Corporación Otraparte
Fernando González y
María Helena Uribe

Viaje a la desnudez

Por Aura López

Hace 35 años se publicó en Medellín un pequeño libro bajo el título de Polvo y ceniza, escrito por María Helena Uribe de Estrada, conjunto de relatos envueltos en una atmósfera de intimidad, de cierta desolación, cierta nostalgia sobria, contenida, que trasciende la mera anécdota de sus personajes y la convierte en desgarramiento interior, en la búsqueda de aquello inasible, escurridizo, filtrado a través de lo que la autora denomina “grietas”, grietas en el amor, en el tiempo, en la vida en fin. Quien haya leído este libro encontrará en él el germen de lo que sería, 23 años más tarde, Reptil en el tiempo, novela publicada en 1986 y que su autora subtituló “Ensayo de una novela del alma”. Reptil en el tiempo es novela de desnudez: desnudez de quien la escribió, desnudez de los personajes, y de quienes hayan sabido mirarse en el estremecedor espejo de sus páginas.

No es, pues, gratuito, ni meramente circunstancial, el hecho de que María Helena Uribe haya tropezado con Fernando González. Se dio así uno de esos encuentros fatales, ineludibles, que nos hacen pensar a veces en ciertas atracciones, si no misteriosas, que esa es una palabra comprometedora, sí, por lo menos, extrañas o extraordinarias. Fue, en todo caso, el encuentro de dos intimidades, de dos búsquedas, de dos desgarramientos. Empezando porque Fernando González sólo puede ser abordado desde la intimidad, de ahí que resulte un tanto torpe e inútil el afán de clasificarlo, de definirlo o de encasillarlo en una escuela, en una doctrina o academia, intento que deriva necesariamente en adulteración y en artificio, o en simple registro anecdótico. Para María Helena Uribe, Fernando González es “el viajero que iba viendo más y más”. Hermosa y exacta apreciación, que coincide con la propia búsqueda de la autora, y que sirve de título a su libro. De ella puede decirse que, en su viaje sin punto de llegada hacia Fernando González, iba también viendo más y más.

Aunque parezca contradictorio, no es este un libro para “leer”, en el sentido de instalarse y dejar pasar la mirada, página por página, como sucede a veces que, mientras leemos, nos parece que nadamos sobre la superficie de esas aguas, de esas páginas, aun si presentimos su hondura. En este libro, el lector se sumerge, va hacia el fondo, fondo que no es otra cosa que Fernando. Nos “hundimos” en Fernando González, gracias a que la autora ha asumido el mundo de él desde lo filosófico, entendida la filosofía como búsqueda, como pregunta, como un continuo desnudarse, como un pensar el mundo, el drama del mundo. No se trata, pues, de un análisis académico, magistral o de circunstancia, sino de dos desnudeces que se encuentran: él, desnudo en su permanente pregunta y desasosiego; y ella, desnuda también, lo que le permite acercarse a él, y rescatar, en la diafanidad de ese acercamiento, la ternura y la irreverencia, la ira y el amor, la palabra y el silencio, el dolor y la alegría. Y, sobre todo, la pureza de ese hombre que caminó y tropezó, dudó, buscó, y padeció tan hondas sacudidas interiores. Para que todo esto resultara posible, se dio también la sobriedad de la autora, que no es, ni mucho menos, una sumisa compañera de viaje, pero que tampoco cae en la soberbia. No se concibe una aproximación a Fernando González desde la vanidad o la soberbia. Quien se encarame, para mirarlo, en un pedestal, fracasará en su intento, ni sabrá nada de él. Gracias a la mirada limpia de María Helena Uribe, este libro entrega la pureza de Fernando González, surgida de sus abismos, de sus infiernos, de las contradicciones de su ser caótico y confuso. “El desterrado de todas partes”, lo llama la autora, y emprende la tarea de dilucidar su pensamiento, de hacerlo accesible al lector, cumpliendo algo así como una tarea de evangelista, en el sentido de mediación entre él y nosotros.

