Corporación Otraparte

El último libro de
Fernando González

Por Antonio Panesso Robledo (Pangloss)

“Un desastre editorial”, ha previsto para su último libro Fernando González. ¿Por qué?  Porque “sé muy bien que esas palabras feas y sobre todo los nombres de cosas ‘inmundas’ de la parte última, me causarán un desastre económico: ni una ‘señora’, ni un solo ‘señor’, ni siquiera un solo ‘señorito’, o una sola ‘señorita’, ni siquiera un ‘estudiante’ de ‘universidad suramericana’ comprará este libro ni volverá a visitarme”.

Y eso que el Maestro se cura en salud y explica que ciertos vocablos rabelesianos que se han convertido en marca de fábrica de su léxico personal literario se emplean únicamente para insultar a la mentira, “que es la vanidad, la nada de una representación, con respecto a la superior en jerarquía. En el sucediéndose, al ir siendo glorificada la nada por la Presencia, la ignorancia por el conocimiento, aparece la emoción y se manifiesta por insultos a la nada”.

Por lo demás, ¿qué de raro tiene emplear las palabras que tan sabrosas suenan en boca de Sancho y en la pluma de Quevedo? También las usa, con desarmante sencillez, el purísimo Dante, que es el manual de los Papas, como es bien sabido.

El Maestro González ha escrito su Libro de los viajes o de las presencias a base de unas libretas que le robó al otro Maestro, Lucas de Ochoa, de quien no sabíamos nada hacía como un par de docenas de años. Y hay allí un poco de todo: metafísica kantiana, mística hindú, desenfado gonzalesco, estupendas ninfetas envigadeñas, rasgos de angustia. Y humor. Mucho humor, de la mejor clase. De ese que hace pensar con una sonrisa y convierte en poesía los excrementos de mariposa de que habló una vez Neruda. Los herederos de los españoles tan estirados y pedantes —no nos atrevemos a decir “merde alors”, como los franceses, delante de las señoras. El Maestro Fernando sí se atreve. Y lo leerán, sin duda, no sólo las señoras, sino también las señoritas, y los señoritos, y los estudiantes y aun los gerentes. Y aun nosotros los periodistas, los “publicistas” de que tanto abomina Lucas de Ochoa —aunque para nuestro gusto esté ahora el Maestro más metafísico de lo que fuera menester.

Fuente:

Publicación desconocida, 1959.

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