Pero, ¿no será la reacción una justicia?

* * *

Deseo ser el hombre de esta idea: todo está en el instante presente, toda la felicidad, etc. El instante presente es como un manjar que contuviera todos los sabores, los cuales se percibirían en cuanto se les atendiera. Caminamos a empujones, bregando, porque no atendemos al instante, que es Dios, lo real, sino al sueño del futuro, una bomba ilusoria. Por eso somos tan desgraciados.

Piensa en esto: no soy capaz de gozar lo que tengo; no soy capaz de leer lo que tengo; no soy capaz de ver lo que está aquí, de paladear el hecho de vivir dentro de la atmósfera, sobre la Tierra, y con estrellas, cielos y dioses, sobre y debajo. Estamos en Dios, somos en Dios. «Dios está en todo por esencia, presencia y potencia».

Absorbo fuerza del instante; absorbo salud, belleza y gloria.

Para ir siendo el hombre del instante me valdré de este método: atención-interés; interés-atención. El interés llama la atención. Es el primer ciclo, y entonces el hombre es todo él la representación mental que le interesa. Sigue el ciclo atención-interés.

Yo estaba atraído por varios dioses elementales y mediante este sistema estoy logrando hacerme el hombre del instante. Pero sólo mis tataranietos, si practicaren mi sistema, llegarán a ser los hombres del instante, subconscientemente. Yo estoy ganando las primeras batallas.

Son las dos. Me enojé en mi casa a las once y media; es difícil gozar del instante cuando uno desciende de gentes irritables como los Ochoas. Comí demasiado: me vencen aún la gula y la ira.

Noviembre 2

La idea del instante presente. Allí, en el hombre que rumia y paladea, está la serenidad.

Noviembre 5

La vida es muy hermosa; está llena de cosas agradables. La idea del momento presente es suprema; no puedo olvidarla.

Noviembre 6

El hombre es vanidoso y envidioso. Yo tengo mucha envidia. Consideremos un octogenario, muy sabio y muy leído. Cuando hace tempestad o cuando muere su madre, es igual al niño de cuatro años. No sabemos nada. Por ejemplo, yo no sé si el dinero es bueno. Sin conocer qué hay después de la muerte, no podemos juzgar. Por eso quiero agrandar mi conciencia hasta que salga de las categorías de tiempo y de espacio.

Los sesenta años de la vida no son suficientes para crear siquiera una virtud bien arraigada, o para dejar un vicio (una costumbre perjudicial).

* * *

Deseo atemperarme. Sufro de intemperancia de pensamiento, deseo y palabra. Disciplina… El hombre contenido interior y exteriormente es poderosísimo.

Noviembre 7

Aprendí o tomé conciencia de un hecho muy curioso:

Al morir se sale del tiempo y del espacio; ya no hay sucesión. Por lo tanto, la conciencia queda en un estado, síntesis o resultante de todos los estados experimentados, creados, vividos. Ese es el cielo o el infierno. Uno vive la vida que merece, que se causó.

Lo anterior se me ocurrió al venir para el Juzgado. Sentí como un desvanecimiento, fuga del tiempo y del espacio, y me llegó ese estado de conciencia.

Noviembre 8

Azul del cielo. El sol da un resplandor por entre los vapores de la atmósfera, al Oriente, que mi espíritu tiembla… Son las siete y cuarto.

Yo, Lucas, soy inmortal; estoy dentro del cuerpo y dentro del tiempo y del espacio, en corriente cambiante, pero yo soy inmortal.

¿Por qué iba yo a aparecer casualmente? ¿Por qué anhelar la eternidad, si no fuera eterno?

Deseo estar en decúbito dorsal en donde nada de la Tierra esté sobre mí, en una gran altura o a orillas del mar. La Tierra gira dentro de la masa del éter, el cual es todo un solo cuerpo, y en determinados puntos hay mayores solideces, partes que vibran menos rápidamente y que llamamos astros. Pero todo es uno, variado en sus manifestaciones.

Estos son tartamudeos… ¡Dame, Dios mío, de tus secretos!

—Hazte conciencia, hijo mío; para eso estás aquí, para apropiarte cada vez más el universo, sintiéndolo.

* * *

En mi paseo de hoy pensaba al mirar a todos los seres:

Son almas eternas. Y, dentro de esta idea de la eternidad, tuve el sentimiento de un gran respeto por todos y por mí mismo.

Lo mejor para saber que el hombre es una imagen de Dios es mirar a los ojos. A ellos se asoma verdaderamente la parte menos densa.

También tuve la comprensión de que no se debe hacer nada injusto, pues los actos también son eternos. Por ejemplo: hago un mal a alguien; ese alguien no muere, es eterno, y por lo tanto, siempre, hasta deshacer el mal, será enemigo. Así no hay armonía. Es un gran misterio que el mal se pueda borrar. El cristianismo dice que es necesario el sacrificio de Dios para conseguirlo. ¡Hermosa concepción!

Noviembre 9

El fin del hombre en esta vida es expandir su conciencia. Este término expandir no da completa mi idea, pues eso consiste en ocupar otros lugares, y la conciencia no se dilata sino que deviene, evoluciona. Un capullo va abriendo los pétalos: deviene. Un renacuajo adquiere bronquios, bota la cola…: deviene. Devenir es cumplir o manifestar lo que se es. La niña tiene en sí la belleza de la mujer y la manifiesta. Por eso: El deber del hombre es devenir su conciencia.

Sé que existo: eso es conciencia.

Sé que amo: es conciencia.

Sé que soy en el todo: suprema conciencia. Sentir los astros, los ángeles o rishis, a Dios. Eso es devenir.

* * *

Ayer me cansé mucho de sentir y de gozar. Por la noche tenía adolorido el cerebro.

El único verbo sustantivo es ser; los demás son adjetivos. Se es. Lo demás es sacar, manifestar, hacer, devenir.

* * *

Unidad de propósito. La fuerza de voluntad y el carácter son energías continuas; no los histerismos de estos compatriotas.

El carácter es la manera como el individuo se conduce en el mundo, el modo de reaccionar. Es una síntesis, una resultante de todos los factores: físicos, psíquicos, heredados, adquiridos, etc.

Hoy tengo el problema de la modificación del carácter por medio de lecturas o enseñanzas. Si la lectura produce honda impresión, entrará en algo a ser factor de la resultante. Todo esto son intuiciones de mi método, que se llama Emocional.

Noviembre 14

La vida es opinión y el universo es mutación. Me iré para Copacabana dos meses, para escribir un librillo sobre el método emocional.

Noviembre 16

Hoy estaré a régimen espiritual, así: no desearé nada y no temeré nada. Ni odio, ni deseo, ni amor, ninguna afición anímica. Estaré concentrado; los ingleses dicen all in, todo dentro.

Tengo un lugar umbrío; boscaje muy agradable, para refugiarme: es mi interioridad. ¿Oyes y ves, Lucas? Aquí cerca corre la fuente juguetona y brillante. Hay mucho silencio; los pájaros cantan y festejan, y de vez en vez llega un pensamiento alegre como mariposa en celo. «Las aves organan en estos frutales».

¡Ay!, ¡ay! Me interrumpió una litigante llorosa. La mañana es muy linda y esta mujer me quitó la alegría. Pero, ¡arriba, corazón!

Noviembre 17

Es domingo. Fui a la misa del padre Marulanda. Explica la confesión. ¡Qué institución tan profunda! El significado social de las religiones es inmenso: contenerse, por miedo, por ambición, o por lo que sea: eso es lo que hace interesante al hombre y es el fin práctico de las religiones. El hombre que se contiene, emana fuerza. Esta ha sido siempre mi intuición. Ese hombre domina a los otros y obra mucho, aunque no hable, ni ordene, ni se mueva. Puede parecerle a alguno un cero a la izquierda, pero los mejores oradores no han orado, los hombres más activos no se han movido y los genios no han escrito. La obra más interesante de los hombres de acción la han realizado, no en cuanto se movieron, sino en cuanto irradiaron. El radio está quieto y es el gran factor.

No es preciso explicar que no abogo por los perezosos. El hombre contenido no se dilapida, y su fuerza, sus órdenes, sus estímulos y sus oraciones surgen de su esencia.

Quien tiene que hablar, es porque su fuerza anímica no es suficiente. ¿Creéis que Alcibíades tenía que enamorar? Era el amor. ¿Creéis que Jesucristo tenía que enseñar y elevar a los hombres? Era sabiduría y cima.

Donde estaba Bolívar estaba el triunfo y estaba Suramérica. Por eso, la gran conciencia de Camilo Torres se expresaba así: «En Bolívar está la Independencia». El hombre no es causa, sino que se actúa, se realiza a sí mismo. Si no fuera así, tendríamos que Jerónimo, el portero del Juzgado, podría a su antojo ser un Simón Bolívar. Esto es creer en la libertad, o sea, en el desorden. Si uno fuera libre de ser santo o diablo, imbécil o genio…

¡Sólo al padre Garcés puede ocurrírsele que habría quien escogiese su papel…!

Contenerse: esta gran fórmula para ascender en conciencia, consiste en no dejarse poseer. El hombre es por sí mismo, como hijo de Dios, muy grande, lo tiene todo. No creáis que la sabiduría esté fuera y que el hombre tenga que ir a cogerla, a aprehenderla: está en uno mismo, pues somos microcosmos. Así, cuando me detengo ante los escaparates de una librería y veo obras de los hombres espirituales, pienso, para contenerme: Lo que digan ahí, los modos nuevos de decir, las imágenes, paradojas y sutilezas están en mi alma, y allí debo leerlas. Es un pecado contra uno mismo pensar y obrar como inferior a otros. Por eso, los pueblos latinos se están quedando atrás. No se les ocurre que en ellos, dentro de ellos, están todos los inventos, todos los métodos.

El secreto del progreso para Colombia está en el maestro de escuela: enseñar a los niños a creer en sí mismos, en sus fuerzas; hacerlos sensibles al orgullo racial y al sentimiento de propia expresión. Necesitamos hombres que se sientan ofendidos al recibir de fuera. Recibir de otros es una cobardía. ¡Inventen, actúen, realicen, niños colombianos! ¡No tomen prestado, no reciban regalos, no pidan! ¡Qué vergüenza es hoy nuestra pobre patria! En tiempos del Libertador, Colombia irradiaba, imponía al mundo sus conceptos de Libertad y de Gloria. Pero, ya murió Simón, y debo contenerme. Debo contenerme ante el recuerdo de Páez y del mayor Santander, conciencias orgánicas.

Las mujeres hermosas no me poseen; ante ellas me contengo. Recuerdo ahora con mucho placer lo que dice Jenofonte acerca de Sócrates: que nadie como él gozaba tanto con los seres bellos, y que, al mismo tiempo, nadie se alejaba de ellos con tanta facilidad.

Quien viva como si algo le fuera indispensable, es indigno. Recordemos que somos microcosmos y seamos siempre felices; que nada ocurre sino para el bien, porque así lo exige la economía del universo. Estemos tranquilos, flotando en el instante presente que es indivisible, en el cual están todas las cosas buenas.

¿Qué más necesitas, Lucas, hijo mío?

Noviembre 18

Estuve leyendo la vida de Federico Nietzsche. Me entristece esta vida noble de un ser que buscaba el amor y el arte y sólo encontraba bajeza. Era muy bueno, muy alto, muy grande. Quien puede ser amigo como él, es muy grande. Su muerte, sus editores, su… ¡todo es conmovedor!

¿Odiaba a Cristo? No; era su gran amor. Así como su frase acerca de las mujeres y del látigo significa que la mujer es sacrificio, madre, mártir, asimismo en sus palabras acerca de Jesucristo quiere condenar la psicología del cristianismo europeo, con sus curas, su debilidad femenina, su capitalismo burgués.

En todo caso, me he impuesto el deber de no considerar sino lo que sea noble, alto, ascendente. No me preocuparán el odio, la antipatía, ni el desprecio. ¿Por qué mirar al mal y sufrir con él? Yo quiero negarlo.

Noviembre 20

Anoche, dormido, me sentí muy feliz; no puedo explicar esto. Luego desperté y vi una estrella muy alegre, de reflejos violeta, por la puerta entreabierta. Se percibía la silenciosa luz de la luna. Yo era muy feliz entre ese silencio luminoso y con la amistad de la estrella. ¿La felicidad consiste en la conciencia del amor?

En todo caso, he resuelto evitarme todo sentimiento de antipatía; de hoy en adelante estaré en guardia contra tantos sentimientos repulsivos, creados durante mis treinta y cuatro años. Si uno no habla, si evita toda manifestación, el sentimiento muere, o, por lo menos, no tiene consecuencias.

Todo lo que tengo es para regalarlo a quien necesite para ascender en conciencia.

Noviembre 23

Este instante: estoy dentro del sol; por mi sensibilidad general estoy dentro de él; por ella estoy en la atmósfera como un pez está dentro del agua; por mi vista, estoy dentro del verde del paisaje.

¿Por qué, entonces, me atormenta el deseo de estar en otras partes y en otros tiempos? ¿Será porque mi conciencia es expansiva, evolucionante y ansía ocupar el presente, el pasado, el futuro, el aquí y el allá? ¿Será ubicua y eterna? La infinita conciencia nos atrae como un imán al pedazo de hierro, y así como éste al acercársele el imán queda tembloroso, nosotros ansiamos. Somos débiles pajuelas atraídas por Dios, pero también somos muy grandes, pues comprendemos, y quizá iremos a fundirnos con la eternidad. ¿Qué serán el dolor y la enfermedad? Es un problema muy interesante, metafísicamente considerados el dolor y la enfermedad.

* * *

Escribí la siguiente introducción en los cuadernos para las vacaciones de este año:

«Quiero estar en el instante y en el pasado y en el futuro; ocupar el aquí y el allá; ser ubicuo y eterno; trascender las limitaciones del tiempo y del espacio. No quiero morir, ni comprender la muerte sino como un paso: pro gredere. Ha llegado mi atrevimiento a rechazar la conciencia de las limitaciones. Mi alma, posada sobre el planetucho Tierra, como águila sobre picacho, grita: Yo soy y nada más».

Este es mi ambiente espiritual. Ese mi plano de existencia. No soy el mismo Lucas de hace un año.

Está muriendo Clemenceau. Voluntad fuerte. Un hombre. No es triste que muera. Hay muchos como él y cada día habrá más. La humanidad es una experiencia. La vida consiste en que las conciencias atraviesan el tiempo y el espacio; después siguen, como los cometas, su ruta. Es bueno morir. Si no lo fuera, no moriríamos.

Noviembre 28

Malos tiempos para mi espíritu. Hay mucho que hacer en la oficina y mucho que luchar en mi alma. Contemplo mi vida de treinta y cuatro años y veo que nada he progresado. La unidad de fines, de pensamientos y de emociones es una virtud magnífica y difícil de adquirir. Estoy inquieto y a toda hora espero la siguiente, y a cada evento vivo como para el que vendrá. ¿Por qué no puedo tranquilizarme? ¿Por qué no estoy satisfecho? ¿Por qué me tienta el mañana y lo ajeno y el otra parte?

Para ti, mujer de allá, mujer lejana… ¡Cuán estúpido es el deseo!

… … … … … … … … … … … … … … … …

Diciembre 7

Anoche estuve contemplando los astros. Si soy eterno, como me lo canta algo dentro de mí, ¿qué me importan el dolor y la muerte? ¡Cuán sabroso es sentirse eterno! No sé…, pero anoche gocé mucho con los astros. También gozo con los ojos, como si detrás de ellos estuviera un algo misterioso, la conciencia.

* * *

Acostarse sobre la hojarasca, bajo los árboles del bosquecillo, durante días, para esperar que nos llegue la voz secreta del espíritu: es como un alumbramiento. Apenas mi espíritu se purifique de papel sellado, creará una obra limpia, temblorosa de emoción y que haga sentir algo de la Divinidad. Quiero acercarme al Dios escondido en la zarza.

* * *

Estar perdido dentro de la luz astral en noches silenciosas y tranquilas. ¡Es delicioso y se percibe la grandeza de los seres! Somos dioses, hijos del Eterno Ser. ¡Cuánto le debemos a Dios!: crearnos; ser. ¿Cómo es Dios? ¿Persona? Pronuncia palabras ante Él y blasfemarás. Nada sé; lo presiento y tiemblo de placer, mejor dicho, de una emoción que no sé nombrar, así como tiemblan las doradas espigas del yaraguá en la vertiente vecina, al soplo del vientecillo. ¡Oh! ¡Todos somos en Dios! ¿Por qué no caen los astros? ¿Qué es moverse? Gracias, Dios mío, porque soy. Sólo hay un verbo sustantivo: Ser.

* * *

Vivas están las estrellas y lo sabemos; titilan. El titilar de las estrellas y la luz lechosa de las constelaciones son las imágenes más soberbias de la energía.

Yo he escogido mis estrellas: una, al sur, al palpitar, espejea azul, verde, morado… Invoco a los seres que habrá allá, quizás los primeros hombres que gozaron aquí de la pobre y pálida luna. Dicen que hay seres que están muy por encima de nosotros, así como el hombre está por encima de los humildes infusorios.

¿Quién puede separarme de mis estrellas? ¿Quién puede hacerme abandonarlas? ¡Dejadme aquí, bajo su luz, jugando con mis pensamientos que son ahora como niños mamones! ¿Qué puedes tú, mujer, niña vibrante? Yo admiro el palpitar de la energía en tu carne, así como el titilar de la energía en la estrella, pero es la energía lo que admiro… De aquí, de mi alto nido de contemplaciones, no puedes llevarme.

Hay una estrella, la que está en el corazón del escorpión, que palpita roja, muy rojamente… ¿Estarás allá, hermano mío, atormentado Daniel? Moriste joven y eres para mí un misterio; sufriste al morir y me desespera tu recuerdo.

* * *

Como ya dentro de dos o tres días podré fumar, deseo hacer una promesa, adquirir una obligación que sustituya al mandamiento de no fumar. No desearás la mujer. Castidad absoluta.

¡Oído, alma mía! ¡Oye…!, ¡oye…! No desearás; no serás semilla. Tus energías se reconcentrarán para que broten en nueva forma, así como el riachuelo que se hunde en la tierra, rebrota más lejos.

Diciembre 9

Los astros; ¡cuán misteriosos, igual que los ojos! Detrás de tus ojos reidores percibo lo que no se ve y que sonríe a la materia; eso que irá a las lejanísimas estrellas que palpitan.

¡Mis estrellas!

Yo no quiero los planetas porque se nos parecen. Ahí, en uno de ellos, debe ser el infierno.

Quiero los soles que titilan y azulean. Tengo uno al sur, que me levanto a contemplar al amanecer. Allí iré contigo, cuando muramos y ya no pesemos. ¡Lejos de la ley de gravedad! Ya no pesará en su balanza del correo mis mensajes para ti esta mujer gorda. ¿Cuánto pesa, Berenguela, mi amor? Una estampilla de cuatro centavos. Allá, en mi estrella, tendremos pensamientos como niños mamones (¡cuán inquieto es un mamón!) y no existirá el tiempo, ni la digestión, etc. ¿Comprendes qué hay en esta etcétera…?

* * *

En mi tierra de «El Noral» espero muchas revelaciones. Esta fue ayer: que hay pensamientos forzados o voluntarios y pensamientos subconscientes que son como el florecer y que constituyen las obras maestras. Los primeros son vulgares: obra de enseñanza, por ejemplo. El pensamiento voluntario es el de un hombre que dice: Voy a escribir sobre esto, y piensa y se documenta y escribe.

¿Y el pensamiento subconsciente? Se descansa, se libra la mente y al tiempo aparece una idea límpida, evidente como una visión. Esto es lo que llaman los místicos tener revelaciones.

Diciembre 10

Lo que deseamos no llega. Todos han experimentado esto.

Lo deseado: porque está de continuo en la conciencia y sólo una vez en la realidad, cuando sucede.

Lo no deseado: sólo está en la conciencia cuando lo está en la realidad.

Creo que lo anterior es una explicación muy justa de por qué a todos nos parece que lo deseado no llega.

* * *

El hombre de hoy está preparado para abandonar el sentimiento y los prejuicios de patria, país, amor a su patria, etc. Somos de la Tierra y dentro de poco seremos del cosmos. El enemigo debe ser hoy otro astro, mañana será la fraternidad universal, la unidad en Dios. Pero… los periódicos franceses de esta semana hablan de nacionalismo…

Diciembre 22

¿Quién soy? ¿De dónde aparecí? ¿Eras Lucas, alma mía, antes de aparecer en el vientre materno de Petronila? ¿Habrá alguien que se interese por ti? ¿Estarás solo, irremediablemente solo, y morirás y seguirán el tiempo y el espacio y no estarás allí, no se oirá o sentirá yo, yo, Lucas?

¡No progreso! No sé afirmar; sólo interrogo lo mismo que en mi niñez. Creer es lo que me ofrecen, y yo quiero sentir.

Ése soy; ése fue el que vino de un campo, de un bosquecillo de noros situado entre Copacabana y Girardota, en Antioquia, Departamento de Colombia, en Suramérica, en donde el hombre ocioso adora a los burros.

Una conferencia

Aquí tenéis, señores —decía yo en la conferencia que dicté en el Centro Cósmico, fundación mía, a poco de haber descubierto el metro psíquico—, aquí tenéis mi aporte a la ciencia que nos enamora…

Me permití leeros mis dos meses de intuiciones para hacer comprensible esta exposición, pues se trata aquí de sutilezas, de alturas a donde sólo trepan las inteligencias prensiles. Reina en estas alturas el sentimiento, que es el supremo saber.

El metro psíquico sirve para medir a los hombres, para clasificarlos en la escala que se eleva desde la masa amorfa hasta los alrededores de Dios.

Hace tiempo que yo sufría con ciertas preguntas de mis compatriotas: «¿Cuál es más grande del general Vásquez Cobo y el general Berrío?».

El metro tiene siete grados de conciencia: orgánica, familiar, cívica, patriótica, continental, terrena y cósmica. Siete grados visibles para todos, netos. Pero en realidad existen muchos matices y puede suceder que un hombre que viva esencialmente en el primer grado, tenga instantes en planos superiores.

Yo me limito a ofreceros las bases, sin oponerme a que el metro sea perfeccionado por mis continuadores. Será muy posible agregar grados y subgrados: conciencia de club, revolucionaria, de tranvía, etc.

Vamos, señores, a medir, a clasificar, como un ejemplo del modus operandi, a los actuales candidatos a la presidencia de la República y a las conciencias superiores de América…

(A continuación hice la mensura del general Vásquez Cobo, del poeta Valencia, del señor Leguía, del licenciado Portes Gil, de Juan Vicente Gómez, del Presidente Siles… A propósito, Vásquez Cobo resultó por debajo del metro, inasible para el psicólogo. La concurrencia estaba frenética ante el espectáculo de almas desnudas que chapaleaban al contacto del instrumento).

Cuando perfeccioné mi instrumento, señores, me apresuré a comunicarlo a la viuda Willson y al profesor Reed.

De aquélla recibí la siguiente carta:

«Dear Lucas:

Jamás pasó por la imaginación de nadie inventar un instrumento para medir la importancia de hombres y mujeres.

Hasta Lucas no existía un aparato impersonal, sin pasiones, no sujeto a la dilatación calórica…

De esta falta de instrumento provenía que las discusiones acerca de escritores, pensadores, guerreros, filósofos y santos fueran alegatos impregnados del complejo anímico de los que discutían. Por ejemplo, para comparar a Bolívar y a San Martín se traían los datos de las alturas por donde atravesaron los Andes, la cantidad de soldados de cada uno y el número de sus amantes.

Me imagino a mi querido Lucas, de pie en el Centro Cósmico, sacando del bolsillo su concienciámetro y aplicándolo a los varios personajes.

Me permito comunicarte que la Kansas Theosofic Society ha dado tu nombre al descubrimiento: metro Lucas, y te ha nombrado presidente honorario.

Eres mi orgullo, mi discípulo predilecto», etc., etc.

Mr. Reed se expresó así:

«Me permito comunicarle que su metro ha sido adoptado oficialmente en EE. UU. y que llevará su nombre… Esto basta entre hombres concisos para manifestarle mi admiración.

Cuando Ud. me convidaba a ver subir las muchachas al tranvía, ¿tenía ya Ud. su idea en gestación? Indudablemente que Ud. quería medir las muchachas».

No puedo menos de hacer aquí un paréntesis para exclamar ante el final de esta carta: ¡cuán inocentes son los yanquis! Confieso que el pueblo de Norteamérica será eternamente mediocre y muy rico, a causa de su inocencia. Es preciso ser castos, pero maliciosos y metafísicamente sensuales.

El metro, señores, sirve para medir los pueblos. América no tiene santos porque su mensura no da conciencia cósmica. El grande hombre no resulta sino en grandes pueblos; es una florescencia y necesita de tiempo y disciplina racial. Bolívar, por ejemplo, era español; su grandeza hay que buscarla en la vieja raza vasca. Los pueblos se pueden clasificar por el grado de conciencia a que ha llegado la mayoría de sus habitantes. El tipo propio de Suramérica es el mulato, y no puede suministrar aún sino conciencias orgánicas, a lo sumo conciencias de montoneras errantes y dispersas. Ahí está uno de los elementos de la tragedia bolivariana: una conciencia continental, Bolívar, en medio de mulatos. Estos alcanzan a lo sumo a producir el tipo Páez, cuya patria se reduce al río Apure. Páez, Padilla, Piar, Infante, etc., son hombres muy inferiores, situados al comienzo de la escala humana.

Pero no seguiré sin manifestaros que la disciplina de la acción, con ser muy buena, lo es menos que la disciplina de la meditación, para llegar a la conciencia cósmica, último grado conocido por mí… ¡Hay muchos más, pero me están vedados aún!

Siempre han estado acordes los budas acerca de la mayor importancia de la disciplina por la meditación. Pero cada uno es llamado y no puede escoger.

Raro es el hombre activo que sube a la conciencia cósmica, y esto lo explica la misma naturaleza de la acción: proviene ella de la percepción de imperfecciones, desarmonías que deben desaparecer. El hombre activo percibe enemigos, obstáculos, imperfecciones que destruir, mientras que la conciencia cósmica es la percepción de la unidad perfecta.

Los activos tienen arraigados los conceptos de patria, continente, propiedad, ajeno, etc. La mayor perfección está en la conciencia cósmica. De ahí que a los activos por esencia, como Bolívar, los aplaste su misma obra, pues toda acción es por sí misma ilusoria, fenoménica y no satisface. ¿Cuál hombre activo no ha muerto en la tristeza? Todos mueren desilusionados y tristes.

El Libertador, durante sus días últimos en San Pedro Alejandrino, se lamenta continuamente, así: «¡Ay! ¡Ay!». El doctor Reverend sabía que su tisis no era dolorosa, y admirado le preguntaba: ¿Por qué se queja su Excelencia?

—Por nada; es un hábito en mí.

Como todo hombre de acción, tuvo el mismo fin de Don Quijote: vivió loco y murió cuerdo. Toda obra es ilusoria. Vivió alabando su tierra y su gente y murió repitiendo que había muchos, muchos canallas.

Pero el Libertador vivía tan fundamentalmente en la conciencia continental, que para América fueron también sus pensamientos y palabras últimos. Ese amor desilusionado, como siempre, es conmovedor.

Todos los hombres, señores, tenemos latente toda la conciencia, los siete grados de ella y quizás más, y el fin de la existencia es desarrollarlos. Eso es civilización. Vosotros me entendéis…

Si el hombre no fuera una realidad latente y en desarrollo… ¿quién de vosotros dudaría en suicidarse, amigos míos?

¡Suicidarse, si nacimos para ir al cinematógrafo, para cohabitar con putas, para abrazar en el baile a las mujeres y para comer, dormir y morir!

Si alguno de vosotros dudare de que el hombre es la conciencia en desarrollo…

… ¡ay!, no sé… ¡Pensar, sospechar que me escuche una conciencia de cocina…!

Procedamos metódicamente.

Un faquir se hiere el cuerpo e instantáneamente cicatriza la herida: ha hipertrofiado la conciencia orgánica.

Muchos han conseguido el control de las palpitaciones del corazón, del contraerse de la pupila: eso es conciencia orgánica educada. Lo mismo el dominio sobre los movimientos vermiformes del intestino.

Sabéis que algunos conocen la existencia de metales, de líquidos, por debajo de la superficie terrestre: son fenómenos de conciencia terrena.

Sabéis que hay personas que dan buenos consejos en los negocios de familia o de la patria, sin tener ninguna ilustración, ni poder expresar las razones. Son brotes de conciencia familiar, cívica, patriótica… No digáis que allí hay deducciones, pues muchas veces se trata de gentes ignorantes. Hay intuición.

Sabéis que se oye y se ve y se percibe lo lejano en espacio y en tiempo por quienes tienen hipertrofiada la conciencia cósmica…

Pero hasta hoy la conciencia ha estado abandonada a su evolución natural; ni el Estado, ni los científicos se han preocupado por su perfeccionamiento normal y armonioso.

Con el descubrimiento del metro psíquico tengo fundadas esperanzas de que la humanidad acepte y practique los siguientes principios:

  1. El hombre es una conciencia que deviene.
  2. El fin del hombre es devenir la conciencia.
  3. La sociedad es un medio para el desarrollo de la conciencia en los individuos.
  4. Todo está subordinado al desarrollo de la conciencia de los individuos.
  5. Los hombres se clasifican en siete grados, por su conciencia.
  6. También los pueblos.
  7. La grandeza social la forman los individuos. Pero el conjunto influye también sobre ellos.
  8. Todo candidato para dirigente será clasificado de acuerdo con el metro Lucas por un centro de estudios psíquicos, antes de ser aceptado. Para esto se tendrán en cuenta sus escritos y sus actos todos.
  9. Las escuelas serán ambulantes y la educación tendrá el siguiente fin: disciplinar la conciencia en sus varios grados, o sea, personificarse con el universo. Método emocional. Vivir con el cosmos. Por ejemplo, el agua: que el niño hunda las manos en ella, y medite las sensaciones; que se sumerja en el remanso y en la corriente y medite; que la perciba correr a causa de su apego a la Tierra, deslizarse en busca del recóndito centro terrestre. ¡Eso es amor! Que siga su curso durante horas, oyendo sus rumores o rugidos; que se penetre de su labor aplanadora, fecundante. El maestro monologará así acerca del ciclo del agua:
    «¡El ciclo del agua me conmueve! Del gran depósito salado la levanta el sol y el viento la lleva sobre las montañas. Se enfría y cae para humedecer la tierra y aplanarla. Vuelve al mar. ¿No es una circulación más enérgica y viva que la de nuestra sangre? También circulan la luz, el calor, la electricidad, el magnetismo y el pensamiento. ¿Qué más? ¡Dios sabrá qué más! Lo cierto es que los astros son seres vivos que nacen, crecen y mueren. El sol es una estrella cercana que nos calienta y que determina casi todos los sucesos».

Saber no es otra cosa que convivir, que asimilar, que unificarse con los seres.

Por ejemplo: vivir ante el niño el ciclo del viento: lleva las semillas lejos y trae las nubes y acaba con las diferencias térmicas en la Tierra. Durante esta meditación emocional estará el niño desnudo, acariciado por el movimiento atmosférico. Las horas propicias para ello son las de la mañana.

Por ejemplo: revivir ante el niño el sol y las estrellas. El niño, desnudo dentro de la luz y del calor y de pie sobre la Tierra, sabrá emotivamente que ésta vive en el sol y que él (el niño) es un celícola, o, al menos, un ser cósmico.

Conocer es el fin del hombre, o sea, convivir con el universo. Hay una especie de conocimiento inferior, el adquirido mediante el método inductivo-deductivo-dialéctico. También se llega a conocer por medio de este método, pero tal conocimiento es indirecto. «Sé que esto es verdad porque conozco que otras cosas lo son». Es el razonamiento, sencillamente.

Pero tal conocimiento no satisface, porque es indirecto. La intuición es el conocimiento directo. El que intuye dice: Lo sé —¿por qué?— porque sí; así como sé que existo; lo que intuyo hace parte de mi yo y es evidente por sí mismo.

De aquí la inferioridad de la civilización occidental cristiana ante el Oriente discípulo del gran Hermes Trismegisto. El Occidente cristiano se entregó a Aristóteles, al conocimiento indirecto adquirido por deducciones, y abandonó el núcleo de la conciencia. De ahí el materialismo y la civilización mecánica. El Occidente cristiano tiene conciencia maquinista. Inventa el grafófono, la comunicación inalámbrica, el aeroplano, pero no tiene conciencia cósmica. Reinan la prostitución y la miseria moral.

Aplicad el concienciámetro al hombre tipo del Occidente cristiano, Edison, y al tipo oriental, Gandhi, y veréis cuál es más elevado, cuál tiene más univérsitas.

Acercaos a estos dos hombres y ante uno tendréis admiración por el perfeccionamiento de su facultad deductiva e inductiva, la inteligencia, única de que se cuida el Occidente, y que no es sino un instrumento. Pero ante ese hombre no sentiréis la energía vital que nos hace vivir más intensamente.

Acercaos a Gandhi y sólo su aura alejará toda bajeza, y sentiréis que la vida es bella, una promesa. ¿Y qué hay bello sino la promesa?

En Norteamérica conocí a Mr. Edison, a Mr. Ford y a Mr. Member… Me contaron que su pasión era el whisky, el golf y los vestidos amplios…

¿Dónde está la humanidad? ¿Dónde el hombre que me agrande y que me haga sentir que el hijo de Juan de Dios y Petronila no vino al mundo únicamente para abrazar a la judía ladrona, para conversar por teléfono, para oír grafófono, y para morir luego?

—Quédate, contestóme Mrs. Willson, e irás con el coronel Root en su próximo viaje al Oriente y verás al Mahatma Gandhi…

Desde que el cristianismo se entregó a Aristóteles, dejó de ser oriental. Las conciencias cósmicas que ha tenido son aquellas que no abandonaron a Jesús. Aquí nos encontramos con Francisco de Asís: se unificó con todos los seres; llegó a compadecerse del diablo y a implorar por él. ¡Negó el mal! ¡Suprema conciencia! ¡Tenemos que agrandar el metro!

Señores: ha llegado la hora de medir a su excelencia, el Libertador Simón Bolívar.

Ensayo de mensura de Bolívar

Las obras escritas y esenciales del Libertador son el Manifiesto de Cartagena, la Carta de Jamaica, el Discurso de Angostura y la Constitución boliviana.

Esa es la literatura íntima del Libertador, de la cual han sacado las colecciones de máximas y pensamientos. Son las obras que meditó, especialmente las dos primeras, escritas en el destierro.

Me detendré especialmente en ellas, para haceros percibir quién fue Bolívar desde el punto de vista de la conciencia.

Hay también miles de cartas y proclamas impuestas por las circunstancias, a las cuales se acomodaba siempre para dirigirlas y aprovecharlas: escribía al general Páez, por ejemplo, en estilo y con pensamientos diferentes de los que empleaba con el general Santander: era un gran organizador para la libertad y la gloria de América.

Se ha dicho que su estilo es romántico, y no es verdad. Se engañó Unamuno y se engañan todos, porque contemplan a Su Excelencia a través de la hojarasca de la literatura americana. Por ejemplo, esa vulgaridad que llaman discurso o juramento en Roma, no es de Bolívar, sino del doctor Manuelito Uribe, quien la hubo de Simón Rodríguez, el cual la construyó cuando ya estaba chocho. Bolívar dijo en el Monte Sacro: «Te juro, Rodríguez, que libertaré a América del dominio español y que no dejaré allá ni uno de esos carajos». Eso fue todo…

Las cartas de Fanny de Villars se han interpretado como lamentos de un corazón adolorido por la muerte de la joven cónyuge. Y se trata únicamente de cartas a una mujer coqueta, que no quería entregarse y que deseaba oír lamentaciones. En verdad que esta mujer, mientras le resistió, le hizo escribir las mayores tonterías. Después fue la amante abandonada que escribirá continuamente sin obtener respuesta. El Libertador fue el hombre de las dificultades, el hombre de las mujeres y de los ejércitos que le resistían: la gloria poseída, la arrojaba; arrojaba el amor casero ya. No pudo arrojar a doña Manuelita Sáenz, porque se agarraba a él hasta con las uñas. En 1825, conseguida toda la gloria, durante una enfermedad se lamentaba de que la muerte no lo cubriera con sus alas.

