Corporación Otraparte

El pensamiento de
Fernando González Ochoa

El lema de su escuela era: «El que no
está consigo mismo, no está conmigo».

Gonzalo Arango

Por Édgar A. Ramírez

Este ensayo obedece al esfuerzo por comprender la concepción de Fernando González Ochoa (FGO) sobre el ser humano: su vida, su pensamiento, la pedagogía.

Fernando González es, sin duda, nuestro pensador más original. No tanto por la novedad de sus propuestas como por su libertad de espíritu. Su pensamiento no pretende ser una filosofía sistemática, sino un canto a la vida nuestra, a la vida colombiana.

FGO se deja impresionar por la forma como se manifiesta la vida en nuestra tierra: en aquellas alturas de Antioquia «la vida era una atracción universal de mundos y seres impulsados por el ansia del devenir».

Entonces, hacer filosofía es ir de viaje: «Somos aficionados a la filosofía y a los viajes», pues «caminar es el gran placer para el cuerpo».

Por esto, opta a favor de la vida y, desde la misma, lucha contra todo lo que impide vivir y autoexpresarse al hombre latinoamericano: «Quiero tener la inocencia de la vida griega y que en Colombia me llamen impuro. Prefiero ser hijo de la vida, palpitante, armonioso, y no un santo de palo, como esos suramericanos hijos del pecado y de la miseria».

La intensidad del viaje depende del ritmo. Dejemos, pues, que la vida se nos revele durante el viaje como una intuición.

La filosofía

FGO ejerció la filosofía, antes que nada, como crítica desideologizadora o «desnudadora» de todos aquellos fanatismos que se oponen a la libre expresión de la vida.

Pensar, en Fernando González, es un vicio: una pasión. Pensar es expresión de la energía vital.

En sus críticas a la Colombia tradicional, FGO se inspira en Nietzsche. Nietzsche, en cuanto predicador del goce dionisíaco y de la energía vital. De aquí su concepción del pensamiento como un arma afirmadora de la vida.

Colombia es el «comunismo ideológico» porque aquí no hay ideas propias. Hay que desnudar el catolicismo mojigato y los sistemas filosóficos, en particular la escolástica, para abandonarlos como excreciones: «¿A qué se parecen los filósofos sistemáticos? A rumiantes de cuernos temporales que se resistieran a abandonarlos en la primavera». La explicación mata aquello que quiere explicar.

Acordándose de su expulsión del colegio de los jesuitas de Medellín por criticar la silogística escolástica, cree que estamos perdidos desde que no se pudo probar el primer principio. Pero esta falta de seguridad (abandono) «aumentó la cantidad de suerte y azar en nuestro pobre vivir». Por lo que, perdidos, «nos guía por la vida […] la huella que dejaron en nuestra alma de niño tres mujeres: la madre, la Hermana Belén, y tú, Margarita».

De aquí su particular concepción del objeto de la metafísica y de la lógica: «Para nuestras encantadoras lectoras queremos anticipar que nuestra metafísica es efímera, agradable y esferoide como los encantos de sus cuerpos». «La lógica […] es el orden en el espíritu. [C]onsiste en obrar de modo que cada acto encierre en sí el efecto apetecido», es decir, que cada acto sea una manifestación coherente de la vida. «¡Cuán bella es la vida para el metafísico! Es él quien percibe lo que hay debajo de los fenómenos; el que adivina el hilo madre que sirve de eje para la tela efímera del devenir. ¡Y generalmente se percibe a sí mismo como esencia!».

FGO se considera a sí mismo un amante aficionado y casto de la filosofía. El filósofo es un aficionado porque es un amante: un buscador de la verdad y es casto en el sentido de que para el filósofo está reservada una mirada inocente sobre la vida. «Somos en un noventa y nueve por ciento amantes, y el resto filósofos, pero filósofos del amor».

Pero «las filosofías forman parte del fenómeno vital y son variables también: son manifestaciones del hombre por la variación relativa de su forma». «[S]i el sujeto es efímero, todo predicado de él lo será igualmente o más». No hay que esperar de FGO un sistema de pensamiento como el que está criticando: la escolástica, ni «definiciones de la vida, resoluciones de problemas». «[L]a ciencia de nuestro siglo es descriptiva, impersonal; debía ser humana, relacionarse con el poder del hombre».

