Corporación Otraparte

Fernando González

La huella literaria

Por José Jairo Alarcón Arteaga

La obra de Fernando González Ochoa (1895-1964), «el filósofo de Otraparte», ha marcado la sociedad antioqueña, su crítica, su historia literaria y ha generado también una ambivalencia insostenible cuando la clase dirigente trata, enconadamente, de asimilar su legado.

La influencia de Fernando González tuvo un significado místico y carismático porque trató principalmente de educar con su ejemplo y de profesar una doctrina profunda y sencilla pero que no pretendía ser «universitaria» ni «académica». Su vida de acción, su incursión en la política plantean el enfrentamiento con una mentalidad negadora de la vida y de la energía erótica, por ende, de la bondad y de la belleza. Por eso González aparece como un enamorado de la acción, un militante de la vida al servicio de la conciencia de ella.

Una mirada biográfica al filósofo de Otraparte señala las vicisitudes propias de una persona íntegra, de una preferencia por sus gustos y convicciones sociales. Un rasgo esencial de su pensamiento es el acercamiento al misticismo y su independencia de cualquier forma de totalitarismo.

En 1929 aparece Viaje a pie, un curioso texto con dibujos de Alberto Arango Uribe y dedicado al general Tomás Cipriano de Mosquera (1798-1878). La intención del libro es provocadora y denota la intencionalidad del combate intelectual. Tiene la estructura del documento excepcional y polémico porque también es una radiografía de la región central de Colombia. El interés de Fernando González no busca ser monográfico sino pedagógico. Es su versión de la realidad social que contrasta con la política y las costumbres. El tono pedagógico, incitante, cordial, muestra la intención filosófica de educar, de indicar el camino. En el prólogo, que se llama «Viaje a pie de dos filósofos aficionados», se lee: «En cada época de su vida el individuo tiene tres o cuatro ideas y sentimientos que constituyen su clima espiritual. De ellos, de esos tres o cuatro sentimientos o ideas, provienen sus obras durante esa época».

Fernando González se define «filósofo aficionado». Esta es la característica ideológica de su trabajo: la filosofía lo alejará de todo dogmatismo escolástico y de las ideologías políticas de la época. Así, la filosofía se erige en un criterio de independencia espiritual y descubrimiento de nuevos horizontes existenciales: «Nos llamamos filósofos aficionados para no comprometernos demasiado y porque ese nombre es mucho para cualquiera».

El Viaje a pie es un viaje de libertad del cuerpo hacia el descubrimiento de la mismidad, hacia la dignidad humana. Esto será básico en el lenguaje espiritual de nuestro filósofo: la educación del individuo sobre otras bases:

Salimos hacia El Poblado, en tranvía, por una de esas hermosas carreteras antioqueñas que son las más baratas del mundo. […], por una carretera de un kilómetro que se continúa en una pendiente pedregosa; el kilómetro de carretera se hizo para que tres caciques fueran a sus quintas a digerir rezos y hurtos.

La actitud crítica, con ese aire peculiar de poner en todos sus actos y vivencias, marcará una generación, pues los seguidores de Fernando González verán en esa actitud una manera de vivir la filosofía, es decir, la forma de superar la contradicción teoría-práctica. La vivencia conforma al individuo en hábitos, actitudes, maneras y es en sí misma un ideal filosófico de educación. Por eso se transmite tan fácilmente: «Lo airoso o desairado de la actitud humana depende de la ideología presente entonces en el campo de la conciencia. De ahí que aquellos que tienen gran movilidad espiritual sean también variadísimos en sus actitudes físicas». Hay en el pensamiento de Fernando González una intuición de la unidad del ser, tan importante también en las filosofías orientales: «… habíamos resuelto adoptar como columna vertebral moral del viaje la idea de ritmo. El ritmo es tan importante para vivir como lo es la idea del infierno para el sostenimiento de la Religión Católica».

Es por el ritmo que se realiza esta unidad:

Indudablemente cuando un hombre y una mujer se atraen, eso se verifica por sus ritmos; es porque unidos son importantísimos para la economía del universo. Por el ritmo podrían calificarse los hombres… […] Para no cansarse hay que descubrir nuestros ritmos, ajustar a ellos nuestros pasos […].

El maestro González es minucioso en la crítica. Esta crítica, ideal de su tarea, que buscó identificar con la estética: «La salud, la conservación de nuestra elasticidad juvenil, son finalidades del viaje. ¡Cuán desconocido y despreciado es el deporte por los colombianos clericales! Quieren mucho el cuerpo humano, pero en la oscuridad; es un amor de facto».

