Corporación Otraparte

Panidas y Nadaístas

Entre la bohemia y el escándalo

El Fondo Editorial Universidad EAFIT presentó este 2016 dos novedades importantes: “Obra negra” y “Panidas”, trabajos que traen a la memoria dos de los movimientos culturales y literarios más representativos del país. Este texto muestra parte de su conformación y menciona a sus principales gestores.

Por Felipe Restrepo David

Los cafés, como espacio urbano, vinieron a remplazar en Colombia, a inicios del siglo XX, las que se conocían como las tertulias privadas en las casas de la clase alta en el siglo XIX. Como en Bogotá, los cafés en Medellín aparecieron para ofrecerles a aquellos que no asistían a las tertulias, ni pertenecían a familias prestantes, un lugar no solo de sosiego y actualización del mundo, sino también de entretenimiento, cuya proliferación la impulsó la naciente industria textil y el comercio del café.

Tal fue El Globo en Medellín, que mientras existió estuvo entre las calles Boyacá y Palacé, en el ala izquierda de la iglesia de La Candelaria. Allí llegaban algunos obreros a tomarse una cerveza. Otros tantos lo tenían como estación para leer algunas páginas de un libro, que también funcionaba como librería de alquiler, o para perder alguna partida en una de las mesas de ajedrez. Y entre café, aguardiente y tabaco, El Globo se volvía una taberna humosa y, en las madrugadas, un tanto fantasmagórica.

Solo allí pudo conformarse el primer grupo literario vanguardista del país, los Panidas, que acogieron una serie de postulados estéticos con los que se abanderaron una causa: oponerse a la tradición conservadora y católica a la que pertenecían para ofrecer con su grito mucho más color, música y poesía. Trataban de reafirmarse en lo que el Modernismo hispanoamericano tanto se esmeró: ver al mundo entero para llenarse de su belleza y, luego, cantarla a pecho abierto, sin el yugo de las políticas o de las religiones.

Los Panidas eran todos jóvenes, ninguno llegaba a los 22 años, y varios habían sido expulsados de universidades y colegios. Eran artistas (pintores, caricaturistas, músicos, poetas, bohemios), o al menos con alma de artistas. Fueron 13: José Gaviria Toro ‘Jocelyn’ (1895-1928); Rafael Jaramillo Arango ‘Fernando Villalba’ (1896-1963); Teodomiro Isaza ‘Tisaza’ (1895-1918); Félix Mejía Arango ‘Pepe Mexía’ (1895-1978); Fernando González (1895-1964); Bernardo Martínez Toro ‘Nano’ (1895-1954); Ricardo Rendón ‘Daniel Zegrí’ (1894-1931); Eduardo Vasco Gutiérrez ‘Alhy Cavatini’ (1894-1982); Libardo Parra Toro ‘Tartarín Moreyra’ (1895-1954); Jorge Villa Carrasquilla ‘Jovica’ (1895-1952); Jesús Restrepo Olarte ‘Jean Génier’ (1896-1976); José Manuel Mora Vásquez ‘Manuel Montenegro’ (1896-1961); y León de Greiff ‘Leo le Gris’ (1895-1976).

Su espíritu juvenil lo era en todos los sentidos: trasgresores y bulliciosos, anarquistas e inconformes, y rodeados de algunos mayores que respetaban como maestros (Abel Farina, Tomás Carrasquilla, Jesús Restrepo Rivera). Como escribió Miguel Escobar Calle: “Su surgimiento obedeció, más que a un fenómeno de simple agrupamiento, a una imperiosa necesidad de expresión”. Y esa necesidad de expresión la materializaron en su revista Panida, que apareció entre el 15 de febrero y el 20 de junio de 1915. Fueron 10 números en total, en entregas quincenales. Solo algunos, como Fernando González, publicaron con su nombre propio; los más lo hicieron con seudónimos divertidos y esnobistas: Xavier de Lys, Helena de Maia, M. Carré, Juan Cristóbal, Cebrián de Amocete y El Visir Gulliver. Entre lo que más llama la atención son los tipos de la revista: cada texto aparece siempre diferente; no es difícil imaginar la paciencia contenida de un Job frente a las exigencias de esos muchachos: que unos queriendo un estilo más clásico o romántico o decadentista, según la inspiración o una pena de amor.

Romper con la tradición

Más que el contenido de la revista habría que comprender, mejor, lo que sucedió con su aparición, es decir, qué significó la presencia de los Panidas como experiencia de vida, como alternativa en una sociedad que brindaba pocas opciones de expresión, no solo por la censura sino por los espacios limitados de expansión. La publicación de Medellín, el 20 de julio de 1910, por parte de la Sociedad de Mejoras Públicas, sintetiza el espíritu de inicios de siglo XX en la ciudad: “La principal ocupación de los medellinenses es el comercio, al cual se debe la mayor parte de las grandes fortunas de hoy. Pero desde hace algunos años se ha despertado un creciente entusiasmo por empresas industriales y se han fundado y se continúan fundando fábricas [...]”.