A pesar de todo lo anterior, FGO mantuvo su fe cristiana, pero criticó como ninguno el fanatismo religioso del pueblo colombiano. Se apropió de una manera muy particular su fe en Jesús: para él fue el Superador. Por esto, fue el primero que venció la muerte. El diablo, por su parte, fue nuestro maestro de filosofía: «[C]on su cola prensil hurgaba y revolvía nuestras almas». De aquí que Colombia es el país del diablo.

La vida

En FGO encontramos un pensamiento así como es la vida: contradictorio. De lo que se trata es de vivir plenamente la vida: «El objeto de la vida es que el individuo se auto-exprese» y que su expresión sea reflejo de su armonía con la energía vital del universo.

El universo es un canto armonioso a la suprema energía. «La armonía suprema nos llama más allá de la tierra». La causa de la tristeza del hombre es que por la irregularidad de su vida no armoniza con este canto.

Marquínez anota que «desde esta visión de la vida, como derecho y deber de autoexpresión de los individuos y de los pueblos, (FGO) critica lo que considera pseudovalores morales, religiosos, pedagógicos y políticos en la sociedad colombiana de su tiempo. Sus prédicas en contra de una tradición anquilosada y maniquea escandalizaron a los guardianes del inmovilismo: “Los códigos morales, las virtudes aceptadas, petrificadas, las catalogaron hombres debilitados ya. […] A medida que crece nuestra pobreza vital, aumenta nuestra moralidad y nuestro apego a los prejuicios”».

La vida, en FGO, es la manifestación de la suprema energía de la tierra, del universo. Es una abundancia que «se afirma indefectiblemente» y que no puede ser definida, limitada.

De la tierra nos viene la energía: sus «jugos deben nutrirnos». La tierra es nuestra madre. Al final del viaje «[…] percibimos más claramente que la tierra es nuestra madre. [T]todo nuestro vivir era el palpitar de la energía en nuestra madre».

Es por lo que FGO ubica la «esencia de la vida» en el «poder curativo del alma, el poder cicatricial, la divina facultad del olvido». La fuerza vital es un poder regenerador que incluso nos permite enfrentar la muerte: «Es propio del que está lleno de vida olvidar la muerte». El olvido hace al hombre más o menos poderoso. «Los superhombres cicatrizan pronto sus heridas».

La vida es un movimiento que rompe la individualidad y toda lógica. Es la fuerza vital la que domina: el ánimo que nos hacer amar, crecer y desear. Somos «depósitos» de energía y, por lo tanto, de poder. Es lo que llama FGO la sinergia. Tener sinergia es estar lleno de vida; tanto para recibir como para dar.

Pero, aquí está también su dimensión trágica: «La vida del hombre sobre la tierra es brega y tristeza. Vivir es luchar con el tiempo, el cual nos arrastra, a pesar de resistirlo. ¡Qué horrible es, durante algunos días, vivir…!».

«¡Cuán propia es esta vida moderna, rápida, difícil y varia, para perder toda fe, para ir por la vida como madero agua abajo!». Se nos gasta la fuerza vital en perseguir a seres que no van a ser nuestros. Por ejemplo, para qué correr tras las mujeres: si han de ser nuestras vendrán donde estemos.

«El único método para vivir que conserva la alegría, es vivir resistiendo al deseo que nos urge por el goce; vivir despacio, inervados»: la búsqueda casta del goce: la contención. Lo contrario es «la esclavitud del alma por los deseos».

El hombre

«Lo único nuestro es el instante que pasa».

Todo el trabajo de FGO va dirigido a hacer que aparezca el «hombre echado para delante».

Sólo hay progreso por la autoexpresión, la afirmación y la liberación de la persona: «Personalidad es la manera como cada individuo se auto-expresa. Es la forma de la individualidad. Todo ser es individuo, pero pocos son personas. Casi todos los individuos están latentes, esclavizados por las maneras de la especie (formas sociales). Tales formas fueron impuestas por inducción (contagio, sugestión, imitación) de personalidades poderosas».

Pero, al hombre de hoy se le va la vida en buscar dinero. Este es el «siglo del hombre que hace fortuna». «El crédito ha reemplazado al diablo en su papel moralizador». Por esto, el hombre es un «animal triste» en la medida que entrega y pierde su energía vital.

El hombre se hace esclavo cuando no puede prescindir de algo. Es preciso que el hombre sólo se posea a sí mismo. Recogerse significa retraer todos los deseos: unificarse alrededor de sí. El hombre se supera a sí mismo cuando absorbe energía vital, como cuando «se chupa una naranja». «Vivimos buscando el goce», pues la esencia de la vida es la búsqueda del placer.

