Corporación Otraparte

El pensamiento de F. G.,
un pensamiento otro

“¡Venid vosotras, oh, ideas de juventud y de vida, a alegrar a los abandonados de la alegría de sentirse tibios, pletóricos del jugo sagrado del árbol prohibido! ¡Venid, jóvenes ideas, retozonas como muchachas de falda corta!”.

Fernando González

Por Santiago Díaz Gutiérrez

Introducción

La producción de conocimiento en Occidente se ha visto enmarcada bajo unas formas específicas, teniendo como una de sus principales características durante muchos años, el estar al servicio de las instituciones de poder. Este conocimiento, además, se ha enmarcado en modelos positivistas de argumentación científica, definiendo desde un canon establecido lo que es y no es conocimiento, excluyendo así todo aquello que se deslinde de esta epistéme, para terminar considerándolo como cosmovisiones no válidas, y por ende, el realizador de dicha cosmovisión no es considerado por la comunidad que rige el conocimiento como un “intelectual”.

Estamos pues ante la idea de que existe un conocimiento que es en esencia totalmente válido, y por tanto el productor de ese conocimiento es catalogado, bajo el pensamiento ortodoxo, como “el intelectual”. Pero en oposición, tenemos entonces que lo que no encierre en los límites, las cuadraturas y los estilos de dicho conocimiento no es considerado como verdadero y entonces su productor no es considerado como un pensador o un intelectual.

Pero ante esto es necesario reconocer las potencialidades de la palabra “intelectual”, para abrirla, tal como Immnuel Wallerstein (2007) nos invita a abrir las ciencias sociales, para que emerjan otros saberes y así mismo, otros intelectuales, que desde posturas diferentes del hacer y del conocer, revitalizaron la vida misma.

Lo que ha sido “el intelectual”: la palabra cerrada

Desde el fortalecimiento de la Modernidad, vista como un proceso de intensificación de unas relaciones políticas y económicas determinadas y donde se construyó una epistemología particular para reelaborar la ciencia, la producción del conocimiento en Occidente se ha visto enmarcada bajo unas formas y parámetros específicos, entre los cuales queremos resaltar los modelos positivistas de argumentación científica, desde los cuales los mismos creadores de este tipo de ciencia han estado al servicio de las instituciones de poder. Así, lentamente en la historia y en los lugares de Occidente, se ha ido construyendo un proceso selectivo, un canon de lo que es y no es conocimiento, que ha terminado excluyendo todo aquello que se deslinde de esta epistéme, considerándolo como una apuesta de conocimiento no valida. Es por esta razón que el realizador de este conocimiento “no válido” no es considerado por la comunidad que ha regido el conocimiento como un “intelectual”.

Por oposición a lo anterior, la ciencia en Occidente se ha construido sobre la creencia de estar aportando a la construcción de un conocimiento válido, prometeico, normativo y, por ende, el productor de ese conocimiento es el catalogado, bajo el pensamiento ortodoxo, como “el intelectual”. Pero ¿qué es entonces un intelectual? La palabra intelectual alude a la persona que se dedica al estudio y la reflexión de la realidad, y comunica sus ideas con la pretensión de influir en ella, alcanzando un estatus de autoridad ante la opinión pública. Proveniente del mundo de la cultura, como creador o mediador, interviene en el mundo de la política al defender propuestas o denunciar injusticias concretas, además de producir o extender ideología y defender unos u otros valores.

El término “intelectual” fue acuñado en Francia desde finales del siglo XIX, inicialmente como un calificativo peyorativo que los anti-dreyfusistas (Maurice Barrès o Ferdinand Brunetière) utilizaban despectivamente para designar al conjunto de personajes de la ciencia, el arte y la cultura que apoyaban la liberación del capitán judío Alfred Dreyfus acusado injustamente de traición.

Con posterioridad, su uso se hace habitualmente con connotaciones positivas, al estar dotado socialmente de un valor de prestigio asociado a la atribución de un intelecto o inteligencia superior a quienes son identificados con el término; y, sobre todo, al entenderse que la actividad pública de los intelectuales que previa o simultáneamente se dedican al pensamiento tiene una dimensión y una repercusión que se consideran muy valiosas y que confieren altos valores humanísticos a quien ejerza tal función (responsabilidad, altruismo, solidaridad, etc.).

Derivado del ser intelectual, la intelectualidad —otra palabra clave— surge como el colectivo de personas agrupadas en razón de su proximidad nacional (intelectualidad alemana, colombiana, etc.) o ideológica (intelectualidad conservadora, progresista, revolucionaria, reaccionaria, democrática, fascista, comunista, etc.). En ocasiones este término es utilizado de forma equivalente a la palabra clase intelectual, como referencia a una burguesía ilustrada que se encuentra del lado de las instituciones de poder, ya que son estos mismos intelectuales burgueses quienes las dirigen.

