Corporación Otraparte

El filósofo y el escritor
que rompieron con la razón

Por Javier Darío Restrepo

El prejuicio impidió ver cómo eran el filósofo Fernando González y el escritor nadaísta Gonzalo Arango.

Pudieron más los excesos de uno y otro, que su verdadera esencia, cuando fueron anatematizados y estigmatizados.

Pero esa esencia, aquilatada en silencio, apareció finalmente. Una de sus expresiones, no la única, fue esa semblanza escrita por Arango con motivo de la muerte de González con el título de “El Brujo de Otraparte”.

Ante los ojos de Gonzalo, la muerte del filósofo envigadeño fue una liberación, no solo del espacio y del tiempo, sino de la tiranía limitante de la razón. Pero lograron los dos, destronar a la diosa.

Mientras le rindieron culto tuvieron toda la soberbia intelectual de los que han creado su mundo a la imagen y semejanza de sus razonamientos, convencidos de que lo que no es razonable no existe. Por eso en su mundo todo es del tamaño de su razón, hasta Dios.

Es un dios como el que resulta de las piruetas mentales de santo Tomás, que como los teoremas de la geometría debe su vida a los razonamientos.

El de Fernando González y el de Gonzalo Arango, supera la inmanencia y se les revela como el trascendente, el que no cabe en los razonamientos, el absolutamente Otro.

El filósofo y el escritor no se quedaron con las barbas de nieve del dios padre y juez pintado por Miguel Ángel. Divorciados de la razón han tomado, no los buses de Envigado que no pasan por el cielo, sino “la vía directa de la intuición y del corazón”. El mismo camino, dice Gonzalo, que siguieron Pascal y san Agustín.

En ese bus de Envigado, mencionado con humor e ironía por Gonzalo, siguen viajando todos los que buscan o combaten un dios creado por la razón. Lo ven en todas partes para maldecirlo y para hacerlo responsable de todos los males del mundo. Los acompañan los pastores fundamentalistas y los predicadores sin fe, creadores de un dios que castiga y que premia con inundaciones o con soles de verano, con guerras o con tratados de paz, que a veces aparece vestido de dictador o como papá Noel. Crea un mundo en siete días o lo destruye con un diluvio de 40 días. Sobre él proyecta el hombre todo lo que desea y lo que echa de menos: sabiduría, poder, inmortalidad, cólera, realeza.

Pero cuando se lo examina en detalle, a ese dios le aparecen las costuras de la creación humana. Es como si el hombre utilizara ese artilugio para adorarse a sí mismo.

Gonzalo y Fernando estaban convencidos de que Dios es otra cosa; por eso no hicieron parte del club de los ateos. Estos, al descubrir que el dios en uso es una creación de la razón, se declararon defraudados. Toparon con un dios insoportable, lo rechazaron y tuvieron razón. Su problema es que se quedan con la razón. No van más allá. La razón es su último y único recurso.

Los dos, el filósofo y el escritor convencidos de las miserias y escaseces de la razón, se dejaron guiar por el corazón y fueron a dar a las anchas avenidas de la fe, como forma del conocimiento del mundo de lo que nos trasciende. Por eso González, el filósofo llegó a decirle al nadaísta “que él era Cristo en la medida en que aceptaba el destino de Cristo que fue amor y sufrimiento”. Una fórmula que no cabe en razonamiento alguno y ante la cual cabe o la burla de quien quiere entender y no entiende, o el sobrecogimiento de quien se siente ante el misterio que lo desborda y le revela la vida plena.

De esa plenitud es testigo el escritor cuando descubre “el optimismo fiero y regocijado del filósofo que amaba la tierra con frenesí, como si ésta fuera la encarnación material del cielo”, hasta el punto de convertir “su obra de escritor en un himno glorificador de todo lo viviente”.

Un recorrido así tiene que concluir, como lo anota el escritor, en “una lucha atroz entre el espíritu y la biología de Fernando, hasta que ésta fue vencida por su libertad de morir”.

Es una manera de ver la muerte sin los miedos ni los prejuicios que fomenta la razón, y sí con las luces que da la fe.

Cuando Gonzalo vio el cadáver de Fernando exclamó: “¡Qué paz maravillosa! ¡Qué beatitud! Reposaba allí sin vida, con la conciencia de un hombre reconciliado, con la serenidad de un santo, como si al morir hubiera realizado sus bodas con Dios”.

Los dos, liberados de la tiranía y ceguera de la razón, habían entrado en los dominios de libertad de la fe.

Fuente:

Revista Vida Nueva N° 31, julio 25 de 2011, sección La página del director.

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