Corporación Otraparte

Aproximación al
pensamiento político
de Fernando González

Por Pedro Posada Gómez
Universidad del Valle

“Pueblos en que la juventud no piensa,
por miedo al error y a la duda,
están destinados a ser colonias”.

F. G.

I

Antes de abordar el tema central de esta charla, algunas ideas políticas de Fernando González, voy a presentarles una semblanza del personaje. En la breve posdata de la respuesta a una encuesta de la Revista de la Universidad de Antioquia [sic: Universidad Javeriana] sobre el “pensamiento latinoamericano”, se presenta a sí mismo:

“P. S. Respecto a mi persona, le diré que nací en Envigado el 24 de abril de 1895, en una calle con caño; que no soy de ninguna academia; que no tengo títulos, pues los de bachiller y abogado los perdí, y que me alegra mucho eso, pues el que no pierde todo, muere todo. F. G.”.

(Esto último está asociado con la idea de despojarse, de desnudar el alma y el cuerpo, como ritos de mutación y renacimiento, que Fernando aprendió de los místicos cristianos y de los “gimnosofistas” o “filósofos desnudos de la India”).

En otro lugar se describe de niño:

“Mi madre me parió cabezón, pero infiel”. “Yo era blanco, paliducho, lombriciento, silencioso y solitario. Con frecuencia me quedaba por ahí parado en los rincones, suspenso, quieto. Fácilmente me airaba y me revolcaba en el caño cada vez que peleaba con los de la casa”.

Fue expulsado del colegio de los jesuitas, en quinto bachillerato, porque leía obras de Voltaire y Nietzsche y porque negó, al profesor de filosofía, el primer principio de la lógica aristotélica (una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo). En sus palabras:

“Dios me salvó, pues lo primero que hice fue negarlo, donde los Reverendo Padres. [...] Luego le negué todo al Padre Quirós. ¡El primer principio! Negué el primer principio filosófico, y el Padre me dijo: ‘Niegue a Dios; pero el primer principio tiene que aceptarlo, o lo echamos del Colegio...’. Yo negué a Dios y el primer principio, y desde ese día siento a Dios y me estoy librando de lo que han vivido los hombres” (Los negroides).

A los 16 años ingresa al grupo de Los Panidas, del que hacían parte Ricardo Rendón y León de Greiff, entre otros:

“Melenudos de líneas netas,
líricos de aires anarquistas,
hieráticos anacoretas,
dandys, troveros, ensayistas,
en fin, sabios o analfabetas,
y muy pedantes, —si os parece—
explotadores de agrias vetas
los Panidas éramos trece!” (1).

El mismo De Greiff describía así el ambiente de la ciudad de Medellín por aquellos años:

“[...] Sucesos banales / Gente necia, / local, y chata y roma. / Chismes, / Catolicismo, / Y una total inopia en los cerebros... / Cual si todo se fincara en la riqueza, / en menjurjes bursátiles / y en un mayor volumen de la panza” (2).

Cuando cumple la “mayoría de edad”, 21 años, publica su primer libro: Pensamientos de un viejo (1916); al año siguiente obtiene el título de “bachiller en Filosofía y Letras” en el Liceo de la Universidad de Antioquia. En 1919 recibe el título de abogado en la misma Universidad, con la tesis: El derecho a no obedecer (1919) (cuyo título se vio obligado a cambiar por “Una tesis”). Entre 1921 y 1931 se desempeña como magistrado en Manizales y como Juez civil en Medellín.

En estos años escribe y publica su famoso Viaje a pie (1929, editado primero en París) y Mi Simón Bolívar (1930). En 1931 es nombrado Cónsul General de Colombia en Génova (Italia), de donde es retirado por solicitud del gobierno de Mussolini, cuya policía secreta ha encontrado entre sus papeles los manuscritos de su obra El Hermafrodita dormido (publicada en 1933). Ya veremos algo de los petardos y luces de bengala que F. G. escondía en sus apuntes. En 1932 vive en Marsella y publica (en París) el libro Don Mirócletes. En 1934 es retirado definitivamente del consulado, regresa a Colombia y se establece en Villa Bucarest, una finca en Envigado, donde permanecerá hasta 1940. En estos años publica Mi Compadre (1934), El remordimiento (1935), Cartas a Estanislao (1935), Los negroides (1936), Nociones de Izquierdismo (1937), Santander (1940), e inicia la publicación de la revista Antioquia (1936-1945).

Entre 1935 y 1945 participa activamente en política, pero obtiene un rotundo fracaso en su primera incursión para las elecciones de la Asamblea departamental de Antioquia en 1935 (su lista obtiene 19 votos). En 1940 funda, con el escultor Pedro Nel Gómez, y otros amigos, el movimiento LAIN (La Izquierda Nacional), y en 1941 LAIN logra dos escaños para la Asamblea departamental. En este mismo año González publica El maestro de escuela, obra que abre un largo paréntesis en sus publicaciones, que irá hasta 1959, y que sólo es interrumpido por la redacción del Estatuto de Valorización de Medellín (1942) y por las Arengas políticas que publicará en 1945. En 1953 viaja de nuevo Europa, nombrado como vicecónsul honorario de Colombia en Bilbao (País vasco, España), por el gobierno de Rojas Pinilla. Regresa a Colombia en 1957. Sus últimas obras serán el Libro de los viajes o de las presencias (1959) y La tragicomedia del padre Elías y Martina la velera (1962).

