Corporación Otraparte

El camino a Otraparte

Lectura crítica de América Latina desde
Los negroides de Fernando González

Éramos una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño. Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España”.

José Martí

Por Carlos Andrés Londoño Agudelo

Esta ponencia es solamente un pretexto para invocar a nuestro querido filósofo de Otraparte, Fernando González Ochoa, la excusa perfecta para celebrar con él una de esas veladas metafísicas en que los espíritus ancestrales de nuestro continente retornan del olvido para darnos sabiduría.

El tiempo de los hombres acaba muy pronto, sólo sus obras perduran como estelas en la infinitud. El Espíritu transciende los siglos, refugiado en los libros, las melodías, las pinturas, y por eso cada lectura de una obra, cada interpretación, constituye el retorno de la energía vital que la engendró algún día, el reavivamiento y la revelación de su sentido esencial. Sea esta la oportunidad de actualizar los pensamientos de Fernando González sobre nosotros mismos, a través de los problemas de hoy, que son más o menos los mismos de ayer, con algunas importantes variaciones.

Problemas y no sólo filosóficos, enigmas e interrogantes de diversa índole, planteamientos esféricos como el universo que nos remiten a un continente plural: nuestra América. Fernando González decía que todos los problemas filosóficos eran esféricos, no hay por qué seguir creyendo en la linealidad del pensamiento y mucho menos aceptar que se confine la filosofía entre las cuatro paredes del claustro mental de los expertos. Pues, como afirmaba Fernando González: “El pensador no puede detenerse en un aspecto, pertenecer a una facción” (1). El pensador auténtico debe alejarse de la unilateralidad, tiene que ser curioso, explorar múltiples caminos, mantener siempre abierto su horizonte de reflexión. Tampoco puede ser un sectario, pues quien está comprometido con su propia obra, la de crearse permanentemente a sí mismo, no encaja sencillamente en ninguna facción.

Propongo entonces una sencilla meditación sobre Los negroides —y sobre América Latina a través del libro— emprendiendo de nuevo el camino abierto por Fernando González, pero con dirección, claro está, a “Otraparte”. Al fin y al cabo, cualquiera sea el sendero trasegado nunca es un recorrido lineal, más bien se despliega en muchos sentidos a la vez y, de todos modos, siempre en otro sentido. La vida no es unidimensional, está compuesta de planos, distribuidos unos sobre otros, del centro a la superficie, como las capas de una cebolla, como los estratos y las esferas de la tierra. “Vivimos en varios planos: vegetativo, animal, mental, moral y metafísico” (2), afirmaba Fernando González. Somos, en suma, una multiplicidad.

Entonces, si el mundo es esférico y se compone de distintas dimensiones, el pensamiento debe atravesar todos esos planos si quiere llegar a comprenderlo de algún modo. El pensamiento es la cartografía de la conciencia humana, diagrama o mapa de las múltiples esferas que componen su experiencia. Cada pensador define su estilo partiendo del método que utiliza para abordar los problemas, así como de los recorridos que realiza entre los diferentes planos de la realidad. Cada uno necesita encontrar su propio ritmo de pensamiento, es decir, el modo auténtico de moverse en el mundo. Así pues, no es en virtud de los problemas que aborda, ni de los libros que lee, ni mucho menos de los títulos que ostenta, por lo que un pensador es original. Si es un auténtico pensador, lo es sólo porque logra crear un horizonte nuevo de reflexión a partir del cual muchos hombres y mujeres se animan a recorrer el camino del auto-descubrimiento, la senda hacia la libertad.

Así pues, como evidencia de un ver y escuchar atentos, como testimonio del camino recorrido, no debe escribirse un simple comentario o una conferencia sobre un pensador como Fernando González, más bien hay que esbozar un diario de viaje, las memorias de unos ciertos ‘devenires’ propiciados por su obra. Dar cuenta del camino con sus parajes, describir sus sinuosidades, sus variaciones, hablar también de las paradas, los descansos y las posadas, incluso de los traspiés. La filosofía es un viaje, enseñaba el filósofo de Otraparte, un movimiento hacia la realización de nuestra naturaleza metafísica; viaje a pie hacia la desnudez, la autenticidad, la individualidad, un sendero que busca la libertad del espíritu humano. Pues, como enseñaba Nietzsche: “Sólo tienen valor los pensamientos caminados” (3).

