Corporación Otraparte

Para leer a
Fernando González

Introducción

Por Alberto Restrepo González

Fernando González es fenómeno humano único entre nosotros.

Desde niño estoy inquiriendo el proceso de su aparición y repudio; el sentido y el objeto de su búsqueda, tan dolorosa, solitaria y difícil; el significado y la validez de su mensaje, tan contradicho y deformado.

Luego de mucho cavilar sobre el enigma de su existencia, creo haber dado con las líneas esenciales de su búsqueda y con el significado de la metafísica vivencial, que constituye su hallazgo.

La filosofía de Fernando González sólo puede entenderse desde su drama vital, pues González no vivió para pensar y escribir, sino que, en razón de búsquedas y agonías personales y concretas, escribió y pensó lo que fue viviendo.

Nada hay en la obra de Fernando González que él no hubiera padecido y meditado, con dolor y gozo.

Jamás intentó sistematizar conceptualmente pensamientos ajenos a sus emociones y problemas vitales de cada día: no le interesó, ni trató de conceptualizar lo que no hubiera vivido pasionalmente, surgido de su fisiología e instintividad más primarias.

Entre angustias y gozos, sin elusión alguna, vivió toda su filogenia, instintividad, emocionalidad y pasionalidad y, en un lenguaje totalmente suyo, sin otra intención que vivir intensa y auténticamente cada instante, fue consignando sus vivencias en las libretas que siempre lo acompañaron y constituyen el germen de sus libros.

Sus obras son su confesión y su itinerario, no un elenco de pensamientos y conceptos ajenos a su experiencia, pues para él vivir fue afrontar instante a instante, desde su individualidad más desnuda y su solidaridad más comprometedora, sin elusiones especulativas ni sistematizaciones meramente intelectuales, la agonía de las vivencias fisiológicas, instintivas, pasionales, mentales, religiosas y espirituales.

Por todo ello rechazó la lectura y la interpretación de su obra al margen de las vivencias que originaron su pensamiento y su palabra:

El libro tiene que quedar tal como me nació, sin cambios, sin supresiones, porque si no, tendríamos sermonario para señoritas histéricas. Yo soy artista de la vida, pintor de animales en celo... (El remordimiento VI - VII).

La obra de González sólo se puede comprender en la convivencia y la unificación vital. Para poder asimilar integralmente su mensaje, es preciso estar tan vivo como él, participar de su arrolladora capacidad de apasionamiento por la vida; su ilimitado sentido de convivencia con las múltiples formas de la manifestación vital; su desmedida lucidez de pensamiento y análisis; su aguda percepción del futuro en las latencias del presente; su fuerza ilimitada de enfrentamiento crítico consigo mismo y con la sociedad; su incontenible voluntad de sinceridad y desnuda inocencia; su ansia inagotable de verdad; su generosa capacidad de sacrificio de todo lo bello y lo grande a cambio de la dulzura del conocimiento; su inmenso poder de profundidad metafísica y vivencia mística; su decisión inquebrantable de llegar a la comunión con la realidad, más allá de toda representación.

El valor, la vigencia, el poder de convocatoria, y la perdurabilidad de la obra de Fernando González, radican en su exuberante capacidad de vivencia y pensamiento, encarnados en su inconmensurable capacidad de goce vital, poder de afrontamiento de la condición humana, inquebrantable fuerza interior para vivir luchando en angustia, contención, renunciación y sacrificio; inusual capacidad de penetración crítica, a la búsqueda de la realidad esencial; asombrosa capacidad de trascendencia, al margen de sistematizaciones conceptuales y de especulaciones teóricas.

Así parezca simplismo, la única manera de clarificar qué se preguntó, qué buscó, qué encontró y cómo logró sus hallazgos Fernando González, es recorrer, paso a paso, las experiencias de su vida, instintiva y emocional, minuciosamente consignadas por él, como viajes pasionales; seguir pormenorizádamente el itinerario de sus viajes mentales, en el análisis implacable a que durante sesenta años, minuto a minuto y acontecimiento por acontecimiento, sometió la emocionalidad, la conceptualidad y los juicios con que expresaba sus vivencias; penetrar, con él, al universo de la realidad no representativa o fenoménica, en el viaje espiritual.