«¡Carajo!; esta mujer tiene que ser mía»: ¡Esa es toda la psicología amorosa del Libertador! Así era también en la guerra, pues, según frase de Morillo, era más terrible derrotado que vencedor. A ningún hombre de mérito lo detiene lo que ya consiguió.

Tenemos que Fanny de Villars lo obligó a escribir tonterías románticas, y que desgraciadamente por ellas se le ha juzgado.

Abramos al acaso un libro de Maquiavelo:

«Habiendo tratado extensamente de todos los poderosos principios que me había propuesto hacer conocer, y habiendo señalado las causas de su prosperidad y decadencia, así como los medios por los cuales muchos los adquirieron y conservaron, sólo me resta ahora hablar en general de la ofensiva o defensiva que puede ser necesaria a cada uno de esos Estados».

Leamos ahora, al acaso, en el Manifiesto de Cartagena:

«Permitidme que, animado de un celo patriótico, me atreva a dirigirme a vosotros para indicaros ligeramente las causas que condujeron a Venezuela a su destrucción, lisonjeándome de que las terribles y ejemplares lecciones que ha dado aquella extinguida República, persuadan a la América a mejorar de conducta, corrigiendo los vicios de unidad, solidez y energía que se notan en sus gobiernos».

Dice Maquiavelo:

«Los principales cimientos de los nuevos Estados, y de los antiguos y mixtos, son las buenas leyes y las buenas tropas; y como aquéllas nada pueden donde faltan éstas, y como allí donde hay buenas tropas forzosamente ha de haber buenas leyes, sólo de los ejércitos hablaré».

Dice Bolívar:

«De aquí vino la oposición decidida a levantar tropas veteranas, disciplinadas y capaces de presentarse en el campo de batalla, ya instruidas, a defender la libertad con éxito y gloria. Por el contrario, se establecieron innumerables puestos de milicias indisciplinadas, que además de agotar las cajas del erario nacional con los sueldos de la plana mayor, destruyeron la agricultura…».

Existe igual claridad en la exposición; más vida en Bolívar, lo cual era muy natural, pues tenía la conciencia del gran destino de su continente, mientras que Maquiavelo estaba limitado por los cercos de pequeño sueldo como empleado de La Señoría. Pero en ambos tenemos la misma sinuosidad, el mismo estilo anatómico aplicado a la política.

Era Bolívar, en verdad, de concepciones grandiosas y de corazón hirviente, pero había en él mucho más que el énfasis de un Quijote.

Ha llegado el momento de bajar al Libertador del caballo gomoso de las esculturas encargadas por los caudillos tropicales y de montarlo en su mula orejona, porque en caballo no se pueden atravesar y recorrer los Andes. Bolívar lo usaba para entrar a las ciudades, y domaba potros en los llanos del Orinoco, pero en su obra larga y paciente fue acompañado de la mula.

Es preciso acabar ya con el Bolívar del terrible juramento redactado por el doctor Manuel Uribe Ángel; con el Bolívar de los que escriben por encargo de los presidentillos de las pequeñas Repúblicas en que dividieron su gran obra.

El Manifiesto de Cartagena fue escrito en 1812, cuando tenía Bolívar 29 años.

El 19 de abril de 1810 principió la revolución en Venezuela con la formación de una Junta de Gobierno, imitación de las creadas en España a causa de la invasión francesa.

El 5 de julio de 1811 se proclamó la Independencia y se constituyó Venezuela en gobierno federal.

Esta patria boba terminó en julio de 1812 por la capitulación de Miranda en San Mateo.

Es muy interesante observar que durante estos acontecimientos únicamente en Bolívar estaba la conciencia de Colombia, la realidad, y el secreto del modo para hacerla aparecer: fue el instigador de la independencia contra la Junta; fue el crítico del gobierno federal, y fue el joven terrible del general Miranda, el desarraigado.

Estaba tan personificado con los destinos de su tierra, con los secretos latentes de la revolución, que a pesar de su juventud y de su inexperiencia sabía claramente lo que debía hacerse, cómo debía hacerse y cuál sería el resultado. Estaba tan personificado con Suramérica que en él casi no existía el ciclo de la acción, a saber: percepción, deliberación, decisión, acción. Se observa que este ciclo es muy visible en los hombres activos cuando no están personificados con la obra. En Bolívar todo ese proceso se mezcla, la acción y el pensamiento van conjuntos: filosofaba guerreando o… meciéndose en la hamaca.

Crear una gran patria en América fue el ideal que apareció en él, al mismo tiempo que él apareció en brazos de su madre; un gobierno fuerte, central, fue su método.

Enviado por la Junta a Londres en 1810 en misión diplomática, habla al marqués de Wellesley de la independencia absoluta, de la gran América, y asusta al Marqués, pues ese no era el objeto de la misión. Se trae al general Miranda para asegurar la independencia, contra el parecer de la Junta, y funda un club revolucionario, que fue el instigador del Acta de Independencia.

Miranda era un desarraigado, viejo oficial de Francia. La independencia americana estaba en el joven Bolívar, que en un caballo brioso iba al lado del general Miranda, de la Guaira hacia Caracas, y no en este general, metódico y afrancesado.

Todo desapareció en manos de un anciano que ya había perdido la conciencia nacional durante su larga vida errante de intrigas. Miranda en Venezuela era como una planta colocada sobre una mesa de mármol: no arraigaba, no percibía las corrientes telúricas. Quería ser un general francés, con ejército francés que hablara francés en la Venezuela de criollos presumidos, mulatos parlanchines e indios melancólicos: cuando veía al joven terrible arengando en su lengua y con sus pasiones al ejército de mulatos y de negros, lo regañaba y le recomendaba los libros de táctica de Montecuccoli…

Miranda es un ejemplo típico de cómo se pierde la conciencia patria, la unión anímica con su tierra y con su gente al vivir por largo tiempo en otras partes. La conciencia de Miranda no tenía asideros sino en el Foreign Office. Era un ser genial para la intriga.

Únicamente en Simón Bolívar estaba personificada la fundación de una patria, la creación de una conciencia colectiva, la creación de un nuevo continente político.

Así fue como Francisco Miranda, por antipatía para con sus paisanos, por su amor al francés y a Montecuccoli, capituló en San Mateo en 1812 y entregó todo a Monteverde.

El joven terrible apresó a Miranda en la Guaira, se fue a meditar durante dos meses a Curazao y se vino a Cartagena.

La Nueva Granada era otra patria boba, federal, humanitaria, llena de letrados con gorros de dormir.

Allí fue donde Bolívar publicó el Manifiesto de Cartagena, en el cual parece que hablara la revolución misma, la Gran Colombia. Leámoslo íntegramente.

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Manifiesto de Cartagena

Libertar a la Nueva Granada de la suerte de Venezuela y redimir a ésta de la que padece, son los objetos que me he propuesto en esta memoria. Dignaos, oh mis conciudadanos, aceptarla con indulgencia en obsequio de miras tan laudables.

Yo soy, granadinos, un hijo de la infeliz Caracas, escapado prodigiosamente de en medio de sus ruinas físicas y políticas, que siempre fiel al sistema liberal y justo que proclamó mi patria he venido a seguir los estandartes de la independencia, que tan gloriosamente tremolan en estos Estados.

Permitidme que, animado de un celo patriótico, me atreva a dirigirme a vosotros para indicaros ligeramente las causas que condujeron a Venezuela a su destrucción, lisonjeándome de que las terribles y ejemplares lecciones que ha dado aquella extinguida República, persuadan a la América a mejorar de conducta, corrigiendo los vicios de unidad, solidez y energía que se notan en sus gobiernos.

El más consecuente error que cometió Venezuela al presentarse en el teatro político fue, sin contradicción, la fatal adopción que hizo del sistema tolerante; sistema improbado como débil e ineficaz desde entonces por todo el mundo sensato y tenazmente sostenido hasta los últimos períodos con una ceguedad sin ejemplo.

Las primeras pruebas que dio nuestro Gobierno de su insensata debilidad, las manifestó con la ciudad subalterna de Coro, que denegándose a reconocer su legitimidad, lo declaró insurgente y lo hostilizó como enemigo. La Junta Suprema, en lugar de subyugar aquella indefensa ciudad, que estaba rendida con presentar nuestras fuerzas marítimas delante de su puerto, la dejó fortificar y tomar una actitud tan respetable, que logró subyugar después la confederación entera con casi igual facilidad que la que teníamos nosotros anteriormente para vencerla, fundando la Junta su política en los principios de humanidad mal entendida que no autorizan a ningún Gobierno para hacer, por la fuerza, libres a los pueblos estúpidos que desconocen el valor de sus derechos.

Los Códigos que consultaban nuestros Magistrados no eran los que podrían enseñarles la ciencia práctica del gobierno, sino los que han formado ciertos buenos visionarios que, imaginándose repúblicas aéreas, han procurado alcanzar la perfección política, presuponiendo la perfectibilidad del linaje humano. Por manera que tuvimos filósofos por jefes, filantropía por legislación, dialéctica por táctica y sofistas por soldados. Con semejante subversión de principios y de cosas, el orden social se sintió extremadamente conmovido, y desde luego corrió el Estado a pasos agigantados a una disolución universal, que bien pronto se vio realizada.

De aquí nació la impunidad de los delitos de Estado cometidos descaradamente por los descontentos, y particularmente por nuestros natos e implacables enemigos —los españoles europeos— que maliciosamente se habían quedado en nuestro país para tenerlo incesantemente inquieto y promover cuantas conjuraciones les permitían formar nuestros jueces, perdonándolos siempre, aun cuando sus atentados eran tan enormes que se dirigían contra la salud pública.

La doctrina que apoyaba esta conducta tenía su origen en las máximas filantrópicas de algunos escritores que defienden la no residencia de facultad en nadie para privar de la vida a un hombre, aun en el caso de haber delinquido contra la patria.

Al abrigo de tan piadosa doctrina, a cada conspiración sucedía un perdón y a cada perdón sucedía otra conspiración que se volvía a perdonar, porque los Gobiernos liberales deben distinguirse por la clemencia. ¡Clemencia criminal que contribuyó más que nada a derribar la máquina que todavía no habíamos enteramente concluido!

De aquí vino la oposición decidida a levantar tropas veteranas, disciplinadas y capaces de presentarse en el campo de batalla, ya instruidas, a defender la libertad con éxito y gloria. Por el contrario, se establecieron innumerables cuerpos de milicias indisciplinadas, que además de agotar las cajas del erario nacional con los sueldos de la plana mayor, destruyeron la agricultura, alejando a los paisanos de sus hogares, e hicieron odioso el Gobierno que obligaba a estos a tomar las armas y a abandonar sus familias.

Las Repúblicas, decían nuestros estadistas, no han menester de hombres pagados para mantener su libertad. Todos los ciudadanos serán soldados cuando nos ataque el enemigo. Grecia, Roma, Venecia, Génova, Suiza, Holanda, y recientemente el Norte de América, vencieron a sus contrarios sin auxilio de tropas mercenarias, siempre prontas a sostener el despotismo y a subyugar a sus conciudadanos.

Con estos antipolíticos e inexactos raciocinios fascinaban a los simples, pero no convencían a los prudentes, que conocían bien la inmensa diferencia que hay entre los pueblos, los tiempos y las costumbres de aquellas Repúblicas y las nuestras. Es verdad que no pagaban ejércitos permanentes, mas era porque en la antigüedad no los había, y sólo confiaban la salvación y la gloria de los Estados a sus virtudes políticas, costumbres severas y carácter militar; cualidades que nosotros estamos muy distantes de poseer. Y en cuanto a las modernas que han sacudido el yugo de sus tiranos, es notorio que han mantenido el competente número de veteranos que exige su seguridad, exceptuando al Norte de América, que estando en paz con todo el mundo y guarnecido por el mar, no ha tenido por conveniente sostener en estos últimos años el completo de tropa veterana que necesita para la defensa de sus fronteras y plazas.

El resultado probó severamente a Venezuela el error de su cálculo; pues los milicianos que salieron al encuentro del enemigo, ignorando hasta el manejo del arma, y no estando habituados a la disciplina y obediencia, fueron arrollados al comenzar la última campaña, a pesar de los heroicos y extraordinarios esfuerzos que hicieron sus jefes por llevarlos a la victoria, lo que causó un desaliento general en soldados y oficiales; porque es una verdad militar que sólo ejércitos aguerridos son capaces de sobreponerse a los primeros infaustos sucesos de una campaña. El soldado bisoño lo cree todo perdido, desde que es derrotado una vez; porque la experiencia no le ha probado que el valor, la habilidad y la constancia corrigen la mala fortuna.

La subdivisión de la provincia de Caracas, proyectada, discutida y sancionada por el Congreso Federal, despertó y fomentó una enconada rivalidad en las ciudades y lugares subalternos, contra la capital, «la cual, decían los congresales ambiciosos de dominar en sus distritos, era la tirana de las ciudades y la sanguijuela del Estado».

De este modo se encendió el fuego de la guerra civil en Valencia, que nunca se logró apagar, ni con la reducción de aquella ciudad; pues conservándolo encubierto lo comunicó a las otras limítrofes de Coro y Maracaibo, y éstas entablaron comunicaciones con aquélla y facilitaron, por este medio, la entrada de los españoles, que trajo consigo la caída de Venezuela.

La disipación de las rentas públicas en objetos frívolos y perjudiciales, y particularmente en sueldos de infinidad de oficinistas, secretarios, jueces, magistrados, legisladores provinciales y federales, dio un golpe mortal a la República, porque la obligó a recurrir al peligroso expediente de establecer el papel moneda sin otra garantía que la fuerza y las rentas imaginarias de la confederación.

Esta nueva moneda pareció a los ojos de los más una violación manifiesta del derecho de propiedad, porque se conceptuaron despojados de objetos de intrínseco valor, en cambio de otros cuyo precio era incierto y aun ideal. El papel moneda remató el descontento de los estólidos pueblos internos, que llamaron al comandante de las tropas españolas para que viniese a librarlos de una moneda que veían con más horror que la servidumbre.

Pero lo que debilitó más el gobierno de Venezuela fue la forma federal que adoptó, siguiendo las máximas exageradas de los derechos del hombre, que autorizándolo para que se rija por sí mismo, rompe los pactos sociales y constituye las naciones en anarquía.

Tal era el verdadero estado de la confederación.

Cada provincia se gobernaba independientemente; y a ejemplo de éstas, cada ciudad pretendía iguales facultades alegando la práctica de aquéllas, y la teoría de que todos los hombres y todos los pueblos gozan de la prerrogativa de instituir a su antojo el gobierno que les acomode.

El sistema federal, bien sea el más perfecto y más capaz de proporcionar la felicidad humana en sociedad, es, no obstante, el más opuesto a los intereses de nuestros nacientes Estados. Generalmente hablando, todavía nuestros conciudadanos no se hallan en actitud de ejercer por sí mismos y ampliamente sus derechos, porque carecen de las virtudes políticas que caracterizan al verdadero republicano; virtudes que no se adquieren en los gobiernos absolutos, en donde se desconocen los derechos y los deberes del ciudadano.

Por otra parte, ¿qué país del mundo, por morigerado y republicano que sea, podrá, en medio de las facciones intestinas y de una guerra exterior, regirse por un gobierno tan complicado y débil como el federal? No es posible conservarlo en el tumulto de los combates y de los partidos. Es preciso que el gobierno se identifique, por decirlo así, al carácter de las circunstancias, de los tiempos y de los hombres que lo rodean. Si estos son prósperos y serenos, él debe ser dulce y protector; pero si son calamitosos y turbulentos, él debe mostrarse terrible y armarse de una firmeza igual a los peligros, sin atender a las leyes, ni constituciones, ínterin no se restablezcan la felicidad y la paz.

Caracas tuvo mucho que padecer por efecto de la confederación que, lejos de socorrerla, le agotó sus caudales y pertrechos; y cuando vino el peligro la abandonó a su suerte, sin auxiliarla con el menor contingente. Además le aumentó sus embarazos habiéndose empeñado una competencia entre el poder federal y el provincial, que dio lugar a que los enemigos llegasen al corazón del Estado, antes que se resolviese la cuestión de si deberían salir las tropas federales o provinciales a rechazarlos, cuando ya tenían ocupada una gran porción de la provincia. Esta fatal contestación produjo una demora que fue terrible para nuestras armas; pues las derrotaron en San Carlos sin que les llegasen los refuerzos que esperaban para vencer.

Yo soy de sentir que mientras no centralicemos nuestros gobiernos americanos, los enemigos obtendrán las más completas ventajas; seremos indefectiblemente envueltos en los horrores de las disensiones civiles, y conquistados vilipendiosamente por ese puñado de bandidos que infestan nuestras comarcas.

Las elecciones populares hechas por los rústicos del campo y por los intrigantes moradores de las ciudades, añaden un obstáculo más a la práctica de la federación entre nosotros, porque los unos son tan ignorantes que hacen sus votaciones maquinalmente, y los otros tan ambiciosos que todo lo convierten en facción, por lo que jamás se vio en Venezuela una votación libre y acertada; lo que ponía el gobierno en manos de hombres ya desafectos a la causa, ya ineptos, ya inmorales.

El espíritu de partido decidía en todo, y, por consiguiente, nos desorganizó más de lo que las circunstancias hicieron. Nuestra división, y no las armas españolas, nos tornó a la esclavitud.

El terremoto del 26 de marzo trastornó ciertamente tanto lo físico como lo moral, y puede llamarse propiamente la causa inmediata de la ruina de Venezuela; mas este mismo suceso habría tenido lugar, sin producir tan mortales efectos, si Caracas se hubiera gobernado entonces por una sola autoridad que, obrando con rapidez y vigor, hubiese puesto remedio a los daños, sin trabas ni competencias que, retardando el efecto de las providencias, dejaban tomar al mal un incremento tan grande que lo hizo incurable.

Si Caracas, en lugar de una confederación lánguida e insubsistente, hubiese establecido un gobierno sencillo, cual lo requería su situación política y militar, tú existieras, ¡oh Venezuela, y gozaras hoy de tu libertad!

La influencia eclesiástica tuvo, después del terremoto, una parte muy considerable en la sublevación de los lugares y ciudades subalternas y en la introducción de los enemigos en el país, abusando sacrílegamente de la santidad de su ministerio en favor de los promotores de la guerra civil. Sin embargo, debemos confesar ingenuamente que estos traidores sacerdotes se animaban a cometer los execrables crímenes de que justamente se les acusa, porque la impunidad de los delitos era absoluta, la cual hallaba en el Congreso un escandaloso abrigo; llegando a tal punto esta injusticia, que de la insurrección de la ciudad de Valencia, cuya pacificación costó cerca de mil hombres, no se dio a la vindicta de las leyes un solo rebelde, quedando todos con vida, y los demás con sus bienes.

De lo referido se deduce que entre las causas que han producido la caída de Venezuela, debe colocarse en primer lugar la naturaleza de su Constitución, que, repito, era tan contraria a sus intereses, como favorable a los de sus contrarios; en segundo, el espíritu de misantropía que se apoderó de nuestros gobernantes; en tercero, la oposición al establecimiento de un cuerpo militar que salvase la República y repeliese los choques que le daban los españoles; en cuarto, el terremoto acompañado del fanatismo que logró sacar de este fenómeno los más importantes resultados; y últimamente las facciones internas que en realidad fueron el mortal veneno que hicieron descender la patria al sepulcro.

Estos ejemplos de errores e infortunios no serán enteramente inútiles para los pueblos de la América meridional, que aspiran a la libertad e independencia.

La Nueva Granada ha visto sucumbir a Venezuela; por consiguiente debe evitar los escollos que han destrozado a aquélla. A este efecto, presento como una medida indispensable para la seguridad de la Nueva Granada, la reconquista de Caracas. A primera vista parecerá este proyecto inconducente, costoso, quizás impracticable; pero examinando atentamente con ojos previsivos y una meditación profunda, es imposible desconocer su necesidad, como dejar de ponerlo en ejecución, probada la utilidad.

Lo primero que se presenta en apoyo de esta operación es el origen de la destrucción de Caracas, que no fue otro que el desprecio con que miró aquella ciudad la existencia de un enemigo que parecía pequeño, y no lo era, considerándolo en su verdadera luz.

Coro, ciertamente, no habría podido nunca entrar en competencia con Caracas, si las comparamos en sus fuerzas intrínsecas. Mas como en el orden de las vicisitudes humanas no es siempre la mayoría de la masa física la que decide, sino que es la superioridad de la fuerza moral la que inclina hacia sí la balanza política, no debió el Gobierno de Venezuela, por esta razón, haber descuidado la extirpación de un enemigo, que aunque aparentemente débil, tenía por auxiliares a la provincia de Maracaibo, a todas las que obedecen a la Regencia; el oro y la cooperación de nuestros eternos contrarios, los europeos que viven con nosotros; el partido clerical, siempre adicto a su apoyo y compañero del despotismo; y sobre todo, la opinión inveterada de cuantos ignorantes y supersticiosos contienen los límites de nuestros Estados. Así fue que apenas hubo un oficial traidor que llamase al enemigo, cuando se desconcertó la máquina política, sin que los inauditos y patrióticos esfuerzos que hicieron los defensores de Caracas, lograsen impedir la caída de un edificio, ya desplomado, por el golpe que recibió de un solo hombre.

Aplicando el ejemplo de Venezuela a la Nueva Granada y formando una proporción, hallaremos: que Coro es a Caracas como Caracas es a la América entera; consiguientemente, el peligro que amenaza este país está en razón de la anterior progresión; porque poseyendo la España el territorio de Venezuela podrá con facilidad sacarle hombres y municiones de boca y guerra, para que bajo la dirección de jefes experimentados contra los grandes maestros de la guerra, los franceses penetren desde las provincias de Barinas y Maracaibo hasta los últimos confines de la América meridional.

La España tiene en el día gran número de oficiales generales, ambiciosos y audaces, acostumbrados a los peligros y a las privaciones, que anhelan por venir aquí a buscar un imperio que reemplace el que acaban de perder.

Es muy probable que al expirar la Península, haya una prodigiosa emigración de hombres de todas clases y particularmente de cardenales, arzobispos, canónigos y clérigos revolucionarios, capaces de subvertir, no sólo nuestros tiernos y lánguidos Estados, sino de envolver el Nuevo Mundo en una espantosa anarquía. La influencia religiosa, el imperio de la dominación civil y militar, y cuantos prejuicios pueden obrar sobre el espíritu humano, serán otros tantos instrumentos de que se valdrán para someter estas regiones.

Nada se opondrá a la emigración de España. Es verosímil que Inglaterra proteja la evasión de un partido que disminuye en parte las fuerzas de Bonaparte en España y trae consigo el aumento y permanencia del suyo en América. Francia no podrá impedirla; tampoco Norteamérica, y nosotros menos aún, pues careciendo todos de una marina respetable, nuestras tentativas serán vanas.

Estos tránsfugas hallarán ciertamente una favorable acogida en los puertos de Venezuela, como que vienen a reforzar a los opresores de aquel país y los habilitan de medios para emprender la conquista de los Estados independientes.

Levantarán quince o veinte mil hombres que disciplinarán prontamente con sus jefes, oficiales, sargentos, cabos y soldados veteranos. A este ejército seguirá otro todavía más temible, de ministros, embajadores, consejeros, magistrados, toda la jerarquía eclesiástica y los grandes de España, cuya profesión es el dolo y la intriga, condecorados con ostentosos títulos muy adecuados para deslumbrar a la multitud, los cuales derramándose como un torrente, lo inundarán todo, arrancando las semillas y hasta las raíces del árbol de la libertad de Colombia. Las tropas combatirán en el campo, y estos desde sus gabinetes nos harán la guerra por los resortes de la seducción y del fanatismo.

Así, pues, no nos queda otro recurso para precavernos de estas calamidades, que el de pacificar rápidamente nuestras provincias sublevadas, para llevar después nuestras armas contra las enemigas y formar de este modo soldados y oficiales dignos de llamarse columnas de la patria.

Todo conspira a hacernos adoptar esta medida. Sin hacer mención de la necesidad urgente que tenemos de cerrarle las puertas al enemigo, hay otras razones tan poderosas para determinarnos a la ofensiva, que sería una falta militar y política inexcusable dejar de hacerlo. Nosotros nos hallamos invadidos y, por consiguiente, forzados a rechazar al enemigo más allá de la frontera.

Además, es un principio del arte que toda guerra defensiva es perjudicial y ruinosa para el que la sostiene, pues lo debilita sin esperanza de indemnizarlo; y que las hostilidades en el territorio enemigo siempre son provechosas, por el bien que resulta del mal del contrario; así, no debemos por ningún motivo emplear la defensiva.

Debemos considerar también el estado actual del enemigo, que se halla en una posición muy crítica, habiéndosele desertado la mayor parte de sus soldados criollos, y teniendo al mismo tiempo que guarnecer las patrióticas ciudades de Caracas, Puerto Cabello, La Guaira, Barcelona, Cumaná y Margarita, en donde existen sus depósitos, sin que se atrevan a desamparar estas plazas, por temor de una insurrección general en el acto de separarse de ellas. De modo que no sería imposible que llegasen nuestras tropas hasta las puertas de Caracas, sin haber dado una batalla campal.

Es una cosa positiva que en cuanto nos presentemos en Venezuela, se nos agregan millares de valerosos patriotas que suspiran por vernos aparecer, para sacudir el yugo de sus tiranos y unir sus esfuerzos a los nuestros en defensa de la libertad.

La naturaleza de la presente campaña nos proporciona la ventaja de aproximarnos a Maracaibo por Santa Marta, y a Barinas por Cúcuta.

Aprovechemos, pues, instantes tan propicios, no sea que los refuerzos que incesantemente deben llegar de España, cambien absolutamente el aspecto de los negocios y perdamos, quizá para siempre, la dichosa oportunidad de asegurar la suerte de estos Estados.

El honor de la Nueva Granada exige imperiosamente escarmentar a esos osados invasores, persiguiéndolos hasta sus últimos atrincheramientos. Su gloria depende de tomar a su cargo la empresa de marchar a Venezuela a libertar la cuna de la independencia colombiana, sus mártires y aquel benemérito pueblo caraqueño, cuyos clamores sólo se dirigen a sus amados compatriotas los granadinos, a quienes aguardan con una mortal impaciencia como a sus redentores.

¡Corramos a romper las cadenas de aquellas víctimas que gimen en las mazmorras, siempre esperando su salvación de vosotros; no burléis su confianza; no seáis insensibles a los lamentos de vuestros hermanos! ¡Id veloces a vengar al muerto, a dar vida al moribundo, soltura al oprimido y libertad a todos!

Cartagena de Indias, diciembre 15 de 1812.

— o o o —

El Manifiesto está redactado en el estilo limpio de Maquiavelo y cumplió el fin que se propuso: crear espíritu nacional y preparar las grandes campañas de 1813. Es un organismo ideológico que muestra el alma realista de Bolívar como era, como una florescencia del continente. ¿En dónde está el romanticismo? Está allí la historia de la revolución hasta 1813, y es y será siempre una enseñanza para Suramérica.

En la Nueva Granada vivía un hombre comprensivo, el letrado Camilo Torres; desde el momento en que leyó el Manifiesto, hasta su muerte, repetía, a pesar de ser federalista, que en Bolívar estaba la emancipación.

En aquellos tiempos de montoneras errantes y dispersas, de poblaciones separadas y cuyas rivalidades y desconocimiento mutuo eran instigados por el régimen colonial, para evitar, precisamente, el nacimiento del espíritu de patria, Bolívar habla y vive para toda América. Es curioso, verdaderamente, que en tales tiempos apareciera semejante realista y realizador, unificado con su tierra.

Esta Memoria y la Carta de Jamaica fueron escritas por el Libertador en el destierro, en las épocas en que estuvo más desamparado para el cumplimiento de su empresa. Por eso, se puede afirmar que son las obras meditadas, esenciales. El Manifiesto lo escribió durante los dos meses de su permanencia en Curazao, desesperado con la ruina de la primera República venezolana, incitado por las dolorosas experiencias de sus luchas con la Junta, con el gobierno federal y con el general Miranda; incitado por el desespero de quien se sabe poseedor de los secretos del éxito y que no es comprendido.

Haberlo comprendido fue la gloria de Camilo Torres y, con ello, la gloria de la Nueva Granada:

Simón Bolívar
Camilo Torres
}

Ahí está la obra de la emancipación, y están reconciliadas Nueva Granada y Venezuela. De la comprensión de estos dos hombres resultaron los años de gloria de 1813 y 1814; puede decirse muy bien que los dos fueron los creadores de Girardot y de Ricaurte.

Mientras sus amigos publicaban el Manifiesto, el coronel Bolívar terminaba en Ocaña, en quince días, su campaña del Magdalena: «Si nací en Caracas, mi gloria nació en Mompós».

Tenemos, pues, la conciencia continental pura, la única que ha tenido América. En Europa, posteriormente, han aparecido otras, pero no tan nítidas: Nietzsche repetía: «Soy europeo», y Arístides Briand trabaja ahora por los EE. UU. de Europa.

El Manifiesto de Cartagena despertó a los granadinos, y, junto con la actividad guerrera de su autor, unió a Venezuela y a Colombia, por primera vez, aunque momentáneamente, en los hermosos días de 1813 y 1814.

Por esa forma realista del espíritu se distingue siempre la aristocracia que ha tenido Venezuela. Por ejemplo, la escritora Teresa de la Parra, a pesar de haber vivido casi siempre en París, describe su Venezuela como parte de su alma; en ella es en quien más está Venezuela en su pasado, presente y futuro. Es, indudablemente, lo mejor que puede presentársele al Libertador, como alma americana, en el centenario de su muerte. Además, en ella también, en el nido de inteligencia que forman sus ojos y sus pómulos, hay un aura de libertad graciosa que conmueve…

Meditemos en que este continente estaba sumido en la ignorancia y la anarquía. Los mismos venezolanos eran los soldados de Monteverde. Cada provincia de la Nueva Granada se regía por un grupo de teólogos nebulosos, pues a los americanos no se les permitía aprender sino dogmática. No existía conciencia de patria: Cundinamarca tenía un gobierno; había un Congreso de provincias federales en Tunja, y Cartagena tenía su gobierno propio y estaba incomunicada, rodeada por los españoles. Era muy grande la timidez de nuestros buenos padres que creían haber pecado gravemente al desconocer a Fernando VII. En verdad, las actas de independencia fueron provocadas, forzadas por los mismos españoles, al tratar tan ásperamente a los buenos criollos que en señal de protesta contra la usurpación napoleónica fundaron Juntas de Gobierno.

En Nueva Granada, en 1812, cada lugar quería ser un centro, con su gobierno ideal, humanitario, y los varios pueblos se desconocían en absoluto. No había nada, absolutamente nada de conciencia nacional, ninguna vinculación con la tierra, y no existía ninguna finalidad bien determinada en la revolución, cuando sonó la voz metálica de Bolívar que en su Manifiesto de Cartagena hablaba por primera vez de América, de solidaridad, y mostraba un fin y los medios para conseguirlo:

  1. Saber exactamente lo que se desea;
  2. Desearlo como el que se ahoga desea el aire, y
  3. Pagar el precio.

Esto es lo que llama Mrs. Willson la llave de oro del éxito, y eso encontramos en el Libertador desde el principio de su vida.

De ahí que todos los inteligentes, Camilo Torres, el Comodoro Brion, Petion, San Martín, Peñalver, afirmaron que únicamente en Bolívar estaba la independencia.

Por ejemplo, para el gran Nariño no existía sino Bogotá, y en Bogotá su cuarto para comentar, enredar y leer; fue una gran conciencia de café, una conciencia bogotana. Tradujo un folleto que fue trascendental, pero se arrepintió de ello ante sus jueces, y posteriormente enredó las cuentas de la Renta de Tabaco.

Y para el gran Páez no existía sino el río Apure; era un niño inocente, un primitivo que miraba a Bolívar como a un dios y otras veces, cuando estaba lejos, como a un diablo. Fue niño hasta en sus crímenes; un primitivo dominado por todo lo que brilla.

Es necesario haberse compenetrado con el estado social, espiritual y material de Suramérica durante los primeros años de la revolución, para comprender el significado del Manifiesto de Cartagena.

Bolívar concibió una nacionalidad y la formó en luchas más terribles contra los americanos que contra los españoles; concibió un ejército y lo formó, un plan y lo realizó. No es propiamente que haya creado, sino que estaba tan personificado con el continente que podía aprovechar todo, evitar los obstáculos, vencer las dificultades, etc. La vida evolucionaba por su intermedio.

El Manifiesto y su rápida campaña crearon momentáneamente el entusiasmo nacional; se formó el ejército heroico que en pocos días llegó a Caracas. Pero el Libertador tuvo que luchar con los espíritus pequeños, tales como Manuel del Castillo y Francisco de Paula Santander, que a sus ideas universales oponían el regionalismo y la envidia. Este Santander representa en la vida de Bolívar a Calibán. No quería ayudar en la campaña libertadora de Venezuela: «Marche Ud., marche Ud. para Caracas, porque de lo contrario o lo fusilo a Ud. o me fusila Ud. a mí». El Libertador era áspero de palabras, «airado de la cabeza pero no del corazón»; Santander callaba hipócritamente y acumulaba en su corazón uno de los odios más grandes de la Tierra.

Logró Bolívar libertar a Venezuela y tenerla casi unida a la Nueva Granada durante los años 13 y 14. La relación de sus esfuerzos y de su actividad continua para lograrlo es conmovedora: creó gloria para su patria; glorificaba a sus oficiales, a los gobernantes y colaboradores. No fue romántico; se exageró, se exaltó para su obra; fue un énfasis exigido por el fin que se proponía. Entonces fue cuando declaró la guerra a muerte, con el fin de separar definitiva y psicológicamente a españoles y americanos.

No sé…, pero el mulato, que es el tipo propio de Suramérica, es muy limitado, cabeza de pájaro; la hibridación produce masas nerviosas excitables: ¡la isla del doctor Moreau! Es inquieto el mulato, vivaz, prometedor, atraído ciegamente por toda brillantez, por toda novedad; su conciencia no se ha fijado; no se encuentra en él un hilo madre para la clasificación psicológica. De ahí que la obra bolivariana, crear conciencia nacional y continental, sólo arraigó en los criollos españoles, pero también muy inciertamente. Los mulatos pasaban de los realistas a los independientes en cada batalla; ese fue el aspecto de guerra civil que tuvo la emancipación, y así se explica la declaración de la guerra a muerte, durante el año trece.

La gran brega de Bolívar no fue con los españoles, sino con los americanos; de estos se componían los ejércitos de Monteverde, las hordas de Boves, y con venezolanos sometió Morillo en 1815 la Nueva Granada.

De 1810 a 1820 América era realista; apenas después de la batalla de Boyacá comenzó a aparecer el americanismo.

Fue un centro de conciencia. Pero los mismos venezolanos vencieron a Bolívar en 1814 con José Tomás Boves.

Y vuelve a Nueva Granada a crear otro entusiasmo, pero ya únicamente Camilo Torres creía en él; Santander y Castillo, los hombres de aldea, se le opusieron. Entonces se desterró a Jamaica; comprendía que nada estaba preparado:

«Es verdad —escribía el 19 de mayo de 1815 a Maxwell Hyslop— que el clima disminuirá las tropas europeas, pero el país les dará reemplazos con ventajas, pues no debemos alucinarnos: la opinión de la América no está aún bien fijada, y aunque los seres que piensan son todos independientes, la masa general ignora todavía sus derechos y desconoce sus intereses».