Vamos a trasegar entonces por un sendero aparentemente conocido, muy cercano a nosotros pero al que no se considera comúnmente un tema digno de reflexión filosófica. Me refiero a nuestra realidad como suramericanos, a la vida y los avatares de todos los días que compartimos con nuestros semejantes en este lugar del planeta. Sí, el escenario cotidiano que los filósofos de escuela se jactan vanidosamente de ignorar. Apartándose de esta actitud escolástica, mezquina, Fernando González reivindicó una filosofía del presente, basada en reflexiones claras y precisas sobre sí mismo y sobre la Suramérica que amó y habitó. Sus planteamientos no se basaron en conjeturas abstractas y enrevesadas, sino que partieron de una lectura vívida y siempre atenta del mundo circundante, recorriendo con el lenguaje los diferentes planos de la realidad americana, profundos o superficiales, superiores o inferiores, sin forzar el discurso ni el estilo con complicadas meditaciones.

Pero aquí abundan todavía académicos y profesores universitarios a quienes les avergüenza pensar lo cotidiano y hablar de los problemas tan serios que se plantean en el contexto regional. Estos intelectualoides, verdaderos parásitos de las ideas ajenas, creen por ejemplo que el idioma español no sirve para hacer ciencia ni filosofía, entonces se van a Europa a comprarse algún título doctoral y copian el estilo y los problemas de ellos y regresan aquí a dárselas de maestros, como si no tuviésemos los suramericanos bastantes cosas que reflexionar y realizar por nuestra cuenta. Con razón decía Fernando González: “En Suramérica permanecen los hombres siempre de lectores, siempre de viajeros. Tienen vergüenza de su propia alma; se quedan con los vestidos ajenos” (4).

Y es que sin duda hemos terminado interiorizando la imagen de suburbio tercermundista fabricada por las potencias del norte y parece que nos hemos tragado entero el cuento según el cual, en virtud de nuestra “inferioridad connatural”, no merecemos otro destino que el de ser vulgares colonias de los países ricos, naciones prostitutas que sólo pueden obedecer y copiar. Porque el mal de lo inauténtico, que conduce al servilismo y al parasitismo, no lo padecen únicamente los intelectualoides de cafetería. Se trata, desafortunadamente, de un mal generalizado, presente en todas las esferas de nuestra sociedad, empezando por los gobernantes. Este tipo de vanidad fue denominada por Fernando González, en un tono francamente provocador, como el complejo hijo de puta: “¿No observan todos que a pesar de leer tanto y saber tanto, el suramericano nada crea? Pues es muy fácil explicarlo: Tienen vergüenza, simulan, leen, etc., porque están obligados por el coloniaje político, racial y literario, a considerarse como hijos de puta” (5).

Pero la superación de este complejo, cuyo nombre lo dice todo, no parece estar a la vuelta de la esquina, al menos no en Colombia. Y esta es la principal motivación para retomar los planteamientos de Fernando González, la necesidad de investigar cuánto ha avanzado o retrocedido el proceso de descolonización cultural de los países latinoamericanos a setenta y cinco años de haberse publicado Los negroides.

“Cada individuo tiene su ritmo para caminar, para trabajar y para amar” (6), escribía Fernando González, el ritmo es la metafísica pura, continuidad del impulso vital, insistencia del cosmos frente al caos, afirmación del ser con respecto a la nada. No hay por qué copiar entonces el ritmo ni los modos de nadie, “seremos capaces de bailar por nuestra cuenta, seremos capaces de pensar...”, dice el coro de “El fin de la infancia” de Café Tacuba. Y es que cada uno de nosotros tiene una laboriosa tarea en la vida, la de encontrar su propio estilo, la de modular su íntima vibración en el universo. Los pueblos, al igual que los individuos, están llamados a encontrarse y seguirse a sí mismos. Ésta, me parece, es una de las más bellas enseñanzas de Fernando González, la búsqueda incesante de la auto-expresión en lugar de la simulación de modelos foráneos, el camino de la creación en vez de la prolongación indefinida de nuestra dependencia material y espiritual.

No se puede dar crédito entonces a ningún pensador latinoamericano que no haya escrito su obra para ayudarnos a revelar. Como ha dicho Eduardo Galeano: “Pertenezco a una tierra que todavía se ignora a sí misma. Escribo para ayudarla a revelarse —revelarse, rebelarse— y buscándola me busco y encontrándola me encuentro y con ella, en ella, me pierdo” (7). Estas hermosas palabras pueden aplicarse también a Fernando González, quien consagró su pensamiento a la imprescindible, laboriosa tarea de descolonización cultural de América Latina. Nuestras naciones tienen todavía que alcanzar la madurez espiritual para llegar a ser verdaderamente independientes y soberanas. Pero la autonomía de nuestra región depende en buena medida de que los individuos que la habitamos nos liberemos al fin de la muy perniciosa vanidad legada a nuestros pueblos por la colonización europea. Espero que el diálogo con los escritos de Fernando González nos permita avanzar en esta dirección.