Fernando González muere el 16 de febrero de 1964, a causa de un infarto cardiaco, en su casa-finca de Otraparte. Lugar que en sus últimos años fue sitio de peregrinación de la juventud intelectual antioqueña: Félix Ángel Vallejo, Manuel Mejía Vallejo, Alberto Aguirre, Darío Ruiz Gómez, Carlos Castro Saavedra, María Helena Uribe, Olga Elena Mattei, Gonzalo Arango y otros nadaístas, Marta Traba y el sacerdote catalán Andrés Ripol.

Puede decirse que por mucho tiempo la obra de Fernando González fue mejor recibida en el extranjero que en su propio país (pronto fue traducido al francés). Mientras que la Iglesia colombiana prohibió “bajo pecado mortal” la lectura de sus libros (así sucedió con Viaje a pie y con Don Mirócletes, cuya prohibición por el Arzobispo de Medellín dice que “está prohibido y es pecado mortal reimprimirlo, leerlo, retenerlo, venderlo, traducirlo a otra lengua o prestarlo a los demás”), gozó de la admiración de escritores como Gabriela Mistral, José Coronel Urtecho, Velasco Ibarra, Valery Larbaud, Thornton Wilder y Jean Paul Sartre. Fue nominado dos veces al premio Nobel de literatura (siempre por escritores extranjeros, pues cuando una vez se consultó a la Academia Colombiana de la Lengua, ésta conceptuó que González no tenía los méritos para esa distinción y sugirió en cambio el nombre del filólogo español Ramón Menéndez Pidal).

— o o o —

II

El pensamiento político de Fernando González es inseparable de su concepción del quehacer filosófico. Por esto en las notas que siguen trataré de presentar un recuento cronológico de sus opiniones sociales y políticas al lado de algunas reflexiones sobre la tarea que asumió como filósofo (¿y que terminó como místico?).

Bajo la influencia de Schopenhauer, Nietzsche y Spinoza, el pensamiento juvenil de F. G. tiende al vitalismo, con su esperable carga de irracionalismo:

“Filosofar es buscar razones para nuestros modos de ser.

El que se entrega a la razón acabará por no poder amar, por no poder creer, por no poder hablar. La razón no da autorización para nada. Y la vida es afirmativa. La razón es enemiga de la vida.

Cada hombre es distinto a los demás. Y sin embargo, para darse cuenta de qué tan poderoso es en los hombres el instinto de rebaño, y qué tan escaso es el conocerse a sí mismo, basta considerar que se pueden contar con los dedos de las manos los guías de la humanidad.

Mi abuelo don Benicio decía: ‘Aquel que se perfuma es porque huele mal’. ¡Hay también escritores perfumados, abuelo!

Filosofar es oficio de viejos. ¡Comienza el crepúsculo! Vamos, siéntate a meditar en las aventuras del día.

No se comprenden las verdades sin haberlas vivido antes. Entonces se aman como si fueran parte de nuestro ser” (1914).

Esta preeminencia de la “vida” sobre la “razón” será una constante en la obra de F. G., y le conduce a preferir siempre la vivencia a la cultura libresca: “La mayor parte de los hombres están atareados en la lectura de libros, sin preocuparse de leer su propia alma. La novia del solitario es su propia alma”, dice ya en Pensamientos de un viejo, donde también previene: “No doy derecho para juzgarme sino al que haya vivido la vida saboreándola con recogimiento. A ningún sabio de biblioteca doy derecho para juzgarme. Estas cosas no se aprenden, es preciso vivirlas”.

En su tesis de grado, El derecho a no obedecer, aboga por la que él llama “la escuela liberal” en economía política. En ésta se recoge la idea de un liberalismo de corte radical y anarquista, que propende por la defensa del individuo contra el Estado. El individuo contra el Estado, obra publicada por Herbert Spencer en 1884, está en el trasfondo de esta tesis de grado de F. G., quien cita a Spencer llamándolo “una de las mentalidades más altas de los tiempos modernos” (la práctica de citar desaparecerá muy pronto en los escritos del filósofo). En contra de las doctrinas colectivistas, cristianas y marxistas, González defenderá que la sociedad es sólo un medio para que el individuo satisfaga sus necesidades: “En ningún caso se puede sacrificar al individuo en bien de la comunidad” (aun el servicio militar obligatorio es injusto). Llama estatolatría al colectivismo o socialismo de Estado que considera justo el sacrificio del individuo en pro de la sociedad. La predica gregarista de la religión cae en esta estatolatría que “quiere anular al individuo, que es una bestia indómita” (mayúsculas de F. G.). No pretende rechazar absolutamente el espíritu gregario, pues considera que “el hombre tiene necesidades que se convierten en pro de sus semejantes”; pero considera que “el amor al prójimo, la compasión, etc., [...] son necesidades que radican en el yo, son egoístas: el egoísmo lleva al altruismo, que no es sino una modificación de aquél...”.