«Somos sensibilidad que se perfecciona». En su Viaje a pie describe FGO de una manera muy bella la manera cómo podemos engrandecer nuestra capacidad vital: «En esta mañana de sol nuestra piel abre los poros a la caricia del padre de la vida y tiembla de sensualidad. Sí; es completamente mujer esta sensibilidad de la piel. Bajo el sol hemos sido hembras poseídas. Los poros abiertos, bocas suplicantes, reciben la caricia, se mueren de placer como las mujeres».

De lo que se trata es de conservar nuestro calor vital: de aumentar la sinergia que expresa la alegría esencial de vivir. Pero la humanidad vuelve a los grandes hombres santos o héroes. Los coloca como ejemplo de los que más supieron inhibir sus pasiones: «[S]on el resultado del asco que tiene el hombre por sí mismo». Un ejemplo paradójico de esta situación es el jesuita. Este «es el hombre de la regla; el hombre que disciplina su inteligencia y sus pasiones; el hombre interesante; en algún sentido es el hombre superador que buscamos». El jesuita sólo goza con tres cosas: «[…] las tres proposiciones del silogismo; la mayor, la menor y la consecuencia. El que conozca las leyes de estos tres elementos es más poderoso que un ejército de alemanes».

Al jesuita le hace falta la unidad de la vida que cesa la antítesis entre el bien y el mal. La vida es una unidad y los jesuitas la han vuelto fragmentaria. El hombre superador que buscamos es «[m]ás hermoso que la montaña alta; más conmovedor que la mañana pletórica de tibieza, es el espectáculo del hombre grande».

Egoencia y vanidad

La distinción entre egoencia y vanidad le permite criticar la apariencia en la que viven los latinoamericanos y la poca energía vital que tiene nuestro pueblo que ya ni siquiera produce revolucionarios.

[La vanidad] es vacío; aquella, realidad. El vanidoso simula y sus manifestaciones o formas carecen de la gracia vital. El egoente, haga lo que hiciere, tiene la gracia de la lógica; haga lo que hiciere, ya vaya roto o sucio, nos enamora, porque la vida es lo que nos subyuga.

La hermenéutica histórica, que Fernando González practica, trata de comprender la realidad actual de los pueblos latinoamericanos, desde tres categorías: dependencia, complejo y mestizaje.

En Los negroides (1936), FGO muestra cómo hemos sido unos «copietas» y denuncia este vicio nacional: «Copiadas constituciones, leyes y costumbres; la pedagogía, métodos y programas, copiados; copiadas todas las formas. […] ¿Qué hay original? ¿Qué manifestación brota, así como el agua de la peña?». «¿Imaginación creadora? Ninguna. No tenemos arquitectura, pintura, escultura, novela, drama, leyes, costumbres. Imitamos. […] Ningún invento».

El vanidoso «es quien obra, no por íntima determinación, sino atendiendo a la consideración social». Es el suramericano desordenado, ratero, indefinido, inmoral, que se avergüenza de su mamá: que tiene «complejo hijo de puta, a saber: todo ser híbrido es promesa y pésima realidad». La vanidad es vergüenza: del indio y del negro, de sus instintos y de sus padres.

La vanidad es propia de la mediocridad del rebaño donde tienen «la individualidad tan apachurrada». Es vivir esa sensación de ilegitimidad del espíritu gregario. El vanidoso es el «genio de las nalgas» en cuanto que lo único que sabe es copiar; carecen de pudor, son puras «ventosidades de marrano».

La crítica de la vanidad suramericana lleva a FGO a tal pesimismo que incluso afirma que «no está aún en las posibilidades mentales de nuestro pueblo el comprender los fines interiores».

Por el contrario, el egoente, el hombre superador al que aspiramos, se caracteriza por el orgullo de sí, la originalidad y la desvergüenza. La egoencia es la afirmación de la libertad y de la vida del hombre «embadurnado de goce».

Bolívar era libertad, ascenso, afirmación de sí; ejemplo del egoente suramericano. Por esto, «el día en que seamos naturalmente desvergonzados, tendremos originalidad». Es volver al desnudarse de la autoexpresión inocente y original.

Se trata de que «[n]o aspiremos a ser otros; seamos lo que somos, enérgicamente. Somos tan importantes como cualquiera en la armonía del universo».