Esta crítica social no se ampara en ideologías o en un pensamiento retórico. Es una crítica con la actitud, con la búsqueda de la vivencia:

Necesitamos cuerpos, sobre todo cuerpos. Que no se tenga miedo al desnudo. A los colombianos, a este pobre pueblo sacerdotal, lo enloquece y lo mata el desnudo, pues nada que se quiera tanto como aquello que se teme. El clero ha pastoreado estos almácigos de zambos y patizambos y ha creado cuerpos horribles, hipócritas.

Y también: «En Colombia, desde 1886 no se sabe qué sea alegría fisiológica; se ignora qué es euritmia, qué es eigeia».

El centro de la crítica de Fernando González apunta a decir que el pueblo colombiano es sedentario y no está acostumbrado al esfuerzo. Un análisis de fondo indica que en el sistema conceptual, en la cultura, había una subvaloración del cuerpo, una inversión de prioridades en el arte de vivir. Se puede hacer una lectura diferente para comprender que la mentalidad del pueblo colombiano es de una actitud pasiva frente a la libertad, que no vive su cuerpo, que desprecia el cuerpo. No es solo, entonces, la demencia de la ideología pacata, pueblerina, sino una mentalidad madre de las costumbres sociales y políticas:

Los pueblos acostumbrados al esfuerzo son los grandes. Así, los países estériles están poblados por héroes. […]

Entramos a despedirnos de parientes que veraneaban por allí, gente sedentaria que al vernos de viajeros a pie, nos miraban tristemente como a vesánicos. Ninguno de nuestros conciudadanos (si es que en Colombia aún tiene uno conciudadanos) podía comprender nuestros motivos. Para ellos, se camina cuando se va para la oficina, cuando se viene del mercado. No está aún en las posibilidades mentales de nuestro pueblo el comprender los fines interiores. Cuando nos ven hacer gimnasia nos miran con ojos espantados. […] En las posadas nos decían: «Pero, ¿vienen ustedes a pie?». […] Todos nos repetían: «Yo, teniendo los veinticinco pesos que cuesta la mula, no me metería por aquí, a pie». Nuestro pueblo es muy tímido e ignorante: las frutas hacen daño; bañarse es perjudicial. Dicen: «La cáscara guarda al palo».

La obra de González adquiere la densidad e importancia de un derrotero intelectual. En efecto esta actitud vital será básica en generaciones posteriores que habrán de desarrollar una oposición a los valores escolásticos católicos y a una sociedad que entendían corrupta.

Llamo derrotero intelectual a la búsqueda de una expresión literaria y al perfeccionamiento de la misma. Esto es claro en Fernando González. Pensamientos de un viejo (1916) es un libro de nombre paradojal: varios ensayos dejan entrever la influencia de pensadores como Spinoza y Nietzsche. Es el ambiente de los Panidas el que lo ubica como un esteta: gran prosista y dedicado a vivir artísticamente. Posteriormente ese vivir a la enemiga desafiando las convecciones sociales será una crítica encarnada que pone la existencia individual como práctica. En Don Mirócletes (1932) hay una prosa franca, directa, que discute ella misma los cánones de la belleza; se encuentra acá cierto gusto por la crítica altisonante contra la ideología pacata que obra como contraparte.

La «Conferencia en Bello» nos da ejemplos de ideas que serán importantes en el nadaísmo: «Las verdaderas universidades son los grandes hombres; viendo orinar a un hombre grande se tienen más estímulos y se agranda uno mucho más que leyendo tratados de fisiología». También:

No quiero ser el que soy, todo y nada. Soy un comienzo de todo.

[…]

El secreto está en la fuerza interna que derrama al exterior sin que lo sepamos.

[…]

En todas las manifestaciones humanas, filosofía, arte, ciencias, pasiones, triunfa la energía. Es la vida manifestada la que domina.

Estos fragmentos son ilustrativos:

Pero me comprenderéis mejor contando el modo como he llegado a estas vislumbres de la vitalidad y describiéndolas una a una. El modo ha sido vagando por las calles, observando a mis amigos y parientes, asistiendo a tumultos, sermones, ejercicios espirituales, mesas eleccionarias, teatros. He sido socrático y nada le debo a libros, que son imágenes apenas de la vida.

[…]

¿Por qué es tan desagradable convivir con intelectuales? ¿Por qué son tan impropios un marido intelectual y el presidente Caro? ¿Por qué los intelectuales raras veces están en puestos de mando? Porque son meros críticos, carentes de egoencia.