América Latina: vanidad y egoencia

“... América, tierra donde se mezclan todas las culturas y todas las edades humanas”.

Eduardo Galeano

En Los negroides Fernando González encara lo que consideraba el problema fundamental de Suramérica: la vanidad. La define como “carencia de sustancia, apariencia vacía”. Opone a ésta, como único medio de superación, la libre expresión de la personalidad, es decir, el orgullo, la egoencia. “El orgullo es fruto del desarrollo de la personalidad, por ende, contrario a la vanidad” (8). Antes de detenernos en el significado de esta distinción, es importante hacer una aclaración. En realidad, el planteamiento acerca de la vanidad y su antípoda el orgullo, expresado en Los negroides en un estilo tan particular, fue propuesto y desarrollado cabalmente por Arthur Schopenhauer en el capítulo IV de su bello libro Eudemonología, de donde muy seguramente lo tomó Fernando González. Sabemos que éste admiraba la obra del filósofo alemán, por eso no es tan extraño que sus reflexiones en este sentido se hayan inspirado en este trabajo, una pieza verdaderamente excepcional dentro de la obra de Schopenhauer.

Sirva esta aclaración para preguntarnos qué es entonces aquello por lo que el pensamiento de Fernando González puede, todavía hoy, ser considerado innovador y original. Me parece que su originalidad consistió fundamentalmente en el método que siguió y en el estilo tan particular que cultivó en sus escritos, más que en los conceptos alrededor de los cuales se concentraron sus meditaciones. Este método consistió en utilizar los planteamientos de la tradición filosófica europea de un modo poco ortodoxo, a la americana, con el fin de analizar las problemáticas propias de nuestro continente. Porque: “El mejor método es el que cada uno tiene dentro” (9). Fernando González enfrentó, con el arma infalible de la buena escritura, el autoritarismo escolástico y la obsolescencia de la filosofía universitaria, oponiéndole un pensamiento dinámico, crítico, “liberal” en el mejor sentido del término, que llamó la atención sobre la necesidad de evolución de nuestro continente hacia una conciencia universal, libre y creadora. “Al estado anímico que llamamos liberalismo se llega mediante la cultura; liberalismo en ascenso, es un estado mental y emotivo premio de grandes disciplinas” (10).

No hay que formarse entonces una falsa imagen sobre la autenticidad filosófica de Fernando González, pues, al igual que ha sucedido a otros pensadores latinoamericanos, su obra partió de ideas o conceptos que ya habían sido concebidos o fabricados en Europa, aunque es innegable el tono personal y la coloración que tomaron estos mismos conceptos en sus escritos. Porque lo original de una obra es precisamente el modo en que se expresa, su tonalidad singular, su ritmo, aunque trate temas muy conocidos, lo importante es el nuevo horizonte que se plantea a partir de ella para abordarlos. En tanto obra de arte, un libro es un camino abierto que nos lleva de lo conocido a otra parte, esto es, de lo cerrado a lo abierto, de lo trillado a la innovación.

Pero retomemos la oposición entre vanidad y orgullo de la que veníamos hablando. Según Schopenhauer, el vanidoso “mendiga la aprobación de otro para fundar después sobre ésta la elevada opinión de sí mismo, mientras que el orgullo supone una opinión ya firmemente establecida”. Los vanidosos padecen “una deferencia ansiosa y servil hacia el qué dirán”, mientras que “lo que hace realmente orgulloso es únicamente la firme, la íntima, la inquebrantable convicción de méritos propios y de un valor excepcional” (11). Fernando González parte sin duda de esta misma distinción para construir la imagen de Suramérica que expone en Los negroides. Su diagnóstico es desde el principio poco conciliador: “Hemos agarrado ya a Suramérica: vanidad. [...] Porque somos hijos de padres humillados por Europa, simulamos europeísmo, exageramos lo europeo. Nuestra personalidad es vana” (12). Ante este panorama, resultan muy escasos los ejemplos de suramericanos orgullosos en Los negroides. Estos ejemplos tienen nombre propio: Simón Bolívar, Juan Vicente Gómez, José María Velasco Ibarra. Llama la atención que ninguno de ellos sea colombiano. No nos digamos mentiras, hoy como ayer Colombia sigue siendo un ejemplo perfecto de vanidad.