Por no tomarse el trabajo de deslindar lo que en la obra de González pertenece al mundo pasional y lo que pertenece al mundo mental, que dialécticamente lo constituyen; y por hacer caso omiso de la dialéctica itinerante hacia La Intimidad, que la vertrebra y orienta, muy comúnmente, los críticos la han presentado como un cúmulo de contradicciones desvertebradas, antinomias irreconciliables, rebeldías sin causa válida ni objetivo definido y esoterismos sin fundamento.

Frecuentemente los lectores de González, al adentrarse en el laberinto de “nimiedades trascendentales”, agónicamente vividas, que constituyen el material de sus viajes pasionales, tan sensitiva, emocional, apasionada, angustiosa, contradictoria, temática, viva y detalladamente presentados en sus libros, acaban creyendo que sólo se trata de una maraña asistemática de atisbos, indicios, críticas, burlas, diatribas y contradicciones, que se anulan entre sí, en impresionante mezcla de penetración intuitiva y ligereza crítica, primitivismo léxico y belleza conceptual, rigor dialéctico y vacíos metodológicos que no llegan a estructurar mensaje o doctrina filosóficamente válidos, ni constituyen síntesis coherente, ni conducen a meta alguna.

Otros, al tratar de analizar su obra como mero sistema mental, conceptual y racional, estructurado, según los cánones de la filosofía especulativa de Occidente, al margen del proceso vivencial que constituyó la vida y generó el pensamiento de González, al encontrarse en presencia de reactividad y actitudes emocionales primarias, personajes populares, entorno aldeano del trópico y lenguaje terrígeno, para ellos insignificantes e impropios del rigor filosófico, han encontrado imposible la inteligencia de un proceso dialéctico válido en la filosofía gonzaliana, temáticamente coherente, (desde su adolescencia hasta su muerte), como viaje experiencial y reflexivo desde la causalidad hasta la libertad, desde la representación hasta la Intimidad.

Asumiéndose desde su instintividad más elemental, sin encubrimientos, esguinces, ni huidas, Fernando González no hizo otra cosa que convivir con el universo, a la búsqueda de Dios. Toda su vida luchó por un solo propósito: realizar su existencia en EL SER; llegar a actualizar en EL SER su latencia existencial. Su obra es el itinerario de su viaje, en la pasión, la meditación y la oración, desde la representación existencial hasta la Intimidad del SER.

Sin embargo, no es infrecuente la obstinación de muchos de los estudiosos de su obra, en minimizar o invalidar su búsqueda trascendental, que deviene en experiencia mística como caminar hacia Dios, en convivencia con las criaturas, viviendo - padeciendo - conociendo - amando - muriendo - haciéndose - las - Bienaventuranzas.

Mientras el acercamiento a la obra de González se realice al margen de sus viajes pasionales, itinerario existencial, vivo, gozoso, angustioso, guerrero, sonreído, contradictorio, beato, imprevisible, siempre creciente, raizalmente latinoamericano; mientras no se asuma el rigor nocional, crítico, analítico, metódico, coherente progresivo, con que, en sus viajes mentales, desnuda sus vivencias pasionales; mientras no se trate de verificar la validez de la experiencia de Dios, como metafísica vivencial, su filosofía permanecerá, como hasta hoy, enigmática, confusa, inextricable, generadora de reduccionismos y mitos deformadores.

De la vida de González nos queda su filosofía, caracterizada por el sentido de la nocionalidad libérrima, pero orgánicamente creciente, que la expresa; la rigurosa lógica vital que la orienta; la implacable dialéctica libertadora que la conduce; el consistente aparato crítico que la sustenta; la teoría o método de los viajes, que la vertebra como metafísica de las vivencias, que Fernando González encarnaba como sabiduría viva, coherente, desbordante de una rara fuerza, que se imponía suave y poderosamente, sin que uno pudiera saber en qué consistía.