Y en Viaje a pie:

La vejez, que se compone de falta de fe, tolerancia y amor, no es sino agotamiento de esa energía que causa todo el fenómeno variado de la vida.

Los valores positivos, los del triunfo, acompañan a la juventud.

Los códigos morales, las virtudes aceptadas, petrificadas, las catalogaron hombres debilitados ya. Predicador de moral se llega a ser al declinar de la vida.

Es cierto que hay un estado de alma enfermizo, el estado colombiano, que consiste en estar obnubilado, metido en una idea como en una concha, en una idea religiosa.

[…]

Cuando se agota la energía de la raza, aparecen los predicadores de la paciencia y demás parásitos. Grecia nos da un ejemplo cuando, al decaer, apareció aquel tábano sobre el caballo Atenas: Sócrates. Contaba él mismo que un frenólogo le dijo que su cabeza era el nido de las malas pasiones. Sócrates, feo y frío, lógico como un serrucho, tolerante y descreído, apareció cuando se acabó el ánimo griego. Surgió la moral, ese chorro inicuo de frases que sale de las bocas sin dientes.

También Alemania de hoy, con sus jóvenes tiesos y de cabeza sonrosada: ahí han aparecido los predicadores de la energía, de la guerra. Nietzsche —¡cómo se alegra la vida al recordarlo!— fue el goce dionisíaco.

Fernando González escribió el Libro de los viajes o de las presencias en 1959. La fecha de publicación es importante porque es el pensamiento tardío del maestro y, además, porque alude allí claramente a la problemática de una Colombia más moderna, como era la que asistía a la segunda mitad del siglo XX. Evidentemente, en este libro hay un balance existencial, es decir, una recuperación anímica de su propio ser:

Al regresar a mi tierra y gente me sentí como en casa y me di nuevamente a callejear, caminar por la carretera, sentarme en las barrancas y en los cafés de las aceras, para atisbar agonías, entierros y mujeres, que son mi vocación.

Efectivamente, ese es un libro singular porque está pensado como balance espiritual y social, es decir, que el maestro quiere dejar explícita su experiencia y la revelación existencial que ha hecho de él un ser original. La originalidad, en nuestro medio, autenticidad, será esa forma existencial, íntima de sentir y de expresarse. La forma misma de presentación del texto es provocadora, intenta ejercer la crítica con el ejemplo y con una forma de presentación anti-intelectual. Una primera parte del texto está compuesta de veinte capítulos donde el autor hace agudos comentarios sobre la concepción de la cotidianidad y la existencia como vida concreta. Hay un recurso literario recurrente que es la búsqueda de Lucas de Ochoa, que indica la búsqueda de sí mismo, búsqueda que había sido infructuosa desde la formación escolástica. Toda esta argumentación está inclinada al «descubrimiento» como acontecimiento, puente con la literatura de horizonte existencial:

Lo mejor del valle del río Aburrá, para el alma pasional, la mente y el espíritu, es Envigado, porque es un descanso que va formando suavemente la cordillera de ancha presencia de Las Palmas, al descender hasta el mirador sobre el valle del río, al oeste, en donde están las Hermanas y las fincas y casonas de los Boteros y de los Jaramillos.

Esa búsqueda de Fernando González es la reconciliación con las raíces y la propia historia como una respuesta más coherente a las ideas de la clase dominante. En efecto, González irá progresivamente marcando la diferencia a partir del ser del contenido existencial de la persona:

En esta capital de Colombia hay originalidad humana, ahí, a dos pasos… Salid y está en la puerta un pordiosero que es igual o mejor que las figuras de Leonardo. ¿En dónde hallar, sino en este lugar sagrado, un Libardo Uribe, el que alquila bestias para ir a pasear y que tiene su tienda y su universidad en la esquina noreste de la plaza, bajo la ceiba que sembró Rengifo?

El tono del Libro de los viajes o de las presencias es diferente a los anteriores, en él hay más huellas de sus lecturas en su afán de síntesis; también porque es contemporáneo de la ola de modernización de la sociedad mundial. En su argumentación están: Epicteto, Dostoievski, Kafka y Shakespeare. Insistentemente habla del karma, categoría del pensamiento oriental que asocia a las historias con las que ilustra su libro. Lo que trata el maestro González es identificar un sentido de los hechos humanos para asociarlo al desarrollo de determinadas personalidades. Él no ha renunciado a creencia alguna; por el contrario las ha refinado, universalizado. Es la aspiración arquetípica de una cultura que no admitía reinterpretaciones escolásticas.