La justificación que da de su toma de partido por la “escuela liberal”, constituye una defensa de la posición anarquista individualista:

“La necesidad de gobierno es proporcional al grado de civilización. El pueblo en donde menos necesidad haya de gobernar será el más civilizado. [...] El anarquismo, que es la supresión de todo gobierno, es un ideal hermoso, pero muy lejano aún de nuestra época. El anarquismo... no es otra cosa que los principios de la escuela liberal llevados a la exageración”.

La intervención del gobierno en la vida social debe ser lo más débil posible:

“El papel del Estado debe reducirse a la administración de justicia y a la conservación del orden interior y exterior; y puede afirmarse que vendrá un tiempo en que esto no sea necesario, en que sea una realidad la anarquía”.

El Socialismo de Estado, dirá al final de su tesis, es una “mistificación alemana, una forma de militarismo”. Sin embargo, el tono general de la tesis no escapa al apogeo del positivismo que caracterizó a la época del cambio de siglo (del XIX al XX). Esto se nota en el título de su primer capítulo: “De cómo en Colombia hay muchos doctores, muchos poetas, muchas escuelas y poca agricultura y pocos caminos”, es la crítica de la cultura libresca, de lo que él llamó “el vicio solitario” de leer mucho y no hacer nada, pero también es la exaltación de lo que alguien llamó “el ideal de lo práctico” (F. Safford).

Es común que en esta época F. G. se refiera con entusiasmo a las virtudes de una hipotética juventud pragmatista: “El joven pragmatista admira lo único que hay admirable en este esferoide: el método; la capacidad de perfeccionarse que tiene el hombre”; “El método y la contención son los que pueden hacer del hombre un bípedo interesante”, dice en Viaje a pie (1929).

El Método que busca y propone F. G. es aquel que realice el ideal socrático de la filosofía: conocimiento de sí mismo, entendido como desarrollo de la propia personalidad, de las potencialidades expresivas de la subjetividad, de la energía interior producida en la contención metódica: “Cuando un joven comprende que el secreto no está en lo que haga, en lo que diga, en el vestido, etc., sino en la energía interior, está maduro para la filosofía”, dice en Don Mirócletes.

Esta búsqueda del método para la autoexpresión lo lleva al estudio de las grandes personalidades, de los grandes hombres: “Las verdaderas universidades son los grandes hombres”, dice. Así el libro Mi Simón Bolívar es a la vez el estudio del gran hombre y la reflexión sobre el método. La síntesis del método que encuentra personificado en Bolívar son los tres principios de lo que llama la “ley de la energía humana”: “1. Saber exactamente lo que se desea; 2. Desearlo como el que se ahoga desea el aire; y 3. Sacrificarse a la realización del deseo”. Pero en Mi Simón Bolívar (libro escrito para conmemorar los 100 años de la muerte de Libertador en 1930), sobresalen otros dos hallazgos, el concepto del Gran Mulato americano y la curiosa postulación de un “metro psíquico” para medir el grado de conciencia alcanzado por los hombres. El metro psíquico o “concienciámetro” postula siete niveles o grados de conciencia: orgánica, familiar, cívica, patriótica, continental, terrena y cósmica. En el primer nivel, están los hombres de “conciencia fisiológica: mínimum de yo y máximum de cosas extrañas” (Santander y Páez); en el tercer nivel, la conciencia cívica, ubicará a los griegos y romanos; en el sexto, la conciencia terrena, ubica a su admirado Mahatma Gandhi (“¡Oh Mahatma Gandhi, que iluminas el mundo desde hace 40 años! ¡Por ti se cree en el hombre! ¡Mahatma!, desde aquí, desde mi remoto pueblo, invoco para tus luchas la energía innominada...”). En el séptimo y último nivel está el hombre de conciencia cósmica. En él “desaparece el yo, o mejor, se infunde en él todo lo manifestado”.

La teoría del Gran Mulato (3) es el centro de la sociología de Fernando González, la enuncia en Mi Simón Bolívar y la desarrolla luego en Don Mirócletes, Mi Compadre y en Los negroides. En Mi Simón Bolívar presenta de este modo la idea del Gran Mulato:

“Indudablemente Suramérica, por su extensión territorial, por su hibridación étnica, por la riqueza y variedad de sus tierras y sus climas, está destinada a ser la cuna del hombre tipo y unificado, la gran democracia. [...] Se fundirán todos los organismos y aparecerá el verdadero hombre, El Gran Mulato Adaptado. Se fundirán todas las religiones y aparecerá una gran unidad ideológica, unidad de amor y de conciencia”.