Desterrado voluntariamente en Jamaica, pobre hasta la idea del suicidio, allí meditó en su obra y escribió lo que se ha llamado Carta de Jamaica, la carta de las profecías.

— o o o —

Carta de Jamaica

1

Me apresuro a contestar la carta del 29 del mes pasado que Ud. me hizo el honor de dirigirme y que yo recibí con la mayor satisfacción.

2

Sensible, como debo, al interés que Ud. ha querido tomar por la suerte de mi patria, afligiéndose con ella por los tormentos que padece desde su descubrimiento hasta estos últimos períodos, por parte de sus destructores los españoles, no siento menos el comprometimiento en que me ponen las solícitas demandas que Ud. me hace sobre los objetos más importantes de la política americana. Así, me encuentro en un conflicto, entre el deseo de corresponder a la confianza con que usted me favorece y el impedimento de satisfacerla, tanto por la falta de documentos y de libros, cuanto por los limitados conocimientos que poseo de un país tan inmenso, variado y desconocido como el Nuevo Mundo.

3

En mi opinión es imposible responder a las preguntas con que Ud. me ha honrado. El mismo barón de Humboldt, con su universalidad de conocimientos teóricos y prácticos, apenas lo haría con exactitud, porque aunque una parte de la estadística y revolución de América es conocida, me atrevo a asegurar que la mayor está cubierta de tinieblas, y por consecuencia sólo se pueden ofrecer conjeturas más o menos aproximadas, sobre todo en lo relativo a la suerte futura y a los verdaderos proyectos de los americanos, pues cuantas combinaciones suministra la historia de las naciones, de otras tantas es susceptible la nuestra por su posición física, por las vicisitudes de la guerra y por los cálculos de la política.

4

Como me conceptúo obligado a prestar atención a la apreciable carta de usted, no menos que a sus filantrópicas miras, me animo a dirigirle estas líneas, en las cuales ciertamente no hallará usted las ideas luminosas que desea, mas sí las ingenuas expresiones de mis pensamientos.

5

«Tres siglos ha —dice usted— que empezaron las barbaridades que los españoles cometieron en el grande hemisferio de Colón». Barbaridades que la presente edad ha rechazado como fabulosas, porque parecen superiores a la perversidad humana y jamás serían creídas por los críticos modernos, si constantes y repetidos documentos no testificasen estas infaustas verdades.

6

El filantrópico obispo de Chiapas, el apóstol de la América, Las Casas, ha dejado a la posteridad una breve relación de ellas, extractada de las sumarias que siguieron en Sevilla a los conquistadores, con el testimonio de cuantas personas respetables había entonces en el Nuevo Mundo y con los procesos mismos que los tiranos se hicieron entre sí, como consta por los más sublimes historiadores de aquel tiempo. Todos los imparciales han hecho justicia al celo, verdad y virtudes de aquel amigo de la humanidad, que con tanto fervor y firmeza denunció ante su Gobierno y contemporáneos los actos más horrorosos de un frenesí sanguinario.

7

Con cuánta emoción de gratitud leo el pasaje de la carta de usted en que me dice que espera que los sucesos que siguieron entonces a las armas españolas, acompañen ahora a las de sus contrarios, los muy oprimidos americanos meridionales.

8

Yo tomo esta esperanza por una predicción, si la justicia decide las contiendas de los hombres.

9

El suceso coronará nuestros esfuerzos; porque el destino de la América se ha fijado irrevocablemente. El lazo que la unía a la España está cortado; la opinión era toda su fuerza; por ella se estrechaban mutuamente las partes de aquella inmensa monarquía; lo que antes las enlazaba, ya las divide: más grande es el odio que nos ha inspirado la Península, que el mar que nos separa de ella; menos difícil es unir los dos continentes, que reconciliar los espíritus de ambos países.

10

El hábito a la obediencia, un comercio de intereses, de luces, de religión; una recíproca benevolencia; una tierna solicitud por la cuna y la gloria de nuestros padres; en fin, todo lo que formaba nuestra esperanza, nos venía de España. De aquí nacía un principio de adhesión que parecía eterno, no obstante que la inconducta de nuestros dominadores relajaba esta simpatía, o, por mejor decir, este apego forzado por el imperio de la dominación.

11

Al presente sucede lo contrario; la muerte, el deshonor, cuanto es nocivo, nos amenaza y tememos; todo lo sufrimos de esa desnaturalizada madrastra. El velo se ha rasgado, ya hemos visto la luz, y se nos quiere volver a las tinieblas; se han roto las cadenas; ya hemos sido libres, y nuestros enemigos pretenden de nuevo esclavizarnos. Por tanto, la América combate con despecho, y rara vez la desesperación no ha arrastrado tras sí la victoria.

12

Porque los sucesos hayan sido parciales y alternados, no debemos desconfiar de la Fortuna. En unas partes triunfan los independientes, mientras que los tiranos en lugares diferentes obtienen sus ventajas, y ¿cuál es el resultado final? ¿No está el Nuevo Mundo entero conmovido y armado para su defensa? Echemos una ojeada y observaremos una lucha simultánea en la inmensa extensión de este hemisferio.

13

El belicoso Estado de las provincias del Río de la Plata ha purgado su territorio y conducido sus armas vencedoras al alto Perú, conmoviendo a Arequipa e inquietando a los realistas de Lima. Cerca de un millón de habitantes disfrutan allí de su libertad.

14

El reino de Chile, poblado de 800.000 almas, está lidiando contra sus enemigos, que pretenden dominarlo; pero en vano, porque los que antes pusieron un término a sus conquistas, los indómitos y libres araucanos, son sus vecinos y compatriotas; y su ejemplo sublime es suficiente para probarles que el pueblo que ama su independencia por fin la logra.

15

El virreinato del Perú, cuya población asciende a millón y medio de habitantes, es sin duda el más sumiso y al que más sacrificios se le han arrancado para la causa del rey, y bien que sean vanas las relaciones concernientes a aquella porción de América, es indudable que ni está tranquila, ni es capaz de oponerse al torrente que amenaza a las más de sus provincias.

16

La Nueva Granada, que es, por decirlo así, el corazón de la América, obedece a un Gobierno General, exceptuando el reino de Quito, que, con la mayor dificultad, contiene sus enemigos, por ser fuertemente adicto a la causa de su patria, y las provincias de Panamá y Santa Marta, que sufren, no sin dolor, la tiranía de sus señores. Dos millones y medio de habitantes están esparcidos en aquel territorio, que actualmente defienden contra el ejército español, bajo el general Morillo, que es verosímil sucumba delante de la inexpugnable plaza de Cartagena. Mas si la tomare, será a costa de grandes pérdidas, y desde luego carecerá de fuerzas bastantes para subyugar a los morigerados y bravos moradores del interior.

17

En cuanto a la heroica y desdichada Venezuela, sus acontecimientos han sido tan rápidos y sus devastaciones tales, que casi la han reducido a una absoluta indigencia y a una soledad espantosa; no obstante que era uno de los más bellos países de cuantos hacían el orgullo de América. Sus tiranos gobiernan un desierto, y sólo oprimen a tristes restos que, escapados de la muerte, alimentan una precaria existencia; algunas mujeres, niños y ancianos son los que quedan. Los más de los hombres han perecido por no ser esclavos, y los que viven, combaten con furor en los campos y en los pueblos internos, hasta expirar o arrojar al mar a los que, insaciables de sangre y de crimen, rivalizan con los primeros monstruos que hicieron desaparecer de la América a su raza primitiva. Cerca de un millón de habitantes se contaban en Venezuela; y sin exageración se puede asegurar que una cuarta parte ha sido sacrificada por la tierra, la espada, el hambre, la peste, las peregrinaciones; excepto el terremoto, todo resultado de la guerra.

18

En Nueva España había en 1808, según nos refiere el barón de Humboldt, 7’800.000 almas, con inclusión de Guatemala. Desde aquella época, la insurrección que ha agitado a casi todas las provincias, ha hecho disminuir sensiblemente aquel cómputo, que parece exacto; pues más de un millón de hombres ha perecido, como lo podrá usted ver en la exposición de míster Walton, que describe con fidelidad los sanguinarios crímenes cometidos en aquel opulento imperio.

19

Allí la lucha se mantiene a fuerza de sacrificios humanos y de todas especies, pues nada ahorran los españoles con tal que logren someter a los que han tenido la desgracia de nacer en este suelo, que parece destinado a empaparse con la sangre de sus hijos. A pesar de todo, los mexicanos serán libres, porque han abrazado el partido de la patria, con la resolución de vengar a sus antepasados, o seguirlos al sepulcro. Ya ellos dicen con Reynal: llegó el tiempo, en fin, de pagar a los españoles suplicios con suplicios, y de ahogar a esa raza de exterminadores en su sangre o en el mar.

20

Las islas de Puerto Rico y Cuba, que entre ambas pueden formar una población de 700 a 800.000 almas, son las que más tranquilamente poseen los españoles, porque están fuera del contacto de los independientes. Mas ¿no son americanos estos insulares? ¿No son vejados? ¿No desean su bienestar?

21

Este cuadro representa una escala militar de 2.000 leguas de longitud y 900 de latitud en su mayor extensión, en que 16 millones de americanos defienden sus derechos o están oprimidos por la nación española, que aunque fue en algún tiempo el más vasto imperio del mundo, sus restos son ahora impotentes para dominar el nuevo hemisferio y hasta para mantenerse en el antiguo.

22

¿Y la Europa civilizada, comerciante y amante de la libertad, permite que una vieja serpiente, por sólo satisfacer su saña envenenada, devore la más bella parte de nuestro globo? Qué, ¿está la Europa sorda al clamor de su propio interés? ¿No tiene ya ojos para ver la justicia? ¿Tanto se ha endurecido para ser de este modo insensible?

23

Estas cuestiones, cuanto más las medito más me confunden; llego a pensar que se aspira a que desaparezca la América; pero es imposible, porque toda la Europa no es España. ¡Qué demencia en nuestra enemiga, pretender reconquistar la América, sin marina, sin tesoro y casi sin soldados! Pues los que tiene, apenas son bastantes para retener a su propio pueblo en una violenta obediencia y defenderse de sus vecinos.

24

Por otra parte, ¿podrá esta nación hacer el comercio exclusivo de la mitad del mundo, sin manufacturas, sin producciones territoriales, sin artes, sin ciencias, sin política? Lograda que fuese esta loca empresa, y suponiendo, más aún, lograda la pacificación, los hijos de los actuales americanos, unidos con los de los europeos reconquistadores, ¿no volverían a formar dentro de veinte años los mismos patrióticos designios que ahora se están combatiendo?

25

La Europa haría un bien a la España en disuadirla de su obstinada temeridad, porque a lo menos le ahorraría los gastos que expende y la sangre que derrama, a fin de que fijando su atención en sus propios recintos, fundase su prosperidad y poder sobre bases más sólidas que las de inciertas conquistas, un comercio precario y exacciones violentas en pueblos remotos, enemigos y poderosos. La Europa misma, por miras de sana política debería haber preparado y ejecutado el proyecto de la independencia americana, no sólo porque el equilibrio del mundo así lo exige, sino porque este es el medio legítimo y seguro de adquirirse establecimiento ultramarino de comercio. La Europa que no se halla agitada por las violentas pasiones de la venganza, ambición y codicia, como la España, parece que estaba autorizada por todas las leyes de la equidad a ilustrarla sobre sus bien entendidos intereses.

26

Cuantos escritores han tratado la materia se acuerdan en esta parte. En consecuencia, nosotros esperábamos con razón que todas las naciones cultas se apresurarían a auxiliarnos para que adquiriésemos un bien cuyas ventajas son recíprocas a entrambos hemisferios.

27

Sin embargo, ¡cuán frustradas esperanzas! No sólo los europeos, pero hasta nuestros hermanos del Norte se han mantenido inmóviles espectadores en esta contienda, que por su esencia es la más justa, y por sus resultados la más bella e importante de cuantas se han suscitado en los siglos antiguos y modernos, porque ¿hasta dónde se puede calcular la trascendencia de la libertad del hemisferio de Colón?

28

«La felonía con que Bonaparte —dice usted— prendió a Carlos IV y a Fernando VII, reyes de esta nación, que tres siglos ha aprisionó con traición a dos monarcas de la América meridional, es un acto muy manifiesto de la retribución divina, y al mismo tiempo una prueba de que Dios sostiene la justa causa de los americanos y les concederá su independencia».

29

Parece que usted quiere aludir al monarca de México, Moctezuma, preso por Cortés y muerto, según Herrera, por el mismo, aunque Solís dice que por el pueblo; y a Atahualpa, inca del Perú, destruido por Francisco Pizarro y Diego de Almagro. Existe tal diferencia entre la suerte de los reyes españoles y de los reyes americanos, que no admite comparación; los primeros son tratados con dignidad, conservados, y al fin recaban su libertad y trono; mientras que los últimos sufren tormentos inauditos y vilipendios más vergonzosos.

30

Si a Guatimozín, sucesor de Moctezuma, se le trata como emperador y le ponen la corona, fue por irrisión y no por respeto, para que experimentase este escarnio antes que las torturas. Iguales a la suerte de este monarca fueron las del rey de Michoacán, Catzontzin; el Zipa de Bogotá y cuantos Toquis, Imas, Zipas, Ulmenes, Caciques y demás dignidades indianas sucumbieron al poder español. El suceso de Fernando VII es más semejante al que tuvo lugar en Chile en 1535 con el Ulmen de Copiapó, entonces reinante en aquella comarca.

31

El español Almagro pretextó como Bonaparte tomar partido por la causa del legítimo soberano, y, en consecuencia, llama al usurpador, como Fernando lo era en España, aparenta restituir al legítimo a sus Estados y termina por encadenar y echar a las llamas al infeliz Ulmen, sin querer ni aun oír su defensa. Este es el ejemplo de Fernando VII con su usurpador; los reyes europeos sólo padecen destierro; el Ulmen de Chile termina su vida de un modo atroz.

32

«Después de algunos meses —añade— he hecho muchas reflexiones sobre la situación de los americanos y sus esperanzas futuras; tomo grande interés en sus sucesos; pero me faltan muchos informes relativos a su estado actual y a lo que ellos aspiran; deseo infinitamente saber la política de cada provincia, como también su población; si desean república o monarquía, si formarán una gran república o una gran monarquía. Toda noticia de esta especie que usted pueda darme, o indicarme las fuentes a que debo ocurrir, la estimaré como un favor muy particular».

33

Siempre las almas generosas se interesan en la suerte de un pueblo que se esmera por recobrar los derechos con que el Creador y la naturaleza lo han dotado, y es necesario estar bien fascinado por el error o por las pasiones para no abrigar esta noble sensación; usted ha pensado en mi país y se interesa por él; este acto de benevolencia me inspira el más vivo reconocimiento.

34

He dicho la población que se calcula por datos más o menos exactos, que mil circunstancias hacen fallidos, sin que sea fácil remediar esta inexactitud, porque los más de los moradores tienen habitaciones campestres y muchas veces errantes, siendo labradores, pastores nómades, perdidos en medio de los espesos e inmensos bosques, llanuras solitarias y aisladas entre lagos y ríos caudalosos.

35

¿Quién será capaz de formar una estadística completa de semejantes comarcas? Además, los tributos que pagan los indígenas; las penalidades de los esclavos; las primicias, diezmos y derechos que pesan sobre los labradores y otros accidentes, alejan de sus hogares a los pobres americanos. Esto es sin hacer mención de la guerra de exterminio, que ya ha segado cerca de un octavo de la población y ha ahuyentado una gran parte; pues entonces las dificultades son insuperables y el empadronamiento vendrá a reducirse a la mitad del verdadero censo.

36

Todavía es más difícil presentir la suerte futura del Nuevo Mundo, establecer principios sobre su política y casi profetizar la naturaleza del gobierno que llegará a adoptar. Toda idea relativa al porvenir de este país me parece aventurada. ¿Se pudo prever cuando el género humano se hallaba en su infancia, rodeado de tanta incertidumbre, ignorancia y error, cuál sería el régimen que abrazaría para su conservación? ¿Quién se habría atrevido a decir tal nación será república o monarquía; ésta será pequeña, aquélla grande? En mi concepto, esta es la imagen de nuestra situación.

37

Nosotros somos un pequeño género humano; poseemos un mundo aparte, cercado por dilatados mares, nuevo en casi todas las artes y ciencias, aunque en cierto modo viejo en los usos de la sociedad civil. Yo considero el estado actual de la América como cuando, desplomado el imperio romano, cada desmembración formó un sistema político conforme a sus intereses y situación, o siguiendo la ambición particular de algunos jefes, familias o corporaciones. Con esta notable diferencia, que aquellos miembros dispersos volvían a restablecer sus antiguas naciones con las alteraciones que exigían los usos o los sucesos; mas nosotros que apenas conservamos vestigios de lo que en otro tiempo fue, y que, por otra parte, no somos indios ni europeos, sino una especie media entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles; en suma, siendo nosotros americanos por nacimiento y nuestros derechos los de Europa, tenemos que disputar estos a los del país, y que mantenernos en él contra la invasión de los invasores.

38

Así nos hallamos en el caso más extraordinario y complicado.

39

No obstante que es una especie de adivinación indicar cuál será el resultado de la línea de política que la América siga, me atrevo a aventurar algunas conjeturas que desde luego caracterizo de arbitrarias, dictadas por un deseo racional y no por un raciocinio probable.

40

La posición de los moradores del hemisferio americano ha sido por siglos puramente pasiva; su existencia política era nula: nosotros estábamos en un grado todavía más bajo de la servidumbre y, por lo mismo, con más dificultad para elevarnos al goce de la libertad.

41

Permítame usted estas consideraciones para elevar la cuestión:

42

Los Estados son esclavos por la naturaleza de su Constitución o por el abuso de ella; luego un pueblo es esclavo cuando el Gobierno, por su ausencia o por sus vicios, huella y usurpa los derechos del ciudadano o súbdito. Aplicando estos principios, hallaremos que la América no sólo estaba privada de su libertad, sino también de la tiranía activa y dominante.

Me explicaré:

43

En las administraciones absolutas no se reconocen límites en el ejercicio de las facultades gubernativas: la voluntad del gran sultán, kan, bey y demás soberanos despóticos, es la ley suprema y esta es casi arbitrariamente ejecutada por los bajás, kanes y sátrapas subalternos de la Turquía y Persia, que tienen organizada una opresión de que participan los súbditos en razón de la autoridad que se les confía. A ellos está encargada la administración civil, militar y política, las rentas y la religión. Pero al fin son persas los jefes de Hispahan, son turcos los visires del gran señor, son tártaros los sultanes de la Tartaria. La China no envía a buscar mandatarios militares y letrados al país de Gengis Kan, que la conquistó, a pesar de que los actuales chinos son descendientes directos de los subyugados por los ascendientes de los presentes tártaros.

44

¡Cuán diferente era entre nosotros! Se nos vejaba con una conducta que, además de privarnos de los derechos que nos correspondían, nos dejaba en una especie de infancia permanente, con respecto a las transacciones públicas. Si hubiésemos siquiera manejado nuestros asuntos domésticos en nuestra administración interior, conoceríamos el curso de los negocios públicos y su mecanismo. Gozaríamos también de la consideración personal, que impone a los ojos del pueblo cierto respeto maquinal, que es tan necesario conservar en las revoluciones. He aquí por qué he dicho que estábamos privados hasta de la tiranía activa, pues que no nos estaba permitido ejercer sus funciones.

45

Los americanos, en el sistema español que está en vigor, y quizá con mayor fuerza que nunca, no ocupan otro lugar en la sociedad que el de siervos propios para el trabajo, y, cuando más, el de simples consumidores, y aun esta parte coartada con restricciones chocantes; tales son las prohibiciones del cultivo de frutos de Europa, el estanco de las producciones que el rey monopoliza, el impedimento de las fábricas que la misma Península no posee, los privilegios exclusivos del comercio hasta de los objetos de primera necesidad, las trabas entre provincias y provincias americanas, para que no se traten, entiendan, ni negocien… En fin, ¿quiere usted saber cuál era nuestro destino? Los campos para cultivar el añil, la grana, el café, la caña, el cacao y el algodón; las llanuras solitarias para criar ganados, los desiertos para cazar las bestias feroces, las entrañas de la tierra para excavar el oro, que no puede saciar a esa nación avarienta. Tan negativo era nuestro estado, que no encuentro semejante en ninguna otra asociación civilizada, por más que recorro la serie de las edades y la política de todas las naciones. Pretender que un país tan felizmente constituido, extenso, rico y populoso, sea meramente pasivo, ¿no es un ultraje y una violación de los derechos de la humanidad?

46

Estábamos, como acabo de exponer, abstraídos, y, digámoslo así, ausentes del universo en cuanto es relativo a la ciencia del gobierno y administración del Estado. Jamás éramos virreyes ni gobernadores, sino por causas muy extraordinarias; arzobispos y obispos, pocas veces; diplomáticos, nunca; militares, sólo en calidad de subalternos; nobles, sin privilegios reales; no éramos, en fin, ni magistrados, ni financistas, y casi ni aun comerciantes; todo en contravención directa de nuestras instituciones.

47

El emperador Carlos V firmó un pacto con los descubridores, conquistadores y pobladores de América, que, como dice Guerra, es nuestro contrato social. Los reyes de España convinieron solemnemente con ellos que lo ejecutasen por su cuenta y riesgo, prohibiéndoseles hacerlo a costa de la real hacienda, y por esta razón se les concedía que fuesen señores de la tierra; que organizasen la administración y ejerciesen la judicatura en apelación, con otras muchas exenciones y privilegios que sería prolijo detallar. El rey se comprometió a no enajenar jamás las provincias americanas, como que a él no tocaba otra jurisdicción que la del alto dominio, siendo una especie de propiedad feudal la que allí tenían los conquistadores para sí y sus descendientes. Al mismo tiempo existen leyes expresas que favorecen casi exclusivamente a los naturales del país, originarios de España, en cuanto a los empleos civiles, eclesiásticos y de rentas. Por manera que con una violación manifiesta de las leyes y de los pactos subsistentes, se han visto despojados aquellos naturales de la autoridad constitucional que les daba su código.

48

De cuanto he referido, será fácil colegir que la América no estaba preparada para desprenderse de la metrópoli, como súbitamente sucedió por el efecto de las ilegítimas cesiones de Bayona, y por la inicua guerra que la Regencia nos declaró sin derecho alguno para ello, no sólo por la falta de justicia, sino también de legitimidad. Sobre la naturaleza de los gobiernos españoles, sus decretos conminatorios y hostiles y el curso entero de su desesperada conducta, hay escritos del mayor mérito en el periódico «El Español», cuyo autor es el señor Blanco; y estando allí esta parte de nuestra historia muy bien tratada, me limito a indicarlo.

49

Los americanos han subido de repente, sin los conocimientos previos y, lo que es más sensible, sin la práctica de los negocios públicos, a representar en la escena del mundo las eminentes dignidades de legisladores, magistrados, administradores del erario, diplomáticos, generales y cuantas autoridades supremas y subalternas forman la jerarquía de un Estado organizado con regularidad.

50

Cuando las águilas francesas sólo respetaron los muros de la ciudad de Cádiz, y con su vuelo arrollaron los frágiles gobiernos de la Península, entonces quedamos en la orfandad. Ya antes habíamos sido entregados a la merced de un usurpador extranjero. Después, lisonjeados con la justicia que se nos debía, con esperanzas halagüeñas siempre burladas; por último, inciertos sobre nuestro destino futuro, y amenazados por la anarquía, a causa de la falta de un gobierno legítimo, justo y liberal, nos precipitamos en el caos de la revolución.

51

En el primer momento sólo se cuidó de proveer a la seguridad interior, contra los enemigos que encerraba nuestro seno. Luego se extendió a la seguridad exterior; se establecieron autoridades, que sustituimos a las que acabábamos de deponer, encargadas de dirigir el curso de nuestra revolución y de aprovechar la coyuntura feliz en que nos fuese posible fundar un gobierno constitucional digno del presente siglo y adecuado a nuestra situación.

52

Todos los nuevos gobiernos marcaron sus primeros pasos con el establecimiento de Juntas populares. Éstas formaron en seguida reglamentos para la convocación de congresos que produjeron alteraciones importantes.

53

Venezuela erigió un gobierno democrático y federal, declarando previamente los derechos del hombre, manteniendo el equilibrio de los poderes y estatuyendo leyes generales en favor de la libertad civil, de imprenta y otras; finalmente se constituyó un gobierno independiente.

54

La Nueva Granada siguió con uniformidad los establecimientos políticos y cuantas reformas hizo Venezuela, poniendo por base fundamental de su constitución el sistema federal más exagerado que jamás existió; recientemente se ha mejorado con respecto al Poder Ejecutivo general, que ha obtenido cuantas atribuciones le corresponden. Según entiendo, Buenos Aires y Chile han seguido esta misma línea de operaciones; pero como nos hallamos a tanta distancia, los documentos son tan raros y las noticias tan inexactas, que no me animaré ni aun a bosquejar el cuadro de sus transacciones.

55

Los sucesos de México han sido demasiado varios, complicados, rápidos y desgraciados para que se puedan seguir en el curso de su revolución. Carecemos además de documentos bastante instructivos que nos hagan capaces de juzgarlos. Los independientes de México, por lo que sabemos, dieron principio a su insurrección en septiembre de 1810, y un año después ya tenían centralizado su gobierno en Zitácuaro, instalada allí una Junta nacional, bajo los auspicios de Fernando VII, en cuyo nombre se ejercían las funciones gubernativas. Por los acontecimientos de la guerra, esta Junta se trasladó a diferentes lugares, y es verosímil que se haya conservado hasta estos últimos momentos con las modificaciones que los sucesos hayan exigido. Se dice que ha creado un generalísimo o dictador, que lo es el ilustre general Morelos; otros hablan del célebre general Rayón; lo cierto es que uno de estos dos hombres, o ambos separadamente, ejercen la autoridad suprema en aquel país; y recientemente ha aparecido una Constitución para el régimen del Estado. En marzo de 1812 el Gobierno residente en Zultepec presentó un plan de paz y guerra al virrey de México, concebido con la más profunda sabiduría. En él se reclamó el derecho de gentes, estableciendo principios de una exactitud incontestable. Propuso la Junta que la guerra se hiciese como entre hermanos y conciudadanos, pues que no debía ser más cruel que entre naciones extranjeras; que los derechos de gentes y de guerra, inviolables para los mismos infieles y bárbaros, debían serlo más para cristianos, sujetos a un soberano y a unas mismas leyes; que los prisioneros no fuesen tratados como reos de lesa majestad, ni se degollasen los que rendían las armas, sino que se mantuviesen en rehenes para canjearlos; que no se entrase a sangre y fuego en las poblaciones pacíficas; no las diezmasen ni quitasen para sacrificarlas, y concluye que, en caso de no admitirse este plan, se observarían rigurosamente las represalias. Esta negociación se trató con el más alto desprecio; no se dio respuesta a la Junta nacional; las comunicaciones originales se quemaron públicamente en la plaza de México por manos del verdugo, y la guerra de exterminio continuó por parte de los españoles con su furor acostumbrado, mientras que los mexicanos y las otras naciones americanas no la hacían, ni aun a muerte, con los prisioneros de guerra que fuesen españoles. Aquí se observa que por causas de conveniencia se conservó la apariencia de sumisión al rey y aun a la constitución de la monarquía. Parece que la Junta nacional es absoluta en el ejercicio de las funciones legislativas, ejecutivas y judiciales, y el número de sus miembros muy limitado.

56

Los acontecimientos de la Tierra Firme nos han probado que las instituciones perfectamente representativas no son adecuadas a nuestro carácter, costumbres y luces actuales.

57

En Caracas, el espíritu del partido tomó su origen en las sociedades, asambleas y elecciones populares; y estos partidos nos tornaron a la esclavitud. Y así como Venezuela ha sido la República americana que más se ha adelantado en sus instituciones políticas, también ha sido el más claro ejemplo de la ineficacia de la forma democrática y federal para nuestros nacientes Estados.

58

En Nueva Granada, las excesivas facultades de los gobiernos provinciales y la falta de centralización, en general, han conducido aquel precioso país al estado a que se ve reducido en el día. Por esta razón sus débiles enemigos se han conservado contra todas las probabilidades.

59

En tanto que nuestros compatriotas no adquieran los talentos y las virtudes políticas que distinguen a nuestros hermanos del Norte, los sistemas enteramente populares, lejos de sernos favorables, temo mucho que vengan a ser nuestra ruina. Desgraciadamente estas cualidades parecen estar muy distantes de nosotros en el grado que se requiere, y por el contrario, estamos dominados de los vicios que se contraen bajo la dirección de una nación como la española, que sólo ha sobresalido en fiereza, ambición, venganza y codicia.

60

«Es más difícil, dice Montesquieu, sacar un pueblo de la servidumbre, que subyugar uno libre». Esta verdad está comprobada por los anales de todos los tiempos, que nos muestran las más de las naciones libres, sometidas al yugo, y muy pocas de las esclavas recobran su libertad.

61

A pesar de este convencimiento, los meridionales de este continente han manifestado el conato de conseguir instituciones liberales y aun perfectas; sin duda por el efecto del instinto que tienen todos los hombres de aspirar a su mejor felicidad posible; la que se alcanza infaliblemente en las sociedades civiles, cuando ellas están fundadas sobre las bases de la justicia, de la libertad y de la igualdad. Pero ¿seremos nosotros capaces de mantener en su verdadero equilibrio la difícil carga de una República? ¿Se puede concebir que un pueblo recientemente desencadenado se lance a la esfera de la libertad sin que, como a Ícaro, se le deshagan las alas y recaiga en el abismo? Tal prodigio es inconcebible, nunca visto. Por consiguiente, no hay un raciocinio verosímil que nos halague con esta esperanza.

62

Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria. Aunque aspiro a la perfección del gobierno de mi patria, no puedo persuadirme que el Nuevo Mundo sea por el momento regido por una gran República; como es imposible, no me atrevo a desearlo, y menos deseo una monarquía universal de América, porque este proyecto, sin ser útil, es también imposible. Los abusos que actualmente existen no se reformarían y nuestra regeneración sería infructuosa.

63

Los Estados americanos han menester de los cuidados de gobiernos paternales que curen las llagas y las heridas del despotismo y la guerra. La metrópoli, por ejemplo, sería México, que es la única que puede serlo por su poder intrínseco, sin el cual no hay metrópoli. Supongamos que fuese el istmo de Panamá, punto céntrico para todos los extremos de este vasto continente, ¿no continuarían estos en la languidez y aun en el desorden actual? Para que un solo Gobierno dé vida, anime, ponga en acción todos los resortes de la prosperidad pública, corrija, ilustre y perfeccione al Nuevo Mundo, sería necesario que tuviese las facultades de un Dios, y cuando menos, las luces y virtudes de todos los hombres.

64

El espíritu de partido que al presente agita a nuestros Estados, se encendería entonces con mayor encono, hallándose ausente la fuente del poder, que únicamente puede reprimirlo. Además, los magnates de las capitales no sufrirían la preponderancia de los metropolitanos, a quienes considerarían como a otros tantos tiranos: sus celos llegarían hasta el punto de comparar a estos con los odiosos españoles. En fin, una monarquía semejante sería un coloso deforme, que su propio peso desplomaría a la menor convulsión.

65

M. de Pradt ha dividido sabiamente a la América en quince a diez y siete Estados independientes entre sí, gobernados por otros tantos monarcas. Estoy de acuerdo en cuanto a lo primero, pues la América comporta la creación de diez y siete naciones; en cuanto a lo segundo, aunque es más fácil conseguirlo es menos útil, y así no soy de la opinión de las monarquías americanas. He aquí mis razones: el interés bien entendido de una República se circunscribe en la esfera de su conservación, prosperidad y gloria. No ejerciendo la libertad imperio, porque es precisamente su opuesto, ningún estimulo excita a los republicanos a extender los términos de su nación en detrimento de sus propios medios, con el único objeto de hacer participar a sus vecinos de una constitución liberal. Ningún derecho adquieren, ninguna ventaja sacan venciéndolos; a menos que los reduzcan a colonias, conquistas o aliados, siguiendo el ejemplo de Roma.

66

Máximas y ejemplos tales están en oposición directa con los principios de justicia de los sistemas republicanos, y aun diré más, en oposición manifiesta con los intereses de los ciudadanos; porque un Estado demasiado extenso en sí mismo o por sus dependencias, al cabo viene en decadencia y convierte su forma libre en otra tiránica; relaja los principios que deben conservarla y ocurre por último al despotismo.

67

El distintivo de las pequeñas repúblicas es la permanencia, el de las grandes es vario; pero siempre se inclina al imperio. Casi todas las primeras han tenido una larga duración; de las segundas, sólo Roma se mantuvo algunos siglos, pero fue porque era república la capital y no lo era el resto de sus dominios, que se gobernaban por leyes e instituciones diferentes.

68

Muy contraria es la política de un rey cuya inclinación constante se dirige al aumento de sus posesiones, riquezas y facultades, con razón, porque su autoridad crece con estas adquisiciones, tanto con respecto a sus vecinos como a sus propios vasallos, que temen en él un poder tan formidable, cuanto es su imperio que se conserva por medio de la guerra y de las conquistas.

69

Por estas razones pienso que los americanos ansiosos de paz, ciencias, artes, comercio y agricultura, preferirían las repúblicas a los reinos, y me parece que estos deseos se conforman con las miras de la Europa.

70

No convengo en el sistema federal entre los populares y representativos, por ser demasiado perfecto y exigir virtudes y talentos políticos muy superiores a los nuestros; por igual razón rehúso la monarquía mixta de aristocracia y democracia, que tanta fortuna y esplendor ha procurado a la Inglaterra. No siéndonos posible lograr entre las repúblicas y monarquías lo más perfecto y acabado, evitemos caer en anarquías demagógicas, o en tiranías monócratas. Busquemos un medio entre extremos opuestos que nos conducirían a los mismos escollos, a la infelicidad y al deshonor.

71

Voy a arriesgar el resultado de mis cavilaciones sobre la suerte futura de la América; no la mejor, sino la que sea más asequible.

72

Por la naturaleza de las localidades, riquezas, poblaciones y carácter de los mexicanos, imagino que intentarán al principio establecer una República representativa, en la cual tenga grandes atribuciones el Poder Ejecutivo, concentrándolo en un individuo que, si desempeña sus funciones con acierto y justicia, casi naturalmente vendrá a conservar una autoridad vitalicia. Si su incapacidad o violenta administración excita una conmoción popular que triunfe, este mismo Poder Ejecutivo quizás se difundirá en una Asamblea. Si el partido preponderante es militar o aristocrático, exigirá probablemente una monarquía que al principio será limitada y constitucional, y después inevitablemente declinará en absoluta; pues debemos convenir en que nada hay más difícil en el orden político que la conservación de una monarquía mixta; y también es preciso convenir en que sólo un pueblo tan patriota como el inglés es capaz de tener la autoridad de un rey, y de sostener el espíritu de libertad bajo un cetro y una corona.

73

Los Estados del istmo de Panamá hasta Guatemala formarán quizá una asociación. Esta magnífica posición entre los dos grandes mares podrá ser con el tiempo el emporio del universo; sus canales acortarán las distancias del mundo; estrecharán los lazos comerciales de Europa, América y Asia; traerán a tan feliz región los tributos de las cuatro partes del globo. ¡Acaso sólo allí podrá fijarse algún día la capital de la Tierra! Como pretendió Constantino que fuese Bizancio la del antiguo hemisferio.

