Corporación Otraparte

Pensamientos de un viejo

Por José Manuel Arango

Para Fernando González hijo

1

Usa bordón: de guayacán o de guayabo.
Todavía, con todo, es un viejo derecho y ágil.
Quizá la mano le tiemble un tanto, la mano de dedos nudosos,
pero el bordón es sólo un resabio de caminante.

2

La boina cubre la gran testa pelada.
Cabezón pero infiel, así me parió mi madre.
Algunas hebras canas asoman en la nuca, en las sienes.

3

Dos rasgos, sobre todo, resaltan en el rostro magro:
la quijada saliente
y los ojos de una inquietud atenta.
Van del sarcasmo a la inocencia, al gozo, a la duda.
Ya estudian burlones a la gente que pasa.
Ya se fijan, mansos y lúcidos, en las palomas.

4

Y todo lo que ven es asunto de su lento monólogo,
todo casa en la larga meditación que lo ocupa.
En ella cada cosa tiene un lugar y un sentido.
Es una pregunta, una señal.

5

Por ejemplo, esa muchacha que cruza. Una bella negra
cuyo paso está hecho del ritmo que marca un tambor lejano.
Lo oye en sueños o ebria. Camina, danza.
Es Eva, de catorce años y medio.

6

El viejo se apoya en su bordón, se detiene.
Una sombra de triste avidez, de alegre avidez, le nubla la cara.
En tiempos solía sorprenderse siguiendo a una muchacha.
Dios es una muchacha, la muchacha de las muchachas.

7

Esos senos duros, erectos. Pero no, no es dureza.
Es elasticidad.
Uno hunde el dedo en la carne y la carne se hinche de nuevo.
Hermosa, es decir joven.

8

Bah, puro misticismo, religión pura.
Prédica de cura viejo, dijimos.
¿Qué podría enseñarnos? preguntó nuestra desconfianza.

9

Vida, diosa de ojos maliciosos.

10

Nos pensó. Tuvo ojos para ver nuestro entorno.
Conocía esta tierra.
Una tierra como útero herido por el partero con la uña.

11

Y esa forma suya de hablar, con vocablos redondos, duros.
Uno sabe: esto es mío. Se reconoce.
Usó para pensarnos el dialecto que hablamos.

12

A veces saborea y saborea una palabra,
una manera de decir oída en la niñez.
Así se acaricia una teta de muchacha.

13

Porque sabía ver, palpar, olfatear.
Oler es el primer acto del amor.
¿No me deleito yo oliendo las cabezas de mis hijos?

14

Es preciso, dijo, acallar la propia algarabía
—el silencio es una conquista, un fruto difícil—
y quedarse donde lo coja a uno el amor,
solo, despacio, paladeando, tocando.

15

Y allá va la negra. Va erguida
como si llevara en la cabeza un cesto de fruta.
La cadera es exacta, el vientre justo.
Es Eva, grávida ya de Caín.

16

Porque el hombre, animal saltarín, animal triste,
¿de qué puede ser medida?
Como útero herido por el partero con la uña.
Sabe: pasó por el infierno y las siete soledades.

17

Me gusta imaginarlo sentado a la sombra de su ceiba.
Pondera el tronco, grueso y negro, como de un vigor antiguo,
pondera las raíces retorcidas.
Remira el verde de la hoja, tan tierno contra el tronco sombrío.
Esta vieja ceiba es casi toda raíces.

18

Y allá va la negra: senos altos, puntudos, que tiemblan al paso.
Los senos, lo primero que se pudre.

Fuente:

“Otros poemas”, en Poemas reunidos, Bogotá, Norma, 1997, p.p.: 188 - 191. Cortesía de Héctor Abad Faciolince. Revisión de Luis Hernando Vargas Torres.

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