El excéntrico personaje que protagoniza esta obra, Lucas Ochoa, uno de los desdoblamientos de F. G., llega a soñar con un proceso de “mezcla científica de las razas hasta unificar el tipo de hombre” y, aún más, en Mi Compadre, propone unas proporciones ideales para tal mezcla: 45% de indio, 45% de blanco y 10% de negro (por la mesura y la astucia del indio, la imaginación creadora del blanco y la capacidad de impertinencia del negro).

Respecto de la figura de Bolívar presentada por F. G. me parece importante llamar la atención sobre un aspecto: la tesis de que los pueblos latinoamericanos de la época requerían un gobierno fuerte y centralizado, una especie de dictadura paternalista. F. G. rastrea esta idea en los escritos de Bolívar y en El Príncipe de Maquiavelo. Así, cuando Bolívar en la Carta de Jamaica afirma que: “Los acontecimientos [...] nos han probado que las instituciones perfectamente representativas no son adecuadas a nuestro carácter, costumbres y luces actuales”, para González, Bolívar “examina las varias formas de gobierno y termina con su idea genial y perenne de los gobiernos paternales, que en verdad son los únicos propios para Suramérica, la cual no ha querido aceptarlos abiertamente, y por eso dominan en ella las tiranías y las anarquías”. Era su modo de concebir la idea de Bolívar de la tiranía activa:

“Libertar al hombre es abrirle el camino de la propia expresión, de la futura expresión humana; que no sea explotado y rebajado, que sea ascendido, aun por la fuerza. El gobierno de la nobleza y de la dignidad en cada pueblo, con el fin de crear hombres; eso es lo que llamaba Bolívar tiranía activa. España trataba a América como un campo de producción, como un potrero, y Bolívar deseaba que fuese el mejor teatro de la expresión humana”.

Para F. G., en tono superlativo, Bolívar anticipó el superhombre de Nietzsche, “unos treinta años antes que aquél —nos dice— (Bolívar) predicó y actúo y luchó como superhombre”. Y así como Bolívar es el modelo del Gran Mulato, el ideal de la expresión de la conciencia latinoamericana en el concierto universal, Santander representa el antimodelo, el falso héroe del espíritu nacionalista. En el libro dedicado al llamado “hombre de las leyes” (Santander, escrito en el centenario de la muerte del general, en 1940), F. G. lo presenta entre el grupo de los “héroes nacionales” (Washington, San Martín, O’Higgins), quienes representan la actitud conservadora de los creadores de fronteras; opuestos a Bolívar que es quebrador de fronteras. Bolívar personaliza el impulso latente que tiende a unificar al género humano. De Santander dirá González que es “la envidia hecha método, tenía conciencia orgánica del dinero. ¡Cuán parecido a todos los abogados de la Nueva Granada!”. Santander quería prestigio, poder, tranquilidad, y una hacienda propia. Tenía la habilidad jurídica para esconder sus fechorías y no dejar huella, “se interesaba por aparentar pureza ante sí mismo y ante la posteridad”, era un producto típico de un país seminarista y andino.

El libro que sigue cronológicamente a Mi Simón Bolívar, es Don Mirócletes (de 1932). En la “Conferencia de Aranzazu”, puesta en boca del protagonista de este relato, Manuelito Fernández, otro desdoblamiento de F. G., este aclara un poco más su concepción del gran mulato:

“Me preguntaréis: ¿Es una promesa el mulato?

Os contestaré que abandonados al cruce entre ellos, al acaso, sin inmigración, tienden al anonadamiento. Pero que efectuando el cruce de modo que presida la ciencia, inyectando sangre negra y blanca en dosis determinadas, indudablemente aparecerá la raza definitivamente humana, el gran mulato. Suramérica es el campo experimental de las razas. Entiendo por gran mulato el producto definitivo que se obtendrá de la mezcla científica de las razas hasta unificar el tipo del hombre. La ciencia debe preocuparse de estos problemas, porque los medios de comunicación están en proceso constante, diariamente aumenta el intercambio y hay que llegar a la unidad racial. ¡Cómo no! ¡La creación del hombre! Por ahora no tenemos sino los ingredientes para fabricar el gran mulato, consistentes en las varias razas, sub-razas y variedades.

Pero es evidente que el producto suramericano se reseca, se va resecando...” (Don Mirócletes, p.p. 128-129).

El autor muestra ya un poco de escepticismo sobre la concreción de su ideal. Se ha referido antes en el libro a las “embolias” que le impiden expresarse al espíritu latinoamericano; la primera es el hecho de haber sido “descubiertos”. Volverá luego sobre esta idea.