Somos vanidosos en casi todo lo que hacemos, padecemos como pocos las consecuencias nefastas de la mediocridad y la indisciplina, ocultamos la verdad para quedar bien, vivimos del decorado, nos es imprescindible el barniz, el lavado, el toque de pintura, somos esclavos del qué dirán. Además, nos avergonzamos de nuestras raíces ancestrales, odiamos al indio y al negro que hay en nosotros, preferimos la imagen del europeo o la del gringo, en todo caso, la del blanco. Así somos la mayor parte de los colombianos, ‘sepulcros blanqueados’, gentecilla hipócrita y vacía, aferrada a ideales y modelos ajenos. Y por eso es realmente un espectáculo grotesco, abyecto, este paisito nuestro. Pero ¿será así en toda Suramérica? ¿Son nuestros vecinos tan vanidosos como nosotros? ¿Qué pensaba al respecto Fernando González?

En realidad, éste consideró a muy pocos colombianos de su época personas originales, por eso decía: “Alejandro López y otro, son los únicos escritores que se han libertado de la sugestión europea” (13). Seguramente cuando anotaba “y otro” se refería a él mismo. Pero, aunque era orgulloso y altivo, el filósofo de Otraparte reivindicaba la modestia como riqueza del sabio, por eso, creo, no mencionó su nombre. Como se ve, los colombianos no salimos muy bien parados en cuanto a nuestra originalidad. Sin embargo, González pensaba que el mal de la vanidad era evidente no sólo en los países Grancolombianos (Venezuela, Colombia y Ecuador), sino en el resto del continente. ¿Por qué? La vanidad es el resultado de la colonización cultural, vástago innoble de nuestra dependencia a Europa. Esto, desafortunadamente, la convierte en una expresión común a los suramericanos, es pandemia en la población criolla. Según González, tanto en Bogotá como en Lima, en Santiago como en Buenos Aires la vanidad reina: “Copiadas constituciones, leyes y costumbres; la pedagogía, métodos y programas, copiados; copiadas todas las formas” (14).

En tanto estudio filosófico y etnológico de problemáticas regionales, Los negroides nos ofrece un mapa completo del territorio de la vanidad y por eso señala lugares como las capitales. Las grandes ciudades suramericanas son símbolos de la vanidad, bastiones del coloniaje. Traigamos la ruta antes mencionada a nuestros días. Empecemos por Bogotá. Esta ciudad tiene un tufo a virreinato que ha trascendido los siglos. Ayer la sotana y hoy la corbata: verdaderos símbolos de la vanidad. Pero Lima y Santiago no se quedan atrás. El mismo viejo olor a Virreinato, el mismo apestoso servilismo. No es simple coincidencia el hecho de que sean precisamente estos países, Colombia, Perú y Chile, los que hoy en día muestren una mayor deferencia hacia las políticas de colonización económica fomentadas por el llamado modelo neoliberal. Argentina también fue muy obediente en otro tiempo al FMI y al Banco Mundial, pero después de la bancarrota de 2001, con la escasez y las hambrunas subsiguientes, esa obediencia ciega se ha tenido que replantear.

El problema es que Argentina sufre una vanidad cultural más arraigada, en la medida en que tiene una influencia étnica mucho más amplia, por el hecho de haber sido, hasta tiempos más o menos recientes, el destino preferencial de varias oleadas de inmigrantes: judíos, italianos, españoles, alemanes, británicos, austriacos, croatas, polacos, griegos, portugueses, búlgaros, checos, etc. Esto hace que los argentinos no sólo reverencien las formas europeas, sino que se crean europeos de verdad; allí muy pocos reivindican al suramericano indígena, negro o mulato. A propósito de Argentina, decía Fernando González: “Allá nada hay americano: es mosaico. Puede igualar a Europa; puede llegar a ser europea, por la ciencia, por las máquinas, por ferrocarriles y edificios, pero ya no puede aportar matices al resultado de la cultura humana. Su alma aborigen se ahogó en la inmigración” (15).

Me parece que Venezuela y Ecuador salen mejor librados que Colombia de la prueba de vanidad efectuada en Los negroides. Hasta cierto punto ellos han sido más originales que nosotros. De hecho, los tres hombres que a criterio de Fernando González servían como modelos perfectos de egoencia, es decir, de la viva manifestación de la personalidad y el orgullo suramericanos, nacieron precisamente en estos dos países. Pero ¿se trata acaso de una simple idealización de la figura de Bolívar? ¿De un innegable gesto de galanteo de González hacia su amigo y compadre el general Gómez? ¿De una irrefrenable manifestación pública de admiración intelectual al notable escritor y cinco veces presidente del Ecuador José María Velasco Ibarra? ¿Qué hay exactamente detrás de la valoración de González sobre estos tres suramericanos?

