Corporación Otraparte

Un escritor imprescindible

Por Eduardo Escobar

Hace cuarenta años murió en Otraparte, su casa en las afueras del Envigado de entonces, mucho más inocente, un escritor increíble. Como no se ven todos los días en el coro de sapos de los escritores. Radicalmente distinguido por la adulación, el reconcomio y el desprecio. Para que no falten honras. Ni le quede dónde meterse. La coherencia, es decir, el día cuando se juntan una persona y una obra, suscita sentimientos encontrados.

Conocí otras dos personas transparentes, comprometidas consigo mismas, iguales a sí mismas, que padecen de la misma manera esa forma de la gloria que es la ignominia de pertenecer a todo el mundo. Y seguir siendo desconocidos. Incógnitos. Aparte. El poeta Gonzalo Arango. Y el pintor Norman Mejía.

Es difícil coincidir con lo que hacemos. Reflejar la realidad interior sin decir mentiras, aunque sean pequeñas y doradas, por amor a los lazos de sangre, a las trampas de la estética, a los hechizos del espacio, los ensueños del tiempo y los tiempos del ritmo, al engaño deleznable de las formas, al oportunismo de sobrevivir. O por urgencia de algún consuelo mercenario.

Fernando González es autor de una veintena de libros. Que se vuelven entrañables al frecuentarlos. Narrados en una prosa de una sencillez traslúcida, de aurora, cuando celebra la fiesta de este mundo, o cuando amarga el pesimismo o ironiza con la rectitud implacable de la lezna. En equilibrio sabio, sapiente y sápido, entre el lenguaje literario y el habla de la gente sin atributos de la parroquia natal. Y aunque suene anacrónico: nutricia. La de las primeras impresiones.

La escritura brota como la goma del pino herido. Sin esfuerzo, ufanía, ni falsa modestia.

Las biografías de Santander, Bolívar y Juan Vicente Gómez, las noveletas; los ensayos sobre la realidad americana, los libros insólitos de viajes, conforman un soberbio autorretrato en cuerpo y alma. Que obliga a pensar en otro autorretrato inolvidable. El de los Ensayos de Montaigne. Todo está allí. Las jaquecas, las dificultades intestinales, los amores de la gata doméstica, las pequeñas batallas con la mujer, la perplejidad y los tormentos del espíritu buscador, el asco, porque desde el principio, como dijo, juró enemistad a sus compatriotas nacidos y criados en ambientes de liberalismo y conservatismo —y la esperanza en una América original y mestiza y en un Dios que se esconde y se manifiesta por atisbos—. Pero sobre todo, sus libros son la descripción de un método, emocional lo llamó, que conduce al aislamiento. A Otraparte, a otra parte, como si hubieran sido un adiestramiento para la soledad.

Son un testimonio existencial de inmensa singularidad. Donde el cristianismo deja de ser por primera vez en América sincretismo hueco, ritual perezoso, alharaca pesarosa de sepulcros blanqueados, cantar de monjas, para convertirse en experiencia interior, en conocimiento y camino hacia la desnudez. Y donde la literatura, en consecuencia, más allá del simple ejercicio vanidoso de estilo se hace labor sagrada. Soy el filósofo de la autenticidad. Dijo de sí mismo. La autenticidad. Que tanta falta hace en Colombia desde que la fundaron a florerazos y cómicos heroísmos de patanes.

Es extraño que este hombre excepcional, cuyo primer libro escrito en la flor de la juventud, tan confiada en el genio de la carne, se llama Pensamientos de un viejo, y cuyo último libro es el oscuro canto de unas manos y una alabanza de la juventud; que sirve para todo, a todos, a todas las causas y contracausas (es un escritor místico para los beatos de camándula, un aguerrido librepensador de revoltosos, un idealista descalificado por los materialistas dialécticos, un panfletista ilegible para los sacristanes, un filósofo sin sistema a la manera de Nietzsche, un no-filósofo para los académicos, un crítico social irreductible, un educador revolucionario, un fascista, el más grande de los escritores colombianos para unos y un loquito de aldea para otros), no sea un autor popular. Y que acabara convertido en lo que llaman hoy un escritor de culto. Pero es lo que sucede, por lo demás, con todos los escritores imprescindibles. Esenciales.

Fuente:

El Tiempo, febrero 24 de 2004, columna de opinión Contravía.

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