En 1933 encontramos al Cónsul F. G. escribiendo su libro El Hermafrodita dormido (Editorial Juventud, Barcelona, 1933), y debatiéndose entre la belleza del arte griego, sintetizado en el “Hermafrodita dormido”, y la fealdad del Duce y su régimen fascista. De Mussolini dice: “Benito era ateo y socialista, etc. Hoy está unido con el Papa. Asiste a las fiestas religiosas. [...] Me complace verlo entrar en la pantalla, caminando con meneos, pera simular agilidad. [...] En verdad, su mandíbula es poderosísima y tiene algo fatal en todo el rostro”. En otro lugar del libro describe el gobierno de Mussolini:

“En Italia, el Estado, o sea Mussolini, tiene en sus manos las riendas de la Prensa, el cinematógrafo y la radiofonía. Por medio de la organización del sistema corporativo de las industrias, haciendo a las corporaciones órganos del partido, las colocó bajo su control.

Un elemento que se le escapaba era el clero. Lo compró; le dio dinero; se constituyó en su protector y ahora el Papa es su gran aliado.

¿Triunfará entonces? Tiene todo en sus manos, pero no tiene un fin noble y sus métodos son envilecedores. ¿Qué se propone? No lo dice; se limita a repetir que la grandeza de Italia. No triunfará, porque el alma humana no puede ser violentada; ella no se mueve y crece sino por la instigación de la belleza.

Sólo hay una dictadura que triunfará: la que ejercen las almas grandes. Aun el ser más perverso no crecerá un ápice por medio de la violencia. Azotando a un esclavo, cada día será más esclavo. La virtud no se impone. Un pueblo debe preferir el desaparecimiento a la tiranía. Por eso, la ley moral nos manda asesinar a los tiranos”.

Finalizando el libro, en una página titulada “El mundo en 1933”, enuncia los “tres distintivos” de la situación de aquel entonces, a partir de unos supuestos juicios “emitidos en los cafés, mientras fumaba cigarrillos turcos”:

Primero. Del pueblo judío tenemos la fuente de las ideas religiosas y morales.

Segundo. De Grecia tenemos el arte y el razonamiento.

Tercero. De los yanquis tenemos la organización y la máquina. Francia es razonadora. Nadie le gana. Alemania reacciona muy feo. El nacionalismo actual de Hitler es desagradable y escandaloso. Mussolini prepara una guerra contra Francia, lentamente, con frialdad, tal como preparan en Italia las venganzas entre las familias. El italiano, de Florencia para el Sur, es hombre cruel, vengativo, peludo.

La máquina yanqui trajo un desarreglo definitivo en las ideas morales y estéticas. Marchamos por entre tinieblas.

En estos días agoniza el movimiento más bello de estos tiempos: la objeción de conciencia ante el servicio militar. La culpa es de Mussolini. Gandhi tendrá que ayunar hasta la muerte.

Quiera Dios que dure aún dos años el tiempo en que se pueda fumar cigarrillos en los cafés de París, y emitir juicios” (p. 162).

Mi compadre, libro de 1934, está dedicado al dictador venezolano Juan Vicente Gómez, como excusa para poner a prueba su “metro psíquico” o “concienciámetro”, y para “atisbar” la gestación del gran mulato en Venezuela. Parte de un recuento de los grandes hitos de la historia venezolana, y comentando la guerra federal que derrocó a Páez (un ejemplar de la conciencia orgánica) nos dice:

“La guerra federal fue una sublevación contra el tipo europeo. Fue un episodio importante en la gestación del tipo suramericano en Venezuela. No quedaron españoles criollos. Fue el triunfo de la pardocracia. [...] Suramérica es el teatro del gran mulato; allí es donde la vida tiende a crear la unificación de las razas” (p. 51).

Y más adelante, después de exponer su ya mencionada regla de las proporciones étnicas (45% indio, 45% blanco, 10% negro, “esto último lo necesitamos para la capacidad de impertinencia”), dirá que con el general Juan Vicente Gómez “aparece el primer gobierno del tipo suramericano”, “con el general Gómez —agrega— hemos comenzado a expresarnos; hemos dejado de ser colonia”. Elogia los esfuerzos de Gómez por instaurar un gobierno netamente nacional; lo que implica abandonar la “sugestión europea”, es decir, la compulsión a imitar las leyes y costumbres extranjeras: “Copiadas constituciones, leyes, costumbres; la pedagogía, los métodos y programas, copiados; copiadas todas las formas”, dirá en Los negroides. Valga recoger esta observación de Javier Henao Hidrón: la Venezuela que estudia y recorre F. G., tras 23 años de dictadura de Gómez, está cruzada por carreteras, y al parecer, no tiene deudas, ni desempleados, ni pordioseros.