Fernando González se refería a Simón Bolívar como un ‘hombre cósmico’, ‘maestro’ de la desnudez, ‘ejemplo vivo’ de la egoencia, ‘hombre etéreo’. De su compadre Juan Vicente Gómez decía que “... era netamente personalidad, orgullo absoluto y nada vanidoso. [...] Las formas manaban directamente de su individualidad; era fuente” (16). A Velasco Ibarra lo consideró el “primer político-pensador americano”, “el primer hombre de acción que ha querido realizar el sueño bolivariano de libertar el alma popular. Es el primer demócrata que ha tenido la Grancolombia” (17). González admiró en estos tres personajes el carácter, la fuerza y el orgullo que falta a la mayoría de los hombres, obsérvese solamente la vanidad de nuestros políticos. Vio en ellos solitarios poderosos, hombres únicos que podían contagiar a pueblos enteros con su energía liberadora.

Ahora bien, si consultamos otras versiones históricas, observamos que estos tres líderes han sido considerados dictadores. Bolívar gobernó la Grancolombia durante 11 años (1819-1830) y pretendía quedarse en el poder por un largo período, sólo que algunos caudillos regionales, recelosos de su influyente personalidad —más concretamente el venezolano Urdaneta y el granadino Santander— no se lo permitieron. Gómez, por su parte, gobernó Venezuela de manera oficial y extraoficial durante 27 años, de 1908 a 1935. En lo que concierne a Velasco Ibarra, fue presidente del Ecuador cinco veces (1934-35; 1944-46; 1952-56; 1960-61; 1968-72), depuesto en cuatro oportunidades por los militares. Entonces, si todos estos hombres parecen haber brillado por su vocación dominadora ¿por qué le sirven a Fernando González como modelos de la liberación suramericana, como referentes de una cultura grancolombiana por venir?

La libertad es un estado anímico, no es algo que venga de fuera, sino todo lo contrario, es una fuerza esencial que brota desde lo más íntimo de cada ser, por eso nadie puede liberar a otro. El individuo debe ser el libertador de sí mismo, esa es su tarea vital. Bolívar como “el Libertador” simboliza precisamente eso, la virtud (de virtus, fuerza o potencia) de liberarse a sí mismo, eso lo convirtió en un ejemplo viviente del orgullo y la auto-expresión del continente. No hay que verlo pues como a un héroe redentor, no, hay que mirarlo como al ser humano de carne y hueso que fue, batallador incansable e iniciador de una nación que aún está por construirse. El ejemplo de Bolívar vale fundamentalmente por lo que hizo consigo mismo y no porque nos haya ahorrado el trabajo de liberación a nosotros. La libertad no es un regalo del cielo, es más bien un triunfo de la humanidad. Hay que hacer de ella un acto propio, un acontecimiento plenamente original. Cualquier otra cosa que se llame libertad es pura ficción. No existen salvadores en esta tierra.

Nótese que el individuo de personalidad auténtica, el hombre de talante solitario, el creador, es visto casi siempre con recelo por las mayorías vanidosas, no importa si se benefician de sus acciones como gobernantes o líderes espirituales. Pues los hombres que gozan de sus propias virtudes despiertan fácilmente la envidia de aquellos que no albergan nada digno de alabanza en su interior. Por eso decía Schopenhauer: “Aunque el orgullo se execre y repruebe en general, estoy, no obstante, tentado a creer que eso proviene principalmente de los que no tienen nada de que puedan enorgullecerse” (18). Los únicos pueblos dignos de estos hombres son, en suma, aquellos que han sabido crear una cultura propia, los que gozan de plenas virtudes para enorgullecerse de sus individuos. Pero en Suramérica los pueblos no han alcanzado su madurez, adolecen todavía de vicios heredados, modas y modos importados. Entonces, hombres con la personalidad y convicción de Bolívar, con el ímpetu y la malicia endemoniada de Vicente Gómez, con la altura intelectual y pragmática de Velasco Ibarra o Alejandro López, son vistos con desconfianza, pueden ser amados por muchos, pero a otros, sobre todo a la casta mezquina de politicastros y caciques regionales, les inspiran odio y un secreto temor.

