Corporación Otraparte

Entrevista al padre
Antonio Restrepo S. J.

Por Ciro A. Osorio Quintero

La reciente publicación en la revista ARCO de Bogotá —reproducidas por el Magazín Dominical de El Espectador— de dos cartas inéditas del famoso escritor antioqueño Fernando González, dirigidas en 1963 a su amigo el sacerdote jesuita Antonio Restrepo Pérez, en Barranquilla, ha causado cierta curiosidad intelectual entre los lectores, ya que el célebre filósofo de Envigado, como es bien sabido, fue siempre tenido por anticlerical, irreligioso y hasta ateo. De ahí que El Espectador se propusiera obtener del padre Antonio Restrepo, a través de este antiguo periodista y hoy cronista ocasional de horas libres y días festivos, una versión de primera mano de esa original amistad y del desarrollo de tan interesante correspondencia, a más de una nueva muestra del sugestivo epistolario.

Un apóstol del bien social

El padre Antonio Restrepo, fundador y director de la Casa de Ejercicios Espirituales Bethania, en Barranquilla, y restaurador de la de Cartagena, Villa Claver, es también antioqueño como el maestro de Otraparte, nacido el 27 de abril de 1913 en Campamento, un pueblo fundado en la época de la Independencia por el general español Warletta, en el mismo sitio en el que acampó después de la derrota que, en la batalla de Chorros Blancos entre Yarumal y Angostura, le infringiera el general colombiano José María Córdova. Después de graduarse en pedagogía, en la Normal de Antioquia en 1932, en el año de 1935 ingresó a la Compañía de Jesús, habiéndose ordenado sacerdote en 1947, tras de cursar los estudios correspondientes en Santa Rosa de Viterbo y en la Universidad Javeriana de Bogotá. En el transcurso de ese tiempo ejerció la enseñanza en los colegios de los jesuitas, especialmente como profesor de Literatura. Habiendo venido por primera vez a Barranquilla, en ese plan de enseñanza, en 1941, regresó a Bogotá en 1945, luego de haber mantenido sus cátedras de Literatura en Bucaramanga y Medellín. Fue en esta última ciudad donde nació su amistad con el escritor Fernando González hacia 1943, amistad que es hoy objeto de esta gratísima entrevista.

Al padre Restrepo hay que conocerlo en persona para poder valorarlo exactamente y para poder comprender aquella singular amistad con el hombre que escribió libros tan controvertidos, tan apasionados y urticantes, que fueron el escándalo literario de su tiempo. Y para poder comprender la existencia de Bethania y Villa Claver, dos verdaderos refugios espirituales, dos hermosos paraísos sacados de la nada, al sólo conjuro de su palabra y de su simpatía. Sólo un legítimo apóstol como él, con tan notable carisma personal, pudo realizarlos. Sólo el carisma del padre Restrepo pudo influir espiritualmente —sin proponérselo—, con la sola magia de su bondad irradiante y contagiosa, en ese genio rebelde, irreverente e iconoclasta que surge de las páginas flamígeras de Fernando González. Sin proponérselo, pues el propio jesuita manifiesta que nunca le trató al escritor temas religiosos o políticos.

Bethania

Para llegar a la meta que nos hemos propuesto forzoso será, y placentero a la vez, que como lo hemos hecho con la vida del padre Restrepo, pasemos muy brevemente también por el meridiano de Bethania, morada de nuestro eminente entrevistado. Situada la Casa de Ejercicios Espirituales en uno de los sitios más elevados de Barranquilla, desde el momento mismo en que se cruza su sencillo pórtico de piedra, un profundo ambiente de paz se respira en sus jardines y en sus amplias instalaciones llenas de luz; en sus salas y salones, en su linda capilla; largos corredores, cómodos apartamentos con todos los servicios y terraza privada, amplia y elevada terraza común, convertida en alto mirador de la ciudad.

Sentados en uno de los kioscos del jardín, a la sombra generosa de los árboles, preguntamos al padre Restrepo cómo nació la idea de la Casa de Ejercicios Espirituales y cómo se realizó. El padre mira en torno suyo con entrecerrados ojos de notoria satisfacción y nos hace un breve relato:

«Mi idea principal fue fundar una casa amplia, con buenos libros, buena música y buenos servicios, para encuentros, descanso y solaz espiritual de gentes de todas las religiones. Estábamos en 1952. La idea resultó muy audaz y hube de cambiarla por la de la Casa de Ejercicios Espirituales. Con la ayuda de buenos amigos, compré a don José Vicente Fernández una propiedad en la parte alta de la ciudad, precisamente donde hoy está la Clínica de La Asunción, y allí inauguré en 1953 la primera Casa. Fue un éxito y, por haberlo sido, muy pronto nos quedó pequeña, teniendo que pensar en algo más ambicioso. En terrenos de la compañía y en otros adyacentes comprados a Carlos Martín Leyes y a don Pedro Catinchi, en este sitio privilegiado de la ciudad, el 14 de abril de 1958 empecé la construcción de la nueva Casa. En 1962 la concluimos e inauguramos. Al frente de esta Casa, a la que doté de todas las comodidades posibles, inclusive de huerto y establo, permanecí hasta el año de 1967, cuando fui trasladado a Cartagena».