74

La Nueva Granada se unirá con Venezuela, si llegan a convenirse en formar una República central, cuya capital sea Maracaibo o una nueva ciudad, que con el nombre de Las Casas, en honor de este héroe de la filantropía, se funde entre los confines de ambos países, en el soberbio puerto de Bahía Honda. Esta posición, aunque desconocida, es más ventajosa por todos aspectos. Su acceso es fácil y su situación tan fuerte, que puede hacerse inexpugnable. Posee un clima puro y saludable, un territorio tan propio para la agricultura como para la cría de ganado, y una grande abundancia de maderas de construcción. Los salvajes que la habitan serían civilizados, y nuestras posesiones se aumentarían con la adquisición de la Guajira. Esta nación se llamaría Colombia, como un tributo de justicia y gratitud al creador de nuestro hemisferio. Su gobierno podrá imitar al inglés; con la diferencia de que en lugar de un rey, habrá un Poder Ejecutivo electivo, cuando más vitalicio, y jamás hereditario, si se quiere República: una Cámara o Senado legislativo hereditario, que en las tempestades políticas se interponga entre las olas populares y los rayos del Gobierno, y un Cuerpo Legislativo de libre elección, sin otras restricciones que las de la Cámara Baja de Inglaterra. Esta Constitución participaría de todas formas, y yo deseo que no participe de todos los vicios; como esta es mi patria, tengo un derecho incontestable para desearla lo que en mi opinión es mejor. Es muy posible que la Nueva Granada no convenga en el reconocimiento de un gobierno central, porque es en extremo adicta a la federación; y entonces formaría por sí sola un Estado que, si subsiste, podrá ser muy dichoso por sus grandes recursos de todo género.

75

Poco sabemos de las opiniones que prevalecen en Buenos Aires, Chile y el Perú; juzgando por lo que se trasluce y por las apariencias, en Buenos Aires habrá un gobierno central en que los militares se lleven la primacía por consecuencia de sus divisiones intestinas y guerras externas. Esta constitución degenerará necesariamente en una oligarquía o una monocracia, con más o menos restricciones y cuya denominación nadie puede adivinar. Sería doloroso que tal cosa sucediese, porque aquellos habitantes son acreedores a la más espléndida gloria.

76

El reino de Chile está llamado por la naturaleza de su situación, por las costumbres inocentes y virtuosas de sus moradores, por el ejemplo de sus vecinos, los fieros republicanos del Arauca, a gozar de las bendiciones que derraman las justas y dulces leyes de una República. Si alguna permanece largo tiempo en América, me inclino a pensar que será la chilena. Jamás se ha extinguido allí el espíritu de libertad; los vicios de la Europa y del Asia llegarán tarde o nunca a corromper las costumbres de aquel extremo del universo. Su territorio es limitado, estará siempre fuera del contacto inficionado del resto de los hombres; no alterarán sus leyes, usos y prácticas; preservará su uniformidad en opiniones políticas y religiosas; en una palabra, Chile puede ser libre.

77

El Perú, por el contrario, encierra dos elementos enemigos de todo régimen justo y liberal: oro y esclavos. El primero lo corrompe todo; el segundo está corrompido por sí mismo. El alma de un siervo rara vez alcanza a apreciar la sana libertad; se enfurece en los tumultos o se humilla en las cadenas.

78

Aunque estas reglas serían aplicables a toda la América, creo que con más justicia las merece Lima, por los conceptos que he expuesto y por la cooperación que ha prestado a sus señores contra sus propios hermanos, los ilustres hijos de Quito, Chile y Buenos Aires. Es constante que el que aspira a obtener la libertad, a lo menos lo intenta. Supongo que en Lima no tolerarán los ricos la democracia; ni los esclavos y pardos libertos la aristocracia; los primeros preferirán la tiranía de uno solo, por no padecer las persecuciones tumultuarias y por establecer un orden siquiera pacífico. Mucho hará si consigue recobrar su independencia.

79

De todo lo expuesto podemos deducir estas consecuencias: las provincias americanas que se hallan lidiando por emanciparse, al fin obtendrán el suceso; algunas se constituirán de un modo regular en repúblicas federales y centrales; se fundarán monarquías, casi inevitablemente, en las grandes secciones, y algunas serán tan infelices que devorarán sus elementos ya en la actual, ya en las futuras revoluciones. Una gran monarquía no será fácil consolidar; una gran república, imposible.

80

Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes Estados que hayan de formarse; mas no es posible, porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres desemejantes, dividen a la América.

81

¡Qué bello sería que el istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos!

82

Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto Congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios, a tratar y discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra con las naciones de las otras tres partes del mundo.

83

Esta especie de corporación podrá tener lugar en alguna época dichosa de nuestra regeneración; otra esperanza es infundada, semejante a la del abate St. Pierre, que concibió el laudable delirio de reunir un congreso europeo para decidir de la suerte y de los intereses de aquellas naciones.

Y, volviendo a su carta, dice usted:

84

«Mutaciones importantes y felices pueden ser frecuentemente producidas por efectos individuales». Los americanos meridionales tienen una tradición que dice que cuando Quetzalcóatl, el Hermes o Buda de la América del Sur, resignó su administración y los abandonó, les prometió que volvería después que los siglos designados hubiesen pasado, y que restablecería su Gobierno y renovaría su felicidad. ¿Esta tradición no opera y excita una convicción de que muy pronto debe volver? ¿Concibe usted cuál será el efecto que produciría si un individuo, apareciendo entre ellos, demostrase los caracteres de Quetzalcóatl, el Buda o Bosque de México del cual han hablado tanto las otras naciones? ¿No cree usted que esto inclinaría todas las partes? ¿No es la unión todo lo que se necesita para ponerlos en estado de expulsar a los españoles, sus tropas y los partidarios de la corrompida España, para hacerles capaces de establecer un imperio poderoso con un gobierno libre y leyes benévolas?

85

Pienso, como usted, que causas individuales pueden producir resultados generales, sobre todo en las revoluciones. Pero no es el héroe, gran profeta, o dios del Anáhuac, Quetzalcóatl, el que es capaz de operar los prodigiosos beneficios que usted propone. Este personaje es apenas conocido del pueblo mexicano, y no ventajosamente, porque tal es la suerte de los vencidos, aunque sean dioses.

86

Sólo los historiadores y literatos se han ocupado cuidadosamente en investigar su origen, verdadera o falsa misión, sus profecías y el término de su carrera. Se disputa si fue un apóstol de Cristo o bien un pagano. Unos suponen que su nombre quiere decir Santo Tomás; otros que Culebra Emplumajada; y otros dicen que es el famoso profeta de Yucatán, Chilan-Cambal. En una palabra, los más de los autores mexicanos, polémicos e historiadores profanos, han tratado con más o menos extensión la cuestión sobre el verdadero carácter de Quetzalcóatl.

87

El hecho es, según dice Acosta, que él estableció una religión cuyos ritos, dogmas y misterios tenían una admirable afinidad con la de Jesús, y que quizás es la más semejante a ella. No obstante esto, muchos escritores católicos han procurado alejar la idea de que este profeta fuese verdadero, sin querer reconocer en él a un Santo Tomás, como lo afirman otros célebres autores. La opinión general es que Quetzalcóatl es un legislador divino entre los pueblos paganos del Anáhuac, del cual era lugarteniente el gran Moctezuma, derivando de él su autoridad.

88

De aquí se infiere que nuestros mexicanos no seguirían al gentil Quetzalcóatl, aunque apareciese bajo las formas más idénticas y favorables, pues que profesan una religión la más intolerante y exclusiva de las otras.

89

Felizmente, los directores de la independencia de México se han aprovechado del fanatismo con el mejor acierto, proclamando a la famosa Virgen de Guadalupe por reina de los patriotas, invocándola en todos los casos arduos y llevándola en sus banderas. Con esto, el entusiasmo político ha formado una mezcla con la religión, que ha producido un fervor vehemente por la sagrada causa de la libertad. La veneración de esta imagen en México es superior a la más exaltada que pudiera inspirar el más diestro profeta.

90

Seguramente, la unión es la que nos falta para completar la obra de nuestra regeneración. Sin embargo, nuestra división no es extraña, porque tal es el distintivo de las guerras civiles formadas generalmente entre dos partidos: conservadores y reformadores. Los primeros son por lo común más numerosos, porque el imperio de la costumbre produce el efecto de la obediencia a las potestades establecidas; los últimos son siempre menos numerosos, aunque más vehementes e ilustrados. De este modo, la masa física se equilibra con la fuerza moral y la contienda se prolonga, siendo sus resultados muy inciertos. Por fortuna, entre nosotros la masa ha seguido a la inteligencia.

91

Yo diré a usted lo que puede ponernos en aptitud de expulsar a los españoles y de fundar un gobierno libre. Es la unión, ciertamente; mas esta unión no nos vendrá por prodigios divinos, sino por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. La América está encontrada entre sí, porque se halla abandonada de todas las naciones, aislada en medio del universo, sin relaciones diplomáticas ni auxilios militares, y combatida por la España, que posee más elementos para la guerra que cuantos nosotros furtivamente podemos adquirir.

92

Cuando los sucesos no están asegurados, cuando el Estado es débil, y cuando las empresas son remotas, todos los hombres vacilan, las opiniones se dividen, las pasiones se agitan y los enemigos las animan para triunfar por este fácil medio. Luego que seamos fuertes, bajo los auspicios de una nación liberal que nos preste su protección, se nos verá de acuerdo cultivar las virtudes y los talentos que conducen a la gloria; entonces seguiremos la marcha majestuosa hacia las grandes prosperidades a que está destinada la América meridional; entonces las ciencias y las artes que nacieron en el Oriente y han ilustrado la Europa, volarán a Colombia libre, que las convidará con un asilo.

93

Tales son, señor, las observaciones y pensamientos que tengo el honor de someter a usted, para que los rectifique o deseche, según su mérito, suplicándole se persuada que me he atrevido a exponerlos, más por no ser descortés que porque me crea capaz de ilustrar a usted en la materia.

— o o o —

El fin que me he propuesto es la mensura del Libertador de Suramérica, para determinar en qué grado de conciencia vivía fundamentalmente.

La Carta de Jamaica es su obra escrita más importante, pues en ella está en germen el Discurso de Angostura, la Constitución boliviana, la confederación suramericana y el Congreso de Panamá. Están ahí, vividos emotivamente, la apertura del istmo de Panamá, la Liga de las Naciones y el destino de todos los países de América.

La acepción en que toman el vocablo romanticismo al aplicarlo a Bolívar es la de propensión a lo sentimental y fantástico. Es cierto, si por fantástico se entiende la realidad futura, pues fue el realizador. Es cierto, si por sentimental se entiende que la acción proviene de la emoción: el Libertador creaba en sí mismo y en los demás la emoción precisa para el cumplimiento de su destino; pero jamás soñó vanamente; soñó para diez siglos; sus escritos y actos están preñados, a lo menos, para ese tiempo.

A romántico opongo yo matemático: su estilo era el propio para Suramérica, para cada circunstancia y para cada destinatario.

Es preciso tener muy presente que no escribió sino con vista a su fin libertador; que ningún acto de su vida se ejecutó sino con destino a su obra; aun los actos subconscientes. Sucede con estos hombres extraordinarios que a veces su conciencia no es capaz de comprender la unidad de su obra subconsciente; por eso el Libertador se burlaba a ratos de sus proyectos y renegaba de ellos. Este es un aspecto muy interesante de la vida del hombre, que después estudiaré.

Las circunstancias del nacimiento de Bolívar y de la educación que recibió en el campo, dentro del aire, del agua, en medio de los árboles, domando toda la naturaleza, fueron con destino a su obra de Libertador.

Su vida en España, sus amores con Teresa del Toro y todas las heridas que eso produjo en su amor propio, fueron con destino a su obra.

Su vida en París, su encuentro con Napoleón y sus viajes a pie en compañía de Simón Rodríguez, hablando de libertad…

Su amistad con Humboldt y Bonpland, nuevos descubridores de América…

Su constitución física… Todo él fue hechura con destino a la obra libertadora. Unidad perfecta; todo en el universo lo es, pero únicamente cuando uno logra compenetrarse con las circunstancias de una vida, revivirlas emotivamente, se da cuenta de la suprema necesidad que preside la historia de los hombres.

Romanticismo, en su acepción vulgar, significa falta de sinceridad, lirismo gramático. En Bolívar, sus escritos, sus actos, sus gestos y actitudes son él mismo, y él se unifica con la emancipación americana.

En Curazao, en 1812, asimila las enseñanzas de su aprendizaje con el general Miranda, y escribe el Manifiesto.

En 1815 medita y asimila sus experiencias anteriores y escribe La Carta de las Profecías.

Estos aislamientos son el retiro que precede a toda gran obra; equivalen a los días de ayuno de Jesucristo en el desierto. Todo realizador tiene su destierro voluntario antes de la obra, para cumplir con la ley que rige la acción humana:

Saber claramente lo que se desea.

He enumerado los párrafos de la Carta, de 1 a 93.

En ese año de 1815 los americanos estaban sometidos a España; apenas existían pequeños focos de insurrección. La Carta tuvo por finalidad propagar la emancipación americana en el mundo, especialmente entre los ingleses, mostrándoles la existencia de un gran lote de tierra en donde traficar, pues a los ingleses no los mueve sino la idea de la compraventa.

En el segundo párrafo llama patria a toda América, y a ésta la llama Colombia, en el penúltimo.

En el tercer párrafo resalta el estilo matemático.

Párrafos 5 a 11: La creación del odio como instrumento; el odio creado por un hombre que jamás odió, que tenía amigos españoles y que sabía y afirmaba que estos eran los llamados a poblar a Suramérica.

Las premisas son estas: la lucha era civil, entre americanos; sólo unos cuantos criollos nobles deseaban la emancipación. De ahí que fuera preciso separar psicológicamente a España de América, antes de poderlas separar políticamente. ¿Cuál era el medio? Crear entre españoles y americanos un odio más grande que el océano Atlántico; decretar, como lo hizo en 1813, la guerra a muerte.

Un hombre todo organizado para emancipar a América, un hombre que tiene la conciencia del continente, es el que puede darse como fin de su vida la libertad americana, y que al ver que sus conciudadanos no la desean, adopta como medio separar a España de América por un mar de sangre y crueldades.

Intentar polémica al Libertador, como lo han pretendido algunos, para defender el régimen colonial, es no entenderlo: Bolívar no escribía historia, sino que hacía vida. De 1813 a 1816, casi perdido el espíritu de emancipación, todo lo que se hiciera para separarnos de España psicológicamente, era magnífico, dado el fin propuesto. ¿Que en 1813 Antonio Briceño y otros proponen que por cada número de cabezas españolas se dé un grado militar? Aprobado, porque esta es la ley de la acción:

  1. Saber lo que se desea.
  2. Desearlo como al aire el que se ahoga, y
  3. Pagar el precio.

Las mentes dispersas no entienden. Buscan la verdad en sí; se creen amancebados con la verdad. Marius André, por ejemplo, se entrega a polémica contra el Libertador para comprobar que los criollos no eran tan maltratados por España. ¡Qué vulgaridad ante esos seis párrafos de organización mental! Maquiavelo, al describir los modos como se ingenió César Borgia para asesinar a Vitello Vitelozzo y a sus compañeros, exclama: «¡Qué bello!». ¿Era maldad? No; era emoción ante la belleza de una mente segura, ante la fatalidad de la lógica.

¡Qué bello la creación del odio por Bolívar, que ni siquiera odió a Santander!

¡Cada palabra de esta carta me exalta!

Párrafos 12 a 21: Describe la lucha emancipadora en toda Suramérica. Respecto a México tiene esta frase: «Suelo que parece destinado a empaparse con la sangre de sus hijos».

Párrafo 22: Invoca a los comerciantes, a los ingleses, para que le ayuden y para que así puedan venir a comprar y vender a tan vasto territorio.

Hasta el párrafo 33 vuelve a tratar de España y América para crear el odio.

36 a 84: Descripción política de la América; es como una autobiografía, hecha con igual seguridad que cuando se habla de sí mismo. Leyéndola, se afirma uno en que Bolívar era el continente y que al referirse a América, hablaba de sí mismo.

Desde el párrafo 36 principian las profecías. Es vidente o profeta el que se halla tan compenetrado con otro ser que puede percibir inmediatamente, sin intermedios, como se percibe la propia existencia, sus modificaciones presentes, pasadas y futuras. Hay unificación; no existe objeto de conocimiento y sujeto conocedor. Intuición es la convivencia de otros seres en el complejo anímico.

De modo que el que intuye, siente más bien que comprende. Por eso el Libertador da principio a sus profecías así: «Todavía es más difícil presentir la suerte futura del Nuevo Mundo…». Emplea vocablos no usados hasta entonces con la significación que él les da: deseo racional; presentir la suerte futura, etc.

40 a 48: Está allí explicado cómo la emancipación fue una lucha civil entre los criollos, hijos de los conquistadores, contra españoles, mulatos y negros, para reivindicar la tiranía activa. ¡Cuán hermoso esto de tiranía activa! Nada del indio ni del negro, y por eso los mulatos y los negros fueron los sostenedores de Fernando VII al grito de: «¡Viva Fernando VII; abajo los blancos!».

48 y 49: Deduce que América, por la obscuridad en que se la mantuvo y por su falta de experiencia, no estaba preparada para la emancipación. Y en los siguientes, hasta el 70, muestra los fracasos sufridos a causa del idealismo de los revolucionarios. Examina las varias formas de gobierno y termina con su idea genial y perenne de los gobiernos paternales, que en verdad son los únicos propios para Suramérica, la cual no ha querido aceptarlos abiertamente, y por eso dominan en ella las tiranías y las anarquías.

En el párrafo 71 principian las profecías sobre cada uno de los países de Centro y Suramérica.

Chile debería escribir en su escudo el hermoso párrafo que le dedicó el Libertador y que termina con esta frase: «… en una palabra, Chile puede ser libre». Tal como la describe el Libertador ha sido la historia de los países suramericanos; oligarquías, revoluciones, dictaduras, anarquías de vocabulario legalista como la de siempre en Colombia.

¿Cuál de estos párrafos es más interesante, más digno de meditación, para nosotros que los leemos después de ciento quince años de escritos?

El concienciámetro nos revela a Bolívar como poseedor de la conciencia continental nítida.

Obsérvese que en esta Carta están la Constitución que recomendó en Angostura en el año de 1819, y la que posteriormente dio a Bolivia y recomendó a la Gran Colombia.

Ante semejante unidad de pensamiento, ¿cómo pudo tomarse esta Constitución como una prueba de que el Libertador se había hecho ambicioso de poder?

Él sabía en 1815 que Venezuela y Nueva Granada se unirían; sabía su separación posterior y las causas de ella, pero ¡cosa terrible!: dudaba de que la Nueva Granada pudiera subsistir… ¿Por qué no meditan en esto los presidentes y políticos que están entregando el país a los agentes yanquis importados con el nombre de expertos?

Los párrafos 80 a 83 contienen la idea de la confederación americana y del Congreso de Panamá. «¡Qué bello sería que el istmo de Panamá fuese para nosotros lo que es el de Corinto para los griegos!». ¿En dónde está el istmo? Se convirtió en 25 millones, que fueron otras tantas veinticinco prostituciones. ¿En dónde está el istmo…?

La Carta se escribió para un amigo de América, el duque de Mánchester, según parece con el fin de ilustrarlo acerca de la revolución, sus fines, sus probabilidades y la suerte futura del continente. Este corresponsal insinuó un medio místico para obtener el triunfo: la resurrección de Quetzalcóatl, el dios del Anáhuac. «Este personaje —contesta Bolívar— es apenas conocido del pueblo americano, y no ventajosamente, porque tal es la suerte de los vencidos, aunque sean dioses».

En esos últimos párrafos, al contestar a tal insinuación, fuera de la belleza literaria y de razonamiento que contienen, repite Bolívar una de las verdades esenciales de la emancipación: que fue obra de los criollos, para reivindicar la tiranía activa de los conquistadores, y que en ello nada tenía que ver la raza india. De ahí sus críticas posteriores al poeta Olmedo porque en su oda a Junín resucitaba incas que contemplaban la batalla. Esta oda sí es literatura americana, falta de realidad, literatura gramática. La Virgen de Guadalupe, dice Bolívar, con inteligencia más lógica que la de Maquiavelo, es la reina de los patriotas; invocándola, y llevándola en nuestras banderas, el entusiasmo político formará una mezcla con la religión, que producirá un fervor vehemente por la sagrada causa de la libertad.

Todos los últimos nueve párrafos merecen figurar en un texto de lógica política.

Cada palabra de esta Carta me exalta, y me exalta el ver la seguridad y precisión con que el concienciámetro mide a nuestro hombre:

Conciencia continental nítida, ¡quinto grado!

Continuación de la mensura

Anoche llegamos a 1815; tiene el Libertador 32 años; la edad gloriosa del hombre son los treinta.

Antes de continuar, permitidme, amigos del Centro Cósmico, definir el nombre Libertador, aplicado a Bolívar. En mi libreta de esta mañana encuentro la definición emotiva: «Al levantarme y ver el cielo iluminado como lo está en el trópico en casi todos los amaneceres, exclamó todo mi organismo irresistiblemente: ¡Qué mañana tan hermosa!; ¡dan deseos de ir a acompañar al general Sandino a Nicaragua!».

Libertad es el estado perfecto en que el hombre no sufre coacción que le impida ascender; nótese que no digo descender, que respeto el orden. ¿Ascender a dónde? ¿Qué nos importa definirlo? Lo importante está en tener la emoción de ello, expresada con esta exclamación, o con otra parecida: ¡Dan deseos de irse a Nicaragua para acompañar al general Sandino!

Ascender. Eso es lo esencial; no importa saber a dónde; en todo caso, el que asciende va siempre a la belleza, a la ausencia de peso y densidad, a donde no hay odio.

Libertar al hombre es abrirle el camino de la propia expresión, de la futura expresión humana; que no sea explotado y rebajado, que sea ascendido, aun por la fuerza. El gobierno de la nobleza y de la dignidad en cada pueblo, con el fin de crear hombres; eso es lo que llamaba Bolívar tiranía activa. España trataba a América como un campo de producción, como un potrero, y Bolívar deseaba que fuese el mejor teatro de la expresión humana.

El hombre es el dios de la Tierra, y toda ella está destinada para su señorío, y todo hombre debe ser un señor. Allí está el ideal bolivariano. Que no haya pueblos ni hombres oprimidos por otros; que todos sean libres para llegar a expresarse cada vez mejor. La tiranía activa es el derecho que reside en cada pueblo para obligarse a sí mismo a ser teatro de la gloria humana.

De mayo de 1815 a diciembre de 1817 permaneció el Libertador en el hermoso mar de las Antillas entregado a la meditación, a la propaganda universal y a la realización de su obra. Toda conciencia fuerte forma un vórtice al universo y atrae la energía en su ayuda. A pesar de que ni Francia, ni Inglaterra, ni la América del Norte le pudieron ayudar oficialmente, en Jamaica principió a imponerse al universo la obra bolivariana. En las personas de Luis Brion, Petion, Pavageau y Maxwell Hyslop, comenzó a llegarle la energía terrestre que pugna por elevar la humanidad a mejores estados de conciencia; allí se hizo dueño de la simpatía europea; el duque de Mánchester, gobernador de la isla, al ver sentado a su mesa a este hombre poseído por un ideal y sin un centavo, escribía a Londres que en el general Bolívar «la llama había consumido al aceite».

Luis Brion suministró un buque, y algunos extranjeros el dinero necesario para ir a socorrer a Cartagena; pero ya había caído en manos de Morillo, y así, mientras éste sometía completamente la Nueva Granada, y mientras que en Venezuela no quedaban sino grupos pequeños y aislados de guerrilleros sin ningún ideal determinado, Bolívar se retiró a Haití.

En esta isla fue donde ocurrió el fenómeno de la atracción que ejerce toda conciencia fuerte: es curioso que en ese grupito de 250 hombres, casi todos oficiales, que salieron de los Cayos de San Luis, en Haití, estuviera todo el futuro ejército libertador, los futuros contingentes ingleses, la Gran Colombia, la confederación americana, la simpatía universal.

Porque únicamente quedaban en Venezuela núcleos de guerrilleros, dispersos y sin conciencia de patria: Zaraza, Monagas…, eran gentes que luchaban porque se habían acostumbrado, por la rapiña, por odio, sin orden ninguno.

Reunir esas fieras, conservarlas en orden, fue la obra de Bolívar de 1816 a 1819, en que comenzó el triunfo. Allí fue donde verdaderamente se mostró la agilidad y la seguridad de su mente.

La expedición de los Cayos de San Luis tenía en germen todas las características de la futura lucha de emancipación: atentados contra la autoridad, etc. Desde allí se protestó contra la jefatura de Bolívar, y llegados al continente se fueron Piar y Mariño a obrar por su cuenta.

Es curioso que el general Perú de Lacroix, quien después había de escribir el Diario de Bucaramanga (el mejor documento psíquico sobre el Libertador), fuera uno de los que protestaron contra la autoridad de Bolívar.

Tuvo que volverse de la costa venezolana y lo llamaron de nuevo: era una fuerza que atraía y que al mismo tiempo rechazaba a aquellos pobres guerrilleros sin ideal.

Esto explica las características de su correspondencia: perdonarlos, alabarlos, halagarlos; una terrible lucha psicológica con los americanos, al mismo tiempo que guerreaba. No puede uno explicarse el prodigio de psicología de haber logrado tener unidos y sujetos a Páez, Bermúdez, Zaraza, Monagas, Santander…; de haber logrado someter en algo a Mariño. Esos guerrilleros eran unas fieras. Iban desnudos y luchaban con lanzas que llamaban púas, hechas de madera venenosa de un árbol, el píritu.

Precisamente, Bolívar al atraerse a los piratas extranjeros y al ganarse la simpatía de las Antillas, hizo posible la provisión de armas y municiones para esas fieras desnudas.

Y a estos hombres feroces les hablaba Bolívar de una nación más grande que todas las pasadas, presentes y futuras, en lenguaje más solemne que el de un profeta. Los llamaba los bravos de los bravos de Venezuela, y les decía: «¿No volarán ustedes a romper los grillos de los otros hermanos que sufren la tiranía enemiga? Sí, sí; ustedes volarán conmigo hasta el rico Perú». Los que iban a volar hasta el rico Perú no sabían leer, comían con la mano y no tenían otra patria que su aldea. Bolívar los acariciaba en su correspondencia típica de agilidad psicológica, pero, a veces, como en el caso de Piar, cuando se mostraban demasiado feroces, los fusilaba.

En el año de 1817 logró internarse en la provincia de Guayana y, dueño ya del Orinoco, se expandía su conciencia por todo el continente: «Ustedes me acompañarán, decía a sus soldados, a Santafé y al Perú, a los confines de América». Metido en un pantano del río, derrotado, explicaba a sus compañeros, en Casacoima, cerca a Guayana Vieja, las futuras campañas libertadoras por todo el continente.

Aislado en un rincón de Venezuela, pero dueño de él, bregando para que no se le separaran sus guerrilleros, su conciencia se dilataba, y desde Angostura escribía en 1818 a Juan Martín Pueyrredón al Río de la Plata (Argentina): «Luego que el triunfo de las armas de Venezuela complete la obra de su independencia, o que circunstancias más favorables nos permitan comunicaciones más frecuentes y relaciones más estrechas, nosotros nos apresuraremos con el más vivo interés a entablar por nuestra parte el Pacto americano, que, formando de todas nuestras repúblicas un Cuerpo político, presente la América al mundo con un aspecto de majestad y grandeza sin ejemplo en las naciones antiguas. La América así unida, si el cielo nos concede este deseado voto, podrá llamarse la reina de las naciones, la madre de las repúblicas».

A los mismos habitantes del Río de la Plata les decía en 1818, en una proclama:

«La República de Venezuela, bien que cubierta de luto, os ofrece su hermandad; y cuando, cubierta de laureles, haya extinguido los últimos tiranos que profanan su suelo, entonces os convidará a una sola sociedad, para que nuestra divisa sea: Unidad en la América meridional».

Resumiendo:

De 1815 a 1816 vivió en Jamaica y en Haití propagando su obra, dándole un aspecto universal.

De 1816 a abril de 1817 luchó psicológicamente con sus guerrilleros para unirlos y darles conciencia de patria, y penetró a la provincia de Guayana.

De 1817 a 1819 formó en los llanos del Orinoco el ejército libertador: fue predicador, maestro, guerrero, legislador, filósofo.

Entonces, para tener la satisfacción de ver formada la «Madre de las Repúblicas», para dar al mundo esa imagen, a pesar de que sólo era dueño de una parcela del territorio venezolano, reunió en febrero de 1819, en Santo Tomás de Angostura, el Congreso ante el cual pronunció su Discurso.

Lo redactó subiendo el Orinoco de San Juan de Payara hacia Angostura.

Todo en Bolívar es libertad: el modo como redactaba, el modo como pensaba, como dormía, como guerreaba.

«Acompañado Bolívar de su Estado Mayor y del Secretario de Guerra, emprendió viaje y llegó a Angostura el 8 de febrero. En los intervalos de este viaje compuso su discurso de instalación del Congreso de 1819.

Reclinándose en la hamaca durante las horas de calor opresivo del día, o en la lechera que le conducía a bordo, sobre las aguas del majestuoso Orinoco, o bien, a sus márgenes, bajo la sombra de árboles gigantescos, en las horas frescas de la noche, con una mano en el cuello de su casaca y el dedo pulgar sobre el labio superior, dictaba a su secretario, en los momentos propicios, la Constitución que preparaba para la República y la célebre alocución que ha merecido tan justa admiración de los oradores y estadistas. Las circunstancias y la situación apenas podían ser más adecuadas para despertar en un hombre de imaginación tan viva, los más elevados sentimientos.

Las márgenes del caudaloso río presentaban aquí y allí al pasajero las ruinas esparcidas de poblaciones desoladas y pruebas evidentes de la devastación de Boves. Lo grande y sublime de la escena recordaban al hombre su propia pequeñez, le inspiraban los pensamientos sublimes en que abunda aquella producción admirable». (O’Leary. Memorias).

— o o o —

Discurso de Angostura

1

Señor:

¡Dichoso el ciudadano que bajo el escudo de las armas de su mando ha convocado la soberanía nacional, para que ejerza su voluntad absoluta! Yo, pues, me cuento entre los seres más favorecidos de la Divina Providencia, ya que he tenido el honor de reunir a los representantes del pueblo de Venezuela en este augusto Congreso, fuente de la autoridad legítima, depósito de la voluntad soberana y árbitro del destino de la nación.

2

Al trasmitir a los representantes del pueblo el poder supremo que se me había confiado, colmo los votos de mi corazón, los de mis conciudadanos y los de nuestras futuras generaciones, que todo lo esperan de vuestra sabiduría, rectitud y prudencia. Cuando cumplo con este dulce deber, me liberto de la inmensa autoridad que me agobiaba, como de la responsabilidad ilimitada que pesaba sobre mis débiles fuerzas. Solamente una necesidad forzosa, unida a la voluntad imperiosa del pueblo, me había sometido al terrible y peligroso encargo de dictador, jefe supremo de la República. Pero ya respiro, devolviéndoos esta autoridad, que con tanto riesgo, dificultad y pena he logrado mantener en medio de las tribulaciones más horrorosas que pueden afligir a un cuerpo social.

3

No ha sido la época de la República que he presidido una mera tempestad política, ni una guerra sangrienta, ni una anarquía popular: ha sido sí, el desarrollo de todos los elementos desorganizadores; ha sido sí, la inundación de un torrente infernal que ha sumergido la tierra de Venezuela. Un hombre, ¡y un hombre como yo!, ¿qué diques podría oponer al ímpetu de estas devastaciones? En medio de ese piélago de angustias, no he sido más que un vil juguete del huracán revolucionario que me arrebataba como una débil paja. Yo no he podido hacer ni bien, ni mal. Fuerzas irresistibles han dirigido la marcha de nuestros sucesos. Atribuírmelos no sería justo, y sería darme una importancia que no merezco. ¿Queréis conocer los autores de los acontecimientos pasados y del orden actual? Consultad los anales de España, de América, de Venezuela; examinad las leyes de Indias, el régimen de los antiguos mandatarios, la influencia de la religión y del dominio extranjero; observad los primeros actos del Gobierno republicano, la ferocidad de nuestros enemigos y el carácter nacional.

4

No me preguntéis sobre los efectos de estos trastornos, para siempre lamentables; apenas se me puede suponer simple instrumento de los grandes móviles que han obrado sobre Venezuela. Sin embargo, mi vida, mi conducta, todas mis acciones públicas y privadas están sujetas a la censura del pueblo.

5

¡Representantes!: vosotros debéis juzgarlas. Yo someto la historia de mi mando a vuestra imparcial decisión; nada añadiré para excusarla; ya he dicho cuanto puede hacer mi apología. Si merezco vuestra aprobación, habré alcanzado el sublime título de buen ciudadano, preferible para mí al de Libertador que me dio Venezuela, al de Pacificador que me dio Cundinamarca y a los que el mundo entero pueda darme.

6

Legisladores: yo deposito en vuestras manos el mando supremo de Venezuela. Vuestro es ahora el augusto deber de consagraros a la felicidad de la República; en vuestras manos está la balanza de nuestros destinos; la medida de nuestra gloria; ellas sellarán los decretos que fijen nuestra libertad.

7

En este momento el jefe supremo de la República no es más que un simple ciudadano, y tal quiere quedar hasta la muerte. Serviré, sin embargo, en la carrera de las armas, mientras haya enemigos en Venezuela. Multitud de beneméritos hijos tiene la patria, capaces de dirigirla: talentos, virtudes, experiencia y cuanto se requiere para mandar a hombres libres, son el patrimonio de muchos de los que aquí representan el pueblo, y fuera de este soberano cuerpo se encuentran ciudadanos que en todas las épocas han mostrado valor para arrostrar los peligros, prudencia para evitarlos y el arte, en fin, de gobernarse y de gobernar a otros. Estos ilustres varones merecerán, sin duda, los sufragios del Congreso y a ellos se encargará del Gobierno, que tan cordial y sinceramente acabo de renunciar para siempre.

8

La continuación de la autoridad en un mismo individuo, frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos. Las repetidas elecciones son esenciales en los sistemas populares, porque nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle, y él se acostumbra a mandarlo, de donde se originan la usurpación y la tiranía. Un justo celo es la garantía de la libertad republicana, y nuestros ciudadanos deben temer con sobrada justicia que el mismo magistrado que los ha mandado mucho tiempo, los mande perpetuamente.

9

Ya, pues, que por este acto de mi adhesión a la libertad de Venezuela puedo aspirar a la gloria de ser contado entre sus más fieles amantes, permitidme, señor, que exponga con la franqueza de un verdadero republicano mi respetuoso dictamen en este proyecto de Constitución, que me tomo la libertad de ofreceros en testimonio de la sinceridad y del candor de mis sentimientos. Como se trata de la salud de todos, me atrevo a creer que tengo derecho para ser oído por los representantes del pueblo. Yo sé muy bien que vuestra sabiduría no ha menester de consejos, y sé también que mi proyecto acaso os parecerá erróneo, impracticable. Pero, señores, aceptad con benignidad este trabajo, que más bien es el tributo de mi sincera sumisión al Congreso, que el efecto de una levedad presuntuosa.

10

Por otra parte, siendo vuestras funciones la creación de un cuerpo político, y aun se podría decir la creación de una sociedad entera, rodeada de todos los inconvenientes que presenta una situación la más singular y difícil, quizás el grito de un ciudadano puede advertir la presencia de un peligro encubierto o desconocido.

11

Echando una ojeada sobre lo pasado, veremos cuál es la base de la República de Venezuela.

