Corporación Otraparte

La felicidad es
amor y silencio

Por Félix Ángel Vallejo

De golpe, abriendo desmesuradamente los ojos y sonriendo con dulce inocencia, tal como si fuese un niño asombrado, díjome el Mago con su voz más suave:

Ahora estuve un rato, infinito en el gozo, visitando, en mí mismo, un mundo bellísimo, silencioso y feliz: el de la Presencia o Armonía. Y viví, en gozosa claridad, que ese era el paraíso de antes de nacer, allá en donde moran los beatos o sabios en amor, los que lograron superar la vida inferior, digiriéndola y reconciliándola con la Intimidad.

Pero es muy difícil llegar a esas altísimas moradas de modo que podamos estabilizarnos en ellas. Esta inmensa dificultad fue la que vi más claramente. Es bienaventuranza que desde aquí, del espacio-tiempo, sólo podemos alcanzar, cuando más, por segundos. Felices intuiciones que de súbito logramos percibir como entre relámpagos. ¿Por qué será eso así? Cómo quedamos de brutos después de la caída. Y son intermitentes, según se lo dije: nos embrujan tales encantos y enseguida desaparecen dejándonos sólo el profundo y lejano sabor de fugaces y misteriosas dulzuras espirituales. Tal vez alcanzo a ver cierta semejanza, aunque remota y muy inferior en intensidad, entre estas maravillas del espíritu, dosificadas en gotas, y los éxtasis de los santos. Juan de Yepes y Teresa Sánchez me han ayudado a intuirlos. Al menos con estos «viajes» míos he podido vislumbrar —y merced al apoyo de que le hablé—, los venturosos arrobamientos de aquellos súperos. Y yo, viejo hideputa, cagajón aguas abajo, sólo me asombro de que al sumergirme en mí mismo con desnudez e inocencia (lo conseguí por instantes), hubiese logrado extraer (como lo hice, asustado) preciosas joyas de entre mi propio estercolero; y de que me atreva ahora a compararme —¡oh profanación!— con aquellos altísimos Santos, pues sé muy bien que tales tesoros no son míos, sino de la Presencia en mí.

Y pude ver al mismo tiempo, durante ese breve viaje, que sólo vivimos realmente en el mundo cuando lo amamos, no a él, sino a la Intimidad en él. Y que tampoco podremos amar nunca de igual manera a nuestro prójimo (ni a nosotros mismos), mientras al que amemos, todos, sea a nuestro yo o egoísmo o placer o satisfacción de pasiones, y no al Espíritu Santo en todos los humanos y en toda la creación.

Pero écheme este trompo en la uña: si lo que en realidad es digno de amor en el prójimo es la Presencia en él, ¿cómo haremos para amarlo si ese prójimo no se manifiesta o se representa sino en yoes? Porque lo cierto es que la casi totalidad del juego social humano, o representación de la tragicomedia, se reduce al disfrute de una rutinaria reciprocidad pasional, plácida, amarga y conflictiva.

Por eso tenemos que buscar, sin tregua, la verdad, la armonía y la beatitud. Y todo esto no podemos hallarlo, aquí en el espacio-tiempo, sino por momentos, cuando entendemos. Porque si volvemos los ojos al pasado, en cada uno de nosotros sólo percibimos o descubrimos las cenizas de las pasiones extinguidas que nos quedan adentro. Y, si acaso, el grato recuerdo de algunos momentos felices en los que entendimos algo. De modo que sólo esto, a medida que aumenta más y más la conciencia, es lo único que podrá hacernos dignos de eternidad. Pero lo podemos ver aún más vivo y claro así: sólo el amor espiritual (Dios) abre las inteligencias, para que las llene lo divino, eternizándolas.

Otra cosa que vi con la claridad de la luz ahora durante mi viaje: que la armonía es la música del silencio, o sea, que sólo entendemos o somos felices cuando nos hallamos en estado amoroso y silencioso. Entonces la mente está totalmente quieta, sosegada. Hay un abandono total de nosotros mismos.

Un ejemplo: las emociones y las pasiones son las que nos impulsan o nos mueven a obrar. Actuamos, nos duele (trabajo) y luego gozamos recogiendo los frutos de la acción. Pero poco después, tras el goce, vuelve el dolor. De modo que si nos quedamos en este juego, como lo hacen casi todos los humanos, la vida se reduciría a un simple círculo vicioso y no progresaríamos…, o muy poco (en espiritualidad casi nada). Y por eso al final no queda de ellos sino paja y cenizas. Todo el que sinceramente se examine en sí mismo, no podrá negar que así es.

Sin embargo, hay otro camino, aunque difícil: nacer de nuevo en el bautismo de sangre y fuego. O sea, actuamos, padecemos y, en medio de estos padecimientos, meditamos. Al principio se produce mucho ruido y desorden mental dentro de nosotros. El mundo emotivo y pasional es muy ruidoso. Por eso los guerreros, los políticos, los empresarios y en general los hombres de acción, hacen excesiva bulla. Pero de pronto sentimos, vivimos, allá muy hondo en la intimidad, que a medida que nos vamos hundiendo en la meditación, también se va aplacando el ruido. Y, de golpe, el reposo íntimo se trueca en algo inefable: entendemos, haciéndonos beatos dentro de una gozosa y callada armonía. A esta vivencia es a la que yo llamo música del silencio. Viviéndola, intuimos el paraíso que perdimos.

