Corporación Otraparte

El reportaje que
no se corrigió:
Cuatro preguntas a
Fernando González

Por Jaime Mercado Jr.

“Hace tiempo que estoy en silencio...”. Cuando he escrito libros, estos han sido mi tiempo-espacio, así como la respiración es uno mismo”. “Amistad es absoluta sociedad en la presencia”.

Sentado en un escaño, al amparo de umbrosos árboles, divisamos en lontananza a un hombre añoso y enjuto, de cabeza blonda y arrugas faciales, como herencia del tiempo, que resultó ser el maestro Fernando González. El chasquido de nuestros pasos por sobre la gramilla que hace antesala a la residencia del prosista, interrumpió el silencio, que en ese momento servía de aliciente para que el personaje “engullera” el contenido de un ejemplar de la última edición de la revista “Eco”. Como sus fuerzas se lo permiten, el autor de Viaje a pie limpia una banca y nos brinda asiento.

Al enterarse de nuestro objetivo el autor de Los negroides, nos saluda con solvente cortesía, aunque a renglón seguido, renuncia en primera instancia a concedernos un reportaje y alude, sin resentimiento a épocas ya idas, para concluir: “Yo me dejé de eso amigo periodista”; “dejémosle ese campo a la juventud”. Mas por insistencia nuestra, no sustentada por evidentes razones, el sociólogo accedió, más por generosidad que por convicción, a dialogar con nosotros.

Los juicios de Fernando González exhalan con la espontaneidad con que nacen las plantas silvestres un sabor filosófico y una fina dicción dimana de sus cuerdas vocales. Unas veces habla en tono parabólico y otras, enjuicia sentenciosamente, con opiniones salpicadas de pesimismo, las flaquezas que aquejan al mundo contemporáneo. Acude a citas de autores, en su mayoría franceses, para apuntalar las ideas que le bullen, y remata con ideas propias.

Conocíamos la concepción ideológica, y la temática que más obsede al doctor Fernando González, a través de las obras y ensayos que han emergido de la fecunda mente creadora de este mecenas de las letras colombianas. Ello ha valido para que sus semejantes lo hayan ubicado con voluntaria unanimidad en elevado sitial en lo que atañe a los menesteres del entendimiento. Pero, no hay en los haberes intelectuales del maestro, un talento “situado en un mar de superficie sin una pulgada de profundidad”. No. Lo que él alberga en su caletre, tiene la hondura que suele ser propia de los grandes océanos.

Polifacético ha sido el escritor antioqueño en su feliz ingreso al torrente de la cultura nacional, si se tiene en cuenta que de su “cosecha” han salido obras cuya heterogeneidad en los temas, nos llevan a aseverar que tenemos en él a un hombre de una polivalencia mental auténtica. El rigor de los años, con su séquito de adversidades para la especie biológica, lo tienen silenciado, por lo que las páginas de nuestros periódicos, y las prensas de nuestras casas editoriales, ya no llevan hasta las pupilas del mundo lector las útiles emanaciones literarias, de este exégeta de las letras colombianas.

¿A qué obedece su silencio literario?

¿Por qué buscar causas finales? Cuando estoy en silencio, soy silencio. Si guardo silencio para manifestar disgusto, soy disgusto, pero no silencio.

Hace tiempo que estoy en silencio y que vivo en el silencio, pues él es categoría de la Eternidad.

Realmente, no tengo profesión, ni opiniones, ni apreciaciones; no soy bueno para reportajes, porque no hay en mí apreciador, punto de vista... Uno muy bueno para reportajes es, por ejemplo, Luis López de Mesa... Él le dice a usted en un tris cómo debía ser La Vida, mismamente el retrato de él.

No soy escritor, ni filósofo, ni colombiano, ni viejo, ni joven... Cuando joven, estudié derecho para colocarme, pues todos decían que el hombre nacía y estudiaba para colocarse; cinco años de primaria, seis de secundaria y siete de abogacía, son diez y ocho años... y seguían como diez años para colocarse, y después uno se casaba, y luego se moría... A este animal colocado y muerto, tiene reducido al hombre las causas finales.

Cuando he escrito libros, estos han sido mi tiempo-espacio. Así como la respiración es uno mismo.

Hoy converso a ratos. No guardo silencio, pues. Converso, converso con amigos que vienen y que soy yo mismo a quienes amo como a mí mismo.

¿A quiénes admira más en Colombia?