En Los negroides (1936), F. G. retoma las consecuencias de la “embolia” mencionada, lo que él llamará “complejo de ilegitimidad”, o en palabras más directas: “complejo de hijo de puta”. En el capítulo XXXV propone un curso que será dictado por el rector de una hipotética Universidad Grancolombiana. El curso se llamará “filosofía de la personalidad”: “El secreto de este curso disciplinario está en prácticas para conocerse a sí mismo, y para cultivarse luego. Lo primero es conocerse, y lo segundo, cultivarse. Nuestra individualidad es nuestro huerto, y la personalidad es nuestro fruto”. La sexta clase de este curso se referirá al complejo de ilegitimidad. Al respecto vale citar la página completa:

“... este complejo es terrible en Suramérica. Nuestra individualidad está apachurrada, a causa de estos hechos:

1º En cuanto negros, somos esclavos, propiedad de europeos, fuimos prostituidos.

2º En cuanto indios, fuimos descubiertos, convertidos; discutieron “si teníamos alma”; rompieron nuestros dioses; nos prostituyeron moral, religiosa, científicamente.

3º En cuanto españoles, somos criollos, sin poder “probar la pureza de sangre”.

4º Lo peor: que somos mezcla de las tres sangres; ocultamos como un pecado a nuestros ascendientes negros e indios. Somos seres que se avergüenzan de sus madres, o sea, los seres más despreciables que pueda haber en el mundo. En realidad, tal mezcla es un bien; pero en la conciencia tenemos la sensación de pecado. Vivimos, obramos, sentimos el complejo de la ilegitimidad.

Por eso el suramericano simula europeísmo; por eso es dilapidador, prometedor, incapaz: porque tiene vergüenza del negro y del indio.

Pregunto: ¿puede el suramericano vivir como europeo; competir con el europeo? No, porque es mulato. Su individualidad es mulata.

Mientras simule, será inferior. La grandeza nuestra llegará el día en que aceptemos con inocencia (orgullo) nuestro propio ser. El día en que, mediante la cultura practicada en esta Universidad, el grancolombiano manifieste su individualidad mulata desfachatadamente; ese día habrá algo nuevo en la Tierra, habrá un aporte nuevo al haber humano.

¿Quiénes son el señor Caro, Abadía Méndez, Pedro Claver Aguirre, Lucianito Restrepo, Federico Páez, Olayita y Alfonso López? Almas ilegítimas; mulatos dormidos, cuyas lenguas son movidas por libros europeos.

Las Universidades colombianas han dado ilegítimos; todos son como los diputados, ventosidades de marrano.

¡Qué tan ilegítima, que tan prostituida es Suramérica, que en su historia observamos períodos en que los pueblos han vivido pendientes de homúnculos tales como Federico Páez, Benavides, Olaya y Laureano Gómez!”.

De 1935 son los libros El remordimiento y Cartas a Estanislao. Este último dedicado a Estanislao Zuleta Ferrer (Padre de E. Z. Velásquez), joven abogado que fallecería (31 años) ese mismo año en el accidente donde también muriera Carlos Gardel (24 de Junio). En la nota que escribe F. G. al enterarse de su muerte, dice: “Era mi único amigo”, y en una de las cartas que le dirige: “Nadie que tenga tu capacidad de impertinencia y tu limpieza estética”. En otro momento F. G. se refiere a este libro: “En Cartas a Estanislao hice poemas a la orgullosa y divina concepción de uno mismo y lancé diatribas contra la mentira que ha sido la humanidad en América”.

En la carta del 13 de septiembre de 1934 responde a una pregunta que le hiciera Estanislao: “¿Hubo y hay hombres aquí?”, y en su respuesta dice:

“¿Imaginación creadora? Ninguna. No tenemos arquitectura, pintura, escultura, novela, drama, leyes, costumbres. Imitamos. El rancho es de los indios y la casa es de los españoles. Ahora van a estudiar muchos a Europa y a Estados Unidos y vienen a hacer casas de allá y teatros de allá, pero se caen. Van también a estudiar aviación y se caen. La María es de un judío. Ningún invento. Ninguno ha tenido o tiene imaginación Olaya es mono yanqui, y mono inglés es López. [...] López de Mesa ha estudiado, es casi tan juicioso, tan bien educado, como el doctor Emilio Robledo, pero los efectos no se producen...; lo que aprendieron no sirve aquí; tenemos una causalidad propia, enfermedades propias, botánica propia, y no les sale, no les sale lo que aprendieron en francés. ¡Lástima, tan juiciosos, jóvenes que no han pecado...!” (p. 110 - 111).

En una carta a su hermano Alfonso justifica su crudeza de estilo: “(Mis libros) los escribo para confesarme y si tienen expresiones crudas, es porque así soy yo, así éramos en Envigado, en donde crecí; así pienso y siento. No me importan las alabanzas, o mejor, me importan, pero contra mi voluntad alta; al que soy a ratos, espiritual, no le importan”. Y una última referencia de este libro, en carta dirigida a Alejandro López, este consejo:

“A la juventud suramericana hay que repetirle día y noche: Proposiciones claras; sin discursos; agarrar los problemas; dar la mente a una cosa, a toda ella y solo a ella. No dispersarse. Ideas duras, concretas. Propósitos y amores duros” (p. 38).