Al desprenderse la América de la monarquía española se ha encontrado semejante al imperio romano, cuando aquella enorme masa cayó dispersa en medio del antiguo mundo. Cada desmembración formó entonces una nación independiente, conforme a su situación o a sus intereses, pero con la diferencia de que aquellos miembros volvían a restablecer sus primeras asociaciones. Nosotros, ni aun conservamos los vestigios de lo que fue en otro tiempo; no somos europeos, no somos indios, sino una especie media entre los aborígenes y los españoles. Americanos por nacimiento, y europeos por derechos, nos hallamos en el conflicto de disputar a los naturales los títulos de posesión, y de mantenernos en el país que nos vio nacer contra la oposición de los invasores; así, nuestro caso es el más extraordinario y complicado. Todavía hay más: nuestra suerte ha sido siempre puramente pasiva, nuestra existencia política ha sido siempre nula, y nos hallábamos en tanta más dificultad para alcanzar la libertad, cuanto que estábamos colocados en un grado inferior al de la servidumbre, porque no solamente se nos había robado la libertad, sino también la tiranía activa y doméstica. Permítaseme explicar esta paradoja.

12

En el régimen absoluto, el poder autorizado no admite límites. La voluntad del déspota es la ley suprema, ejecutada arbitrariamente por los subalternos que participan de la opresión organizada, en razón de la autoridad de que gozan. Ellos están encargados de las funciones civiles, políticas, militares y religiosas; pero, al fin, son persas los sátrapas de Persia, son turcos los bajáes del gran señor, son tártaros los sultanes de la Tartaria.

13

La China no envía a buscar mandarines a la cuna de Gengis-Kan, que la conquistó. Por el contrario, la América todo lo recibía de España, que realmente la había privado del goce y ejercicio de la tiranía activa, no permitiéndonos sus funciones en nuestros asuntos domésticos y administración interior. Esta abnegación nos había puesto en la imposibilidad de conocer el curso de los negocios públicos; tampoco gozábamos de la consideración personal que inspira el brillo del poder a los ojos de la multitud, y que es de tanta importancia en las grandes revoluciones. Lo diré de una vez: estábamos abstraídos, ausentes del universo, en cuanto era relativo a la ciencia del gobierno.

14

Uncido el pueblo americano al triple yugo de la ignorancia, de la tiranía y del vicio, no hemos podido adquirir ni saber, ni poder, ni virtud. Discípulos de tan perniciosos maestros, las lecciones que hemos recibido y los ejemplos que hemos estudiado, son los más destructores. Por el engaño se nos ha dominado más que por la fuerza, y por el vicio se nos ha degradado más bien que por la superstición. La esclavitud es la hija de las tinieblas; un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción; la ambición, la intriga, abusan de la credulidad y de la inexperiencia de hombres ajenos de todo conocimiento político, económico o civil; adoptan como realidades las que son puras ilusiones; toman la licencia por la libertad, la traición por el patriotismo, la venganza por la justicia. Semejante a un robusto ciego que, instigado por el sentimiento de sus fuerzas, marcha con la seguridad del hombre más perspicaz, y, dando en todos los escollos, no puede rectificar sus pasos.

15

Un pueblo pervertido, si alcanza su libertad, muy pronto vuelve a perderla; porque en vano se esforzarán en mostrarle que la felicidad consiste en la práctica de la virtud; que el imperio de las leyes es más poderoso que el de los tiranos, porque son más inflexibles, y todo debe someterse a su benéfico rigor; que las buenas costumbres, y no la fuerza, son las columnas de las leyes; que el ejercicio de la justicia es el ejercicio de la libertad. Así, legisladores, vuestra empresa es tanto más ímproba, cuanto que tenéis que constituir a hombres pervertidos por las ilusiones del error y por incentivos nocivos. La libertad, dice Rousseau, es un alimento suculento, pero de difícil digestión. Nuestros débiles conciudadanos tendrán que enrobustecer su espíritu mucho antes que logren digerir el saludable nutrimento de la libertad. Entumecidos sus miembros por las cadenas, debilitada su vista en las sombras de las mazmorras y aniquilados por las pestilencias serviles, ¿serán capaces de marchar con paso firme hacia el augusto templo de la libertad? ¿Serán capaces de admirar de cerca sus espléndidos rayos y respirar sin opresión el éter puro que allí reina?

16

Meditad bien vuestra elección, legisladores. No olvidéis que vais a echar los fundamentos a un pueblo naciente que podrá elevarse a la grandeza que la naturaleza le ha señalado, si vosotros proporcionáis su base al eminente rango que le espera; si vuestra elección no está presidida por el genio tutelar de Venezuela que debe inspiraros el acierto al escoger la naturaleza y la forma de gobierno que vais a adoptar para la felicidad del pueblo; si no acertáis, repito, la esclavitud será el término de nuestra transformación.

17

Los anales de los tiempos pasados os presentarán millares de gobiernos. Traed a la imaginación las naciones que han brillado sobre la Tierra, y contemplaréis afligidos que casi toda la Tierra ha sido y aún es víctima de sus gobiernos. Observaréis muchos sistemas de manejar hombres, mas todos para oprimirlos; y si la costumbre de mirar al género humano conducido por pastores de pueblos no disminuyese el horror de tan chocante espectáculo, nos pasmaríamos al ver nuestra dócil especie pacer sobre la superficie del globo, como viles rebaños destinados a alimentar a sus crueles conductores. La Naturaleza, a la verdad, nos dota al nacer del incentivo de la libertad; mas sea pereza, sea propensión inherente a la humanidad, lo cierto es que ella reposa tranquila, aunque ligada con las trabas que le imponen. Al contemplar este estado de prostitución, parece que tenemos razón para persuadirnos que los más de los hombres tienen por verdadera aquella humillante máxima: que más cuesta mantener el equilibrio de la libertad que soportar el peso de la tiranía. ¡Ojalá que esta máxima, contraria a la moral de la Naturaleza, fuese falsa! ¡Ojalá que esta máxima no estuviese sancionada por la indolencia de los hombres con respecto a sus derechos más sagrados!

18

Muchas naciones antiguas y modernas han sacudido la opresión; pero son rarísimas las que han sabido gozar de algunos preciosos momentos de libertad: muy luego han recaído en sus antiguos vicios políticos, porque son los pueblos más bien que los gobiernos, los que arrastran tras sí la tiranía. El hábito de la dominación los hace insensibles a los encantos del honor y de la prosperidad nacional, y miran con indolencia la gloria de vivir en el movimiento de la libertad, bajo la tutela de leyes dictadas por su propia voluntad. Los fastos del universo proclaman esta espantosa verdad.

19

Nuestro triunvirato carece, por decirlo, de unidad, de continuación, de responsabilidad individual; está privado de acción momentánea, de vida continua, de uniformidad real, de responsabilidad inmediata, y un gobierno que no posee cuanto constituye su moralidad, debe llamarse nulo.

20

Aunque las facultades del presidente de los Estados Unidos están limitadas con restricciones excesivas, ejerce por sí solo todas las funciones gubernativas que la Constitución le atribuye, y es indubitable, que su administración debe ser más uniforme, constante y verdaderamente propia que la de un poder diseminado entre varios individuos, cuyo compuesto no puede ser menos que monstruoso. El poder judiciario en Venezuela, es semejante al americano; indefinido en duración, temporal y no vitalicio; goza de toda la independencia que le corresponde.

21

El primer Congreso en su constitución federal consultó más el espíritu de las provincias, que la idea sólida de formar una República indivisible y central. Aquí cedieron nuestros legisladores al empeño inconsiderado de aquellos provinciales seducidos por el deslumbrante brillo de la felicidad del pueblo americano, pensando que las bendiciones de que goza son debidas exclusivamente a la forma de gobierno, y no al carácter y costumbres de los ciudadanos. Y, en efecto, el ejemplo de los Estados Unidos, por su peregrina prosperidad era demasiado lisonjero para que no fuese seguido. ¿Quién puede resistir al atractivo victorioso del goce pleno y absoluto de la soberanía, de la independencia, de la libertad? ¿Quién puede resistir al amor que inspira un gobierno inteligente que liga a un mismo tiempo los derechos particulares a los derechos generales; que forma de la voluntad común la ley suprema de la voluntad individual? ¿Quién puede resistir al imperio de un gobierno bienhechor que con una mano hábil, activa y poderosa, dirige siempre y en todas partes todos sus resortes hacia la perfección social, que es el fin único de las instituciones humanas?

22

Mas por halagüeño que parezca y sea en efecto este magnífico sistema federativo, no era dado a los venezolanos gozarlo repentinamente al salir de las cadenas. No estábamos preparados para tanto bien; el bien, como el mal, da la muerte, cuando es súbito y excesivo. Nuestra constitución moral no tenía todavía la consistencia necesaria para recibir el beneficio de un gobierno completamente representativo y tan sublime que podía ser adaptado a una República de santos.

23

¡Representantes del pueblo!: vosotros estáis llamados a consagrar o suprimir cuanto os parezca digno de ser conservado, reformado, o desechado en nuestro pacto social. A vosotros pertenece el corregir la obra de nuestros primeros legisladores; yo querría decir que a vosotros toca cubrir una parte de las bellezas que contiene nuestro código político; porque no todos los corazones están formados para amar a todas las beldades, ni todos los ojos son capaces de soportar la luz celestial de la perfección. El libro de los apóstoles, la moral de Jesús, la obra divina que nos ha enviado la Providencia para mejorar a los hombres, tan sublime, tan santa, es un diluvio de fuego en Constantinopla, y el Asia entera ardería en vivas llamas si este libro de paz se impusiese repentinamente por código de religión, de leyes y de costumbres.

24

Séame permitido llamar la atención del Congreso sobre una materia que puede ser de una importancia vital. Tengamos presente que nuestro pueblo no es el europeo ni el americano del Norte, que más bien es un compuesto de África y de América que una emanación de la Europa; pues que hasta la España misma deja de ser europea, por su sangre africana (árabe), por sus instituciones y por su carácter. Es imposible asignar con propiedad a qué familia humana pertenecemos. La mayor parte del indígena se ha aniquilado, el europeo se ha mezclado con el americano y con el africano, y éste se ha mezclado con el indio y con el europeo. Nacidos todos del seno de una misma madre, nuestros padres, diferentes en origen y en sangre, son extranjeros y todos difieren visiblemente en la epidermis; esta desemejanza trae un reato de la mayor trascendencia.

25

Los ciudadanos de Venezuela gozan todos por la Constitución, intérprete de la naturaleza, de una perfecta igualdad política. Cuando esta igualdad no hubiese sido un dogma en Atenas, en Francia y en América, deberíamos nosotros consagrarlo para corregir la diferencia que aparentemente existe. Mi opinión es, legisladores, que el principio fundamental de nuestro sistema depende inmediata y exclusivamente de la igualdad establecida y practicada en Venezuela. Que los hombres nacen todos con derechos iguales a los bienes de la sociedad, está sancionado por la pluralidad de los sabios; como también lo está que no todos los hombres nacen igualmente aptos a la obtención de todos los rangos, pues todos deben practicar la virtud, y no todos la practican; todos deben ser valerosos, y no todos lo son; todos deben poseer talentos y no todos lo poseen. De aquí viene la distinción efectiva que se observa entre los individuos de la sociedad más liberalmente establecida. Si el principio de la igualdad política es generalmente reconocido, no lo es menos el de la desigualdad física y moral. La naturaleza hace a los hombres desiguales en genio, temperamento, fuerzas y caracteres. Las leyes corrigen esta diferencia, porque colocan al individuo en la sociedad, para que la educación, la industria, las artes, los servicios, las virtudes, le den una igualdad ficticia, propiamente llamada política y social. Es una inspiración eminentemente benéfica la reunión de todas las clases, en un Estado en que la diversidad se multiplica en razón de la propagación de la especie. Por este solo paso se ha arrancado de raíz la cruel discordia. ¡Cuántos celos, rivalidades y odio se han evitado!

26

Habiendo ya cumplido con la justicia, con la humanidad, cumplamos ahora con la política, con la sociedad, allanando las dificultades que opone un sistema tan sencillo y natural, mas tan débil que el menor tropiezo lo trastorna, lo arruina. La diversidad de origen requiere un pulso infinitamente firme, un tacto infinitamente delicado para manejar esta sociedad heterogénea, cuyo complicado artificio se disloca, se divide, se disuelve con la más ligera alteración.

27

El sistema de gobierno más perfecto es aquel que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política. Por las leyes que dictó el primer Congreso tenemos derecho de esperar que la dicha sea el dote de Venezuela; y por las vuestras debemos lisonjearnos de que la seguridad y la estabilidad eternizarán esta dicha. A vosotros toca resolver el problema. ¿Cómo después de haber roto todas las trabas de nuestra antigua opresión, podemos hacer la obra maravillosa de evitar que los restos de nuestros duros hierros no se cambien en armas liberticidas? Las reliquias de la dominación española permanecerán largo tiempo antes de que lleguemos a anonadarlas: el contagio del despotismo ha impregnado nuestra atmósfera, y ni el fuego de la guerra, ni el específico de nuestras saludables leyes han purificado el aire que respiramos. Nuestras manos ya están libres, todavía nuestros corazones padecen de las dolencias de la servidumbre. El hombre, al perder la libertad, decía Homero, pierde la mitad de su espíritu.

28

Un gobierno republicano ha sido, es y debe ser, el de Venezuela; sus bases deben ser la soberanía del pueblo, la división de los poderes, la libertad civil, la proscripción de la esclavitud, la abolición de la monarquía y de los privilegios. Necesitamos de la igualdad, para refundir, digámoslo así, en un todo, la especie de los hombres, las opiniones políticas y las costumbres públicas. Luego, extendiendo la vista sobre el vasto campo que nos falta por recorrer, fijemos la atención sobre los peligros que debemos evitar. Que la historia nos sirva de guía en esta carrera. Atenas, la primera, nos da el ejemplo más brillante de una democracia absoluta, y, al instante, la misma Atenas nos ofrece el ejemplo más melancólico de la extrema debilidad de esta especie de gobierno. El más sabio legislador de Grecia no vio conservar su República diez años, y sufrió la humillación de reconocer la insuficiencia de la democracia absoluta para regir ninguna especie de sociedad, ni aun la más culta, morigerada y limitada, porque sólo brilla con relámpagos de libertad. Reconozcamos, pues, que Solón ha desengañado al mundo y le ha enseñado cuán difícil es dirigir por simples leyes a los hombres.

29

Sólo la democracia, en mi concepto, es susceptible de una absoluta libertad, pero, ¿cuál es el gobierno democrático que ha reunido a un tiempo, poder, prosperidad y permanencia? ¿Y no se ha visto por el contrario la aristocracia, la monarquía, cimentar grandes y poderosos imperios por siglos y siglos? ¿Qué gobierno más antiguo que el de la China? ¿Qué República ha excedido en duración a la de Esparta, a la de Venecia? ¿El imperio romano no conquistó la Tierra? ¿No tiene la Francia catorce siglos de monarquía? ¿Quién es más grande que la Inglaterra? Estas naciones, sin embargo, han sido, o son, aristocracia y monarquía.

30

A pesar de tan crueles reflexiones, yo me siento arrebatado de gozo por los grandes pasos que ha dado nuestra República al entrar en su noble carrera. Amando lo más útil, animada de lo más justo, y aspirando a lo más perfecto, al separarse Venezuela de la Nación española, ha recobrado su independencia, su libertad, su igualdad, su soberanía nacional. Constituyéndose en una República democrática, proscribió la monarquía, las distinciones, la nobleza, los fueros, los privilegios, declaró los derechos del hombre, la libertad de obrar, de pensar, de hablar y de escribir. Estos actos eminentemente liberales, jamás serán demasiado admirados por la pureza que los ha dictado. El primer Congreso de Venezuela ha estampado en los anales de nuestra legislatura, con caracteres indelebles, la majestad del pueblo dignamente expresada al sellar el acto social más capaz de formar la dicha de una nación.

31

Necesito reunir todas mis fuerzas para sentir con toda la vehemencia de que soy susceptible, el supremo bien que encierra en sí este código inmortal de nuestros derechos y de nuestras leyes… Hay sentimientos que no se pueden contener en el pecho de un amante de la patria: ellos rebosan agitados por su propia violencia, y a pesar del mismo que los abriga, una fuerza imperiosa los comunica. Estoy penetrado de la idea de que el gobierno de Venezuela debe reformarse; y aunque muchos ilustres ciudadanos piensan como yo, no todos tienen el arrojo necesario para profesar públicamente la adopción de nuevos principios. Esta consideración me insta a tomar la iniciativa en un asunto de la mayor gravedad, y en que hay sobrada audacia en dar avisos a los consejeros del pueblo.

32

Cuanto más admiro la excelencia de la constitución federal de Venezuela, tanto más me persuado de la imposibilidad de su aplicación a nuestro Estado. Y, según mi modo de ver, es un prodigio que su modelo en América del Norte subsista tan prósperamente y no se trastorne al aspecto del primer embarazo o peligro. A pesar de que aquel pueblo es un modelo singular de virtudes políticas y de ilustración moral; no obstante que la libertad ha sido su cuna, se ha criado en la libertad y se alimenta de pura libertad, lo diré todo: aunque bajo muchos respectos este pueblo es único en la historia del género humano, es un prodigio, repito, que un sistema tan débil y complicado como el federal haya podido regirlo en circunstancias tan difíciles y delicadas como las pasadas. Pero sea lo que fuere de este gobierno, con respecto a la nación americana, debo decir que ni remotamente ha entrado en mi idea asimilar la situación y naturaleza de dos estados tan distintos como el inglés americano, y el americano español. ¿No sería muy difícil aplicar a España el código de libertad política, civil y religiosa de Inglaterra? Pues aun es más difícil adaptar a Venezuela las leyes de América del Norte. ¿No dice el Espíritu de las Leyes que estas deben ser propias para el pueblo que se hacen? ¿Que es una casualidad que las de una nación puedan convenir a otra? ¿Y que las leyes deben ser relativas a lo físico del país, al clima, a la calidad del terreno, a su extensión, al género de vida de los pueblos? ¿Referirse al grado de libertad que la Constitución puede sufrir, a la religión de los habitantes, a sus inclinaciones, a sus riquezas, a su número, a su comercio, a sus costumbres, a sus modales? ¡He aquí el código que debíamos consultar, y no el de Washington!

33

La Constitución venezolana, sin embargo de haber tomado sus bases de la más perfecta, si se atiende a la corrección de los principios y a los efectos benéficos de su administración, difirió esencialmente de la americana en un punto cardinal, y es sin duda el más importante. El Congreso de Venezuela, como el americano, participa de algunas de las atribuciones del Poder Ejecutivo. Nosotros, además, subdividimos este poder, habiéndolo sometido a un cuerpo colectivo sujeto por consiguiente a los inconvenientes de hacer periódica la existencia del gobierno, de suspenderla y disolverla siempre que se separan sus miembros.

34

La República de Esparta, que parecía una invención quimérica, produjo más efectos reales que la obra ingeniosa de Solón. Gloria, virtud, moral y, por consiguiente, la felicidad nacional, fueron el resultado de la legislación de Licurgo. Aunque dos reyes en un Estado son dos monstruos para devorarlo, Esparta poco tuvo que sentir de su doble trono; en tanto que Atenas se prometía la suerte más espléndida, con una soberanía absoluta, libre elección de magistrados frecuentemente renovados, leyes suaves, sabias y políticas. Pisístrato, usurpador y tirano, fue más saludable a Atenas que sus leyes; y Pericles, aunque también usurpador, fue el más útil ciudadano. La República de Tebas no tuvo más vida que la de Pelópidas y Epaminondas; porque a veces son los hombres, no los principios, los que forman los gobiernos. Los códigos, los sistemas, los estatutos, por sabios que sean, son obras muertas que poco influyen sobre las sociedades: hombres virtuosos, hombres patriotas, hombres ilustrados constituyen las repúblicas.

35

La Constitución romana es la que mayor poder y fortuna ha producido a ningún pueblo del mundo; allí no había una exacta distribución de los poderes. Los cónsules, el Senado, el pueblo, ya eran legisladores, ya magistrados, ya jueces; todos participaban de todos los poderes. El Ejecutivo, compuesto de dos cónsules, padecía el mismo inconveniente que el de Esparta. A pesar de su deformidad, no sufrió la República la desastrosa discordancia que toda previsión habría supuesto inseparable de una magistratura compuesta de dos individuos, igualmente autorizados, con las facultades de un monarca. Un gobierno cuya única inclinación era la conquista, no parecía destinado a cimentar la felicidad de su nación; un gobierno monstruoso y puramente guerrero elevó a Roma al más alto esplendor de virtud y de gloria y formó de la tierra un dominio romano para mostrar a los hombres de cuánto son capaces las virtudes políticas y cuán indiferentes suelen ser las instituciones.

36

Y pasando de los tiempos antiguos a los modernos, encontraremos la Inglaterra y la Francia llamando la atención de todas las naciones y dándoles lecciones elocuentes de toda especie en materia de gobierno. La revolución de estos dos grandes pueblos, como un radiante meteoro, ha inundado al mundo con tal profusión de luces políticas, que ya todos los seres que piensan han aprendido cuáles son los derechos del hombre, y cuáles sus deberes, en qué consiste la excelencia de los gobiernos y en qué consisten los vicios. Todos saben apreciar el valor intrínseco de las teorías especulativas de los filósofos y legisladores modernos. En fin, este astro, en su luminosa carrera, ha encendido los pechos de los apáticos españoles, que también se han lanzado en el torbellino político, han hecho sus efímeras pruebas de libertad, han reconocido su incapacidad para vivir bajo el dulce dominio de las leyes y han vuelto a sepultarse en sus prisiones y hogueras inmemoriales.

37

Aquí es el lugar de repetiros, legisladores, lo que os dice el elocuente Volney en la dedicatoria de su Ruinas de Palmira: «A los pueblos nacientes de las Indias castellanas, a los jefes generosos que los guían a la libertad: que los errores e infortunios del mundo antiguo enseñen la sabiduría y la felicidad al Mundo Nuevo». Que no se pierdan, pues, las lecciones de la experiencia y que las escuelas de Grecia, de Roma, de Francia, de Inglaterra y de América nos instruyan en la difícil ciencia de crear y conservar las naciones con leyes propias, justas, legítimas y, sobre todo, útiles; no olvidando jamás que la excelencia de un gobierno no consiste en su teoría, en su forma, ni en su mecanismo, sino en ser apropiado a la naturaleza y al carácter de la nación para quien se instituye.

38

Roma y la Gran Bretaña son las naciones que más han sobresalido entre las antiguas y modernas; ambas nacieron para mandar y ser libres, pero ambas se constituyeron, no con brillantes formas de libertad, sino con establecimientos sólidos. Así, pues, os recomiendo, representantes, el estudio de la Constitución británica, que es la que parece destinada a operar el mayor bien posible a los pueblos que la adoptan; pero por perfecta que sea, estoy muy lejos de proponeros su imitación servil. Cuando hablo del gobierno británico, sólo me refiero a lo que tiene de republicano; y a la verdad, ¿puede llamarse pura monarquía un sistema en el cual se reconoce la soberanía popular, la división y el equilibrio de los poderes, la libertad civil de conciencia, de imprenta y cuanto es sublime en la política? ¿Puede haber más libertad en ninguna especie de república? ¿Y puede pretenderse más en el orden social? Yo os recomiendo esta Constitución, como la más digna de servir de modelo a cuantos aspiran al goce de los derechos del hombre y a toda la felicidad política que es compatible con nuestra frágil naturaleza.

39

En nada alteraríamos nuestras leyes fundamentales, si adoptásemos un poder legislativo semejante al parlamento británico. Hemos dividido, como los americanos, la representación nacional en dos cámaras: la de Representantes y el Senado. La primera está compuesta muy sabiamente, goza de todas las atribuciones que le corresponden y no es susceptible de una reforma esencial, porque la Constitución le ha dado el origen, la forma y la facultad que requiere la voluntad del pueblo para ser legítima y competentemente representada. Si el Senado, en lugar de ser electivo, fuese hereditario, sería en mi concepto la base, el lazo, el alma de nuestra República. Este cuerpo, en las tempestades políticas, pararía los rayos del Gobierno y rechazaría las olas populares. Adicto al gobierno por el justo interés de su propia conservación, se opondría siempre a las invasiones que el pueblo intenta contra la jurisdicción y la autoridad de sus magistrados. Debemos confesarlo: los más de los hombres desconocen sus verdaderos intereses y constantemente procuran asaltarlos en las manos de sus depositarios; el individuo pugna contra la masa y la masa contra la autoridad. Por tanto, es preciso que en todos los gobiernos exista un cuerpo neutro que se ponga siempre de parte del ofendido y desarme al ofensor. Este cuerpo neutro, para que pueda ser tal, no ha de deber su origen a la elección del Gobierno ni a la del pueblo, de modo que goce de una plenitud de independencia que ni tema ni espere nada de estas dos fuentes de autoridad. El Senado hereditario, como parte del pueblo, participa de sus intereses, de sus sentimientos y de su espíritu. Por esta causa no se debe presumir que un Senado hereditario se desprenda de los intereses populares, ni olvide sus deberes legislativos. Los senadores en Roma y los lores en Londres, han sido las columnas más firmes sobre que se ha fundado el edificio de la libertad política y social.

40

Estos senadores serán elegidos, la primera vez, por el Congreso. Los sucesores al Senado llaman la primera atención del Gobierno, que debería educarlos en un colegio especialmente destinado para instruir a aquellos tutores, legisladores futuros de la patria. Aprenderían las artes, las letras y las ciencias, que adornan el espíritu de un hombre público; desde su infancia ellos sabrían a qué carrera la Providencia los destinaba, y desde muy tiernos elevarían su alma a la dignidad que les espera.

41

De ningún modo sería una violación de la igualdad política la creación de un senado hereditario; no es una nobleza la que pretendo establecer, porque como ha dicho un célebre republicano, sería destruir a la vez la igualdad y la libertad. Es un oficio para el cual se deben preparar los candidatos, y es un oficio que exige mucho saber y los medios proporcionados para adquirir su instrucción. Todo no se debe dejar al acaso y a la ventura de las elecciones; el pueblo se engaña más fácil que la naturaleza perfeccionada por el arte; y aunque es verdad que estos senadores no saldrían del seno de las virtudes, también es verdad que saldrían del seno de una educación ilustrada. Por otra parte, los libertadores de Venezuela son acreedores a ocupar siempre un alto rango en la República que les debe su existencia. Creo que la posteridad vería con sentimiento, anonadados los nombres ilustres de sus primeros bienhechores; digo más: es de interés público, es de la gratitud de Venezuela, es del honor nacional, conservar con gloria, hasta la última posteridad, una raza de hombres virtuosos, prudentes y esforzados que, superando todos los obstáculos, han fundado la República a costa de los más heroicos sacrificios. Y si el pueblo de Venezuela no aplaude la elevación de sus bienhechores, es indigno de ser libre, y no lo será jamás.

42

Un senado hereditario, repito, será la base fundamental del Poder Legislativo, y, por consiguiente, será la base de todo el gobierno. Igualmente servirá de contrapeso para el Gobierno y para el pueblo; será una potestad intermedia que embote los tiros que recíprocamente se lanzan estos eternos rivales. En todas las luchas, la calma de un tercero viene a ser el órgano de la reconciliación; así el Senado de Venezuela será la traba de este edificio delicado y harto susceptible de impresiones violentas; será el iris que calmará las tempestades y mantendrá la armonía entre los miembros y la cabeza de este cuerpo político.

43

Ningún estímulo podrá adulterar un cuerpo legislativo investido de los primeros honores, dependiente de sí mismo, sin temer nada del pueblo, ni esperar nada del Gobierno, que no tiene otro objeto que el de reprimir todo principio de mal y propagar todo principio de bien, y que está altamente interesado en la existencia de una sociedad en la cual participa de sus efectos funestos o favorables. Se ha dicho, con demasiada razón, que la Cámara alta de Inglaterra es preciosa para la nación, porque ofrece un baluarte a la libertad, y yo añado que el Senado de Venezuela no sólo sería un baluarte de la libertad, sino un apoyo para eternizar la República.

44

El Poder Ejecutivo británico está revestido de toda la autoridad soberana que le pertenece, pero también está circunvalado de una triple línea de diques, barreras y estacadas. Es jefe del Gobierno, pero sus ministros y subalternos dependen más de las leyes que de su autoridad, porque son personalmente responsables, y ni aun las mismas órdenes de la autoridad real los eximen de esta responsabilidad. Es generalísimo del ejército y de la marina, hace la paz y declara la guerra; pero el Parlamento es el que decreta anualmente las sumas con que deben pagarse estas fuerzas militares. Si los tribunales y jueces dependen de él, las leyes emanan del Parlamento que las ha consagrado. Con el objeto de neutralizar su poder, es inviolable y sagrada la persona del rey; al mismo tiempo que le dejan libre la cabeza, le ligan las manos con que debe obrar. El soberano de Inglaterra tiene tres formidables rivales: su Gabinete, que debe responder al pueblo y al Parlamento; el Senado, que defiende los intereses del pueblo como representante de la nobleza de que se compone, y la Cámara de los Comunes, que sirve de órgano y de tribuna al pueblo británico. Además, como los jueces son responsables del cumplimiento de las leyes, no se separan de ellas, y los administradores del erario, siendo perseguidos, no solamente por sus propias infracciones sino aun por las que hace el mismo Gobierno, se guardan bien de malversar los fondos públicos. Por más que se examine la naturaleza del Poder Ejecutivo en Inglaterra, no se puede hallar nada que no incline a juzgar que es el más perfecto modelo, sea para un reino, sea para una aristocracia, sea para una democracia. Aplíquese a Venezuela este Poder Ejecutivo en la persona de un presidente nombrado por el pueblo o por sus representantes, y habremos dado un gran paso hacia la felicidad nacional.

45

Cualquiera que sea el ciudadano que llene estas funciones, se encontrará auxiliado por la Constitución; autorizado para hacer bien, no podrá hacer mal, porque siempre que se someta a las leyes sus ministros cooperarán con él; si, por el contrario, pretende infringirlas, sus propios ministros lo dejarán aislado en medio de la República y aun lo acusarán delante del Senado. Siendo los ministros los responsables de las transgresiones que se cometan, ellos son los que gobiernan, porque ellos son los que las pagan. No es la menor ventaja de este sistema la obligación en que pone a los funcionarios inmediatos al Poder Ejecutivo de tomar la parte más interesada y activa en las deliberaciones del Gobierno, y a mirar como propio este departamento. Puede suceder que no sea el presidente un hombre de grandes talentos ni de grandes virtudes, y no obstante la carencia de estas cualidades esenciales, el presidente desempeñará sus deberes de un modo satisfactorio, pues en tales casos, el ministerio, haciendo todo por sí mismo, lleva la carga del Estado.

46

Por exorbitante que parezca la autoridad del Poder Ejecutivo de Inglaterra, quizás no es excesiva en la República de Venezuela. Aquí el Congreso ha ligado las manos y hasta la cabeza a los magistrados. Este cuerpo deliberante ha asumido una parte de las funciones ejecutivas, contra la máxima de Montesquieu, que dice que un cuerpo representante no debe tomar ninguna resolución activa; debe hacer leyes y ver si se ejecutan las que hace. Nada es tan contrario a la armonía entre los poderes como su mezcla. Nada es tan peligroso con respecto al pueblo como la debilidad del Ejecutivo; y si en un reino se ha juzgado necesario concederle tantas facultades, en una República son éstas infinitamente más indispensables.

47

Fijemos nuestra atención sobre esta diferencia y hallaremos que el equilibrio de poderes debe distribuirse de dos modos. En las repúblicas, el Ejecutivo debe ser más fuerte, porque todos conspiran contra él, en tanto que en las monarquías el más fuerte debe ser el Legislativo, porque todo conspira en favor del monarca. La veneración que profesan los pueblos a la magistratura real, es un prestigio que influye poderosamente a aumentar el respeto supersticioso que se tributa a esta autoridad. El esplendor del trono, de la corona, de la púrpura; el apoyo formidable que le presta la nobleza; las inmensas riquezas que generaciones enteras acumulan en una misma dinastía; la protección fraternal que recíprocamente reciben todos los reyes, son ventajas muy considerables que militan en favor de la autoridad real y la hacen casi ilimitada. Estas mismas ventajas son, por consiguiente, las que deben confirmar la necesidad de atribuir a un magistrado republicano una suma mayor de autoridad que la que posee un príncipe constitucional.

48

Un magistrado republicano es un individuo aislado en medio de una sociedad, encargado de contener el ímpetu del pueblo hacia la licencia, la propensión de los jueces y administradores hacia el abuso de las leyes. Está sujeto inmediatamente al Cuerpo Legislativo, al Senado, al pueblo; es un hombre solo resistiendo el ataque combinado de las opiniones, de los intereses y de las pasiones del Estado social, que, como dice Carnot, no hace más que luchar continuamente entre el deseo de dominar y el deseo de sustraerse a la dominación. Es, en fin, un atleta lanzado contra una multitud de atletas.

49

Sólo puede servir de correctivo a esta debilidad, el vigor bien cimentado y más bien proporcionado a la resistencia que necesariamente le oponen al Poder Ejecutivo, el Legislativo, el Judiciario y el pueblo de una república. Si no se ponen al alcance del Ejecutivo todos los medios que una justa atribución le señala, cae inevitablemente en la nulidad o en su propio abuso, quiero decir, en la muerte del gobierno, cuyos herederos son la anarquía, la usurpación y la tiranía. Se quiere contener la autoridad ejecutiva con restricciones y trabas: nada es más justo, pero que se advierta que los lazos que se pretenden conservar, se fortifican, sí, mas no se estrechan.

50

Que se fortifique, pues, todo el sistema del gobierno, y que el equilibrio se establezca de modo que no se pierda y de modo que no sea su propia delicadeza una causa de decadencia. Por lo mismo que ninguna forma de gobierno es tan débil como la democrática, su estructura debe ser de la mayor solidez, y sus instituciones consultarse para la estabilidad. Si no es así, contemos con que se establece un ensayo de gobierno y no un sistema permanente; contemos con una sociedad díscola, tumultuaria y anárquica, y no con un establecimiento social donde tengan su imperio la felicidad, la paz y la justicia.

51

No seamos presuntuosos, legisladores; seamos moderados en nuestras pretensiones. No es probable conseguir lo que no ha logrado el género humano, lo que no han alcanzado las más grandes y sabias naciones. La libertad indefinida, la democracia absoluta, son los escollos adonde han ido a estrellarse todas las esperanzas republicanas. Echad una mirada sobre las repúblicas antiguas, sobre las repúblicas modernas, sobre las repúblicas nacientes. Casi todas han pretendido establecerse absolutamente democráticas, y a casi todas se les han frustrado sus justas aspiraciones. Son laudables ciertamente los hombres que anhelan por instituciones legítimas y por una perfección social; pero, ¿quién ha dicho a los hombres que ya poseen toda la sabiduría, que ya practican toda la virtud que exigen imperiosamente la liga del poder con la justicia? Ángeles, no hombres, pueden únicamente existir libres, tranquilos y dichosos, ejerciendo toda la potestad soberana.

52

Ya disfruta el pueblo de Venezuela de los derechos que legítima y fácilmente puede gozar; moderemos ahora el ímpetu de las pretensiones excesivas que quizá le suscitaría la forma de un gobierno incompetente para él; abandonemos las formas federales que no nos convienen; abandonemos el triunvirato del Poder Ejecutivo, y concentrándolo en un presidente, confiémosle la autoridad suficiente para que logre mantenerse luchando contra los inconvenientes anexos a nuestra reciente situación, al estado de guerra que sufrimos y a la especie de los enemigos externos y domésticos, contra quienes tendremos largo tiempo de combatir. Que el Poder Legislativo se desprenda de las atribuciones que corresponden al Ejecutivo, y adquiera, no obstante, nueva consistencia, nueva influencia en el equilibrio de las autoridades. Que los tribunales sean reforzados por la estabilidad, y la independencia de los jueces, por el establecimiento de jurados, de códigos civiles y criminales que no sean dictados por la antigüedad, ni por reyes conquistadores, sino por la voz de la naturaleza, por el grito de la justicia y por el genio de la sabiduría.

