Corporación Otraparte

Fernando González me dijo...

Por Luis Enrique Osorio

A lo ancho de toda América, pocos rincones tan propicios al buen vivir como el valle de Aburrá.

Siempre tibio, verdeante, con un verde que penetra a lo más hondo del espíritu, se enciende en las faldas con el matiz bermejo de las aldeas veraniegas.

Todos los alrededores de Medellín están salpicados de residencias campestres que transpiran paz y bienestar, en suave embriaguez de perspectivas, en plena posesión de la llamada.

La sangre hebrea que huyó de los reyes católicos, cuando los vencedores de Boabdil perseguían moros y judíos, debió sentir que estos valles eran la más idílica de las tierras prometidas; pero en vez de imitar, como en el Jordán, la molicie de los pueblos cananeos, hízose laboriosa, y más católica que los mismos reyes del descubrimiento.

La estirpe africana no llegó luego a abigarrar tan sólo el harem de un monarca y a inspirar el cantar de los Cantares; sino a verter vigor, fantasía e instinto igualitario en la levadura popular, a la que dieran ya suspicacia las viudas del indio caníbal que defendió temerariamente el suelo nativo.

El aislamiento andino contribuyó, por espacio de cuatro siglos, a dar conciencia social al pueblo antioqueño, y a acorazarlo contra el oportunismo cosmopolita. Por esto el valle medellinense, en vez de un Montecarlo, es centro dinámico, con industrias propias, arte propio, personalidad indiscutible.

Es natural que en ese valle surjan caracteres que sintetizan la complejidad de raza, y que al romper el prejuicio regional se destacan en América por su acción o sus ideas.

Antioquia no ha comenzado a gerenciar aún, como ha de suceder pronto, la empresa continental, americana; pero su pensamiento sí ha cobrado ya alas andinas; y Fernando González es uno de los primeros polluelos que las han abierto. Su nombre es popular en España lo mismo que en todas las repúblicas latinas del Nuevo Mundo, y sus obras son un plato apetecido por los editores de habla castellana.

Una casa misional

Aunque bolivariano y americanista, y aunque antioqueño por encima de todo, Fernando González se siente, en primer lugar, hijo de Envigado. La aldea veraniega, que se une hoy a Medellín por una pintoresca carretera asfaltada y arborizada, es su tribuna, desde la cual aspira a que le oiga el mundo entero. Allí le ha construido, el gran arquitecto Pepe Mejía, con el fruto de la labor literaria, una preciosa residencia estilo misión, donde los sauces y naranjos comienzan apenas a crecer, y la vaca grávida pasea por el llano con sagrada mansedumbre indostánica.

En el corredor españolísimo del segundo piso espera muy dueño del paisaje, algo blanca ya la cabeza, los ojos alelados, las orejas abiertas a toda vela.

Baja en mangas de camisa, y me franquea la cerca de alambre a través de una puertecita que debieron labrar manos místicas hace más de un siglo.

—Ve, pues... Esta puertecita la encontré tirada en una pesebrera... ¡Vé qué belleza, hombre...! ¡Si es una obra de arte! Así estamos pisoteando nosotros todas nuestras tradiciones...

En seguida me va esclareciendo la residencia, detalle por detalle, porque esta obra arquitectónica, que es hoy su caracol espiritual, le merece más amor que todo lo que haya escrito.

La observamos de lejos, con su sinfonía de ventanas, barandales y tejados; y de cerca vamos descubriendo todas las maravillas de un relicario: allí se coordina todo lo que el ímpetu del cemento armado y el mal gusto del nuevo rico van desalojando: las rejas de hierro que fundiera Francisco José de Caldas al construir la antigua Casa de Moneda; las minúsculas balaustradas que velaban, en el siglo XVIII, la fisonomía de las mozas rionegrinas; la pequeña imagen de madera desprendida de un púlpito colonial.