Es así como el intelectual, como personaje social con deberes y compromisos grupales, se convirtió en una figura asociada a la élite. Descendiente directo de la visión según la cual el intelectual es el pensador social que por excelencia viene de la clase alta y dirige su pensamiento hacia el beneficio esencialmente económico, social y político de su grupo cultural.

Desde mediados del siglo pasado, la palabra intelectual, al igual que muchas otras construcciones semánticas de Occidente, entraron en un profundo examen. Así, comenzamos a encontrar referencias de pensadores que comenzaron a desbordar el término y a sacarlo de la quietud de la comodidad burguesa. Intelectual es el que se mete donde no le importa, decía Jean Paul Sartre. ]Los intelectuales son especialistas en la difamación, son básicamente comisarios políticos, son los administradores ideológicos, los más amenazados por la disidencia.

La apertura de la palabra: emerge el intelectual otro, Fernando González

Esta visión del intelectual como un hombre más crítico de su realidad se ha visto radicalizada actualmente por propuestas teóricas y prácticas como el decolonialismo o la antropología simbólico-cognitiva, las cuales han tratado de validar saberes locales, cotidianos, culturalmente situados, etc., comenzando a admitir otras formas de conocimiento no necesariamente científicas, y a “abrir” la palabra intelectual a otros espacios de acción. Al poder “abrir” esta palabra se nos presentan otros modos de conocimiento que aparecían opacados, además de “nuevas formas” de intelectuales que no necesariamente responden a la idea clásica que había de estos, desbordando una ficción destinada sólo a ciertas personas. (Mignolo, 2003).

Desde estas propuestas teóricas que proponen deslindar ciertas fronteras infranqueables que existían entre las ciencias, las disciplinas y los conocimientos, mostraremos a un personaje antioqueño que generó un conocimiento alejado de los cánones positivistas, pero no por eso se le debe de dejar de considerar un intelectual. Fernando González fue uno de los personajes más fructíferos del pensamiento “otro” de Antioquia. González se atrevió a pensar modelos de vida desde tópicos que distaban de lo establecido a comienzos del siglo XX en esa Antioquia pastoril y bucólica. Su pensamiento escapó de los cánones establecidos por la universidad del momento, donde rebeldemente se graduó de derecho con una tesis titulada sarcásticamente Una tesis. Ese fue el comienzo de su escape para comenzar a proyectar un tipo de conocimiento desde los significados de la estética como espacio donde se puede y, sobre todo, se debe existir, desde el cual exploró en el conocimiento una estética de la vida, una estética vital.

Allá en los albores del siglo XX, en la pequeña localidad de Envigado ubicada al sur de Medellín, nacería don Fernando González. Este es tal vez uno de los intelectuales antioqueños de esa primera generación del siglo XX, de la cual ya hacían parte artistas, escritores y poetas que conformaron el grupo “Los panidas”, entre los cuales hay que destacar la obra de León de Greiff. Cada uno de los integrantes de este grupo, desde su espacio de arte, proyectaba un espíritu nuevo de vida, algo así como nuestro romanticismo criollo inspirado por los vitalistas alemanes y los poetas malditos de Francia.

Pero ¿por qué ubicar a Fernando González bajo el estigma o el título nobiliario de intelectual? Si tomamos la palabra intelectual en el sentido de la teoría decolonial, es decir, en su sentido abierto, como una persona que no está del lado de las instituciones de poder ni de conocimiento, que no responde a los cánones de la ciencia positivista o que tiene responsabilidades políticas e ideológicas, entonces podríamos decir que Fernando González puede verse como un intelectual que para emitir y ayudar a construir saberes y reflexiones sobre la vida, el cosmos, la sociedad y el hombre, se valió de unas construcciones no necesariamente apegadas a la vida profunda de la investigación científica o a los estándares universitarios.

El intelectual aquí, visto a la luz de un personaje como Fernando González, nos da una nueva inventiva de lo que la vida misma (sic) —incluso siendo hijo de una familia de clase media, conservadora y católica, donde el atril y la sotana tenían puestos de privilegio en medio de una sociedad desangrada; todo un caldo de cultivo ideal para los intelectuales burgueses clásicos—. González nos incita a explorar en el “hacer del existir” —tal y como si fuese un correlato de Edmund Husserl en Colombia— las dulzuras de la existencia, los frutos prohibidos de los cuerpos aún cerrados. González nos llama a conquistar nuestro espacio de vida, nuestro lebenswelt, para seguir la metáfora de Husserl.

Miremos lo que nos dice González en su propia letra:

El ánimo, esa fuerza desconocida que nos hace amar, creer y desear más o menos intensamente. El ánimo, que no es la inteligencia, sino la fuente del deseo, del entender y del obrar. [...] En definitiva lo que hace mover al mundo no es sino el ánimo de los héroes. Su fuerza vital (1995:10).