El problema es que entre nosotros predomina el rebaño, es decir, el instinto social simulador, entonces los fuertes, los no colonizables aparecen como dictadores, se les acusa por el poder de su personalidad. Es esta la razón por la que la gusanera cubana de Miami o la rancia elite bogotana la emprenden a menudo contra hombres orgullosos como Fidel Castro, Rafael Correa o incluso el mismo Hugo Chávez. Hasta tal punto se les estigmatiza a través de la prensa y los medios masivos que la gente aprende a verlos como enemigos. Hay que distanciarse de la imagen distorsionada fabricada por los noticieros para valorar la originalidad de estos hombres. Hay que ver como se obsesionan los medios colombianos con Chávez, a veces pienso que de tanto mostrarlo terminan sin darse cuenta convirtiéndolo en un verdadero icono. Estoy seguro de que una de las cosas que más suscita un rechazo hacia Chávez en Colombia es su aspecto de mulato indomable y su origen humilde. Dónde se ve más racismo si no en Colombia. Nos creemos superiores a los venezolanos y ecuatorianos dizque porque aquí, “gracias a Dios”, no mandan ni indios, ni negros, ni mulatos ni zambos. En el tiempo en que González escribió Los negroides, ni siquiera se les permitía estudiar en los colegios católicos, y el 80% de los colegios colombianos lo eran. Pero lo que en el fondo ocurre es que inferiorizamos a los indios y a los negros porque son más auténticos que nosotros. Reconocer su viva presencia representa un peligro para nuestra vana cultura.

Pero, por otra parte, estos hombres orgullosos, altivos, que aparecen referenciados tantas veces en Los negroides, tienen un significado mucho más amplio que su ya de por sí alto valor histórico. Son sencillamente personajes conceptuales (19), ya que exponen conceptos filosóficos, en este caso expresan cada cual un grado diferente de la egoencia. Fernando González también hace aparecer a otro tipo de personajes, antípodas de los primeros, los cuales encarnan el concepto de vanidad: Santander, Rafael Núñez, Miguel Antonio Caro, Laureano Gómez, Enrique Olaya Herrera, Alfonso López Pumarejo, entre otros. Así pues, el contraste entre Santander y Bolívar, expresado durante toda la obra de Fernando González, no constituye otra cosa que el modelo ejemplar de las dos polaridades enfrentadas, una lucha que, según pensaba, determinaba el destino de la “Grancolombia”. Los unos los más, los otros los menos; la vanidad dominante en la mediocridad ambiente, retrasando la evolución de nuestra conciencia, y la egoencia de los minoritarios, que se abre camino en sentido opuesto, apuntando hacia el florecimiento de una cultura auténticamente suramericana.

Sobre tres ideas polémicas de Los negroides

Finalmente, voy a hacer algunas observaciones alrededor de tres planteamientos de Fernando González que me parecen hasta cierto punto discutibles. Comenzaré por la definición de cultura que se ofrece en Los negroides. Cuando Fernando González afirma que la cultura “consiste en desnudarse, en abandonar lo simulado, lo ajeno, lo que nos viene de fuera, y en auto-expresarse” (20), me parece que está describiendo más bien un estado de superación de la cultura. Pues siempre que hablamos de cultura nos estamos refiriendo a un fenómeno netamente social. Es expresión colectiva y no precisamente desnudez o individualidad, pues los mecanismos de intercambio entre seres humanos están basados en convenciones, máscaras, trajes y modelos de simulación que regulan el comportamiento de los individuos de acuerdo a valoraciones y concepciones externas a ellos.

Pienso que Fernando González se refería más bien a un proceso de superación de la cultura con sus propios medios: “La cultura consiste en métodos o disciplinas para encontrarse o auto-expresarse” (21). Entonces, no es que la cultura consista en abandonar lo simulado, pues es en sí misma ella implica algún tipo de simulación, sino que una sociedad evolucionada debe propiciar la consecución de un estado anímico no simulador, incentivando las expresiones individuales más que el instinto de rebaño. Y es ahí donde se hace importante lo que González llama disciplina, porque la auto-expresión es algo que debe alcanzase, no es tan espontánea y fácil como podría creerse. Así pues: “Si la libertad y la anarquía son el fin de la vida, el gobierno y las escuelas, toda la cultura la consideramos como medio para conseguir eso. Conseguir que cada ciudadano se autoexprese cada vez más netamente” (22).

Entonces, se hace claro que la cultura es un medio para la realización del individuo y no la autoexpresión en cuanto tal. La cultura debe servirnos como plataforma a la originalidad, como medio para revelarnos, es el punto de partida y no la finalidad. De este modo, América Latina enfrenta todavía el reto de consolidar una cultura original, con sus propias expresiones, símbolos, convenciones, modelos económicos y políticos, para desde ahí propiciar la evolución hacia el desarrollo de la personalidad, hacia el florecimiento del hombre libre. Es un doble reto: libertar lo social y emancipar la individualidad. Pero se trata de dos momentos diferentes, el de lo cultural, que inevitablemente se inscribe en un escenario colectivo, y el de lo personal, el tiempo de la revelación de lo propio, en que se manifiesta la egoencia.