Villa Claver

«En la capital de Bolívar —continúa el padre Restrepo mirando al frente, ensimismado en sus recuerdos— me encomendaron la dirección espiritual de la Casa de Ejercicios Espirituales de San Pedro Claver. A la reconstrucción de esa casa, aplicando los mismos sistemas de atracción amistosa que había empleado en Barranquilla y a los que correspondió generosamente la ciudad, me dediqué con todo empeño, logrando el mayor éxito ambicionable. A la vez que la embellecí y la amplié, le acorté el nombre. La llamé Villa Claver simplemente. Su ubicación privilegiada permite que desde sus terrazas los ejercitantes puedan admirar gran parte de la histórica ciudad y su hermosa bahía. Fueron nueve años de trabajos fecundos y de satisfacciones espirituales. El 15 de enero de 1976 regresé a Barranquilla y a Bethania».

Un paso más largo

«Y aquí me tienen —prosigue emocionado— encantado con mi obra, satisfecho de ella y agradecido con Barranquilla, que ha correspondido ampliamente a mi pensamiento. No sólo con su ayuda sino con su presencia física en la Casa, que es tan importante como la primera. Y cuando digo Barranquilla me refiero a toda la comunidad sin distingos de razas ni de religiones. Porque resulta que, a la postre, mi idea original ha venido a cumplirse en cierto modo. Efectivamente, entre los grupos que vienen a reunirse en Bethania los hay de diferentes credos. Recientemente, por ejemplo, vino un grupo de setenta religiosos —obispos y sacerdotes— de la Iglesia Anglicana y Episcopaliana, que permanecieron aquí cinco días y se fueron encantados».

Pensando en lo que es y significa una lucha de veinticinco años, para levantar y sostener una obra de esta naturaleza, que no produce dividendos, preguntamos al padre Restrepo si no ha tenido dificultades, desengaños, contrariedades.

«En términos generales —nos responde—, y gracias a Dios, no. Parece un milagro, pero la verdad es que todo me ha sido fácil. Al principio mis superiores y mis amigos me preguntaban si no sentía miedo de embarcarme en esta aventura, y yo les respondía invariablemente que no, que espiritualmente me sentía preparado para superar cualquier dificultad, cualquier tropiezo, porque yo siempre he creído que quien da un tropezón y no se cae, da un paso más largo».

Fernando González en Bethania

Cuando vamos a hablar de Fernando González, el padre Restrepo se anticipa a contarnos que, en 1959, el escritor Fernando González, con quien ya desde 1943 mantenía una estrecha amistad, vino a Barranquilla a visitarlo a él y a su hijo Simón, quien para entonces tenía una destacada posición en la industria de Barranquilla. En esa oportunidad, el discutido escritor estuvo en la primera casa de ejercicios, y a tal visita se refiere en las cartas publicadas cuando habla de la «primera preciosa Bethania, la del huerto-paraíso», para agregar: «Tengo deseo de ir a vigilar y orar en la nueva Bethania».

El 2 de mayo de 1959 dejó su autógrafo Fernando González en el libro de visitantes ilustres de Bethania, con la leyenda que a la letra dice: «Bethania es la huella del padre Antonio. ¿Pero cómo hizo esta Bethania y la otra? Porque no ha dejado el cordón umbilical que lo comunica con Él, con el Hijo del Hombre e Hijo de Dios».

Una amistad entrañable

En este punto de nuestro encuentro con el padre Restrepo, resolvemos entrar al fondo de nuestro interés y le pedimos que nos cuente cómo y cuándo se inició su amistad con el escritor y filósofo.