El salón, amplio y sobrio, coordina tallados de madera muy españoles, hechos por un carpintero de La Ceja que aún no sospecha el modernismo, y el precioso mesón que perteneció al padre de doña Margarita y suegro de Fernando: el presidente Carlos E. Restrepo.

Cada hallazgo provoca en el hidalgo envigadeño una exclamación de artista compenetrado con su obra:

—¡Eh, hombre! ¿No es esto muy lindo...? ¡Ve, pues...! ¡Si aquí se vive como en un paraíso...! Deja que crezcan los arbolitos y verás... Allí vamos a poner esa pila de hierro que le quitaron a la plaza de Caldas... Me la regaló el cabildo, y aquí va a quedar más buena, ¡eh hombre, por Dios...!

Después de contemplar con arrobamiento el patio interior, enladrillado a la antigua, con dibujos de piedrecitas, y centralizado por una cisterna rústica que evoca a la samaritana caritativa, subimos por la escalera conventual, al mirador del piso alto, ante cuya baranda se destacan, abajo los geranios rojos que engorgolan la fachada, y al fondo las faldas salpicadas de alamedas y residencias, que en vez de apiñarse se dispersan dando la más grata sensación de holgura.

Fernando no sale aún del tema obcecante: su refugio. A cada minuto aparece una nueva faceta que nos cautiva a los dos; y la última es el cuento del alemán...

—Esta era la huerta del alemán... el que hizo aquella casita de bahareque y teja metálica, cerca a ese maravilloso puente de arco que hoy nadie aprecia... Su sombra protectora era aquella ceiba... El alemán vivía ahí con su mujercita y su hija, sembraba hortalizas e iba a venderlas a Medellín... Un día, no sé por qué, se suicidó... Y dejó esa casita, hombre, que es una belleza... Yo no he querido tocarla... Le compré la finquita a la viuda Jhan Stephanía Johana María Raush de Niederheiser, para hacer mi casa; pero conservo la huertecita, tal como él la dejó. ¿No es eso muy lindo, hombre pues...?

Echados hacia atrás, en los sillones de La Ceja, viendo pasar por la carretera autos alegres, y brazos que se agitan fuera de la ventanilla, dejamos rodar la divagación arquitectónica y bucólica, hasta hallar espontáneamente el vericueto que nos lleve a la biografía.

Fernando habla siempre en voz baja, sedante, abriendo los ojos como en la contemplación de un fantasma... Si en ese suave rodar de la frase no asomara de pronto, como infantil exabrupto, el aguijón volteriano, pudiera creerse que rezábamos...

La estirpe

¡Eh, hombre...! ¿Mi vida...? Eso no le interesa a nadie. ¿Tú crees...? ¡Es más boba...! Mirando atrás no encuentro ni próceres ni marqueses... A este nudo montañoso no llegaron sino los sobrados de los españoles que habían recorrido el sur. Eran los más aguantadores. Encontraron indios bravos y los mataron a tiros para quedarse con las indias... Españolas no empezaron a venir sino en 1820: las primeras fueron dos sirvientas que huyendo de Infante, llegaron a Nare. Allá las acogió un curita Botero, que era mulato, las llevó a Sonsón y las casó con dos de sus parientes. De ahí proceden los únicos aristócratas antioqueños. Los demás no tenemos pergaminos de qué enorgullecernos.

Apenas recuerdo que mi padre, Daniel González Arango, fue maestro de escuela en su juventud; y hasta le oí contar que durante algunos días iba de Envigado, mi tierra natal, hasta Sabaneta, para enseñar a leer a los hijos de don Fidel Cano... Después dejó la profesión, lo mismo que sus hermanos, que también eran maestros, y se dedicaron todos a la agricultura, a sembrar caña o a negociar en café.