El egoente sólo acepta como imperativo categórico el «alegrarnos y alegrar a quienes nos rodean. Generalmente nos entristecemos unos a otros; nos amargamos este relámpago, este epifenómeno que es la vida humana. […] En eso consiste el ser buenos, en alegrarnos». El egoente obra por la «satisfacción del triunfo sobre el obstáculo, por el sentimiento de plenitud de vida y de dominio». En esto consiste la manifestación de la alegría de vivir y la estética de la vida cotidiana. Hay que volver a la vitalidad como lugar de sentido.

En esta perspectiva, es que hay que volver a la belleza como expresión de la vitalidad del ser humano latinoamericano. A la belleza de la vida que «promete y asciende». La belleza es peligrosa para el vanidoso que la contempla; para el egoente, «sabio de la contención», es causa de emociones ricas en perfeccionamiento, a los demás los deja vacíos y les roba su energía vital. Sólo emana vida y es bello el acto que es fruto de nuestro ser y de nuestra verdad: para el egoente, de nuestra condición latinoamericana. En el acto bello se expresa la energía interna.

Y lo que es lógico es bello. La belleza se manifiesta como armonía. Vitalmente, nuestros feos latinoamericanos son hermosos cuando en su fealdad habita cómodamente el espíritu, cuando sus desproporciones son fruto del borbotar de la energía. Por esto, hay feos que tienen una personalidad magnética: porque son naturales. «[…] lo único hermoso es la manifestación que brota de la esencia vital de cada uno». La alegría que produce la belleza es la tendencia de la energía a actualizarse.

«La mujer es más bella cuando su cuerpo es más prometedor […]. Bello es todo lo que nos incita a poseerlo. […] Deseable es lo que emerge, lo activo en potencia que nos invita a fecundarlo. Por eso las grandes obras de arte son, por decirlo así, esbozos que excitan la imaginación para completarlos; hay una fecundación». La mujer tentadora es conductora de las corrientes de la energía vital y todo lo vital es antecedente del amor.

En este mismo sentido es que hay que recuperar el amor, en cuanto que es la motivación por el viaje de la vida. «El amor es para nosotros lo que está detrás de las formas, la médula de lo fenoménico o, para decirlo en forma bárbara, el nóumeno». «[…] sobre la esencia, amor, se representa el fenómeno vida».

Pero el latinoamericano es un ser egoísta. El amor propio ocupa igual espacio que la vida. «[…] en estos pueblos aislados, en donde vive el diablo, tiene el amor ese interés misterioso que le dan el pecado, el diablo y el infierno; únicamente aquí tiene el amor la atracción del delito». Por esto, es que «el pecado es lo que hace interesante al hombre» y «los actos son agradables cuando son pecado».

La delicia del pecado consiste en pecar «contra la voluntad, o sea cuando el Mundo, el Demonio y la Carne, que son uno, la Mujer, tientan al espíritu, que se resiste, pero que va cediendo». Por el pecado, entonces, es que somos desadaptados y aguzamos la inteligencia.

Pero el amor de FGO es un amor casto. Condición del amor sincero es la castidad: «Los únicos amores castos son los que van acompañados de la sinceridad». «La vida es deseo» y «la castidad hace crecer el deseo». Hay que buscar la castidad amando la sensualidad (no como los monjes). Nuestra castidad es el arte del goce con contención.

La pedagogía

El camino para formar el hombre nuevo: el egoente pletórico de sinergia, es la educación de desvergonzados: latinoamericanos orgullosos de sí.

La pedagogía consiste en la práctica de los modos para ayudar a otros a encontrarse; el pedagogo es partero. No lo es el que enseña, función vulgar, sino el que conduce a los otros por sus respectivos caminos hacia sus originales fuentes. Nadie puede enseñar; el hombre llega a la sabiduría por el sendero de su propio dolor, o sea, consumiéndose.

El papel de la educación consiste en que cada uno haga su método: «Aquí se trata de cultivar la individualidad, de crear las personalidades individuales y raciales». La escuela, como proponen las más actuales tendencias pedagógicas, antes que enseñar ha de ser un espacio para aprender: «Es preciso que la escuela sea creadora en vez de enseñadora».

Fuente:

Ramírez, Édgar A. “El pensamiento de Fernando González Ochoa”. En: Cuadernos de Filosofía Latinoamericana, n° 70 - 71, 1997.

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