El concepto de autoexpresión es sumamente importante en la filosofía de Fernando González, en él resuenan los más nobles ideales de la modernidad y a partir de él se configura su visión liberadora de Suramérica. Esto es bastante patente en Los negroides, pero también en muchos otros textos, por ejemplo en las Nociones de izquierdismo. Aquí expone un esquema sobre las etapas de la conciencia humana de honda resonancia hegeliana y marxista. Plantea que la conciencia del hombre atraviesa tres etapas de crecimiento a lo largo de la historia. Cada una de ellas se define en relación al modo en cómo los seres humanos se apropian de las cosas y en cómo las distribuyen socialmente. La primera etapa se caracteriza por una apropiación inmediata y espontánea de los recursos, es la conciencia visceral. El hombre toma de la naturaleza lo que necesita para mantenerse, así que sustenta su supervivencia mediante la caza, la pesca y la recolección. La segunda etapa es la de la propiedad privada, la conciencia pronominal, a partir de la cual busca el hombre asegurar los recursos, es el comienzo de la acumulación y las instituciones, la larga historia de la familia, la propiedad privada y el Estado. Pero falta todavía escalar un peldaño hacia una forma superior, la conciencia universal, a la que Fernando González llama, con una clara resonancia marxista, la conciencia comunista, “cuando el hombre siente que todo el universo es suyo y es uno” (23).

Muchos preguntarán si Fernando González era entonces de tendencia comunista. Esto hay que matizarlo. Ya en su época se relacionaba al comunismo directamente con la Unión Soviética, con Lenin y Stalin. Él mismo no tenía una muy buena opinión del bolchevicismo, al que veía como una tendencia más opresiva que liberadora. Pensaba que el “comunismo no es partido político”; “no se impone sino que es perfección a que se llega mediante disciplinas” (24). Sus propios escritos lo muestran como un liberal de izquierda, una tendencia que, a mi modo de ver, es la más noble y progresista del liberalismo. “Los izquierdistas somos, pues, el verdadero liberalismo. La disciplina es nuestra y no de las fuerzas reaccionarias. Es necesario recalcar mucho que el izquierdismo consiste esencialmente en la escuela viva”. Pero González sabía que practicar ese tipo de liberalismo era muy difícil, sobre todo en un medio como el colombiano, en que la mayoría de las personas gravitan entre la conciencia visceral y la pronominal (mío, tuyo), lo que muestra cuán lejos estamos del verdadero desarrollo social, que implica el ascenso de los individuos hacia una conciencia universal. “Ser liberal, ser izquierdista es muy difícil; el liberalismo hace en la historia el mismo papel de los inventores en la industria: causan cataclismos. Por ejemplo, ¡qué grande fue el que causó la invención del telar!” (25).

Por otra parte, me parece necesario replantear la utilización de términos como “grupo racial” o “raza suramericana”, muy utilizados por Fernando González en Los negroides, teniendo en cuenta la crítica exhaustiva a la que ha sido sometido el concepto de raza después del desastre de la Segunda Guerra Mundial. No estoy insinuando en ningún momento que nuestro filósofo tuviese una posición racista o algo semejante. Intento más bien mostrar que la validez de este concepto ha sido reevaluada seriamente hoy en día. Y es que en la época en que González escribió sus reflexiones era común utilizar una retórica biologista, muchos pensadores hablaban de las razas humanas sin apologizar ninguna teoría racista. Así pues, enunciados tales como: “Para mí tengo que Colombia debe prohibir en absoluto la inmigración, hasta ver si el pueblo antioqueño necesita ayuda en su misión de unificar el país” (26), muestran claramente la influencia de ideas biologistas en el libro de Fernando González, las cuales carecen hoy en día de validez. Es más correcto hablar de la consolidación de una cultura suramericana, o de la influencia antioqueña en la unificación cultural de Colombia, pues, como anotaba Jacques Ruffié: “La humanidad se encamina de forma inexorable hacia un mestizaje generalizado” (27). La globalización en marcha acelera el proceso de des-raciación de la humanidad, por lo que ninguna región del mundo quedará eximida de esta situación.