El era de Itagüí, pero casó con una envigadeña: Pastora Ochoa Estrada... Mi mamá vive todavía, en Medellín, con los hermanos solteros, y allá voy a almorzar todos los días a las doce en punto... ¿Tú crees que eso tendrá interés, hombre...? Déjame pensar... No, entre los Ochoas no hubo próceres. O eran realistas, o no sabían nada de la guerra de Independencia.... Al fin y al cabo, aquí no hubo tal guerra, y los únicos que por esa época no se ponían ruana eran don José Félix y don José Manuel Restrepo... Pero ellos tampoco eran Restrepos, porque eso no es apellido. Se apellidaban López; y como eran judíos tomaron por patronímico, para despistar, el nombre del pueblo donde nacieron.

Todos los Ochoas, desde Lucas Ochoa, fueron trabajadores del campo; y nuestro ascendiente Vélez de Rivero fue quien sembró en Sabaneta la primera mata de caña.

¿Qué más podré decir de mi ascendencia...? Que los Arango de mi padre, sean de Abejorral o de Itagüí, vienen de la misma semilla: la del colegio de profetas de Elías. Sobresalen en Antioquia por su voluntad... Creo que Jesucristo era Arango, más emparentado con los de Abejorral que con los míos; pero todos somos unos. De ellos heredé mi capacidad insultante; pues los González son santos.

En cuanto a los Ochoas de mi madre, son los mismos de Bolívar; pues el verdadero apellido de éste era Ochoa del solar de Bolívar, y por eso nos creemos los más nobles del universo... Mi suegro decía que cuando un Ochoa sobresalía no era de verdad, sino de puro bravo.

¿No tienes ya bastante con este árbol genealógico...? ¡Eh, hombre...! Yo nunca había pensado de veras que iba a salir tan interesante... Pero lo mejor es que en todos mis ascendientes no hubo nunca un escriba. El primero de mi familia que ha tenido actividades notariales soy yo.

La aldea

Cuando nací, por allá en 1895, Envigado era una de esas repúblicas andinas que tenían plenitud de vida, precisamente porque vivían aisladas.

¡Qué época tan llena de misterio y encanto...! Para ir a Medellín a pie se gastaba un día, y el premio que nos daban a los niños era llevarnos allá a conocer la feria... En la calle principal de hoy no existían sino la casa de mi bisabuelo, construida por don Lucas Ochoa con un balconcito para atisbar a los peones; luego, una manzana más allá, la de mi abuelo, y después la nuestra. Tres casas solariegas en tres cuadras. Cada cual, al casarse, construía la suya, y la tribu iba creciendo.

Todo esto lo recuerdo como una nebulosa... Echábamos cometas, jugábamos trompo con el mono Marceliano, que era un perverso; pescábamos con dinamita y anzuelo, aprendiendo a preparar carnadas de aguacate, guayaba y lombriz, y con la ilusión de cocinar una “viuda” pasábamos todo el día empelotos a la orilla del río... El río era grande, porque había selvas, y esas arboledas misteriosas nos separaban del resto del mundo... Por eso un pueblecito antioqueño tenía más vida propia que una república italiana del Renacimiento: había tendero, carpintero, herrero, boticario, cada cual con una personalidad tan robusta, tan inconfundible, que ofrecía más consistencia que cualquier organismo de un Estado moderno... Salir de allí, de ese pequeño mundo, era como expatriarse para vivir una Odisea... Mi papá fue a Bogotá en 1902, se confesó, hizo testamento, en Sonsón lo puso preso el general Marín, y al regreso le quitó casi todas las bestias. Gastó veinticinco días en ir y mes y medio en volver y trajo una yegua bogotana que fue admiración de todo Envigado. ¡Qué cúmulo de enseñanzas había en aquella proeza! ¡Una yegua traída de Bogotá...! Eso valía más de cien libros de los que hoy compran en Europa para repartirles a los niños. Se le hizo pesebrera especial, iba todo el pueblo a verla; y cuando, para salvarla de una infección don Avelino el veterinario le cortó una arteria y la mató, el pobre hombre cayó en desgracia. Se hablaba de la tragedia en tiendas, en esquinas. ¡Todo Julio Verne!