Fernando González nos obliga a posicionar al intelectual dentro de una esfera diferente, a mirar cómo el intelectual puede cumplir otros roles diferentes a los que ya muchos intelectuales de su época —y de la nuestra— están acostumbrados a realizar: la reproducción del orden social, en el cual muchos de esos mismos intelectuales eran republicanos orgánicos distribuidos en dos partidos políticos: el conservador y el liberal.

González nos muestra el nacimiento del intelectual crítico. En este punto quiero decir que tampoco creo que sea una empresa solitaria de González, creo que fue el espíritu de una época que comenzaba a llamar a unos pocos jóvenes de las décadas del 20, el 30 y el 40 a formar parte activa del pensamiento crítico de su país y de sus incipientes ciudades, jóvenes que estaban enfermos y castrados, y que la prosa de González cura, tanto como él lo decía: “Hay que curar al fracasado haciéndole creer en sus fuerzas, en su importancia, los educadores deben hacer nacer o renacer la fe en las fuerzas propias” (1995:9).

La excitación de este texto me llama a sacar a Fernando González de su tiempo, para traerlo de nuevo al presente —pues ya otros lo han hecho—, pero siempre es bueno reverenciar al maestro, esta vez como alguien que sacó al intelectual de su costumbrismo trágico colombiano, para que jugara un papel representativo en su sociedad, hasta rechazándola si es el caso. Así, vemos un intelectual que se subsume en el sentir cotidiano, en la vida misma, figura opuesta a ese intelectual-científico alejado de su objeto de estudio y reconstituyendo en el intelectual un personaje que siente, que anhela, que se inscribe en las mismas tramas de vida de las personas que muchas veces dice sólo observar, pues en González el intelectual deja de ser el observador para pasar a observarse a sí mismo.

Conclusiones

La palabra intelectual ha estado asociada, más o menos hasta las primeras dos décadas del siglo XX, a unas características que acercaban a la persona que recibía tal distinción a los poderes establecidos, cosa que se mantiene vigente aún hoy en muchas situaciones. Pero a partir de más o menos la década del 30 del siglo XX, la palabra “intelectual” comenzó a debatirse y así mismo la figura del intelectual en la sociedad.

Actualmente, propuestas teóricas como la teoría decolonial proponen abrir la palabra para así mirar otros saberes que habían sido opacados por mucho tiempo por el saber hegemónico de Occidente. Al abrir la palabra emergen nuevos intelectuales, que no necesariamente responden a los parámetros de lo que anteriormente se consideraba un intelectual.

En este contexto ubicamos a Fernando González como un pensador que podemos categorizar como un intelectual de esta nueva tipología —abierta, crítica, reflexiva, sin compromisos políticos, sí sociales—, pues su obra interroga los sentidos tras la puesta en escena del mundo cotidiano, estableciendo nuevos significados de tipo ético, político con el mundo y los hechos que en él acaecen.

En su obra hay una relación estrecha con la estética, donde hay una pregunta fuerte sobre qué es la vida en todas sus dimensiones, cuestionando profundamente a los intelectuales en sus expresiones clásicas por su pretensión de ser observadores objetivos de la realidad, conservadores, herméticos, pueriles, católicos y pecaminosos de las acciones del hombre. González comienza así un acercamiento a las visiones conjuntas y las vivencias de un sujeto en una cotidianidad ética y la estética.

Acercarse a González es atestiguar la presencia de un Dios, no ese Dios católico atemperado, sino un Dios-Vida, una existencia en la que la plenitud se encuentra en la medida en la que practicamos una rebeldía ética y una estética vital en el mundo de la vida. González nos invita a recuperar el espacio vital mediante su pensamiento, un pensamiento otro para los cánones establecidos en su época e incluso en la nuestra. El Brujo de Otraparte, como le decían sus amigos y discípulos nadaístas, vivió de una forma de intelectualidad que apenas ahora tratamos de redescubrir: intelectualidades abiertas a pensamientos otros, a formas de pensar no hegemónicas.

Bibliografía

Annie Cohen-Solal. Sartre 1905-1980. Editorial Gallimard, 1989.

Castro-Gómez, Santiago. La hybris del punto cero. Ciencia, raza e ilustración en la Nueva Granada (1750-1816). Editorial Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá, 2005.

González, Fernando. Viaje a pie. Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 1995.

————————. Pensamientos de un viejo. Fondo Editorial Universidad EAFIT, Medellín, 2007.

Mignolo, Walter. Historias locales: diseños globales: colonialidad, conocimientos subalternos y pensamiento fronterizo. Akal, Madrid, 2003.

Wallerstein, Immanuel. Abrir las ciencias sociales. México, Siglo XXI Editores, 2007.

Fuente:

Comunicación personal, 2012.

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