Fue contra esos valores de la producción que se opusieron los Panidas, y ni siquiera de manera frontal. Ellos no fueron activistas, en el sentido que hoy se podría darle a esa palabra; fue su revista la que, afirmando al artista, antes que al comerciante y al burgués, instalaba una especie de amenaza. Ellos no negaban el crecimiento económico como tal, es más, muchos de ellos venían de familias de la élite comercial antioqueña, sino que tales valores no admitían espacio para la pluralidad, en este caso, para una vida que se quería colmar de creación y arte, entregada al ocio y a la bohemia. Bastaría citar las palabras finales del número siete de Panida: “Los que como nosotros han vivido siempre aparte del lado práctico de la vida, de seguro conocen y experimentan el sumo placer que ese alejamiento proporciona”.

Junto al espíritu comercial, hubo otra torre aun mayor contra la que ellos se enfrentaron: el catolicismo. Para 1912, el censo había arrojado que el 99 por ciento de la población de Medellín era católica, y para 1886, la Constitución Nacional le había devuelto el control a la Iglesia sobre la educación. Tras la publicación del primer número de Panida el 15 de febrero de 1915, la revista La Familia Cristiana, principal publicación de la curia de la ciudad, declara el 19 de febrero de ese mismo año: “Deseáramos poder alabar el esfuerzo juvenil de sus redactores si encontráramos en sus páginas algo que mereciera nuestra aprobación; pero tenemos la pena de afirmar que ellas respiran un decadentismo sensual, que lejos de hacer provecho dañará a sus lectores. No la recomendamos a las familias [...]”.

Tal sensualidad decadente no era otra que la de unos muchachos provocadores, primero, por su vestimenta: sombreros de ala ancha, corbatas sueltas o lejos de la formalidad, pipas encendidas mañana y noche, y rostros de trasnocho de típico poeta romántico que lleva a cuestas la nostalgia del mundo. En las caricaturas de Rendón de esos días aparece Pepe Mexía de perfil, con su pipa, ciertamente encorvado o, mejor, cabizbajo, como si llevara su tristeza en la chaqueta, con una zampoña bajo el brazo. El mismo Mexía diría en 1939, en la revista Pan, que ellos, los Panidas, solían tomar por asalto “a la ciudad ante la estupefacción de los burgueses y tranquilos comerciantes de La Candelaria que, en las mañanas, al salir de misa primera, los veían cantando y recitando después de una noche intelectual y ardiente”. Es como la fábula de la cigarra y las hormigas: mientras ellos amanecían bebiendo, cantando, la ciudad madrugaba a trabajar.

Esa fue la huella de los Panidas en El Globo: darle a la ciudad una bohemia de artista. No tiene sentido valorar su revista por lo que llegarían a ser con los años algunos de sus más ilustres integrantes, como Ricardo Rendón y León de Greiff, pues se trataría de comprender y justificar el presente solo por su futuro. Es más, los Panidas serían un precedente innegable del grupo de Los Nuevos y su revista en Bogotá en 1925, y de otro grupo que fundaría una revista influyente en Barranquilla, Voces, entre 1917 y 1920. Los Panidas fueron un grito de frescura. Ellos dejaron ver, como ha ocurrido en otros momentos de la historia del arte, la cultura y la literatura, uno de los más grandes dones de la juventud creadora: la lúdica, intensa y desafiante.

El momento de Gonzalo

Sin embargo, uno de los Panidas, Fernando González, habría de convertirse en uno de los maestros espirituales de otro grupo de jóvenes que en la década del cincuenta aparecería en Medellín, no tanto para continuar la bohemia (aunque sí y con notas aún más altas), como para escandalizar y nombrarse la contracorriente en una ciudad que vivía un momento importante en su desarrollo industrial. Se hicieron llamar Nadaístas. Y aunque hubo varios instantes que podrían denominarse como su fundación, oficial y pública, quizás el más contundente ocurrió el 18 de agosto de 1958 en la plazuela de San Ignacio, del Paraninfo de la Universidad de Antioquia.

Las palabras de Gildardo García Monsalve, en El Tiempo, al otro día, describen bien el hecho: “Resolvieron condenar al fuego sus bibliotecas particulares en un grotesco gesto de negación a la cultura y a la educación”. Suponiendo que fuera al final de la tarde, para crear un escenario más propicio al fuego, eso hicieron los Nadaístas: reunieron unos cuantos libros y, frente al estupor de algunos, mientras los libros se quemaban, leyeron su “Primer Manifiesto Nadaísta”. La voz principal fue la de su fundador: Gonzalo Arango.