En cierta ocasión apareció un hombre dormido en la pesebrera de mi casa sobre la caña cortada para las bestias. ¡Y ese hombre no era de allí...! ¡No era de Envigado! ¡Un ser extraño...! Hubo conmoción, y le considerábamos como algo maléfico... Se reunió todo el pueblo, le llevaron a la cárcel... Parecíamos indios; o mejor dicho, demostrábamos serlo por parte de madre...

Muchas veces, al andar descalzos por las selvas, cazando con caucheras, tropezábamos a la orilla del río con los niños de Itagüí, y empezábamos a disputarnos a piedra esa frontera sagrada. Hasta las hermanas venían a la guerrilla, y a una de las mías le hicieron con una pedrada la cicatriz que tiene todavía en la cara... ¡Qué bárbara es una república...! Pero así se explica que Antioquia haya producido a Carrasquilla, a Rendón, a Samuel Velásquez, al autor de Manuela; así se explica que aquí esté la cuna de la novela realmente regional.

¿Sabes lo que pienso, ahora que recuerdo estas cosas...? Que hoy no hay nada de eso, y que nosotros vivimos la niñez en un universo originalísimo que se va a perder, porque no lo hemos escrito... Sólo La María logró recoger algo de toda esa poesía, y a ello debe su triunfo... Captando tanta tradición agonizante, con su colorido regional, y universalizándola, sin ir a plagiar franceses, haríamos obra de arte... La historia además no es el cuento de reyes y héroes, sino de nuestros padres, nuestros maestros, la azada que empuñó una generación, el paisaje que se transforma...

La escuela

Mi educación por ese aislamiento fue netamente envigadeña, como fue itagüeña la de los chicos de Itagüí, y rionegrera la de los que se criaron en Rionegro... Por eso he pensado que el regionalismo, nuestra virtud más bella, va a morir pronto.

Penetrando en la nebulosa de esa época, lo primero que recuerdo es que anduve siempre descalzo... Luego aparece la Madre Dionisia, superiora de las hermanas de la caridad: una bretona robusta, autoritaria, solemnísima. Cuidaba gusanos de seda y le temblaba la voz al hablar. El universo envigadeño giraba en su derredor, y tanto las hermanitas como el pueblo entero veían en ella una especie de dios.

Tres años tendría yo apenas, y andaba en camisa, cuando entré a la escuelita mixta que mandaba esa mujer extraordinaria... Mi maestra era la hermana Belén, una santica bogotana que nos enseñaba a contar en un balero, moviendo las pepas con una caña... Qué tan pequeño estaría yo, que de pronto gritaba: —¡Hermana: una lombriz...! Y ella resolvía el problema amorosamente con sus manos blanquísimas y una hoja de hortensia...

Las principales emociones de esa época fueron el suicidio de un bogotano de apellido Burgos, que no se quiso confesar y fue enterrado fuera de las tapias del cementerio. ¡Qué miedo nos daba pasar de noche por allí...! Murió también la madre Dionisia, y no cupo en la bóveda. Era tan grande, que fue preciso construirle sepultura especial... Yo era además muy bravo, como todos los Ochoas, irritable como el diablo; insulté a las hermanitas y me expulsaron. Hubo junta de familia y Misael Osorio redactó con cursiva maravillosa la carta en que yo pedía perdón para que me volvieran a recibir en la escuela.