«La iniciación de mi amistad con Fernando González —relata— ocurre en 1943, cuando aún no me había ordenado sacerdote y era profesor de Literatura en el Colegio de San Ignacio en Medellín. Nació de un hecho sencillo y curioso. Entre los discípulos que se destacaban por su inteligencia y que recuerdo, estaban Guillermo Duque Gómez, Mariano Ospina Hernández y Fernando González, hijo del famoso escritor. En una de las clases, Fernando leyó un trabajo excelente. Al encontrarme con él, fuera del aula, le dije en chanza: “Siempre fue que allí echó su manita tu papá…”. El muchacho se sonrojó un poco, negó la ayuda y me preguntó a su vez si yo conocía a su papá y si lo había leído. Le respondí que lo había leído, pero que no lo conocía y me gustaría conocerlo. Entonces me invitó a su casa para presentármelo, contándome como para mover más mi interés, que su padre se expresaba muy bien del profesor de Literatura de su hijo, ya que había estado observando sus notorios avances en esta materia. Pero fue el propio Fernando González quien vino a visitarme a San Ignacio, poco después. Fue un encuentro sumamente agradable y las visitas se repitieron por todo el tiempo que viví en Medellín, haciéndose cada vez más largas e interesantes, por la diversidad de temas de nuestras conversaciones, casi siempre de tipo literario o filosófico. En ocasiones salíamos juntos a las librerías a curiosear y a comprar libros. Gustaba él de regalarme algunos y yo, a mi vez, le prestaba o regalaba los que consideraba que podrían interesarle. Por aquella época yo acababa de leer —tal vez el primero en Colombia— un libro, acabado de publicar, del escritor holandés Pieter van der Meer, Nostalgia de Dios, sobre el cual escribí un comentario en El Colombiano de Medellín, que despertó el interés de los buenos lectores por la obra, y con cuyo autor terminé escribiéndome. Fue este uno de los primeros libros que regalé a Fernando González y que a él lo impresionó bastante, según me lo comentó después en una de sus cartas. Así, en esta forma sencilla, espontánea, se inició una amistad entrañable que duró hasta su muerte en 1964».

Un Fernando González distinto

Si por curiosidad hacemos unas pequeñas cuentas sobre las edades de estos dos interesantes personajes, tenemos que si Fernando González nació en 1895 y el padre Restrepo en 1913, al iniciarse su amistad el primero tenía cuarenta y ocho años y el segundo treinta. Cabría entonces preguntar: ¿qué don superior tenía este joven profesor de Literatura, aún no ordenado sacerdote, para provocar la atracción y la devoción amistosa e intelectual de un hombre ya maduro, de un escritor ya famoso, pero de tan extraño modo de pensar y escribir, como podía apreciarse en sus libros, y por lo que precisamente lo nimbaba un cierto halo de genio loco, atrabiliario e irreverente? Y se lo preguntamos al padre Restrepo. Piensa un momento y nos contesta:

«Evidentemente había una diferencia de dieciocho años en nuestras edades. Pero debo aclarar que la atracción intelectual y amistosa era mutua, porque la personalidad de Fernando contenía un carisma que cautivaba en su trato, en su charla, a quienes lo conocían. Y en cuanto a su fama, también tengo que anotar que el Fernando González que yo conocí, y que pensaba como yo en muchas cosas trascendentales, era completamente distinto del Fernando González de sus libros».

Un cristiano completo

En su nota introductoria a la publicación de las dos cartas ya mencionadas, el director de la revista ARCO, doctor Jaime Sanín Echeverri, dice que el padre Félix Restrepo, en sus diálogos con el maestro de Envigado, no fue afortunado en lograr de él un acercamiento a la piedad y que cuando se habló de la fe siempre se mostró reticente y lejano. ¿Qué explicación podría tener el hecho de que con el padre Antonio fuera diferente? Él nos responde:

«Yo nunca le traté a Fernando estos temas. Las manifestaciones de esta naturaleza, que se leen en las cartas que me dirigió, son completamente espontáneas, probablemente derivadas de las lecturas que nos intercambiábamos y del análisis de los hechos y ocurrencias del momento. Es verdad que de Fernando González se decían muchas cosas, como hombre extraño, irreligioso y alérgico a las cuestiones del alma. Sin embargo, yo puedo afirmar que él vino a mi amistad como un hombre normal, como un cristiano completo, sin extravagancias ni exotismos religiosos y filosóficos. Desde el primer momento se me reveló siempre como un ciudadano ejemplar, de costumbres austeras, de maneras exquisitas, lleno de bondad y delicadeza. Dueño, además, de una inteligencia extraordinaria que lo situaba en el plano de los hombres superiores, de los hombres fuera de serie, como se dice comúnmente. Original y elevado en el pensar y en el decir, jamás de su conversación agradable y vivaz se escapó una palabra de mal gusto. Probablemente por eso se desahogaba en sus libros. En nuestras charlas era delicado y genial. Yo no recuerdo haber hablado antes ni después con un hombre que tuviera un sentido de la vida tan original y profundo. Hablábamos de todo, de filosofía, de literatura, de poesía, de la vida y de la muerte. Nunca de política o de religión en concreto. No veíamos necesidad de hacerlo. Cuando él creyó prudente hablar de sus creencias, de su devoción o su piedad, lo escribió en sus cartas, y allí está patente su testimonio».