Ella había conocido personalmente a Fernando González, lo escuchaba en silencio, conmovida, sentía que sus palabras la penetraban, la sacudían. Él no le hablaba de sus libros ni ella había leído ninguno. Pero sentía que algo estaba cambiando dentro de sí, algo que se parecía a descubrirse, a encontrarse. Después de muerto, ella empieza a leer su obra, confirmando así que la presencia física del escritor es pasajera, aunque haya sido importante, y que es en sus libros donde  reside. “Busco a Fernando desde mi presente, que ya es otro de cuando él murió”, dice María Helena en una nota al comienzo de su libro. “Ni la quebrada Ayurá - Circe, ni la carretera a Envigado, ni su pisquín, ni sus hijos, ni él, ni nosotros, somos los mismos”. Y más adelante agrega: “Resulta extraño: los escritos sobre él no nos lo acercan más; al contrario. Hay, en todos, un cierto respetuoso o agresivo deseo de posesión. Cada uno habla de su amigo, su maestro, su enemigo o su autor, no quieren verlo alterado. Y tienen razón, en parte. Leerlo es seguir siendo un ‘sí mismo’, un ‘yo’ incitado, regañado, deslumbrado entre sus contradicciones, tendencias, alegrías y contrariedades”.

En esa búsqueda desde su presente, la autora le da la mano a Fernando González, y lo lleva hacia el lector, hacia el corazón del lector. No es, pues, el suyo, un ejercicio individual, o autista, sino proyectado hacia los demás. Y lo hace a través de su libro, mediante una técnica novedosa que suscita en el lector el deseo —o la necesidad— de aproximarse a Fernando González. No se trata de un texto de exposición o de análisis continuado, lineal, sino que la autora va hilvanando sus propias reflexiones con fragmentos de escritos de Fernando González, a manera de haces de luz que, al proyectarse sobre aquellos fragmentos, permiten al lector la lucidez. Dice, por ejemplo: “Fernando González sólo quiere hacerse oír. Cree que sus palabras podrían transformar a su gente, a su país, al mundo. A él”. Y enseguida copia estas palabras del libro Pensamientos de un viejo: “Qué hermoso porvenir y qué hermosa obra la de este joven que se cree héroe o predestinado y que chilla ásperamente como una cigarra hasta que lo busquen o lo perciban, y crean en sus gritos”.

Así está construido todo el libro de María Helena Uribe: la autora le da la mano a este hombre que se contradice de un día para otro, que maldice y bendice, que acaricia y golpea. Pero hay momentos en los cuales es él quien toma de la mano de ella como para que le sirva de apoyo y lo lleve. Uno se pregunta si se trata realmente de contradicciones. Y como respondiendo a esa pregunta, la autora escribe lo siguiente a propósito de un fragmento transcrito del libro Mi Simón Bolívar: “Vaivén de su pensamiento autobiográfico como todo lo suyo; péndulo vivo de un reloj palpitante; sístoles y diástoles. ‘Vivir es cambiar constantemente’. Pero no es cambiar. Es transitar abierto el panorama, sin ideas preconcebidas ni prejuicios. Poeta de tempestades físicas y anímicas, pintor de países externos e íntimos. Caminante que describe esto y aquello, se apega a uno u otro pensamiento, y recoge nuevos conceptos, interrogantes, experiencias”. En otra página del libro, esta frase tomada de Viaje a pie, donde el filósofo pregunta: “¿Que nos contradecimos? Lo que pasa es que nuestro interior es un hervidero de contradicciones”.

El libro, pues, se asemeja a un tejido en cuya trama se alternan las dos voces: la de Fernando González, “eterno insatisfecho, impaciente buscador”, como él mismo se califica, y la de María Helena Uribe, marcando el camino que nos lleve hasta él.

Dice María Helena: “Se asoma a la vida —su museo predilecto— ávido de sensaciones, ideas, realidades y conocimientos que lo inquietan, lo dejan perplejo. Angustia de no vivir, de no sentir, de no poseerlo todo. Paisajes se le abren y se le cierran, se le nublan y se le aclaran, se enturbian o purifican entre la arrogante tristeza de su soledad”. Y enseguida nos deja escuchar la voz de Fernando González que dice: “Desde mi niñez he vivido en el límite de la sombra de la ciencia; entre ésta y lo desconocido, hay siempre una zona atrayente, sombreada, pecaminosa, ilegal. Ahí es donde me ha gustado morar. La ciencia oficial no ha tenido mi amor. La revolución está entre las leyes y el porvenir, zona agradable. Entre la ciencia y la oscuridad completa, hay otra, a media luz, como de amanecer; ahí he vivido. No me ha gustado lo que cualquiera puede saber si compra un libro y se sienta en un taburete. Por eso afirmo que si reglamentaran la profesión de teólogo, a mí ya no me inscribirían. Amo a los rábulas, a los revolucionarios, y sobre todos los seres, he amado, desde que nací, a Jesucristo y a Sócrates. Han pasado milenios y aún continúan siendo la aurora de la humanidad. Siempre he estado con los descontentos, nunca satisfecho”.