Responde: A Regina Mejía de Gaviria. También admiro y amo a María Elena Uribe, a Olga Mattei, a Rocío Vélez. Entre los hombres, Manuel Mejía Vallejo, el poeta Castro Saavedra es como estrella en la nublada noche y a Óscar Hernández, Óscar paladea La Vida; no la profana con causas finales, con eso tan colombiano que llaman “valores”.

También admiro mucho a Gonzalo Arango, a Amílkar U y al diosecito desterrado que se llama Eduardo Escobar... ¿Dónde andará Eduardito? ¿En la Patagonia? ¿Cómo podía vivir Eduardito en esta patria de los pajes, de los reportajes, de los empréstitos, de los cursillos, de los López de Mesa?

Uno de los visitantes del silencio, un sol silencioso, es Alberto Aguirre. Estar en su corazón es como estar en un trono. Hay uno, don Andrés María Ripol, de quien no me separa absolutamente nada; lo suyo es mío y lo mío es suyo. Ahora se va para Centroamérica y es como si no se fuera, y si uno de los dos muere, es como si no muriera. Amistad es absoluta sociedad en la Presencia.

Parece que vinimos al espacio-tiempo a conversar de eternidad. Pero le repito: No soy nada; no soy colombiano, ni viejo ni joven. Soy de ninguna parte; soy nada. No opino ni aprecio, sino que soy vivir en la vida cagajón aguas abajo.

¿Sus libros han sido filosóficos?

No. Filosofía es una profesión, el cultivo del yo. Ocuparse de catalogar como bueno nuestro punto de vista. Es la sintomatología de la enfermedad llamada yo. Mis libros han sido mi espacio-tiempo, un viviendo espacio temporalizado: como los trinos del pájaro en la mañana, en el medio y al atardecer, o como griticos en la noche llena. Manifestaciones del viviendo que soy siendo. No los escribí para... ni para enseñar, ni para ganar, ni para nada... Cuando insulto, soy insulto; cuando amo, soy amor; cuando odio, soy odio... Tengo conciencia o vivencia de vivir, moverme y morir en Dios o la Vida. No tengo orgullo. Sé que yo no soy.

¿Qué más admira?

Queda dicho lo que admiro. Voy a decirle lo que me asombra. La piedra del Peñol me asombra. Le da uno la vuelta palpándola y mirándola, y vive las nociones de aspereza, dureza, peso, incomprensión, dificultad, cansancio, muerte, miedo, oscuridad... Pues cuando el interlocutor dice Colombia, me asombro, me canso, siento necesidad de que se vaya el interlocutor... Lo mismo es cuando dicen López de Mesa o Lleras Camargo, o economistas jóvenes, o la palabra OEA, o Leche Cáritas, o limosna, o beca, o cursillo, o cultura, hombre público, mujer pública.

Y esto sí deseo recalcarlo. Colombia, esto que hoy le dan el nombre de Colombia, es como infinita piedra del Peñol, a cuya sombra están naciendo los niños en absoluto asombro. En momentos de suprema angustia, cuando vienen gentes que citan las palabras horribles que enumeré, vivo el infierno, el lago del fuego inextinguible.

Oiga: qué bueno para Félix Ángel Vallejo, que ya se fue para el Mediterráneo y que no revivirá ya las horribles voces colombianas, el rebuzno del último hombre, el colombiano de los cursillos, y de las becas y de los informes. ¡Lebret!

(¿Quién es ese Lebret o Lebrete de ese informe? ¿Vive acaso en los barrios de Jesús?).

¡Ahí va pues, el reportaje! Si lo publicare, hágame el favor de darme pruebas de imprenta, pues tengo un idioma endiablado para los lectores usuales. Y conste que a todos, a todos, a todos, incluso al Sanz de Santamaría, los miro con asombro, con temor, con cansancio de viejo. Nota: No expresé claramente mi amor y mi asombro. Veamos:

Asombrador es todo yo que hace “círculos concéntricos” alrededor de él, así: yo, luego Dios, luego mi padre, luego mis hijos y cariños y después el no-yo. Hay varios libros colombianos así. En Europa también. Alguien me dijo el otro día que el yo es el diablo.

Respecto de admiración, conversando con el padre Andrés Ripol o con Regina de Gaviria no siento mi yo; todo es liviano.

Fuente:

“El Colombiano Literario”, 1964. Escuchar las respuestas de Fernando González en la voz de Jaime Mercado Jr.

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