Es doloroso que, a un siglo de su nacimiento, se sigan multiplicando las imágenes míticas, fragmentarias, melosas, maliciosamente deformadas, reduccionistas, europeizadas, de un Fernando González desfigurado: El filósofo de Otraparte, El brujo de Envigado, el repentista incoherente, el humorista desorganizado, el antiintelectualista sin rigor mental, el asistemático sin organicidad, el esoterista excéntrico, el loco irreverente, el provinciano vulgar, el crítico arbitrario, el rebelde sin causa, el crítico procaz, el fascista conservador, el panfletario resentido, el iconoclasta anticlerical, el hereje exaltado, el devoto revestido de rebeldía, el ateo disfrazado de místico, el copiador solapado de pensadores europeos.

Como Fernando González era un maestro, el único método que conozco para entender su obra consiste en recorrer, ordenada y sistemáticamente, su itinerario vital, leyendo sus libros, y, luego, verificar la validez de su filosofía, haciendo los viajes que él hizo, entre luchas y contradicciones, y patentizó, gozosa y apasionadamente, a lo largo de su vida:

Viaje Pasional

Viajar pasionalmente es vivir la reactividad fisiológica, instintiva, emocional, afectiva y valorativa, dentro de los determinismos de la conciencia orgánico-emocional, en el tiempo y el espacio.

Agonía, dolorosa y difícil, del complejo mundo fisiológico-emotivo, en la que González se asume a sí mismo y asume a los seres tal como viven y se representan en su yo conviviente pasional.

El viaje pasional es la vivencia de sí mismo, de los otros y de lo otro, desde lo que representan para el yo pasional, o sea, desde lo que cada uno vive de sí, de los otros y de lo otro, según la instintividad, la fisiología, la reactividad y las formas elementales de la conciencia; desde lo que uno mismo y los otros y lo otro, significan para el yo, según la imagen apasionada que el yo se va formando de ellos, en cuanto los vive temiendo, dudando, agrediendo, despreciando, gozando, insultando, sufriendo, valorando.

Al recorrer el itinerario de los viajes pasionales de González vivimos la lucha entre las embolias hereditarias y la voluntad de superación por el método y la heroicidad; la sensualidad desbordada, que lucha entre el deseo y la disciplina, el amor posesivo y el amor sacrificial; el combate entre la avidez de gloria y figuración, y la búsqueda de libertad e intimidad; el enfrentamiento entre el deseo de acomodamiento y la exigencia permanente de contención, dominio de sí, renuncia y sacrificio de la belleza y el goce, al espíritu; el afrontamiento de la contradicción entre la voluntad de dominio, que utiliza, y la voluntad de convivencia amorosa, que respeta al otro en su padecer y en su ser; la confrontación entre el instinto de espaciotemporalidad, encarnado en el miedo a la muerte, como voluntad de eternización en la existencia fisiológica y el goce sensual, y la conciencia creciente de la voluntad de ser, en la categoría de eternidad.

En el mundo pasional o de la conciencia fisiológica, y los viajes pasionales que en él se realizan, pertenecen al universo de los contrarios: bien y mal, bello y feo, agradable y desagradable, deseable e indeseable, y es lugar donde aparecen las contradicciones irreconciliables de la obra de González.

El padecimiento de las vivencias contradictorias no sólo no es evadible sino que tiene que ser asumido hasta que se logre consumir la pasionalidad, agotada la cual es posible realizar el viaje mental, que pone al descubierto los constructos contradictorios de la pasión.

Por razón de la estructura misma de su filosofía, no es posible entender el universo filosófico de González, sin las contradicciones; pero, por razón de esa misma estructura, tampoco es posible permanecer en las contradicciones pasionales, pues sería anclarse en el viaje pasional, con exclusión de los viajes mental y espiritual, lo cual equivale a la destrucción de la dialéctica fundamental de la filosofía gonzaliana.

Viaje mental

Viajar mentalmente es vivir la actividad lógica, conceptualizadora, judicativa, raciocinadora, inteligenciadora, conciencizadora, según los determinismos propios de la mente humana en el tiempo y en el espacio, para desentrañar, mediante el trabajo mental, los contenidos o imágenes o emociones o formaciones pasionales generadas a lo largo de los viajes pasionales y vertidos en los conceptos con los que, a medida que se fueron viviendo, se fueron expresando las vivencias pasionales.