Creo, González, que tienes ya una insinuación de la jerarquía espiritual. Ahora está muy en moda la bibliotecología a lo yanqui. Una verdadera biblioteca no contiene sino unos cincuenta libros, debajo del Sancta Sanctorum; unos doscientos en los misterios especializados, y… algún día te enseñaré mi biblioteca: hay unos diez; encima de ellos, alto, Benedicto Spinoza, con sus satélites, Bruno y Maimónides. Allá, en el Sancta Sanctorum, en donde no hay arriba ni abajo, de donde brota la intimidad, está Jesucristo.

Las partes segunda, tercera y cuarta estarán dedicadas a las libretas que González obtiene de ese otro que es también él. Dice textualmente:

La primera libreta contiene partes del diario de Lucas de Ochoa en 1938, cuando estaba sumergido en el mundo de la causalidad o necesidad. En él habitan casi todos los hombres de hoy. Somos ahí como pajuelas al viento huracanado, sometidos ciegamente al juego causal de la representación. Su rey o filósofo es Schopenhauer: El mundo como voluntad y representación. Pasean por allí, grandiosos y magníficos, Marx y Engels, en la región del materialismo histórico y la dialéctica materialista de la historia, y se ven figuras o demiurgos que pasman por su presencia anchísima y que son los discípulos de Bacon de Verulamio, los de la ciencia inductiva. Al final de las pocas notas de esta libreta, se percibe ya el mediador o dios que nos saca de tal mundo; el remordimiento o inconformidad, nacidos de una sospecha, un llamado de la Intimidad.

En la segunda libreta va apareciendo lentamente, dialécticamente, la reconciliación de la necesidad con la intimidad. Este mundo es el primero de los superiores o cielos, deleitoso, o mejor, tiene beatitudes.

En la tercera libreta se va ascendiendo hacia la Intimidad, pero en zigzag, con recaídas a infiernos, zigzaguear que precisamente es la característica del camino dialéctico. «Setenta veces siete cae el justo».

Y, por último, entre las libretas, encontré dos manojos de hojas manuscritas en que Lucas de Ochoa preparó en forma conceptual la explicación que en los diálogos pensaba darme, para hacerme vivir en varias formas la preparación para los viajes.

Para un análisis de las influencias ideológicas, es fundamental señalar la intencionalidad del autor. En el caso de Fernando González se ve claro su desprendimiento de todas las formas ideológicas convencionales de la sociedad, y su intransigente actitud de independencia personal. En una época de modernización de la sociedad mundial, como lo es el fin de la década del 1950, el maestro González practica una vida ascética en lo económico y social, independiente y esencialmente vitalista. Parece que su larga trayectoria le enseña que debe ser práctica primero, antes que ejemplo. Pero no desconoce la estructura de la sociedad:

A los jóvenes hay que invitarlos a la inteligencia, para que se desnuden (viajen), y no a la desnudez. Ésta no es el fin, sino el viaje. Si reniegan del mundo, de su mundo, sin que se despeguen de él, entendiendo, enloquecerán o serán mera vanidad: ¡Los nadaístas! Suceso prometedor o desastroso; expresa esto: ¡para los colombianos llegó la hora de nacer o de ser nada!

Ese talante práctico y vital será importantísimo en la cultura que fomenten los intelectuales de 1960: la existencia como práctica de la renovación. Dos concepciones que eran tangentes pero que se separan posteriormente: el marxismo y los existencialismos. La rebeldía nace más bien del lado de la influencia nadaísta por una crítica más local de las costumbres, y más enamorada del cuerpo y de la fiesta. Pero, esto es definitivo, no nace de Fernando González de un esfuerzo «teórico» especulativo, ni tampoco de una escuela o tendencia intelectual:

Porque yo propiamente no soy novelista, ni ensayista, ni filósofo (¡qué asco la filosofía conceptual!), ni letrado, sino brujo: brujería, el mahatma, el dios, el hijo de Dios. ¡Oh felicidad! (Pero estos vocablos están manoseados: felicidad es ganar dinero, estar echado encima de una mujer). El idioma no sirve: las palabras son vasijas preciosas, joyas, pero han servido en el curso de la representación para contener o adornar muchas vivencias, y están contaminadas.

Este otro texto del mismo libro señala idéntica posición frente a la teoría. Precisamente en un acápite que se denomina «La filosofía conceptual, racionalista»:

Como veis, nada de «conceptos» ni construcciones conceptuales. Toda explicación mata aquello que pretende explicar, porque lo fragmenta. Objetivar su vida y la vida del mundo es deformarla, y entonces vive uno en la nada de los opuestos, endiosada la Nada, así: bello, feo, bueno, malo.