53

Mi deseo es que todas las partes del gobierno y administración adquieran el grado de vigor que únicamente puede mantener el equilibrio, no sólo entre los miembros que componen el Gobierno, sino entre las diferentes fracciones de que se compone nuestra sociedad. Nada importaría que los resortes de un sistema político se relajasen por sus debilidades, si esta relajación no arrastrase consigo la disolución del cuerpo social y la ruina de los asociados. Los gritos del género humano en el campo de batalla o en los cuerpos tumultuarios, claman al cielo contra los inconsiderados y ciegos legisladores que han pensado que se pueden hacer impunemente ensayos de quiméricas instituciones. Todos los pueblos del mundo han pretendido la libertad, los unos por las armas, los otros por las leyes, pasando alternativamente de la anarquía al despotismo, o del despotismo a la anarquía; muy pocos son los que se han contentado con pretensiones moderadas, constituyéndose de un modo conforme a sus medios, a su espíritu y a sus circunstancias.

54

No aspiremos a lo imposible, no sea que, por elevarnos sobre la región de la libertad, descendamos a la región de la tiranía. De la libertad absoluta se desciende siempre al poder absoluto, y el medio entre estos dos términos es la suprema libertad social. Teorías abstractas son las que producen la perniciosa idea de una libertad ilimitada. Hagamos que la fuerza pública se contenga en los límites que la razón y el interés prescriben; que la voluntad nacional se contenga en los límites que un justo poder le señala; que una legislación civil y criminal análoga a nuestra actual Constitución, domine imperiosamente sobre el poder judiciario, y entonces habrá un equilibrio y no habrá el choque que embaraza la marcha del Estado, y no habrá esa complicación que traba, en vez de ligar la sociedad.

55

Para formar un gobierno estable se requiere la base de un espíritu nacional, que tenga por objeto una inclinación uniforme hacia dos puntos capitales: moderar la voluntad general y limitar la autoridad pública. Los términos que fijan teóricamente estos dos puntos son de una difícil asignación, pero se puede concebir que la regla que debe dirigirlos es la restricción y la concentración recíproca, a fin de que haya la menor frotación posible entre la voluntad y el poder legítimo. Esta ciencia se adquiere insensiblemente por la práctica y por el estudio. El progreso de las luces es el que ensancha el progreso de la práctica, y la rectitud del espíritu es la que ensancha el progreso de las luces.

56

El amor a la patria, el amor a las leyes, el amor a los magistrados, son las nobles pasiones que deben absorber exclusivamente el alma de un republicano. Los venezolanos aman la patria, pero no aman sus leyes, porque éstas han sido nocivas y eran la fuente del mal; tampoco han podido amar a sus magistrados, porque eran inicuos, y los nuevos apenas son conocidos en la carrera en que han entrado. Si no hay un respeto sagrado por la patria, por las leyes y por las autoridades, la sociedad es una confusión, un abismo: es un conflicto singular de hombre a hombre, de cuerpo a cuerpo.

57

Para sacar de este caos nuestra naciente república, todas nuestras facultades morales no serán bastantes, si no fundimos la masa del pueblo en un todo; la composición del gobierno en un todo; la legislación en un todo y el espíritu nacional en un todo. Unidad, unidad, unidad, debe ser nuestra divisa. La sangre de nuestros ciudadanos es diferente: mezclémosla para unirla; nuestra Constitución ha dividido los poderes: enlacémoslos para unirlos; nuestras leyes son funestas reliquias de todos los despotismos antiguos y modernos: que este edificio monstruoso se derribe, caiga y, apartando hasta sus ruinas, elevemos un templo a la justicia, y bajo los auspicios de su santa inspiración dictemos un código de leyes venezolanas. Si queremos consultar monumentos y modelos de legislación, la Gran Bretaña, la Francia, la América Septentrional los ofrecen admirables.

58

La educación popular debe ser el cuidado primogénito del amor paternal del Congreso. Moral y luces son los polos de una República; moral y luces son nuestras primeras necesidades. Tomemos de Atenas su Areópago y los guardianes de las costumbres y de las leyes; tomemos de Roma sus censores y sus tribunales domésticos, y haciendo una santa alianza de estas instituciones morales, renovemos en el mundo la idea de un pueblo que no se contenta con ser libre y fuerte, sino que quiere ser virtuoso. Tomemos de Esparta sus austeros establecimientos, y formando de estos tres manantiales una fuente de virtud, demos a nuestra República una cuarta potestad, cuyo dominio sea la infancia y el corazón de los hombres, el espíritu público, las buenas costumbres y la moral republicana. Constituyamos este Areópago para que vele sobre la educación de los niños, sobre la instrucción nacional; para que purifique lo que se haya corrompido en la República; que acuse la ingratitud, el egoísmo, la frialdad del amor a la patria, el ocio, la negligencia de los ciudadanos; que juzgue de los principios de corrupción, de los ejemplos perniciosos, debiendo corregir las costumbres con penas morales, como las leyes castigan los delitos con penas aflictivas, y no solamente lo que choca contra ellas, sino lo que las burla; no solamente lo que las ataca, sino lo que las debilita; no solamente lo que viola la Constitución, sino lo que viola el respeto público. La jurisdicción de este tribunal, verdaderamente santo, deberá ser efectiva con respecto a la educación y a la instrucción y de opinión solamente en las penas y castigos. Pero sus anales o registros donde se consignen sus actas y deliberaciones, los principios morales y las acciones de los ciudadanos, serán los libros de la virtud y del vicio. Libros que consultará el pueblo para sus elecciones, los magistrados para sus resoluciones y los jueces para sus juicios. Una institución semejante, por más que parezca quimérica, es infinitamente más realizable que otras que algunos legisladores antiguos y modernos han establecido con menos utilidad del género humano.

59

¡Legisladores!: Por el proyecto de Constitución que reverentemente someto a vuestra sabiduría, observaréis el espíritu que lo ha dictado. Al proponeros la división de los ciudadanos en activos y pasivos, he pretendido excitar la prosperidad nacional por las dos más grandes palancas de la industria: el trabajo y el saber. Estimulando estos dos poderosos resortes de la sociedad, se alcanza lo más difícil entre los hombres: hacerlos honrados y felices. Poniendo restricciones justas y prudentes en las asambleas primarias y electorales, ponemos el primer dique a la licencia popular, evitando la concurrencia tumultuaria y ciega que en todos tiempos ha impreso el desacierto en las elecciones y ha llevado por consiguiente el desacierto a los magisterios y a la marcha del gobierno; pues este acto primordial es el acto generativo de la libertad o de la esclavitud de un pueblo.

60

Aumentando en la balanza de los poderes el peso del Congreso por el número de los legisladores y por la naturaleza del Senado, he procurado darle una base fija a este primer cuerpo de la nación y revestirlo de una consideración importantísima para el éxito de sus funciones soberanas.

61

Separando con límites bien señalados la jurisdicción ejecutiva de la jurisdicción legislativa, no me he propuesto dividir sino enlazar con los vínculos de la armonía que nace de la independencia estas potestades supremas, cuyo choque prolongado jamás ha dejado de aterrar a uno de los contendientes. Cuando deseo atribuir al Ejecutivo una suma de facultades superior a la que antes gozaba, no deseo autorizar a un déspota para que tiranice la República, sino impedir que el despotismo beligerante sea causa inmediata de un círculo de vicisitudes despóticas en que alternativamente sea reemplazada la anarquía por la oligarquía y por la monocracia. Al pedir la estabilidad de los jueces, la creación del jurado y un nuevo código, he pedido al Congreso la garantía de la libertad civil, la más preciosa, la más justa, la más necesaria, en una palabra, la única libertad, pues que sin ella las demás son nulas. He pedido la corrección de los más lamentables abusos que sufre nuestra judicatura, por ese origen vicioso de ese piélago de legislación española que, semejante al tiempo, recoge de todas las edades y de todos los hombres, así las obras de la demencia como las del talento, así las producciones sensatas como las extravagantes, así los monumentos del ingenio, como los del capricho. Esta enciclopedia judiciaria, monstruo de diez mil cabezas, que hasta ahora ha sido el azote de los pueblos españoles, es el suplicio más refinado que la cólera del cielo ha permitido descargar sobre este desdichado imperio.

62

Meditando sobre el modo efectivo de regenerar el carácter y las costumbres que la tiranía y la guerra nos han dado, me he sentido con la audacia de inventar un poder moral, sacado del fondo de la oscura antigüedad y de aquellas olvidadas leyes que mantuvieron algún tiempo la virtud entre los griegos y romanos. Bien puede ser tenido por un cándido delirio, mas no es imposible, y yo me lisonjeo que no desdeñaréis enteramente un pensamiento que, mejorado por la experiencia y las luces, puede llegar a ser muy eficaz.

63

Horrorizado de la divergencia que ha reinado y debe reinar entre nosotros por el espíritu sutil que caracteriza al gobierno federativo, he sido arrastrado a rogaros para que adoptéis el centralismo y la reunión de todos los estados de Venezuela en una República sola e indivisible. Esta medida, en mi opinión, urgente, vital, redentora, es de tal naturaleza, que sin ella, el fruto de nuestra regeneración será la muerte.

64

Mi deber es, legisladores, presentaros un cuadro prolijo y fiel de mi administración política, civil y militar, mas sería cansar demasiado vuestra importante atención y privaros en este momento de un tiempo tan precioso como urgente. En consecuencia, los secretarios de Estado darán cuenta al Congreso de sus diferentes departamentos, exhibiendo al mismo tiempo los documentos y archivos que servirán de ilustración para tomar un exacto conocimiento del estado real y positivo de la República.

65

Yo no os hablaría de los actos más notables de mi mando, si estos no incumbiesen a la mayoría de los venezolanos. Se trata, señor, de las resoluciones más importantes de este último período. La atroz e impía esclavitud cubría con su negro manto la tierra de Venezuela, y nuestro cielo se hallaba cargado de tempestuosas nubes que amenazaban un diluvio de fuego. Yo imploré la protección del Dios de la humanidad, y luego la redención disipó las tempestades. La esclavitud rompió sus grillos y Venezuela se ha visto rodeada de nuevos hijos, de hijos agradecidos que han convertido los instrumentos de su cautiverio en armas de libertad. Sí, los que antes eran esclavos, ya son libres; los que antes eran enemigos de una madrastra, ya son defensores de una patria. Encareceros la justicia, la necesidad y la beneficencia de esta medida, es superfluo, cuando vosotros sabéis la historia de los ilotas, de Espartaco y de Haití; cuando vosotros sabéis que no se puede ser libre y esclavo a la vez, sino violando a la vez las leyes naturales, las leyes políticas y las leyes civiles. Yo abandono a vuestra soberana decisión la reforma o la revocación de todos mis estatutos y decretos; pero yo imploro la confirmación de la libertad absoluta de los esclavos, como imploraría mi vida y la vida de la República.

66

Representaros la historia militar de Venezuela, sería recordaros la historia del heroísmo republicano entre los antiguos; sería deciros que Venezuela ha entrado en el gran cuadro de los sacrificios hechos sobre el altar de la libertad. Nada ha podido llenar los nobles pechos de nuestros generosos guerreros, sino los honores sublimes que se tributan a los bienhechores del género humano. No combatiendo ni por el poder ni por la fortuna, ni aun por la gloria, sino tan sólo por la libertad, títulos de libertadores de la República son dignos galardones. Yo, pues, fundando una sociedad sagrada con estos ínclitos varones, he instituido la orden de Libertadores de Venezuela. ¡Legisladores! A vosotros pertenecen las facultades de conceder honores y decoraciones; vuestro es el deber de ejercer este acto augusto de la gratitud nacional.

67

Hombres que se han desprendido de todos los goces, de todos los bienes que antes poseían como el producto de su virtud y talentos; hombres que han experimentado cuanto es cruel en una guerra horrorosa, padeciendo las privaciones más dolorosas y los tormentos más acerbos; hombres tan beneméritos de la patria han debido llamar la atención del Gobierno; en consecuencia, he mandado recompensarlos con los bienes de la nación. Si he contraído para con el pueblo alguna especie de mérito, pido a sus representantes oigan mi súplica como el premio de mis débiles servicios. Que el Congreso ordene la distribución de los bienes nacionales, conforme a la ley que a nombre de la República, he decretado a beneficio de los militares venezolanos.

68

Ya que por infinitos triunfos hemos logrado anonadar las huestes españolas, desesperada la corte de Madrid ha pretendido sorprender vanamente la conciencia de los magnánimos soberanos que acaban de extirpar la usurpación y la tiranía en Europa y deben ser los protectores de la legitimidad y de la justicia y de la causa americana. Incapaz de alcanzar con sus armas nuestra sumisión, recurre la España a su política insidiosa: no pudiendo vencernos, ha querido emplear sus artes suspicaces. Fernando se ha humillado hasta confesar que ha menester de la protección extranjera para retornarnos a su ignominioso yugo, ¡a un yugo que todo poder es nulo para imponerlo! Convencida Venezuela de poseer las fuerzas suficientes para repeler a sus opresores, ha pronunciado por el órgano del Gobierno su última voluntad de combatir hasta expirar, por defender su vida política, no sólo contra la España, sino contra todos los hombres, si todos los hombres se hubiesen degradado tanto que abrazasen la defensa de un gobierno devorador, cuyos únicos móviles son una espada exterminadora y las llamas de la Inquisición. Un gobierno que ya no quiere dominios, sino desiertos; ciudades, sino ruinas; vasallos, sino tumbas. La declaración de la República de Venezuela es el acta más gloriosa, más heroica, más digna de un pueblo libre; es la que con mayor satisfacción tengo el honor de ofrecer al Congreso, ya sancionada por la expresión unánime del pueblo libre de Venezuela.

69

Desde la segunda época de la República, nuestro ejército carecía de elementos militares; siempre ha estado desarmado; siempre le han faltado municiones; siempre ha estado mal equipado. Ahora, los soldados defensores de la independencia no solamente están armados de la justicia, sino también de la fuerza. Nuestras tropas pueden medirse con las más selectas de Europa, ya que no hay desigualdad en los medios destructores. Tan grandes ventajas las debemos a la liberalidad sin límites de algunos generosos extranjeros que han visto gemir la humanidad y sucumbir la causa de la razón, y no lo han visto tranquilos espectadores, sino que han volado con sus protectores auxilios y han prestado a la República cuanto ella necesitaba para hacer triunfar sus principios filantrópicos. Estos amigos de la humanidad son los genios custodios de América, y a ellos somos deudores de un eterno reconocimiento, como igualmente de un cumplimiento religioso a las sagradas obligaciones que con ellos hemos contraído. La deuda nacional, legisladores, es el depósito de la fe, del honor y de la gratitud de Venezuela. Respetadla como el arca santa que encierra no tanto los derechos de nuestros bienhechores, cuanto la gloria de nuestra fidelidad. Perezcamos primero que quebrantar un empeño que ha salvado la patria y la vida de sus hijos.

70

La reunión de la Nueva Granada y Venezuela en un grande Estado ha sido el voto uniforme de los pueblos y gobiernos de estas repúblicas. La suerte de la guerra ha verificado este enlace tan anhelado por todos los colombianos; de hecho estamos incorporados. Estos pueblos hermanos ya os han confiado sus intereses, sus derechos, sus destinos. Al contemplar la reunión de esta inmensa comarca, mi alma se remonta a la eminencia que exige la perspectiva colosal que ofrece un cuadro tan asombroso. Volando por entre las próximas edades, mi imaginación se fija en los siglos futuros, y observando desde allá, con admiración y pasmo, la prosperidad, el esplendor, la vida que ha recibido esta vasta región, me siento arrebatado y me parece que ya la veo en el corazón del universo, extendiéndose sobre sus dilatadas costas, entre esos océanos que la naturaleza había separado y que nuestra patria reúne con prolongados y anchurosos canales. Ya la veo servir de lazo, de centro, de emporio a la familia humana. Ya la veo enviando a todos los recintos de la Tierra los tesoros que abrigan sus montañas de plata y de oro. Ya la veo distribuyendo por sus divinas plantas la salud y la vida a los hombres dolientes del antiguo universo. Ya la veo comunicando sus preciosos secretos a los sabios que ignoran cuán superior es la suma de las luces a la suma de las riquezas que le ha prodigado la naturaleza. Ya la veo sentada sobre el trono de la libertad, empuñando el cetro de la justicia, coronada por la gloria, mostrar al mundo antiguo la majestad del mundo moderno.

71

Dignaos, legisladores, acoger con indulgencia la profesión de mi conciencia política, los últimos votos de mi corazón y los ruegos fervorosos que a nombre del pueblo me atrevo a dirigiros. Dignaos conceder a Venezuela un gobierno eminentemente popular, eminentemente justo, eminentemente moral, que encadene la opresión, la anarquía y la culpa. Un gobierno que haga reinar la inocencia, la humanidad y la paz. Un gobierno que haga triunfar bajo el imperio de leyes inexorables, la igualdad y la libertad.

Señor, empezad vuestras funciones; yo he terminado las mías.

— o o o —

En carta de Bolívar, de 26 de mayo de 1820, dirigida a Guillermo White, manifiesta cómo debe leerse su obra:

«Tenga usted la bondad de leer con atención mi discurso, sin atender a sus partes, sino al todo de él. Su conjunto prueba que yo tengo muy poca confianza en la moral de nuestros conciudadanos, y sin moral republicana no puede haber gobierno libre. Para afirmar esta moral, he inventado un cuarto poder que críe los hombres en la virtud y los mantenga en ella…; si usted quiere república en Colombia, es preciso que quiera también que haya virtud política.

¡A qué no se han sometido los hombres! ¡A qué no se someterán aún! Si hay una violencia justa, es aquella que se emplea en hacer a los hombres buenos, y, por consiguiente, felices; y no hay libertad legítima sino cuando ésta se dirige a honrar la humanidad y a perfeccionarle su suerte».

Esto de concebir a la humanidad en camino de ascensión es principio de conciencia cósmica.

El discurso contiene la descripción de América en todos sus aspectos y las conclusiones de quien vivió el Continente con la mayor intensidad posible; las conclusiones del hombre en quien, tratándose de Suramérica, se confundían el objeto conocido y el sujeto conocedor.

Se percibe en esta obra la conciencia del que lucha en medio de gentes que no son de su clase, la conciencia del Solitario. Bolívar en América es un fenómeno muy raro. ¿No fue, en el desespero, el precursor de Nietzsche, al ver a la humanidad tan baja aún?: «… nos pasmaríamos al ver nuestra dócil especie pacer sobre la superficie del globo, como viles rebaños…». Reléanse los párrafos 17 y 18. En el Libertador existió la suprema ansia de libertad espiritual y la concepción del ascenso humano. No tuvo ni un semejante; todos aceptaban sus ideas, sin comprenderlas, movidos por el halago y por la atracción; tuvo que mover a cada uno, apoyándose en sus pasiones: por eso llegó a ser el gran autor de esbozos psicológicos.

Párrafos 1 a 10: Dejó el Libertador el ejemplo del respeto a la voluntad popular. ¿Cómo han podido apoyarse en él para defender las dictaduras?

En los párrafos 11 a 16 y en los 24 y 25 hizo el análisis de Suramérica, étnica, política y socialmente: pueblo híbrido, europeo-indio-africano, sometido al triple yugo de la ignorancia, la tiranía y el vicio; hizo el análisis de esos defectos para que fueran tenidos en cuenta al constituir el Estado, para que la Constitución fuera orgánica, o, mejor, excrecencia orgánica. En el párrafo 16 predice lo que serían nuestros países si no se le atendía; desgraciadamente, todo se ha cumplido…

Miraba el Libertador la historia humana en todas sus formas como un desarrollo orgánico; dice a los legisladores que la Constitución del año 11 era muy hermosa, pero que a ellos tocaba cubrir una parte de las bellezas que contiene tal código, porque no todos los corazones están formados para amar a todas las beldades, y que la moral de Jesús sería un diluvio de fuego en Constantinopla. (Párrafo 23).

¿Dónde puede encontrarse una definición descriptiva mejor que la del gobierno más perfecto, con que principia el párrafo 27?

Propone un gobierno orgánico; un ejecutivo unitario y fuerte; un legislativo poderoso; una judicatura independiente, para corregir los abusos que sufría a causa de «su origen vicioso en ese piélago de legislación española que, semejante al tiempo, recoge de todas las edades y de todos los hombres, así las obras de la demencia como las del talento…». Reléase todo el párrafo 61. Habla de leyes venezolanas. ¡Cuán bella es una conciencia así!

Lo más importante, y que nunca le aceptaron al Libertador, fue la creación del Poder moral, que tuviera jurisdicción efectiva en la educación y la instrucción, y de opinión únicamente en las penas y castigos para los amorales de Suramérica. En verdad, el párrafo 58 extasía a todo el que haya desarrollado algo su conciencia.

¿Cómo pueden haber tomado las ideas del Libertador para defender las dictaduras? Ciertos escritores han manoseado sus ideas acerca de la emancipación y de la política suramericana, tergiversándolas, para darle brillo a serviles producciones encaminadas a halagar a los caudillos americanos. «Viles rebaños destinados a alimentar a sus crueles conductores». (Párrafo 17).

Otros, los idealistas, han calificado al Libertador de tirano; son las dos escuelas en que se han dividido los que tratan de nuestro héroe: la anarquía legalista de Bogotá, y la dictadura desenfrenada de Caracas. «No aspiremos a lo imposible, no sea que por elevarnos sobre la región de la libertad, descendamos a la región de la tiranía». (Párrafo 54). Ese párrafo 54 es el resumen del ideal político del Libertador.

No hay una sola frase de este discurso que no sea trascendental. En un lenguaje suave, para no herir a los pobres idealistas libertos, está descrita Suramérica. Las ideas de Bolívar están allí desarrolladas en medio de alabanzas diplomáticas a sus conciudadanos y principalmente a la Constitución adoptada en 1811, que deseaba destruir. Con mucha habilidad induce a aceptar el gobierno paternal, que es el propio para nuestras masas ignorantes.

Las diatribas contra España tienen valor entendido; las alabanzas al ejército, valor entendido. Es fácil la siguiente proposición: en el Discurso y en todos sus escritos existen las falsedades precisas para el fin propuesto; por ejemplo, al tratar de la reunión de Venezuela y Nueva Granada, no es verdad que la desearan los pueblos; la última estaba completamente pacificada, y en la primera no había sino guerrilleros sin ideal ninguno; pero lo afirma así, hace esa ficción, para describir su rapto al contemplar en lo futuro la grandeza de la patria que se proponía formar. Sus verdaderas ideas eran estas:

Los americanos son amorales, ignorantes, incapaces de formar una patria. El ejército se compone de hombres perversos, guerrilleros crueles, sin otro brillo que el que yo les presto.

¿Qué otra cosa quiere decir la creación de un cuarto poder para formar las costumbres y la moral republicana? ¿La creación de un colegio para educar a los senadores?

Califica al pueblo americano de ignorante, esclavo, vicioso, supersticioso, fácil para que lo dominen la intriga y la ambición, que toma la licencia por libertad, la traición por patriotismo y la venganza por justicia.

Posteriormente, en 1828, se expresaba así respecto del ejército:

«En los primeros años de la independencia se buscaban hombres y el primer mérito era ser valiente. De todas las clases eran buenos, con tal de que peleasen con brío. A nadie se podía recompensar con dinero, porque no lo había; sólo se podían dar grados militares para estimular el entusiasmo y premiar las hazañas. Así es que hombres de todas las castas se hallan hoy entre nuestros generales, jefes y oficiales, y la mayor parte de ellos no tienen otro mérito que el valor brutal que ha sido tan útil a la República, haber matado muchos españoles y haberse hecho temibles. Negros, zambos, mulatos, blancos, hombres de todas las clases, que en el día, en medio de la paz, son un obstáculo para el orden y la tranquilidad. Pero fue un mal necesario». (Perú de Lacroix. Diario de Bucaramanga).

No saben quién era el Libertador Simón Bolívar los que, como Miguel de Unamuno, toman al pie de la letra todo lo que le obligaban a decir las circunstancias.

La Constitución aconsejada por el Libertador fue aceptada casi en su totalidad.

Inmediatamente salió para su campaña del Apure. En los años de 1818 y 1819 llegaron a Angostura contingentes ingleses. En el dieciocho había llegado Daniel Florencio O’Leary, edecán y biógrafo de Bolívar; el hombre que preservó su memoria, pues recogió su correspondencia y gran número de documentos referentes a él, e incitó a sus compañeros de armas para que escribieran sus recuerdos.

Constituida la República, pudo el Libertador atravesar los Andes y libertar a Nueva Granada en una sola batalla, la de Boyacá, el 7 de agosto de 1819.

El 17 de diciembre decretó el Congreso de Angostura la unión de Nueva Granada y Venezuela, con el nombre de República de Colombia. A los once años exactos murió el Libertador.

Desde el discurso de Angostura comenzaron a realizarse todos los pronósticos contenidos en los documentos transcritos.

Lo que más admira en esta gran conciencia es que jamás se detuvo en pasiones pequeñas. Una obra se echa a perder cuando su autor se detiene en sentimientos de orden inferior, en luchas personales, por ejemplo. ¿Qué podían hacer Anzoátegui y todos los otros oficiales, cuyo único móvil era el odio a los españoles? Casi todos los hombres de la lucha emancipadora fueron movidos exclusivamente por este sentimiento. Bolívar jamás se detuvo a aborrecer a nadie. Este es el hecho que aparece comprobado plenamente después del triunfo de Boyacá en 1819. Quedaban los españoles en inferioridad, y comprendió Bolívar que debía poner término al sentimiento de odio que había creado como un medio.

Contra la opinión de todos, que no querían tratos con España, él aceptó la conferencia con el general Morillo, el armisticio de seis meses y redactó el tratado de regulación de la guerra. Eso fue en el año de 1820. Tuvo que sufrir intensamente, porque los hombres que lo rodeaban no tenían otro sentimiento que el odio; él, amor a su obra únicamente. Bolívar atacaba por todos los medios lo que se le oponía, pero sólo mientras se le opusiera. Quizás los años de 1820 y 1821 sean los más admirables en la vida de nuestro héroe, respecto de su conciencia continental.

Pruebas: 1ª. «Conociendo el Libertador los buenos efectos producidos por la comunicación establecida con los españoles, de que resultó la deserción de los americanos que servían en las filas realistas, pues era natural que se inclinasen a hacer causa común con sus paisanos, resolvió reanudar su correspondencia con el general Morillo. Muchas consideraciones, sin embargo, le hacían temer la adopción de tal medida; y era la principal de éstas, la repugnancia de los jefes republicanos y de los ciudadanos de influjo a toda negociación con los realistas, a menos que la precediese el reconocimiento explícito de la independencia de Colombia. Gustosamente habrían ellos consentido en abandonar sus derechos al Sur de Colombia y al istmo de Panamá, o en cambiar esas porciones del territorio por las de Venezuela y Nueva Granada que estaban todavía bajo el dominio español, antes que comprometer la dignidad de la República con proposiciones que no estuviesen acompañadas de aquella condición. Mientras que Bolívar no convenía en ceder un palmo de territorio y sí estaba pronto a sacrificar las formas, con tal de obtener una ventaja por pequeña que fuese». (O’Leary. Memorias. Subraya Lucas Ochoa. Medítese en esto y en la historia de Panamá).

2ª. «Era el destino de Bolívar no tener reposo ni aun después del triunfo en el campo de batalla o en el de la política.

Ahora vinieron a atormentarle las cartas que llegaban por cada correo, en las cuales algunos de sus amigos y varios jefes militares se oponían a cualquier tratado con los españoles, y muy especialmente a un armisticio que no asegurase el término de la guerra y el inmediato reconocimiento de la independencia.

Fue menester toda la energía de su carácter para sostener la lucha entre sus propias convicciones y los cálculos equivocados de los que se oponían al tratado. Mientras más se oponían estos, más se convencía él de que los verdaderos intereses del país demandaban que no se desviara de la línea de conducta que se había trazado; y, felizmente para la América, en circunstancias de tanto momento su buen juicio no le abandonó. No faltó, empero, quien le imputase motivos indignos y las más vulgares aspiraciones; pero a tales calumnias opuso un silencio digno y las páginas sin mancha de su pasada historia.

Conforme a lo estipulado en Santa Ana, debían darse instrucciones a las autoridades civiles y militares, patriotas y realistas, sobre el modo de observar el armisticio, y, para evitar toda equivocación, un oficial de cada ejército llevaría los pliegos. Los oficiales republicanos a quienes se confió esta comisión, tenían encargo de aprovecharse de ella para adquirir datos e informes acerca de las fuerzas y posiciones del enemigo, y no fueron de poca utilidad los que obtuvo Bolívar por este medio. Según el tratado, permitíase a los individuos de ambos ejércitos visitar a sus amigos o parientes en el territorio sometido a su contrario; lo que naturalmente era ventajoso a los patriotas y de muy poco provecho a los españoles, por ser menos extensas sus relaciones en el país». (O’Leary. Memorias. Subraya Lucas Ochoa).

3ª. Al dar cuenta del armisticio, se expresaba así: «El Gobierno español, ya libre y generoso, desea ser justo para con nosotros…». El creador del odio como un instrumento, cuando se vio triunfante, principió a crear la simpatía hacia el pueblo español, que indudablemente es el llamado a poblar nuestros desiertos.

4ª. «El resultado de los sucesos políticos y militares del año de 1820 fue de alta trascendencia y provecho para la República. La opinión pública, que antes había sido adversa a los independientes, era ahora, más que las armas, su principal apoyo; y puede esto considerarse como el gran triunfo de Colombia alcanzado en el año». (O’Leary. Memorias).

5ª. «Él creía, sin embargo, que al presente había mayores ventajas en adoptar la vía de las negociaciones que en continuar las operaciones militares, cuyo evento era dudoso y expuesto a grandes pérdidas aun siéndole favorable. La suspensión de hostilidades abría el trato, por tanto tiempo interrumpido, entre los miembros de una misma sociedad y daba nuevos medios de acción en el amplio campo de la intriga». (O’Leary. Memorias).

6ª. Para comprender que Bolívar sólo atendía a su obra, basta transcribir lo que decía al brigadier Torres, gobernador español de Cartagena, y lo que escribía, casi al mismo tiempo, al rey de España. Al primero: «Diga usted a su rey y a su nación, señor Gobernador, que el pueblo de Colombia está resuelto, por no sufrir la mancha de ser español, a combatir por siglos y siglos contra los peninsulares, contra todos los hombres y aun contra los inmortales, si estos toman parte en la causa de España. Prefieren los colombianos descender a los abismos eternos, antes que ser españoles». Al segundo: «Permítame V. M. dirigir al trono del amor y de la ley el sufragio reverente de mi más sincera congratulación por el advenimiento de V. M. al imperio más libre y grande del primer continente del universo… Es nuestra ambición ofrecer a los españoles una segunda patria; pero erguida, no abrumada de cadenas. Vendrán los españoles a recoger los dulces tributos de la virtud, del saber, de la industria…». Era porque en Cartagena se necesitaba hablar así, para animar a los sitiadores.

7ª. Al romperse el armisticio, se dirige del siguiente modo a sus soldados, él, que antes había creado el odio:

«Os hablo, soldados, de la humanidad, de la compasión que sentiréis por vuestros más encarnizados enemigos. Ya me parece que veo en vuestro rostro la alegría que inspira la libertad y la tristeza que causa una victoria contra hermanos.

¡Soldados! Interponed vuestros pechos entre los rendidos y vuestras armas victoriosas, y mostraos tan grandes en generosidad como en valor».

En 1821, mientras Bolívar libertaba definitivamente a Venezuela, en la batalla de Carabobo, se reunía el Congreso de la República de Colombia, en el Rosario de Cúcuta, y en su ausencia aprobó una Constitución dictada por «los lanudos que viven arropados en las chimeneas de Bogotá, Tunja y Pamplona», según expresión de Bolívar:

«Por fin, decía en carta a Santander, por fin han de hacer tanto los letrados (tinterillos) que se proscriban de la República de Colombia, como hizo Platón con los poetas, en la suya.

¿Piensan esos caballeros que Colombia está cubierta de lanudos arropados en las chimeneas de Bogotá, Tunja y Pamplona? ¿No han echado sus miradas sobre los caribes del Orinoco, sobre los pastores del Apure, sobre los marineros de Maracaibo, sobre los bandidos del Patía, sobre los indómitos pastusos, sobre los guagibos de Casanare y sobre todas las hordas salvajes de África y de América, que como gamos recorren las soledades de Colombia?

¿No le parece a usted, mi querido Santander, que esos legisladores, más ignorantes que malos, y más presuntuosos que ambiciosos, nos van a conducir a la anarquía, y después a la tiranía, y siempre a la ruina? Yo lo creo así, y estoy cierto de ello».

Cuando se proclamó en Cúcuta la dicha Constitución, al oír las campanas, dijo el Libertador que estaban doblando por la República de Colombia. Predecía, al nacer la Gran Colombia, la ruina de ella y las anarquías y dictaduras que tenemos hoy.

……………………………………………………… (5)

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(5) Se ha suprimido la conferencia de Lucas Ochoa, en cuanto se refiere a los últimos nueve años de la vida del Libertador, porque en este volumen no se trata de la biografía de Bolívar; ella estará en el segundo; en éste, apenas es un motivo intelectual. Con la parte transcrita, basta para entender el concienciámetro. Se publica, sí, el final de la conferencia. — (Nota de F. G.)

Amigos del Centro Cósmico:

A la entrada de nuestra casa está escrito: El hombre es promesa.

Fue Bolívar el que luchó durante cuarenta y siete años, cuatro meses y veinticuatro días para libertarse de las trabas que impiden ascender, y por libertar todo un continente y toda la humanidad. La lucha con España fue para él un medio; quería verdaderamente libertad espiritual, mejoramiento.

Como el hombre será siempre promesa, toda obra de libertador quedará inconclusa. Todas son etapas. Lo trascendental del espíritu consiste en que la realidad jamás alcanza al anhelo: el secreto del progreso.

Bolívar, como Sócrates, interesa a la humanidad.

Mediante mi invención, habéis contemplado el ritmo amplio de su vida. A causa de esa amplitud, envejeció pronto. El hombre envejece porque es un cumplimiento o desarrollo; la vida es dramática.

El organismo no perece propiamente a causa de la enfermedad, sino que enferma porque se debilita en la acción. Santander y Páez, o sea, Colombia y Venezuela, no fueron la causa de la muerte del Libertador y de sus desilusiones respecto de la gloria y de la patria, sino que al envejecer, al terminar la sinergia orgánica, se apoderaron de su alma, así como los tejidos parásitos se apoderan del organismo agotado. Mientras fue el superador, ni siquiera tuvo conciencia de las perversidades que lo rodeaban, contenidas por su energía.

Yo he meditado mucho acerca del ritmo de las vidas. Tengo el mío, mi ritmo: es de hombre-ensayo. Días de intenso amor y meses de monótona pobreza vital. Mi energía nerviosa sale a grandes borbollones y se agota. No soy armonioso.

Todo en la naturaleza titila, como los soles, que tienen períodos de actividad, tempestades de la cromosfera, manchas. ¿A cuántos millones de kilómetros lanza nuestro sol los chorros de sus tempestades? ¿A dónde alcanzan mis deseos?

Hemos logrado abarcar en su conjunto la vida del Libertador y percibir su ritmo.

Mi mujer me dijo anoche: «Emilio es un modelo; ¡cuán dulce e igual su carácter!». Ahí tienes, amor mío, el ritmo, contestéle. Es el suyo un ritmo de cocina; indudablemente tiene sus tempestades, pero son relativas a su pequeñez. El hombre bueno para marido es el que tiene ritmo de marido. Lord Byron tenía ritmo de conquistador de mujeres. Nuestro presidente, Miguel Abadía, tiene ritmo de viudo vuelto a casar: sus tempestades se reducen a voltearse en la cama. ¿Crees tú que Bolívar fue un buen marido, un viudo vuelto a casar? Estaba imposibilitado para unificar su emotividad e ideación en el núcleo de la familia. Su vida de cuarenta y siete años, cuatro meses y veinticuatro días fue la tempestad de una gran conciencia.