Javier Henao Hidrón resume los rasgos principales de este libro (Cartas a Estanislao): señalar “el comportamiento santanderista de la clase dirigente, el vicio solitario de la oratoria..., el estilo ‘pajoso’ de los periódicos [...] y la esperanza de un nacionalismo que muestre la fealdad humana de Colombia y discipline a la juventud”.

De El remordimiento (1935, subtitulado “Problemas de Teología moral”) sólo recordaré esta definición de principios:

“No tendré admiradores, porque creo solitarios; no tendré discípulos, porque creo solitarios; no me tendré sino a mí mismo. Yo no atraigo; arrojo a cada lector y persona que me habla en brazos de sí mismos. No puedo ser pastor, amado, jefe, maestro. Soy el cantor de la soberbia y de la sinceridad”.

En el número 5 de la revista Antioquia (de la cual es director, editor y autor único) define su ideario político:

“Bueno, pero ¿qué somos, políticamente?

Somos anarquistas. El objeto de la vida es disciplinarse hasta no necesitar gobierno. Un filósofo está por encima de las leyes.

Creemos que el gobierno es medio para conducir a los hombres al anarquismo, o sea, al paraíso. Para eso deben ser las escuelas, leyes, caminos y casas disciplinarias.

Por consiguiente, el primitivo necesita que lo gobiernen mucho. Suramérica necesita gobiernos muy fuertes. Colombia, por ejemplo, tiene negros esclavos, mestizos y zambos falsos; no tiene un solo hombre capaz de vivir honesta, musicalmente, sin el Diablo y la pena de muerte.

Desde que publicamos Una tesis, expusimos que éramos anarquistas (como ideal) y amigos de gobiernos fuertes. El pueblo colombiano no se puede gobernar a sí mismo. Es un niño. No puede usar de sociedades anónimas porque se las roba; de la radio, porque anuncia groserías; del avión, porque se mata, etc.

Somos anarquistas porque el hombre culto no necesita que otro lo gobierne, y derechistas, porque a la libertad se llega por la disciplina (subrayado mío).

Somos, pues, anarquistas y derechistas: Mussolini y Hitler son azotes divinos.

Personalmente vivimos en la anarquía. Hemos conseguido la buena conciencia; decimos todo lo que pensamos y hacemos todo lo que sentimos; para nosotros no existe el gobierno sino como tema para escribir. Nadie nos importa ni se cruza en nuestro camino. No tememos, no odiamos y amamos la vida por sobre todas las cosas.

El ideal del hombre es ser como rosa abierta, que no tiene nada oculto; ser desvergonzados, por inocencia y no por odio.

Pero ¿los colombianos? Si no presionan a un Enrique Santos, tuerto malísimo, pues ejecuta alguna barbaridad, por ejemplo, estupra. Los que gobiernan hoy a Colombia y los que hacen oposición son ‘riberanos’ del estupro alevoso” (F. González, revista Antioquia n.º 5, 1936).

Ya he presentado las ideas centrales de Los negroides (1936): la teoría del Gran Mulato y el complejo de ilegitimidad. Allí será muy explícito en el “programa” que propone para Suramérica: “Gobiernos legalmente fuertes y cultura. Crear y no aprender; meditar y no leer; hacer y no importar. Inculcar en el pueblo la verdad de que gozar de obras ajenas corrompe”.

Rechaza airado la asimilación de Bolívar a un partido político: “Quieren ponerlo de jefe de un derechismo inmundo y clerical. Bolívar no era godo; era acicate; era ascenso”. Ya había dicho en las Cartas a Estanislao: “Nosotros, los maestros nuevos, debemos odiar todo lo pasado; odio eterno a las generaciones conservadoras y liberales. Nada hay aprovechable en nuestro pasado. La historia ha sido escrita e impuesta por Santanderes y Arrublas. La única salvación está en volver al Libertador”.

En la década 1935-1945, mientras se ocupa en la edición de la revista Antioquia (17 números) publica artículos políticos como las Nociones de Izquierdismo (1937) y las Arengas Políticas (1945). El eje central de estas intervenciones será la presentación de un proyecto político-pedagógico, fundamentado en la Escuela y la Universidad: “Educar es amar: política es amor: es el arte de crear una patria, engendrándola en nuestros compatriotas”; “Política es la dirección de las fuerzas que gestan, que van gestando una patria en donde sea bueno estar vivo”, dice en las Arengas Políticas, donde también denuncia las prácticas al uso: “Si la política es para vosotros apoderarse de la cosa, repartir la cosa con los amigos, odiar al que se queda velando, entonces ganará el que dé a los electores aguardiente con pólvora, literatura negroide, incite el fraude y mate gente”.

El ideal político de F. G. siempre va acompañado de un proyecto pedagógico, al que suele referirse como la “Escuelita”. Pedagogía que debe propiciar la “egoencia” pero eliminando la vanidad:

“Se trata de que somos vanidosos, y la vanidad es vana. Corozo vano. Corozos vanos, son las cabezas de los diputados, y todos somos diputados.