Todos los humanos somos armoniosos, silenciosos y felices cuando entendemos. En esos instantes permanecemos tranquilos, mudos, felices. Lo mismo que ocurre con un tarro de hojalata que suena mucho al recibir el chorro de agua y cesa de sonar tan pronto como se llena. O como un lindo capullo que, para poder llegar a serlo, sin duda tuvo que padecer mucho (todo lo que es sensitivo padece), y que de súbito, sin que nadie lo advierta, ni siquiera el propio jardinero enamorado, se abre secretamente en bellísima flor. Tampoco sabe la mujer hermosa el instante en que sonríe bella, dulce y silenciosamente para expresar el genio de la especie. Nada de lo que es divino es bullicioso. Pero sólo podemos llegar a entender, por ahora, pasando por el ruidoso y doloroso camino de la acción. Este es el verdadero sentido del aforismo que dice: «La letra con sangre entra».

Tenemos, pues, necesidad de representarnos dolorosamente, digiriendo la vida, cada cual con su cruz, en busca del nuevo nacimiento, a fin de poder llegar a la beatitud acariciados por la musiquilla silenciosa de la inteligencia. Tal es el sentido de «mi yugo es suave y liviano».

Por eso el sabio ni discute, ni ríe, ni llora sino que entiende. Como ya trascendió el viaje pasional, ni las pasiones ni las emociones lo perturban. De modo que la reconciliación de los contrarios (bien y mal, placer y dolor, etc.) tampoco lo inquieta. Permanece, pues, tranquilo en la sosegada brega por la comprensión de los problemas, así sean los más complejos y dramáticos para el vulgo. A él «nada de lo humano le es ajeno», pues todo lo que sucede es digno de suceder y digno de estudio, aunque su sentido parezca absurdo. Vive esto de Shakespeare: «No hay tinieblas, sino ignorancia».

Pero para ser sabio hay que empezar por ser humilde; y sin embargo, sólo se podrá ser realmente humilde cuando se es sabio.

Sin embargo, la gente no vive sino que vegeta. Lo que ella llama vivir es ese mezquino «sucederse» u oscuro vegetar instintivo, pasional, automático. O sea que permanece ahí inmóvil, en su puesto de partida, viajando en carrusel y haciendo ruido, todo el tiempo con su chorro de babas. Y por eso no entiende, ni podrá entender. De aquí que me pregunte a veces: «¿Quién vive por aquí esto que le estoy diciendo?». (Se detuvo un momento, dubitativo, vacilante, mientras me miraba, escudriñándome). ¿Berenguela, Fernando (él escribió La mutabilidad del derecho natural), Ángel Ríos…? Y durante este largo rato he sentido, he vivido que usted ha estado y está abierto, y que ha recibido lo que le he dicho, pues nos hemos metido el uno en el otro, compenetrándonos y siendo, alternativamente, por momentos, usted, yo, y yo, usted. Así lo digo en el Libro de los viajes o de las presencias.

Porque para poder entender hay que convivir, compenetrarse, o sea, ser, en un cierto modo, lo entendido, eso mismo que uno vivió y al fin logró digerir. Esto es lo que yo llamo, en el idioma vivo del «entendiendo» (así en gerundio, pues es función continua, sin pausa), comulgar (lat. comunicare, comunicar), comunión, comunicación, compenetración… Es del único modo como no vemos a «otro» en el prójimo, sino a la Intimidad en él, y en Ella nos compenetramos, o mejor, comulgamos espiritualmente en acto de amor.

Por eso ningún goce pasional puede dejarnos beatitud. Sólo el renunciamiento consciente a los placeres puede hacernos beatos. Siempre que nos negamos a obedecer las órdenes de la carne tentada, nos elevamos, nos espiritualizamos, damos pininos para «volver a nacer».

Porque también es verdad, diáfana como el agua de un manantial, que si dedicamos la vida a disfrutar de los frutos de nuestro trabajo, como únicos dueños, ignoraremos, por siempre (si Dios no nos toma de su mano), la beatitud que pudo proporcionarnos esos mismos frutos si un día, despojándonos de nuestro egoísmo, decidimos dárselos al prójimo que los necesitaba. Y en este instante entenderemos, si es que nos llega, la manera fácil y gozosa (Francisco de Asís) como se abre la inteligencia al amor. Y también cómo es de real, en su espíritu, aquello, divino, que dice que «es mejor dar que recibir».

¿Hay algo más claro? Para un brujo como yo todo esto tiene la claridad de la luz. Porque si bien a esta no la vemos (Dios), sí vemos lo que ella ilumina.

De pronto se quedó en suspenso, miró hacia el suelo, y me dijo embrujado de amor:

¿No ha visto cómo es de sensitiva una planta? Y todo lo que siente, padece. Y todo el universo está angustiado, esperándolo… Vea, por ejemplo, esta «mimosa púdica» (la matica estaba al pie), díjome, agachándose, y acariciándole un ramito, cuyas hojitas se humillaron en seguida, pudorosas, fugitivas, angustiadas. ¿No ve? Son como unas lindas princesitas núbiles de familias nobilísimas. Y sin embargo la gente tosca (se miró las manos sonriendo) las pisa, las arranca y las destruye sin piedad, tal como hace con árboles, yerbas y todo lo viviente que no le agrada; o sí le agrada para satisfacción de sus pasiones, vicios y bajos apetitos. Olvida que nada hay en la creación que no sea sagrado, así como tampoco existe ni sucede nada que carezca de sentido.

En este momento caímos en cuenta de que ya era tarde, casi de noche, y de que las horas habían pasado sin sentirlas.

«Pasamos un rato muy, pero muy sabroso», me dijo con efusión. «Vuelva mañana…», agregó, y nos despedimos con la cordialidad de siempre.

Fuente:

Capítulo XI en: Retrato Vivo de Fernando González. Medellín, Instituto de Integración Cultural, 1982.

Corporación Otraparte
© 2002
^