Pero mi verdadera escuela fue Envigado. Pío el boticario, que era a la vez médico y dentista y sólo se quitaba la ruana para ejercer cualquiera de sus profesiones; Chunga el tendero, que vendía multitud de cosas de origen desconocido, y no tuvo ni competidores ni víctimas; Jesús Restrepo, el abogado de ruana y descalzo, con unos pies blanquísimos, que honraba la profesión y hacía memoriales a cambio de tragos... El juez era un gamonal que no sabía ni escribir; y el verdadero juez, don César, era sordo; pero nadie les puso jamás en duda su autoridad... Zapatero no había sino uno: se llamaba Chito; se dedicó a la política y hoy es jefe del partido liberal... ¡Y el herrero! Ese valía un platal. Hacía instrumentos para que jugaran los niños... A casa de Néstor el carpintero íbamos en peregrinación a conocer el misterio del imán; a la vista asombrada de todos nosotros lo pasaba por sobre los clavos, y quedaba erizado como un árbol sin ramas... Aquello era como ver la Gioconda, y ahí empezó a formarse mi admiración y mi afecto por Francisco Antonio Mesmer, el mago del magnetismo animal, el hombre más raro que ha tenido la humanidad, despreciado a causa de la ciencia oficial.

Todo aquello era vivo, palpitante, lleno de encanto. Era una escuela de que no se habla en pedagogía, pero que hizo de nosotros lo que somos: ¡hombres tan distintos de los que viajan en avión desde antes de aprender a caminar...!

Los Jesuítas

Niño y descalzo todavía, me enviaron interno al colegio de los Jesuítas de Medellín, y allí terminó el poema de la niñez y comenzó la vida seria.

El primer tormento que sufrí fue... que me mojaba en la cama. Me fastidiaron mucho, no me dejaban tomar sopa, y sacaban el tendido al sol delante de todos los compañeros, para avergonzarme... Permanecí allí siete años y al cabo resolví sublevarme: me empeñé en discutir en la clase de filosofía y me expulsaron.

Aunque mi formación esencial fue envigadeña, he de reconocer que salí hecho un perfecto jesuíta, y lo soy cuando quiero serlo. Ellos y yo nos tiramos con armas iguales... Por allá cada dos años voy a verlos y me confieso... Al que más me gustaría contarle siempre mis pecados sería al Padre Quiroz, mi profesor de lógica y metafísica... Era alto, huesudo, de manos secas y limpias, que jugaban con las llaves al explicar un silogismo... pero no influyó nada en mí.

Los conozco sin embargo como a mis manos, y sé que aplicando el método de San Ignacio podría hacerse un pueblo señor de América. Para ello sería conveniente quitarles el lema y poner “Patriae” donde diga “Dei”... Ad Mayorem Patriae Gloriam... Eso sí: hay que celebrar con ellos una especie de concordato. El jesuíta cuando parlamenta hace distingos y ayuda; si se le persigue, acaba con sus enemigos a la larga. ¡Ay del gobierno que los ataque...! ¡Qué fuertes! ¡Qué hermosos...! Lo que este país necesita es un jesuíta que se resuelva a hacer patria por todos los medios, cualesquiera que sean...

Abogado y escritor

El bachillerato me lo dio la Universidad de Antioquia, y allí me gradué también de abogado, en 1919. Antes de recibir el título publiqué mi primer libro, Pensamientos de un viejo, un tomito poco conocido que anda por ahí, con prólogo de don Fidel Cano... y empecé también a pensar en el matrimonio.

El primer nombramiento que me hicieron fue para Manizales, como magistrado del tribunal, y allá fui a conocer antioqueños desmoralizados por la fácil riqueza y la fertilidad de la tierra. Digo desmoralizados, porque son generosos. Ya instalado allí me casé con la novia que había dejado en Medellín, y una vez casado perdí el puesto. ¿Por qué? Condené a un sacerdote por haber incitado a riña a un médico liberal, y los conservadores presentaron mi partida de bautismo a la asamblea, alegando que yo sólo tenía veinticuatro años y no podía ejercer legalmente el cargo que desempeñaba.

¿Qué hacer...? Volví a Medellín. La cabra tira al monte... Ejercí la profesión de abogado; y un buen día, para descansar, me fui a pie hasta Buenaventura. Entonces apareció Viaje a pie, que fue mi primer éxito editorial. No me propuse escribir, sino que salió el librito... Nunca me he sentado tesoneramente a redactar libros, sino que van brotando... Después me desilusiono al corregir las pruebas, y al verlos en tomo los aborrezco... Aquello fue realidad, exuberancia de vida, goce... goce... Sin embargo, gustó, fue a muchas partes... Eh, hombre, qué iba yo a imaginar que lo traducían... Ahí se dieron a opinar y decían que era bueno... A mí ya no me gusta sino a ratos.