Por ejemplo, si vamos a escribir, nos da vergüenza de documentarnos, rumiar, meditar, medir y resolver algún problema doloroso nuestro, pequeño pero nuestro (¿por qué será que lo nuestro nos parece pequeño siempre?). Y escribimos acerca de Marx, de Kant, de filologías y de la organización de la paz mundial.

[...]

Apenas leemos tres cuadernos forasteros de economías, nos da por hablar de cooperativas, cuando ni siquiera cooperamos con la mujer, en el hogar...

[...]

Amamos el libro y odiamos la tierra maternal. Nos avergonzamos de nuestro padre arriero y azadonero. El libro santo es el gran enemigo en Suramérica. El libro es santo, cuando es para consultar nuestras dudas, las que nacen de la acción. Pero aquí, el libro es para adornarse.

Confesemos que las Américas Latinas han sido pajosas: luego, hagamos en ellas una realización: ‘Ni llorar, ni reír, sino entender’ (Spinoza)”.

A principios de los 40’s redacta el Estatuto de Valorización de Medellín, en el cual incluyó, como segunda parte, una reflexión sobre la propiedad privada de la tierra. Allí afirmará que las razones por las que se ha guerreado en Colombia no son, como se dice, la defensa de “los buenos principios”, sino el afán de apoderarse de las tierras: “Atisbaban las fincas; emitían títulos de baldíos, apenas ganaban ‘la guerra’, y se adjudicaban los ‘lotes’ que habían encontrado”. Sobre la función social de la propiedad dice: “El porvenir está en la expropiación de tierras no explotadas aún y en prepararlas para el trabajo comunal y dirigido”; su ideal es un gobierno “de la sociedad, por la sociedad y para la sociedad”, gobierno que nace “cuando la tierra y las máquinas son propiedad colectiva: entonces a los niños se les cría y educa para el amor, fuente del servicio”.

En 1941 publica El maestro de escuela (dedicado en “Homenaje a Thornton Wilder, el creador del drama eterno Our Town”). Lo que allí dice de personaje protagonista es un balance de su vida y obra: “Decir lo que sentía y pensaba fue la inmunda práctica de Manjarrés. Eso lleva al nudismo y al vivir a la enemiga”. Idea que había expresado en El remordimiento (1959): “¿Por qué afirmo que vivo a la enemiga? Porque he luchado contra todo lo existente”.

Nótese que en largo período, casi 19 años, desde El maestro de escuela hasta el Libro de los viajes o de las presencias, no publica ningún libro y se dedica a presentar sus propuestas políticas (Nociones de Izquierdismo, Estatuto de Valorización, Arengas Políticas). Sus dos últimos libros, el Libro de los viajes o de las presencias (1959) y La tragicomedia del padre Elías y Martina la velera (1962) parecen mostrar un repliegue del filósofo hacia su propia intimidad y hacia el misticismo (esto se corrobora en su correspondencia con el padre catalán Andrés Ripol, publicada póstumamente en 1989).

Terminaré este recuento de las ideas políticas de F. G. con un fragmento de la citada respuesta a la encuesta de la revista Universidad de Antioquia [sic: Universidad Javeriana], sobre la filosofía en Colombia (escrita en 1960):

“... todo país y tierra colonial recibe sus valores de los colonizadores, hasta que paso a paso y en larguísima brega y duro trabajo adquiere conciencia de que también es hijo de Dios o ‘hermano cristiano’.

¡Durísima brega y larga! Si el elefante tarda 15 meses en gestar, una colonia tarda cientos de años en gestar la conciencia de sí misma. ¡Considere usted a estos pueblos caribes, centro y suramericanos! Medite usted en que ahora, cuando África, Asia y Oceanía renacen a la conciencia de su propia vida, aquí en estas Américas, Cuba y Venezuela (yo esperaba un poco de egoencia de Venezuela) no pueden concebir el liberarse del tutelaje sino entregándose como ansiosas rameras al imperialismo ruso. El que es colonia por dentro, concibe la libertad como cambio de amo”.

Notas:

(1) Balada trivial de los 13 Panidas, 1916.
(2) Villa de la Candelaria, 1914.
(3) “Respecto a la expresión Gran Mulato, Jorge Órdenes (El ser moral en las obras de Fernando González) considera que sería más preciso decir Gran Mestizo Americano, por cuanto el término mulato, estrictamente hablando, viene a significar la mezcla de razas blanca y negra”, explica Javier Henao Hidrón en Fernando González: Filósofo de la autenticidad, p. 167. Allí mismo Henao Hidrón agrega esta aclaración de F. G. en Mi Compadre: “Entiendo por mulato todo individuo de sangre mezclada”.

Fuente:

Comunicación personal. Conferencia en la Universidad del Valle, abril de 2000. Aparece en: Coloquios Estanislao Zuleta. Fundación Estanislao Zuleta, Cali, Noviembre de 2000.

Corporación Otraparte
© 2002
^