En gracia de la argumentación hay que explicar los esfuerzos de Fernando González por formar una explicación coherente del mundo. Baruch Spinoza (1632-1677) había estudiado el concepto de sustancia en su célebre Ética demostrada según el orden geométrico. Allí dice: «Por substancia entiendo aquello que es en sí y concibe por sí, esto es, aquello cuyo concepto, para formarse, no precisa del concepto de otra cosa».

Este importante giro de la filosofía impulsó muchas generaciones a mirar a Oriente para buscar una auténtica experiencia interior:

Y el progreso está en ir intuyendo la Presencia a través de la representación; presencia en mí (tercer modo de conocimiento de Spinoza, la intuición). Va desapareciendo el fenómeno y naciendo el conocimiento. En tanto morimos y renacemos en cuanto el presente aumenta, en cuanto cesa la atomización en «seres» y «sucesos». Los infiernos son el politeísmo de la conciencia, el presentismo.

[…] pero mis facultades artificiosas, el filosofar abstracto que ha tenido la humanidad, el hombre de hoy, netamente conceptista, buscaba por sus medios de murciélago y no escuchaba la conciencia.

Como no es el propósito de este trabajo hacer un análisis exhaustivo de las convicciones filosóficas del maestro Fernando González, se omite explicitar lo que él mismo libro pone en forma de Notas:

1.—Cada existiendo (ser) tiene sus coordenadas. Son su determinación o situación espacial en la total situación o apariencia. Y tiene su alma, que es la idea de sus coordenadas en función dentro del total existiendo.

En la cuarta parte del Libro de los viajes o de las presencias, concretamente en la «Primera libreta regalada», habla de Gonzalo Arango (1931-1976), fundador del movimiento llamado «Nadaísmo», movimiento que influyó toda la generación de finales de los sesenta y que se constituyó en un reto moral para el establecimiento porque enfrentó, con diversos lenguajes, los valores cristianos dominantes.

El nadaísmo, al igual que la obra de Fernando Vallejo, cambió el relato que la sociedad hacía de sí misma porque se apropia como legítimo de una élite dominante. Punto crucial de estas notas lo constituye la ligazón entre la pedagogía permanente de Fernando González y ese nuevo movimiento que no alcanzaba a heredar las intenciones espirituales del maestro de Envigado, precisamente porque pertenecían a otra formación y tenían otros rumbos existenciales. Félix Ángel le leyó al maestro González el cuento «Yo recojo mi cadáver», texto que precisamente fue publicado en el volumen Sexo y Saxofón. Fernando González se refiere a Gonzalo Arango como «el primer desnudado en esta pobrísima tierra colombiana». Igualmente hace una reflexión sobre «Nada, Nadaísmo» que invita a meditar sobre la nada. El maestro Fernando González aprovecha para dar una respuesta de carácter panteísta, muy afín a su pensamiento inmanente. Por eso se queja del idioma español:

Un idioma que diga nada a lo que es apariencia y también a lo que es Presencia corresponde a la prehistoria del espíritu humano.

[…]

De suerte que nada y ser no son opuestos, positivo y negativo. Todo lo que tiene nombre es del existiendo.

[…]

Mucho ojo a esto, jóvenes, que cuando se habla de Nadaísmo se está hablando del sucediendo o Vida.

Otra nota característica del «desprendimiento» del maestro González en su continua búsqueda de intimidad es el lenguaje cotidiano. El lenguaje como ejercicio del conocimiento es fundamental en la vida y en la obra de nuestro autor. El rechazo a todo tecnicismo y la sólida confianza en el habla cotidiana. Ello creará su carácter último con visos anti-intelectualistas:

Los vulgares no creen sino lo que saben por estos sentidos (estos que tiene todo mundo), y por autoridad, y por costumbre, y por deducir de conceptos y porque así suele suceder, que es la ciencia inductiva, como si eso fuera saber.

¡Y eso es lo que enseñan en eso que llaman universidades!

Y en la «Sexta libreta regalada» hay una síntesis del pensamiento del maestro González: «El gran peligro es la filosofía conceptual, aunque aparentemente se reniegue de ella…».

Fuente:

Alarcón Arteaga, José Jairo. «Fernando González: la huella literaria». En: Ejercicio literario - Percepción y sentido: el Medellín de los años 70’s. Tesis (inédita) de maestría en Ciencias Sociales (énfasis en Cultura y Vida Urbana), Universidad de Antioquia, 2001.

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