Mi Simón Bolívar

Cuando se acercaba el centenario de la muerte del Libertador, me hallaba desilusionado de la imagen que de Bolívar forman los fanáticos, y me provocó hacerle vivir tal como había sido él en realidad. Se hallaba oculto bajo una ficción heroica y falsa de opereta. Sin que nadie se ocupara de revivir sus ideas... Traté entonces de llenar ese vacío empleando un método emotivo, que consiste en consustanciarse con lo que se desea conocer, aunque se trate de un objeto inanimado, y pensé que con tal obra le haría un bien a Sur América; pero ese libro es lo que más mal ha causado. Al saber que Bolívar había pensado, se resolvió convertirlo en jefe de partidos políticos vivos. Lo que antes no se había popularizado pasaron a manosearlo gentes de toda clase, las más incomprensivas, y con las ideas que no podían asimilar fueron resucitando odios. Hoy Bolívar es la bandera de todo el que odia y desea defenderse con la figura del gran estadista.

Al general Juan Vicente Gómez parece que le gustó, y me invitaron a ir a Venezuela. En los cuatro meses que permanecí allí me atendieron muchísimo, me pagaron el hotel, me pusieron un automóvil a la orden. Viví en Maracay, y conversaba casi todas las tardes con el jefe.

Lo admiré como lo más protuberante que dio ese mare mágnum de razas en la tierra libertada por Bolívar. A ratos parecía un caimán y a ratos sus ojos eran bellísimos. Le sentí poderoso como el que más y le considero precursor de muchos prestigios mundiales.

Eso de andar custodiado por motociclistas, organizar espías, aniquilar sin compasión al enemigo, intervenir en la economía, son los recursos que copiaron Hitler y Mussolini. Estos son Juan Vicente en pequeño. Pero como aquí no hay científicos, sino autores de “libros de las arengas”, dicen que Gómez era nadie. ¿Tamerlán fue nadie...? ¿Es nadie Hitler...? ¡No sean bobos...! Un sapo bien sapo es del mismo tamaño de un ángel bien ángel. Lo demás es cuestión de gustos.

A mí me espiaron, como a todo el mundo, y llegué a concluir que el aspecto más criticable de su figura eran las personas que le rodeaban.

Tuve la convicción de que, en una forma u otra, aquel hombre era afirmativo, y le hice mi compadre.

El Hermafrodita Dormido

Cuando Olaya Herrera llegó a la presidencia, me envió de cónsul a Génova, y puedo decir que aquello fue para mí como un segundo nacimiento. Logré vivir el arte viejo, sobre todo la escultura; y paseando por calles, museos y ruinas de Roma, me sentía sano y pletórico.

En ese estado de ánimo escribí El Hermafrodita dormido. No hice esfuerzo alguno. Salía como si me lo dictaran, era una secreción de vida pura y feliz, como cuando se saca un pez del agua.

Entre las emociones que en esas páginas se escurrieron brotó un gran fastidio por la Roma papal y fascista, tan distinta de la Roma helénica. Nada más opuesto a Grecia que esas dos instituciones con que se trata de revivir al viejo Imperio.

Pero en el consulado trabajaban unos italianos de apellido Sega que llamaron a la policía secreta y copiaron los originales que había en mi escritorio. Poco después recibí telegrama de Bogotá, comunicándome que debía salir de Italia inmediatamente. Me trasladaron a Marsella, y allí publiqué la obra. A poco vino otro telegrama en el que manifestaba el Ministerio de Relaciones Exteriores que, si insistía yo en vender el libro, se verían obligados a sustituirme. No contesté y nombraron otro cónsul.