Era superior a sus obras

Indagamos del padre Restrepo si su amigo le obsequió los libros y qué opinión tenía de ellos y de los amores y los odios históricos de que dan cuenta varios de ellos (Mi Simón Bolívar, Santander, Mi Compadre…). Nos dice:

«Sí, me los obsequió. Realmente son libros muy interesantes, originales, apasionados y exagerados algunos, lo que lo hace aparecer contradictorio. Los últimos son más filosóficos, menos literarios. Cuando fue a regalarme Mi Compadre estuvo indeciso. Al fin se resolvió, pero en la dedicatoria me pedía que cuando lo leyera se lo pasara a algún amigo. Parece que no quería que yo lo conservara, presumiblemente por lo fuerte. Valen mucho sus libros. Y lo hicieron famoso con ámbito universal. Pero yo sigo creyendo que personalmente Fernando González era superior a sus obras, las cuales son apenas un esbozo de lo que él realmente era. Un hombre extraordinario, fabuloso».

Católico practicante

¿Podía considerarse a Fernando González como un católico practicante? Además de ser su amigo y confidente, ¿fue el padre Restrepo su confesor? Nos responde:

«Indudablemente fue un católico practicante que naturalmente hacía uso de la crítica a su manera. Oía misa, y aunque yo nunca fui su confesor, sé que practicaba los Sacramentos».

Rubayata, en su libro Presencia de un pueblo, relata que algún periodista preguntó al maestro González si era cierto que cuando asistía a misa se salía al atrio en el momento de la elevación, y obtuvo una respuesta afirmativa con esta explicación: «Es que yo no soy capaz de resistir directamente la presencia de Dios». Preguntamos a nuestro entrevistado si conoció tal ocurrencia, o si es cierta, y nos responde:

«No sabría decir si la historia que recoge tu paisano Rubayata sea cierta o no. Pero la respuesta sí es muy del estilo de Fernando González».

La correspondencia

Refiriéndonos a la correspondencia cruzada entre el escritor y el sacerdote, le preguntamos cuándo se inició y qué dio lugar a ella.

«Se inició —nos dice— poco después de sus primeras visitas, allí mismo en Medellín, valiéndonos de su propio hijo como correo. Se produjo, quizá, por la necesidad de prolongar por escrito nuestros interminables diálogos, cuando por cualquier motivo Fernando no podía visitarme. La correspondencia continuó cuando me trasladé a Bogotá en 1945, y más tarde desde Barranquilla, donde nuevamente vine en 1949 para permanecer por más largo tiempo y adonde vino a visitarme, como ya le conté. Fueron cuarenta y una cartas en total, a cuál más interesante».

Como el padre nos dice que nunca utilizaron el teléfono para comunicarse, ni en Medellín, le preguntamos a qué podía atribuirse el hecho de preferir la comunicación epistolar.

«Probablemente —nos responde— al hecho de que siendo él un escritor y un hombre de ideas muy originales, quisiera dejar un testimonio escrito de lo que pensaba y trataba sobre cosas importantes en la intimidad de nuestra amistad. Y quizá también porque como nosotros intercambiábamos libros y solíamos comentarlos, le agradaba incluir en sus cartas sus opiniones sobre ellos y desde luego esperaba que lo hiciera yo también».

La publicación de toda esa correspondencia en conjunto es un opúsculo, como el testimonio de un místico desconocido e inédito; podría resultar de mucho interés, pensamos nosotros. ¿Qué opina usted, padre?

«Mis cartas no creo que existan. Las de Fernando sí podrían publicarse, y estoy seguro de que serían de mucho interés y de gran importancia, como que revelarían la verdadera personalidad íntima de mi ilustre amigo y rectificarían muchos juicios equivocados sobre él. Habría que buscar el editor».

