Corporación Otraparte

Ciento un años
pensando como un viejo

De un libro a otro, y toda su vida, Fernando González se encargó de ir a pie, como uno de sus títulos, caminando y gastando la existencia, extrayendo de las experiencias propias constante material de pensamiento.

Por Andrés Esteban Acosta

Insistir en el camino del pensamiento propio asumiendo la vida como objeto de análisis fue el eco que dejó Fernando González desde su primera obra. De allí que sus búsquedas sean compartidas por diversos lectores. Estos se han encargado de dotar de inusitada vigencia al autor nacido en Envigado. Y digo inusitada vigencia porque otros autores de esos que solemos llamar “nuestros”, no han recibido el mismo beneplácito que sí ha recibido el escritor que para 1916 era un muchacho que sin complejos se lanzaba al escenario de la publicación de pensamientos o reflexiones propias.

Revestido del aire de panida y con el serio deseo de dedicarse a las cuestiones filosóficas, para él vivencias, Fernando González completó la tarea que años atrás ya había dejado asomar en los números del cinco al diez de la revista Panida, publicación desvergonzada de muchachos que se dedicaban a leer, escribir, ver muchachas y otras actividades de lo que es posible llamar una manifestación de la bohemia montañera fluctuante entre la melancolía y la ensoñación. Los textos que allí aparecieron y que fueron publicados entre abril y junio de 1915 fueron sus “Meditaciones”, una serie que posteriormente pasaría a ser una sección de Pensamientos de un viejo, y el texto “Juan Matías”, que pasaría a la sección “Desde mi tinglado” del mismo libro.

Pensamientos de un viejo como proyecto íntegro sale a la luz en abril de 1916 acompañado de elogios y de buenos augurios sobre el nacimiento de un pensador en tierras antioqueñas. Don Fidel Cano, por aquellos días director de El Espectador, y conocedor de las andanzas del autor desde que este se reunía con los panidas en las instalaciones donde funcionaba su diario, se encargó de prologar la obra de un Fernando González que, sabiéndolo o no, estaba dejando consignados todos los problemas que luego se desarrollarían con mayor detenimiento en el resto de sus obras.

Para la segunda década del siglo XX, publicar pensamientos propios era una tarea difícil. De allí que fuera necesario, más allá del talento literario, contar con buena publicidad. Las notas de prensa de El Espectador, El Sol, El Correo Liberal, Renacimiento, impulsaron el nacimiento de un texto que quedaría en el recuerdo como la primera empresa libresca de un escritor de veinte años que fluctuaba entre la lozanía y la vejez. A propósito de esta oposición temporal, Fidel Cano escribió en el prólogo del libro lo siguiente: “No pienso yo que González se haga el viejo o finja haber envejecido, ni tampoco que esto último le haya pasado en realidad: lo que me parece es que muy sinceramente se cree él llegado a interior vejez prematura, a causa de amargores que el ejercicio demasiado temprano de ciertas facultades del espíritu le ha puesto más que en el corazón en el cerebro”.

El joven hecho viejo emprendió un camino de escritor y pensador que sería prolongado hasta el instante preciso de su muerte en 1964. Pese al paso del tiempo, Fernando González siguió siendo el vitalista y melancólico de su primer texto, características que acompañaron el resto de su obra que más que proyectos de escritura dirigidos a un determinado público, fueron verdaderos ejercicios de brega íntima y de búsqueda constante.

Pensamientos de un viejo fue entonces el libro del muchacho que ya intuía el peso del paso del tiempo. Este decadentismo fue propio de un contexto de muchachos que aceptaron un principio de nostalgia como forma de vivir la juventud. Así fue como Fernando firmó a muy temprana edad un compromiso con el pensamiento, un compromiso que nunca fue evadido por el autor.

El trayecto inaugurado por Pensamientos de un viejo marcó el inicio de posiciones encontradas en torno a la figura de Fernando González. Por un lado los que lo alabaron y por otro los que despotricaron. Sin la necesidad de tomar partido por unos o por otros, lo que sí es posible decir es que González fue leído desde que su primer libro vio la luz. Unos y otros reconocieron en él un pensamiento que proponía salirse del molde de la mera recepción de ideas europeas. Sus intenciones eran atrevidas, consistían en dedicarse a pensar huyéndole al miedo que significaba —y aún lo sigue siendo— hacerlo por nosotros mismos.