Pasé entonces, como simple particular, a Barcelona, y allá publiqué Mi Compadre, el libro en que traté de convivir con la personalidad tan mal entendida y peor elogiada del dictador venezolano.

Por esa misma época, hallándome aún en Marsella, publiqué Don Mirócletes. Ese es el libro que más quiero, el más artístico, el más profundo de todos los que se me han ocurrido, y el más original también, porque está arrancado a la realidad detalle por detalle, letra por letra. Es un pedazo de terruño, palpitante, que llevé conmigo y se convirtió en letra de molde, por ese impulso instintivo que, cuando estamos lejos, tiende a acercarnos en imaginación y sentimiento al rincón natal.

Santander

Pasé unos cuantos años, aquí en Envigado, escribiendo bobadas, y de pronto anunciaron otro centenario: el de Santander. Quise hacer lo mismo que con Bolívar, y resulté diz que insultando al hombre de las leyes. Esa obra me ha creado obstáculos, ha hecho que me tengan por un excéntrico, y yo la hice con amor y sinceridad. Lejos de ser un insulto, es una alabanza.

Quise probar que Santander era un hombre de los más inteligentes, el prototipo del jesuíta. La prueba fue que le ganó a Bolívar. Pero aquí quieren que uno confunda los mangos con los algarrobos y aspiran a que se elogie a Santander diciendo que era Bolívar. Me pasó lo mismo que al pintor de que nos habla Haine: fue al Africa, buscó un reyezuelo para pintarlo, y éste lo mandó matar por que lo había pintado negro...

Colombia no quiere que le digan que ella es Santander en su política; que la inspira y guía el genio del leguleyismo; sino que Santander tenía los mismos ideales y hasta las mismas facciones del Libertador. ¡Protesto contra eso!

Si vas a describir un sapo y lo pintas panzudo y getón, dicen que lo estás insultando, cuando esas son las características que lo dignifican. Santander era un hombre frío, de fines remotos, de gran agudeza política; y en vez de sentirlo y apreciarlo como fue, quieren demostrarnos que tenía dentro de sí esa nebulosa infinita que impulsó y orientó a Bolívar... ¡Pero qué bárbaros, por Dios!

Lo peor es que va a pasar lo mismo cuando salga mi libro sobre San Ignacio de Loyola... Yo adoro a San Ignacio... porque él sacrificaba fríamente a su fin a los hermanos, a los compañeros, al amor filial. Su lema A. M. D. G. lo indica, y por eso fue genio, y fue grande. ¡Un patojo! ¡Un alma española que dominó a Roma...! Le pinto como uno de los hombres más hábiles para conseguir su propósito, y van a decir que le insulto, porque no le comparo con San Francisco de Asís... ¡Protesto contra eso! ¡Eh, hombre, no faltaba más!

Qué voy a insultar a Santander ni a San Ignacio, cuando he acabado por odiar solamente al odio, y creo que todo el que mire algo con antipatía está perdido. En Colombia hay la tendencia a ver todo por el lado malo, a desacreditarlo todo y a no entender nada... Hay que reaccionar contra eso, aunque sea dentro de nosotros mismos...

Hoy mi única ambición, la felicidad suprema a que aspiro, es la de crear personajes. Quiero observarlos allí donde viven y traerlos a mi casa, hacerlos que giren alrededor de mí como si fueran de carne y hueso, moverlos con hilos ocultos sin que mi yo aparezca, porque el yo es odioso y destruye la obra típica.

Lo más halagador a que puede aspirar un artista es a hacer esos personajes sin comentarios, hasta construir humanidades como las que salieron de mano de Shakespeare y Dostoievsky... La literatura suramericana es paja, porque el autor es una especie de tirano locuaz que no deja actuar libremente a sus muñecos. Nos faltan sobriedad y castigo en la forma, penetración en el fondo... Y son bobadas, ve: como creaciones de seres vivos, La María no ha sido aún superada entre nosotros. Aunque digan que pasó de moda, sus personajes están vivitos en cualquier parte del mundo.