Pero dentro del ritmo general y aparente, el más visible, señores, hay otro, el diario. Su ritmo general consistió en lo que habéis oído: formar hombres, de esclavos libertos; el lote de tierra de su experiencia mide unos seis millones de kilómetros cuadrados. Consistió en concebir la unidad de la Tierra, teniendo por capital a Panamá. Su ritmo más personal era rapidísimo. Por ejemplo: tenía que dormir en algo que se balanceara, hamacas; se paseaba silbando, cantando, mientras dictaba proclamas, constituciones, etc. No se podía bañar en aguas quietas; no podía escuchar; le era imposible tener el sentimiento de obra terminada.

Mediante mi invención habéis entendido el milagro de la conciencia humana, que consiste en unificarse con todo lo que toca. Mi finalidad fue mostraros que el progreso del hombre consiste en ascender a la unificación.

Queda probado que Simón Bolívar dirigía las fuerzas sociales y percibía el futuro, el pasado y el presente de su tierra, por tener un alto grado de conciencia. Sólo así pueden explicarse su vida y su obra.

Hemos agarrado el hilo madre de la psicología de nuestro héroe. Quien se apodere de mi idea, encontrará que todo acto, todo documento histórico, viene a ocupar su lugar y queda explicado.

El suramericano, repito, es cabeza de pájaro, y su literatura es lo mismo, debido a la hibridación. Por eso, la historia es entre nosotros un maremágnum ininteligible; todos los que ahí figuran son héroes epónimos: ¿Se trata de Córdova? Es el genio superior. ¿Llega el centenario de Sucre? Es superior a Bolívar…

En los seres primitivos acontece que aquello que tienen actualmente bajo el campo de la atención, les ocupa todo el horizonte mental. De eso proviene la literatura demasiado adjetivada. Un candidato para alcalde, es el salvador de la patria. Los periódicos son al respecto documentos invaluables. También se explica así lo terrible que son entre nosotros las reacciones políticas y los auges y decadencias de los hombres públicos.

Mi instrumento psíquico hace posible la clasificación en la historia. Espero que alguno de mis colegas lo aplique a una obra histórica determinada. Coged, por ejemplo, al general Santander. ¿Qué son los veinte volúmenes de su archivo? Bolívar protegió a este hijo de seminario, porque tenía la conciencia del dinero; era un recaudador. Después de la batalla de Boyacá, cuando Bolívar estaba ocupado en crear la amistad con el español, deja a Santander administrando la Nueva Granada. Apenas se ausenta el Libertador, Santander asesina al general Barreyro y a sus treinta y ocho compañeros, prisioneros en la batalla de Boyacá, y le escribe esta carta al Libertador:

«Al fin fue preciso salir de Barreyro y sus treinta y ocho compañeros. Las chispas me tenían loco. El pueblo estaba resfriado y yo no esperaba nada, nada favorable de mantenerlos arrestados. El expediente está bien cubierto; pero como ni usted (por desgracia de la América) es eterno, ni yo puedo ser siempre gobernante, es menester que su contestación me cubra para todo tiempo. De ella protesto no hacer uso sino cuando este remoto e inesperado caso pueda llegar. La gloria de usted, su reputación, su honor, me interesan más de lo que usted lo imagina». (Subraya Lucas).

«El expediente está bien cubierto. Envíeme una contestación que me cubra para todo tiempo»: ¡ecce homo! Todo el archivo Santander se compone de boletas, cartas, recibos…, conseguidos para cubrirse.

El general Santander, la envidia hecha método, tenía conciencia orgánica del dinero. ¡Cuán parecido a todos los abogados de la Nueva Granada!

Durante las hemorroides es cuando más se desarrolla el sentimiento del organismo, cuando se percibe la íntima solidaridad de los órganos: se parpadea, se suspira, se tose…, y el hombre se da cuenta de que su espíritu también está en el recto.

Así era el general Santander. Da la impresión nítida de que tenía algo doloroso en el alma.

Murió así: se estiró con un gran esfuerzo; abrió los ojos desmesuradamente y se relajó después. Fue como si botara algo, como el esfuerzo de la mujer al arrojar el feto del útero. Porque su espíritu estaba encarnado, no estaba maduro para abandonar las intrigas de Bogotá. Al pensar en su fin, se me destemplan los dientes.

¡Cuán fácil medir al general Páez! Cuando en 1825 le escribió a Bolívar ofreciéndole una corona, le decía: «Aquí no se puede montar una República». ¡¡Montar!! Era el hombre inocente de la caballería llanera. Yo tengo una gran debilidad por el general Páez. ¡Era como un niño!

¡Toda Nueva Granada es Santander y toda Venezuela es Páez…!

— o o o —

El hombre que
se documenta

«Retrato de Bolívar

hecho por José María Espinosa en Bogotá el 8 de septiembre de 1828 y regalado por el mismo Bolívar, pocos días antes de su muerte, en la Quinta de San Pedro Alejandrino en Santa Marta, al Coronel de su ejército, D. Juan María Gómez, que fue más tarde General de la Nueva Granada. Regalo que las suscritas hijas del General Gómez hacemos al señor D. José Mª Muñoz A. en nuestra Quinta de habitación situada en el paraje denominado “El Cucaracho”, perteneciente al Distrito de Medellín, hoy 12 de octubre de 1892, aniversario del descubrimiento de América». ‒ Firmado, Bolivia Gómez, Antonia Gómez.

Es una miniatura que al reverso tiene esta leyenda: «J. M. Espinosa. ‒ 8 de septiembre de 1828. ‒ En Bogotá».

Simón Bolívar - Retrato por José María Espinosa

Este retrato no ha sido publicado, y yo, Lucas Ochoa, lo considero como el mejor de Bolívar. ¡Parece vivo!

Todo debe estar materializado en esta vida del espacio y del tiempo para que nos conmueva y nos ascienda. La belleza abstracta no atrae, no es belleza para el hombre. Vivimos una vida relativa, y a Dios sólo podemos amarlo con los medios actuales. La idea debe contemplarse vívida, encarnada: Sócrates, Jesucristo, Buda y demás santos han conmovido y formado al hombre porque eran doctrinas vivas, hombres-filosofías, hombres-belleza. Amemos la vida que vivimos, esta del tiempo y del espacio; amémosla, porque así es como se alaba a Dios y nos le acercamos. Así lo glorifican todos los seres: el ave, al cantar y volar; el viento, al mover las frondas, y todas las cosas, al ser tan obedientes. ¡Qué obedientes las criaturas! Menos el hombre, porque es el superador.

* * *

Deseo que mi pensamiento sea como el vuelo del gallinazo, sereno y movido. He buscado a Elías, el buda, y debo bajar a la rojiza tierra en busca del hombre de acción.

Bolívar era una fatalidad que tenía que recorrer, ir y venir a través de miles y miles de kilómetros de tierra esclava, bregando por formar hombres.

«Esta su movilidad genial, naturalmente, le ponía más en contacto con sus compatriotas y descubría nuevos horizontes a su carácter indagador. Desde la extremidad septentrional de Colombia, hasta el Potosí, éranle familiares cada lugar y sus producciones, y hasta sus individuos, costumbres, hábitos e inclinaciones.

En sus constantes viajes por todas aquellas comarcas, procuraba con insaciable curiosidad informarse aun de objetos al parecer indiferentes, indagándolo todo de los habitantes cuya profesión o situación les ponía más en aptitud de suministrarle informes satisfactorios. Fatigaba a los abogados y médicos con preguntas sobre puntos profesionales, e inquiría de los párrocos la naturaleza de los crímenes secretos más frecuentes en sus feligresías, según las revelaciones que se les hubiesen hecho en el confesonario.

Por más doloroso que sea decirlo, no por eso es menos exacto que el resultado de tan minuciosa indagación en ninguna parte del mundo sería muy favorable al género humano; pero en la América del Sur, donde la educación había sido descuidada y donde la revolución, con su acompañamiento de males de toda especie, había relajado los resortes morales, ese resultado fue en extremo chocante, bajo todos respectos.

Nada de muy grato ni satisfactorio tenía el aspecto político de la América española a los ojos de observador tan penetrante como Bolívar, que había hecho el principal papel del drama y conocía sus más recónditos secretos». (O’Leary. Memorias).

Don Simón era la inquietud. Si no hubiera existido esta tierra por remover, no le habrían podido aguantar en su casa, en San Mateo.

¡Cuán impertinente es el hombre que se documenta! Es el hombre para quien la energía universal no tiene otro objeto que documentarlo; en su obra presiden las mismas leyes de la gestación orgánica. ¿Y quién es más impertinente que la mujer encinta?

Pues yo soy el que busca a Simón Bolívar. Para pensar necesitaba mover sus flacas extremidades, oír ruido de balas, abrazar mujeres. Mi Elías no puede pensar sino estando consigo mismo.

«Me contó que había sido muy aficionado al baile, pero que aquella pasión se había totalmente apagado en él; que siempre había preferido el vals, y que hasta locuras había hecho, bailando de seguido horas enteras, cuando tenía una buena pareja. Que en tiempo de sus campañas, cuando su cuartel general se hallaba en una ciudad, villa o pueblo, siempre se bailaba casi todas las noches, y que su gusto era hacer el vals, ir a dictar algunas órdenes u oficios y volver a bailar y a trabajar; que sus ideas entonces eran más claras, más fuertes, y su estilo más elocuente; en fin, que el baile le inspiraba y excitaba su imaginación.

Hay hombres —me dijo— que necesitan estar solos y bien retirados de todo mundo para poder pensar y meditar; yo pensaba, reflexionaba y meditaba, en medio de la sociedad, de los placeres, del ruido y de las balas. Sí —continuó—, me hallaba solo en medio de mucha gente, porque me hallaba con mis ideas y sin distracción. Esto es lo mismo que dictar varias cartas a un mismo tiempo, y también he tenido esta originalidad». (Perú de Lacroix. Diario de Bucaramanga).

Buscaré a don Simón por todas partes, en los libros y en el cerebro de todos los compatriotas que leen. ¿Cuántos son? ¡Si pudiera ir hasta Santa Marta para hojear el álbum de autógrafos de todos los visitantes! ¡Es un documento psíquico!

Así se irá creando en mí. Es una obra como la gestación, y de pronto pariré; la mañana menos esperada pariré al hombre suramericano.

Yo estaba enfermando en la busca de Elías, el buda: ¿Qué me importa lo humano?, me decía; todo es efímero. Ya me eran hastío mi trabajo de juez y las visitas que me llegaban los domingos: «¿Cuál es mejor candidato, el general Vásquez Cobo o Guillermo Valencia?». Una mañana me sentí peor: «Ya no hablas», decía mi mujer. Pues buscaré al hombre de acción; allí quedé preñado. Me aliviaré creando, viviendo al Hombre de Suramérica. Precisamente era realista hasta en sus opiniones acerca de Sócrates.

«Sócrates llamaba Demonio a sus presentimientos; yo no tengo tal demonio, porque poco me ocupo de ellos. Estoy convencido de que los sucesos venideros están cubiertos por un velo impenetrable, y tengo por un imbécil o por un loco al que lleva sus inquietudes más lejos de lo que debe, y teme por su vida porque ha tenido tal o cual sueño; porque cierta impulsión aventurera de la voluntad, manifestada en ausencia de la razón, le ha presentado un peligro futuro; porque en su interior algo le ha dicho no hacer tal o cual cosa, no ir más adelante y volver atrás, no dar la batalla un viernes o un domingo, sino otro día, no dormir sobre el costado izquierdo sino sobre el derecho, y, finalmente, otras tonterías semejantes. Los pocos ejemplos que se me podrían citar para combatir mi opinión son frutos del acaso, y, por lo mismo, no pueden convencerme. Entre millones de presentimientos y de sueños, la casualidad sólo ha hecho que unos, muy pocos, se hayan realizado, y se citan estos últimos y no los primeros. Centenares de millones han salido fallidos y no se habla de ellos; un ciento o dos han salido verdaderos, y sólo se citan estos. Tal es el espíritu humano: amigo amante de lo sobrenatural y de la mentira, o indiferente ante la Naturaleza y la Verdad.

En esto iba el Libertador cuando su reloj dio las doce de la noche, y entonces su Excelencia dijo:

Bastante hemos filosofado; ahora vamos a dormir». (Perú de Lacroix. Diario de Bucaramanga).

¿Quién, sino él, puede curar a un metafísico enfermo?

* * *

Me defenderé rabiosamente de esa gran personalidad para que no me anonade; no quiero ser un admirador, ni un espejo. Deseo que sea mi hijo, mi Simón; que sea él y que sea yo. Mi Simón Bolívar. ¿Qué me importa a mí, teologucho, la frialdad de un cadáver?, y eso crean los historiadores. Deseo que sea tibio como el pajarillo emplumado en su nido. ¡Qué difícil defenderme de este hombre de mando, de este imperator! Afortunadamente, soy un solitario, un metafísico incapaz de llegar a desear imitarlo. Será un motivo intelectual para superarme.

«Co-lom-bia. Bo-li-via». (Diario de Bucaramanga. Comparación musical de estos dos nombres). Era auditivo. Su ambición fue de nacimiento auditiva.

* * *

Los pueblos suramericanos han dañado el idioma español, pues los adjetivos, como las rameras, ya no tienen valor. Gente sin medida, gente falsa, gente impúdica. Se necesitan maestros de escuela que frenen a los niños. El Libertador tenía esta preocupación: creaba escuelas en sus rápidas andanzas; la experiencia educacionista con Simón Rodríguez, en Bolivia, es una de las aventuras más interesantes de la humanidad. Indudablemente, tenía el ideal, la concepción del hombre como una promesa.

* * *

Hace tiempo que meditaba en los budas, en el Karma y en el Maya. Ahora yazgo en decúbito dorsal, dilatando mi conciencia en el infinito animado y palpitante. Eso ya no es para mí el cóncavo azul, sino la titilante energía. Pasan en vuelo reposado, mesurado, movimentado, los gallinazos. ¿Quién puede volar mejor que el gallinazo colombiano? Uno pasa cercano, subiendo y bajando sin aletazos, colocando apenas su cuerpo contra el viento con ligeros cambios de posición. Al pasar por el cenit, precisamente por encima de mis ojos, recoge las patas que estaban contra la cola y agacha la cabeza y se la rasca graciosamente. Hace veinte meses que estoy grávido y ha llegado la hora de parir a mi hijo; este volar armonioso del ave suramericana es el presagio de que va a nacer mi Simón Bolívar. ¡Venid, energía titilante, Mahatmas, para que mi libro sea gracioso como el acto de este gallinazo, y mesurado y medido como su vuelo! Van a cumplirse cien años desde que murió mi héroe, y al mismo tiempo ha llegado la hora de nacer: esto es un enredo psico-fisiológico. ¡Que el ave nuestra pase flotando en el cuerpo elástico, invisible y hermoso que es el aire, por sobre la cuna de mi hijo, una hamaca colgada de las ramas de un tamarindo! Pero no escribiré mi obra hasta que lo haya revivido, hasta que lo haya animado, hasta que esté a mi lado y me converse y me insulte y me sonría.

Era muy airado de la cabeza, pero no del corazón.

* * *

Anoche, Habib Stefano, un atado de carne morena, llegado de las montañas sirias, dejó caer unas tesis aplastantes, irritaciones meníngeas. Entré a oírlo, porque yo busco a Bolívar entre los hombres que quiso formar. Deseo buscarlo en los campos de Colombia, en los teatros, en las elecciones, manifestaciones, en los historiadores, escultores, periodistas…

En todo caso, deberían prohibir que se traficara con las ideas; al menos, prohibirles a estos andarines internacionales que manosearan las cosas bellas. No es disculpa decir que el pueblo necesita oradores a su alcance. La belleza está al alcance del que la necesita.

A $0.50 la entrada para oír lo que piensa un negro acerca del dolor: me dan ganas de abandonar la filosofía. Las ideas no están en el comercio, y cuando se venden ya no son ideas. Vivir de conferencias es peor que vivir del tráfico del amor. Prefiero «La Muñequita» a Habib Stefano. El doctor X y don J. estaban muy entusiasmados: parecía que estuvieran en momentos de amor intenso con sus honorables cónyuges.

Recordé los ejercicios espirituales del reverendo padre Cerón: los muchachos, después de oír al Reverendo Padre, dejaban, durante ocho días, de acometer a las sirvientas de la casa. La sociedad suramericana vive aún en los subfondos. ¡Arte puro, belleza silenciosa…! En todo caso, yo necesito belleza, necesito sentarme como un pordiosero a la puerta de la belleza. No la encontraré en mis conciudadanos, y como tampoco puedo viajar, reviviré en mi espíritu al Libertador.

* * *

Treinta y tres volúmenes grandes de O’Leary; varios de Papeles de Bolívar; la Historia de la Gran Colombia, en cuatro tomos, por José Manuel Restrepo, muy difícil de leer; discursos y proclamas; el Diario de Bucaramanga, por Luis Perú de Lacroix; críticas a este diario; Memorias del general Tomás Cipriano de Mosquera; las obras de Decoudray Holstein, y de Jerónimo Espejo; el Bolívar de Mancini, de Vaucaire, de Marius André, etc., etc. Panegíricos, memorias de sus generales, estudios especiales sobre Bolívar guerrero, pensador, político, constituyente de patrias, diplomático. Documentos acerca de la creación de Bolivia. Trescientos veinte volúmenes y varias crónicas viejas, periódicos antiguos, cuarenta retratos, autógrafos; quince mapas de Suramérica y sus fracciones. Todo eso está aquí, al frente de Lucas Ochoa, quien es la araña en medio de su tela. Bolívar está informe aún. Su vida y recuerdos están dispersos por la inmensa tierra que recorrió, luchando por la gloria de independizarla, de formar hombres libres que lo aclamaran.

Vida de ritmo acelerado. Fue una hoguera sin intermitencias. Nació, triunfó y murió.

Luchó contra sus hermanos de ultramar, porque esta tierra era suya, para reclamar la tiranía activa de los conquistadores. El prototipo del criollo; encarnó el orgullo del criollo. España venía favoreciendo a los mulatos contra la nobleza americana, contra los nietos de conquistadores.

Para vencer se atrajo a todos con la diplomacia más intensa. Fue su gran labor. Se atrajo llaneros, granadinos y peruanos. En Venezuela luchó con gente indómita: Piar, Mariño, Bermúdez, Páez, Arismendi… Por eso, el período más admirable de su vida es hasta 1819. A Miranda lo despedazaron. Bolívar se hizo temer con el fusilamiento de Piar; se hizo admirar y amar, e hizo nacer el sentimiento de patria, al crear las glorias de Girardot, de Ricaurte y al fundar la Orden de los Libertadores. Se convirtió en el dispensador de la gloria. Apenas terminó la lucha, lo devoraron las furias. Los mulatos tomaron en serio la igualdad en el sentido de ser todos presidentes: por eso lo llamaban tirano.

¿Cómo soportar un emperador, pues hay hombres que son emperadores aun en el destierro?

La realidad no es igualitaria, sino superadora. Estaba atormentado, difamado, él, que «vivió de la opinión de los hombres». Desde 1826 no se oían las voces glorificadoras; no había sino editoriales inmundos de Florentino González, Luis Vargas Tejada… ¡El periodismo suramericano! En Venezuela todos querían mandar, y en la Nueva Granada la hipocresía de los hijos de seminario formaba el periodismo. A nadie se le ha venido encima la realidad de un modo más aplastante. Fue el último conquistador.

¡Qué soledad en este hombre! Su acción a impulsos de la gloria, percibida auditivamente. Pero no tuvo ni un solo amigo; hombres a quienes ascendía.

* * *

Hace días que leo de continuo. Me está sucediendo que él me absorbe la energía; lo contrario de lo que me he propuesto. Constantemente hojeo estos 250 volúmenes, y mi cabeza es un ruido infernal.

Voy por la calle discutiendo con él, con sus generales y con sus escritores. ¡Mi espíritu está loco! Ayer domingo no supe cuándo llegué a El Poblado para comenzar mi paseo a pie: al detenerse el tranvía, me di cuenta de que venía conversando con Bolívar. Está dentro de mi alma, metido en mis deseos, pasiones e ideas y hay una lucha terrible. ¿Será la brega poderosa de mi subconciencia para asimilárselo? ¿Triunfarás tú, hombre inquieto, hombre de a caballo, dominante? ¡Cuán hermosa su vida, cuán unificada! ¡Pero no me vencerá! ¡Vete, genio, a mi subconciencia!; ella te elaborará, te revivirá. Así me decía a mí mismo al emprender el camino de la montaña, y agregaba: No pensaré más; voy a detener este rumiar. Ya siento el ruido de la sangre en mi oído izquierdo. Ahora no pensaré en nada. Dejaré que mi energía flote en los espacios; daré mi atención no más que a la brisa, a las gramas mañaneras cubiertas de perlas. Mi oído absorberá la energía de los pájaros cantores; hay uno que silba así: Pi-i-i-i-o, Pi-i-o, Pi…

Porque, amigo Lucas, es una iniquidad que te domine, que te disminuya, que te reseque este viejo don Simón Bolívar. Buscabas absorber su vida, apropiarte la significación cósmica de su actividad, como si él fuera un objeto, y te has convertido en un mayor Santander, en un negro coronel cualquiera de los que él creó, y que volvieron a ser lo que eran al terminarse su energía juvenil y creadora. «Yo soy como el sol y ustedes brillan por mí».

De tal modo me sorprendí de nuevo meditando en Bolívar. Entonces me detuve a contemplar el confuso fantasma: ¿Dominarme a mí, a Lucas, metafísico fatalista? ¡Nada es gracia!; nada merece alabanza ni vituperio, pues todos somos prisioneros de la fatalidad, que consiste en el ignoto fin hacia donde conduce esta inquietud. ¿A dónde? Responde, si puedes, y así tendremos el sistema métrico para saber si eres más importante y tienes derecho a dominarme. ¡No me sigas! ¡Te niego mi admiración, buscador de gloria, hombre que vivías del aprecio de los hombres!

Tuve que devolverme. Muchas veces, mis hijos me han obligado a regresar con sus preguntas innumerables: ¿Cuál es el sentido más importante? ¿Qué es tacto? Ayer me hizo volver Simón Bolívar. Lo veía recorrer, como un poseso, a Caracas, el 26 de marzo de 1812. ¡El coronel Bolívar! Los curas predicaban que ese terremoto era un castigo divino. Él, en mangas de camisa, joven, pálido, gritaba a los curas: «Si la naturaleza se opone, lucharé contra ella». Hizo callar a un predicador, amenazándolo con la espada. Es el acto que más admiro yo en Bolívar: ¡en Suramérica, hacer callar a un predicador español, amenazándolo con la espada! Esto no lo podemos entender sino nosotros; ¿cómo podrá entenderlo Ludwig? Lo veía en Pativilca, en el Perú, enfermo, al comenzar a declinar: «Si los españoles no bajan, subiré y los venceré».

Lo veía en Casacoima soñar como un loco, hundido en un pantano, describiendo el futuro de que estaba grávido.

(Cópiense los retratos hechos por Páez, por Miller, por un oficial inglés, por O’Leary y por Perú de Lacroix).

Si deseo que Bolívar me deje la emoción artística, el significado superador, debo dominarme. De lo contrario me anonadará. El filósofo no debe permitir que los personajes lo subyuguen. ¡Yo me lo asimilaré! Es para mí toda la energía que encerraba. Poco a poco, agarro los hilos madres de su psicología. Dentro de un año estaré fuerte y sano; me habré librado de este alejamiento de la vida terrestre que me produjo la metafísica y mis métodos psicológicos.

* * *

También me absorberé al Bolívar de mis conocidos. «Con los siglos crecerá vuestra gloria como la sombra al declinar el sol». Este Choquehuanca se equivocó. No es precisamente el tiempo; son los ciudadanos los que forman la gloria de sus héroes.

¡Qué inmenso, realmente, para que lo admiraran en Europa, donde su imagen llegó en literatura suramericana!

El doctor Gregorio me dijo hoy que Bolívar no peleaba personalmente. Gregorio es un abogado. No puede admirar sino al que da de puñetazos. Me dijo también que había hecho mal en fusilar a Piar. En eso ha consistido el estudio acerca de Bolívar: cada mulato le ha aplicado sus valores morales, dividiéndolo en virtudes y defectos. Un negro no puede pintar sino negros; un filósofo inglés descubrió que sólo podía conocerse a lo semejante. De suerte que Bolívar es hoy un negro, un mulato o un demócrata bogotano. Nada más. El que aborda un objeto de conocimiento, se ve a sí mismo en él; el universo es un espejo, nos devuelve nuestra imagen. El secreto de la gran venta de las biografías vivas consiste en que los lectores gozan al contemplarse en el grande hombre, en el protagonista.

* * *

He perdido el control. Bolívar me persigue. Logro dominarme, y apenas me vuelve la salud se me presenta nuevamente, ya un poco más vivo; se me ocurre algo acerca de él, y oigo que me dicen: Apunta eso… ¡Cuán hermoso es el trabajo de la subconciencia cuando está elaborando!

* * *

Tengo una viva curiosidad por él. A cada instante me llegan nuevos libros, sin buscarlos. Todo acontecimiento, aun los más triviales, se relaciona con él. Sucede que cualquier objeto es centro del universo: ¿Queréis conocer un río? Es preciso penetrar en sus selvas riberanas, recorrer sus afluentes, estudiar fauna, flora, geología. El río es un mundo.

Las tierras que influenció; sus hombres, su época; todo es Bolívar. Todos nos relacionamos con el primer movimiento. Cada ser está empapado del universo; cada hecho es el universo. ¡Qué soberbia unidad! Mi don Simón se va convirtiendo en dos mil volúmenes, se va dilatando en el espacio y en el tiempo. ¡Cuán grande es el hombre y cuán pequeño! Pero advierta bien, querido lector, que mi idea no es la de Pascal: él hacía referencia al alma que perdura como un angelito de Rafael.

* * *

Es necesario hacer un croquis rápido y esencial, formar una imagen, con el método de Jehová, el estatuario: rasgos generales; el tamaño, la anchura; luego ir determinando cada rasgo, y después soplar, infundir el vaho. El método. ¡Francamente que el método es lo más conmovedor! Yo no puedo dejar de querer a los jesuitas, porque allá hablaban mucho de eso.

Así echaré a don Simón delante de mí por calles, plazas y montes, y yo iré detrás, animándolo y comparándome con él. Será mi hijo. Ahora sí se entiende el título de este libro.

Pero mi finalidad es apoderarme de su significación cósmica. Debo advertir que la patria no me importa metafísicamente. Quizá en eso le gane yo, en la conciencia cósmica. Pero, ¿tengo yo, en verdad, aspiraciones, método, fines cósmicos? Eso lo iremos viendo. Resulta que para una actuación universal, es preciso obrar en lo cercano, principiar por lo más inmediato, la culinaria, por ejemplo.

La primera visión cósmica que tuve fue precisamente por la religiosidad con que defeco: «Ayer, mientras defecaba, miré al cielo y tuve la intuición de seres superiores que compadecían a la criatura encarnada». (Mi libreta N° 10).

Sí, pero mi idea es que yo tengo ansias cósmicas, y que por percibirlas me inhabilito para la acción posible, que es la sobre lo próximo, la acción patriótica. Don Simón tenía conciencia continental. Eso es mucho; sólo unos cuantos hemos llegado a la cósmica. Cuán ridículo soy yo, yo que me estoy atribuyendo conciencia cósmica porque tres veces percibí, sentí y escribí en mis libretas:

(Cópiese de mis libretas).

¿Quién tiene conciencia fisiológica? ¿Quién la tiene ciudadana, familiar, patriótica, continental, terrena; conciencia egoísta, y conciencia cósmica? Ésta, los grandes místicos del universo, y aquélla, los santos menores. Bolívar, conciencia continental. Bonaparte…

Como en Napoleón, en los héroes antiguos veo conciencia de dominio.

* * *

Cuando lo haya revivido hasta el punto de que lo vea y lo oiga, escribiré el librejo, el cual debe ser gracioso. La naturaleza no es profunda, sino graciosa; profunda, en el sentido de enredada y difícil, como ciertos libros; es graciosa, fácil y agradable, como obras de arte que gustan a todos.

La dificultad que llaman comúnmente profundidad, depende de falta de madurez en el pensamiento. Yo he escrito profundidades, pero veo que consisten en ofuscación de mi inteligencia. Un pensamiento completo, es bello y fácil: gracioso. ¿Hay, por ventura, bellezas difíciles? La belleza se impone a todos los seres; hasta los minerales y las plantas parecen dominados por ella, y los acontecimientos le rinden homenaje.

Estuve leyendo un libro acerca de las campañas de Bolívar, que llaman profundo, y me ha dolido la cabeza, lo mismo que con la obra de José Manuel Restrepo, y es porque sus ideas están enredadas en un balbuceo muy difícil.

* * *

Todo viene a mí. Así vino hoy don Estanislao, el viejo historiador. ¡Qué secreta fuerza tiene el pensamiento!

«¿Quién fue el asesino de Sucre?». Eso preocupa a don Estanislao. «¿Sería Juan José Flores, u Obando, o el general Barriga que se casó con la viuda?». ¡Es un tipo, don Estanislao! El eje de su conciencia es aquel conspirador de Guasca, que quiso asesinar a Bolívar el 25 de septiembre de 1828 y que después fue el ejemplar del sabio de los Andes septentrionales: gramático. (Observo de paso que jamás es digno de confianza el hombre de fosas nasales poderosas. ¿Por qué será? Hay muchos problemas fisiológicos en la nariz. Por ejemplo, el doctor Azuero…).

Don Estanislao quiso escribir la biografía de un señor Berrío, y le resultó la del hombre de la conspiración: ¡qué lógica existe en la subconciencia! Yo, por ejemplo, deseo escribir acerca de Bolívar, y siempre soy y seré un teólogo.

Opina don Estanislao que en la otra vida sabremos quién asesinó a Sucre; si es para eso, no quiero ir allá: ¡documentarme con don Estanislao acerca de Obando, de la marquesa de Solanda y del general Barriga!

También dice que él no da fallos históricos; que su papel, en historia, se limita a ser juez de instrucción: todos son aquí tinterillos, ¡hasta los historiadores!

Mis relaciones con don Estanislao provienen de que fui a la «Biblioteca Zea» en averiguación de las memorias del general Tomás Cipriano de Mosquera acerca del Libertador, y no pude encontrarlas. Me contó que en 1830, en la inauguración del Congreso, su padre presenció la entrada de Bolívar; que iba vestido de negro y que ya la ropa le quedaba grande; que estaba muy viejo y apagado. Me conmovió. ¡Cuarenta y siete años! Es una vejez admirable, después de semejante obra. Medité en la autopsia. ¡La gran tragedia que me conmueve! El ritmo de esa vida fue acelerado como el de ninguna. «The flame has absorved the oil»: esto escribía el duque de Mánchester en 1815, en Jamaica, donde lo conoció. Entonces tenía 32 años y había estado continuamente durante cinco de ellos a caballo, atravesando ríos, pantanos, lagunas, climas deletéreos, valles ardientes y cimas heladas, formando hombres.

¡Casi me hace llorar don Estanislao! ¿Estará produciendo efecto mi método emocional?

* * *

No encuentro nada formado definitivamente en mi inteligencia acerca de Bolívar. Hay en ella, como en el taller del pobre escultor cuyos enseres fui a depositar hoy en un juicio ejecutivo, trozos de Simón Bolívar, cabezas, troncos, piernas, brazos…

El escultor lleva en su solapa medallas de santos y tiene cara larga, ojos bajos y temblorosos y los dientes podridos en las junturas. Mientras jugaba con la cadena de su reloj, me dijo: «Ojalá que la Honorable Asamblea aconseje a los pueblos que erijan estatuas del Libertador en las plazas públicas; así podré vender éstas (paseaba los ojos por sus máscaras) y podré irme a Barcelona a terminar mi formación artística».

Se van a cumplir cien años desde que murió Simón Bolívar, y yo también encuentro en mi cabeza pedazos informes de su gran personalidad y espero venderlos para ir a acabar la formación de mi corazón en otra parte, para ir a refrescar mis ideas morales en París…

¡Eso es! No pudiste hacernos hombres; somos gente mísera que aspiramos emigrar, explotando tu nombre. Así te han explotado los gobiernos, en contratos con escultores extranjeros; las casas editoriales al publicar el Bolívar íntimo, el Bolívar secreto, con cubiertas llenas de flores, de mujeres desnudas y con un retrato tuyo en que pareces un guerrillero bizco. Los habitantes de la Gran Colombia te venden a los jóvenes perversos, en calidad de hormón, cautelosamente, como se expenden los ingredientes contra las enfermedades del amor venal.

* * *

¡Qué sequedad! Tanto leer y reunir documentos me ha debilitado. El Mono de Marceliano, Conrado, Macario, Cipriano, León, todos mis compañeros de niñez han muerto en la ignorancia y la oscuridad. El Mono murió de anemia tropical; Macario hacía bocadillos en un pueblo del Sur y su viuda dizque es muy gorda; Cipriano, con peritonitis, gritaba en la agonía, y León se suicidó, borracho, a los 14 años.

¿Para qué nacimos el Mono, Macario, Cipriano, León y yo? ¿Cuál será el fin de estas vidas oscuras y cuál el de las públicas? El Karma es lo único que satisface. Veamos: la vida es apenas una etapa entre muchas que forman una escala que asciende a la conciencia divina. La vida próxima es determinada por la presente, según la ley de causalidad, así como ésta lo fue por los actos pasados. Ante el Karma, resulta lo que exige a priori la justicia: que somos iguales Bolívar, Macario, León, Cipriano, Conrado y yo; iguales en diferentes escalones; iguales los fines y el punto de partida. Si no fuera así, ¿cómo explicar la existencia del hombre que una noche miró a las estrellas y tuvo una inexplicable admiración de sí mismo; la del hombre que orina contra la pared y mira al cielo en busca de Dios, y la de León, suicida a los catorce años, y la del pálido Conrado?

* * *

Hoy no quiero a Bolívar. Estoy enfermo a causa de esta documentación. El hombre que trabaja en lo que no ama, es desgraciado; y mucho más si escribe acerca de lo que no ama. Lo indispensable para estar satisfecho, es poner la mente al lado del corazón. Estoy trabajando en Bolívar, tema que desde hace ocho días no me apasiona. Me apasionan la muerte y la vida, y, por sobre todo, la eternidad. Repetir: Soy indestructible, porque yo no puede ser cortado, ni quemado, ni aplastado: yo está fuera de las leyes físicas y pasa por los mundos: se arropa de la inteligencia, del cuerpo astral y del cuerpo físico. Mucho más que con Bolívar, me siento inmortal y bien parado sobre mis pies, dentro del aire, con el recuerdo de León y de Macario. Yo no puedo soportar al hombre de acción. Bolívar lo posponía y encaminaba todo a la creación de su obra. Sus escritos eran los necesarios en determinados momentos; era sincero únicamente con respecto a su obra continental. No puedo soportar sino la concentración en mis recuerdos y en mi alma. Me apasiona Gandhi.

Estoy derrotado en mis propósitos. Un amigo, Fernando González, vil alma de comerciante (6), me sugestionó para escribir acerca de Bolívar, con el fin de ganar dinero en el centenario de su muerte. ¡Qué bajeza! Queremos traficar con todo, hasta con la emoción que nos causa la muerte de la madre. Un literato moderno se apresura a recoger las emociones para imprimirlas y venderlas…, y así resulta que no hay emociones.

Diré francamente que no amo a Bolívar, que no lo siento. La literatura que lo rodea, en primer lugar, es desastrosa: «semidiós»; «grande en el pensamiento, grande en la acción, grande…». Es literatura de palabras amplias, huecas, un andamio tan alto que no se percibe a los actores.