El viaje mental es trabajo de desnudamiento, objetivación o concienciación, que permite descubrir qué pasionalidad encierran y expresan los conceptos, aparentemente inocuos y pretendidamente objetivos, pero vivencialmente portadores y expresivos de las pasiones que los originaron, las cuales ignora el hombre que los emplea como si fueran puramente racionales y objetivos.

El viaje mental, al desnudar los conceptos de las pasiones que portan y expresan, permite comprender la pasionalidad operante en los diversos mundos espacio-temporales y pasional-mentales, a través de la conceptualidad y los valores que los rigen; superar la oposición entre contrarios, pasionalmente generada y conceptualmente transmitida; entender la realidad viva que integra, más allá de toda oposición, los contrarios pasionales y mentales.

El universo generado por los viajes mentales de González es un universo dialéctico, ascensional, en el que no hay contradicciones, sino crecimiento dialéctico generado por la inteligencia al hacer la crítica de la pasionalidad conceptual.

La filosofía de González no tiene por objeto la construcción de un sistema conceptual, sino la comunión con la Intimidad o el Ser; pero no se realiza sin pasar por la fase o viaje mental, que purifica los conceptos de la pasionalidad que los generó y que ellos contienen.

Es posible, pues, desentrañar el desarrollo dialéctico de la conceptualidad de González, cada vez más clara, más amplia y más exacta y discernir, cómo, a través de un proceso de experiencias vitales, claridades mentales y precisiones formales, la conceptualidad de la filosofía gonzaliana crece y se estructura cada vez más.

Viaje espiritual

Viajar espiritualmente es vivir, fuera de pasiones y mente, tiempo y espacio, divisiones y contradicciones, multiplicidad y apariencia, y cualquier otra forma de pasionalidad, pensamiento y juicio. Es intuir o entender vivamente (“inteligenciar”), sentir o realizar interiormente (“concienciar”), la reconciliación o superación de toda contradicción entre opuestos. Es superar la conciencia fisiológico-pasional y mental-conceptual, en la forma superior de conciencia: La Amencia, que más allá de pasiones y mente, ES, en la Intimidad de la Realidad, y no en la apariencia de la representación. Es ver con el OJO SIMPLE, o sea, llegar a la realización del principio de la sabiduría: Saber es Ser. Es ser la Beatitud o Bienaventuranzas, en la que todo es Unidad o Realidad o Sustancia o Ser o Dios o Nada de lo que existe. Es el Segundo nacimiento, o Reconciliación de contrarios en la plenitud de la Realidad, Presencia o Intimidad. Es la Beatitud, en el Silencio y la Amencia, por medio del Suicidio, dentro de la categoría de Eternidad, por obra de la Inteligencia, Presencia o Intimidad que hay en el hombre.

Realizados los viajes pasional y mental, se vive, se conoce vivamente que pasiones y conceptos son imaginaciones y representaciones que no contienen ni expresan la realidad, sino las reacciones emocionales y mentales del yo que somete la realidad a su dominio y le impone los determinismos de la fisiología y el instinto, la pasión y el pensamiento, en categorías de tiempo y espacio.

Desnuda ya, de asideros mentales y pasionales, gracias a los viajes pasionales que agotan los instintos, y a los viajes mentales, que desnudan la pasionalidad y la conceptualidad, la conciencia encuentra que la Realidad (así pueda percibirse manifestada fenoménicamente en el orden pasional o mental, temporal o espacial, granulada en individuos, dividida en opuestos, llamada con nombres), esencial o sustancial o íntimamente, no es nada representativo ni representable y que, por lo tanto, para llegar a vivir la Realidad, no puede haber nada de pasión, ni de pensamiento, ni de emoción, ni de conceptos, ni de juicios divisorios y calificadores, sino solamente la total superación de los conceptos, o sea, el Silencio; la total superación de los discursos y los juicios inductivos y deductivos, analíticos y sintéticos, o sea, la Intuición viva o Mirada del Ojo Simple; la total superación de la mente, o sea, la Amencia; la total superación de las coordenadas existenciales, o sea, el Suicidio Cristiano; la total superación de las representaciones o apariencias o formas existenciales, en la comunión o contemplación del Ser o Padre o Néant o Dios, lo cual, en categoría de Eternidad, constituye el Paraíso, la Beatitud, las Bienaventuranzas.