Días antes, el 8 de julio, Gonzalo le había concedido al mismo Gildardo García Monsalve una entrevista. Cuando se apareció frente al periodista, Gonzalo hizo gala de una de sus mejores virtudes, la puesta en escena: llegó de negro, aire shakesperiano, con una calavera en la mano. A propósito, Gonzalo dejó algunas dramaturgias, varias de estas de carácter vanguardista como HK-111. Cerrarían con broche de oro ese año de 1958 con el primer recital en el auditorio del Museo Zea, a cargo de los primeros integrantes del Nadaísmo: Gonzalo Arango, Humberto Navarro, Amílcar Osorio y Eduardo Escobar. Un año después se conocería en Cali una circular mimeografiada, “Primer manifiesto del movimiento nadaísta vallecaucano”, firmada por Jotamario Arbeláez, Rafael Orrego, Jaime Jaramillo, Pacho Mora, Walter Buitrago, Alfredo Sánchez, Guido da Silva, Yolanda García, Carlos Ordóñez, Dukardo Hinestrosa y Efraín Troncoso. Como se ve, el efecto fue inmediato.

El lapso de 1958 hasta 1963, cuando el Nadaísmo enfrenta su gran crisis por el retiro de Gonzalo el 11 de julio en una conferencia en el Paraninfo de la Universidad de Antioquia, podría considerarse como el más rico del movimiento en cuanto a sus postulados y sus principales aportes: desestabilizar con sus escándalos y publicaciones a una sociedad que consideraban enferma. Solo que no fueron tan tímidos como los Panidas. Los Nadaístas, más anárquicos, se fueron lanza en ristre contra la que ellos nombraban una burguesía y un catolicismo retardatarios, corruptos, muertos, pestilentes. El suyo fue un vanguardismo que miraba a los ojos, incluso, en el sentido militar de la acción: ir a las primeras filas para indicar el nuevo rumbo, bautizarse como los nuevos adanes, negar casi toda la tradición estética precedente, fecundar con ideas sensuales, azufrosas, a la sociedad colombiana y, sin miramientos, afirmar la noche de bohemia y de alcohol, pero acompañada de sexo y droga: desbordamiento jubiloso.

En contra de un sistema

Una de sus mayores acciones fue el sabotaje y el boicoteo en agosto de 1959, en Medellín, al Primer Congreso del Pensamiento Católico, organizado por la Arquidiócesis, y que reunía a un selecto grupo de políticos, sacerdotes, académicos y escritores. En el evento, los Nadaístas, primero, arrojaron una sustancia fétida (asafétida, yodoformo y azufre, como quien dice: ¡llegó el infierno!) que a todos hizo salir. Segundo, repartieron uno de sus más famosos y agresivos manifiestos “al congreso de escribanos católicos”. Palabras más, palabras menos, decían que el catolicismo era el culpable de todo, de todo, hasta de la gripa más inofensiva. A los pocos días, Fernando González y Héctor Rojas Herazo harían pública su aprobación al sabotaje en El Espectador. Como era de esperarse, los detractores fueron muchos y variados.

En 1963, Gonzalo estuvo a la cabeza de una antología, 13 poetas Nadaístas, que le dio no solo visibilidad sino legitimidad literaria al movimiento en el país. De alguna manera, esa selección instaló al Nadaísmo literario. Quienes aparecieron fueron: Jotamario, Elmo Valencia, Diego León Giraldo, X-504, Amílkar U., Humberto Navarro, Alberto Escobar, Eduardo Escobar, Mario Rivero, Darío Lemos, Guillermo Trujillo, Jaime Espinel y Gonzalo, por supuesto. Este último, con los años, iría publicando en revistas y periódicos crónicas, reportajes, cuentos, poemas, en los que dio cuenta de su talento en una prosa espontánea, vigorosa, capaz de construir imágenes que, más que quebrar el lenguaje en polifonía, revelaba las ideas de un hombre que había hecho de la literatura su vida.

La autenticidad fue una definición que muy bien enmarcaba a Gonzalo. En 1974, Jotamario, con la aquiescencia de Gonzalo, publicaría la que sería la antología esencial del fundador del Nadaísmo, Obra negra. En los apartados “Prosas para leer en la silla eléctrica” y “Amor sin manzana”, por ejemplo, vive la fuerza de una palabra que palpita y que en su agresividad, y a veces ternura, no deja de vociferar una estética honesta, incluso en sus vaivenes y contradicciones.

En todo caso, Panidas y Nadaístas, con sus revistas, manifiestos, cartas y obras particulares, son la afirmación del arte como creación y vida. Y lo demostraron en su momento con las resonancias de su voz, con la fuerza de sus principios y con la necesaria irreverencia de los que están convencidos, hasta la sangre y el grito, de que es posible vivir de otra manera, una más propia, que no se está obligado (a no ser que cada uno se lo imponga) a seguir a los otros. En suma, que las verdades son propias y no grupales. Su legado permanece porque nació como nacen pocas cosas: con las ansias de estar, de ser.

Fuente:

Restrepo David, Felipe. “Panidas y Nadaístas: entre la bohemia y el escándalo”. El Eafitense, edición n.º 110, primer semestre de 2016.

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