En segundo lugar, los hombres que se mueven mucho me desarreglan el sistema nervioso. Así era Néstor: cuando llegaba a nuestras reuniones infantiles, se me paralizaba el psiquismo. Bolívar era tan inquieto que se hacía odioso: lo aborreció Miranda; lo aborrecieron sus parientes; su madre lo envió a otra casa, a los tres años. ¿Quién amó al Libertador, sin interés y sugestión? Lo amaron cuando triunfó, únicamente. Páez dice que le gustaba mucho dar batallas; oigamos a Perú de Lacroix: (Cópiese).

«Los Ángeles (California) -12- Betty Campson se acaba de divorciar de su marido alegando principalmente que éste, con la vida que le hacía, le había relajado el sistema nervioso. —United Press».

«Hacía mucho ejercicio. No he conocido a nadie que soportara como él las fatigas. Después de una jornada que bastaría para rendir al hombre más robusto, le he visto trabajar cinco o seis horas, o bailar otras tantas, con aquella pasión que tenía por el baile», etc.… (O’Leary. Memorias).

Perú de Lacroix: (Cópiese).

Anécdota del burro: (Cópiese).

Simón Rodríguez: «En usted tengo un amigo físico, porque ambos somos inquietos, activos e infatigables». (Carta de 30 de septiembre de 1827).

A quien más relajó el sistema nervioso fue a José Miguel Sanz, abogado de corteza cerebral sobreexcitada por los códigos, su tutor, y que se lo llevó de tres años para su casa, porque la angelical doña Concepción Palacios no podía aguantarlo.

Fue un niño impertinente, según las anécdotas que se han conservado. Sanz lo sacaba de paseo, montado en un burro manso. Iba inquieto, aguijando al burro, y le dijo el tutor:

—No se impaciente, que usted no será hombre de a caballo.

—¿Qué es eso?

—Hombre que sabe manejar un caballo.

—¿Cómo podré serlo, montando en este burro?

Las reacciones de este hombre eran enormes. ¿Una derrota? ¡Peor para el enemigo! En eso consiste el orgullo que constituye a los hombres célebres. Con lo del burro sucedió que durante veinte años no se apeó de mulas, caballos y mujeres…

Vivir es reaccionar. ¡Claro! ¿Qué otra cosa puede ser? Por ejemplo, dicen que la digestión es un choque hemoclásico. ¿El amor? Una reacción. El hombre activo, el héroe, la tiene grande y prolongada. Por eso me fastidia y me relaja. Veamos: supongamos que yo hubiera sido Páez, epiléptico, valeroso, gordo, lento. Estaba en Apure en 1819, evitando, con zorrerías, el ataque de Morillo; quemando los pastos, retrocediendo, atacando, etc. Llega el general Bolívar: ¡a pelear, a moverse hoy; a amanecer a veinte leguas; a construir flecheros, a reunir ganados, y por la noche a bailar, a decir discursos, paseándose por la mesa…, y al amanecer, un proyecto de pasar los Andes en el invierno, y órdenes para que yo marche a Cúcuta, y esto y aquello! ¿Cómo podría yo, el general Páez, cabezón, epiléptico y usurero, amar a este intranquilizador?

Tengo la intuición, la seguridad absoluta de que María Teresa Rodríguez del Toro, su mujer, murió a causa de relajamiento del sistema nervioso. Murió a los nueve meses de casada, de fiebre cerebral. Infiel, infidelidades con las negras de San Mateo, con las parientas… Un marido como Bolívar, es un escorpión. Su amante no podía ser otra que la desalmada doña Manuelita, la mujer del inglés.

En su infancia y primera juventud no lo quiso nadie. ¡Sólo el loco andarín de su maestro!

Tampoco querían creer en él. Relajaba el sistema nervioso; era «el joven terrible». Palabras de Miranda. A éste, Bolívar no le hizo sino bien; pero desde que salió a recibirlo a la Guaira, lo intranquilizó con su inquietud. Nadie creyó en él hasta 1813 en que Camilo Torres lo apoyó, pero sin verlo, sin estar a su lado.

———
(6) No me admiro ni me enojo por estos insultos. Comprendo la psicología de Lucas y todo se lo perdono. Es sincero. Me insulta, a pesar de que le he suministrado todas las obras que necesita para su trabajo. Por ejemplo la de O’Leary me costó ciento cincuenta pesos, pues Lucas no la quiso prestada: «Es necesario anotarlas, recortarlas, que sean propias». Unos quinientos pesos he gastado en esta documentación y el producto de la obra será todo para él, para que se vaya en una mula a recorrer el Continente y pueda escribir el segundo volumen. Por eso no se deben enojar los bogotanos, los suramericanos, los abogados: Lucas Ochoa es otra fatalidad. — (Nota de F. G.)

* * *

Era un hombre solo, sin amigos y sin amores. En verdad, no tuvo familia. El que nació para realizar una concepción, se aísla del género humano. La soledad de su alma cuando comprendió, en 1826, que su obra estaba para derrumbarse, es aterradora. Sus noches eran tristes; veía que al envejecer, al perder su aura, desaparecía la fuerza que había atraído tantos elementos dispersos. En el Diario de Bucaramanga se percibe la gran sequedad de los místicos. (Cópiese).

Se ha dicho que amaba a las mujeres, y no es cierto. Ellas se entregaban al Libertador y él las poseía. Pero ni ellas, ni él, ponían corazón en eso. No tenía tiempo, ni en su alma había espacio, para querer mujeres, amigos o parientes. ¡Esto es claro! Era un nervioso sensual. A un hombre como él, se le teme y se le admira, pero no se le ama. Nos juntamos por amor con nuestros iguales, que coinciden en nuestros deseos, debilidades y pasiones. ¿Bolívar, enamorado de una mujer? Es inverosímil, imposible psíquico. Las deseaba carnalmente. ¿Entregado a la amistad? Nada le sobraba; toda su fuerza nerviosa era para la realización de su obra, para sus ambiciones de gloria, de superación. Por eso, realmente, lo que se experimenta en su presencia es admiración, estupefacción. Creo que se ama a los altruistas, y a estos héroes se les admira. Dicen que en Bogotá hay muchos abogados que lo aman; es porque estos tinterillos son: (no sigo, porque podría ser nombrado para un empleo en Santa Fe y me llevaría el diablo).

Bolívar dijo en 1830, a orillas del Gualí, acostado sobre la grama, al mediodía, de paso para Barranquilla, al general Posada Gutiérrez: «Yo estoy aquí porque no quise entregar la República al Colegio de San Bartolomé». De éste y del Colegio del Rosario ha salido, verdaderamente, toda la maldad colombiana. El Libertador estaba reposando del calor, en decúbito, a orillas del Gualí ardiente; levantó la cabeza y preguntó: «Mi querido coronel, ¿sabe usted por qué estoy aquí?». ¿Cuáles serían sus meditaciones durante ese reposo? No es difícil reconstruirlas. De esos colegios salieron los señores Santander, Ospina, Azuero, etc. ¿Por qué no cierran esos semilleros de silogismos y de impureza?

* * *

Biografía. Y la vida no se debe escribir sino vivir. A mí no me importa Simón Bolívar sino como un estímulo para sentirme más vivo, para absorber más energía, porque yo soy también una gota de conciencia. ¿Qué me importa ser un espejo y devolver la imagen muerta, llena de flechas? Quiero sentirlo vivo a mi lado. Me interesa este hombre que vivió al aire libre, que nadó en el Orinoco, en el Apure, en todos los ríos de Suramérica; que vivió una vida con ritmo acelerado, voluntarioso; el hombre que más ha montado a caballo y que más se ha mecido en hamacas. Esto último revela la influencia en mí de los yanquis, para quienes todo es lo más: la mujer más gorda, el hombre más flaco del mundo. Pues bien: nosotros, los suramericanos, ¡señores yanquis!, tenemos el hombre que más ha montado a caballo.

Hace meses que me he rodeado de retratos del Libertador. Pero su vida hay que extractarla de una maleza de hombres mediocres. Todo el elemento humano que lo rodeaba, era mediocre, y la literatura de los panegiristas, biógrafos y comentadores, es lo más terrible: irritaciones meníngeas.

Lo más curioso es que todos los retratos, pintados o literarios, son diferentes. Es porque era todo anímico. En quien impera la carne y los huesos es muy fácil la fotografía, es cuestión mecánica. Pero el alma se sale de las leyes del mundo físico: la Santísima Trinidad, cuyo nombre llevaba, derramó en él la gracia. Todos hemos visto ciertos niños que tienen «aura» y que nos modifican el psiquismo, al verlos. Tenerlos presentes y sentir euforia, es obra de milagro; así debieran ser todos los niños colombianos. Hay hombres que parecen más pequeños de lo que son, más flacos, y otros que nos ocupan todo el espacio. ¿Cuál es la realidad? ¿La métrica o la psíquica? Bolívar era, en cierto modo, un ser de otro mundo, diferente al del sistema métrico; no era fotogénico.

* * *

Proyecto de ley. Hay que decomisar el nombre de Bolívar. Una ley al respecto. Lo lleva uno que ayer peroró a cinco descamisados que apedrearon luego las vitrinas del comercio de lujo. Averigüé bien y lleva el mismo nombre. Esperé, al menos, que se escribiera con b. Pero no: así les quitaremos un peso a estos Bolívares; les dejaremos los apellidos maternos. Ese nombre pertenece al Estado.

* * *

Aquí está. Un escrito del joven de la cara larga sobre una joroba, joven pálido: Luis Vargas Tejada. Los jóvenes que fanatizó Santander para su obra contra el Libertador. ¡Cuán sombríos los jóvenes de cara larga, sobre todo cuando lo largo es la mandíbula inferior! Bolívar hizo un retrato de este joven: (Cópiese). El escrito se llama «El alarma».

* * *

Es preciso volver a la obsesión de Simón Rodríguez: formar hombres activos.

* * *

¿Por qué se enloquece mi espíritu? Es como una película cinematográfica sin freno. Pasan imágenes.

Pasa el cartero a repartir sus telegramas. Se detiene en las puertas de las casas y avanza cinco pasos, y retrocede cinco o seis, y después entra como una flecha disparada. Va siempre como una flecha disparada. Al anochecer. Lo seguí.

—¿Quién eres?, me dijo.

—Yo soy el que orina contra la pared; ¿y tú?

Dio cinco pasos; retrocedió tres y salió rápidamente. A las dos noches lo encontré y seguí hasta detenerlo al salir de un portón.

—¿Quién eres?

—Yo soy el que cuenta. Tengo que contar tantos pasos cuanta es la suma del número de la casa: 162: uno y seis, siete; siete y dos, nueve; y tengo que dar nueve pasos para adelante y cuatro y medio para atrás, antes de entregar el telegrama. Tengo que contar todos mis pasos. Por eso, no me interrumpas; yo no puedo sino contar. La suma de mis pasos, desde que estoy contando, es de treinta millones ochocientos trece.

Logré conducirlo a «La Playa», a sentarnos en una banca.

—Conversemos, pues, dijo. Es bueno conversar de nuestros asuntos; y son pocos. Yo cuento. Ese es mi destino. Tengo que contar.

—Pues sí, amigo cartero, estamos encerrados. Dicen que cuando uno muere es cuando nace, y percibe por qué tuvo que contar sus pasos, etc., y que entonces la mensura de los hechos es muy clara.

Yo soy como tú: tengo que leer apresuradamente, porque tengo que ver delante de mí, vivo y materializado, un héroe muerto. Pero no será una lección para niños; el hombre nace con su cuerda. A ser grande no se aprende, jóvenes que bajáis al trote por las colinas, levantando gimnásticamente los brazos; el efecto de ese trote lo veremos dentro de unos mil años. Yo he experimentado todos los métodos: vomitar todas las mañanas, introduciendo el dedo en la garganta, para desopilar el hígado; he corrido, he brincado en la cuerda. El agua fría, el no comer sino a horas fijas, el trabajar metódicamente, y puedo asegurar que el hombre no tiene poder sobre sí mismo. La hechura de hombres es labor de generaciones. No hay que buscar la grandeza de Bolívar sino en su raza, la española. No en maestros, en libros, en viajes ni en amigos. Nadie influyó en él. Era un español puro, capaz de acción constante y larga en persecución de la gloria, percibida auditivamente.

Si pretendemos imitarlo, a lo sumo asesinaremos algún presidente de México. ¿No has observado lo que produce la literatura creadora?: esos ingleses pechisacados que recorren nuestras carreteras, a caballo, en mangas de camisa, mostrando una piel de gallina desplumada; esos boxeadores a quienes nace el pelo desde los ojos.

Somos fatalidades, amigo cartero: tú cuentas, y yo me documento apresuradamente.

* * *

Con esto de Bolívar se me ha presentado un problema, que llamo el problema del trabajo: ¿tendrá uno el derecho de entregarse a lo objetivo, sin reservas? ¿No debe tenerse lo objetivo como auxiliar de uno mismo? ¡Claro! He dejado salir fuera toda mi energía, y eso es absurdo. El fin natural del hombre es poseerse, tener capacidad de impertinencia, asimilar. ¿Qué puede importarme el Bolívar objetivo?

Principio:

Bolívar debe ser mi Bolívar, así como el mamón es de la mujer parida; tibio como el polluelo amarillo.

Hoy agarré un polluelo, lo tuve en la cuenca de la mano y me dije:

Así debe ser mi Simón, tibio y palpitante.

Importa la emoción que pueda darnos, el acrecentamiento que pueda suministrarnos. Así debe ser con todo trabajo. Pues, ¿cuál es el fin de la encarnación, sino ascender en poderes vitales?

Todo es en orden al individuo, que es el hijo de Dios. ¿Qué me importan la patria, y el bien y el mal sino en orden a mi superación? ¿No forman los individuos la grandeza social, y las sociedades la grandeza humana?

Me he entregado a lo objetivo desde hace días: leer y leer, cuando todo está en mí. He conseguido envenenarme y odiar al Bolívar literario, al de las estatuas encargadas en el caballo «entero», al hombre vulgar de los veintes de julio, al insoportable hombre del libro Bolívar por los grandes autores.

¿Por qué no ven esto los Gobiernos de Bogotá, Quito, Lima, Caracas, etc., que encargan Bolívares a Ludwig, a Muller, a Swobada, a Iván Mestrovic? ¡Trescientos mil pesos para Iván Mestrovic por un monumento del Libertador! ¿Cómo podrán un yugoeslavo y un judío alemán comprender al héroe del trópico? Todo es un anonadamiento de las fuerzas de Suramérica. ¡Cuán delicado es el psiquismo, oh, mulatos hijos de puta (7) que encargáis cartas para las amantes…!

No admiro sino la energía vital. Admiro al carnicero vasco que vino a establecerse aquí y me contaba hoy cómo se agarra al cerdo, cómo se le raja, se le hiende y se le cuelga en la carnicería en bellas lonjas. ¿Por qué no importamos gente así, que viva las plantas, el cespedón y las praderas… y abandonamos a los expertos yanquis, transeúntes?

Emil Ludwig escribe por cien mil pesos una vida del Libertador, que un historiógrafo americano le insinúa en París, en mal francés, y nosotros la compraremos y la admiraremos… ¡Qué aniquilamiento de nuestras propias fuerzas! ¡Qué grande ofensa a nuestra vitalidad mental!

———
(7) «… Si insistes en suprimir expresiones, no publiques el libro. Yo quiero ser el filósofo que se libra de la mala conciencia. Mi libro será un documento verídico del hombre que se documenta, o no será nada. Todo eso lo he vivido, y por eso debe quedar. Yo quiero mi patria, pero no amo a sus actuales habitantes. Espero en el futuro gran mulato». — (Carta de Lucas a F. G.)

Materialización

Si para algo me ha preparado mi disciplina es para materializar las representaciones mentales. Por ejemplo, puedo formar la imagen mental de un gato, y concentrándome, separarla de mí y ver al animalillo maullando en las categorías de espacio y de tiempo. Todo eso se lo debo a los EE. UU.

Me he retirado desde hace ocho días a este campo, «El Noral», en compañía del «hombre pequeño, de levita azul, con gorra de campaña y montado en una mula» (8).

Me he retirado aquí, porque el hombre que se documenta es impertinente como todo ser que está gestando.

Para la gestación el primer principio es el siguiente: saberse rodear. Veamos:

La casa tiene una pradera al frente que al terminar desciende con rapidez hacia la carretera y al río Aburrá. Mira al Oriente; al lado izquierdo tiene un bosquecillo de noros, cubierto de hojarasca propicia para el decúbito de las materializaciones mentales; a la derecha, un arroyo alegre.

Me vine solo; traje únicamente a los generales Luis Perú de Lacroix y Daniel Florencio O’Leary. Son dos evangelistas. Casi no subo la pendiente con una gran maleta en que venían el Diario de Bucaramanga y 33 tomos de O’Leary. En ellos está «el hombre pequeño, de levita azul, con gorra de campaña y montado en una mula».

Este hombre de la mula fue y es un extranjero entre los suramericanos, pero no entre los ríos, montañas, llanuras y aires del continente triangular. Los dos generales son extranjeros, y mi mente es extranjera.

Somos tres que no decimos una mentira; historiadores dignos de quien amaba sobre todo la verdad.

———
(8) El 27 de noviembre de 1820, entre las batallas de Boyacá y Carabobo, tuvieron una entrevista los generales Pablo Morillo y Simón Bolívar, en el pueblecito de Santa Ana, cerca de Trujillo. «Poco después —dice O’Leary— se divisó la comitiva del Libertador, en la colina que domina el pueblo de Santana. Morillo, La Torre y los principales oficiales se adelantaron a encontrarle. El General español iba de riguroso uniforme, llevando las órdenes militares y demás insignias recibidas del Soberano por sus servicios. Al aproximarse las dos comitivas, quiso Morillo saber cuál era Bolívar. Al señalárselo, exclamó: “¡Cómo! ¿Aquel hombre pequeño, de levita azul, con gorra de campaña y montado en una mula?”».

Invocación

El primer día debe hacerse la invocación, según lo ordena el método.

Llevo dos días de reposo. He distendido los músculos y la emoción. ¡Que mi energía causal distienda mi cuerpo! Deseo prepararlo para ser morada de la voluntad, de Aquél, del que aún está escondido, del general Simón Antonio Bolívar.

Todos los afanes se van como aves nocturnas, aves de la noche, aleteadoras y silenciosas. ¡Desocupad la morada, aves siniestras de los deseos tensos! Reposo. Reposo en el aire, en la luz y la tierra, y me acaricia el viento con sus dedos afilados y blandos. ¡Cuán elástica es la atmósfera!

Ningún deseo amarga mi paladar;
quieto está el día,
pero apasionado.
Todo en mí;
soy imagen
de Él.

A Él y en Él y por Él:
de ahí mi apaciguamiento.
¡Paz!
¡Qué dulce palabra
en la guerra de la vida!

Apasionado mi corazón
como una colmena,
pero rico
como los panales;
dulce como los panales.
¡Comamos, Lucas!

Aquí espero al general Bolívar; aquí, en decúbito sobre la grama, dilatando mi conciencia en el infinito animado y palpitante. Eso ya no es para mí el cóncavo azul, sino la titilante energía.

Pasan en vuelo reposado, mesurado, movimentado, los gallinazos. ¿Quién puede volar mejor que el gallinazo suramericano?

Hace días que estoy grávido y ha llegado la hora de parir a mi hijo; este volar armonioso del ave colombiana será el presagio de que va a nacer mi Simón Bolívar.

¡Venid, energía titilante, Mahatmas, para que mi libro sea gracioso, mesurado y medido como el vuelo del gallinazo!

Retrato

Voy a animar al hombre que vivirá conmigo en «El Noral». Ahora, en 1828, tiene 45 años y yo tengo 35; pero él revela 50. Comeremos legumbres, arepa, y él preparará la ensalada, según las damas de Francia; los domingos, oiremos misa sin cruzar las piernas al sentarnos; hablaremos de Voltaire, algo de los italianos e ingleses, y mucho de literatura española. Leeremos los clásicos latinos y griegos, en francés.

Tiene el General mucho espacio entre la nariz y la boca; como en 1825 se afeitó los rubios bigotes y patillas, se percibe más esa característica del sensual, y la cara parece más larga.

O’Leary lo midió: cinco pies, seis pulgadas inglesas. Durante una hora me he ocupado en reducir esto a centímetros y en hacer señales en la pared. ¡Era muy pequeño! Un metro con sesenta y siete centímetros. Yo tengo un metro setenta y tres, y soy de estatura mediana. Después me fui a buscar individuos de un metro sesenta y siete centímetros a la carretera, para tener la percepción visual de los de ese tamaño.

¡Qué individuo tan inquietante! Patillas y bigotes rubios, y pelo y ojos negros en una cara larga, morena, hacen un rostro inquietante. Así era hasta 1825. Agreguemos a esto los dientes perfectos, la nariz recta, menudo y endurecido el cuerpo y una vibración emotiva constante.

La nariz recta, o sea, no forma ángulo con la frente.

Menudo, pequeño, altanero e inquieto. El hombre alto es infantil; para ser jugoso hay que ser pequeño. Los órganos genitales pequeños, los testículos duros y los cordones de que penden, cortos. El escroto debe permanecer adherido al bajo vientre. Así es Su Excelencia, pues hoy nos bañamos juntos en el río…

O’Leary hace notar que el pecho es delgado, y así es, pero tiene una gran capacidad de la caja torácica. En un momento en que se estiró, levantó los brazos, hundió el vientre y sacó el pecho, se percibía el poder pectoral. Así, no me pareció delgado; en tal sentido, no estoy de acuerdo con O’Leary, a pesar de que el Libertador murió tísico: esta enfermedad se le desarrolló en Bogotá, en septiembre de 1828. No hay que confundir la capacidad ósea con la gordura. En Estados Unidos, durante un tiempo que estuve en Garden Hospital, con motivo de una parálisis (hemiplejía derecha), vi muchos convalecientes: quedaban anchos, a pesar de la flacura. Mientras que en Suramérica he visto los gordos, que al enflaquecer, quedan delgados: ¡todo es tejido adiposo!

Después de que salió del río, observé que se acariciaba los pies, antes de calzarse. Estos órganos, así como las manos, son pequeños y muy bien hechos. En Bogotá guardan unas botas suyas que parecen de mujer.

Respecto de las piernas, vi que eran muy delgadas, pero los músculos se percibían, no hipertrofiados, formando surcos y vendajes. Es un hombre sin grasa. Su gran órgano es el cerebro poderoso, y también el cerebelo; la frente se abomba y el cerebelo es protuberante, aunque no parece cabezón, a causa de que el eje fronto-occipital es muy largo; en las sienes se estrecha la cabeza. Tejido adiposo, no hay; todos son especializados.

La pantorrilla gorda es de mujer; en Inglaterra, los hombres tienen piernas que parecen zancos de madera, y es porque son andarines. Un hombre con pantorrilla rebullida, es desagradable. El macho debe ser todo endurecido como un vergajo. Así es Su Excelencia: carece de lo superfluo y abunda en lo necesario, a saber, un esqueleto óseo relleno de sustancia nerviosa y de glándulas, accionado por músculos. Pero no músculos de circo.

* * *

En el día de hoy estamos en los Llanos, en el Orinoco, en 1819, y tenemos 36 años. Antes de que reviva en mí y que me responda rápida y ásperamente, tendré que gastar días y días en mi método:

1° Levantarme todas las noches a la una y meditar en algo acerca de él.

2° Seguir su mismo régimen dietético y amueblar la casa como si él viviera aquí, descansando durante unos pocos días de sus grandes trabajos, de los insultos de los rábulas bogotanos, encabezados por Francisco de Paula Santander. Su Excelencia está descansando en la casa de su amigo, el extranjero Lucas Ochoa. Como siempre, en casa de extranjeros.

Decía que estábamos en los Llanos, quizás entre los ríos Apure y Arauca, a orillas del Cunaviche, en 1819; que el General tiene 36 años, si bien parece de siete u ocho más, debido a las arrugas de la frente y a su gran autoridad. Por ejemplo, siempre tuve la imagen de Bolívar como la de un hombre alto. Nadie concibe que un grande hombre sea pequeño y joven, a pesar de que todos son pequeños, endurecidos. Este es el gran problema de los Estados Unidos:

¿Cómo podrán agrandar el alma para que no queden desanimados esos corpulentos?

Mientras estamos allí, un oficial de la Legión británica escribe algunas notas, de las cuales copio lo siguiente:

«Su rostro es delgado y expresa paciencia y resignación, virtudes de que ha dado pruebas suficientes, y que le honran tanto más cuanto que su carácter es muy imperioso. Está rodeado de hombres a los que es superior por nacimiento y educación; no tiene que esforzarse para que sus maneras parezcan elegantes.

Lleva un casco de dragón raso, viste una blusa de paño azul con alamares rojos y con tres tiras de botones dorados; un pantalón de paño tosco, azul también, y alpargatas. Está sentado bajo un palodeagua, resguardándose del gran sol; empuña una lanza, ligera, con una banderola negra que tiene bordados una calavera y unos huesos en corva; debajo de los huesos una divisa que reza: “Muerte o libertad”.

Al lado del General están muchos oficiales, casi todos de color; Páez y Urdaneta son blancos; hay también un escribano, a quien el General llama Luquitas, en tono burlón, pero cariñoso.

Los oficiales están vestidos de camisas hechas con varios trozos de pañuelos de diversos colores, con las mangas anchas; amplios calzones blancos, en bastante mal estado, que les llegan hasta las rodillas, y sombreros hechos con hojas de palmera y adornados con plumas vistosas. Todos llevan alpargatas, y todos, sin excepción alguna, llevan grandes espuelas de plata o de cobre, de cuatro pulgadas de diámetro, y algunas de mayores dimensiones.

Bajo los sombreros llevan pañuelos de seda o de algodón, para preservarse la cara de los ardores del sol llanero».

* * *

«El Noral», agosto…

Querido amigo Fernando:

Envíame dos hamacas, y, de los libros de mi biblioteca bolivariana, la autobiografía del general Páez y la Historia de la Gran Colombia por José Manuel Restrepo.

No olvides los ciento cincuenta pesos que, según nuestro contrato, debes tú suministrar a Berenguela, por quincena.

También me enviarás una cama amplia, como para que los amantes jueguen a la gallinaciega. La que me hiciste instalar aquí es un catre yanqui. En EE. UU. inventaron e impusieron los catres metálicos, angostos y que traquetean como osamenta de viejo. En ellos no cabe sino uno. ¿Qué puede ser allí el amor? No; envíame una cama latina y de madera de bosque colombiano; en ella estará jugueteando el amor. En el catre yanqui está la pasión perversa, o sea, ese instantáneo acto de fieras que han comido conservas: cajas Morton o Libby’s. El amante yanqui dice: «¿Cómo es posible dormir juntos?». En él todo es una congestión de la corteza cerebral. Las dos hamacas son para el Libertador; una en el bosquecillo y otra en la casa.

Los libros que te pida no debes tomarlos prestados; hay que anotarlos y poderlos borronar y descuadernar.

Todo va bien.

Tuyo, Lucas Ochoa

P.S. Pídele a Berenguela, de mi biblioteca, los Ejercicios espirituales de San Ignacio.

Vale, Lucas

Nota.—Envíame mapas de Suramérica y de cada una de sus fracciones; sobre todo de Venezuela, Colombia, Panamá, Ecuador, Perú y Bolivia. El Libertador no tenía sino tres hijas hermosas en 1828, y ya son seis: Panamá, bebedero yanqui; Bolivia, factoría yanqui; y las demás, empréstitos yanquis y organizadas por Mr. Kemmerer. «¡Estos carajos!». Eso dice su Excelencia… ¿Es cierto que dizque vuelve Mr. Kemmerer…?

Lucas

Los ojos

Esta noche meditaré en los ojos, que son la parte más sensible, por medio de los cuales el hombre se hace universal. Por medio de ellos nos unificamos con el panorama. En esta meditación estaré ante la luz, cuyas vibraciones son muy rápidas; casi estaré lejos de los conceptos de peso y densidad. Las emociones más sutiles pasan por estos órganos.

Su Excelencia no mira al interlocutor, pero cuando se apasiona lanza miradas terribles; en tiempos normales mira hacia un lado mientras habla. El color de ellos es castaño oscuro, cambiante con las emociones; tiene profundas las cuencas y cuando está en tensión emotiva, prevalece el negro en los ojos, que relumbran; durante la pasión amorosa domina el castaño.

Su Excelencia cuida mucho de estos órganos y por eso los reserva; no está gastando la mirada, sin motivo. Esto lo aprendió de los indios yaruros. Para los brujos indios, el ojo es el arma terrible que no se debe emplear sino en casos graves. Al General no le agrada que lo miren al rostro.

Como le dieran un banquete en Guayaquil y quedara sentado en frente del coronel argentino Manuel Rojas, y éste mirara con insistencia a la cara de Bolívar, se entabló el siguiente diálogo:

—¿Quién es usted?

—Manuel Rojas.

—¿Qué graduación?

—Coronel.

—¿De qué país?

—De Buenos Aires.

—Bien se conoce por el aire altanero que representa.

La costumbre yanqui de mirar a los ojos es ofensiva y falta de pudor. Oigamos las teorías modernas de los agentes vendedores:

«Ante un espejo mirarse a los ojos, sin parpadear, durante dos o tres minutos, e ir aumentando el tiempo a medida que se fortifiquen los músculos.

Colocar en las paredes, a la altura del rostro, papeles en los cuales se hayan pintado círculos negros; una hoja a la izquierda y otra a la derecha. Se coloca el estudiante de pies, pechisacado, hundido el vientre, la cara en línea vertical con el esternón. Un cuarto de vuelta de la cabeza hacia la derecha y mirar al círculo negro, aumentando el tiempo a medida que se fortifiquen los músculos; ídem para la izquierda. Tercer ejercicio: mirando al frente, girar los ojos a la izquierda para mirar al círculo negro, e ir aumentado el tiempo; ídem para la derecha.

Mirar siempre a los ojos del interlocutor, con firmeza, entre las cejas.

No emplear a ningún solicitante que no mire a los ojos firmemente».

Este extracto lo hice del folleto de un conocido mío, agente vendedor de encurtidos, de Chicago, mi condiscípulo en la escuela de Mrs. Willson, folleto que le valió un premio de psicología en un concurso efectuado en Nueva York.

Otra cosa muy diferente dice la filosofía colombiana antigua, pues hoy no hay sino zambos yanquis:

No se debe mirar sino a cosas bellas, y los ojos de los hombres casi siempre son pústulas. Al mirar a los ojos nos contagian las malas pasiones. En una Chicago se siente uno mercader, bajo, robusto, sudoroso, porque nos miran a la pupilas y nos comunican las ideas de la compraventa, a saber, la cosa y el precio.

Los grandes hombres han cuidado siempre de sus ojos. Se mira a los del amigo filósofo, a los de la mujer amada o a los de la madre… Pero que don Camilo, el asegurador del Sol de Canadá, venga a aplicarme su libreta en que le ordenan: «Mire al cliente entre las cejas; piense firmemente en que se asegure, y, en determinado momento, láncele su petición rotunda acerca de la póliza…». Me mira don Camilo como si sus ojos fueran manos y los míos bolsillos, piensa en el modo de mirar Mr. Ford o Mr. Member, y me dice: «¡Hágase cargo de que usted tiene hijos, una fiel cónyuge y que debe, ¿oye?, debe asegurarles el porvenir…! Mi Compañía… En Estados Unidos hay diez mil millonarios que comenzaron sin un dólar, y lo primero que hicieron fue asegurarse con un dólar que… que…

… que se robaron, termino yo.

Un brujo indio, de una tribu del Putumayo, me decía, a propósito de este asunto:

«La piel protege al Vaho, y por las manos, por todas las extremidades agudas, sale, cuando lo queremos; los brujos no lo dejamos escapar sino cuando es preciso; en la gente común sale desordenadamente: cuando se emocionan, cuando se enojan, cuando se alegran, cuando se entristecen… El brujo no lo deja escapar sino para curar o embrujar. Sólo hay una parte del cuerpo en donde el Vaho está indefenso, en los ojos; por ellos se escapa a torrentes o por ellos se entra con todas sus cualidades, buenas o malas».

Hay que advertir que los indios entienden por Vaho algo parecido a lo que entendemos por espíritu; su terminología está más acorde con la creación de Adán, según el relato de Moisés: hizo Jehová una estatua de barro y sopló en ella, le infundió un vaho.

«Por eso, continuó el brujo, nosotros no miramos a los ojos sino en momentos en que deseamos obrar, por alguna necesidad urgente; en los casos comunes es suficiente, para imponernos, el vaho que fluye de todo el cuerpo. Nuestros ojos se dirigen siempre hacia los bosques o hacia el cielo. Por las pupilas nos contaminamos y por ellas perdemos la energía».

La voz

Era metálica, parecía un clarín, dicen los que lo conocieron en su juventud. El general Miller, quien lo conoció en 1824, dice que su voz era gruesa.

Es fácil la explicación: el Libertador comenzó a envejecer rápidamente en 1824. Su órgano principal, la causa de su genialidad, fueron las glándulas intersticiales: de ahí su gran voz metálica y su figura inquieta, para la que eran impropios los salones. No estaba bien sino en el ámbito suramericano. Desde 1824 comenzaron a degenerar esas glándulas, en provecho de las seminales, y por eso su voz se fue haciendo baja, voluminosa.

He observado que los hombres castos durante la juventud y edad madura, tienen voz metálica, vibrante, y que los jóvenes entregados al sexo poseen voz gruesa, baja, voluminosa.

Se puede hacer la siguiente división:

  1. Hombres de voz gruesa: buenos para amantes, muy lentos, sin voluntad, inteligencias opacas.
  2. Hombres de voz de clarín: voluntad firme, sensualidad creadora, inteligencias cortantes, amantes pésimos, rápidos.

He practicado observaciones durante estos cincuenta días que llevo de retiro: los gallos que he dejado en el gallinero cantan de un modo opaco y grueso, y los que tengo aislados parecen clarinetes. ¡Cuánta diferencia en la energía que emplean para saludar al sol!

Pues el Libertador, en realidad, sólo en Lima tuvo tiempo y ocasión para dedicarse al lecho. Antes no, por muy enamorado que fuera.

Conclusiones:

La voz del Libertador parecía un clarín, a causa de sus glándulas intersticiales óptimas.

Desde 1824, a los 41 años de edad, principió a envejecer, a causa de la atrofia de las intersticiales, en beneficio de las seminales, y de ahí su voz ronca.

Por supuesto que estas son hipótesis. Determinar las causas de una decadencia orgánica, ya que el organismo es una sinergia, es algo imposible.

Pero, en todo caso, el Libertador, comparado con cualquier joven de hoy, no fue mujeriego. Fue la suya, sensualidad creadora.

Era nervioso, rápido en el amor. No conoció la delectación del amancebamiento. A propósito, copio aquí un párrafo de la carta que escribí a una amiga que se documenta acerca de él:

«… Ahí va una carta inédita de Bolívar para doña Manuelita Sáenz, escrita en 1829, en la cual la despide. Queda comprobado que el Libertador no fue cónyuge. Era que doña Manuelita se agarraba. ¡Pobre Bolívar, obligado a amanecer con ella, a pesar de su repugnancia por los amores conversados!».

Epílogo

Ya el lector conoce a Lucas Ochoa y sus métodos, que era el fin de este volumen. Dejémoslo ahora presa de los Ejercicios espirituales de San Ignacio, aplicándoselos al héroe para resucitarlo.

* * *

¡En este bolsillo te guardo, estilográfica! ¡Nadie me la coja!; sólo yo, el día en que salga, montado en una mula patifina y mecida, camino del Orinoco…

Fernando González

Fuente:

González, Fernando. Mi Simón Bolívar. Envigado, Ediciones Otraparte, séptima edición, febrero de 2015.

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Mi Simón Bolívar (1930)

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Última revisión en julio 20 de 2017

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