Pensamientos de un viejo fue el inicio de una trayectoria de publicaciones que se cerraría con La tragicomedia del padre Elías y Martina la velera (1962). De un libro a otro, y toda su vida, Fernando González se encargó de ir a pie, como uno de sus títulos, caminando y gastando la existencia, extrayendo de las experiencias propias constante material de pensamiento. En su camino supo ser otros sin dejar de ser él mismo, prueba de ello es su alter ego Lucas de Ochoa que aparece en algunas de sus obras; supo renunciar a la publicación de sus textos para tomarse un tiempo de silencio durante el cual aprenderse, silencio que inició al final del libro El maestro de escuela firmando como Ex Fernando González y que culminó con el Libro de los viajes o de las presencias en 1959, publicado gracias a la contribución de Alberto Aguirre. González supo vivir escribiendo y en esa constante logró articular todo un pensamiento diverso en sus temas.

Por Fernando González han pasado, con sus lecturas y comentarios, muchos personajes relevantes en el panorama literario e intelectual de la región y del país. Entre tantos nombres que pueden ser mencionados sobresalen Tomás Carrasquilla —que en una de sus cartas (1934) además de llamarlo amigo le augura que con su texto El hermafrodita dormido cosechará muchos lauros—, el padre Alberto Restrepo —quien en su libro Para leer a Fernando González estudia extensiva y comprensivamente su obra—, Manuel Mejía Vallejo —que en uno de sus escritos mencionó que escribía sobre él “por un simple acto de agradecimiento”—, Alberto Aguirre —que le siguió sus acertados caprichos editoriales—, León de Greiff, Mario Escobar Velásquez, Óscar Hernández, los nadaístas y José Manuel Arango. Este último le dedicó unas bellas líneas en el poema que lleva por título “Pensamientos de un viejo”, dedicado a Fernando González hijo:

10

Nos pensó. Tuvo ojos para ver nuestro entorno.
Conocía esta tierra.
Una tierra como útero herido por el partero con la uña.

11

Y esa forma suya de hablar, con vocablos redondos, duros.
Uno sabe: esto es mío. Se reconoce.
Usó para pensarnos el dialecto que hablamos.

[Fragmentos del poema]

Paralelo al primer libro que publicó Fernando González quedaron en las libretas los apuntes de lo que sería, en publicación póstuma, El payaso interior (2005). En este texto, prologado por Ernesto Ochoa Moreno, González deja ver el carácter decadente que hay en sus primeros apuntes al referirse a la publicación de su primer libro: “Es preciso aceptar esta alegría nueva ya que mi vida es tan triste de continuo. Quizá el segundo libro no me proporcione semejante contento. Quizá la vida venidera sea una cadena de melancolías. Aceptemos este vaso de regocijo que se nos ofrece, ¡oh corazón mío!”.

Ciento un años después, Pensamientos de un viejo sigue siendo un libro leído. Las diferentes ediciones que se han hecho son una muestra de la buena acogida que los lectores le han dado a un autor que continúa generando posiciones encontradas. Más allá de los opuestos que se puedan configurar en torno a este personaje, hay que aplaudir que por lo menos se esté leyendo, bien o mal, a un pensador local. Lo demás es cuestión de búsquedas y pretensiones.

De estos primeros textos queda, además, por lo menos en términos de estilo, la constancia inicial de una escritura de apuntes. Escribir es apuntar lo que se extrae de la vida, parece decirnos González con el estilo de su texto. Quizá esta es una de las razones que han mantenido vivo a este autor. Su escritura fue honesta con su pensamiento, con su vida y con su lugar en el mundo.

Fuente:

Acosta, Andrés Esteban. “Ciento un años pensando como un viejo”. Periódico De la Urbe, Medellín, miércoles 5 de abril de 2017.

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