Sin embargo, la tesis fundamental de Fernando González cobra vigencia precisamente en este contexto de homogeneización racial producto de la mezcla, pues lo que tiene verdadera importancia es el mantenimiento de la diversidad de los individuos, para lo cual, como hemos visto, debe servir como medio una cultura auténtica. Porque la diferenciación entre los seres humanos no es tanto una cuestión biológica, es más bien un asunto cultural.

Finalmente, quiero discutir la valoración que tenía Fernando González sobre la doctrina Monroe y sobre el rol aparentemente benévolo que, según afirmaba, jugaba Estados Unidos con respecto a Latinoamérica. La llamada doctrina Monroe, elaborada por John Quincy Adams y atribuida al quinto presidente de los Estados Unidos James Monroe, se resume en la frase: “América para los americanos”. Parece que al principio esta doctrina fue utilizada para oponerse a la intervención de las potencias europeas en el continente americano. Este era el modo en que la interpretaba Fernando González, por eso decía: “Los países suramericanos existen políticamente libres, merced a la doctrina Monroe, pues por sí mismos son incapaces de libertad”. Y más adelante agregaba: “Pero hay que amar al yanqui. Sin él, no tendríamos la posibilidad de llamarnos libres y cultos algún día. Porque el yanqui compra a la casta vanidosa que gobierna nuestros países, y la compra porque ella se ofrece. Nos ha dejado la posibilidad de libertar al pueblo, oprimido por los vanidosos; el día en que hagamos esto, el yanqui será nuestro hermano”. Mi opinión es que la posición de González fue más bien ingenua. Y es que muy pronto la doctrina Monroe giró hacia la llamada “doctrina del destino manifiesto”, según la cual es voluntad de la providencia que los EE. UU. se expandan por el continente y lo pongan bajo su poder. Entonces, se hace evidente que el sentido de la frase se transforma.

No podemos olvidar que uno de los defensores acérrimos de la doctrina del destino manifiesto fue Theodore Roosvelt, quien influyó tremendamente en la intervención de los Estados Unidos en Panamá y en el robo subsiguiente del istmo para construir el canal. Este señor Roosvelt no era el yanqui benévolo que Fernando González nos invitaba a amar. De hecho odiaba profundamente a los colombianos y nos llamaba “pequeñas criaturas despreciables”, “bandidos ineptos”, “corrupta y simiesca gentecilla sublevada contra el progreso” (28). Entonces, no entiendo por qué González creía en las buenas intenciones del gobierno yanqui, si además estaba el precedente nada positivo del robo de Panamá. No se trata sin embargo de predicar una anti-imperialismo tosco que reivindique el odio contra el pueblo norteamericano o algo por estilo. Pero evidentemente, hay que conocer la historia y observar la realidad actual para darse cuenta que el gobierno norteamericano no nos ve precisamente como pueblos hermanos a respaldar o proteger, sino como gente inferior que se puede comprar y explotar a un bajo costo. Es hora de transformar nosotros la frase aquella y decir: Suramérica para los suramericanos. Creo sinceramente que si Fernando González todavía viviera estaría de acuerdo conmigo.

Notas:

(1) Los negroides, Cáp. XXIV.
(2) Ídem, Cáp. XIV.
(3) Nietzsche, Ecce Homo.
(4) Fernando González, Óp. cit. Cáp. XI.
(5) Ídem.
(6) Fernando González, Viaje a pie.
(7) Eduardo Galeano, Nosotros decimos no, crónicas; “Revelación”.
(8) Los negroides, Cáp. III
(9) Los negroides, Cáp. X.
(10) Los negroides, Cáp. XIX.
(11) Arthur Schopenhauer, Eudemonología, Cáp. IV.
(12) Los negroides, Cáp. VI.
(13) Los negroides, Cáp. VIII.
(14) Ídem, Cáp. IV.
(15) Ídem, Cáp. VII. El subrayado es mío.
(16) Ídem, Cáp. III.
(17) Ídem, Cáp. XIII.
(18) Schopenhauer, Óp. cit., p. 775.
(19) Ver: Gilles Deleuze y Félix Guattari, ¿Qué  es la filosofía?, especialmente el capítulo 3.
(20) Fernando González, Óp. cit., Cáp. III.
(21) Íbid.
(22) Íbid, Cáp. XXXV.
(23) Fernando González, Nociones de izquierdismo.
(24) Íbid.
(25) Íbid.
(26) Los negroides, XIII.
(27) Jacques Ruffié, De la biología a la cultura, p. 370.
(28) Citado por Marco Palacios en el libro Colombia, entre la legitimidad y la violencia, p. 74.

Fuente:

Conferencia en Otraparte - Abril 28 de 2011.

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