Larga y minuciosa ha sido la tarea de María Helena Uribe para ir señalando en su libro el itinerario filosófico de Fernando González. Años enteros hundida en su obra, en esa conciencia que, muy bien lo dice ella misma, “quiere comunicarse, dirigir, reformar poco a poco —o de una vez— la ciudad, el país, el mundo, el universo”. La autora asume la tarea de ordenar el caos, de entresacar de aquellas páginas contenidas en 15 libros publicados entre 1916 y 1962, y 17 números de la revista Antioquia de los años 36 al 45, el pensamiento de múltiples personalidades que viven y sienten y padecen desde un solo cuerpo, desde una sola intimidad: un todo que es Fernando González, padecido por sus personajes y ellos padecidos por él. Todos aquellos que hablan en esas páginas, y piensan y dudan y tropiezan y caen y padecen oscuridades, soledades, tentaciones, amarguras, renuncias, furias, grandezas y miserias, y a veces, a veces, algo parecido a la serenidad, todos son Fernando González. De ahí que María Helena Uribe, y el mismo Fernando González, no los llamen “personajes” sino “personalidades”.

“Si se anda con el viajero —escribe María Helena— hay que ir de un extremo a otro, con su racimo (a cuestas), de verbos, sustantivos, adjetivos, gerundios”. Y le hilvana a sus palabras este pensamiento tomado del Libro de los viajes o de las presencias: “Me he dedicado a viajar y convivir con todas las personalidades, porque entendí que las tenía todas: del asesino, del santón, de Gandhi, del Buda. La creación de un personaje se efectúa con elementos que están en el autor, reprimidos unos, latentes, más o menos manifestados, otros. Nadie puede crear un criminal, un avaro, un santo, un idiota, un celoso, sin que los lleve por dentro”.

María Helena pregunta, señala, afirma, evoca. Y para cada pregunta, para cada señal, para cada afirmación o cada evocación, busca —y encuentra— la palabra de Fernando González, hermanas ambas, la de él y la de ella, en ese camino sin fin de la filosofía. En El viajero que iba viendo más y más duplica la tarea del filósofo. Y fue en su intimidad, en su preguntarse de escritora lúcida e inteligente, desde hace años, mucho antes de que las palabras escuchadas, y luego las escritas de Fernando González, comenzaron a hacer sitio, a labrar un lugar en esa intimidad, donde caló y encontró albergue, el pensamiento de él, su obra, que ella define cabalmente como un libro abierto: “Un solo libro en el que crece, deviene, madura, evoluciona, se refleja, se retrata, se critica, se alaba, se define, se crucifica; corre en pos de sus sentires del cielo y de la tierra, a un paso de la sima profunda; a un golpe de alas hacia el Cosmos, y más allá. Yo sólo intento caminar con él un trecho”.

Si alguien llega a sentirse estremecido al leer el libro de María Helena Uribe, es señal de que ha vislumbrado a Fernando González, que es como decir que lo ha encontrado para seguir buscándolo. Le sucederá, entonces, lo que le sucedió a ella cuando lo escuchaba sin leerlo y empezó a buscarlo en sus libros, después de muerto, y comparte ahora esa búsqueda continua, con nosotros, lectores, sabiendo de antemano que no encontraremos a quien nunca se dio por encontrado.

Caminar siempre y no llegar, no proponer ni alcanzar metas, no instalarse ni acomodarse. Es ese el legado de estos dos viajeros que van de la mano a través de estas páginas, camino sin reposo, permitiéndonos deslumbramientos, desgarramientos, honduras. Pero ya no son dos los viajeros (ella y él). El lector, sacudido, incitado, asustado, fascinado, transita también con ellos por el pedregoso camino. Somos pues, ahora, más de dos. Ahí reside la magnitud de este libro. Y su razón de ser.

Fuente:

López Posada, Aura. “Fernando González y María Helena Uribe: viaje a la desnudez”. Archivo personal de la autora. Facsímil publicado en la página web Mujeres Confiar.

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