Grandeza y generosidad espiritual

Ya para finalizar nuestra entrevista, pedimos al padre Restrepo nos cuente algo anecdótico o algunos rasgos peculiares del prestigioso escritor antioqueño. Trata de recordar y nos narra lo siguiente:

«Recuerdo un gesto de amistad y de delicadeza para conmigo. Me había prometido asistir a mi primera misa, después de mi ordenación sacerdotal en Bogotá, pero como el médico no le permitió viajar, porque se encontraba un poco enfermo, me escribió para comunicármelo así y para pedirme que al viajar yo a Medellín no fuera a avisarle a mis amigos, sino que lo hiciera a él solamente, para tener el agrado de ser quien me recibiera. Así lo hice, pero antes celebré mi segunda misa por él y por su salud. Estaba esperándome en el aeropuerto, acompañado de su hijo Álvaro. Me llevaron a Otraparte donde con su familia me llenaron de atenciones. Era la primera vez que yo visitaba su casa, después volví muchas veces a la hermosa residencia. Al salir aquel día, me dijo: “Yo creo, padre, que a usted le agradaría más que mi regalo en este día sea para su madre”, y me entregó un sencillo presente para ella, conmoviéndome mucho con ese gesto tan suyo de delicadeza».

«También recuerdo y recordaré siempre —continúa el padre Restrepo— este rasgo de generosidad espiritual. Un día recibí en Bogotá una carta urgente de Fernando, contándome que vivía sus últimos momentos en el Instituto de Cancerología un joven abogado amigo y colega suyo, completamente incrédulo en materia religiosa y me pedía que fuera a verlo en nombre suyo y a asistirlo espiritualmente en sus horas finales. En el Instituto se sorprendieron al verme vestido con sotana y una monjita me advirtió que el enfermo no quería nada con curas. La tranquilicé diciéndole que le informara al abogado que un amigo de Fernando González quería saludarlo. Nada más. Inmediatamente me recibió. Hablamos largamente. Al cabo de nuestro diálogo, ya más tranquilo, quiso confesarse. Así Fernando y yo tuvimos la satisfacción de ayudar moralmente a aquel amigo en ese trance tan doloroso y dramático. En nuestras últimas conversaciones me decía, aludiendo a su progresiva sordera: “Todos mis amigos me dicen que yo cada vez estoy más sordo, pero yo a usted lo oigo, aunque no me hable”. Esta era otras de las muestras de su entrañable aprecio por mí».

Conversábamos, ya al atardecer, con el padre Restrepo al amparo de los almendros del jardín. Había llegado la hora de la misa vespertina de este hombre también extraordinario. No podíamos dejar de meditar que este comentario no quedaría completo si en él no citáramos la carta que, el 22 de enero de 1952, Fernando González le dirigiera a su amigo de Barranquilla, el eminente médico doctor Eduardo Putnam Tanco, en la que consignaba estos pensamientos sobre el padre Antonio Restrepo. Veamos, pues, lo que el escritor en su peculiar modo de apreciar el mundo que lo rodeaba, pensaba de su amigo y confidente. Escribía así Fernando:

«Y vamos al jesuita joven. Es muy bueno y todavía tiene la originalidad, una inocencia pura, muy rara de hallar en quien pasa de los quince años. Su amor por los libros, nadie lo tiene así. Y se da todo. Y nada de esto es jesuita. ¡Vea usted si es caso raro! Él es la alegría de las casas de jesuitas machuchos en donde vive. Si le quitan eso tan puro, tan bello, tan grande, cometerán negro asesinato espiritual. Usted vio claramente: más bien es Francisco que Ignacio. Ignacio era el mejor técnico psíquico, el mejor militar psíquico que ha producido el mundo. Era desde niño la encarnación de los Ejercicios espirituales y su grandeza consistió en concentrarse en lo que era y en crear eso que él era. Y llegó a la sequedad absoluta: amar sólo su obra; renunciar y extinguir todo otro amor y debilidad; es como hecho en diamante: duro, seco, ¡pero qué amor por su obra! Allí se encuentra el panal de miel. Y en este sentido es educador. Y allí está entre los ignacios, mi amigo niño, la flor purísima, emotiva. ¿Qué le sucederá? ¿Lo secarán? Porque ese es el peligro de los discípulos, que el maestro (Ignacio en este caso) es siempre hogar encendido de amor, y que apenas muere no queda sino la forma, la horma, el zapato deforme y allí se deforman las almas, a menos que sean predestinadas. Yo me he limitado a amarlo y a orar al señor Jesucristo por él, para que lo conserve así, todo un hombre de amor a toda la creación».

Nos despedimos agradecidos. Cuando llegamos al pórtico de la Casa de Ejercicios las sombras de la noche envolvían los contornos de la urbe. Volvimos la vista atrás y entonces pudimos observar, alelados, cómo, sin embargo, Bethania seguía llena de luz, como un fanal radiante suspendido sobre la ciudad de Barranquilla.

Fuente:

Restrepo Pérez (S. J.), Antonio. Mis Cartas de Fernando González. Consorcio Editorial Colombiano, Bogotá, 1983.

Corporación Otraparte
© 2002
^