Corporación Otraparte

Fernando González

Un profeta del presente

Por Gonzalo Arango

Señora, no crea que olvidé el 16 de febrero. No olvidaré esa fecha sino con mi propio olvido. Ese día no fui capaz de ligar una frase de amistad y de pena por usted. No se por qué, la evocación me aplastaba. Me negaba a cometer la iniquidad de ponerle un mensaje estúpidamente convencional. La fidelidad al maestro me cohibía. Él siempre nos recomendaba la sinceridad, pero la sinceridad no es una virtud social. Por eso preferí que su segundo aniversario pasara en silencio, pues “el silencio” era lo único que se me ocurría decirle. De poder hablar, lo habría hecho en ese lenguaje de oración que convoca a los muertos a la resurrección. Era inútil. Por eso preferí un humilde silencio como homenaje a su memoria, mejor dicho, a su vida en la eternidad.

Bendita sea esta noche en que por fin le escribo. No pensaba hacerlo aún, por cierta aridez del alma, pero fue posible por un libro de Kazantzakis, el escritor griego. Allí leí: “He dicho al almendro: háblame de Dios, hermano. Y el almendro floreció”.

Entonces las palabras me llegaron naturalmente, como del misterio; como si se hubieran liberado de un lejano reino de tinieblas, ganando la luz.

Esto indica que la religión, cuando se refiera a Dios en el futuro, tendrá que retomar el lenguaje de la poesía, formar una teología lírica, si eso es posible, y abandonar la lógica y el racionalismo dogmático que ha estrangulado a Dios en nuestras almas. Precisamente por este divorcio entre Dios y el corazón, el hombre moderno vive en la nada de sus sensaciones sin sentido, de su lucha sin porvenir, en la desilusión y en el terror de una muerte absurda. Por eso la humanidad se degrada en la frivolidad y el materialismo, y se abisma en la desesperación suicida: porque carece de esperanzas y de una razón de vivir más allá de su miseria, su dolor y su locura. Y no hablo de una razón de vivir trascendente, sino ahora y aquí mismo en la tierra, en la que esa razón de vivir espiritual le debe ser restituida al hombre, para salvarse como hombre. De ese abismo de degradaciones en que la humanidad está sumida, sólo podrá rescatarla un renacimiento espiritual, un florecimiento de valores divinos en el hombre por virtud del espíritu poético. Si no es posible, entonces su porvenir será de una fatalidad invencible: el hombre será barrido del planeta por el terror atómico. Tal será su destino por haber sacrificado lo eterno a lo transitorio; y el espíritu al poder.

Si este es el panorama siniestro y el signo apocalíptico de nuestra civilización, entonces no quedarán por defender sino la amistad, el afecto, y la devoción personal a unos seres. Pero esto sería revivir en el drama de nuestro tiempo el drama de la pasión de Cristo en la cruz, su última tentación, al evocar antes de su muerte los paisajes idílicos de Nazaret, las románticas noches de Betania, la terrible dulzura de María Magdalena, su nostalgia, en fin, de ganarse el pan y las caricias como todo el mundo, en un modesto oficio de carpintero, fabricando cunas para sus hijos y ataúdes para sus muertos. Pero él era un poeta-redentor y fue fiel a su destino y murió como un dios.

Yo, en cambio, terminaré como un pez, convertido en ceniza de viento radioactivo. Allá abajo, o arriba, me lavaré de toda culpa, purgaré mis deserciones y cobardías por no haber realizado mis impulsos hacia la perfección. Pues en otra existencia muy remota yo era un pez-religioso en el acuario de Dios. Ahora perdí a Dios y su mirada sobre mí, esa mirada de consentimiento que nos hacía existir, y sin la cual el pez-ateo que soy ha sido arrojado del acuario del Paraíso, perdido en este horizonte de tierra sin redención, ciego en las constelaciones de astros que brillan con indiferencia, para nada...

Es inútil entonces buscar un signo de salvación lejos y fuera de nosotros, en la civilización. Nuestra civilización es un desierto. Y la salvación, si es posible, tendrá que nacer de nosotros mismos.

Es aquí, y en este momento, en que la obra del maestro Fernando González se torna evangélica y redencionista, pues su espíritu se encarna en un lenguaje de vida, de amor y de conciencia...

Ahora está amaneciendo... Abro la ventana y contemplo la ciudad que emerge de las brumas. Veo la imagen de una civilización que exhibe como símbolos de poder sus rascacielos. Su pasión y su delirio están representados en los “tanques Eternit”, las grúas flotantes, las antenas de televisión, los jets, los planetas de hierro. Más allá de esta ventana que hace un marco a mis desilusiones muere el mundo del espíritu y nace el progreso.

Me parece que la muerte del maestro hace dos años cerró para mi patria y para la vida esta ventana. Sus bellos libros que glorificaron la verdad y la dignidad, son hoy ventanas cerradas al conocimiento de la juventud. Aquellos que pretendieron silenciar a Fernando González en vida, después de muerto no permitirán su resurrección, pues él encarna, aun ausente, un peligro y una amenaza para los eternos traficantes del templo del espíritu. Su palabra sigue siendo mortal para escribas y fariseos como fue la de Cristo, y por eso ambos seguirán siendo crucificados, silenciados y traicionados.

Usted, señora, no sufra por el silencio y el desprecio que ha sucedido a la muerte del maestro. Su obra está viva y tiene tiempo de esperar. Sus enemigos, en cambio, se están muriendo de ese cáncer del alma que es la mentira. Entonces sí la vida y la verdad volverán a ser fecundadas por su prodigioso espíritu, cuyo mensaje germina y está latente entre los mejores de nosotros que dialogan con él cada día en la intimidad de sus almas.

Creo que he abusado de sus recuerdos con los míos, pero no he podido sofocar mi inconformidad con tanto silencio hacia uno de los mejores escritores americanos de este siglo, y en todo caso, el mejor de los nuestros en todos los tiempos. Tampoco estoy seguro de haberle escrito esta carta a usted. Me parece que es al espíritu de Fernando González encarnado en usted, que fue lo más vivo de su intimidad y de su pensamiento, a quien le dirijo esta amarga pero a la vez exaltada confesión de admiración. Pues al recordar al maestro a dos años de su muerte, he recordado mi vida y las cosas de su vida que no debo olvidar, ni que el país olvide, como estas de El remordimiento:

“No tendré admiradores, porque creo solitarios; no tendré discípulos, porque creo solitarios; no me tendré sino a mí mismo. Yo no atraigo, arrojo a cada lector y persona en brazos de sí mismos. Soy el cantor de la soberbia y la sinceridad [...] Vivo, pues, como hombre moral, en lucha conmigo mismo, derrotado casi siempre; hace cuarenta años que vivo derrotado, en angustia, amando a un santo que yo podría ser y siendo un trapo sucio... Y así como me odio a mí mismo, odio a la Colombia actual; y así como amo al santo que podría ser, amo a la Colombia que sueño...”.

Qué lejos está aún “la Colombia que sueño” de Fernando González, y sin embargo, existe; pues es la Colombia que los colombianos seguimos soñando, y esperando...

Entonces, doña Margarita, esta evocación no es una pena, sino fe viva en el presente, una fidelidad permanente en el destino de las ideas del maestro, y la certidumbre de que él sigue vivo en usted, en mí, y en todos aquellos que lo amaron.

Abrazos a los dos, y un poco de dura alegría para seguir viviendo.

Fuente:

Revista Cromos, abril 4 de 1966, página 72. Ver facsímil aquí.

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