* * *

Objeto del presente estudio

El intento del presente estudio es recorrer sistemáticamente la vida, o brujería o teología o mística o filosofía o metafísica de Fernando González (que de todos esos modos llamó su búsqueda), para ver cuáles son los contenidos de su mundo pasional, en padeciendo; cuáles, los de su mundo mental, en entendiendo (conversión del mundo pasional en pensamiento, por el trabajo analítico, inductivo-deductivo de la mente conceptualizadora); cuáles los de su vivencia del mundo espiritual, en amando-orando, al llegar (superada, a través del Suicidio Cristiano, la existencia pasional-mental-espacial-temporal), a la comunión con el Ser, Realidad unitotal, Esencia amor, Sustancia única, Presencia, Intimidad, Néant o Dios Padre, que fue la culminación de los viajes de Fernando González.

Se trata de trabajo didáctico, de “Maestro de escuela” suramericano, para “libertos suramericanos”; es decir, de construcción didáctica, instructiva, transmisora de nociones portadoras de vivencias de sabiduría, que busca sistematizar los contenidos de la obra gonzaliana, para ayudarle a entender a la gente que quiere conocer, recibir y vivir el mensaje de González.

Qué vivió, pasional, airada, gozosa y contradictoriamente, dentro de las categorías existenciales de espacio y tiempo, en la conciencia fisiológica.

Qué vivió mentalmente, qué pensó, qué juzgó y qué crítica dialéctica, ordenada y progresiva realizó, dentro de las categorías mentales, para discernir los contenidos pasionales encerrados en los conceptos en que fue vertiendo lo que había vivido pasionalmente.

Cómo pasó del existir al ser, o sea, cómo llegó de la contradicción y la convivencia con los seres, en la representación, el padecimiento y el pensamiento, a la comunión con el SER, y cómo logró mirar, con la mirada de Ojo Simple, en el mundo de la Amencia, en la categoría de eternidad, fuera de las coordenadas espacio-temporales y pasional-mentales.

En el centenario de su nacimiento, quienes somos testigos de la lucha inconcebible, desmedida y solitaria que Fernando González sostuvo por llegar a la comunión con la Realidad, nos sentimos llamados al esfuerzo por realizar una presentación integral, orgánica, sistemática y coherente de su vida y de su obra, que tal vez aporte algo al rescate de su personalidad de hombre siempre veraz, caminante desnudo, luchador coherente, viajero hacia Dios, inmisericordemente sometido a reduccionismos atroces, mitologizaciones enfermizas, superficialidades y deformaciones lastimosas.

A riesgo de que esta obra resulte ser lo que González mismo llamó, “FERNANDO GONZÁLEZ PARA NIÑOS Y SEÑORITAS BIEN EDUCADOS” (El remordimiento VII), el presente estudio pretende constituir un manual propedéutico construido con base en superabundantes citas de la obra gonzaliana, muchas veces deliberadamente repetidas que quieren comprender cómo estructuró González una filosofía orgánica cuyos temas y búsquedas fue madurando desde su niñez hasta su muerte, mientras los vivía gozosa, tormentosa y contradictoriamente en la conciencia fisiológico-pasional; los reflexionaba inteligente, crítica y progresivamente en la conciencia mental; los consumaba, en la trascendencia contemplativa de la Amencia en las Bienaventuranzas.

Partiendo de su mundo ancestral, hasta llegar a la clarificación del hecho y la experiencia cristianos, trataremos de presentar, a manera de suma, cada uno de los grandes temas de la filosofía de Fernando González.

En una segunda parte, atisbaremos su vivencia de Latinoamérica, su experiencia cristiana y su vivencia mística.

Fuente:

Restrepo González, Alberto. “Introducción”. En: Para leer a Fernando González, Medellín, Coedición Editorial Universidad Pontificia Bolivariana y Universidad de San Buenaventura, 1997.

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