He soñado con hacer una edición de todos mis libros castigándolos. Tienen partecitas que me avergüenzan: todas aquellas en que hay una antipatía o una vanidad, un brote ingenuo del Yo...

La hora del té

Doña Margarita, la hija del ex presidente Restrepo y esposa de Fernando, nos corta de tajo la confidencia, porque es la hora del té.

Es una dama que conserva la tradicional sequedad del patriarcado antioqueño. Una sequedad de buen gusto, que en el fondo tiene mucho de franqueza acogedora.

Sobre el mesón a que antaño se sentara el jefe del republicanismo se despliega la cristalería antigua y se mueve todo con modales castellanos.

Los chicos, discretísimos y ligeramente sonreídos, nos esperan para tomar asiento... Alvaro, el mayor, que estudia ya química en la Universidad... Ramiro, que va a terminar el bachillerato... Fernando, un rubio sagaz que se ahoga en pecas y desgreño... Simón, el más pequeño, y el único que expresa alguna impaciencia, porque quiere ensillar su caballito y salir de paseo... Y Pilarcita, que es un toque de ternura raizal, chata y familiarísima...

El perro canelo, compatriota de Chan-Kai-Shek, se esponja y saca la lengua negra sobre las rodillas de Fernando, mientras el gato negro monta en el hombro y comparte el té y la colación.

Doña Margarita, haciendo los honores de la mesa, mira aquello con ceño fruncido, y ni el psicólogo más hábil notaría que allá muy en el fondo de su alma esconde una infinita y comprensiva ternura...

—Ya lo ves: la tierra se transforma... Estos jovencitos ya no andan descalzos, ya no se tiran piedra con los de Itagüí, tienen modales finos... Pero no son tampoco una generación perdida... Son la generación de la industria envigadeña... En mi niñez, las guayabas se daban silvestres y nadie les reconocía propiedad. Eran de todos. ¡Ese es el único comunismo antioqueño...! En Envigado se fabricaban bocadillos, que unas negritas iban a vender a Medellín, sin ganar casi nada... Hoy el guayabo sigue siendo un bien común. El que no quiere que le salten las paredes de su predio, debe tumbar los palos que tenga... y la industria del bocadillo, a la sombra de ese privilegio colectivo, se ha hecho internacional... ¿No has comido estos bocadillos envigadeños...? También se ha hecho célebre Envigado en la fabricación de carrieles, que antaño usaban los arrieros de larga barba, y patas de santo, los que mantenían partidas de cincuenta y ochenta mulas por estas lomas que hoy son jardines, y viajaban a Berrío y Manizales sin miedo al cansancio ni a la tempestad... Oí decir en Europa que uno de esos carrieles de nutria era tan bello como una obra de arte griego... Un envigadeño inventó, para estos artefactos, un remache que hoy produce miles de pesos.

Le interrumpo:

—¿Y la industria de libros...?

—También, hombre... A mí me han dado plata los libros; pero no en Envigado ni en Colombia. Como los bocadillos y los carrieles, mis obras son industria internacional... Cuando regresé de Europa, las editoriales españolas me liquidaron alrededor de dieciocho mil pesos... Esta casa es hecha con libros... Por desgracia, uno es ambicioso, y gran parte de lo que me ha dado la pluma lo perdí en especulaciones de bolsa, comprando acciones del Carare...

Terminada la merienda, nos disponemos todos a salir al jardín, cuando Fernando, soltando al gato y haciendo a un lado al perro atraviesa el salón señorial a grandes pasos:

—¡Eh, hombre...! Mira lo que se nos iba olvidando: lo mejor que hay aquí... ¡Es de veintidós pulgadas!

Y acercándose al paragüero, saca de la funda multicolor una peinilla rutilante...

Fuente:

Revista Cromos, marzo 7 de 1942, pp. 42 - 44 / 58 - 61.

Nota:

Ver las fotografías que acompañan este reportaje en sección Imagen.

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